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111

Historia de los heterodoxos españoles, tomo III, pág. 517. (N. del A.)

 

112

Groot, obra citada, tomo III, pág. 394. (N. del A.)

 

113

Menéndez Pelayo, Historia de los heterodoxos españoles, tomo III, pág. 525. (N. del A.)

 

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En comunicación referente a los colegios de Antioquia, expresó el Gobierno que el Libertador estaba «resuelto a no entregar la dirección de la juventud sino a personas en quienes no haya el menor peligro de que la corrompan...». Monsalve, Estudios sobre el Libertador, pág. 103. (N. del A.)

 

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Se eludió así delicadamente el problema de la religión del Estado: pero el gobierno, en ley orgánica a la cual se le daba el carácter de fórmula constitucional precaria, estableció de manera clara sus deberes hacia la fe del país. Bolívar, por su parte, precisó su criterio sobre este punto, en el célebre discurso del 28 de setiembre de 1827 con motivó de la consagración de los Obispos. Después de ponderar la gracia pontificia, dijo: «Estos ilustres príncipes y padres de la grey de Colombia son nuestros vínculos sagrados con el cielo y con la tierra. Serán ellos nuestros maestros y los modelos de la Religión y de las virtudes políticas. La unión del incensario con la espada de la ley es la verdadera arca de la alianza». En lenguaje poético, propio del elevado idealismo de su espíritu cristiano, expresó así la tesis católica de la unión y colaboración entre los dos Poderes, independientes y soberanos en sus esferas respectivas. (N. del A.)

 

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Sobre los sentimientos religiosos de Bolívar véase especialmente: J. D. Monsalve, Estudios sobre el Libertador, págs. 83 y sgts.; y El ideal político del Libertador Simón Bolívar, tomo II, págs. 375 y sgts.; y La muerte cristiana de Bolívar, por el Excelentísimo señor doctor don Manuel María Pólit Laso, Arzobispo de Quito. (N. del A.)

 

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Referímonos en especial a la Encíclica que, precisamente en ese mes, el 24 de septiembre de 1824, se arrancó al Papa. Órgano principal de esa presión moral fue el influyentísimo embajador español Vargas Laguna. Permítanos el lector que le demos algunos datos sobre ese documento, sacándolos del eruditísimo y original estudio que al respecto publicó el padre Leturia en Razón y fe, mayo de 1925.

La Encíclica tenía por objeto principal advertir a América de los males de orden religioso que le amenazaban, y principalmente de las sociedades secretas y de la propaganda irreligiosa; pero contenía, además, un párrafo, fuera de toda ilación lógica con lo anterior, en que se pedía a los obispos americanos que esclareciesen ante los fieles las augustas cualidades de Fernando VII. Había sido solicitada la Encíclica en mayo de 1824: cuando las fuerzas españolas, bajo el mando del Virrey La Serna, obtenían importantísimas victorias y parecía peligrar gravemente la independencia americana. En tales momentos tenía utilidad; mas, persuadida la Santa Sede de que su obligación primera era atender a las necesidades espirituales de los fieles y no hacer solidaria su causa del éxito político de ninguno de los contendientes, se resistió cuanto pudo a la publicación. Aparecida al fin en setiembre y llegada a España dos meses después, el gobierno de Madrid la estimó insuficiente, como así era para los fines que perseguía. El Nuncio en Madrid, muy adherido a la causa del Rey, tuve que trabajar sin embargo para que no se exigiera nada más de la Silla Apostólica; y sólo en febrero 10 del siguiente año, salió el Breve en la Gaceta. Aparecía empero muy tarde, cuando la situación de Bolívar en el Perú había cambiado radicalmente, después de los grandes triunfos de Junín y Ayacucho (6 de agosto y 9 de diciembre de 1824).

Con la Encíclica hizo Roma el último sacrificio en favor de España y sus intereses religiosos, harto amenazados; sacrificio sumamente doloroso, pues la misma Santa Sede temió sus malos efectos, «a pesar de su tono moderadísimo», según escribía el cardenal Della Somaglia al Nuncio en Madrid, Giustiniani. No lo creía así éste y quería que la Santa Sede se adhiriese francamente a la causa del Gobierno legítimo «hasta que la total emancipación de un lado; y la pérdida de todos los medios de reprimirla por otro», quitasen «toda esperanza de verlo triunfar». Sin embargo, el mismo Nuncio comprendía que convenía a la Santa Sede escuchar las demandas que le hicieran los «disidentes». «En este sentido, añadía, hablaré sin paliativos al señor Ministro de Negocios Extranjeros, y me lisonjeo con la esperanza de que lograré no le asombre la llegada a Roma de los dichos diputados (habla de los que en esa época enviaban sucesivamente los diversos países de América, y, en particular de Tejada) y desista de toda importuna reclamación». El Nuncio se empeñaba en demostrar también que el fracaso de la comisión de monseñor Muzi en Chile se debía a los sentimientos irreligiosos de los nuevos países, en que la demagogia unía en su desprecio los derechos de Dios y los de la Potestad legítima.

La Santa Sede puso término con vigorosísima nota a las discusiones y consejos del Nuncio, diciéndole que del mal éxito de la comisión Muzi no podía deducirse regla alguna de carácter general, sobre lo que convenía hacer; pues se debía en gran parte, a la elección del personal de aquella Delegación Pontificia. Y terminaba sosteniendo que la verdadera línea de conducta de la Santa Sede, era la de desligarse políticamente de los beligerantes, para ocuparse con celo y prudencia en la salud de las almas.

Muerto a poco Vargas Laguna y reemplazado por agentes menos influyentes y temerarios, Tejada pudo entrar de nuevo en los Estados Pontificios y obtener lo que antes parecía inverosímil: la provisión de Obispos titulares. El Nuncio había hecho cuanto le era posible por suavizar la terca inflexibilidad del Ministerio español. (N. del A.)

 

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En carta de 27 de febrero de 1827, Tejada manifestó a Santander la repercusión en Roma de los diversos sucesos religiosos y políticos de Colombia: «La escandalosa contienda con los dos Senadores [habla del pleito entre los doctores Méndez y Gómez en el Congreso del 26] fue mirada como un preludio de animosidad destemplada en grandes partidos opuestos, las ocurrencias con los ingleses protestantes como un principio de guerra religiosa y de disgusto por las nuevas instituciones y los sucesos de Caracas como una subversión de todo el orden. Agregue Usted las mentiras divulgadas con estudio del desembarco de españoles en Santa Marta; del asesinato de la persona del Libertador; de la conspiración de varios generales en el Perú; de la desorganización completa de aquellas nuevas Repúblicas; de los proyectos de monarquía en ellas; de un desembarco de enemigos en Tampico; de la insurrección de Méjico a favor de España; de un cisma en los Estados Unidos Mejicanos; de la ruina general del comercio y minería; de la absoluta falta de dinero para los gastos y sostener el crédito público; del descontento general del pueblo, con otras que omito, para no cansar, y vea usted si ha habido motivos bastantes para retraer a los que no estaban muy animados [...]». (Archivo Santander, tomo XVI, pág. 253).

Santander, sin embargo, estuvo muy lejos de improbar la conducta del Papa. En carta al doctor, José Fernández Salvador de 28 de junio de 1827, le decía: «He recibido comunicaciones del señor Tejada hasta el 27 de febrero. Creo que ha trabajado muy bien ese señor y que ha recabado del romano Pontífice cuanto era posible en sus circunstancias y las nuestras. He recibido una carta del Papa casi a semejanza de las que envía a otros gobiernos». (Archivo Santander, tomo XVII, pág. 98). (N. del A.)

 

119

Dos meses antes, el 6 de marzo, volvió a entrar en Roma Tejada. (N. del A.)

 

120

Cuevas, Historia de la Iglesia en Méjico, tomo V, pág. 170. (N. del A.)