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La historia de esta negociación puede verse en «Documentos para la Historia de la diócesis de Mérida, recogidos y publicados por el Ilmo. señor doctor don Antonio Ramón Uva, Obispo de la misma diócesis. Pontificado del Ilmo. señor Lasso de la Vega [Sus trabajos en el orden político], Mérida, 1922». (N. del A.)
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Leturia, obra citada, pág. 239. (N. del A.)
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El señor Jiménez guardó desde entonces acrisolada lealtad a la República y respeto a su gobierno; pero supo acatar también los derechos de la Iglesia. Había tomado muy a pechos la recomendación de Bolívar de que vigilase por la conservación de la pureza de la fe; y tenía altísimo concepto del deber episcopal de «estar sumisos y obedientes a nuestro centro de unidad»
(fiel Pontificado): y ni el afecto personal al vicepresidente Santander, le hizo renunciar a la predicación contra la masonería. «Un Obispo, decía al mismo Santander el 5 de abril de 1823, no puede tener mayor satisfacción en el mundo, ni debe apetecer otra que pueda lisonjearle más, que la de verse amado de su grey»
. (Archivo Santander, volumen IX). En letras, fue mucho más competente que el ilustrísimo señor Lasso de la Vega, cuyo estilo enigmático es tormento de lectores.
(N. del A.)
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Las presentaciones hechas por Santander y Lasso fueron objeto de agrias recriminaciones en la legislatura de 1821. Varios diputados, entre ellos el clérigo Osio, informaron en el sentido de que el Ejecutivo, al proponer obispos, había invadido las atribuciones legislativas; y pidieron que el Congreso anulase tales propuestas y postergara la provisión de beneficios. (N. del A.)
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Obra citada, pág. 263. (N. del A.)
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Leturia, obra citada, pág. 9. (N. del A.)
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La medida propuesta por monseñor Jiménez tuvo, en principio, plena acogida de parte de Santander; pero éste quiso, y Jiménez convino, que el Legado fuese uno de los obispos que quedaban en Colombia, probablemente el mismo de Popayán, quien, en carta de junio de 1823 decía al Vicepresidente: «Yo siempre he creído que así lo determinaría el Papa, pues sería muy difícil el que por allá hubiese alguno de la dignidad que debe tener, que quiera venir a tanta distancia, exponiéndose a los mayores riesgos [...] y me sostengo en mi dictamen de que es indispensable que tengamos un Legado a latere en nuestra República, que con unas facultades muy extraordinarias trance y resuelva los muchos puntos que por necesidad se han de ofrecer [...] la legación se la podía enviar al señor Lasso si fuere del agrado de U., pues que debo confesar mi demérito [...] aunque no por esto deje de darle las más expresivas gracias por lo mucho que su bondad me distingue[...]»
(Archivo Santander, volumen X, pág. 209).
Quedaba así desvirtuada la idea, tan atinada como oportuna, del proponente. La Santa Sede no podía en aquellas circunstancias confiar esa comisión a un obispo de América, sin desnaturalizarla y privarla de toda eficacia. Seguramente por esa y otras causas, la Santa Sede no accedió a la propuesta.
(N. del A.)
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León XII adoptó desde el principio de su pontificado el programa de Consalvi, quien en la primera entrevista que tuvo con el nuevo Papa, le aconsejó que se preocupase de la protección de los católicos de las jóvenes repúblicas de América, sin tener en cuenta las protestas de España. (Mourret, obra citada, tome VIII, pág. 68). (N. del A.)
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El mal éxito de la misión Muzi, al cual contribuyeron las ideas regalistas de los prohombres americanos y, al mismo tiempo, la extrema rigidez del Vicario apostólico, hizo desistir a la Santa Sede de todo propósito de enviar nuevas delegaciones a América. La Congregación de Negocios Eclesiásticos extraordinarios, en sesión de 2 de marzo de 1825, rechazó definitivamente, «después de madura deliberación, la idea de mandar una misión pontificia a Colombia»
. (Leturia, Razón y fe, n.º de mayo de 1925, pág. 46, nota 2). Sin embargo, monseñor Lasso de la Vega insistió, en su carta al Papa de 21 de julio del mismo año, en esa idea: «La expulsión del de Chile, se permitió observar el buen Obispo, no es un argumento que se puede aducir respecto a nosotros máxime cuando se asegura que aquello no se debió a circunstancias personales»
.
(N. del A.)
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En el Congreso se formaron ya dos bandos, según las ideas. El de la Montaña, muy adherido, según Santander, a las «preocupaciones religiosas»
, y el del Valle, partidario en mayor grado de la
libertad. Al primero pertenecieron tres de los cuatro diputados del Ecuador; Marcos, Chiriboga y Guerrero todos clérigos. Al segundo, sólo uno, el doctor Mariano Miño, a quien se le conocía ya por sus ideas sospechosas en materia de religión. (N. del A.)