Se hace necesaria nota a puesto, en vista de que Ducamin ha entendido que esa voz es en este verso sinónimo de partido, bando; pero no hay tal: puesto no es aquí sustantivo, sino adjetivo, participio de poner, esto es, que vale decir que españoles y araucanos se hallaban en aquel momento como los toros -término de la comparación del poeta-, después que han luchado entre sí, faltos de aliento y fuerzas, y que por eso se retiran, pero sin apartarse la vista ni dar el menor
signo de vencimiento.
68-2-2:
Sin sangre y sin vigor desalentados [...]
Así se lee este verso en la edición de la Academia y en la madrileña de 1589-1590; pero parece que hace falta una coma después de vigor, con la que se le daría el que el poeta ha querido atribuirle a desalentados, cuanto que, sin ella, quedaría la frase sin sentido, pues no podría decirse «desalentados sin sangre y sin vigor».
A propósito de esta palabra, conviene tener presente que está empleada en su verdadero sentido etimológico, esto es, falta de aliento, de resuello. Así acababa de expresarlo el poeta en el primer verso de la estrofa anterior, en el que pintando el combate de dos toros dice que el aliento y fuerza les iba mermando. En el mismo significado la vemos usada en la celebrada arenga de Lautaro, cuando dice a los indios: «mirad de los contrarios la falta del aliento». Acaso en un
sentido más moral que físico está puesto aliento al expresar el poeta (174-1-4) que a Rengo en su lucha con Leucotón, «se le dobló la fuerza y el aliento»; o sea en su acepción de «convalecer el que estaba descaecido», según la definición de Covarrubias.
En este sentido físico, diremos, la usó Cervantes (Don Quijote, IV, 185): «[...] y con la derecha asió a don Quijote del cuello, fuertemente, que no le dejaba alentar [...]».
«Yo velo cuando tú duermes; yo lloro cuando cantas; yo me desmayo de ayuno cuando tú estás perezoso y desalentado de puro harto». Don Quijote, VII, 236.
«[...] cené -decía él- agora, y como otros hacen ejercicio de pasear, y yo corro de ordinario para digerir más. -Pues guarde Dios a vuestra merced, y váyase a dormir -dijo el teniente-, que a todos nos trae corridos y desalentados». Zapata, Miscelánea, p. 264.
Pedro Espinosa (Elogio al retrato del Duque de Medina Sidonia, etc., Obras de..., ed. de Rodríguez Marín, Madrid, 1909, reimpresa de la de Málaga, 1625, 4.º): «Quedaron pasmados los extranjeros, y de alentar (si es posible) se olvidaron [...]».
Recuérdese lo que dijimos antes a propósito de alentados (5-5-7).
68-2-4:
Mas siempre de frente careados [...]
Carear, en su acepción de «ponerse resueltamente cara a cara dos o más personas».
68-3-3:
Cubiertos de agua y sangre y jadeando [...]
En la edición príncipe se lee ijadeando; en las restantes salidas en vida de Ercilla, inclusa la de 1589-90, hijadeando, con manifiesto yerro. En la académica, tal como en la nuestra, y jadeando, pues de otro modo se habría necesitado poner una coma después de sangre.
La verdad es que ijadear o jadear son exactamente del mismo valor y se usaron también indistintamente, no sólo por diversos autores sino por uno mismo, v. gr., Cervantes, que escribió: «Ya en esto don Quijote y Sancho, que la paliza de Rocinante habían visto, llegaban ijadeando [...]». II, p. 14; y en una de sus Novelas ejemplares: «era una compasión verlos entrar jadeando y corriendo agua de sus rostros».
Tal identidad de acepción la reconoce el Diccionario de Autoridades, siendo de advertir que da
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como ejemplo de ijadear el verso de Ercilla en que se halla empleado este verbo más adelante (106-1-6):
Con piernas brazos, cuerpo ijadeando [...]
La forma correcta, en nuestro sentir, debe de ser esta última, conforme a su procedencia de ijada.
68-5-7:
Una flecha [...]
torció a Morán el curso, y encarnada [...]
«Encarnar la saeta es asirse a la carne y hacer llaga». Covarrubias.
69-3-3; 273-1-4:
Tendidas las banderas por el viento [...]
Las banderas tendidas han entrado [...]
El léxico se ha olvidado de apuntar este modo adverbial figurado de a banderas tendidas, que corresponde sólo a medias al de a banderas desplegadas, que define: «abierta o descubiertamente, con toda libertad»; puesto que el de
que se trata indica algo más que eso, simbolizando entrar en campaña.
Bien se acredita que tiene tal valor en los siguientes ejemplos:
«Y así, don Pedro de Alvarado ordenó su gente, y con las banderas tendidas le acometió [...]». Zárate, Conquista del Perú, p. 482. «[...] Gonzalo Pizarro salió con las banderas tendidas [...]». Id., p. 358.
Con diez banderas de color tendidas
mil y quinientos hombres juntos vienen [...]
Lope, La Dragontea, canto V.
Enrique Garcés en su traducción de Francisco Patricio De Reino, hoja 3 v.: «Y no solamente en poco tiempo le pusiste en aprieto, mas a banderas tendidas le afligiste y
desbarataste [...]».
Ya Suena el ronco son del ronco Marte,
ya tienden las banderas y pendones,
ya la canalla bárbara, pujante,
mueve el paso con ímpetu arrogante.
Álvarez de Toledo, Purén indómito, C. XI, p. 215.
«Así fue, y para dar principio, descubriendo con el día la tierra claramente, saltaron en ella, llevando el Almirante en su barca bien armada enarbolado el estandarte real, y los demás capitanes en las suyas, tendidas las banderas de la conquista». Ovalle, I, 200.
70-4-4:
Que Tucapel le acierta por derecho [...]
Por derecho vale aquí derechamente, denotando la preposición el modo de ejecutar la acción.
70-4-8; 155-5-5:
De los lasos caballos desangradas [...]
Los tres lasos cristianos a porfía [...]
Laso en su forma latina lassus, cansado, fatigado, de que Ercilla echó mano no menos de siete veces en su obra y que emplearon también en sus versos Laso de la Vega, Cervantes y otros en España, y Pedro de Oña en América.
Tienden los lasos miembros fatigados [...]
Cortés valeroso, hoja 18.
Otros coros de hermanas más hermosas [...]
con que mis altos bríos quedan lasos [...]
Galatea, Canto de Calíope, p. 230.
De mil heridas desangrado y laso,
sin vida ante mis pies quedó tendido [...]
Valbuena, El Bernardo, p. 207.
El cuerpo laso, indómito y membrudo [...]
Alzándole de tierra el laso cuello [...]
Arauco domado, Cantos XI, 274; y XVII, 449.
En torno revolviendo el cuerpo laso [...]
Monteagudo, Guerras de Chile, C. X, p. 205.
[...] y con canciones a su modo usadas
de pena el laso pecho se descombra [...]
Garcés, Sonetos y canciones, Canción 9.
71-2-3:
Ora fue su ventura y diestro hado [...]
Diestro, que vale aquí como «favorable, benigno
y venturoso», según lo nota el Diccionario de Autoridades citando este verso.
Respecto de ora, por ahora, véase la nota a la página 82-3-2.
71-2-7:
Que el golpe segundaba Tucapelo [...]
Segundar y también asegundar.
Mostróme una bella mano,
bella sobre lo criado,
un golpe me dio con ella,
que aquel solo me ha bastado:
no tuve necesidad
con otro haber segundado,
porque fue tan poderoso
que con él fui derribado [...]
Segvnda Parte de la Diana de George de Montemayor. Por Alonso Pérez. Pamplona, por Tomás Porralis, 1578, 12.º, hoja 41.
Así dijo Cervantes al comenzar el prólogo de sus Novelas ejemplares: «Quisiera yo, si fuera posible, (lector amantísimo) excusarme de escribir este prólogo, porque no me fue tan bien con el que puse en mi Don Quijote, que quedase con gana de segundar con éste».
En La fuerza de la sangre: «[...] y como la insolencia que con Leocadia había usado no tuvo otro principio que de un ímpetu lascivo, del cual nunca nace el verdadero amor que permanece, en lugar del ímpetu que se pasa, queda, si no el arrepentimiento, a lo menos una tibia voluntad de segundalle». Colec. Rivad., t. I, p. 167.
Y en Don Quijote, (para no citar más de un pasaje) I, 180: «Es, pues, el caso que él estuvo quince días en casa muy sosegado, sin dar muestras de querer segundar sus primeros devaneos [...]».
«[...] y si por ventura yo allí segundaba, diera indicios de haber sido embeleco el pasado». Alemán, Guzmán de Alfarache, p. 328.
Suárez de Figueroa (El Pasagero, fol. 97 v.) usó
de la forma asegundar (que es hoy la que da como más usual el léxico): «Haréis una comedia: representarase con aplauso, o no tendrá lugar en el teatro.
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Si fue bien recebida, ¿quién dexará de asegundar?».
Segundan con los versos al rebaño [...]
Castellanos, Elegías de varones ilustres de Indias, Madrid, 1589, 4.º, p. 77.
[...] y antes que segundase se le llega
con alígeros pies [...]
Castellanos, Historia del N. R. de Granada, t. I, p. 405.
Y Pedro de Oña (Arauco domado, C. VI, p. 144):
No pudo levantarse el indio fiero,
ni desdoblar tan pronto la rodilla,
que recogiendo el brazo y la cuchilla,
no segundase el tiro el caballero [...]
Y otro tanto hizo en Chile, antes que él, Álvarez de Toledo (Purén indómito, Canto VII, p. 133):
Pero al que en lleno un golpe alcanza a darle
no es menester con otro asegundarle.
Estos ejemplos, sin los que trae a cuenta el P. Mir (Hispanismo y Barbarismo, t. II, p. 748) que denotan que segundar vale tanto como repetir y que es totalmente diverso del secundar, seguir el mismo intento o propósito, favorecer,
único que usamos en Chile y que Baralt y Salvá tienen por galicismo, por más que esté autorizado por el Diccionario de la Real Academia.
71-3-1; 85-5-1:
Con el jinete estribo en el derecho [...]
Luego se arroja el escuadrón jinete [...]
Jinete en estos casos no significa solamente el soldado de caballería, o, en el primer verso, el estribo de la silla de que usaban, pues la voz jinete, ya sustantivo o adjetivada, se aplicaba con especialidad al «hombre de a caballo que pelea con lanza y adarga, recogidos los pies con estribos cortos, que no baxan de la barriga del caballo». Covarrubias.
Agustín de Zárate (Conquista del Perú, p. 502, ed. Rivad.) trae el dato muy curioso de que en el Perú se peleó sólo a la jineta, esto es, con caballería pesada, hasta que se libró la batalla de Chupas (16 de septiembre
de 1542) en la cual Diego de Almagro, el mozo, usó de la ligera. He aquí sus palabras: «Y así pudo aderezar docientos arcabuceros y ordenó algunos hombres de armas por el buen aparejo que tenía, comoquier que hasta entonces en el Perú peleaban los de a caballo a la jineta, y pocas o ninguna vez había caballos ligeros».
71-3-4:
Lo lleva hacia adelante por la estrada [...]
Salta a la vista que la voz estrada está tomada del italiano. Al decir de Covarrubias, en España tenía el significado de calzada o camino empedrado; pero aquí en el caso de que se trata, ni
aunque supusiéramos que el hecho hubiera acontecido en nuestros días, podría tomarse literalmente como queda definida.
En la traducción de la Canción 4 del Petrarca hecha por Henrique Garcés -y este es ya buen indicio de su procedencia- se lee:
[...] ansí junto a la estrada
me eché [...]
El léxico la supone derivada del latín strata, apartándose de lo que dice respecto a su origen italiano el Diccionario de Autoridades, en el cual se cita ejemplo tomado de fray Luis de Granada.
71-5-7:
Ni celada prestó de estofa llena [...]
Prestar en su acepción de ser de provecho.
Tanto en la edición de Madrid, 1589-90, como en la de 1597, que parecen ambas corregidas de mano de Ercilla, se lee: «Ni la celada [...]», con lo que el verso resulta de doce sílabas, lección que no era posible seguir.
En la acepción dicha aparece empleado varias veces prestar, de la cual, como típica, debe citarse la siguiente (466-5-2):
Que ya allí los caballos no prestaban [...]:
es decir, no servían, no prestaban el servicio ordinario a que eran acostumbrados. Pero así, en absoluto, sin nada subentendido, se usaba antiguamente. Las Casas (III, 80), dice: «[...] y que
sepan [los indios] muy bien lo que resciben, y por qué, y para qué, y qué les prestará [...]».
El Marqués de Santillana en sus Proverbios:
Oh! fijo... ¡cuán poco presta
bien fablar!
E sobrado amenazar
poco presta [...]
Juan Rufo en La Austriada, Canto I, hoja 7 v.:
Que su valor y tocas delicadas
prestaban el denuedo a las espadas.
Cervantes en un giro casi idéntico al del verso que da motivo a esta nota, dijo en su Viaje al Parnaso, cap. VII:
Mas renovose la fatal batalla
mezclándose los unos con los otros,
ni vale arnés, ni presta dura malla.
«[...] porque grandes maestros han intentado, como digo, de los sacar con fuelles, y no ha prestado nada su diligencia [...]». Cieza de León, La Crónica del Perú, p. 449.
«Reforzándose unas a otras añadiduras, y lo que en singular cada una no prestaba, muchas juntas hacen daño». Alemán, Guzmán de Alfarache, p. 3.
Lope de Vega en su Dragontea, Canto II:
Pólvora y municiones poco prestan,
humedecidos de los ojos míos [...]
En lo cual trabajaron grandemente,
pero su vehemencia nada presta,
pues cuanto más trabajo se ponía
mucho menos efeto se hacía.
Mas no les traxo lumbre de consuelo,
ni luz para que fuesen remediados,
porque ¿qué les prestaba ver el cielo?
Castellanos, Elegías, pp. 92 y 451.
Matará en Benavente y en Zamora
al soberbio Alcamán y al rey Oreste,
que con la suya la pujanza mora
hará que ni le valga ni le preste [...]
Valbuena, El Bernardo, p. 165.
Habla el P. Mir (Hispánismo y Barbarismo, t. II, p. 518):
«También nos enseñan los dichos de los
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clásicos que prestar vale ayudar, asistir, dar, comunicar, entregar, ofrecer, aprovechar, ser útil o conveniente. El verbo latino praestare, de donde proviene el prestar español, a todas estas acepciones se extiende en su forma activa, exceptuando las dos postreras que le califican de neutro.
»Mas estás significaciones, que son las generales y comunes, no dan lugar al reflexivo prestarse, tan ordinario hoy día en sentido de allanarse, acomodarse, ofrecerse».
Valga esta última advertencia para enmienda del mal uso afrancesado de ese verbo, que es tan corriente entre nosotros.
72-2-2; 328-4-8:
Al duro asalto y fiera batería [...]
Habían hecho gran riza y batería [...]
Batería es, propiamente, el destrozo que hace la artillería en los muros sobre que se dispara, voz que no usamos en Chile, reemplazándola por estrago.
Así dijo Lope de Vega (La Dragontea, Canto VI, 303 v.):
No hiciera más extraña batería
el pedrero mejor de artillería.
Ercilla, como se ve, la empleó en ese segundo verso en sentido más general, aplicándola a los disparos de los arcabuces sobre los cuerpos de los indios, y en general en otros pasajes (400-3-6; 476-4-7; 513-1-2) extendiéndola a
los golpes de las armas y estruendo que producían, ajustándose a la etimología de donde procede: batir, golpear. Así la usó Cervantes, en sentido figurado, cuando dijo:
Mas fue tan reforzada y tan intensa
la batería y mi poder tan falto,
que sin cogerme amor de sobresalto
me dio a entender su potestad inmensa.
Galatea, lib. VI, p. 249.
«[...] porque, en sabiendo el pueblo y los que te tratan tu inclinación determinada, por allí te darán batería, hasta derribarte en el profundo de la perdición [...]». Don Quijote, VII, 281.
En El lindo don Diego de Moreto:
DON DIEGO
No paso yo por balcón
donde no haya batería;
pues al pasar por las rejas
donde voy logrando tiros
sordo estoy de los suspiros
que me dan por las orejas.
«En esta conformidad, espero también, que sufrida por vosotros esta recia batería de congoxas por la primera salida de España, volveréis a ella casi como
nuevos hombres [...]». Suárez de Figueroa, El Pasagero, hoja 1 v.
«[...] y tomando al mayor dellos, lo armó con la artillería de los otros y comenzó a dar batería al pueblo». Zárate, Conquista del Perú, p. 537.
Laso de la Vera, Cortés valeroso, hoja 43:
En sus cuevas y cóncavos rincones
las fieras se recogen temerosas
del nuevo trueno y dura batería
que amenazar al cielo parecía.
Pedro de Oña, Arauco domado, Canto VIII, p. 202, en un significado análogo al que le dio Ercilla:
Y Tucapel, habiéndola escuchado,
le refirió el asalto y batería [...]
72-3-4, 5:
El araucano ejército revuelto
por acá y por allá se derramaba [...]
Ejemplo de Ercilla que cita don Andrés Bello (Gramática. p. 284) en manifestación de la fuerza que dan en la expresión esos demostrativos; versos que Cuervo cita también (Diccionario,
I, p. 84, 3 a) en demostración de que «la combinación acá y allá, por acá y por allá, fuera de su valor natural, se emplea para denotar indeterminadamente varios pasajes», de que se hallan otras muestras en la misma Araucana (8-2-8; 94-5-6; 232-1-5; 343-1-5):
Saltando acá y allá por todos lados [...]
Acá y allá medrosos se apartaban [...]
Acá y allá corriendo derramada [...]
Salí con ella acá y allá buscando [...]
72-4-2:
Hizo que al punto el cielo se cerrase por allá
«Cerrarse el cielo. Frase que explica haberse cubierto el cielo de nubes, de que ha resultado la obscuridad»: así el Diccionario de Autoridades, que comprueba su definición con este verso de
Ercilla.
72-5-4, 5:
El bosque deja y toma su camino,
que el temor se le muestra bien abierto [...]
Se es dativo, y le, acusativo, reproduce a camino. «Ninguna otra persona sabía el busilis del encanto, y aun si D. Antonio no se le hubiera descubierto primero a sus amigos, también ellos cayeran en la admiración en que los demás cayeron [...]» (Cervantes, Don Quijote, Parte II, cap. LXII, pág. 536, ed. Rivadeneyra).
72-5-7, 8:
Junto donde los nuestros esperaban
si las furiosas aguas aplacaban.
Ejemplo que trae Suárez, comentador de Bello, para comprobar la observación de que hay partículas que son aplicables a anunciar, sin que por ello se les atribuya carácter sustantivo, cual acontece en el último de esos versos con si.
73-4-1; y 382-4-8:
El coronista Estrella escribe al justo [...]
Testigo y verdadero coronista [...]
«Coronista, dice Covarrubias, el que escribe historias, o annales de las vidas y hazañas de los Reyes». Se ha hecho distinción entre cronista y coronista, diciendo que este es el que escribe las hazañas de los Reyes, tomado coronista de corona; y cronista el que trata de la relación dispuesta por orden
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cronológico -de donde procede su nombre- de los sucesos en general, ya de una nación, ya de una ciudad, ya de un personaje. Florián de Ocampo llamó su libro Corónica general de España; Mariño de Lobera, que escribía en
Chile y fue camarada de Ercilla, Crónica del Reino de Chile.
Cuervo en sus Apuntaciones, p. 499, observa que esta anomalía se debe a la repugnancia del castellano a la agrupación de consonantes -y esta es la verdad-, citando el ejemplo de corónica por crónica, Ingalaterra, por Inglaterra, de que también, como veremos, se halla muestra en La Araucana.
Pero el hecho es que predominaba el empleo de Corónica.
Cervantes, Viaje al Parnaso, C. IV:
¿Dónde tenías, Magancés, la vista
aguda de tu ingenio, que así ciego
fuiste tan mentiroso coronista?
Y en la Galatea, lib. VI, p. 240:
Si la hija del húmido Peneo,
de quien ha sido Ovidio coronista [...]
«¡Oh tú, sabio encantador, quienquiera que seas, a quien ha de tocar el ser coronista desta peregrina historia!». Don Quijote, I, 72.
Baltasar del Alcázar (Poesías, ed. cit., p. 64):
Y si como a coronista
fiel te matare el abad [...]
Pedro Espinosa (Obras poéticas, ed. de Rodríguez Marín, Madrid, 1909, 4.º, p. 109):
Con facultades ya de coronista [...]
El P. Ovalle (I, 200): «Hace refleja sobre esta luz el coronista Herrera [...]».
Hoy nadie diría coronista.
La frase «escribe al justo» también merece una corta aclaración.
El léxico de la Academia define este modo adverbial: «ajustadamente, con la debida proporción. || Cabalmente, a punto fijo». Como de aquí se deduce -por lo que a nosotros toca al menos-, no resulta explicada la frase, pues,
entendida como referente a que la relación del coronista fuese ceñida a la verdad, o que sus dictados los escribiera precisamente en los momentos en que el poeta hablaba -que uno de estos significados puede tener-, no aparece resuelta, decimos, con la definición académica.
Como Ercilla nos ofrece otros varios ejemplos de ese justo, veamos si de ellos podemos sacar alguna más luz acerca del alcance que él le daba. Helos aquí (122-1-5, 189-1-3, 524-4-8):
Pero al término justo y plazo justo [...]
Y al justo tiempo del partir llegando [...]
Que no dice la fama cosa al justo [...]
Como se ve, en los dos primeros versos, justo envuelve la idea de tiempo, y en el tercero, la de exacta, verdadera.
Veamos ahora ejemplos de otros autores:
Pedro de Oña, El Temblor de Lima, fol. 12:
Pues viene la ocasión cortada al justo.
«[...] y así cuando murió, que fue ha ya más de sesenta años, tuvo al justo lo que bastó para enterrarle, que ni él al mundo ni el mundo a él se quedaron a deber nada». Zapata, Miscelánea, p. 484.
Y así, que os vendrá al justo se sospecha
camino tan angosto y cuenta estrecha.
Quevedo, apud Espinosa, Flores de poetas ilustres, p. 92.
Al justo envuelve en estas frases el concepto de medida, como en el siguiente refrán que trae Correas: «Viene al justo, como embudo en boca de jarro». Vocabulario, p. 435.
Por lo dicho, nos parece, pues, que al justo en el verso que comentamos, tanto puede hacer al tiempo, como a lo exacto; pero, en vista de que esto último mal podía juzgarlo Ercilla, es de creer vale lo que «en ese preciso momento», como esperamos haber demostrado en la biografía de Calvete, que, en el hecho, tal fue lo que ocurrió.
74-1-6:
Fue por su industria el cerco levantado [...]
«Alzar o levantar el cerco. Frase que explica apartarse, desistir del sitio o expugnación de alguna plaza», define el Diccionario de Autoridades y lo justifica con este verso de nuestro
poeta.
74-3-6; 296-3-6:
Del cual la noche atrás habían salido [...]
Dije en el canto atrás que arremetido [...]
«Atrás. Se halla a veces combinado inmediatamente con un sustantivo: "dije en el canto atrás que arremetido" (Ercilla); "como en el canto atrás lo habéis oído" (Ercilla)» (Cuervo, Dic. de Construc. y Rég., t. I, pág. 760).
75-3-2:
Que mucho su proceso me detiene [...]
La voz proceso se halla entre nosotros, puede decirse, relegada al estilo curialesco, pero antaño se empleaba de ordinario para lo que llamamos hoy suceso, como se ve en este pasaje y en los siguientes (112-1-6, 215-2-7; 323-segunda línea del sumario):
[...] resumiremos
Un gran proceso y término tamaño [...]
No pongo su proceso en esta historia [...]
En ese mismo Canto se repite al concluirlo Tegualda, diciendo:
«Este es, pues, el proceso, ésta es la historia.
[...] cuenta Tegualda [...] el extraño y lastimoso proceso de su historia.
Más adelante aparece todavía (454-5-8):
Te ruego que al proceso estés atento [...]
Si por ventura extiendo
alguna vez mis ojos
por el proceso luengo de mis años [...]
Nunca en todo el proceso de mi vida [...]
Garcilaso, Canción II y IV.
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Pues ha llegado ya el bendito día
en que por tus efectos extremados
se cambia el duro curso de los hados;
y que al proceso largo, trabajoso
se acaba de cerrar aquí la puerta [...]
Rufo, La Austriada, XXII, 399.
En Indias fue persona señalada
y relatar ahora su proceso
sería cosa desproporcionada [...]
Castellanos, Hist. del N. R. de Granada, III, 411.
Alemán (Guzmán de Alfarache, p. 72) dijo exactamente como Ercilla: «Ves aquí, señor, te he dicho todo el proceso de mi historia y remate de desgracias».
«Con estas razones acabó don Quijote de cerrar el proceso de su locura, y más con las que añadió [...]» (V, 341).
Cfr. Baralt, Dic. de galicismos, y Mir, Hispanismo y Barbarismo, t. II, pp. 548-549, sobre el uso afrancesado de la voz proceso. Este último autor alega muchos pasajes de escritores clásicos en abono del significado de progreso, continuación, adelantamiento, que también tiene proceso, haciendo caso omiso del que resulta le corresponde en La Araucana, según creemos haberlo demostrado en los versos que quedan copiados.
76-1-4, 5:
Andaban por los suelos esparcidos:
vieran pechos de nieve [...]
Vieran, a renglón seguido de andaban, o sea, el subjuntivo por el copretérito de indicativo, como dejando en duda lo que realmente había pasado, pero que traduce con elegancia la marcha del pensamiento del poeta. Tal falta de concordancia en el empleo de los tiempos es frecuente en el estilo poético, y no puede decirse que con ella se falte a los cánones de la lengua, tratando, sobre todo, de narraciones, en las que son perfectamente explicables tales saltos.
76-3-1:
Unos botas espadas afilaban
[...]
Ejemplo con que el Diccionario de Autoridades justifica el uso de boto; a que habría podido añadir el siguiente (87-1-4):
A probar si la lanza lleva bota
[...]
«Boto, contrario a lo agudo. Embotar los filos del espada o otro instrumento que corte, es gastárselos [...] Proverbio: El saber no embota la lanza». Covarrubias.
[...] pero con solas lanzas en las manos
y espadas botas y rubiginosas
proceden delante [...]
Castellanos, Hist. del N. R. de Granada, t. I, p. 85.
En las Mocedades del Cid, de don Guillén de Castro, habla el héroe y dice:
Llevaré esta espada vieja
de Mudarra el castellano,
aunque está bota y mohosa
por la muerte de su amo
[...]
«[...] botas y rotas sus armas, ya sin mechas los arcabuces [...]». Zapata, Miscelánea, p. 42.
El doctor Agustín de Tejada (Flores de poetas ilustres, p. 30):
[...] Y sus botas espadas
sin gloria por el suelo derribadas [...]
Laso de la Vega, Cortés valeroso, hoja 89 v.:
Y en el tronco del árbol más trabado
aguza el boto cuerno temeroso [...]
Cervantes (Don Quijote, I, 309): «Ya te tengo dicho antes de agora muchas veces, Sancho -dijo don Quijote-, que eres muy grande hablador y que, aunque de ingenio boto, muchas veces disparatas de agudo [...]».
Pedro de Oña se valió de la misma voz, en un sentido bastante alambicado (C. II, p. 33):
Ya con la bota lengua mal mandada [...]
Hoy en día decimos en Chile embotada.
76-3-2:
Otros petos mohosos enlucían [...]
Ejemplo que también trae el Diccionario de Autoridades para manifestar que enlucir, además de su significado de blanquear las paredes (o de revestirlas de una capa de arena y polvillo, según se acostumbra en Chile) vale «limpiar,
blanquear, poner lucida y tersa la plata y las armas, quitándoles el moho u orín de que suelen estar tomadas».
76-3-3:
Otros las viejas cotas remallaban [...]
Remallar vale «componer, reforzar las mallas viejas o rotas». Es verbo que no se halla en el Diccionario de Autoridades y que ingresó por primera vez al vocabulario de nuestra lengua en la cuarta
edición del léxico, sin que hasta ahora se le hubiese apoyado en el uso de escritor alguno. Al ejemplo de Ercilla, podemos agregar el siguiente:
Saben aderezar sus arcabuces
y echarles lindas cajas por estremo,
remallan bien sus cotas y escarcelas,
y pintan sus celadas de manera
que quedan para siempre provechosas [...]
Villagra, Conquista de la Nueva México, hoja 176.
76-3-6:
Al viento las banderas descogían
[...]
El uso de descoger por desplegar, que acostumbramos en Chile, es frecuentísimo en los escritores clásicos y no falta autor en España que hoy lo use. Véase admirablemente empleado en este ejemplo de Cervantes (Don Quijote, III, 48):
«El mozo se quitó la montera y, sacudiendo la cabeza a una y otra parte, se comenzaron a descoger y desparcir unos cabellos, que pudieran los del sol tenerles envidia».
Cristóbal de Castillejo en su Sermón de amores (Colec. Rivad., t. XXXII, p. 149):
En cada reino verás
su bandera descogida [...]
—242→
Rodríguez Marín, Madrigales, p. 32:
Cuando el rosado velo
la aurora descogía
bañando con suave luz el ancho cielo
a bañarse fue al mar la amada mía.
Pedro de Oña también había usado este verbo (Arauco domado, Canto I, p. 17):
Ya desde los balcones descogidas
tremolan con el aire las banderas [...]
D. Andrés Bello en su imitación de la Oda de Horacio O navis!
¿Qué? ¿No me oyes? ¿El rumbo
no tuerces? Orgullosa
descoges nuevas velas.
Y sin pavor te engolfas.
76-3-8:
Y en alardosa muestra los soldados [...]
Conviene estar prevenido acerca del valor que tiene este adjetivo alardoso, por ser tan corriente el uso de alarde, en sentido de jactancia, uso indebido que no corresponde de ningún modo al que le dieron los escritores de antaño, para quienes valía tanto como reseña, pasando al cabo a significar especialmente las que se hacían por los jefes militares a los soldados de su dependencia. En los títulos de capitanes despachados por
los Presidentes de Chile, se halla siempre esa voz en tal acepción, y el P. Alonso Ovalle recuerda a este respecto que en Chile «algunas veces entre año se hacen suizas y alardes generales». Histórica relación, fol. 161 de la edición original. Mas como en esta definición, observa el P. Mir (Hispanismo y Barbarismo, t. I, p. 107), «se encerrase algún aparato de gala y lucimiento, vino la voz alarde a significar también ostentación militar, que tanto podía ser de pompas, como de pujanza y destreza». Tal es en este verso de La Araucana el genuino sentido que le corresponde, mucho más si se considera que el adjetivo de que se trata se aplica precisamente a muestra, cuyo alcance luego veremos.
El Diccionario de Autoridades citó este verso de Ercilla en comprobación de la existencia de tal voz, advirtiendo que «es voluntaria y de ningún uso». El léxico le da el equivalente de ostentoso.
77-2-8; 349-4-2:
[...] que su tierra
la ciñe casi en torno el mar y sierra.
Que ciñe el mar la tierra y la rodea [...]
Verso que nos hace recordar una frase de Don Quijote que parece calcada sobre él: «¡Oh liberal sobre todos los Alejandros, pues por solos ocho meses de servicio me tenías dada la mejor ínsula que el mar ciñe y rodea». IV, 319.
«Ceñir, cingere, observa Covarrubias, vale algunas veces cercar, como la isla ceñida del mar», y, de este modo, pudo decir más adelante el poeta (440-4-6):
Y cuanto ciñe el mar y el aire abraza [...]
«En unas partes combate el agua a la tierra furiosamente como enemiga; en otras la ciñe mansamente». Acosta, I, p. 180.
78-1-7, 8:
Y en la cumbre y más alto de la cuesta
se allana cuanto un tiro de ballesta.
Hablando Bello (Gramática, pp. 253-254) de la variedad que en sus construcciones y significado envuelven los adjetivos tanto y cuanto en su uso sustantivado y adverbial, se acuerda de los versos citados para expresar que el cuanto significa allí «se allana , tanto, cuanto es, cuanto se extiende: se envuelve el antecedente, y se calla el verbo de la proposición subordinada».
78-4-5:
Lautaro sin moverse, arrinconado [...]
Arrinconado, voz cuya significación natural el léxico justificó con este verso de Ercilla y el siguiente pasaje de nuestro P. Ovalle: «[...] el cual no contento de tenerlos destruidos
y arrinconados por los montes, pasó a Tucapel».
Ya veremos más adelante el empleo metafórico que Ercilla hizo de esta voz en uno de los pasajes del poema en que alude a su persona.
79-1-6; 347-2-1:
Presenta la batalla en bella muestra [...]
Era el primero que empezó la muestra [...];
y poco más abajo (348-2-1):
Pasó luego la muestra Mareande [...]
Muestra en esta acepción es reseña de la gente de guerra, lo que llamamos hoy revista militar, palabra comunísima en los escritores de historia americana y usada en toda España: «[...] y, por haberle señalado el Rey a Jerez por plaza de armas de Andalucía, con orden de no salir della mientras durase la guerra, fue a hacer muestra general de la gente [...]» (Espinosa, Elogio al retrato, ya citado, p. 288); pero que se decía también en casos que no atañían a la guerra. Por ejemplo, Las Casas, hablando de los religiosos que el franciscano fray Pedro de Córdoba proyectaba enviar al interior de Paria en el continente, dice que lo intentó «para que solos entre los indios de la parte donde los echasen, comenzasen a predicar y tomasen muestra de la gente y de la tierra [...]», que tanto vale en este caso como «se informasen».
Jerónimo de Urrea en su traducción del Orlando furioso, Canto IX, p. 86:
Llegó a tiempo Ruger que se hacía
la bella muestra en tan viciosa tierra,
y un caballero vio que allí venía
de quien quiso informarse [...]
Astucias y cautelas nunca oídas,
y entre ellas una que les fue maestra
para hacer reseña y tomar muestra.
Rufo, La Austriada, Canto I, hoja 16 v.
«Aquella noche fueron a dar muestra en casa del corregidor [...]». Cervantes, Persiles y Sigismunda, p. 626, ed. cit.
«Porque días han de tener los alféreces para marchar con sus insignias, como serán los de las muestras o alardes [...]». Nájera, Desengaño, p. 243.