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Las mismas órdenes de mendicantes, cuyo primitivo fundador fue San Francisco de Asís en 1208, ya no llevan ese sello del aislamiento con que se distinguieron los primeros monjes, sino que se establecen en medio de las poblaciones; y aunque no tienen ningún voto especial fuera de los constitutivos de la vida monacal, se dedican a los estudios de las ciencias y aún a la enseñanza, y toman parte de mil maneras en los trabajos del ministerio parroquial, por lo cual son considerados con razón como sus más celosos colaboradores. En esta clase debemos colocar muy especialmente la insigne orden de predicadores, fundada a principios del siglo XIII por el célebre español Santo Domingo de Guzmán, canónigo de Osma, cuyos esfuerzos fueron tan eficaces para extinguir la ruidosa herejía de los albigenses. Fue confirmada por Inocencio III en el concilio IV de Letrán, año de 1215. Extinguida en Francia con todas las demás órdenes monásticas durante la revolución, ha sido restablecida en estos últimos años por el abate Enrique Lacordaire, canónigo honorario de París, y uno de los más distinguidos oradores de los tiempos modernos.
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Es una vulgaridad creer que las expediciones de los cruzados no tuvieron otro objeto ni resultado que rescatar los Santos Lugares del poder de los infieles; puede verse en la Revista de Madrid, segunda serie, tomo III, núm. 13, junio de 1840, nuestro artículo De los mahometanos y las Crazadas, en el cual tratamos con la extensión que se merece una materia tan importante bajo muchos aspectos.
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Los templarios se establecieron por toda Europa, y fueron extinguidos por Clemente V en el concilio general de Viena, por las excitaciones del rey de Francia Felipe el Hermoso. Los hospitalarios se fijaron primero en la isla de Chipre, después en la de Rodas, de donde fueron arrojados por los turcos en 1530, y últimamente en la de Malta, que les cedió el emperador Carlos V, de donde los vino el título de caballeros de Malta con que después han sido conocidos. Esta isla la entregó el gran maestre en julio de 1798 por capitulación, y después de una débil defensa, a la expedición francesa que a las órdenes de Napoleón se dirigía a Egipto, cuya isla, después de varias vicisitudes, vino a parar a manos de los ingleses, los cuales aseguraron la posesión por el tratado de París de 1814.
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El origen de la orden de Calatrava se remonta al año 1158. Se había ganado de los moros en 1129, y el rey dio el señorío de ella al arzobispo de Toledo, el cual, como era plaza importante, consideró que nadie podría conservarla mejor que los caballeros templarios, a quienes la entregó, en efecto, para que la guardasen. En el dicho año de 1158 hacían los moros muy grandes preparativos para recobrarla, y los templarios, no encontrándose con valor o medios para defenderla, la entregaron al rey. Lo era a la sazón Sancho II, el cual la prometió por juro de heredad al que se hiciese cargo de defenderla; empresa que nadie quiso aceptar, sino dos monjes cistercienses, llamados fray Raimundo, abad, de Fitero, y fray Diego Velázquez, soldado viejo del emperador D. Alonso. Quedó muy contento el rey de este ofrecimiento, y en recompensa de tanto valor hizo donación para siempre del señorío de Calatrava y de su tierra a Santa María de la orden del Cister, y en su nombre a fray Raimundo y sus compañeros. «Muchos soldados (dice Mariana, Historia de España, lib. II, cap. 6.º), siguieron al abad y tomaron el hábito que él les dio, con lo que tuvo principio aquella esclarecida orden, confirmada por bula de Alejandro III en 1164.»
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En el siglo XI y posteriores eran muy frecuentes las peregrinaciones a los Santos Lugares; y cuando los fervorosos peregrinos no contaban con los medios necesarios para emprender tan larga y difícil expedición, se contentaban con poder venir siquiera a España a visitar el cuerpo del apóstol Santiago. Pero esta peregrinación ofrecía también dificultades por la aspereza de los caminos y continuas correrías de los moros. Para remediar estos males, los canónigos de San Eloy, que tenían su convento fuera de Santiago, edificaron algunos hospitales hasta Francia para hospedar a los peregrinos, el principal de los cuales fue el de San Marcos de León. Por otro lado, unos caballeros de la nobleza reunieron sus bienes y se obligaron con voto a defender los caminos. Después se unieron los caballeros con los canónigos, de lo que resultó la orden de Santiago, que fue confirmada por Alejandro III en 1175, bajo la regla de San Agustín, que era la que venían profesando los canónigos.
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En 1177 fue confirmada por Alejandro III como orden militar una reunión de caballeros llamados de San Julián del Pereiro, cuyo instituto era pelear contra los moros. Ganada por D. Alfonso, rey de León, en 1214, la antigua y fuerte villa de Alcántara, la cedió a los caballeros de Calatrava para que la defendiesen, y estos a su vez la cedieron a los caballeros de San Julián, aunque con la condición de quedar sujetos en todo al maestre de Calatrava. Así corrieron más de tres siglos, hasta que lograron emanciparse en virtud de bula de exención del papa Julio II. Tanto estos como los de Calatrava profesaban la regla de San Bernardo. (Mariana: Historia de España, lib. XII, cap. 3.)
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Cuando se extinguió la orden de los templarios en el concilio de Viena, pretendió el rey D. Jaime II de Aragón unir a los hospitalarios las rentas y bienes que aquellos poseían en el reino de Valencia, para que continuasen destinados como antes a la prosecución de la guerra contra infieles. Por de pronto no vino en ello el romano pontífice, hasta que al fin, en 1317, expidió una bula por la cual se hizo un arreglo, con el que quedaron satisfechos los deseos del rey. Se redujo a lo siguiente: Fundar una nueva orden de caballería bajo la orden del Cister, sujetándola a la de Calatrava, aunque con su maestre particular. Para ello se unían los bienes de los extinguidos templarios con los de San Juan del Hospital u hospitalarios, quedando reducida esta orden a la casa que tenía en Valencia, con las rentas y censos a media legua de distancia, y además el castillo y villa de Torrent. El convento principal de la nueva orden se fundó en el castillo de Montesa, de donde tomó el nombre. (Mariana, lib. XV, cap. 26.) El castillo fue destruido por un terremoto en 1748, y se trasladaron al antiguo palacio que ocuparon los templarios en Valencia, junto a la puerta del Cid, sobre cuyas ruinas se edificó, en el año 1760, el suntuoso monasterio que ha conservado el antiguo nombre de Temple que se daba al que habitaron los templarios. (Nota b, por el Dr. Rodríguez de Cepeda, al cap. 38, parte 1.ª de las Instituciones de Cavalario). Véase el 283 y sus notas.
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La orden de los trinitarios fue fundada en Francia por San Juan de Mata y San Félix de Valois, y aprobada por Inocencio III en 1209, con el título de orden de la Santísima Trinidad para la redención de cautivos.
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La orden de los mercenarios fue fundada en Barcelona por San Pedro Nolasco, bajo la advocación de Nuestra Señora de la Merced, para lo cual contó con el apoyo de San Raimundo de Peñafort y del rey de Aragón D. Jaime el Conquistador. Fue aprobada por Gregorio IX en 1236, bajo la regla de San Agustín.
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Véase el párrafo 266. Asunto de tanta importancia como el de las misiones hizo precisa la creación de la congregación de propaganda fide, que tuvo lugar en el año 1622 por Gregorio XV. Se compone de 13 cardenales, y está destinada, dice el abate Andrés en la palabra Congregation de su Diccionario, a mantener e instruir un número de personas de diferentes naciones para ponerlas en estado de trabajar en la misión de sus países. Tiene una rica imprenta, con caracteres de cuarenta y ocho lenguas diferentes, y una abundante biblioteca con todos los libros necesarios para los misioneros. Hay además grandes archivos, donde se reúnen todas las cartas y memorias que vienen de las misiones.