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La aventura de don Miguel de Cervantes
(Síntesis biográfica)

Julio Calvet Botella

Si ser cervantista es haber escrito sobre don Miguel de Cervantes Saavedra y sobre su inmortal novela Don Quijote de la Mancha, creo que sin duda debo considerarme como tal, por haber dejado constancia de ello en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes de la Universidad de Alicante, con dos trabajos conmemorativos del IV centenario de la publicación de la monumental novela, el uno referido a la Primera parte y el otro referido a la Segunda parte. Don Quijote y la justicia o la justicia en don Quijote fue el título para la Primera parte, y con el título de Y ahora el ingenioso caballero para la Segunda parte. Y es que, como es sabido, entre la publicación de la Primera parte en 1605 y la Segunda parte en 1615, mediaron diez años, por lo que hubo como dos conmemoraciones del IV centenario, mediando este tiempo de la grandiosa novela cervantina, una en 2005 y otra en 2015, fechas en las que realicé mis dos trabajos conmemorativos.

El primero de mis trabajos, centrado en la justicia en don Quijote, fue en su origen una conferencia pronunciada con ocasión del homenaje tributado a don Justo García Soriano, por el Ayuntamiento de Orihuela, en el propio año 2005, que luego, en sus propios términos fue publicada como libro, y que tras su aparición en la Biblioteca Virtual alicantina, fui invitado a participar con ella, en la revista peruana de Derecho y Literatura, en Lima, bajo la dirección de don Manuel Torres Méndez, y codirector don Carlos Ramos Núñez, en el volumen número 1 de 2006, dedicado al «Cuatricentenario de El Quijote», que me supuso el ser miembro del Consejo Consultivo de la revista peruana, y cuya conferencia fue también citada por el propio ministro de Justicia del Gobierno de España, excelentísimo señor don Rafael Catalá Polo en sus palabras pronunciadas al concederme el propio Ministro y por Orden Ministerial de fecha 20 de junio de 2016, una alta condecoración «Al Mérito en la Justicia», y que el propio ministro tuvo a bien imponérmela personalmente al desplazarse expresamente para ello a Alicante.

Y ciertamente estas dos intervenciones literarias de don Quijote de la Mancha me han dejado un gran recuerdo, pues en la primera de ellas, referida la Primera parte del ingenioso hidalgo, relaté cómo la justicia, acaba en manos del bueno de Sancho Panza, al ser nombrado gobernador de la ínsula Barataria, en cuyo cargo de juez intervino en la resolución de tres señalados procesos: el del labrador y el sastre a propósito de las siete caperuzas, el de los dos ancianos portando uno de ellos una cañaheja a propósito del préstamo de diez escudos de oro, y el de la mujer y el ganadero rico al que aquella acusaba de haberla violentado, defendiéndose el mismo diciendo que «el diablo que todo lo añasca y todo lo cuece hizo que yogásemos juntos, páguele lo suficiente y ella, mal contenta, asió de mí y no me ha dejado hasta traerme a este puesto. Dice que la forcé, y miente, para el juramento que hago o pienso hacer y esta es la verdad, sin faltar meaja».

Y aquí, Sancho Panza, al impartir la justicia, acierta en su solución descubriendo los engaños, de los dos pícaros, el sastre y el viejo de la cañaheja, y el embuste de la mujer, moza de partido o moza de partida, y lo consigue, más que por un iluminado saber, porque él mismo es un rústico labrador y conoce bien las burlerías de esas gentes, con las que de alguna forma convive, y por eso sabe de lo que son capaces, por lo que logra el descubrimiento de los impostores. Mas, paréceme a mí, que Sancho Panza, actúa como juez de instrucción más que como juez juzgador, pues tanto vale en uno y en otro caso, en unos procesos inquisitivos como eran los que campeaban en la época en aquellos ámbitos judiciarios.

Además, ya por entonces, tiempo del emperador Carlos I, los pícaros andaban inundando las calles y alquerías, como nos dirá el propio Lázaro de Tormes, que al final de su historia, y estando en su prosperidad: «Esto fue el mismo año que nuestro victorioso emperador en esta insigne ciudad de Toledo entró y tuvo en ella Cortes y se hicieron grandes regocijos y fiestas, como Vuestra Merced habrá oído».

Luego, en mi publicación de 2015, a propósito de la Segunda parte, tuve ocasión de poder mostrarme contrariado al supuesto arrepentimiento de don Alonso de Quijano y su abjuración de los libros de caballería y de los caballeros andantes, porque yo nunca lo podré aceptar, ya que seguiré creyendo que el hidalgo manchego nunca recobró la cordura, a pesar de aseverarlo el cura, el barbero y el bachiller Sansón Carrasco, y seguiré admirando su hermosa locura como lo hará su buen escudero, Sancho Panza, que en los últimos instantes le dice a su buen amo: «[...] no se muera vuestra merced, señor mío, sino que tome mi consejo y viva muchos años... Vámonos al campo vestidos de pastores, como tenemos concertado: quizás de alguna manera hallaremos a la señora doña Dulcinea desencantada, que no haya más que ver».

Es la quijotización de Sancho, que, al ver morir su señor, también ve morir en él sus propias ínfulas de acabar siendo un gobernador perpetuo y tener que volver a su aldea con Teresa Panza de nuevo pobre y a su trabajosa vida entre terrones de cultivos sin horizontes.

Y yo ahora, en este momento culmen de mi vida, cuando se agolpan tantos recuerdos, quiero dejar escrita una síntesis del vivir de don Miguel de Cervantes Saavedra, a cuya biografía he llamado «aventura», pues no otra palabra se me ocurre decir para calificar la que fue azarosa existencia de un genio inmortal, que no vio los albores de la gloria, al modo que otros coetáneos escritores suyos como Lope de Vega o Calderón de la Barca, caballeros de la Orden de Santiago, acabando sus días en la más triste situación, sumido entre la pobreza y el olvido.

Y debo empezar como pórtico a esta biografía, y puesto que para mí don Miguel de Cervantes y don Quijote son una misma cosa, diciendo que la esencia del hidalgo de la Mancha, y por tanto la del sentimiento de la vida de su autor, don Miguel de Cervantes, no es otra que la libertad, de la que careció tantas veces.

Bien se reproduce esta afirmación en la famosa frase de don Quijote a Sancho Panza: «La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra y el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres».

Y nos dirá Mario Vargas Llosa, a su propósito que «detrás de la frase, y del personaje de ficción que la pronuncia, asoma la silueta del propio Miguel de Cervantes, que sabía muy bien de lo que hablaba. Los cinco años que pasó cautivo de los moros en Argel, y las tres veces que estuvo en la cárcel en España por deudas y acusaciones de los malos manejos cuando era inspector de contribuciones en Andalucía para la Armada, debían de haber aguzado en él, como en pocos, un apetito de libertad, y un horror a la falta de ella, que impregna de autenticidad y fuerza a aquella frase y da un particular sesgo libertario a la historia del ingenioso hidalgo».

Yo creo que la libertad nace de un sentimiento personal. Se es, y se quiere ser libre, y una vez que se asume ese proyecto de vida, vendrá el comportarse como tal hasta en las más pequeñas manifestaciones, en la sencillez del ser, y en el vivir. Se es libre cuando se llega a la conclusión de que no existe una verdad absoluta que te oprime y te impera, y que solo lo eres si respetas a los demás y te haces respetar, y así se tendrá la posibilidad de optar, que siempre se tiene, porque aparece por cualquier rendija del cuadro de la vida, en momentos de bonanza y en momentos de inquietud.

Don Quijote será libre para ir y para volver. Don Quijote será libre para campear por la Mancha, y cambiar los más simples lugares, mesones y molinos, en magnos palacios o en grandiosos rivales. Su locura es fruto de la necesidad de salir de la vulgaridad de su tiempo, y le hará ver gigantes cuando son molinos de viento y considerar mujeres nobles a las que solo son mozas de partido. Y erigir como su dama más ilustre a una humilde criada de posada, convirtiendo a Aldonza Lorenzo en su Dulcinea del Toboso, en su Dulcinea la Mancha. Jorge Luis Borges, en su verso luminoso ya nos dirá que «El hidalgo fue un sueño de Cervantes / y don Quijote un sueño del hidalgo».

Vaya como atisbo este aspecto de mi opinión: Don Quijote de la Mancha es don Miguel de Cervantes, y viceversa, y que las aventuras del ingenioso hidalgo tienen mucho de biografía de don Miguel de Cervantes. Ambos se enfrascan en la libertad, la que nunca tuvieron, y que en don Quijote se idealiza y se troca en aventuras forzadas, y que en don Miguel de Cervantes no fueron otra cosa más que tristes realidades. Un esclavo llamado Cervantes, titulará su biografía el escritor Fernando Arrabal, en un apasionante libro.

Hay que señalar, como dicen muy altos autores e historiadores, que de la vida de don Miguel de Cervantes no se sabe prácticamente nada, sobre todo de sus primeros años, y su biografía anda centrada en su heroica participación en la batalla de Lepanto (1571), en la que padeció heridas con las que tanto se honró toda su vida, recibiendo muy poco o ningún reconocimiento.

Intentaremos, pues, en nuestro intento glosar la vida del más grande escritor de todos los tiempos en la lengua española, para lo que empezaremos diciendo que así como la publicación de la novela Don Quijote de la Mancha en 1605 siempre gozó de la buena acogida del público lector, la personalidad de Cervantes fue apenas advertida, lo que se demuestra con la aparición en 1614 de la publicación de un Segundo tomo del ingenioso hidalgo D. Quixote de la Mancha, debido a un desconocido escritor que firma bajo el seudónimo de Fernández de Avellaneda, que apenas tuvo resonancia, y que en principio ningún editor quería publicarla.

Pero es más, sobre la vida de don Miguel de Cervantes, y a parte de las propias alusiones que él mismo realizara en sus obras, poco se conocía, lo que no deja de ser una paradoja, tratándose del escritor castellano más universal, y tuvo que esperar su primera biografía al año 1737, en el que apareció la misma, 122 años después de la muerte de Cervantes, con el título de Vida de Miguel de Cervantes y Saavedra, redactada por el gran jurista e intelectual valenciano don Gregorio Mayans y Siscar, nacido en la localidad de Oliva, el 9 de mayo de 1699, eminente erudito que en el mismo año de 1737, publicó en Madrid, los Orígenes de la lengua española, considerado como el primer intento serio y sistemático para esclarecer las raíces filológicas del castellano, que llegó a ser origen de una gran polémica entre los eruditos, por la innovación que suponía frente al conservadurismo.

Se dice que a principios de 1736, el ministro del rey de Inglaterra Jorge II, lord Carteret, quiso obsequiar a la reina con la biografía del autor del ya famoso libro de Don Quijote, para lo cual solicitó al embajador británico en Madrid que buscara la persona que pudiera hacerla. El embajador, llamado Benjamin Keene, asiduo asistente a reuniones literarias de la Corte, logró contactar con don Gregorio Mayans, quien realizó esta primera biografía de nuestro gran escritor, con la circunstancia de que en ella, y porque nadie conocía en rigor el lugar de nacimiento de Cervantes, lo ubicó en Madrid, y que cuando en el año 1752, Ensenada le encargó perfeccionar la biografía, ya se encontró la partida de bautismo en Alcalá.

Miguel de Cervantes Saavedra, nace, pues, en Alcalá de Henares, el 29 de septiembre de 1547 en una casa de dos plantas, baja y principal, de unos trescientos metros cuadrados, con un pequeño patio con pozo y que se encuentra arrimada a la espalda del Hospital de la Misericordia, en el que se dice había sido enfermero voluntario san Ignacio de Loyola. Al nacer, es el cuarto hijo del matrimonio formado por Rodrigo de Cervantes y Leonor de Cortinas, pues fallecido el primogénito Andrés al poco de su nacimiento, viven Andrea, nacida en 1544, y Luisa, nacida en 1546. Luego vendrán Rodrigo, Magdalena y Juan. Es nieto por línea paterna de Juan de Cervantes y de Leonor de Torreblanca. Recibió las aguas del bautismo el 9 de octubre de 1547 en la parroquia de Alcalá de Santa María la Mayor.

En Alcalá de Henares vivieron los Cervantes tres años. Su padre, tenía por oficio el de cirujano, que en aquellos tiempos era poco más que el oficio de un barbero, profesión que poco tenía que ver con lo que hoy llamamos cirujano, aunque bien es verdad que un barbero ejercía las tareas de sangrador. En cualquier caso, Rodrigo de Cervantes era un personaje huraño, retraído y sin suerte, lo que le procuraba pocos ingresos para mantener a la familia, y le hizo que tuviera que mudarse con frecuencia a lugares donde vivir, pues la familia anduvo por Valladolid, Sevilla y Córdoba.

No se sabe bien cuál era el parecer físico de don Miguel de Cervantes. Es tradicional decir que su retrato es el que se conserva en la Real Academia Española, obra de Juan de Jáuregui (1583-1541). Pero también se ha pretendido defender que su rostro es el del barquero que aparece en el cuadro de Pacheco, Embarque de San Pedro Nolasco, conservado en el museo de Sevilla, o el retrato de un caballero de la época, con dos versiones, conservadas en el Museo de Valencia de Don Juan, de Madrid y en la «Casa Torres». Incluso también se lo ha figurado con el retrato regalado a la Real Academia Española en 1780 por el conde del Águila.

En cualquier caso y en el primero de ellos, el retrato pintado por Juan de Jáuregui, el posible don Miguel de Cervantes, se nos aparece como un personaje emblemático, vestido al modo señorial de la época.

Pero al margen de los retratos pintados de su imagen, no podemos por más que recurrir al propio Cervantes, quien en el pórtico de sus Novelas ejemplares (1613), nos trazara por escrito su autorretrato diciéndonos: «Este que veis aquí, de rostro aguileño, cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y nariz corva, aunque bien proporcionada, las barbas de plata, que no ha veinte años fueron de oro, los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis, y esos mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia los unos con los otros; el cuerpo entre dos extremos, ni grande ni pequeño; la color viva, antes blanca que morena; algo cargado de espaldas y no muy ligero de pies. Este digo..., llámase comúnmente Miguel de Cervantes Saavedra. Fue soldado muchos años y cinco y medio cautivo. Perdió en la batalla naval de Lepanto la mano izquierda, de un arcabuzazo; herida que, aunque parezca fea, él la tiene por hermosa, por haberla cobrado, en la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos ni esperan ver los venideros, militando debajo de las banderas del hijo del rayo de la guerra, Carlos V, de feliz memoria...».

Su vida transcurre en la segunda mitad del siglo XVI y los primeros años del siglo XVII, y en plena hegemonía del imperio de los Austrias. Tras la conquista de Granada y el descubrimiento de América que alumbraron los Reyes Católicos, y la expansión territorial alcanzada por el nieto de ambos, el emperador Carlos I de España y V de Alemania, hijo de Juana I de Castilla, mal llamada la Loca, y de Felipe de Habsburgo, y el reinado de su hijo Felipe II, tras la abdicación y muerte de su padre, retirado en el monasterio de Yuste, se logra el espectacular éxito de la batalla de Lepanto, con las conquistas en la península itálica, y con la incorporación a la corona de Felipe II del Reino de Portugal. Es la España «donde no se ponía el sol».

Pero imaginemos por un momento lo que debió ser en aquel tiempo en los que le tocó vivir a Cervantes, lo que era aquella incipiente España, en sus pueblos, en sus callejas y en sus gentes, tras ocho siglos de guerras, conquistas y rebeliones. Mezclas raciales y cultos a creencias febriles de falsos conversos, estigmatizados por la Inquisición, gentes de razas y estirpes unidas por meras coexistencias, barrios separados, juderías y morerías, pobrezas y riquezas muy diferenciadas, usuras y grandes posesiones de tierras, nobles y clérigos, bulderos, pícaros y busconas, tristes y malolientes posadas, bodegas de vinos fermentados, y mujeres en lechos buscados por celestinas, caballeros de la gala de Medina y flor de Olmedo asesinados en la noche, moles de inmensas catedrales cuajadas de rosetones, y oscuros monasterios llenos de misteriosos recovecos y pasillos angostos en las sombras, pestes locales y agua va sobre las calles inmundas plagadas de barros eternos, y todo encuadrable en la merecida frase de miseria y compañía. Hay como un naufragio general de la economía española.

Y no me manifiesto con crudeza al decir esto como un descastado a la historia de mi patria, pues esto no solo ocurría en la España imperial, esto pasaba también en los anchos pueblos de los entonces rincones y patrias, en las Galias y en las Italias, en las Irlandas y en las Grecias, y en los grandes países esteparios de los nortes y de los oestes de la gran península indoeuropea; pero aquí en España, el daño fue superior, pues a las carencias de la época tuvo que añadir el enorme esfuerzo que le supuso la conquista de América y las guerras de religión, que la desangraron más que en otros lugares.

Pero en España sucedió algo muy particular que nos diferenciará para siempre en la historia conocida. Junto a esta situación social y popular lamentable, aparecerá el milagro del Siglo de Oro, donde se anudará lo glorioso con lo miserable. Es una paradoja más, y no única, pues España siempre fue y será un país de paradojas.

El Siglo de Oro es el Siglo de los grandes reyes, los Austrias, Carlos I, Felipe II y Felipe III, de los grandes capitanes, desde Hernán Cortes y Francisco de Pizarro en las Américas, a Gonzalo Fernández de Córdoba, el gran capitán, al mando de sus tercios de infantería en Ceriñola y Garellano, y al gran general de la Armada don Juan de Austria con su victoria en Lepanto, y de los grandes pintores, de Velázquez, Zurbarán, Murillo y El Greco, a los grandes escritores, Lope de Vega, Cervantes y Calderón, y Góngora, y Baltasar Gracián, y como un eterno retorno, a la imagen física de don Francisco de Quevedo y Villegas, tullido y espadachín, poeta de lo imposible, víctima de su valor, prisionero sin pérdida del honor. El caballero de las espuelas de oro, como le llamará en su obra teatral de 1964 Alejandro Casona, maltratado de una forma miserable y prisionero en San Marcos de León. Es la España de los grandes santos, Teresa de Jesús y Juan de la Cruz. Es el Siglo de Cisneros y Nebrija. Es el Siglo de nuestro gran resplandor.

Y en este ambiente y en un lugar de la Mancha, don Miguel de Cervantes nos hace encontrarnos como una necesidad salvadora con «un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino por añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda. El resto de ella concluían sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo mismo, y los días de entresemana se honraba con su vellorí de lo más fino».

Un hidalgo manchego, convertido en don Quijote al que Rubén Darío (1867-1916) dedicara su Letanía, en la que en parte nos dirá:

«Rey de los hidalgos, señor de los tristes

que de fuerza alientas y de ensueños vistes,

coronado de áureo yelmo de ilusión;

que nadie ha podido vencer todavía,

por la adarga al brazo, toda fantasía,

y la lanza en ristre, toda corazón».


Y volviendo a la casi desconocida vida de Cervantes, no se sabe a ciencia cierta dónde tuvieron lugar sus primeros estudios, ya que pudieron ser en Valladolid, donde la familia marchó en 1551, o en Sevilla o en Córdoba, donde pudo aprender las primeras letras, pues la primera noticia cierta, que sobre los estudios que se tienen, según nos dice don Federico Carlos Sainz de Robles, son ya en el año 1568, donde Miguel de Cervantes asistía a la Escuela de Humanidades que regentaba en Madrid, el maestro Juan López de Hoyos, reputado humanista, que en aquel año había sido nombrado rector del Estudio, quien le llamó «mi amado discípulo», en un libro publicado en 1569, que lleva por título Hystoria y redacción verdadera de la enfermedad, felicísimo tránsito y sumptuosas exequias fúnebres de la Serenísima Reyna de España doña Isabel de Valoys, nuestra señora, en la que le permitió contribuir con un epitafio en forma de soneto, con una elegía, cuatro redondillas y una copla, lo cual se compadece con la afirmación del propio Cervantes que en su Viaje al Parnaso, nos confiara aquello de que «Yo soy aficionado a leer aunque sean los papeles rotos de las calles», y cuya afición lectora además la pone en evidencia a través de su Quijote, en el escrutinio que le hicieran en su librería, el ama y la sobrina, donde se refiere uno tras otro a gran parte de unos libros que sin duda Cervantes debó leer, para clasificarlos entre buenos y malos.

La afirmación de Cervantes de ser un reiterado lector puede ser desentrañado si reunimos las referencias esparcidas por sus obras, y en este sentido, y siguiendo la Introducción de la edición de Viaje al Parnaso de Laura Fernández García, podemos hacer un recuento de sus lecturas, «desde los cancioneros hasta comienzos del siglo XVII, con Garcilaso de la Vega como predilecto; poetas italianos como Petrarca, Bembo, Ariosto y Tasso; La Celestina, el Lazarillo y las dos partes del Guzmán; el Amadís de Garci Rodríguez de Montalvo y el Tirant de Joanot Martorell; la novela pastoril con la Diana al frente; los novellieri italianos, sobre todo Bocaccio y Bandello; también de Italia, los Diálogos de amor de León Hebreo; libros didácticos de varias procedencias, temas y estilos; como el Galateo español de Gracián Dantisco (y posiblemente su inspirador italiano Il Galanteo, de Giovanni della Casa), las Epístolas familiares de Antonio de Guevara, la Filosofía antigua poética, del Pinciano, la Silva de varia lección de Pedro Mejía, etc.; y de manera especial, el teatro de su época, sobre todo Lope de Vega».

Y poco más me puede aportar de esta primera fase de su vida, pues ya al siguiente año de aquella participación literaria del maestro Hoyos, o sea en 1569, lo encontramos en Roma, como camarero del cardenal Giulio Acuaviva y Aragón, personaje de lujuriosa conducta, al que meses antes el Papa le había enviado a España como embajador plenipotenciario durante las honras fúnebres por la muerte del hijo de Felipe II, don Carlos, y a cuyo servicio en Roma, Cervantes, permaneció un año.

Al transcurso de ese año, Cervantes, con poco más de 23 años, se alista como simple soldado en la compañía del capitán don Diego de Urbina, donde ya servía su hermano Rodrigo. La compañía del capitán Urbina pertenecía al tercio de infantería de don Diego de Moncada, un veterano maestre de campo de origen catalán, cuyo tercio estaba de guarnición en el reino de Nápoles, y que será uno de los cuatro tercios que en septiembre de 1571 se embarcarán en Mesina en los buques de la Liga Santa.

Durante los siglos XV y XVI, el expansionismo turco hacia Europa y el Mediterráneo había sido una constante. Ya el sultán Solimán el Magnífico haba llegado con sus tropas hasta Viena, donde pudo ser frenado. Su sucesor Selim II, retomó la ofensiva declarando la guerra a Venecia, a cuya escuadra venció desembarcando en Chipre, y capitulando Nicosia y Famagusta, creando una situación angustiosa en Venecia al no poder vencer a los turcos.

Fue el papa Pío V, quien logró formar una liga llamada «La Liga Santa», firmada el 20 de mayo de 1571 por España, Venecia y el Papado, y se designa a Juan de Austria, hermano de Felipe II e hijo bastardo pero reconocido de Carlos I, como capitán general de la Liga. Como segundo de mando estaría otro español, Luis de Requesens, mientras que en representación de Venecia estará Sebastián Veniero, y en representación del Papado, Marco Antonio Colonna.

El capitán general don Juan de Austria, al aproximarse el momento del choque con la flota turca, ordenó que los tercios se repartiesen entre todos los buques de guerra, y don Miguel de Cervantes fue asignado a la galera La Marquesa, propiedad de Juan Andrea Doria, al servicio de España, y mandada por Francisco de San Pedro, y le situaron como arcabucero en la popa de la galera y al mando de 12 soldados.

La flota aliada se concentró en Mesina (Sicilia), formando la misma 208 galeras y 6 galeazas. Por su parte, la flota turca, fondeada en el golfo de Patras (mar Jónico), y dirigida por Alí Pachá, contaba con 230 galeras de guerra y 64 fustas y 56 galeones.

La flota aliada, dirigida con firmeza por don Juan de Austria, se internó en el golfo de Patras, encontrándose con la escuadra turca el día 7 de octubre de 1571. Se avistan a las 7 de la mañana. No referiré el desarrollo de la tremenda batalla, pero lo cierto fue que a las 2 de la tarde el triunfo cristiano fue completo. Fue una jornada de grandes bajas en uno y otro contendiente, pero sus consecuencias fueron la retirada de la escuadra turca de la zona, y la euforia de la cristiandad. El papa Pío V, en referencia a don Juan de Austria, dejó dicho que: «Hubo un hombre enviado por Dios llamado Juan».

La galera La Marquesa, que defendía el ala izquierda, combatió durante toda la batalla. Los turcos causaron en ella más de cuarenta muertos, entre ellos el propio capitán, Francisco de San Pedro, y don Miguel de Cervantes recibió tres disparos de arcabuz, dos en el pecho y uno en la mano izquierda, perdiendo la misma, pero ello no le impidió el tener la herida por hermosa por haberla logrado en la «más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos ni esperan ver los venideros».

Gregorio Mayans i Siscar, en su Vida de Miguel de Cervantes, nos relatará que don Miguel: «Fue uno de los que se hallaron en la célebre batalla de Lepanto, donde perdió la mano izquierda de un arcabuzazo o, al menos herida dél, le quedó inhábil. Peleó como debía un tan buen christiano i soldado tan valiente».

Y nos sigue diciendo don Gregorio Mayans, con cita de los versos que años después en su Viaje al Parnaso (1614), de lo cual el mismo se gloria, diciendo muchos años después:

   «Arrojóse mi vida a la campaña

rasa del mar, que trujo a mi memoria

del heroico don Juan la heroica hazaña.

   Donde con alta de soldado gloria,

i con propio valor i airado pecho,

tuve (aunque humilde) parte en la vitoria».


Tras la batalla, fue recompensado por Juan de Austria, ascendiéndolo a soldado aventajado, y en Mesina, en las libranzas que se dieron para los soldados heridos en la batalla de Lepanto, figura una de «veinte ducados» a favor de Miguel de Cervantes.

Recuperado de sus heridas, un año más tarde, Cervantes retornó al servicio activo como soldado, incorporándose con su hermano menor al tercio de Lope de Figueroa, cobrando cada uno de ellos «tres escudos de ventaja al mes».

Con este tercio de Lope de Figueroa, Cervantes combatió en las acciones militares contra los turcos en Corfú, Navarino y Modón, en la costa del Adriático y en la conquista de Túnez, en cuya ciudad entró con las armas el 11 de octubre de 1573. Durante el año 1574, tras invernar en Cerdeña bajo las órdenes del duque de Sessa, combatió en Génova, Sicilia, Nápoles y Palermo.

En 1575, tras cinco años luchando contra los turcos, Miguel de Cervantes decide volver a España para, obtenida la gloria y las heridas en combate, recibir el reconocimiento que debía esperar de su noble comportamiento militar.

Y aquí se troca la vida de Cervantes en tremenda desgracia, pues, embarcado para su regreso con su hermano Rodrigo en la galera Sol, y apenas alejados de Marsella, fueron atacados por el navío que mandaba el temido pirata albanés Arnaute Mamí. A pesar de una heroica defensa, fueron derrotados, y los pasajeros de la Sol fueron apresados y cargados de cadenas y llevados a Argel.

Miguel y Rodrigo fueron separados, y mientras que Rodrigo quedó como esclavo del rey de Argel, Ramadán Bajá, Miguel fue a parar al poder del arráez Dali Mamí, alias el Cojo, y quedó encerrado en una prisión o casa que los turcos llamaban baños, donde encerraban a los cautivos cristianos. «Los Baños de Argel», donde estuvo Cervantes cautivo cinco años y medio, dado que el arráez puso un alto precio para el rescate del mismo. Allí, don Miguel de Cervantes debió pasar grandes calamidades, si nos atenemos a las narraciones que dejó escritas en la Novela del cautivo; pero, como dice Juan Bautista Avalle-Arce, en una Introducción a la novela Los trabajos de Persiles y Sigismunda: «Su heroísmo militar se vio respaldado por su cristianismo ejemplar, y el nombre de Cervantes quedó en boca de los cautivos de Argel como paradigma de noble entereza, a lo que no dejó de aludir con apropiada modestia el mismo novelista».

«-Advertid, hermano Sancho, que esta aventura y las a ésta semejantes no son aventuras de ínsulas, sino de encrucijadas, en las cuales no se saca otra cosa que sacar rota la cabeza, o una oreja menos. Tened paciencia, que aventuras se ofrecerán donde no solamente os pueda hacer gobernador, sino más adelante».

(Don Quijote, Primera parte, Capítulo X)



En ese tiempo y con ayuda de otros prisioneros, Cervantes organizó cuatro veces la fuga del presidio sin lograrlo, siendo dolorosamente castigado, hasta el punto de que algún historiador ha llegado a afirmar que hasta pensó en dejarse la vida. Mientras que su hermano Rodrigo fue rescatado por los frailes mercedarios en 1577, mediante el pago de trescientos escudos, a Miguel el rescate no le llegó hasta el 19 de septiembre de 1580, en el que lo obtuvo gracias a las muchas gestiones y pago de quinientos escudos, por padre fray Juan Gil de la Orden Trinitaria de la Merced.

El 24 de octubre de ese año de 1580, don Miguel de Cervantes desembarcó en Denia, desde donde se trasladó a Valencia, para desde allí tomar camino de Madrid.

Tiene treinta y tres años de edad, y no tiene medios económicos para sobrevivir. Poco pueden hacer para ello su familia, pues sus padres ya son viejos y viven, como siempre, acosados por deudas. Su hermano Rodrigo está lejos de Madrid, pues sigue sirviendo al Rey como soldado; su hermana Luisa, una de sus hermanas, mayor que él, ha escogido la vida religiosa y desde el año 1565 sigue una vida ejemplar en su retiro en el convento de las Carmelitas de Alcalá de Henares. No se puede decir lo mismo de sus otras dos hermanas, Magdalena y Andrea, que andan en tratos de difícil clasificación.

Ante esta situación, Cervantes busca su recompensa por sus servicios prestados y sigue a la Corte por Portugal, donde se encuentra Felipe II, para que las Cortes le reconozcan sus derechos sobre el reino vecino ante la muerte de don Sebastián. Parece que logra que se le envíe a Orán a realizar algún servicio, que no ha podido saberse, pero que es meramente episódico, por lo que vuelve a Madrid desengañado. Aún consta una carta dirigida a don Antonio de Eraso, del Consejo de Indias de 1582, para que le sitúe en las Indias, pero la respuesta fue negativa.

¿Y qué hizo Cervantes en Madrid? Don Federico Carlos Sainz de Robles, nos dirá que: «Escribir poemas laudatorios para libros ajenos, meterse a preceptor o ayo de estudiantes y husmear posibles trabajos remuneratorios». Si nos atenemos a don Gregorio Mayans i Siscar, en su biografía tendremos que decir con él que «se aplicó a la cómica». Y lo aclara diciéndonos que: «Compuso varias comedias que se representaron con aplauso por la novedad del arte i adorno de las tablas, el qual debieron al ingenio i buen gusto de Cervantes los theatros de Madrid. Tales fueron Los tratos de Argel, La Numancia, La batalla naval i otras muchas, manejando Cervantes el primero i ultimo assunto como testigo de vista». También compuso algunas tragedias que fueron bien recibidas. Su bien amigo Vicente Espinel, inventor de las décimas que por él se llamaron espinelas, le juzgó digno de ponerle en su ingeniosa Casa de la memoria, quejándose de la desgracia de su cautividad y celebrando la gracia de su genio poético en esta octava:

«No pudo el hado inexorable avaro,

por más que usó de condición proterva

arrojándote al mar sin propio amparo

entre la mora desleal caterva,

hacer, Cervantes, que tu ingenio raro

del furor inspirado de Minerva

dejaste de subir a la altura cumbre

ando altas muestras de divina lumbre».


Es claro deducir de este trato poético que Cervantes, aun antes de su cautiverio en Argel, era ya tenido como uno de los más ilustres poetas de su tiempo, pues esta afirmación, además de los versos de Espinel, los hallaremos antes en Luis Gálvez de Montalvo en uno de los sonetos que preceden a La Galatea, donde nos dirá:

«Mientras del yugo sarraceno anduvo

tu cuello preso i tu cerviz domada,

i allí tu alma al de la fe amarrada

a más rigor; mayor firmeza tuvo,

gozóse el cielo, mas la tierra estuvo

casi viuda sin ti, i desamparada

de nuestras musas la real morada

tristeza, llanto, soledad mantuvo.

Pero después que diste al patrio suelo

tu alma sana i tu garganta suelta

dentre las fuerzas bárbaras confusas

descubre claro tu valor el cielo,

gózase el mundo en tu felice vuelta

i cobra España las perdidas musas».


En 1584 nace la hija de Cervantes, Isabel de Saavedra, fruto de su relación con Ana Franca de Rojas, mujer de Alonso Rodríguez. Don Miguel de Cervantes más tarde reconoció a su hija natural, única hija que consta que tuvo, y cuya joven casó dos veces, primero con Diego Sanz del Águila y posteriormente con Luis de Molina.

Y 1584, es en el mismo año cuando Cervantes se casa con una joven de Esquivias, con Catalina de Salazar o de Palacios, casamiento que tuvo lugar en dicho pueblo el 12 de diciembre de 1584, teniendo Cervantes 38 años de edad y ella 19. Catalina era mujer medianamente hacendada, pues consta en la carta de dote tierra con olivares y viñedos, un huerto, un corral con aves y otros bienes, y era mujer muy arraigada en su lugar, y que vio en don Miguel de Cervantes a un hombre prestigioso, pues era un hidalgo que había sido soldado en Italia, cautivo en Argel y poeta ya reconocido, lo que debió influir en ella para su matrimonio. Bien pudo ser ella para Cervantes la imagen de la vida familiar y el lugar un hogar donde radicarse con su nueva familia, pero no estando ella dispuesta a acompañarle en sus andanzas sucesivas, no echó Cervantes raíces en esta ocasión, y poco después de la boda marchó a Sevilla.

De vuelta a Madrid, vuelve a introducirse en los ámbitos literarios, donde, frente a los libros de caballería, prospera entre los lectores más distinguidos la llamada novela pastoril, que se ha convertido en un negocio editorial, pues las gentes que compraban estos libros ya eran gentes de las clases hidalgas, de quienes sabían leer, y de las mujeres, pudiendo decirse que la interpretación pastoril era un factor de moda en la época, pues hasta en las fiestas, cortesanas o no, las damas y caballeros se vestían de pastores, por lo que Cervantes, cuando decide a escribir una novela pastoril, sabe que su novela se situaría en un cauce genérico ya asegurado en España.

El italiano Jacopo Sannazaro ya ha puesto de moda desde Turín este género de la tradición pastoril al publicar su Arcadia. Es posible que Cervantes, durante su estancia en Italia, conociera la novela y su lectura le pudiera determinar el escribir una novela de pastores. Puede muy buen ser este el origen de la que será su primera novela titulada La Galatea, pues este modismo literario ya está asegurado en España, en cuya cabeza está la Diana del lusitano Jorge de Montemayor, a la que han seguido la Diana de Alonso Pérez, la Diana enamorada de Gaspar Gil, Los diez libros de fortuna de amor de Antonio Lofrasso, y El pastor de Fílida de Luis Gálvez de Montalvo, escritor y amigo, que le dedicará un soneto al libro de Cervantes.

Y es en ese año de 1584 cuando obtiene la licencia para publicar su primera obra, que es la novela La Galatea, que se produce al siguiente año, 1585, en el que coincide con la muerte su padre, don Rodrigo.

Su propio amigo y censor, Lucas Gracián de Antiso, en Madrid a primero de febrero de 1584, así lo certificará:

«Por mandato de los señores del Real Consejo, he visto este libro intitulado Los seis libros de Galatea; y lo que me parece es que se puede y debe imprimir, atento a ser tratado apacible y de mucho ingenio, sin perjuicio de nadie, así la prosa como el verso; antes por ser libro provechoso, de muy casto estilo, buen romance y galana invención, sin tener cosa malsonante, deshonesta ni contraria a buenas costumbres, se le puede dar al autor, en premio de su trabajo, el privilegio y licencia que pide».

Y en esta licencia se dice todo de La Galatea. Novela en prosa y en verso: «de buen romance y galana invención», sin «cosa malsonante». Y claro, aunque no lo diga una novela extensa, y sustancialmente pastoril, que nos irá contando los amores de Elicio, «pastor fino» y de Erastro, «pastor rústico», ambos de las riberas del Tajo, por Galatea, que si bien al principio será indiferente a estos amores y los recibe como homenaje de cortesía, luego se inquietará cuando sus padres quieran casarla con un pastor lejano. Y todo ello, con siete tramas.

Ha nacido así la primera novela de don Miguel de Cervantes, una novela de pastores, en prosa y en verso, que Cervantes dedica al ilustrísimo señor Ascanio Colona, abad de Santa Sofía, hijo de Marco Antonio Colonna, duque de Pagliano, que, como se ha dicho, fue general de galeras en la batalla de Lepanto, y la introduce dirigida a los curiosos lectores, y con los sonetos de Luis Gálvez de Montalvo, Luis de Vargas Manrique y de López Maldonado, y parece que su edición fue un éxito editorial. Aunque lo manifestó en más de una ocasión, no hubo una Segunda parte de La Galatea, y el deseo de proseguir el libro, fue, como dice Arturo Farinelli: «El último sueño romántico de Cervantes».

El siguiente libro que publicó Cervantes en 1605, veinte años después de La Galatea, fue la Primera parte del Quijote, tras un largo paréntesis de maduración. En la Introducción de la edición de La Galatea, de Francisco López Estrada y María Teresa López García Berdoy, se dirá en relación con esta larga distancia de años entre los dos libros, que: «Algunos creen que separa un abismo a ambos libros. Otros creemos que La Galatea y El Quijote (y otros libros cervantinos), se relacionan de manera que, en las coordenadas espirituales de la época, el uno le predispuso para que escribiera el otro y para el resto de la creación literaria del autor».

Como dice Andrés Trapiello, «el curso de la vida de Miguel de Cervantes, estuvo marcado por continuos infortunios», y necesidades, así que en estos diez años, y aunque en 1583 y 1587 le fueron estrenadas algunas comedias, don Miguel de Cervantes tuvo que dedicarse a diversos oficios, desde ser tratante de aceite, trigo y cebada, a caminar de pueblo en pueblo sin conseguir salario superior a los doce reales, y quedando a la postre más pobre que lo que era cuando empezó. En aquellos tratos no solían cuadrarle las cuentas, sufriendo más de un encarcelamiento por quiebras de los otros, pero su malaventura no acabó terminando pues marchó a Sevilla, donde se alojó en la posada de un viejo amigo suyo, Tomás Gutiérrez, antiguo cómico y ahora posadero, por cuyo establecimiento pasaban todas las personas importantes, y logró ser comisionado para reunir abastos con destino a la nutrición de la futura «Armada Invencible», que decidió organizar don Felipe II, pero por el desastroso resultado en la gestión de tales aprovisionamientos, Cervantes acabó siendo encarcelado por tres meses, en la cárcel de Sevilla, a causa de la quiebra de un banquero depositario de las cantidades recaudadas en su gestión por el propio Cervantes.

Y sus desgracias volvieron a continuar después cuando con los suyos marchó a Valladolid en 1601, donde volvió dar de nuevo con sus huesos en la cárcel a causa del asunto del asesinato del caballero don Gaspar de Ezpeleta, que apareció muerto en la puerta de su casa, lo que le supuso además el que quedaran por los suelos las honras de su hermana Magdalena y de su hija Isabel, que vivía con ella como una especie de dama de compañía, y resultar que era conocido por la vecindad que el tal caballero Ezpeleta, las frecuentaba con fines amatorios, y es que al parecer a ese antiguo oficio ambas mujeres se dedicaban, lo que lo que salió a relucir a partir de la muerte de Ezpeleta en las puertas de su casa. Don Miguel estuvo por esa razón, preso preventivo mientras se resolvía el asunto, sin que fuera a más, pues se demostró que no tuvo culpa alguna en aquella muerte.

Y vuelta de nuevo en Madrid, donde en 1605 apareció de la madrileña imprenta de Juan de la Cuesta que tenía en la calle Atocha, su Don Quijote, con gran éxito y posteriores ediciones sucesivas en distintas ciudades de España. Desde entonces Cervantes se afinca en Madrid, dedicándose completamente a la literatura, asistiendo a tertulias madrileñas y codeándose con lo más granado del Madrid de la época. En 1609 ingresa en la Hermandad de los Esclavos del Santísimo Sacramento del Olivar, y acomoda a su mujer y a su hermana Andrea en la Venerable Orden Tercera.

En 1613, ingresa en la Orden Tercera de San Francisco en Alcalá, y aparecen sus Novelas ejemplares, por cuyos derechos obtuvo del editor Robles mil seiscientos reales; en 1614 publica el Viaje al Parnaso, y en 1615 aparece la Segunda parte del Quijote, y también lo fueron las Ocho comedias y los ocho entremeses.

Las Novelas ejemplares nacen en el otoño de 1613 en el taller que aún imprime con el rótulo de «Juan de la Cuesta», cuando Cervantes cuenta con sesenta y seis años, y son dedicadas a don Pedro Fernández de Castro, conde de Lemos, de Andrade y de Villalba, marqués de Sarriá, gentilhombre de la Cámara de Su Majestad, virrey, gobernador y capitán general del Reino de Nápoles, comendador de la Encomienda de la Zarza de la Orden de Alcántara.

Son doce narraciones las Novelas ejemplares. Y nos dirá Javier Blasco, en el Estudio Preliminar del libro en edición de Jorge García López:

«Leer a Cervantes, leer las Novelas ejemplares de Cervantes, es una aventura que, más allá del plural universo al que nos conducen los argumentos de sus narraciones (relatos bizantinos, cortesanos, picarescos, etc.) nos convierte en espectadores privilegiados del proceso de reflexión (estética y epistemológica) que está gestando la novela moderna».

Francisco Rico, en la presentación del volumen antes indicado, considerara a las Novelas ejemplares que: «En su multiplicidad y cada una con su corte propio, responden a esa misma noción renacentista de que la variedad es a la vez fuente de verdad y de belleza». Y no otra cosa puede decirse de la lectura de este compendio de historias tan distintas, tan distantes y tan cercanas a un mismo tempo, como pueden serlo La gitanilla, Rinconete y Cortadillo, La ilustre fregona, El licenciado Vidriera y El coloquio de los perros, pongamos por caso.

Yo solo puedo decir que es un lujo y una admirable distracción, leer estas historias, estos cuentos, que componen las novelas, desde luego ejemplares.

El Viaje al Parnaso es publicado en 1614, y es una obra poética. Nos lo dice en su Prólogo al lector el propio don Miguel de Cervantes: «Si por ventura, lector curioso, eres poeta y llegare a tus manos (aunque pecadoras) este Viaje, si te hallares en él escrito y notado entre los buenos poetas, da gracias a Apolo por la merced que te hizo; y si no te hallares también de las puedes dar. Y Dios te guarde».

Dirigido a don Rodrigo de Tapia, caballero del hábito de Santiago, hijo del señor Pedro de Tapia, oidor del Consejo Real y consultor del Santo Oficio de la Inquisición Suprema, es un libro poético en el que, como nos resume Laura Fernández García en la Introducción de la publicación de una edición moderna de este libro en el año 2016: «Desde Cartagena, el poeta peregrino, antes soldado, que siempre trabaja y se desvela por parecer que tiene de poeta la gracia que no quiso darle el cielo, se embarca con Mercurio en una nave que lo llevará al Parnaso, donde será recibido por Apolo. Allí se desatará una batalla entre los buenos y los malos poetas. Y, tras ella, el protagonista volverá a su tierra de origen».

Sea como fuere para mí este Viaje, siempre tendrá una vibrante vocación. Tuve la fortuna de vivir unos años en la ciudad marítima de Cartagena, y en su muelle, sobre un artístico peñasco, queda escrito el párrafo versátil que escribió Cervantes en este libro y que me permito trascribir aquí, pues de aquellos años aún conservo la memoria y el texto de esos versos:

«Con esto, poco a poco llegue al puerto

a quien los de Cartago dieron nombre,

cerrado a todos vientos y encubierto,

a cuyo claro y singular renombre

se postran cuantos puertos el mar baña,

descubre el sol y ha navegado el hombre».


Doy fe, que cuantas veces estuve en el puerto cartagenero, no imaginé otro igual.

En 1615, don Miguel de Cervantes publica la Segunda parte de Don Quijote, ahora con el título Del ingenioso cavallero don Quixote de la Mancha, pues recuérdese que a diferencia de la Primera parte donde se nos presenta como El ingenioso hidalgo don Quixote de la Mancha, ahora el hidalgo, ha pasado a ser cavallero, pues ya sabemos cómo en su primera salida, y después de caminar todo el día, dio con una venta, en la que estaban a la puerta «dos mujeres mozas, de estas que llaman del partido», y en saliendo el ventero, que le ofreció posada, don Quijote lo confundió con el alcaide de la fortaleza que le pareció ser la venta, dando lugar a que el propio ventero, tras la trifulca con el arriero, se hiciera pasar por alcaide y a las dos mozas de partido por doncellas, y así fue como fue armado caballero, dándole el ventero convertido en alcaide «un gentil espaldarazo», y ordenando «a una de aquellas damas que le ciñese la espada, la cual lo hizo con mucha desenvoltura y discreción», y al hacerlo le dijo «la buena señora»: «Dios haga a vuestra merced muy venturoso caballero y le dé ventura y lides».

Y así, cuando «La del alba sería cuando don Quijote salió de la venta tan contento, tan gallardo, tan alborozado por verse ya armado caballero, que el gozo le reventaba por las cinchas el caballo».

Nuestro señor don Quijote, armado caballero por un ventero, y por dos mozas de partido convertidos en alcaide y en doncellas. Pero gozoso al fin. Y así pasó a ser de hidalgo a caballero, pero no un caballero más, un caballero andante, como Amadís de Gaula, Palmerín o Tristán de Algarbe, y tantos otros luchadores de la ilusión.

Y ya en esta Segunda parte asistiremos a la gloria y al final de don Quijote, ahora recobrado en don Alonso de Quijano, y asistiremos a su muerte, que «entre compasiones y lágrimas de los que allí se hallaron, dio su espíritu, quiero decir que murió».

Pero yo siempre me preguntaré si es cierto que murió don Quijote, porque creo que don Quijote no podrá desaparecer nunca. Ya nos dijo don Miguel de Unamuno que «Don Quijote se quedó aquí, entre nosotros, luchando a la desesperada», con la misión de clamar, «clamar en el desierto», porque siempre habrá un por qué luchar en nuestra España: por la libertad y la justicia.

En 1616, don Miguel de Cervantes está barrido de tanto desengaño, y los dolores y las enfermedades han hecho inevitable su fin, y cae gravemente enfermo en su modesto piso de la casa de la calle de León con vuelta a la de los Francos de Madrid, falleciendo el día 23 de abril de 1616. Fue enterrado en un lugar, aún desconocido a pesar de su constante búsqueda, del Convento de las Trinitarias Descalzas de la calle Lope de Vega.

En los últimos tiempos de su vida, Cervantes ha venido componiendo la que será su última novela y que no verá publicada, pues será obra póstuma: Los trabajos de Persiles y Segismunda, que dedicará a don Pedro Fernández de Castro, conde de Lemos, de Andrade, de Villalva, marqués de Sarriá, gentilhombre de la Cámara de Su Majestad, presidente del Consejo Supremo de Italia, comendador de la Encomienda de la Zarza, de la Orden de Alcántara.

«[...]

Puesto ya el pie en el estribo,

con las ansias de la muerte,

gran señor, esta te escribo.


Ayer me dieron la extremaunción y hoy escribo esta. El tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan, y con todo esto, llevo la vida con el deseo que tengo de vivir, y quisiera yo ponerle coto hasta besar los pies de Vuesa Excelencia [...] De Madrid a diez y nueve de abril de mil y seiscientos y diez y seis años.

Criado de Vuesa Excelencia.

Miguel de Cervantes».

El día 23 de abril, cuatro días después, murió el más alto genio de la literatura española y universal, don Miguel de Cervantes Saavedra, dejándonos escrita como un último regalo de su ingenio esta novela plagada de bizantinismo y de peregrinaje, de la que nos dice Juan Bautista Avalle-Arce que «el verdadero significado de la novela lo discierno yo en el hecho de que quiere ser la universalización de la experiencia humana, y se la entrama a tales fines en la cadena del ser y se la proyecta contra el telón de fondo de lo eterno y lo absoluto: la religión y la muerte son otros dos temas centrales del Persiles».

Y en ese ámbito de lo eterno y lo absoluto referido a la grandeza del gran escritor don Miguel de Cervantes Saavedra, termino aquí esta contribución ilusionada, al par de modesta, hacia el escritor imperdurable de nuestras letras. Yo no puedo añadir en mis palabras más elogios que los múltiples que se le han hecho al gran escritor que creó a don Quijote, y con el que llegó a convivir en sus logros y en sus fracasos y desgracias, y que ha quedado en la iluminaria de todos, como el hidalgo de la Mancha.

Por eso dije al comenzar que la vida de Cervantes tiene mucho de aventura, y que si hoy pudiera saber que sigue siendo inmortal, acaso no se lo creería.

Yo sí que me lo creo, y lo seguiré creyendo todos los días de mi vida.

En Alicante, España, a día catorce del mes de noviembre del año de dos mil y veinticuatro, del siglo veintiuno de nuestra era del Señor.

Julio Calvet Botella.

Libros consultados

  • Gregorio Mayans i Siscar, con Luis Galiana, Vida de Cervantes Saavedra. Rondalla de rondallas. Espasa Calpe S. A., Madrid. Fecha de impresión: 2004.
  • Miguel de Cervantes, La Galatea. Edición de Francisco López Estrada y María Teresa López García-Berdoy. Cátedra. Letras Hispánicas. Decimocuarta Edición, 2024. Ediciones Cátedra, Madrid, 2024.
  • Andrés Trapiello. Las vidas de Miguel de Cervantes. Prólogo de J. J. Armas Marcelo. Biblioteca ABC. Protagonistas de la Historia. N.º 14. Edita ABC, S. L., 2004.
  • Anónimo, Lazarillo de Tormes, Narrativa. Austral Básicos. Edición de Víctor García de la Concha. Espasa Libros S. A., 2012.
  • Federico Carlos Sainz de Robles. Introducción a El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Tomo I, Edición reservada a Los Amigos de la Historia. Editions Ferni. Genève, 1973.
  • Miguel de Cervantes, Viaje al Parnaso y otras poesías. Edición de Laura Fernández García. Penguin Clásicos. Primera edición: febrero de 2016.
  • Miguel de Cervantes, Novelas ejemplares. Edición de Jorge García López, Estudio preliminar de Javier Blasco, Presentación de Francisco Rico. Galaxia Gutemberg. Círculo de Lectores S. A., 2005.
  • Miguel de Unamuno. Del sentimiento trágico de la vida. El Libro Aguilar. Aguilar S. A., Madrid, 1987.
  • Miguel de Cervantes. Los trabajos de Persiles y Sigismunda. Edición de Juan Bautista Avalle-Arce. Clásicos Castalia. Primera edición: octubre de 2021.
  • Miguel de Cervantes. Don Quijote de la Mancha. Edición IV centenario. Real Academia Española. Asociación de Academias de la Lengua Española. Presentación. «Una novela para el siglo XXI», Mario Vargas Llosa; «La invención del Quijote», Francisco Ayala; «Cervantes y el Quijote», Martín de Riquer; Nota al Texto, Francisco Rico. Edición y notas de Francisco Rico; La lengua de Cervantes y El Quijote, José Manuel Blecua, Guillermo Rojo, José Antonio Pascual, Margit Frenk y Claudio Guillén.