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Hostos: cinco tesis redivivas

Marcos Reyes Dávila



Hostos





No puede negarse el formidable consenso que existe sobre cómo interpretar y valorar la obra de Eugenio María de Hostos. Claro está, que dicho consenso aplica fundamentalmente a apreciaciones generales en torno a los aspectos más prominentes, pues tan pronto el ojo crítico penetra las urdimbres y los vasos comunicantes, hila fino, y hace la exégesis que corresponde a los complejos teóricos, el consenso se pierde porque nos internamos en un mundo rico y vasto. Durante los últimos veinte años he desarrollado algunos puntos de vista sobre la obra de Hostos en los que insisto continuamente, en algunos casos porque contravienen tesis ortodoxas de la crítica más difundida y, en otros, porque intentan reparar algunos juicios erróneos de hostosianos de moda. Quisiera recordar hoy aquí algunas de estas tesis redivivas, siquiera someramente.

En primer lugar, sostengo que el pensamiento de Hostos era revolucionario por lo menos desde 1863, cuando publica La peregrinación de Bayoán. La visión de la crítica tradicional que en el campo de la literatura igual que en el de la historia enfrenta al Betances revolucionario con el Hostos supuestamente reformista, piensa en el Betances rompehuevos de 1868, el Betances conspirador del Grito de Lares, para contrastarlo con el Hostos que en España aboga por una nueva República Española. El proceso lógico parece ir a la deriva de la siguiente ecuación: ser independentista es ser revolucionario; combatir, dentro del absolutismo monárquico, por un régimen constitucional y federal, es ser reformista. Se olvida, parece, el carácter revolucionario, en el plano político y social, cuando menos, del tránsito entre la monarquía absolutista y la república burguesa que transformaba el mundo desde fines del siglo XVIII. La historia considera ese tránsito una revolución. Se olvidan las múltiples y profundas vinculaciones en el plano social y económico que esas estructuras políticas establecían dentro del ámbito español. La historia considera esas profundas transformaciones estructurales revolucionarias. Se olvida que Hostos sostiene, reiteradamente, que su lucha por la república tenía como finalidad estratégica la creación de una federación de provincias españolas cuasi soberanas de las que deberían formar parte las Antillas. Quiero subrayar la palabra soberanía, y quiero subrayar la palabra federación. Hostos, extrapolando el modelo de la confederación canadiense propuesta en esos años con la intención de resolver el problema de la diversidad cultural de sus provincias y la de evitar que gravitaran hacia el sur, dada la proximidad a los Estados Unidos, buscaba un modelo político que reconociera las circunstancias diferentes de las Antillas, respecto de la península, y proveyera el espacio que permitiera, dentro de un modelo español, la completa libertad de acción de los antillanos. Por eso Hostos rechazó en sus artículos desde 1865 la «asimilación de las Provincias Ultramarinas a las Peninsulares». Su vinculación con la corona buscaba la igualdad política a través del reconocimiento de las desigualdades de condición y constitución entre las colonias y la metrópoli. Era el suyo un verdadero radicalismo democrático, para decirlo con palabras de Félix Córdova Iturregui.

Pero Hostos estaba ponderando otros aspectos al elegir la ruta de la libertad de sus islas. Sabía ya entonces, y lo reiteró en innumerables ocasiones en las décadas siguientes, incluso tras la invasión norteamericana, que Puerto Rico, mucho menos que Cuba, no estaba en condiciones de sobrevivir en la liga de naciones independientes por la postración y la miseria en que nos mantuvo la monarquía española. Incapaz, no obstante, de aceptar la subordinación y la colonia, encontró salida feliz a través de la idea de una federación de la república española primero, y luego a través de la idea de una confederación de las Antillas, confederación que tenía que pasar por la independencia de cada una de ellas.

Por eso no debería sorprender que Hostos considere su novela de 1863 un grito sofocado de independencia. Juan Bosch relata en su biografía de Hostos cómo éste llegó a la concepción de esa primera novela pasando, primero, por la concepción de la necesidad de la unidad antillana. En una de sus travesías por el Atlántico Hostos evocaba sobre cubierta el incidente desgraciado de un pasajero, presuntamente enfermo de cólera, que fue arrojado al mar, según le pareció, vivo. Recordaba vivamente la conversación de algunos pasajeros, familias cubanas y dominicanas a quienes interrogaba sobre la situación de ambas islas hermanas.

«Una noche -cuenta Bosch-, en que acodado en la baranda, tarde ya, veía la luna menguante rebrillar sobre el agua, se le ocurrió pensar que tal vez fuera posible constituir con los tres pueblos una federación, que quizá los tres podían satisfacer igual destino histórico. Un repentino júbilo, como de quien descubre una ley científica, le embargó de golpe... La pequeñez de Puerto Rico, la poca cosa que significaba lograr la independencia de Puerto Rico podía ser un obstáculo para un alma capaz de concebir sólo en grande; pero el obstáculo dejaba de serlo tan pronto el ideal se ensanchaba y ganaba las tierras de las islas hermanas... A partir de aquel día, y mientras se acercaba a España, Hostos empezó a ir viendo todos los aspectos de su concepción».


(Hostos, el sembrador, Huracán, 1976, 28- 30)                


En su artículo Cuba y Puerto Rico, de 1872, Hostos expresa de manera incandescente el significado vital y visceral que tiene para él su identificación con Bayoán. Hablando de la conquista de América, confiesa: «Mi espíritu ha debido vivir en aquel tiempo negro, porque yo que no he conseguido odiar a los españoles... no puedo pensar en el primer momento de la conquista, sin odiar con frenesí, con deleite, con unción, a aquellos monstruos de ingratitud y de injusticia. Hoy mismo... si quiero que los Andes se conmuevan... me traslado mentalmente a aquella época, leo la historia de la conquista en cualquier parte de América, y la sed de justicia me devora y el hambre de venganza me exaspera, y me siento Bayoán, Caonabo, Hatuey, Guatimozín, Atahualpa, Colocolo».

En Hostos íntimo, su hijo, Bayoán Lautaro de Hostos, recuerda vivamente como su padre «irrumpía en quejas, en protestas, y amargos comentarios, cada vez que recordaba la guerra de exterminio de la conquista» (República Dominicana: La Trinitaria, 2000, 96.).

Acaso, entonces, no deba sorprender la manera como Hostos enfrentó, sin demora, en el mismo 1868, la renuencia de sus antiguos correligionarios que se negaron a extender la república a las islas, y cómo así mismo, sin demora, aceptara públicamente que el camino a la soberanía tendría que ser otro, de modo que ya en 1869, a pesar del triunfo de la revolución republicana que tanto buscó, estaba en un exilio sin retorno. El mismo rompimiento de Hostos con sus correligionarios republicanos es prueba patente de este planteamiento, pues el distanciamiento de Hostos con la revolución triunfante no ocurre por otra razón. Prueba lo es también que tanto el Grito de Lares como el Grito de Yara encontraran en Hostos su abogado en pleno Madrid. Martí lo vio así y por eso reproduce en La patria libre el discurso de Hostos pronunciado en el Ateneo de Madrid (Exégesis 23-24: 57-64). En la agenda de Hostos siempre estuvo el reconocimiento de todos los derechos políticos del pueblo de Puerto Rico y el reconocimiento, por parte de Madrid, de la plenitud de los derechos constitucionales de los ciudadanos puertorriqueños. Y en su agenda estuvo siempre la realización de cambios radicales en los planos económico y social de todas las Antillas. El volumen España y América (Obras completas de Hostos, XXI) es evidencia vasta de ello.

Pero, además, hay que señalar que en Hostos, el sentido de la libertad, iba mucho más allá de Puerto Rico y de la misma palabra independencia... En un interesante artículo de 1970 de Francisco Manrique Cabrera, el autor reflexiona sobre el concepto de revolución en Hostos y concluye que pasa por etapas: «Comienza por referirse al ámbito político en el 1868 español... Luego acaricia la lucha armada en tierras antillanas... Gracias a la experiencia neoyorkina puede... ensanchar y profundizar el horizonte revolucionario: revolución militar, política, social, moral, mental, verdadera revolución» (Hostos. Ensayos. 1992, 45-62). Pues Hostos, nos recuerda, también vio en el proceso moral de Hamlet una revolución.

Segunda tesis: la dramática altura del escritor que críticos mojigatos se niegan a reconocer ante la contundente presencia de su abrumadora obra. La costumbre de seguir criterios importados y la costumbre de repetir sin examen juicios de «autoridades» como Antonio S. Pedreira, llevó a numerosos comentaristas a parafrasear el lamento ante el escritor potencial que «renunció» al arte literario. Además de los innumerables paralelos que pueden establecerse entre los muchos escritores que renegaron o aborrecieron -como Hostos y como Martí- del quehacer literario de sus contemporáneos, ahogados en un romanticismo contemporizador sin remedio, es demasiado patente el valor y la importancia del quehacer literario de Hostos para que pueda ser negado. Pero también es importante establecer su especificidad.

Su defensa de un arte instrumental, que aspirase a realizar funciones más allá del plano estético para abogar por la ruta del compromiso social y por la liberación de los pueblos, no niega, como han dicho Fernández Retamar y Cintio Vitier respecto a Martí, la estatura del escritor que fue Hostos, sino que la explica. Para Hostos el arte no podía dar la espalda a la realidad. Tenía el deber de explorarla, estudiarla, dominarla. Tenía la misión de contribuir al conocimiento de la realidad y a su transformación. Y como lo demuestra su ensayo sobre el Hamlet, o el de Plácido, y como demuestran tantos textos suyos, incluso su novela La tela de araña, su sentido de la realidad incluía todo el drama humano registrado desde la tragedia griega hasta Goethe y Víctor Hugo, e incluía tanto la sonda de la psiquis humana como la historia y la política.

Téngase en cuenta, sobre este asunto, que Hostos señala de manera inequívoca la función política y propagandística que debía cumplir su primera novela, La peregrinación de Bayoán. Téngase en cuenta la elección del nombre de su protagonista, el indio deicida Urayoán (=Bayoán), el primer indio de toda América que se atrevió a matar al dios español ahogándolo en un río. Téngase en cuenta que Hostos, a pesar de todo, pondera el valor literario de su obra al considerarla poema-novela en prosa, y al promover él mismo, dos veces, su publicación. Téngase en cuenta también que se trata de una de varias novelas escritas por Hostos, y una de muchas obras suyas de género narrativo. Asimismo, como se sabe, Hostos cultivó el teatro. Pero, específicamente, fue un iniciador del género de teatro para niños. Hostos escribió algunos versos, incluyendo una extensa oda dedicada al cuarto centenario de América. Hostos tiene una considerable obra de crítica literaria y artística. Hostos tiene una de las más profusas y deslumbrantes obras ensayísticas, notable no sólo por su fervor y profundidad, reconocida por autores de notable reputación, como José Martí, sino por el aliento lírico que traspasa una gran cantidad de sus textos. Hostos es, acaso, la figura cimera del quehacer literario puertorriqueño de todos los tiempos. Así lo entendió Francisco Manrique Cabrera, al concluir que «Hostos muy a pesar suyo alcanzó rango de literato continental» (Ibid., 38).

Tercera tesis: Juan Bosch, acaso siguiendo a Federico Henríquez y Carvajal, entrañable amigo dominicano de Hostos que lo ayudó a buen morir, pintó el cuadro amargo de un Hostos que muere de asfixia moral, con total falta de fe, imbuido del fastidio de la vida. Las últimas páginas del Diario y el pesar con que asumió Hostos tanto la ocupación militar estadounidense de Puerto Rico como los cambios políticos en la República Dominicana cuando es derrocado el Presidente Jimenes y asume Woss y Gil el gobierno en medio de un charco de sangre, contribuyen a fortalecer esa interpretación. Lo mismo se observa del Betances que en 1898 ve hundirse el sueño de su vida tras la invasión norteamericana de Puerto Rico y, lo que es más importante, la enajenada actitud de resignación y conformidad de puertorriqueños y cubanos. Claro que en el caso de Betances, más claramente que en el Hostos, la invasión se daba en las circunstancias de una edad avanzada y del convencimiento de que ya no quedaban fuerzas, ni días por vivir, para hacerle frente a la nueva coyuntura política cuya evolución no alcanzaría a ver. Bonafoux, sin embargo, no deja de anotar que Betances describe en 1896 como, a pesar de su internacionalmente reconocida estatura de estadista y de investigador médico, honrado por el gobierno Francia, todavía vende «sellos, banderitas, botones, alfileres a precios módicos» para recaudar fondos para la revolución antillana. Es una manera transparente de poner en evidencia un apostolado limitado sólo por la muerte.

Hostos sobrevive con dolor el trance del 98, pues, menor que Betances doce años, todavía podía actuar, como de hecho actuó, para realizar las tareas que pensó necesarias. No se trataba ya entonces de buscar un levantamiento popular con armas, sino de atravesar la nueva red colonial con sentido de unidad y dirección hacia donde estaba la única puerta de salida para la soberanía de los puertorriqueños: la vía jurídica, y, dentro de ella, la de un plebiscito que debería ser reclamado por el pueblo de Puerto Rico dentro del marco de la Constitución de Estados Unidos. Al tomar conciencia de que sus acciones no conseguían respaldo, se convence de que los tiempos no están maduros y parte a la República Dominicana a retomar sus antiguos proyectos. Tres años después lo sorprende la muerte en medio de una revuelta política.

Es más claramente injusto en Hostos que en Betances, darle tinte de derrota a las circunstancias de su muerte. Tengo para mí, y sostengo que, en ambos casos, debe interpretarse que estos dos recios luchadores murieron con las botas puestas. En el caso de Hostos, el caso hoy pertinente, el desaliento que se respira en las últimas páginas del Diario no es caída inédita que lo sorprendiera al final de su vida. Hostos tiene muchas caídas de ánimo en el Diario, seguidas, ipso facto, de otras de animación, determinación y militancia. A lo largo de su vida política lo esperaron muchas más derrotas que triunfos, pero mantuvo toda su vida un ritmo de combate sostenido y admirable. Máximo Gómez, escribió tras la muerte de Hostos lo siguiente:

«Lo mismo que el doctor Betances, era para mí este hombre una especie de mentor alumbrándome el camino con sus sabios consejos y robusteciendo mi fe y mi constancia cuando tratábamos de la redención de Cuba. Un día, no he podido olvidarlo, me dijo estas palabras: "Cada uno por su lado tiene que trabajar y dar duro: tenemos muchas veces, aunque cueste sangre, que abrir campos de claridades. Las evoluciones muchas veces envilecen y cuestan más caro; por eso cuando se enarbola la bandera de la justicia y el derecho por las manos encallecidas del pueblo, es muy menguado aquel que piense en el fracaso, porque se va derecho al triunfo"».


(Hostos: Ofrendas a su memoria, 277)                


La estudiosa chilena Gabriela Mora, autora de varios trabajos concentrados en el Diario de Hostos, sugiere en uno de ellos (me refiero a la Introducción a la edición crítica de sus Obras completas, 1990) que Hostos murió como resultado de trastornos físicos -que lo agobiaron desde su juventud- enardecidos por las impaciencias de su carácter. Esa sería la clave de sus referencias, en la última página del Diario, a Sócrates, al fastidio de la vida e, incluso, la referencia negativa al suicidio.

Pero más significativos a propósito de llegar a una conclusión sobre cómo ponderar el desenlace de Hostos, son estos apuntes de Francisco Manrique Cabrera, fundador de la Cátedra Hostos en la Universidad de Puerto Rico:

«Fue eminentemente hombre vivo y lo es. Sabía que tendría su muerte: aquella que a su vida correspondía... Nuestra lengua popular suele expresar este decir: murió como un perro. Ese morir, por ende, no corresponde al hombre. Menos a hombre excepcional. Nuestro jíbaro hablando de su gallo valiente nos dice: murió como un hombre. Hay pues un especial morir que pertenece al hombre. Y hay, por ende, una muerte de hombría llena, coronadora de la vida. Es la muerte del hombre grande. Paradójicamente: Estas muertes singulares son las que más vida irradian al futuro. Más vida legan».


(Ibid., 168)                


No fue, Hostos, el héroe de un día, porque su vida entera estuvo consagrada al deber, a la lucha y al sacrificio.

Cuarta tesis: Desde hace diez años critico la ideología desnacionalizante de los nuevos posmodernos. Uno de ellos ha propuesto su visión de Hostos como un ideólogo inofensivo y un moralista problemático en un libro escrito, irónicamente, bajo los auspicios de la Cátedra de Honor de Eugenio María de Hostos. Me refiero a Rafael Aragunde. Al ocuparme de este libro lo hago como un reconocimiento al prestigio de Aragunde y por el temor del efecto que en lectores no formados puedan tener algunos de sus errores. En su libro, Aragunde afirma cosas como las siguientes, tomadas de aquí y de allá, pero que recogen la índole del libro todo:

«Hostos [...] le concedía a la estadidad la capacidad de descolonizarnos y la admiración que sentía por el ordenamiento republicano de los EEUU le impidió hacer planteamientos como el de la "suprema definición" albizuista».


(xviii)                


Aragunde añade al final del libro lo siguiente:

«Para él era posible la soberanía bajo la estadidad federada y nada tendría de malo si una mayoría de los puertorriqueños optaba a través de un plebiscito por ella».


(103)                


En otra oportunidad, concluye:

«Lo cierto es que Hostos nunca se retiró del todo a filosofar. Le fue firmemente fiel a la práctica de la reflexión que ya en Nueva York experimentara como imprescindible, pero continuaba a su manera y en otros lugares y mediante otras ocupaciones la tarea política complementaria. Su dedicación obsesiva a la pedagogía y a la teorización con que acompañó a ésta apenas puede explicarse de otra manera».


(12)                


«Si a Hostos, aun cuando pudo haber sostenido posiciones teóricas que le diferenciaban de las oligarquías que le invitaron a ambos países, se le permite trabajar activamente a favor de una educación que sin duda alguna él no pretendía que fuera reproductora de situaciones sociales y políticas como aquéllas, fue porque en sus escritos no se percibía nada que pusiera en entredicho el orden existente».


(97)                


«La hermenéutica hostosiana no ha errado al concebirle como fundamentalmente un moralista [...] un moralista circunspecto».


(99)                


Hasta aquí las citas al libro de Aragunde.

No es cierto, en primer lugar, que Hostos le concediera a la estadidad la capacidad de descolonizarnos. No es cierto.

No es cierto tampoco que Hostos no expresara planteamientos concordes con la suprema definición albizuista. No es cierto.

No es cierto que creyera en el ejercicio de la soberanía bajo la estadidad. No es cierto.

No es cierto que las luchas políticas de Hostos fueran luchas complementarias a las docentes, sino todo lo contrario. No es cierto.

No es cierto que su dedicación a la pedagogía no tenga una explicación política. No es cierto.

No es cierto que los planteamientos de Hostos en su viaje por Hispanoamérica no pusieran en entredicho el orden existente en cada país. Ni siquiera en la República Dominicana y Chile. No es cierto.

No es correcto, finalmente, concebir a Hostos, principalmente, como un moralista circunspecto. No es cierto.

¿A quiénes habrá recurrido Aragunde para ayudarse con su interpretación de la obra de Hostos? Ciertamente que no fue Francisco Manrique Cabrera. Menos José Ferrer Canales. Imposible que leyera a Josemilio González, la biografía de Carlos Carreras, o la de Juan Bosch, ni siquiera el famoso ensayo de Pedreira... ¿Leyó a Camila y Pedro Henríquez Ureña? No parece. ¿Leyó a Emilio Roig de Leuchsenring y Lino D’ou? Ciertamente no. Mucho menos, a Manolín Maldonado Denis. Página 15 de América: la lucha por la libertad:

«Por eso se compromete con aquellos peninsulares que buscan romper con el antiguo régimen español y que protagonizan la revolución septembrina - revolución, repito- de 1868. Su compromiso primordial, no obstante, seguirá siendo el que ha contraído con la libertad -libertad, repito- de las Antillas».


Hostos, en carta de 1873, resume los objetivos de su viaje por el sur de la siguiente manera:

«Durante esos tres años (de exilio en el sur del Continente), a toda hora, en todos los momentos, asociándome con presurosa conciencia a cuanto intento he secundado, rechazando con indignada conciencia cuanto mal para América me ha salido al paso; durante esos tres años, consagrados con mi voz, con mi pluma y con el ejemplo de una vida desinteresada a la confraternidad de todos estos pueblos, a la defensa de todos los desheredados, fueran ‘rotos’ y ‘huasos’ y araucanos en Chile, fueran chinos o quechuas en Perú, sean gauchos o indios en la Argentina: durante esos tres años dedicados a pedir práctica leal de los principios democráticos, formación de un pueblo americano para la democracia, educación de la mujer americana para precipitar el porvenir de América, nunca, en un solo momento, en la vida activa y en la vida sedentaria, hablando para uno o para todos, ante un público o ante un alma ignorante y generosa, nunca he dejado de invocar a América para que me secundara en la santa obra...»


(37-38) (La frase en cursiva nos recuerda uno de los libros que componen el Canto general de Pablo Neruda
-el poeta político, el poeta comprometido con sus pueblos-, el sexto: América, no invoco tu nombre en vano.)
               


Sobre la estadidad y la anexión, Maldonado Denis cita las siguientes expresiones de Hostos, la primera de 1870:

«Yo creo que la anexión sería la absorción, y que la absorción es un hecho real, material, patente, tangible, numerable, que no sólo consiste en el sucesivo abandono de las islas por la raza nativa, sino en el inmediato triunfo económico de la raza anexionista, y por lo tanto, en el empobrecimiento de la raza anexionada».


(44)                


La segunda, de 1898:

«Yo no creo digna de admiración a la fuerza bruta [...], pero creo digno de la mayor atención o del mayor cuidado el hecho manifiesto de que los norteamericanos enviados a Puerto Rico y los norteamericanos del Gobierno que los envía, están procediendo en Puerto Rico como fuerza bruta. ¿En qué dirección va encaminada esa fuerza bruta? En dirección al exterminio. Eso no es ni puede ser un propósito confeso; pero es una convicción inconfesa de los bárbaros que intentan desde el Ejecutivo de la Federación popularizar la conquista y el imperialismo, que para absorber a Puerto Rico es necesario exterminarlo; y naturalmente, ven, como hecho que concurre a su designio, que el hambre y la envidia exterminan a los puertorriqueños y dejan impasibles que el hecho se consume».


(45)                


En 1868, ¡1868!, Hostos declara en carta al director de El Universal de Madrid lo siguiente:

«Revolucionario en las Antillas, como activa y desinteresadamente lo he sido, lo soy y lo seré en la Península; como debe serlo quien sabe que la revolución es el estado permanente de las sociedades...»


(15)                


Quien le regatea a Hostos el atributo de revolucionario, ¿habrá leído siquiera estas palabras suyas de 1896? (Hostos no está hablando de sí mismo, pero bien podemos aplicarle a él sus ideas):

«Todo un siglo, o casi todo un siglo, consagrado por un pueblo a soñar y realizar una revolución, es un dato bastante en demostración de su necesidad. A la revolución [...] no va por gusto ningún pueblo. Van, primero, los más altos de pensamiento y los más prontos de corazón; después, los peor hallados en su suerte; enseguida, los afines en ideas, sentimientos e intereses; por último, la masa. Cuando la masa se pone en movimiento, la revolución es un hecho incontrastable».


(41)                


Sobre el patriotismo y los revolucionarios opinó lo siguiente:

«No el patriotismo charlatán, no la literatura engañada, no la oratoria de los días de fiesta; el patriotismo mudo, la literatura de conciencia imperativa, la historia de los días de luto, es lo que debe inspirar a los revolucionarios.

No son revolucionarios los que, teniendo un deber que cumplir, un propósito que realizar, una alta aspiración que satisfacer, ven pasar las horas y días y semanas y meses y años, años enteros, años eternos para la patria mártir, sin idear otra cosa que la muerte de la idea en el cansancio, sin hacer otra cosa que sobornar la conciencia para ahogarla».


(42)                


Hostos

Jorge Aurelio Amy: Hostos

El verdadero revolucionario no es un activista irreflexivo, pura acción que no sabe lo que hace. Muy por el contrario, el revolucionario es un pensador radical y militante. Así, encontramos en Hostos una de las reflexiones más profundas del quehacer revolucionario, unida a una de las praxis más constantes y conscientes. Su reflexión no fue fenomenología ni platonismo: fue aplicación continua y obsesiva del estudio de la realidad que halló ante sí en su paso por la vida, fruto de una curiosidad implacable e insaciable. Todo fue objeto de su estudio porque tuvo hambre de estudiarlo todo. Hostos reflexionó de la manera más extensa y coherente incluso tópicos entonces novedosos como la psicología y la sociología, y reflexionó de la manera más enciclopédica y creativa sobre educación, derecho, moral, el antillanismo, la revolución social y política, la sicología del colonizado, anticipando a S. Freud, a Franz Fanon, a Paulo Freire.

Lejos, pues, de ser Hostos sólo un ideólogo inofensivo o un moralista circunspecto, es decir, prudente y discreto, de capilla y voz baja, fue Hostos, esencialmente, todo lo contrario: un ideólogo innovador y revolucionario, un moralista activista y revolucionario, un moralista militante y radical. «Basta ya -como dijo Francisco Manrique Cabrera- de que se tome ni a Hostos ni a ninguno de los patricios auténticos nuestros por las ramas, y a pedacitos cómodos fuera del contexto medular que los define» (Ibid., 37).

Dejo para comentario aparte la calificación de Aragunde sobre la función, dentro del político y del sociólogo, de la tarea pedagógica de Hostos. Lo dejo para comentario aparte porque esta es la quinta tesis que he defendido consistentemente contra la crítica convencional. Cierto es que Hostos ha sido caracterizado siempre como el gran Maestro de América. Las razones no huelgan. Francisco Manrique Cabrera se pregunta en un apunte cuándo empieza el Maestro. Y se contesta:

«Cuenta D. Adolfo que Hostos en Bilbao a los 12 ó 13 años repugnó el método memorialista. En la Universidad de Madrid, el formulismo. En Nueva York traduce cuartillas destinadas a textos en Hispanoamérica. Ya adulto de esta vocación -1872, Chile- escribe la serie de revolucionarios artículos La educación científica de la mujer. Igualdad educativa para la mujer. Se estrena como profesor en Caracas -1876- con mala suerte por falta de elevación de su director».


(Ibid., 184)                


Olvida que en Argentina, en 1874, le ofrecieron las cátedras de Filosofía y de Literatura Moderna. Es decir, que Hostos fue maestro, prácticamente, desde siempre.

Esta conclusión se abre y fortalece si se considera que Hostos fue primero su propio Maestro, no sólo porque fuera esencialmente un autodidacta, sino porque desde adolescente se dedicó al estudio de sí mismo con el propósito de salir de una crisis afectiva que puso en jaque su desarrollo moral, racional y volitivo. Esa era la finalidad de su sonda psicoterapéutica. De este propósito derivó a otro: desarrollar en sí mismo al hombre completo que podía ser, perfeccionarse en un proceso interminable. Es esta sonda, este estudio de sí mismo, el primer embarcadero y, seguramente, el primer motor, de toda su obra educativa. Llegó a ponderar el proyecto interminable de este hombre completo tan importante que lo catalogó como una especie de revolución interior. Así comienza su estudio del Hamlet.

Aún más importante es la relación que establece Hostos entre este estudio de sí y la obra pública. Hostos mismos revela la relación entre su propensión temprana a realizar estudios sicológicos y su novelar. Las dos novelas que conocemos son seguramente prolongaciones de sus diarios dispuestos de manera que se acomoden a las necesidades del género. La tela de araña, parece recoger los diarios más prematuros, posiblemente desde 1858 ó 1859. La peregrinación de Bayoán, diarios del despertar político, libertario. Si aceptamos que Hostos insiste en vincular su intimidad con las luchas políticas a las que dedicó, con el más dramático sentido de sacrificio, su vida entera, entonces no debe extrañar que el estudio de sí mismo sea inseparable de sus luchas políticas por la libertad de América y, por ende, de su quehacer docente. No deja de observar Manrique Cabrera, que «Hostos tan sólo educaba para la libertad sin condiciones» (Ibid., 37).

En efecto, desde el 5 de agosto de 1868 Hostos declara en su Diario que al porvenir de América ha consagrado el suyo propio. Ese porvenir tenía que ser tallado desde muchas perspectivas. Es mi tesis que Hostos fue, antes que político y que educador, antes que Maestro, escritor y filósofo, un revolucionario. Un revolucionario porque las derivaciones de su razón, de sus pasiones y de su voluntad tenían siempre y desde siempre, indefectible e inevitablemente, ese hondo calado radical. Su quehacer político estuvo definido por su utopía y estrategia revolucionarias, como también lo estuvieron sus actividades literarias, filosóficas y docentes. Don Pedro Henríquez Ureña lo vio muy bien. En 1935 escribió:

«Fracasa la guerra de los Diez Años, aplazada la independencia de Cuba, pero abolida siquiera la esclavitud en las Antillas españolas, Hostos no abandona la lucha: le da forma nueva. Se establece en la única Antilla libre, en Santo Domingo, y allí se dedica a formar antillanos para la confederación, la futura patria común...»


(Obra crítica, 1960, 675)                


En el famoso discurso que pronunció con ocasión de la primera graduación de maestros normalistas de la República Dominicana, discurso que todo bachiller debería conocer, Hostos expresó con toda claridad y candidez el propósito de su Escuela Normal:

«Al querer formar hombres completos, no lo quería solamente por formarlos, no lo quería tan sólo por dar nuevos agentes a la verdad, nuevos obreros al bien, nuevos soldados al derecho, nuevos patriotas a la patria dominicana; lo quería también por dar nuevos auxiliares a mi idea, nuevos corazones a mi ensueño, nuevas esperanzas a mi propósito de formar una patria entera con los fragmentos de patria que tenemos los hijos de estos suelos».


(El propósito de la Normal)                


Es decir, que Hostos se había percatado, tras el periplo revolucionario que viviera en los años setenta en El Caribe, junto a Betances y a Luperón, y sólo tras la anulación de la guerra en Cuba, de la necesidad de formar auxiliares competentes para su ideal político y revolucionario, de modo que éste tuviera oportunidad de realizarse. Así como lo hizo el Che Guevara en la Sierra Maestra.

Por sus ideas, Hostos fue perseguido. En su viaje al sur enfrentó gobiernos, a pesar de que su misión era la de procurar la solidaridad hispanoamericana con la guerra de independencia antillana. Henríquez Ureña observa sobre su peregrinación:

«De paso, interviene en problemas de civilización de los países donde se detiene: en el Perú protege a los inmigrantes chinos; en Chile defiende el derecho de las mujeres a la educación universitaria; en la Argentina apoya el plan del Ferrocarril Transandino, y en homenaje, la primera locomotora que cruzó los Andes se llamó Hostos»


(Ibid.)                


En Argentina organizó mítines en defensa de Cuba a pesar de que el presidente Sarmiento declinó apoyar la causa cubana por inclinarse ante el interés económico de la venta de tasajo y se avino a las protestas del embajador español.

A la República Dominicana no llegó Hostos en tiempos de dictadores: llegó invitado por uno de los padres de la independencia dominicana y uno de los grandes próceres del antillanismo: Gregorio Luperón. Tuvo que vencer la oposición de la Iglesia Católica y de la tradición. Tuvo que vencer obispos y emplear parte notable de su fuerza creadora en defenderse y convencer. Pero el dictador Lilís logró hacerle la vida imposible, de manera que, muy a su pesar, tomó rumbo a los Andes chilenos. Nos recuerda Henríquez Ureña en otro trabajo sobre la revolución educativa de Hostos:

«Mucho se la combatió; sacerdotes y políticos retrógrados la temieron; el tirano Heureaux quiso minarla, logró hacer emigrar a Hostos en 1888...»


(Ibid., 129)                


En Chile, el gobierno intentó acallar su propaganda política y ello precipitó su renuncia al rectorado del liceo que el gobierno fundó para él. A su regreso a la República Dominicana en 1900 tuvo Hostos que enfrentar nuevamente la oposición de quienes, incluso, cuestionaron sus títulos, y es precisamente la madeja de reacciones que socavan su obra y la del presidente Jimenes la causa que se arguye causó la asfixia moral y la muerte de Hostos. Décadas más tarde, el dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo continuó combatiéndola.

Hostos

En el libro de don José Ferrer Canales titulado Martí y Hostos (1990), Ferrer recuerda una cita que hace Antonio S. Pedreira de Pedro Henríquez Ureña, en su célebre Hostos, ciudadano de América:

«No recuerdo si estabas en la ciudad de México cuando ocurrió una discusión en la Escuela de Jurisprudencia, en la que afirmaba Luis MacGregor Romero que México no había tenido una mentalidad como la de Hostos; Manuel Sierra defendía a la intelectualidad mexicana y, llamado [Antonio] Caso como juez, decidió que, en efecto, no había habido un Hostos; pero que hombres de ese tamaño sólo había tres o cuatro en América, y eso no era desdoro para México».


¿Cómo no celebrar en el 2003, en grande, el centenario de su muerte, si el fuego de su espíritu arde aún sobre su tumba y en la gratitud de Cuba, Chile, la América Nuestra y la misma España?





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