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ArribaAbajoActo II

 

Han pasado algunas horas. Un reloj da las nueve. La escena está a oscuras. Suena dentro el timbre de la puerta. Al cabo de unos instantes llega GLORIA por la izquierda. Viste la bata del acto anterior y aparece abrochándosela y con el aire de despertarse en ese momento. Hace mutis por el foro.

 

GLORIA.-    (Desde dentro.)  ¿Qué desea?

MANOLO.-  Soy el encargado de La Primavera.

GLORIA.-  Espere un instante.  (Reaparece. Abre las ventanas; por ellas entra a torrentes el sol mañanero. Mutis por la derecha. La escena queda vacía unos segundos. Desde dentro.)  Ahí está el encargado de La Primavera.

 

(GLORIA entra con INOCENCIO, que termina de arreglarse y viene poniéndose la corbata.)

 

INOCENCIO.-  ¿Quién dice que es?

GLORIA.-  El encargado de La Primavera.

INOCENCIO.-  ¿Y qué es eso de La Primavera?

GLORIA.-  La tienda de flores de la esquina.

INOCENCIO.-  Que entre, a ver qué tripa se le ha roto.

GLORIA.-  Por cierto, que ya podía haber abierto Graciela, que no le hubiera pasado nada.

INOCENCIO.-  ¿Graciela abrir?...  (Se mira al espejo que hay sobre la cómoda.)  Se nota que no la conoces. Esto aparte, la vi levantarse muy temprano.

GLORIA.-  Se habrá ido a casa de don Germán. El último encuentro...

INOCENCIO.-  ¡Ya está bien, Gloria!  (Transición.)  ¿Y la asistenta?

GLORIA.-  No llegó aún. Hoy es domingo, no lo olvides, pero poco tardará, supongo.  (Y hace mutis por el foro. Regresa enseguida acompañada de MANOLO, el encargado de la tienda de flores. Viste modestamente.)  Pase.

MANOLO.-  Buenos días.

 

(GLORIA, que ha entrado detrás de MANOLO, hace mutis por la izquierda.)

 

INOCENCIO.-  Buenos días.

MANOLO.-   Yo soy el de La Primavera, la tienda de flores en la que ustedes encargaron la corona para don Germán Artuña, que en paz descanse.

INOCENCIO.-  Que encargamos no, que encargó mi mujer.

MANOLO.-  Por cierto, no sabía que tuviesen teléfono. Les hubiese ahorrado la visita, de haberlo sabido.

INOCENCIO.-  ¿Y qué desea? Se le ha dejado a deber una cantidad. ¿Cobrarla?

MANOLO.-  Hombre, eso desde luego; pero si hoy no le es cómodo, cualquier día le pasaré la factura por el piquito que queda. Lo que me trae aquí es otra cosa.

INOCENCIO.-   Usted dirá.

MANOLO.-   Que en la casa del señor Artuña que, vuelvo a repetirlo, en paz descanse, no admiten coronas.

INOCENCIO.-  ¡Ah!, ¿no?

MANOLO.-  No. Hace una hora llevaron la suya y tuvieron que volverse con ella porque la familia la rechazó.

INOCENCIO.-    (Con una alegría manifiesta.)  Pues, mire, no se preocupe. Si no las admiten, nosotros hemos cumplido mandándole la nuestra.

MANOLO.-   Lo malo es que la corona estaba hecha ya, como es lógico.

INOCENCIO.-  Sí, me doy cuenta. Pero, si esa es la actitud de la familia, respetémosla. Hay quienes, en efecto, se niegan a recibir coronas y flores, hay quienes no anuncian la hora del entierro, hay quienes encargan gregorianas y quienes rosarios. Las últimas voluntades suelen ser tan caprichosas como las primeras.

MANOLO.-  ¿Qué me va usted a decir a mí? Yo tengo mi experiencia de varios años. Lo que le pregunto es: ¿qué hacemos con la corona?

INOCENCIO.-  Pues... darla por no encargada.

MANOLO.-   Eso no es posible, caballero. La corona lleva seis docenas de dalias, varias ramas de laurel, unas cintas negras de seda y una dedicatoria en letras de purpurina que dice: «A nuestro inolvidable don Germán, de Graciela e Inocencio»; que, por cierto, hubo que rehacerla porque el muchacho puso «Graciela y Inocencio», y aquello me pareció a mí que sonaba mal y cambiamos la y por la e, que es lo que corresponde, ¿no?

INOCENCIO.-  Posiblemente.

MANOLO.-   La corona la tenemos en la tienda para lo que gusten disponer. Porque si la familia del señor Artuña, en uso de su perfecto derecho, no admite coronas, nosotros, en el uso del nuestro, no admitimos devoluciones.

INOCENCIO.-  Hombre, si resulta que su familia ha decidido rechazarlas todas, ¿cómo vamos a exigirle que acepte la nuestra?

MANOLO.-  Eso no es cosa mía.

INOCENCIO.-  Entonces; ¿qué es lo que usted pretende? ¿Que se la pague como si se la llevase al otro mundo?

MANOLO.-  Ya le he dicho que no le apremio, pero que cualquier día le pasaré el resto de la factura. En cuanto a la corona, como es lógico, se la mandaremos donde usted nos diga.

INOCENCIO.-  ¿Cree qué yo tengo muertos suplentes? Usted será el que pueda utilizar las flores para bodas o bautizos, o primeras comuniones.

 

(GLORIA que ha entrado por la izquierda, sigue en silencio el resto de la escena con la natural curiosidad.)

 

MANOLO.-  Se equivoca. A estas alturas no es posible. En consecuencia ha de abonarla exactamente igual que si la hubiesen admitido en casa del difunto; pero, en fin, para que no crea que le pongo un puñal en el cuello... ¿Quiere leer esos nombres?  (Le entrega un pedazo de papel.) 

INOCENCIO.-    (Lee.)  Don Rufino Ardid Menéndez. Don Jesús Moreno Valdivieso. Doña Engracia Ruiz de Topete. Don Pedro Abarca Gomendio... ¿Quiénes son estos señores?

MANOLO.-    (Ambiguamente.)  Vienen en los periódicos de hoy. ¿No conocía usted a ninguno?

INOCENCIO.-  NO.

MANOLO.-  Y a Emilio Porta Gracia, ¿tampoco le conocía usted?

INOCENCIO.-  ¿A quién? ¿Al escritor?

MANOLO.-  Claro...

INOCENCIO.-   De oídas, sí...

MANOLO.-  Podía usted asociarse al duelo... Creo que era un escritor buenísimo.

INOCENCIO.-  Yo no tengo por qué gastarme mi dinero en coronas ni para el señor Porta Gracia, ni para don Ramón de Campoamor. ¿Está claro?

MANOLO.-  El cambio de nombre en las cintas estaría dispuesto a hacérselo gratis.

INOCENCIO.-  Óigame, bromitas no, y menos tan macabras. Incluya usted todo en el capítulo de partidas fallidas.

MANOLO.-  Se equivoca. Me lo pagará hasta el último céntimo.

INOCENCIO.-  Le digo a usted que no.

MANOLO.-  Le digo a usted que sí, y por añadidura haré que le manden la corona.

INOCENCIO.-  Daré con la puerta en las narices a quien la traiga.

MANOLO.-  Se la dejaré en el descansillo o se la echaré por la ventana, y tome nota: me iré al juzgado.

INOCENCIO.-  Me sale por una friolera.

MANOLO.-  Eso se lo dirá al juez. Y usted lo pase bien.

INOCENCIO.-  ¡Vaya usted, al demonio!  (MANOLO hace mutis por el foro.)  ¿Qué te parece? ¿Por quién me habrá tomado ese chulo?  (GLORIA vuelve par la izquierda. Trae una taza de café que sirve a INOCENCIO.) 

GLORIA.-  ¿No admite coronas la familia?...

INOCENCIO.-  Pues no...

GLORIA.-    (Se sienta en la mecedora.)  Eh, menos sofoquinas; hombre...

 

(INOCENCIO se asoma al balcón. En este instante la asistenta entra por el foro. Es una mujer humildemente vestida.)

 

EUGENIA.-  Buenos días.

INOCENCIO.-    (Se vuelve rápido. Quizá pensó en que pudiera ser, todavía, el dependiente. Transición.)  Ah, buenos días, Eugenia. (EUGENIA inicia el mutis por la derecha, poniéndose un delantal. Otra vez agresiva.)  ¡Un momento! He de hablarla.

GLORIA.-  ¿Me necesitas para algo?

INOCENCIO.-  Para nada, Eugenia.

GLORIA.-    (Se acerca. Le examina inquisidoramente.)  Tú dirás lo que quieras, pero has dado un bajón en los últimos meses... que te lo notan hasta los niños de pecho.

INOCENCIO.-    (Furioso.)  ¡Mejor!

GLORIA.-  Bien, hombre, bien... Vuélvete contra los que te quieren; ya verás como te luce el pelo.

 

(Mutis par la derecha.)

 

INOCENCIO.-  Eugenia... Eugenia, yo tengo la impresión de que usted sabe algunas cosas de mi señora, y de alguien más...  (EUGENIA le mira, asombrada.)  que ha pasado a mejor vida ayer tarde.

EUGENIA.-  No le entiendo.

INOCENCIO.-  Le estoy hablando de don Germán Artuña. Le conocía usted, ¿no?

EUGENIA.-  Claro que sí, ¡pobre! En paz descanse.

INOCENCIO.-   Ya nos ocuparemos de su descanso más tarde. Ahora, de momento, le exijo que me diga cuanto sepa usted de mi señora y de don Germán Artuña.  (La ataja.)  No de cada uno por separado, sino de los dos juntos.

EUGENIA.-  ¿Y qué quiere que le diga?

INOCENCIO.-  ¿Qué hubo entre ellos?

EUGENIA.-   ¿Y qué es lo que hubo?

INOCENCIO.-   Eso es usted la que me lo tiene que decir a mí y no yo a usted.

EUGENIA.-  ¡Ay Dios, yo no sé nada! Don Germán venía por aquí, hablaba con la señora y eso es todo.

INOCENCIO.-  ¿En esta casa?

EUGENIA.-  Sí.

INOCENCIO.-  ¿Y cuándo?

EUGENIA.-  Pues... algunas veces, por las tardes. Hace ya años.

INOCENCIO.-   ¿Y a usted no le sorprendía?

EUGENIA.-  No. ¡Era tan sencillo y tan cariñoso con todo el mundo...!

INOCENCIO.-  Bien. ¿Y qué tiempo se quedaba?

EUGENIA.-  Pues tampoco lo sé. La señora solía mandarme a que comprara pastas y jerez.

INOCENCIO.-  ¡Entonces usted los dejaba solos!

EUGENIA.-  Sí, claro.

INOCENCIO.-  ¿Nunca sospechó que se entendieran?

EUGENIA.-  ¡Qué disparate!

INOCENCIO.-  ¿Por qué? ¿Porque don Germán era un viejo?

EUGENIA.-  No. No hay viejos, todos son iguales. Los años cambian muy poquito a los hombres, y hasta que les llega la última hora les gusta poner la mano donde les dejan.

INOCENCIO.-  ¿Qué quiere decir con eso? ¿Que según usted don Germán estaba a la que saltase?

EUGENIA.-   Quizá...

INOCENCIO.-    (Se levanta airadamente.)  Y mi señora, ¿saltó o no?

EUGENIA.-  Don Inocencio: la señora es muy como se debe ser.

INOCENCIO.-  Hasta cierto punto, Eugenia. Porque yo de esos guateques que se daban los dos mano a mano, nunca supe ni una palabra. Y si mi señora fuese tan como se debe ser algo me habría contado, ¿no es así? Pero no, se lo callaba la muy...

EUGENIA.-  Cierre esa boca, don Inocencio, que no merece la señora que usted la maltrate.

INOCENCIO.-   ¿Por qué no? Si todas son iguales. Uno, venga a sacrificarse y a trabajar para pagarles la entradita del cine, el Metro y los cuatro garbanzos y las blusas a la moda, y el abrigo cada dos o tres años... Y ella atiborrándose de pastas con don Germán apenas me marchaba yo por esa puerta.

EUGENIA.-  Don Inocencio, yo no digo que no las hayan tomado juntos, porque es evidente que sí, pero juraría que fuera de eso no ha habido nada. Y lo de las pastas no es para ponerse en el disparadero.

INOCENCIO.-  Usted, claro, del lado de ella. ¿Por qué toma partido? Conteste a lo que se le pregunta, sin más. Por ejemplo: ¿a usted no le extrañaba que no hubiese nada de beber ni de comer cuando llegaba don Germán y que siempre fuese preciso comprarlo fuera?

EUGENIA.-  Normalmente, en las casas donde yo voy, siempre hay lo justo.

INOCENCIO.-  ¿Quién abría la puerta a don Germán?

EUGENIA.-  No sé. No recuerdo. Alguna vez, quizá, la señora.

INOCENCIO.-  Alguna vez, no. Todas. ¿Sabe usted por qué? Porque don Germán no llegaba súbitamente, sin avisar, sino después de ponerse de acuerdo, de citarse. ¿Seré estúpido? Si él fue quien nos consiguió el teléfono... Naturalmente, el teléfono tiene la culpa de que escaseen tanto las mujeres honradas.  (Vuelve a sentarse en la mecedora.)  Por eso, aquí, venía siempre a tiro hecho, después de haber convenido con ella el día y la hora, y por eso le abría siempre la puerta, que le gustaba muy poco hacerlo. Para eso está la criada, si la hay, y si no, el marido. Ahora, cuando don Germán le decía: «Chata, iré a las siete», salía a abrirle despendolada. Y cuando volvía con la merienda, ¿cómo se los encontraba?

EUGENIA.-  Pues de lo más normal. Él, sentado ahí en esa mecedora, en la que está usted.  (INOCENCIO se levanta fulminantemente.)  Y ella...

INOCENCIO.-  Si, ¿ella dónde?

EUGENIA.-  Ella era la que me abría.

INOCENCIO.-  Dígame la fecha exacta del último banquete, que sirvió en esta casa.

EUGENIA.-  Huy... hace muchísimo.

INOCENCIO.-    (Rezonga.)  No hay viejos para usted... Pues yo le aseguro que don Germán estaba hecho un carcamal desde que le pusieron dentadura postiza. Un día que le encontré en la calle, se le salió al saludarme. Y a mí me dio pena y hasta se lo conté a mi señora. «A don Germán -le dije- con esto de los dientes se le han echado veinte años encima.» ¡Seré imbécil! Yo entristeciéndome porque se volvía viejo. Pues mira si llega a ser un poco más joven. Me pone en ridículo en todo el barrio.

EUGENIA.-  ¡Señorito!...

INOCENCIO.-  Y a propósito, ¿qué otras personas estaban al corriente de todo esto?

EUGENIA.-  ¿De qué, don Inocencio?

INOCENCIO.-  ¡Del lío!

EUGENIA.-  No sé..., pregúntele a la señora Ignacia.

INOCENCIO.-   Ah, claro a la, portera. No había caído antes. Avísela. Hale, de prisa.  (Y la empuja por el foro.) 

GLORIA.-   (Por la derecha, invitándole a la confidencia.)  ¿Qué?

INOCENCIO.-  Es evidente que don Germán vino alguna vez a mi casa y eso es extraño. Pero si hubiera pasado algo, ¿tú crees que iba a haber sido aquí, justamente, en donde yo podía presentarme cuando menos, me esperasen?

GLORIA.-  ¡Cualquiera sabe! Yo, por de pronto, he hecho una cosa fea, pero útil.

INOCENCIO.-  ¿Qué has hecho?

GLORIA.-  Registrar un poquito.

INOCENCIO.-   ¿Y qué has encontrado?

GLORIA.-  Una caja llena de recortes de periódicos con declaraciones de don Germán.  (Se la entrega.)  

INOCENCIO.-  Las que hacía a la Prensa me importan muy poco. Las que me preocupan son las que hacía a mi mujer.

GLORIA.-  Discursos, conferencias...

INOCENCIO.-  ¿De qué fecha?

GLORIA.-  Aquí tienes la fajas de mil novecientos cincuenta y cuatro, primer semestre. Voy a seguir buscando. Ya verás cómo salen más cosas.

 

(Y se va por la derecha; entra EUGENIA por el foro.)

 

INOCENCIO.-    (Se levanta.)  ¿Dónde está la señora Ignacia?

EUGENIA.-  Iba a casa de don Germán...

INOCENCIO.-  ¡Qué tenorio!

EUGENIA.-  Pero viene en seguida.

INOCENCIO.-  Ochenta duros le doy a usted ahora mismo, si me lo cuenta todo.

EUGENIA.-  Ni por ochenta, ni por ochenta mil. No sé más de lo que le he dicho.

INOCENCIO.-  Vaya. Ochocientas pesetas que no son una broma, si me dice con puntos y comas lo que hubo entre mi señora y don Germán.

EUGENIA.-  Le aseguro, don Inocencio, que yo...

 

(GRACIELA por el foro. Con traje oscuro, velo, ojeras y libro de misa.)

 

GRACIELA.-   ¿Por qué vas a gastar ese dinero, tú que tanto lo regateas? Yo te lo contaré y gratis.

INOCENCIO.-    (Ahuyenta a EUGENIA, que se va por la izquierda con un chasquido de dedos.)  Bien ¿qué fue lo que hubo entre ese ilustre personaje y tú?

GRACIELA.-  Yo fui hacia él sencillamente, sin dudarlo un segundo, como si llevase esperándolo mucho tiempo y fuese natural que lo encontrase.

INOCENCIO.-  ¿Y cómo hay que entender eso de que lo encontraste?

GRACIELA.-  Como te apetezca.  (Deja el libro en el mueblecito de la derecha.) 

INOCENCIO.-  No, no. Así, no. Precisa un poco, encanto. Por de pronto, uno de los sitios en que os encontrabais era éste, ¿no?

GRACIELA.-  Tal vez, al principio...

INOCENCIO.-  ¡Ah!; aquí nació el idilio... Entre estas verdes persianas y estas macetas con fundas de papel y este aparador de nogalina...

¡Qué ambiente tan poético! Aquí, cambiasteis las primeras palabras de amor, mientras tomabais unas copas de vino español, como en los cachupines del Ayuntamiento.  (Sarcástico.)  ¿A qué otros escenarios volaron después vuestras almas?

GRACIELA.-  Iba a escucharle cuando hablaba en público, cuando daba conferencias y presidía reuniones y asambleas.

INOCENCIO.-  ¿Y qué hacías allí?

GRACIELA.-   Yo era la persona en la que él apoyaba sus miradas, aquella por la que quería estar brillante y ser aplaudido, a la que él sonreía sin que nadie lo supiese, cuando entraba y cuando salía, entre los ordenanzas y los fotógrafos.

INOCENCIO.-  ¿Quieres convencerme de que todo era un juego de miraditas inocentes?

GRACIELA.-  Por mi parte era un amor inmenso.

INOCENCIO.-  Déjate de vaguedades. ¿Consumado o no? Eso es lo que interesa.

GRACIELA.-  Tal vez supongas que va mucha diferencia de una cosa a otra.

INOCENCIO.-  Claro, alguna sí...

GRACIELA.-   Te equivocas. Hay, una frontera entre un hombre y una mujer, que puede pasarse o no, pero que importa poco la forma en que se pase. Tú eres muy pequeño. Y si te dijese que había sido suya, no te quedarías tranquilo hasta saber cuántas veces, como esos curas que confiesan a los niños.

INOCENCIO.-  Basta de majaderías. ¿Fuiste suya o no?

GRACIELA.-  Sí...

INOCENCIO.-  ¿Lo fuiste de verdad?  (Va hacia ella.)  No, no fuiste suya.

GRACIELA.-  Crees, que no lo fui, no porque tengas fe en mí, sino porque me juzgas incapaz de haberme rebelado contra ti. Me consideras tan tuya como los muebles de tu casa, como tu paga del mes, y el que haya sido de otro lo miras, no como una traición, sino como una estafa.

INOCENCIO.-  No has sido suya...

GRACIELA.-  ¿En qué te fundas para asegurarlo?

INOCENCIO.-  Te faltan arrestos...

GRACIELA.-    (Serenamente.)  Pues te equivocas, fui suya.

INOCENCIO.-  ¡Ah, sí! ¿Me engañaste?

GRACIELA.-  Tú eres, en realidad, el que me había engañado a mí.

INOCENCIO.-  ¿Yo?

GRACIELA.-  Sí, tú, que eres lo contrario de lo que yo soñaba que hubieses sido.

INOCENCIO.-  ¿Y qué tengo yo que ver con tus sueños?

GRACIELA.-  Tú los hiciste nacer y tú los enterraste.

INOCENCIO.-  ¿No decías que estabas enamorada?

GRACIELA.-   Y lo estuve. Sí, fui una novia enamorada, deslumbrada. Imbécil de mí... ¿Y sabes por qué? Porque eras alto.

INOCENCIO.-  ¿Sólo por eso?

GRACIELA.-  Sí. Estaba en esa edad estúpida en la que un genio, un ángel, un millonario, habrían quedado fuera de mi corazón si hubiesen sido bajos. Solo siendo alto y guapo era posible acercárseme.

INOCENCIO.-  ¡Vaya! Era guapo también.

GRACIELA.-  Pero no hay nada más inútil, más inservible que el hombre guapo cuando deja de serlo.

INOCENCIO.-    (Como si se burlase de sí mismo.)  ¿Ya no lo soy?

GRACIELA.-  Me cuesta trabajo pensar que lo has sido alguna vez.

INOCENCIO.-  No me hagas ser cruel. No quiero recordar la distancia que hay entre la Graciela que eres y la que yo conocí bailando en el Casino de Almendralejo. El tiempo pasa para todos, y tú tienes de aquella belleza, de pueblo, pero belleza, muy poco más del nombre, que es lo que me gustaría que hubieses perdido. Yo soy un hombre feo. Lo lamento.

GRACIELA.-  Si vieses qué poco se nota y lo fácilmente que se perdona al hombre que se quiere, que el tiempo lo engorde o lo enflaquezca, o le encanezca el pelo... Siempre y cuando ese hombre sea tierno y fuerte y delicado.

INOCENCIO.-  ¿Yo no era ninguna de esas cosas?

GRACIELA.-  Tierno, jamás; fuerte... ¡Bah!... Indelicado lo fuiste desde la noche de bodas.

INOCENCIO.-   (Irónico. Enciende un cigarrillo.)  Caramba.

GRACIELA.-  De esa noche guardo únicamente la imagen de un hombre qué anda arrastrando los tirantes por la habitación de un hotel, que se ha quitado los zapatos y las ligas y lleva caídos sobre los pies unos calcetines negros, de difunto, con los que se meterá en la cama porque, según él, hacía un frío pelón»...

INOCENCIO.-  Toma, y era verdad.

GRACIELA.-  Y al que veo salir del baño con una horrible camiseta amarilla...

INOCENCIO.-  ¡Anda ya! ¿Y qué le pasa a la camiseta? ¿Es una prenda deshonrosa? Aparte de que no era amarilla. Tú te confundes con la de la vuelta a Francia. Era de franela, color avellana, y escotadita con mucha picardía.

GRACIELA.-  En la noche de bodas comenzaron tus indelicadezas, que seguirían después tu vida entera.

INOCENCIO.-  Cuéntamelas, reina.

GRACIELA.-  El palillo de dientes con el que jugabas en las comidas y que no se te caía nunca de la boca.

INOCENCIO.-  Y eso, ¿qué tiene de particular?

GRACIELA.-  Es horrible verte sentado en la mesa, clavándotelo entre las encías como un arado, asomado entre los labios igual que un colmillo. Y eres tan miserable, que por pura avaricia, no lo tiras después, sino que te lo guardas.

INOCENCIO.-  ¡Bah!...

GRACIELA.-  ¿Te atreverías a negarlo? Continuamente llevas la chaqueta llena de palillos.  (Le mete la mano en la chaqueta y saca cuatro o cinco palillos, que tira asqueada.)  ¿Ves, ves, como no miento?

INOCENCIO.-   ¡Estate quieta!

GRACIELA.-  Antes los usabas sólo en las comidas. Ahora vas al cine y entras con el palillo puesto.

INOCENCIO.-  Para quitarme del tabaco, a ver si te enteras. El palillo de dientes a cambio de mis «Ideales».

GRACIELA.-   ¿Cuáles son tus ideales? Si no tienes ninguno...

INOCENCIO.-  Hablo dé los cigarrillos que se llaman así, ignorante. Tú sólo conoces los finos, esos que se anuncian con cuatro niñatos vestidos de «smoking» y cuatro locas a las que se les ve cómo les llega el humo hasta el estómago. ¿Y qué? ¿Qué otras indelicadezas me reprochas, palillo aparte?

GRACIELA.-  Tú nunca te pusiste en mi lugar, en el lugar de una muchacha llena de timidez y de ilusiones. Desde la primera noche usaste de tus derechos, sin darles valor, y por la sola razón de que te acostabas conmigo, ya te creíste dispensado de todo. Y yo, no. Yo no tenía otro afán que el de embellecer cuanto nos rodeaba, la convivencia; el deseo, la pobreza; y tú ibas, al contrario, haciéndolo cada vez más basto y más sucio. Mira esa maceta. Con su forro de papel rosado. Con su lazada. Es un símbolo de cuanto he pretendido. Que no se viese el barro... Ni en la maceta ni en nada.  (Se levanta, rompe la funda y la lazada y las tira al suelo.)  ¡Buen fracaso el mío!  (Vuelve a sentarse. Pausa.)  Luego, tu violencia.

INOCENCIO.-  ¿Te he puesto la mano encima, por casualidad?

GRACIELA.-  Sólo faltaba eso.

INOCENCIO.-  ¡Mira no te hubiese roto un par de costillas! Otro gallo me cantara.  (Se sienta en la mesa-camilla.)  A ver, ¿cuáles han sido mis violencias?

GRACIELA.-  Hablabas peor que el más soez de los carreteros. Aún recuerdo la primera vez que te oí una palabrota...

INOCENCIO.-  Vaya...

GRACIELA.-  Si, ya las había oído muchas veces en la calle, pero nadie me las había dicho a mí; ni estando conmigo. Y de pronto, tú...

INOCENCIO.-  ¡Sería una broma...!

GRACIELA.-  No... ¿Piensas que no sé distinguir por el tono cuándo una cosa se dice en serio y cuándo no? Tú estabas leyendo y yo me acerque a ti, tiernamente, y te hice una carantoña, y tú me separaste de un manotazo y me dijiste...

INOCENCIO.-  A ver... ¿qué te dije?

GRACIELA.-  Que no te fastidiase... ¡Pero tú sabes con qué palabra, me lo dijiste...! Y cuando no hacía ni una semana que nos habíamos casado.

INOCENCIO.-  El español es un idioma muy rico. Y todas las cosas tienen dos palabras. Una que usan los hombres, y otra las mujeres. Lo que pasa es que, a veces, nos olvidamos de con quién hablamos y las empleamos mal.

GRACIELA.-  Te equivocaste otras muchas veces. Las primeras me causaban espanto. Después, rabia. Y lo peor es que, más tarde me acostumbré a ellas como si no significasen nada, y que, en alguna ocasión, he estado a punto de decirlas yo.

INOCENCIO.-    (Se. ríe.) ¡Ah, eso, sí que es divertido! Tú, la flor de Almendralejo, la princesa de Egipto... soltando palabrotas.

GRACIELA.-    (Se levanta.)  Sí, yo, rebajándome, envileciéndome día a día, poco a poco, sin darme cuenta, arrastrada por tu falta de maneras. Tuya fue la culpa si aborrecí el amor.

INOCENCIO.-  Eres una anormal.

GRACIELA.-  No. Decías unas groserías horribles mientras me abrazabas.

INOCENCIO.-  Eso que tú llamas mi grosería, era mi sensualidad. Ya veo que jamás me entendiste.

GRACIELA.-  Sí te entendí, sí. ¡Demasiado! Pero tú me engañaste. Yo soy tu viuda desde la primera noche. De hecho nunca te he mentido. Si entonces te hubieses preocupado por mí y me hubieses preguntado dónde iba, seguramente te hubiera dicho que a buscar a Germán Artuña.

INOCENCIO.-  ¿Es verdad, entonces, que fuiste su amante, la amante de un viejo?

GRACIELA.-   Los viejos, tú lo sabes, no pueden tener amantes. Yo fui la amante de Germán Artuña, un ser admirable.  (Lo repite con una insistencia un poco extraña, un poco misteriosa.)  ¡Yo fui su amante, sí, yo fui su amante!

INOCENCIO.-  ¡Gloria! ¡Ven aquí!  (GLORIA entra enseguida.)  ¿Oíste a Graciela?

GLORIA.-    (Torvamente.)  Sorda tendría que ser para no oírla.

INOCENCIO.-  Por si no estuviese bien claro, te lo repito ahora: Graciela ha dicho que fue la amante de Germán Artuña.  (A GRACIELA.)  ¿Es así?

GRACIELA.-  Sí.

INOCENCIO.-  Gloria, tú eres testigo; no, sólo de lo que dice, sino de la desfachatez con que lo dice.

GLORIA.-   Sí.

INOCENCIO.-  Recuerda esas palabras porque es muy probable que tengas que repetirlas fuera.

GLORIA.-  Por si se me olvidasen, aquí traigo esto con que avivar la memoria.  (Le enseña una fotografía.)  

INOCENCIO.-   Ah, una fotografía de don Germán. Y dedicada... «A mi amada de mi alma, 26 de ma de 1964». Por fin, una fecha reveladora. ¿Fue ese día el que comprendisteis que habíais nacido el uno para el otro?

GRACIELA.-  Quizá. (Y hace mutis por la derecha.)  

GLORIA.-    (Con violencia.)  ¡Zorra!

INOCENCIO.-  ¡Gloria!

GLORIA.-  ¡Sí, zorra, zorra, más que zorra!

INOCENCIO.-  ¡Cállate!

GLORIA.-  Sólo me queda eso, que tú me impidas llamarla como se merece. Te está bien empleado. Te lo ganaste a pulso, te dejaste engatusar. Te había embaucado. Que ella se creyese de sangre real era disculpable, porque siempre tuvo la cabeza llena de presunción; pero que te lo creyeses tú, eso era ya excesivo y la verdad es que picaste como un ingenuo. Cuando volviste con ella de Almendralejo, te sentías tan ufano como si trajeses un tesoro. ¡Graciela Viña! ¡Graciela Viña! Vaya, la emperatriz de Persia, y era una tontorrona vanidosa, llena de tontería, mirando a todos por encima del hombro. Y para caer en manos de esa cursi, que acabaría siendo una golfa, dejaste la casa en que vivíamos tan ricamente.

INOCENCIO.-  Te repito que te calles.

GLORIA.-  Pues no te hago caso.  (Grita por la derecha.)  ¡Zorra, zorra!

INOCENCIO.-  A mi mujer no la insulta nadie más que yo.

GLORIA.-  ¿Te escuecen las verdades? Pues aguántate. Sigue defendiéndola. Allá tú. ¿Sabes lo que te digo? Que cuando a los hombres os pasan ciertas cosas, por algo es.

INOCENCIO.-  ¡Gloria!

GLORIA.-   Averigua tú ahora si don Germán Artuña fue el único o el primero, siquiera. Vete tú a saber si, puesta a cumplir, no tendrá quehacer, a poco que viva, muchos gastos en coronitas.

INOCENCIO.-  Lengua de víbora... ¡Cállate, por última vez!  (GLORIA se calla, en efecto. En el umbral de, la ventana se queda con los brazos cruzados, mordiéndose los labios, a dos pasos de las lágrimas o del ataque de histerismo. Mientras INOCENCIO se pasea de un lado a otro de la habitación hablando entre dientes.)  Ese don Germán... Una calamidad pública, un ser inútil. Tres años de ser, todo y de no ser nada. Escaparate, fachenda, engolamiento... Mucho escuchar poniéndose la mano en la oreja, como para no perder una palabra de lo que le decían, aun cuando le tuviese sin cuidado; mucho escribir posdatas afectuosas en las cartas de la Secretaría... «Siempre deseando servirle...» «Abrazos muy fuertes.» «A ver cuándo se le echa la vista encima...» Farsante. Y entre tanto mientras el Ministerio iba de tumbo en tumbo y no había una Ley que se hiciese a derechas, ni un Decreto como Dios manda, el tío se deslizaba furtivamente, igual que una sombra, de su casa a la mía, para engatusar a Graciela y adornarme la frente... ¡Qué vergüenza!...  (EUGENIA entró unos momentos antes por la puerta del foro. Llevaba en la bolsa unos paquetes y un ejemplar del «Ya» que dejó, sin que lo advirtiese INOCENCIO, en la mesa-camilla. Ahora es cuando lo ve y lo coge violentamente.)  Y hoy, como es lógico, vendrá retratado en los periódicos.  (Lo abre.)  ¿Qué es lo que dije? «Don Germán Artuña, el ilustre hombre público que falleció en la tarde de ayer.»  (Se lo tiende a GLORIA.)  Mírale, el miserable... Parece de dulce, con su uniforme, con sus condecoraciones nacionales y extranjeras, con su bigotito...  (Pasa la hoja.)  Ah, si no hemos terminado... Más fotografías de don Germán Artuña. ¡Hale! Recién salido de la Academia. Entregando los títulos de propiedad de los nuevos pabellones de suboficiales. «Don Germán Astuña en su época de ministro»...  (Mira esta fotografía con especial cuidado.)  ¡Eugenia!  (EUGENIA, que había hecho mutis por la izquierda vuelve un poco asustada. INOCENCIO le enseña el «Ya».)  Así era don Germán, ¿verdad?, cuando venía aquí de merendola con mi mujer. ¡Contésteme!

EUGENIA.-  ¡Huy, qué jovencito!

INOCENCIO.-  Hable sin rodeos. ¿Era así o no?

EUGENIA.-  Pues sí..., me parece que sí.

INOCENCIO.-    (Iracundo.)  ¡Váyase! ¡No quiero verla!  (EUGENIA hace mutis, acobardada, por la derecha. Empieza a oírse, lejanamente, una banda tocando una marcha militar.)  Y yo tan confiado... Yo, en el limbo.  (La banda militar suena más cerca.)  Y esa banda, ¿qué significa?  (Se asoma a la ventana.)  Y esos soldados... Es que vienen al entierro, ¿o estoy soñando? No, no sueño, no. Vienen a rendir honores a don Germán Artuña... ¡Ah, no! ¡Lo único que nos faltaba!  (Se asoma a la ventana descompuesto.)  ¡Si era un adúltero, un inmoral!

GLORIA.-  Por Dios, Inocencio, no des escándalos, puede pasarte cualquier cosa.

INOCENCIO.-  ¡Quiero desenmascarar a ese muerto! ¡Basta de hipocresías y de mentiras! ¡Era un hombre sin principios! ¡Se burlaba de mí, y no se lo aguanto! ¡Al cuartel esa tropa!  (Suena el timbre de la puerta.) 

GLORIA.-  Inocencio, que te comprometes, estúpidamente, que no conduce a nada lo que estás haciendo.

INOCENCIO.-  Hago lo que me da la gana.

 

(EUGENIA ha cruzado de la derecha al foro sin detenerse, mirando a INOCENCIO de reojo.)

 

GLORIA.-  ¿Qué pretendes? ¿Que se rían de ti? ¿Que te detengan?

INOCENCIO.-  Déjame. Lo voy a repetir en la Puerta del Sol si es preciso. ¡Me ponía los cuernos! ¡Era un hijo de siete padres! ¡Era un canalla!

GLORIA.-  ¡Se acabó!  (Cierra la ventana y se enfrenta a su hermano.)  

BASTIÁN.    (Por el foro, seguido de EUGENIA. Como unas pascuas.)  ¡Enhorabuena, Inocencio!

INOCENCIO.-  ¿Qué tontería es esa? ¿Por qué me das la enhorabuena?

BASTIÁN.-  ¿Y qué haces? ¿No vas a ir al entierro? ¡Hay que ser agradecido, muchacho!

INOCENCIO.-   ¿Qué tengo yo que agradecer a ese crápula?

BASTIÁN.-  Se ha acordado de vosotros en su testamento. Os ha dejado medio millón de pesetas.

INOCENCIO.-  ¿Qué dices?

BASTIÁN.-  Sí, hijo, sí. Cien mil duros como cien mil, soles. ¡Enhorabuena, muchacho!

 

(Al tiempo de oír esa noticia ha entrado GRACIELA. INOCENCIO mira a BASTIÁN estupefacto, mientras cae el...)

 

 
 
TELÓN
 
 

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