IV, 268, 17. Los libros de caballerías también presentaban un «nuevo modo de vida».
I, 80, 27; III, 401, 23; de forma parecida, III, 222, 3-4. Este punto de vista es expresado por otros en II, 339, 32, y Persiles, I, 33, 30-31. También se manifiesta la prioridad de las obras sobre las palabras en III, 325, 29-30; IV, 289, 3-12; y «La gitanilla», I, 56, 18-19.
IV, 269, 1-2; por eso, como Don Quijote, está dispuesto a ayudar a la descaminada Claudia Jerónima, cuya desgracia autoinflingida demuestra el error de la venganza, que Cervantes ataca frecuentemente (I, 286, 18-20, aunque compárese 25-29; II, 218, 4-5; III, 150, 32-151, 2; III, 347, 11-27; «Coloquio de los perros», III, 241, 10-13). Don Quijote también está dispuesto a vengarse en otras ocasiones (I, 195, 5-8; I, 231, 18-21; I, 254, 18-21), que asocia con la conducta de Reinaldos de Montalbán (I, 107, 16-22), y se niega a vengar el rucio sólo porque los ofensores no son caballeros (III, 150, 25-31).
Como se habían conservado las obras de Homero y debía hacerse con Palmerín de Inglaterra (I, 100, 3-7). Véase Romances of Chivalry in the Spanish Golden Age, págs. 84 y 124-129.
Véase la nota 325 del capítulo 3.
Véase «Scatology in Continental Satirical Writings from Aristophanes to Rabelais», capítulo 1 de Swift and Scatological Satire de Jae Num Lee (Albuquerque: University of New Mexico Press, 1971).
I, 212, 8-10; I, 273, 1-2; II, 66, 8-19; III, 139, 26.
I, 194, 19; II, 290, 3-7; III, 178, 1.
III, 363, 20-22.
IV, 69, 10-13; IV, 174, 22-23; véase también I, 305, 18-19.