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31

Véase respecto de la significación del personaje de Goethe el artículo de Olga Uribe «Lucía Jerez de José Martí o la mujer como invención posible» en Revista de Crítica Literaria Latinoamericana, a. XV, n.º 20, Lima, 1989, pp. 25-38.

 

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Véase en el artículo de Marcela Zanín «El género funesto» las indeterminaciones que elude clausurar la novela de Martí, en Mónica Bernabé, Antonio José Ponte y Marcela Zanín, El abrigo de aire. Ensayos sobre literatura cubana, Rosari, Beatriz Viterbo, 2001.

 

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En 1912, por ejemplo, el sacerdote y crítico literario Emilio Waïse (Omar Emeth), restringía los valores de Madame Bovary a una lección dudosa: «No niego, por cierto, que Mme. Bovary, con toda su inmoralidad, no pueda, en ciertos casos y para determinadas personas, ser moralmente útil. De las aventuras de aquella romántica persona dedúcense con poco trabajo conclusiones aptas para desengañar a hombres y mujeres acerca de ciertas maneras de casarse y vivir. Lo mismo diría si se me interrogase acerca de Asommoir de Zola, cuya eficacia antialcohólica es innegable... en los abstemios».

 

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Más adelante agrega: «...¡Ah! Y las lecturas de María; aquellas páginas que habían recorrido también juntos, penetrándose del sentimiento y de la dulzura encantadora que palpita en esos pasajes... Sus lágrimas habían caído sobre el libro para unirse en una sola, cuando la pasión de Efraín arranca de su alma desolada gemidos de dolor sobre las reliquias de lo que ya no existe. ¡Cómo habían comprendido ellos ese idilio, y con cuánto sentimiento habían acompañado ese dolor!...». Cito por Manuel T. Podestá, Alma de niña. Irresponsable. Buenos Aires, Biblioteca de «La Nación», 1909, p. 62 y 68-69.

 

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«Su padre, don Francisco de Ahumada, a pesar de su vida afanosa y de su catadura concreta y doméstica de hombre de trabajo, locamente enamorado de su mujer, había sido, en sus momentos de ocio, insaciable devorador de novelas francesas. Tanto su casa de Buenos Aires, como en aquella del Mirador, los anaqueles de sus modestas librerías estaban atestados de volúmenes a la rústica, adquiridos, casi siempre, en las estaciones del ferrocarril y leídos, algunos ansiosamente, durante el viaje, como lo demostraban sus páginas cortadas con el dedo». Enrique Larreta, Zogoibi, ed. definitiva, Buenos Aires, Juan Roldán, 1926, p. 86.

 

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«En los últimos tiempos, interrumpiendo sus lecturas graves, diose también Federico a leer con ahínco aquellas obras de ficción sentimental. Muy pronto, lo mismo que a Alonso Quijano, llenósele la fantasía de lo que iba encontrando en sus libros. Casi todos tomaban por teatro a la ciudad de donde llegaban, sin cesar, como él harto bien lo sabía, los más luminosos y altos pensamientos; pero Federico, desvanecido por tanta vana invención, comenzó a representársela, solamente, como una ciudad de placer, como la escena necesaria para la gloria galante, llegando a imaginarse él mismo, a cada paso, en París, trocado en el héroe de las más placenteras y poéticas aventuras». Ibidem, p. 104.

 

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Ibidem, p. 57.

 

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Véanse, entre otros, los trabajos compilados Glanz, Margo, coord., Del fistol a la linterna. Homenaje a José Tomás de Cuéllar y Manuel Payno en el centenario de su muerte (1994), México, UNAM, 1997; y Olea Franco, Rafael, ed., Literatura mexicana del otro fin de siglo citado.

 

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Rama, Ángel, «Literatura y clase social» en Escritura, a. 1, n.º 1, 1976. En Marcha de 7 de agosto de 1964 se refería a los problemas que enfrentaba el crítico de la siguiente manera: «No hay literatura de más difícil conocimiento y sistematización que la llamada hispanoamericana. Cualquier otra del mundo occidental cuenta ya con estructuras firmes, claros ordenamientos de valores, buenos repertorios de información, guías puestas al día y, en la medida en que pertenezcan a países de amplio desarrollo, excelentes medios de difusión y de crítica acerca de los más recientes productos. Nada parecido hay en las letras hispanoamericanas, donde las primeras y difíciles barreras están instaladas desde el comienzo, a saber, en el plano de la mera información sobre lo que se publica. Es fácilmente imaginable que en todos los restantes planos no se hace sino agudizar las complicaciones».

 

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En Buenos Aires aún prevalecía la situación descripta por Roberto F. Giusti hacia la primera década del XX: «... la librería extranjera atraía sin posibilidad de competencia el interés de los lectores cultos. La producción argentina era pobre... Los libros impresos en el país eran escasos. Cuando se publicaba alguno de presumible éxito (entiéndase, entre varios centenares de lectores), los libreros de Moen embanderaban con él toda su vidriera de la calle Florida...». En Visto y vivido, Buenos Aires, Losada, 1965, p. 94. En 1916 alienta Gálvez la constitución de la Cooperativa Editora Buenos Aires, integrada por escritores, para editar obras de autores argentinos. En cinco años, con buena venta, aparecen 68 títulos.