 Capítulo VI
|
|
|
|
Aposento no muy grande, cómodo, bien
amueblado y a media luz
|
|
|
ISIDORA Y
JOAQUÍN
|
|
JOAQUÍN.-
(Con admiración)
¡Pero qué guapa estás, o mejor dicho, qué hermosa
eres!... Joya digna de un rey, ¿por qué estás condenada a
encerrar tu brillo dentro de la esfera de una posición mediana, obsura y
equívoca? ¡Tremendas ironías del destino! Fíate de
que el nacimiento y el temperamento te hayan hecho ilustre... si la realidad y
el mundo traidor no te permiten manifestarte como eres... Pero no suspires, no
te entristezcas. Hoy es día de alegría y juntos los dos
aquí olvidaremos todas nuestras penas... Cada día me es
más difícil vivir sin ti.
|
|
ISIDORA.-
(Con coquetería)
¡Embustero!... Me quieres cuando me necesitas, cuando eres desgraciado.
¡Desde que prosperas un poco, ¡adiós!, ya no te acuerdas de
mí! Yo no debía hacerte caso; pero mi debilidad es más
fuerte que mi fortaleza, ¿entiendes?... ¿Quién no tiene un
castigo en el mundo? Mi castigo eres tú. En vez de darme enfermedades o
de volverme fea, Dios me ha dicho: «Quiérele»; y ya ves, te
quiero y padezco. El corazón me dice que será constante. Te
amaré siempre, mientras viva. Mi corazón es de una pieza. No
puede amar sino a uno solo, y amarle siempre... Los hombres, descartando el
mío, me hastían; les aborrezco. Uno solo me ha
—73→
conquistado, y de ese soy. Venga lo que viniere, a mi amor me atengo. No
sé cómo hay mujeres que adoran hoy a este y mañana al
otro. Yo no soy así.
(Con tristeza.) ¿No es
verdad que nací para ser honrada?
|
|
JOAQUÍN.-
Y para mí.
(Entusiasmándose por
grados.) Sólo yo te comprendo, sólo yo. Los demás
te juzgarán mal quizás. Yo, que te conozco, sé que eres un
ángel de bondad. La responsabilidad de tus faltas las tomo para
mí y te dejo a ti la gloria de tus bellas acciones. ¡Y qué
ingrato he sido contigo! Pero me has dado una de esas lecciones que son propias
de las grandes almas. A mis ligerezas respondes con tu generosidad.
|
|
ISIDORA.-
(Mirándole a los ojos.)
¿Estás satisfecho de mí?
|
|
JOAQUÍN.-
Te idolatro.
|
|
ISIDORA.-
¿Me he portado bien?
|
|
JOAQUÍN.-
Como una princesa, como una reina. No
todas las coronas están donde deben estar... ¡Ay, Isidora, bendito
sea tu orgullo! Quien nota en su alma esa chispa, ese no sé qué,
signo de elevación sobre el nivel común, está preparado
para las cosas grandes y sublimes. El orgullo no es en ti un defecto, es una
inspiración santa.
|
|
ISIDORA.-
Pero no tengo la conciencia
tranquila... Ya ves que...
|
|
JOAQUÍN.-
Desecha las ideas convencionales. Cada
acción tiene un punto de vista desde el cual debe juzgársela, lo
cual prueba la gran variedad de las perspectivas del alma humana...
|
|
ISIDORA.-
Yo siento algún
remordimiento...
|
|
JOAQUÍN.-
Porque no has hecho un
análisis frío del hecho en sí y te dejas llevar de la
rutina.
|
|
—74→
|
|
ISIDORA.-
(Gozosa.) ¿Te pusiste
contento cuando recibiste mi carta?
|
|
JOAQUÍN.-
La besé mil veces, y aun creo
que se me escapó una lágrima, cosa en mí desusada.
|
|
ISIDORA.-
Ya ves que cumplí mi palabra.
El jueves, cuando me pintabas tu compromiso y me decías que tu honor y
tu buen nombre estaban en peligro, te dije: «Yo, a quien tan grandes
desaires has hecho, te he de salvar...». No hay nada que me cautive
tanto, que tanto interese a mi alma, como un acto de estos atrevidos y
difíciles, en que entren la generosidad y el peligro. Nací para
estar arriba, muy arriba.
|
|
JOAQUÍN.-
En las estrellas te pondría
yo.
|
|
ISIDORA.-
Las cosas bajas y fáciles, las
pasiones mezquinas no caben en mí. Tú me habías hecho
muchas picardías; pues ahora verás... Yo soy así. La idea
de devolverte bien por mal me daba alegría y valor para vencer las
dificultades. Fui a mi casa pensando en tus apuros. Yo calculaba,
discurría, hacía cuentas. A medianoche no había dormido
aún; estaba sola. Podía pensar a mis anchas, y pensar en ti como
me diera la gana. Llegó la mañana. ¿Qué
creerás que hice? La cantidad era enorme. ¡Mil duritos! ¿De
dónde había de sacar yo ese dineral? Pues verás...
Vendí mis pendientes de tornillo y mi alfiler grande. Saqué doce
mil reales. Compré otros diamantes falsos para que él no
conociera el engaño. Después empeñé la pulsera, el
reloj; pero nunca bastaba, hijito. Por tu suerte, él me había
dado cierta cantidad para renovar parte de la sillería..., pues al
montón con ella. En fin, mi tía Encarnación me
proporcionó el resto... Y aquí vienen los escozores que siento en
mi conciencia...
|
|
—75→
|
|
JOAQUÍN.-
(Con escepticismo y fortaleza de
espíritu.) Eres una chiquilla. Es preciso que tu inteligencia se
ponga a la altura de tu gran corazón.
|
|
ISIDORA.-
(Con monería.)
Déjame, que yo me entiendo. Te diré la verdad pura. Por
engañarle no tengo remordimientos. Es un animal a quien aborrezco con
toda mi alma. No me merece... ¡Pero hay tantas clases de
traición!... Te diré...
|
|
JOAQUÍN.-
(Azotándola con
cariño.) Pero ven acá, tonta...
|
|
ISIDORA.-
(Abofeteándole con amor.)
Escucha, idiota... Digo que las traiciones de dinero no me gustan. Hay algo
ahora en mí que las rechaza. Te diré: con gusto o sin gusto
mío, él me da cuanto necesito. Es verdad que los tornillos eran
míos; me los habías regalado tú. Pero el alfiler me lo dio
él..., y el dinero para la sillería... Ya ves.
|
|
JOAQUÍN.-
Déjame hablar ahora.
|
|
ISIDORA.-
(Tapándole la boca.)
Aguarda.
|
|
JOAQUÍN.-
(Quitándose a viva fuerza la
mordaza y besándola mucho.) Déjame hablar a mí.
Escucha, escucha. Si ese animal tuviera cien veces más dinero del que
tiene; si en vez de haberse comido una parte del país se lo hubiera
comido entero, todo su caudal no bastaría para pagar una de tus
caricias, aun otorgada con violencia y sin amor. Esa cantidad que he recibido
de ti me ha salvado de la deshonra. Yo te quería ya, yo te amaba
siempre, a pesar de mis devaneos. Pero ahora te adoro, ahora soy tu esclavo.
Esta deuda es sagrada, es doble; deuda del corazón y deuda de bolsillo.
Te pagaré religiosamente.
|
|
ISIDORA.-
¡Pagarme! ¡Ay! Yo no cobro
nunca.
—76→
Mis manos no nacieron para eso. Si en algo estimas el
beneficio que de mí has recibido, ya sabes la recompensa que quiero.
|
|
JOAQUÍN.-
(Amoscado.)
¿Cuál?
|
|
ISIDORA.-
Te lo he dicho mil veces. El
reconocimiento de Joaquín...
|
|
JOAQUÍN.-
(Sintiéndose atacado de
sordera.) No te oigo.
|
|
ISIDORA.-
Que reconozcas a nuestro hijo.
|
|
JOAQUÍN.-
¡Ah!, ya...; eso es corriente.
(Disimulando su contrariedad.) En
estos días me hallo en tal situación, que no podré
celebrar ningún acto civil... ¡Ay!, querida mía, confesor
mío, para ti no debo tener secretos. Delante de ti no debo ni puedo
disimular mis faltas. He sido un calavera, un disipador; merezco lo que me
está pasando. Yo tenía una regular fortuna. ¿Sabes
tú cómo se me ha ido de entre las manos? Pues yo tampoco lo
sé, y me confundo... Cosa de magia, chica, porque yo... te juro que vivo
con economía... Malditos sean los usureros, fieras desenjauladas,
dragones sueltos contra quienes nada puede la humanidad indefensa. Y gracias
que renovando a tiempo, con tu divino auxilio
(Da un gran suspiro.) , he podido
salvar el honor por el momento. A ti te debo que no haya caído una gran
mancha sobre el honrado nombre de Pez... ¿Pero qué
sucederá? Que dentro de poco llegará otro vencimiento. Chiquilla,
con las fechas no se juega. El tiempo es implacable... Papá me ha
hablado seriamente el otro día. Hemos hecho un balance. Le he
descubierto todos mis líos; se ha incomodado, y por fin hemos resuelto
que no tengo más remedio que irme a la Habana.
|
|
ISIDORA.-
¡A la Habana!
|
|
—77→
|
|
JOAQUÍN.-
Sí, con un destino en la
Aduana, un gran destino. Es el único remedio. Los españoles
tenemos esa ventaja sobre los habitantes de otras naciones. ¿Qué
país tiene una Jauja tal, una isla de Cuba para remediar los desastres
de sus hijos?
|
|
ISIDORA.-
¡Ya!
|
|
JOAQUÍN.-
Me iré a la perla de las
Antillas, como decimos por acá. ¿Quieres ir conmigo?
|
|
ISIDORA.-
(Reflexionando seriamente.) Te
diré...; ir contigo sería mi dicha. Yo te cuidaría si
caías malo, y te desviaría de tus calaveradas, porque
allá... Pero no puedo, no puedo salir de aquí. Tengo que estar a
la mira de mi pleito. El abogado me ha dicho que lo ganaré si tengo
paciencia. Ya se ha hecho lo que llaman la réplica, y luego que la
señora presente su dúplica, vendrá la prueba... Ya ves, me
voy enterando de estas cosas fastidiosas.
|
|
JOAQUÍN.-
Si lo ganaras...
(Afectando confianza.) Yo
creo...
|
|
ISIDORA.-
Es el principal móvil de mi
vida. Cuando consiento en separarme de ti por pleitear, figúrate si es
cosa de importancia.
|
|
JOAQUÍN.-
(Con seriedad.) Y yo lo
comprendo... No debes salir de aquí. Cuando yo venga, ¡toma!, de
seguro te encontraré en pacífica posesión de la casa de
Aransis,
|
|
ISIDORA.-
¡Dios te oiga!... Yo
también lo creo así.
|
|
JOAQUÍN.-
Es evidente... Nada, nada; es cosa
hecha.
|
|
ISIDORA.-
Cosa clara.
(Se abrazan para comunicarse
recíprocamente su confianza.) ¿Y cuándo te
vas?
|
|
JOAQUÍN.-
No lo sé. Dejaré pasar
el verano.
—78→
Papá y el ministro han hablado ya. Aunque en el
Congreso se tiran a matar, allá, entre bastidores, son amigos y se
sirven bien. Cuando papá era Director, servía a este señor
en cuanto le pedía, y ahora para el Ministro no hay mejor
recomendación que la de mi padre.
|
|
ISIDORA.-
(Con mucho mimo.) Pero yo siento
que te vayas. ¿Por qué no tratas de remediarte aquí?
¿Por qué no trabajas en algo?
|
|
JOAQUÍN.-
¿Aquí? ¡Trabajar
aquí!... Tú te has caído de un nido. En España no
se recompensa el mérito. ¡Qué país! Es claro; yo
trabajaría, yo me dedicaría a algo; pero ¿qué pasa?
Los escritores, los artistas, los industriales y hasta los tenderos todos se
mueren de hambre. Que trabaje el obispo. No hay más medio de ganar
dinero aquí que metiéndose en negocios patrocinados por el
Gobierno. Pídele datos de esto a tu señor Sánchez
Botín. Es un genio.
|
|
ISIDORA.-
(Con malignidad.) Es un genio...
inaguantable. Está muy hueco con el discurso que pronunció ayer.
Es de..., de la Comisión. ¿No se dice así?
|
|
JOAQUÍN.-
De la Comisión, justo.
Todavía no he leído su discurso.
(Incorpórase, y del bolsillo de su
levita saca un diario.) Es un hatajo de necedades soporíferas.
Cuando hablaba, no había seis diputados en el salón, y de estos
seis, cinco estaban dormidos. Todos los oradores versados en
administración producen estos efectos de narcótico. Papá
mismo, cuando habla de esto, es el puro beleño. Pero ayer era el
único que logró estar despabilado durante la oración
fúnebre-administrativa de Sánchez Botín.
|
|
ISIDORA.-
Pues él dice que
apabulló a tu padre.
|
|
—79→
|
|
JOAQUÍN.-
¡Qué gracia!
Verás.
(Amenaza leer.)
|
|
ISIDORA.-
Por Dios, dejo eso.
|
|
JOAQUÍN.-
Oye qué admirable estilo.
(Lee.) «Los señores
que se sientan en esos bancos...».
|
|
ISIDORA.-
¡Por la Virgen
Santísima!
|
|
JOAQUÍN.-
Si esto es muy divertido.
(Sigue leyendo.) «... no
quieren acabar de comprender que los que nos sentamos en estos bancos y la
Comisión...».
|
|
ISIDORA.-
(Arrebatando el papel de manos de
Joaquín.) Si tú le
estuvieras oyendo a todas horas...
|
|
JOAQUÍN.-
Es un bruto que merecía el
desprecio si no mereciera el presidio. Su discurso es el colmo de la
sabiduría. Dice que en tiempo de papá eran mayores los
escándalos y las irregularidades... Voy a contarte en dos palabras las
gradas de Botín.
|
|
ISIDORA.-
(Tristemente.)
¿Será tarde?
(Hace un gorro con el periódico en
que está el discurso de Botín.)
|
|
JOAQUÍN.-
No, querida; es temprano.
|
|
ISIDORA.-
Paréceme que entra poca luz,
que anochece...
|
|
JOAQUÍN.-
Es que se ha nublado.
|
|
ISIDORA.-
Mira el reloj.
|
|
JOAQUÍN.-
No me da la gana.
|
|
ISIDORA.-
¡Qué horas tan felices
si no fueran tan cortas!
(Acaba el gorro de papel y se lo
pone.) ¿Qué tal?
|
|
JOAQUÍN.-
(Dando su aprobación
expresivamente.) ¡Mona!... Pues te contaré las gracias de
Botín.
|
|
ISIDORA.-
¡Ay! Esas gracias me han hecho
llorar mucho. ¡Si él supiera las mías!...
|
|
—80→
|
|
JOAQUÍN.-
Hace unos quince años
Sánchez Botín era un zascandil. Andaba por ahí con un
gabán perenne y sucio; pero ya dejaba traslucir sus disposiciones para
la intriga; adulaba a todo el mundo, y agenciaba cosas de poco valor en las
oficinas. Empezó a levantar cabeza, trabajando elecciones por los
pueblos del Alto Aragón. Hacía diabluras, resucitaba muertos,
enterraba vivos, fabricaba listas, encantaba urnas. Después le colocaron
en el Ministerio, y casó con la de Castroponce, que le aportó dos
millones. Hízose diputado y gerente del ferrocarril de
Albarracín. Aquí empiezan sus triunfos. Como tiene amistad con el
ministro y allá se gobiernan bien los dos, hace lo que quiere.
Figúrate, la ley autoriza a los Ayuntamientos para auxiliar a las
Compañías de ferrocarriles con el 80 por 100 de sus bienes
propios.
|
|
ISIDORA.-
(Bostezando.) ¡Qué
cosas!
|
|
JOAQUÍN.-
Tú no entenderás esto.
Yo tampoco. Ello es que hay un papel que se llama Inscripciones, el cual
está en la Caja de Depósitos. Botín se arregla para
sacarlo, da una pequeña parte al Ayuntamiento, y con el resto y la
subvención van construyendo el ferrocarril sin adelantar una peseta. El
Gobierno les da prórrogas.
|
|
ISIDORA.-
(Cerrando dulcemente los ojos.)
¡Qué picardía!
|
|
JOAQUÍN.-
(Con verbosidad.) Pero esta
tostada, con ser un negocio inmoral, no es tan atroz como la que resulta de
comprar por un pedazo de pan los abonarés de los soldados de Cuba, que
llegan aquí muertos de miseria, enfermos y con un papel en el bolsillo.
El Gobierno no puede pagarles; pero Botín ha reunido millones
—81→
en esos abonarés, y el mejor día se los admite el
Gobierno en pago de un empréstito... Pues en las subastas no te digo
nada. Ahí es donde están las ricas tostadas. Él hace lo
que quiere. Es un bajá administrativo, mejor dicho, un sultán que
tiene las rentas públicas por serrallo. Se pone de acuerdo con el
Gobierno, y redacta a su gusto el pliego de condiciones, de manera que no se
puede presentar nadie... Pero ¿qué es eso?...
(Poniéndole la mano en la
frente.) ¿Isidora?... Se ha dormido... ¡Qué hermosa
está! ¡Qué cuello y hombros tan admirables!... Pura escuela
veneciana... ¡Isidora!
|
|
ISIDORA.-
(Despertando.) Me dormí
arrullada por las gracias de Botín. ¿Será tarde? Ahora
sí que anochece.
|
|
JOAQUÍN.-
Es que es un chubasco, tonta. El
cielo está negro.
|
|
ISIDORA.-
Es hora de marcharme. Mira el
reloj.
|
|
JOAQUÍN.-
Para que te desengañes.
(Mira el reloj.) ¿Ves?
Todavía me debes una hora, según lo convenido.
|
|
ISIDORA.-
¡Una hora!
(Con pena.) Sesenta minutos me
separan de la presencia de ese bruto. No le puedo apartar de mi
imaginación. Es una pesadilla que me atormenta noche y día.
¡Cuándo despertaré de ese hombre!... Me parece que le veo
entrar esta noche como todas. «Buenas noches»-, buenas noches.
«¿Dónde has estado? Tú has salido...».
Aquí de mi talento para inventar cosas. Yo no he gustado nunca de decir
mentiras; pero desde que vivo con él me he adiestrado de tal modo en
ellas, que las suelto sin pensar; se me ha desarrollado un talento para
mentir... Pues te diré. Entra él; como entienda
—82→
que
he salido sin su permiso. ¡María Santísima! Él gasta
en mí su dinero a la calladita; y me compra cuanto apetezco con tal que
no lo luzca, con tal que nadie me vea. Quiere que me ponga guapa para él
solo. Basta que cualquier persona me mire para que él se enfade, porque
cree que con los ojos se le roba algo de lo que tiene por suyo. No quiere que
me dé a conocer en la calle, porque no gusta de escándalos, y se
asusta de que esto se descubra. Dice que aquí no estamos en
París, y que es preciso no chocar, no dar motivo a la
murmuración, no faltar a las buenas apariencias sociales. Es un
egoistón y un hipócrita... Lo primero que me encarga es que vaya
a misa todos los domingos. Dice que conviene no dar mal ejemplo al pueblo.
Cuando echa un discurso sobre los buenos principios, que son la base del orden
social, me lo lee con entonación grave..., ¡si le oyeras!, y me
dice con toda su alma: «Yo no puedo desmentir estas ideas. Conque mucho
cuidado...». En teatros no hay que pensar. Alguna vez me permite ir de
tapadillo, vestida de cualquier modo, y me hace subir a los anfiteatros. Ni aun
allí me deja libre, porque le veo atisbándome desde las butacas y
observando si miro o no miro, si hay moros por la costa, o algún hombre
sospechoso cerca de mí... En fin, es un tipo insufrible.
¡Qué celoso, Dios mío! Si me ve asomada al balcón,
ya se le figura no sé qué. ¡Ah!..., pues lo mejor es que a
cada instante me está sacando a relucir su dinero. ¡Qué
tonillo toma!
(Remedando voz de hombre.)
«Señora, yo me gasto con usted mi dinero, y usted ha de ser para
mí...». ¡Para él! Él quisiera que yo fuera un
vaso de agua para beberme de un trago. Quiere absorber mis miradas
—83→
todas y empaparse en mis pensamientos.
|
|
JOAQUÍN.-
(Con desprecio.)
¡Zopenco!
|
|
ISIDORA.-
¡Y cuánto me hace
padecer! Si me río, cree que me burlo de él; si estoy seria, dice
que no le quiero y que estoy pensando en otro. Si me canso, me llama
fría,
pedazo de mármol. Me toma cuenta del
respirar, y si doy un suspiro, ¡ay Dios mío!, ya está
armada la tempestad. ¡Y cómo me agobia! No sabe lo que es
delicadeza. A veces quiere tenerla, y sus melifluidades me dan asco. Menos me
repugna bruto y celoso que enamorado. Mi tía Encamación dice que
es el papamoscas de Burgos injertado en el bobo de Coria. Yo me río de
él, no lo puedo remediar.
(Ríe.) Cuidado que es feo,
¿no es verdad? No tiene más que la figura, que es medianilla,
aunque ha engordado demasiado. ¿Has visto aquella cara apelmazada, que
parece hecha en barro a puñetazos?
|
|
JOAQUÍN.-
Pues pocos habrá de más
pretensiones. Dicen que en los escaños del Congreso está siempre
mirándose el pie, porque lo tiene muy pequeño. La verdad es que
otro más antipático no ha nacido...
|
|
ISIDORA.-
Cuando palidece se le pone la cara de
un tinte ceniciento que causa horror. Si se quita las gafas sus ojos son tan
feos, tan raros... Te digo que no se le puede mirar, porque los ojos parecen
dos huevos duros, todos surcados de venillas rojas. Cuando el bigote se le
desengoma y la barba negra y cana se le desordena, parece un escobillón
inglés.
(Ríe.) Las manos las tiene
bonitas...; sin duda es de contar tantos billetes de Banco... Pues no digo nada
de la gracia que me hace cuando se pone a echarme sermones, y a reírse
de mi pleito y de mi nacimiento. Un
—84→
día por poco le pego...
Cuando está por moralizar, me dice que si me porto bien haré mi
suerte con él; que hay muchos modos de ser honrada una mujer, y que yo
puedo serlo todavía.
(Da un gran suspiro.) «Si
quieres llevar una buena vida, me dice, yo te protegeré. Te
casarás con un criado mío, que es ni pintado para el caso.
(Con gran indignación.) Y
una vez que estés casada te daré un estanco». ¡Un
estanco!
(Riendo con estrépito.)
Ese animal no sé qué se figura... Habla muy poco de su mujer.
Dice que es un ángel; pero que se ha hecho muy mística, y que
él, respetando mucho el misticismo, ha tenido que buscar fuera de su
casa lo que en ella no encontraba... No tiene hijos. Una cosa me agrada de
él... para que veas que todo no ha de ser malo... Quiere mucho a mi
Joaquín, lo acaricia, le cuenta cuentos, lo pone a cabalgar sobre sus
rodillas, le lleva dulces y juguetes... Esto sólo hace que le respete y
le estime un poco, ya que no pueda de ningún modo quererle ni
estimarle.
|
|
JOAQUÍN.-
Has hecho de él la gran
pintura. No tiene delicadeza ni verdadera generosidad, porque lo que te da es
para que realces tus atractivos y te ofrezcas más rica y sabrosa a sus
insaciables apetitos... No comprendo estos caracteres. Me parece que son la
escoria del género humano; me parecen hechos con algo puramente material
y grosero que sobró después de hacemos a todos, y que pudo tal
vez ser destinado a crear los animales. Pero la mente divina quiso formar la
transición del hombre al bruto, y fabricó a Botín.
|
|
ISIDORA.-
(Riendo.) Es verdad, es verdad.
Entre la palabra y el rebuzno, ¿qué hay? Un discurso de
Botín.
|
|
—85→
|
|
JOAQUÍN.-
¡Bravísimo!... Vamos,
cuando me comparo con él... Permíteme que me alabe en presencia
de ese bárbaro egoísta. Yo vivo de lo ideal, yo sueño, yo
deliro y acato la belleza pura, yo tengo arrobos platónicos. En otro
tiempo, ¿quién sabe lo que hubiera sido yo? Quizás un D.
Juan Tenorio; quizás uno de esos grandes místicos que han escrito
cosas tan sublimes... Ahora, ¿qué soy? Un desgraciado, por lo
mismo que me estorba lo negro en cuestiones de positivismo. Y, sin embargo, yo
me congratulo de ser como soy. Es verdad que falto a la moral, ¿pero por
qué? Porque no he sabido poner freno a mi fantasía; porque no he
podido cerrar y soldar mi corazón, vaso riquísimo que cuanto
más se derrama, más se llena... He querido a muchas mujeres; he
hecho mil disparates; he derrochado una fortuna. ¡Desventajas de la
constante aspiración a lo infinito, de esta sed, Isidora, que no se
satisface nunca! ¿Ves mis calaveradas? Pues nunca he sido verdaderamente
vicioso. ¡Oh!, ¡quién hubiera sido poeta!... Derramando mi
idealidad en versos, habría conservado mi ser moral. Pero nunca supe
hacer una cuarteta, ni he sabido distinguir a Júpiter de Neptuno...
¿Ves cómo estoy? ¿Ves mi ruina? Pues mira, tengo la
conciencia tranquila. No he despojado a nadie. Joaquín Pez pedirá
limosna antes que comerciar con el hambre y la desnudez de un licenciado de
Cuba. Yo no puedo ver en la calle un pobre sin echar mano al bolsillo; yo no
puedo ver una mujer guapa sin prendarme de ella.
(Isidora le da un
pellizco.) ¡Ay! Será debilidad, será lo que
quieras. Yo lo llamo
abundantia cordis, opulencia del
corazón. No lo puedo remediar. Soy como una pelota. La mano de la
generosidad
—86→
me arroja, y voy a estrellarme en la pared de la
belleza... ¿Ves lo de mi proyectado viaje a la Habana? Pues se me figura
que volveré de allá tan pobre como estoy aquí. Yo no sirvo
para esto. No soy como mi padre y mis hermanos, que saben Aritmética. Yo
no la entiendo. Esa ciencia y yo... no nos hablamos hace tiempo... Yo la he
despreciado, ¡y ella se venga haciéndome unas perradas!...
|
|
ISIDORA.-
(Con efusión de amor.)
Menos en lo de querer al por mayor, ¡cuánto nos parecemos! Yo
también veo lo infinito, yo también deliro, yo también
sueño, yo también soy generosa, yo también quisiera tener
un caudal de felicidad tan grande, que pudiera dar a todos y quedarme siempre
muy rica... Mi ideal es ser rica, querer a uno solo y recrearme yo misma en la
firmeza que le tenga. Mi ideal es que ese sea mi esposo, porque ninguna
felicidad comprendo sin honradez. Riqueza, mucha riqueza; una montaña de
dinero; luego otra montaña de honradez, y al mismo tiempo una
montaña, una cordillera de amor legítimo...; eso es lo que
quiero. ¡Oh, Dios de mi vida!
(Llevándose las manos a la
cabeza.) ¿Llegará esto a ser verdad?
|
|
JOAQUÍN.-
¿Pues no ha de llegar a
serlo?... Abrázame fuerte.
|
|
ISIDORA.-
Ahora sí que es tarde.
(Alarmándose.) Me voy, me
voy.
|
|
JOAQUÍN.-
Todavía...
|
|
ISIDORA.-
Sí, ya han encendido el gas.
(Mira al techo.) Mira los dibujos
que hacen en el techo la sombra de los árboles de la calle y el
resplandor de los faroles.
|
|
JOAQUÍN.-
Sí. Sonó la hora triste.
Y ahora, ¿qué día...?
|
|
—87→
|
|
ISIDORA.-
¡Ay!, tontín,
¿sabes que no lo puedo decir?
(Arreglándose aprisa.) Se
me figura que nuestro dragón está receloso. Me vigila mucho.
Tengo la seguridad de que sospecha algo. El mejor día descubre mis
gracias...
|
|
JOAQUÍN.-
No lo creas...
|
|
ISIDORA.-
¡Ah!, es muy tuno... Sí,
yo creo que nos sigue la pista. Estoy viendo que cualquier día
regañamos, y le mando a paseo. Sin ir más lejos, mañana
habrá cuestión. ¿No es mañana San Isidro?
|
|
JOAQUÍN.-
Sí.
|
|
ISIDORA.-
Pues yo deseo ir a la pradera y ver la
romería, que nunca he visto, y él se empeña en que no he
de ir... Allá veremos. ¡Dios de mi vida, qué tarde!
|
|
JOAQUÍN.-
¿Y cuándo te
veré?
|
|
ISIDORA.-
Te avisaré con mi padrino,
(Despídense con manifestaciones de
ardiente cariño.)
|
|
JOAQUÍN.-
Abur, chiquilla.
|
|
ISIDORA.-
Riquín, adiós.
(Al salir.) No me olvides.
|
|
JOAQUÍN.-
(Solo.) ¡Bendita sea ella!
Vale infinitamente más que yo.
|