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Así consta del libro indicado, cuya existencia allí se explica porque a fines del siglo XVII la Comunidad de Ocaña fue trasladada a Madrid, y en lugar de aquélla pasó a ocupar el monasterio otra de la misma Orden que estaba fundada en Molina de Aragón.

 

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Historia de la villa de Ocaña y pueblos circunvecinos, por Don Miguel Díaz Ballesteros y Don Benito de Láriz y García Suelto, Ocaña, 1877, 4.º, t. I, pp. 341-349.

Añaden estos autores que «en dicho paraje estuvo la comunidad hasta el año de 1626, en que, concluída la fábrica del convento é iglesia, se trasladó el Divino Sacramento».

«El patronato vienen disfrutándole sin interrupción desde su origen los Marqueses de Santa Cruz...». Y complementan tales noticias con una biografía de Ercilla mucho mejor que las que suelen verse en obras de literatura.

El cronista de los Carmelitas añade sobre esta materia que «todo lo dispuso el padre provincial fray Felipe de San José, que dixo la primera misa y dió el hábito á dos novicias». Reforma de N. S. del Carmen, lug. citado.

En conformidad a lo capitulado, en 11 de marzo de 1596, doña María le cedió al monasterio dos privilegios de sus juros por 269281 maravedís, «con que son cumplidos, decía en la respectiva escritura, los dichos setecientos ducados [de renta] y más cantidad...». «[...] los cuales el dicho convento ha de haber y gozar para siempre jamás desde 21 días del mes de Noviembre del año pasado de 1595 años, que es desde cuando el dicho mi convento está en clausura...». pp. 446-447.

Sin esta suma, ella misma hacía referencia poco después (27 de agosto de 1596) a unos 350 ducados que tenía guardados para pagar cierta madera para las obras del monasterio, que se le había mandado retener en su poder. P. 478.

 

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De la proyectada fundación, de las condiciones de la donación y de las salvedades de que se trata, dan fe las dos escrituras que publicamos en las páginas 496-500.

 

764

Escritura suscrita por fray Francisco de la Ascensión el 21 de enero de 1599, pp. 500-501.

 

765

Ese emisario fue Francisco de Morales, a quien le pagó por el viaje dos mil reales, en la forma que indica su carta de pago fechada el 9 de octubre de 1602, página 514.

 

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Esta escritura va inserta íntegra en las pp. 511-514. Dicha fundación fue la que después se llamó del Caballero de Gracia.

 

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El testamento de doña María de Bazán no existe en el Archivo Notarial de Madrid, ni entre los papeles de las monjas de Ocaña o de Madrid. Todo lo que sabemos a su respecto se reduce a que fue otorgado en esta última ciudad, ante el escribano Santiago Fernández, en uno de los primeros días de marzo de 1603. He aquí la prueba de estos asertos. Afirman los albaceas de doña María en el poder que Fernández autorizó el 13 de diciembre de aquel año (p. 516) «como lo dice el testamento que otorgó ante el escribano desta carta, á quien pedimos dé fe dello...». La fecha la da Salgado en su carta de pago de 26 de mayo de dicho año 1603 (p. 515): «[...] instituido por tal [albacea] en testamento debaxo de cuya disposición falleció, que se abrió ante la justicia desta villa [Madrid] y ante mí el presente escribano [el citado Fernández] en uno de los días del mes de Marzo pasado deste año, de que yo, el presente escribano, doy fee...». Y que ese día fue uno de los primeros del mes, resulta de la fecha de la muerte de doña María, que se halla grabada en la lápida de su sepulcro. Finalmente, que dejó por heredero al Convento, de los apuntes biográficos de la monja, que insertamos más abajo.

En esa virtud, el monasterio heredó la casa que había sido de Ercilla, y conservó su propiedad hasta el día 12 de enero de 1612, en que por escritura otorgada ante el citado escribano Fernández (libro 63, hojas 116 y siguientes) vendió al licenciado Diego de Pantoja y a su mujer doña Catalina Sarmiento en 2500 ducados «unas casas principales quel dicho monasterio tiene en esta villa de Madrid, en la parroquia de Sant Juste, en la plazuela que dicen del Conde de Puñoenrostro y del Cordón, que fueron de don Alonso de Arcila, caballero del Orden de Santiago, y doña María Bazán, su mujer y heredera, entrambos difuntos, y alindan con la dicha plazuela y con la calle que baxa de Santiago, y ueste á San Pedro, y por este lado con una casilla de don Diego de Vargas Gudiel, y por el otro lado con casa del regidor don Juan González de Aumuna, que fueron de Mayor de Vivar, mujer de Pedro Fernández Almonacir: toda la dicha casa como está al presente..., con cargo de diez ducados al año de censo perpetuo cada año que sobre las dichas casas tiene el Conde de Puñoenrostro...».

Exactamente la que hoy lleva el número 2 de la plaza del Cordón, esquina con la callejuela del mismo nombre; al costado de la llamada de los Luxanes, y esquina encontrada, la de Císneros, hoy formando parte de la Casa de la Villa.

El Convento no cumplió con la disposición de doña María de hacer colocar su «bulto de piedra» en la sepultura, y tal omisión nos priva hoy de conocer su retrato. Cuándo fuera su cuerpo llevado allí y si se ejecutó en un acto con los de Ercilla y doña María Magdalena, no aparece de los papeles de las monjas; y todo lo que sabemos a ese respecto se reduce al hecho mismo, que la autora de su biografía inédita se limita a estampar, diciendo: «mandó traer su cuerpo á este convento, como se executó, y reposa junto con el de su marido el señor don Alonso y una hermana del dicho don Alonso: todos tres están en la bóveda y entierro de las relixiosas de este convento».

En las observaciones que se encuentran en el libro de fundación de las carmelitas descalzas de Ocaña, en el que poseen las de Madrid, relativas al testamento de doña María, se lee sobre este particular: «También parece por otra cláusula del mismo, que cuando murió mandó se pusiese su cuerpo en el coro de las relixiosas, como se ejecutó, y está al presente en la bóveda que está debajo de él, donde se entierran las relixiosas, y asimismo está el de su marido el señor don Alonso de Arcilla, y una hermana suya, doña Magdalena de Arcilla, y están en la frontera de la dicha bóveda, que al presente es entierro de las relixiosas.

»En la capilla mayor manda que se ponga un bulto de la dicha señora doña María, hecho de piedra, con su escudo y letrero en que se diga cómo es fundadora de esta casa». Libro citado, hoja 13.

Alguna dificultad ofrece lo relativo a los testamentarios de la viuda de Ercilla. En los documentos que publicamos en las páginas 515 y siguientes figuran como tales, en primer término, Francisco Salgado, que, en su carácter de tal, firma en 26 de mayo de 1603 una carta de pago al tesorero de las alcabalas de Toledo por réditos del juro que sobre ellas tenía doña María; luego, Juan Ruiz Cotorro da también, como tal testamentario, en 1.º de septiembre de 1613, otro recibo análogo; y en 15 de octubre de 1615, un poder al licenciado Juan de Madrid Carvajal para cobrar del administrador de las salinas de Espartinas 80 ducados de renta que le había legado doña María, documento que nos permite así conocer otra de las últimas voluntades de la testadora; y, por fin, un nuevo poder suscrito en 13 de diciembre de 1603, por el mismo Juan Ruiz Cotorro, Juan Ruiz de Azagra y Francisco Delgado, que se dicen igualmente testamentarios de doña María, y con éstos se enteran hasta cuatro; advirtiendo de paso que dicho documento es doblemente interesante, porque contiene la autorización al prior de los Carmelitas Descalzos de Ocaña para que cobrase del Duque de Medinaceli los réditos del censo que había impuesto a favor de Ercilla en 8 de junio de 1592, de cuantía de 126 mil y tantos maravedís, de que no tenemos otra noticia, y, a la vez, demuestra que la fundación de ese convento tratada por doña María se había llevado a efecto.

Pero, sin esos cuatro, hubo todavía otros dos, que fueron, Juan Esteban Suárez y Hernando González, quienes consta entablaron demanda de ejecución contra los bienes de la herencia de doña María por mil y 1650 reales, respectivamente, que cobraban por sus servicios, de la cual se dio traslado a la parte   —306→   del monasterio de Carmelitas, como heredero de doña María. Se siguió la causa, y por consejo del Visitador del obispado se acordó transar el litigio, y así se hizo por escritura fecha en Madrid a 23 de octubre de 1612, conviniéndose en rebajar el crédito del primero en cien reales, y el del segundo en 250. Esta escritura hubo de suscribirse por los herederos de ambos, Gonzalo Machón y Diego Pérez, pues habían muerto hacía poco. Protocolo de Gonzalo Fernández, vol. 70, año 1612, hojas 915-924.

De estos testamentarios de la viuda de Ercilla merecen recordarse Ruiz Cotorro, cuyos rasgos biográficos dimos ya, y, sobre todo, Francisco López Salgado, que así se llamaba en realidad. Según creemos, las relaciones de doña María con él han debido originarse de que era «maestro de obras», como se califica en escritura suya fechada en 16 de enero de 1599, que hemos visto en el Archivo Notarial (protocolo de Francisco de Quintana, de dicho año, sin foliar), y cuyos servicios de tal utilizaría para la fábrica del monasterio de monjas de Ocaña, pues le vemos aparecer por primera vez en un documento de 7 de mayo de 1596 (p. 461), y de tal modo supo captarse su confianza, que le hallamos luego valiéndose de él como podatario de sus cobranzas, y, por fin, nombrado su albacea. Más aún: en el testamento de Salgado, hablando del inventario que de sus bienes había hecho y con motivo del arreglo de cuentas que tuvo con el marido de su hija doña Ángela de la legítima que le correspondía por herencia de su primera mujer doña Ana del Castillo, declaró «que en el dicho inventario se dixo y agora digo que de todo lo que montó se han de baxar cuatrocientos y cincuenta y nueve mil cuatrocientos y sesenta y cuatro maravedís de una manda que me hizo mi señora doña María de Bazán para pagar á ciertas monjas de Cañas, sobrinas de D. Alonso de Ercilla, su marido, y á otras personas, y que después de sus días de los legatarios, los gozase yo mientras viviese, y después de mis días viniese esta cantidad de principal á las Monjas Carmelitas de la villa de Ocaña, como parece del testamento de la dicha doña María de Bazán, y no se declaró allí otra deuda que yo debiese...».

Añade también en ese documento, fechado en Madrid el 21 de septiembre de 1631, el dato no menos interesante de que «doña Juana y doña María Magdalena de Zúñiga, monjas en Santa María la Real de Cañas, sobrinas de don Alonso de Ercilla, á las que deja treinta ducados de renta á cada una cada año, son muertas y ambas están pagadas de dicha renta».

Salgado llegó a ser «contador» y hombre de fortuna. En 1600 se casó con doña Ana del Castillo, de cuyo matrimonio tuvo a doña Ángela Salgado, que los Duques de Osuna casaron con don Guillén de Castro, el célebre dramaturgo, dándole en dote 16 mil ducados; en segundas nupcias (1615) con doña Ana de Madera, y en terceras con doña Lorenza de Rojas. Falleció en Madrid a las doce de la noche del mismo día en que otorgó su testamento. Puede verse acerca de todo esto y lo muy interesante para la vida de su yerno don Guillén acerca de las diferencias que tuvo con Salgado, a Pérez Pastor, Bibliografía Madrileña, t. III, pp. 359-360.

Entendemos que fue también hijo suyo otro de su propio nombre y apellido, autor de comedias, de una de las cuales hace mención el mismo Pérez Pastor, diciendo que debía representarse delante del Rey en fines de julio de 1662. Memorias de la Real Academia, t. X, p. 260.

VIDA, VIRTUDES Y MUERTE DE LA SEÑORA DOÑA MARÍA BAZÁN, FUNDADORA DE ESTE MONASTERIO DE SAN JOSEPH DE OCAÑA.

«Fué esta señora hija de Gil Sánchez de Bazán, de la excelentísima Casa de los señores marqueses de Santa Cruz, y de doña Marquesa de Ugarte de igual calidad y nobleza. Fué Gil Sánchez Bazán guarda-joyas del Emperador Carlos V y á quien estimaba mucho; así recibió á su hija doña María Bazán por dama de la Emperatriz. Era muy discreta y razonada y así adquirió especialísimo aplauso entre los caballeros y señores de la corte. Pretendió don Alonso de Arcilla, caballero del hábito de Santiago, (cuyo nombre se hizo célebre en Castilla por sus hazañas en la conquista de Chile de la cual escribió un libro en otavas con título de La Heurecana) (sic) casar con esta señora, y aunque era su nobleza mucha, todavía fué despreciado de doña María, porque sus pensamientos se levantavan más de punto. Sucedió que estando en un sarao que se hacía delante del Emperador, en que entraban las damas de palacio y los caballeros y señores de la corte, don Alonso, llevado de sobrado afecto, hizo una demostración que obligó á ser precisa la boda, la cual se efectuó con gusto del Emperador, por estimar mucho á don Alonso, y así se alegró de que adelantase su calidad casándose con doña María. Eran estos señores muy ricos, pero no quiso Nuestro Señor darles hijos, y viéndose don Alonso para morir, dejó por heredera de toda su hacienda á su mujer, la cual, deseando emplearla en servicio de Nuestro Señor, intentó hacer una fundación de Carmelitas Descalzas en Madrid. No se le pudo conceder, por estar ya fundado el de Santa Ana, y así tomó resolución de fundarlo en la villa de Ocaña. Supo con su mucha discreción y no menos con su mucha liberalidad granjear el ánimo de los Superiores, de modo que no pidió cosa que se le negase, y así cómo quien era tan gran sierva de Dios deseó que el convento que fundaba fuese con toda perfección; por tanto, pidió á los Superiores todos los sujetos en quien entonces concurrían más relevantes prendas de discreción, religión y santidad; consiguiólo, pues truxo aquellas venerables madres y compañeras de nuestra madre Santa Teresa de Jesús; y viendo ya la fundación en el estado que deseaba, sacó breve de Roma para vivir dentro del monasterio los más tiempos del año, en el cual las veces que estuvo, que fueron   —307→   muchas, dió grande ejemplo acudiendo á los actos de comunidad como si fuera religiosa. Su comida y vestido era tan pobrísimo, que decía no hiciesen más comida que para una religiosa, y á la noche cenaba de lo que tenía la comunidad, y algunas veces, por mucho regalo, un pastel de á medio real. Debajo del vestido exterior se vestía de sayal como las monjas, diciendo que no las quería gastar lo que era del convento, y era menester grande cuidado en la prelada, porque nunca pedía lo que había menester, aunque más viejo estuviese lo que la servía de abrigo. Dormía en un jergón de paja, ayunaba mucho, y á las vísperas de Nuestra Señora, de quien fué muy devota, á pan y agua. Era de trato apacible, manso y humilde. En Madrid hizo otra fundación de religiosas recoletas, que ahora se llaman del Caballero de Gracia, y aunque dió mucho para aquella casa, así para la labor de ella como para el sustento de las religiosas y capellanías que para allí fundó, se presume no tomó el patronato de esta casa, contentándose con serlo de las Carmelitas de Ocaña, en donde decía ella había empleado tan solamente la hacienda que heredó de sus padres, porque no quería que, se juntase con la de su marido don Alonso, de la cual hizo empleo en el dicho convento del Caballero de Gracia; y últimamente, cargada de años y mucho más de virtudes, habiendo dado grande ejemplo á todas, estando en Madrid le sobrevino una enfermedad de que conoció se moría; dispuso su testamento con singular discreción y cristiandad. Dejó por heredero á este convento, recibió todos los sacramentos, y prevenida con heróicos actos de fe y esperanza, dió su alma á Nuestro Señor, dejando segurísimas prendas de su felicidad, año de mil seiscientos y tres. Mandó traer su cuerpo á este convento, como se ejecutó, y reposa junto con el de su marido el señor don Alonso y una hermana del dicho don Alonso; todos tres están en la bóveda y entierro de las religiosas de este convento».


Hojas 1 a 2 del Libro 4.º del ya citado volumen.