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Tal es el antecedente que tenemos para atribuir el soneto al quinto Duque, si bien nos cumple advertir que Mosquera de Figueroa en su «Elogio» del poeta dice que era obra del que «después de haber gobernado en Sicilia, fue a los Estados de Flandes». No puede negarse que tal aserto, emanado de un contemporáneo y que debemos suponer bien informado de los hechos que se refieren a Ercilla, como lo estaba en realidad, es de bastante fuerza; pero, puesto que el soneto salió por primera vez en la edición de 1578, ¿cómo pudo haber sido escrito por el cuarto Duque, que fue el enviado por Felipe II a Flandes -(llegó a Ostende el 11 de junio de 1572, y regresó a España en fines del año siguiente, según Herrera, obra citada, Parte Tercera, p., 111)- que había muerto tres años antes? Para aceptar la aseveración de Mosquera de Figueroa debemos suponer que está equivocada la fecha que señala Fernández de Bethencourt para la sucesión del quinto Duque en el título de su Casa, que no lo creemos.

 

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Antonio de Herrera, Segunda Parte de la historia general del Mundo, Valladolid, Juan Godinez de Millis, fol., p. 597: «Dio el Rey el Tusón al Duque de Saboya, al Almirante de Castilla y al Duque de Medinaceli [...]».

 

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Habríamos deseado acompañar a estos datos biográficos el retrato del Duque, pero de carta que escribió el actual apoderado de su Casa al señor Marqués de Laurencín, nuestro finísimo amigo, que a instancias nuestras le pidió una copia fotográfica, resulta que no aparece hoy, lo que sólo se explica por las muchas ramas en que se ha dividido la familia desde la desvinculación y correspondido a todas parte del patrimonio, como ser, al Duque de Lerma, Duque de Tarifa, Duquesa de Uceda, Duquesa de Híjar y Condesa de Valdelagrana: ¡y vaya uno a hallarlo ahora!

 

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Documentos, p. 425. No consta la fecha de imposición en el inventario, ni pudimos tampoco descubrirla en otras fuentes, pero los caídos del censo seguían cobrándolos los testamentarios de la viuda del poeta todavía en 1603. Véase en la pág. 516 de los Documentos el poder que al efecto otorgaron.

No fue este el único soneto del Duque de Medinaceli, pues en ese mismo año en que escribía el que dedicó a Ercilla, publicó otro en loor de D. Martín de Bolea y Castro, que se imprimió al frente de su Orlando determinado, Lérida, Miguel Prats, 1578, 8.º.

 

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Conservolo el poeta en la edición en 8.º de 1578 de Madrid, pero lo hizo suprimir en la en 4.ª de ese mismo año.

 

66

Memorial histórico español, t. VII, p. 357.

 

67

Barbosa Machado, Biblioteca Lusitana, t. I, p. 460.

 

68

Id., id., e Innocencio Francisco da Silva, Diccionario bibliográphico portuguez, t. I, pág. 331.

 

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El libro ha sido descrito por los continuadores del Ensayo de Gallardo, n. 3328, y por Pérez Pastor, Tipografía Complutense, n. 720, en cuya descripción, no sabemos por qué, se ha omitido mencionar la aprobación de Ercilla.

 

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Vaya esta muestra: «Era en aquella sazón calificador de aquel Consejo Supremo un religiosísimo y doctísimo maestro de la Orden de Santo Domingo, que se llamaba fray Bartolomé Ferreyra, el cual, después de haberle mirado con grande atención y cuidado, dio la aprobación tan honorífica, como se ve en el principio de la Concordia y en el libro primero de los Comentarios sobre la Primera Parte de Santo Tomás, ordenándolo así Dios que fuese el primero censor desta obra de la Sagrada Religión de Santo Domingo para oponerle a los que después le quisieron censurar más rigurosamente [...]». P. Alonso de Andrade, Varones ilvstres en santidad, letras y zelo de las almas. De la Compañia de Iesvs, Tomo Qvinto, Madrid, 1666, p. 798.

Observa con razón Barbosa Machado (como lo había hecho ya notar Jacobo Jacinto Serry, Hist. Congreg. de auxiliis Divinae Gratiae, lib. I, cap. XIII) que Ferreira no prestó su aprobación al Apéndice que Molina puso a la Concordia, que se imprimió en 1589 y salió sin licencia alguna.