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Hemos seguido en este enmarañado asunto de Escobedo el camino indicado por el sabio historiador inglés Martín Hume en su folleto El enigma de Antonio Pérez, publicado en 1903, sobre documentos de la casa de Altamira, existentes en el Museo Británico. [Incluido en su obra Españoles e ingleses en el siglo XVI (Madrid, 1903, págs. 167-203)] No cumple a nuestro propósito seguir desenredando la trama hasta la ruidosa prisión de Pérez y de la princesa de Éboli por ser estos hechos muy posteriores a la muerte de don Juan de Austria. Remitimos, por lo tanto al lector a dicho folleto, que termina su autor de esta manera: Gradualmente y poco a poco se iba deshilando la madeja, y al mismo tiempo se iban abriendo los ojos de Felipe a la falsedad de su secretario. Supo con horror que la princesa había sido la querida de Pérez, y que muy poco antes de la muerte de Escobedo, éste había encontrado a los dos en circunstancias sospechosas, e indignado, les había reprochado con dureza; que la princesa, loca de enojo, había jurado entonces vengarse de su atrevimiento. Una comparación de las cartas de don Juan con la interpretación que les había puesto Pérez, reveló al rey que para sus propios fines políticos el secretario había calumniado al príncipe y había envenenado cruelmente los sentimientos del rey contra su hermano. Comprendió, por fin, que Escobedo había sido muerto, no por razón de Estado, sino por vengar a la princesa, y que Pérez había divulgado a ésta los secretos más recónditos del rey, diciéndole que había ordenado la muerte de Escobedo escudándose Pérez en su crimen detrás de la orden del rey y de las pasadas razones de Estado para satisfacer la venganza de una mujer adúltera. Entonces comprendió Felipe II que había sido él, el rey más poderoso del universo, el juguete de su secretario, y dictó la rigurosa prisión de Pérez. Del largo encarcelamiento de éste, de sus tormentos y escapes, de sus aventuras en Castilla y Aragón, y de sus viles traiciones en el extranjero, no hay espacio aquí para hablar; pero la llave final de todo el misterio se halla en las palabras del rey cuando se retiró del pleito contra Pérez ante el tribunal de Aragón, donde éste estuvo acusado de asesinato so color de la autoridad real, de la divulgación de los secretos de Estado y de la falsificación de despachos cifrados: «Aseguro -dijo el rey- que los delitos de Antonio Pérez son tan grandes, cuanto nunca vasallo hizo contra su rey y señor; así en las circunstancias dellos, como en conjetura, tiempo y forma de cometerlos. Pero -continúa el rey- el castigarle por ellos publicando los pormenores, haría mal e personas cuya reputación y decoro se han de estimar más que la condenación de Antonio Pérez». Clara está que si Pérez hubiese sido perseguido por el mero hecho de matar a Escobedo, lo habría sido poco después del crimen. Fue perseguido, como indica el rey, no por el hecho mismo, sino por las circunstancias, coyuntura y forma en que se hizo; es decir: no fue por matar a Escobedo, sino por haberle matado sirviéndose de la autorización del rey cuando su muerte ya no era necesaria. Le persiguió el rey porque le había engañado calumniando a su hermano y falsificando y glosando los desesperados despachos de don Juan. Le persiguió porque divulgó los secretos de su alto oficio a la compañera de sus ilícitos amores, quien los hacía instrumento de su vergonzosa venganza.

 

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Llamábase Edmundo Racleff y era bastardo del conde de Susex.

 

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[Don Juan de Austria, fol. 323, v. y 324.]

 

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[Colección de documentos inéditos para la Historia de España, tomo VII, p. 254.]

 

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Véase en nuestras Lecturas Recreativas [Obras completas, t. III] el artículo titulado Hombres de Antaño, y para conocer la edificante vida del Padre Juan Fernández, los Varones Ilustres, del Padre Nieremberg, [Edición de Bilbao, t. IX, 1892, pp. 174-197].

 

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Cuenta el Padre Eusebio de Nieremberg en su vida del santo Padre Juan Fernández este raro suceso referente a don Juan de Austria: «Algunos días después (de la muerte de don Juan) se le apareció al Padre estando en un colegio nuestro y le dixo: -Padre Juan Fernández, ¿cómo os avéis olvidado de los amigos? -El Padre le dixo: -No me olvidado, señor: mas ¿qué es menester agora que yo haga? -Díxole que tenía necesidad de que le ayudase con sus sufragios, y hiziese ciertas cosas. Hizo el siervo de Dios con muchas veras y presteza lo que le pidió, diciéndole misas, haziendo por él oración y penitencias y haziendo a los demás que hiziesen lo mismo. Y al cabo de pocos días le tornó a aparecer ya glorioso y resplandeciente, diciéndole que ya iba al cielo y muy agradecido a las buenas obras que había hecho por él».