11
Atala fue traducida al español en 1801 por fray Servando Teresa de Mier. En la impresión el traductor es Samuel Robinson, nombre utilizado por Simón Rodríguez, con quien fray Servando había fundado en París una escuela de español. En sus Memorias apunta, además de estos datos, que el primer comprador fue el mismo Chateaubriand. El peso de éste en la literatura latinoamericana es decisivo en la denominada novela indianista, la cual es totalmente ajena al proyecto de Isaacs.
12
Isaacs atribuye a Chateaubriand la frase del abate Trenqualye referida a Paul et Virginie de Saint-Pierre.
13
Véase Carmen E. Acosta Peñaloza, «Del gesto en la lectura: construcción social del lector decimonónico»; en: Revista de Estudios Colombianos, n.º 19, 1999, pp. 30-34.
14
Rivera y Garrido, Luciano, Impresiones y recuerdos, Bogotá, Biblioteca Popular de Cultura Colombiana, 1946, vol. 2, p. 34.
15
Vuelvo a remitir al artículo de Manfred Engelbert, p. 95.
16
De modo similar al que anota Mary Louise Pratt, respecto del episodio «Más afuera» de los Viajes de Sarmiento, en relación con Robinson Crusoe de Daniel Defoe: «... tus ficciones... son mis realidades...; tu pasado es mi presente; tu mundo exótico... es mi mundo cotidiano»
. En Ojos imperiales, Buenos Aires, Universidad Nacional de Quilmes, 1997, p. 332.
Roberto González Echeverría en su sugerente y productivo Mito y archivo. Una teoría de la narrativa latinoamericana postula al discurso científico de los naturalistas viajeros por América como archivo modelizador de la narrativa del siglo XIX, perspectiva que le posibilita nuevas redes de relevancia y significación en ella. Como es cierto, también señala esta presencia en la novela de Isaacs (el evidente Humboldt, agrego), revisada aquí desde la incidencia de Chateaubriand -también viajero- en una ficcionalización de la lectura que pone en escena modos de apropiación de modelos: «La historia literaria convencional, que se centra en las obras que caen en la esfera de influencia de la literatura europea como María (1867) de Jorge Isaacs y Amalia (1851, 55) de José Mármol, apenas reconoce la poderosa influencia de los libros de viajes científicos en esas novelas y en la narrativa latinoamericana del siglo XIX en general»
(México, Fondo de Cultura Económica, p. 152).
17
El tema de la esclavitud ha sido muy tratado por la crítica a la novela y a ella me remito. Sólo me interesa considerarlo desde la perspectiva del destierro.
18
Algunos de los lectores colombianos que leyeron las primeras ediciones seguramente vinculaban la casa de la sierra con la hacienda El Paraíso, propiedad de los Isaacs durante algunos años, hoy museo, pero en la novela sólo una vez se habla del Edén como espacio de la ensoñación de la infancia y de la adolescencia, tan fugitivo como la misma naturaleza puesta constantemente en escena: «La infancia, en su insaciable curiosidad se asombra de cuanto la naturaleza, divina enseñadora, ofrece nuevo a sus miradas... la adolescencia, que adivinándolo todo, se deleita involuntariamente con castas visiones de amor... presentimiento de una felicidad tantas veces esperada en vano; sólo ellas saben traer aquellas horas no medidas en que el alma parece esforzarse por volver a las delicias de un Edén -ensueño o realidad- que aún no ha olvidado. No eran las ramas de los rosales, a los que las linfas del arroyo quitaban leves pétalos para engalanarse fugitivas...»
, p. 81.
19
Anne Vincent-Buffault, Histoire des larmes. XVIIIe-XIXe siècles, París, Rivages, 1986, p. 55.
20
Roland Barthes, Fragmentos de un discurso amoroso, ob. cit., p. 175.