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Aquí concluye el vaticinio del Inca, que será acaso censurado por su demasiada extensión, y no sin justicia. Pero ¿no se perdonará a un Inca que antes de pronunciar el grande oráculo, objeto de su aparición, exhale algunas quejas al ver por la primera vez los lugares que fueron el teatro de los horrores de la conquista? ¿No se perdonará a un buen padre y a un buen rey lamentar antes de todo la suerte de sus hijos y de su pueblo? ¿No se perdonará a un guerrero alentar el valor de las tropas con el recuerdo de agravios pasados, aunque sean sucesos muy conocidos de la historia de su país? ¿No se perdonará a un anciano el ser prolijo en sus discursos, y a un sabio de edad el no perder la ocasión de dar consejos a los hombres? ¿No se perdonará, en fin, a un sacerdote prolongar un tanto la expectación del pueblo al anunciar los oráculos del cielo?
Los oráculos comúnmente eran breves y sentenciosos. Es verdad; pero la victoria de Ayacucho es de la mayor importancia, como que ha fijado los destinos del pueblo americano; y no estaría bien cantada si no se celebrasen todas las circunstancias que la hacen memorable. Además, esa misma prolijidad de circunstancias da mayores apariencias de verdad a la predicción. Por esto se ha escogido un profeta inspirado que lo prevea todo, un anciano que no omita nada de cuanto prevé, y un Inca que mire con interés cuanto contribuya a la gloria del imperio. - Por otra parte, la mención que hace de todos los jefes que debían distinguirse en Ayacucho sirve de nuevo estímulo a su valor, ya por la anticipada alabanza de sus proezas, ya por la segura esperanza de la victoria.
Se dirá en fin que el Inca de este canto sabe más de lo que pudo saber en su tiempo. - Pero ése era un Inca dotado de espíritu profético y que según las antiguas tradiciones predijo la invasión de los españoles, el establecimiento de una nueva religión y el hado del imperio. Sobre todo, no debe extrañarse que tenga ideas justas de religión, de legislación y ciencia del siglo quien habita las regiones de luz y de verdad.
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El río Magdalena corre al mar por las cercanías de Bogotá, como el Eurotas por las cercanías de Esparta. El Rímac atraviesa Lima, como el Tíber a Roma.
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Esta descripción alude a la forma de la planta que produce la piña. Este precioso fruto es conocido en Europa con el nombre de ananás. La piña es sobre todas las frutas de la tierra; como la piña americana, por su fragancia, sabor y virtudes medicinales, es sobre las europeas; y como la piña del Guayas es sobre todas las demás de los diferentes climas de América.
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Miguel Antonio Caro y Rufino José Cuervo, Estudio biográfico, Bogotá, 1943, p. 503.
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Carta al general Flores, Herrera, Apuntes biográficos, p. 35.
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«La segunda de las grandes composiciones líricas de Olmedo (y por la constante perfección de la forma quizá la primera) [es un] canto que, salvo la inferioridad de la materia, no cede en pompa, boato, sonoridad y nervio al Canto de Junín, y en madurez de estilo y buena disposición de partes seguramente le vence».
Obras completas, vol. III, Historia de la poesía hispanoamericana, tomo II, pp. 109-127.
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Revista de la Escuela de Literatura, Quito, 1887, tomo II, p. 165.
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Op. cit., pp. 541-542, 537.
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En el borrador de esta pieza inconclusa está apuntada en prosa la idea del final: «No permita el cielo que llegue un tiempo en que pueda mirar tus bellos ojos, y no sentirme luego conmovido, y si ha de venir este tiempo, déjame mirarlos y saciarme de mirarlos y conmoverme».
(Archivo de la familia Pino Icaza)
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La ciudad de Nápoles.