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Llegó aun en las instrucciones de 9 de marzo, antes citadas, a atemorizar con que «la Iglesia (de Colombia) por su propia conservación, y en obediencia a las doctrinas de los apóstoles, buscará el remedio en sí mismo, y el Gobierno no puede ni debe impedirlo». Mas estas plebeyas amenazas, iguales a las de México y El Salvador, no fueron conocidas por el Papa gracias a la prudencia de Tejada. (N. del A.)

 

122

Si se hubiese instruido el proceso, quizás habría habido objeciones contra algunos de los nombrados, por sus excesivas condescendencias con el Poder Civil y otros motivos. Recuérdese la actitud del doctor Calixto de Miranda en la supuesta vacancia de la Silla de Quito en 1822, actitud mucho menos grave que la observada en 1843; por el ilustrísimo señor Arteta, cuando el juramento de la Constitución de ese año, y que impidió largo tiempo la promoción de tan venerable pastor al Arzobispado quitense. Es verdad, que la época no permitía sino rara vez algún acto de fortaleza en los desventurados obispos, que continuaban de «sacristanes honrados», a causa de la perniciosa intervención del Poder Civil en los asuntos eclesiásticos. (N. del A.)

 

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En ese Consistorio de 21 de mayo de 1827 definió León XII, de manera clara e irrevocable, su actitud hacia América: estricta neutralidad en los negocios políticos, y solícita atención de los espirituales, especialmente de la provisión de pastores para las iglesias huérfanas. La Corte de Madrid, dice Mourret, mostró una vez más su disgusto por estas medidas, a pesar de la notoria moderación y largo estudio con que la Santa Sede había procedido a excogitarlas, en solo bien de las almas. Fernando VII, en represalia; difirió la recepción de monseñor Tiberi, enviado de la Santa Sede y disminuyó los socorros que remitía periódicamente a Tierra Santa. (Obra citada, tome VIII, pág. 104). (N. del A.)

 

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En carta oficial de 7 de noviembre de 1828 agradeció el Libertador al Papa, en términos hermosos y edificantes, por el «don perfecto a esta parte del rebaño de Jesucristo, dándole pastores de su elección, conocidos antes, por sus virtudes y capaces por su saber y doctrina, de enseñar la religión y la fe, y por su ejemplo, de inspirar la moral y costumbres. El beneficio ha sido inmenso, añadía, para estas iglesias viudas, por un número de años considerable; la escasez de sacerdotes era extrema; multitud de parroquias se hallaban sin párrocos; y los fieles, privados de los sacramentos, carecían de la divina palabra y de los bienes de la Religión. Ha cesado esta orfandad en que yacíamos en lo espiritual innumerables personas y lo deben al Vicario de Jesucristo. Reciba, pues, vuestra Santidad la expresión de nuestra gratitud, y del pueblo de esta República las más sinceras protestas de su adhesión a la Silla Apostólica, y a la cabeza visible de la Iglesia militante».

Perfecta sería esta nota si Bolívar no hubiese pretendido, al fin de ella, hacer tardía defensa de la Ley de Patronato, sugerida, dice, por la necesidad de las mismas iglesias, en que había peligro de que se suspendiera la jurisdicción eclesiástica por falta de prebendados, y por el mejor cumplimiento de los cánones, que no permitían largos interinatos en los beneficios. Empero, esta misma justificación intempestiva hecha en forma hábil y respetuosa, manifiesta la bondad de sus sentimientos y la inquietud que tenía el Libertador, porque se legalizara cuanto antes aquella situación incierta y difícil. Bolívar aprovechamos esta ocasión para decirlo no creyó jamás en la legitimidad del patronato que se atribuía el Estado colombiano, y no quiso que se diera dicha ley. Véase la carta del doctor Manuel José Mosquera al doctor Rufino Cuervo fechada el 6 de marzo de 1829, en el Epistolario de este último. (N. del A.)

 

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Honrosísima para Colombia y para Tejada fue la nota en que el Cardenal Secretario comunicó, el 2 de febrero de 1827, el desenvolvimiento del negocio capital de la institución de obispos propietarios para América al Embajador francés en Roma: «Entre los nuevos Gobiernos que han proclamado allí la independencia, es el colombiano el que, hasta ahora, ha correspondido mejor que otro alguno a los cuidados y paternales excitaciones del Santo Padre. Hace ya tiempo que se encuentra en Roma su diputado, por nombre señor Ignacio Texada, provisto de los debidos poderes. Justo es rendirle el testimonio que merecen las virtudes que le adornan y su espíritu conciliador, del que tiene dadas pruebas inequívocas. Se ha convenido con él, que todas las iglesias vacantes de Colombia reciban obispos titulares. Eran los primeros pasos que habían de darse para conservar la fe católica en aquellas inmensas y lejanas comarcas; donde la impiedad y la herejía, combinando todas sus fuerzas, no dejan de trabajar para destruirla [...] Quisiera poder comunicar a V. E. resultados parecidos de los otros gobiernos de América Española, mas las cosas están en un estado muy diverso». ( Nota tomada del interesantísimo estudio del reverendo padre Pedro Leturia Societas Jesu, intitulado León XII y Bolívar que salió a luz en Razón y Fe, 25 de diciembre de 1930; estudio que hemos aprovechado prolijamente para redactar el parágrafo sobre «La provisión de los obispados»). (N. del A.)

 

126

Cuevas Societas Jesu, obra citada, tomo V, pág. 159. (N. del A.)

 

127

Zubieta, Apuntaciones sobre las primeras misiones diplomáticas de Colombia, Bogotá, 1924 pág. 586. (N. del A.)

 

128

Véase, para más detalles sobre esa epopeya de amor marial, la obra del reverendo padre Joel L. Monroy, La Santísima Virgen de la Merced de Quito y su Santuario, págs. 196 y sgts. (N. del A.)

 

129

A Ibarra fueron a recibirle, comisionados por el Cabildo Eclesiástico, los canónigos Miranda y Pérez de Anda. (N. del A.)

 

130

Véase el opúsculo «Los sentimientos religiosos de Sucre», por el excelentísimo y reverendísimo señor doctor don Manuel María Pólit Laso, dignísimo Arzobispo que fue de Quito. (N. del A.)