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Para no aumentar notas y citas a cada paso, hemos reunido en este lugar varios puntos referentes al estado, eclesiástico. No puede haber pintura más horrible del estado del clero secular y regular en todo el Perú, que la que hizo el virrey don Francisco de Toledo, en el Informe que presentó a Felipe Segundo; no obstante, nosotros juzgamos que hubo exageración; pues los hombres como Toledo son de suyo propensos a abultar las faltas sociales. Este Virrey acusaba de codicioso a nuestro obispo Peña; y lo que escribía acerca de la avaricia de los Comisarios de San Francisco no puede creerse a ciegas.

He aquí las palabras textuales del padre Fr. Antonio Ortiz relativamente a los curatos de los frailes. «Yo vine con este oficio a estas partes, el año pasado de 89. Sacáronme con mucha fuerza de las casas de la Recolección del Abrojo, a título de que procurase acá, con mucho celo y cuidado, mirar por la guarda de nuestra regla y profesión: no que pusiese la perfección que hay en el Abrojo, en los que acá vivimos, sino lo que buenamente sufriese la condición de la tierra. En viniendo, tuve noticia de la carta que Vuestra Majestad escribió a los provinciales mandándoles enviasen su parecer acerca de las doctrinas de los indios, si era bien que estuviesen en poder de frailes. Yo, por la obligación de mi oficio, aunque tengo poca experiencia, me pareció debía decir en esto lo que sentía. Digo pues, que, a mi juicio, el tener nuestros frailes las doctrinas no conviene a la conciencia de Vuestra Majestad, ni a la de los Obispos, ni al bien de los indios, ni a la profesión de los frailes.

»A Vuestra Majestad; porque nuestros frailes no pueden obligarse a este ministerio de justicia, porque el estipendio no lo pueden recibir de justicia, sino de limosna, por razón de su profesión. A los Obispos; porque, siendo los indios sus ovejas y no mías, es necesario que ellos tengan entera jurisdicción sobre los Curas, como sobre los indios. A los indios, porque les es muy necesario que los curas que tuvieren, para que los conozcan (como dice Cristo), no se los muden frecuentemente. Y yo no tengo otra medicina más a mano ni más eficaz para curar al religioso cuando está necesitado, que mudalle y quitalle de las ocasiones, las cuales en las doctrinas son tantas y tan contrarias a nuestro estado, que yo no podré sosegar mi conciencia hasta no ver los frailes fuera de ellas, o a mí fuera de este oficio». Dios guarde a V. M.- De San Francisco, Lima, 29 de abril de 1590.- Fr. Antonio Ortiz, (Cartas y expedientes de personas eclesiásticas de la Audiencia de Lima. Inéditos en el Archivo de Indias).- El padre Córdova y Salinas hace un gran elogio, y muy merecido, del padre Ortiz, en el capítulo 19.º del Libro 3.º de su Crónica franciscana del Perú. El padre Ortiz visitó la provincia de Quito, y falleció el año de 1611 en Lima.- (Carta de los franciscanos de Quito al Rey, 1.º de enero de 1591: contiene datos notables acerca de la triste relajación a que había venido la observancia.- Informaciones de servicios: Expedientes de eclesiásticos y de seculares. Archivo de Indias en Sevilla. Omitimos citar otros documentos tanto, o acaso más terribles que los del virrey Toledo.

 

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Don Bartolomé Hernández de Soto era español vino a Quito como simple canónigo. En tiempo del señor Peña sirvió temporalmente de Cura en Zamora: en la información que hizo para solicitar el Deanazgo, declaró como testigo don Lorenzo de Cepeda, hermano de Santa Teresa de Jesús. El primer deán de Quito fue don Lope de Andrada, el cual renunció su silla, por ser, entonces muy corta la renta.

 

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Antonio Ordóñez Villaquirán era español; vino a Quito para ser canónigo, el año de 1576. Su muerte sucedió en 1585.

 

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MEDINA (D. J. T.), Historia del Santo Oficio de la Inquisición de Lima, (Tomo primero, Cap. 12.º). El Señor Medina cree que los nombres de los ingleses, restituidos a su legítima ortografía, pudieran ser Walter, Oxiey y Morley.

 

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Libro primero de actas del Cabildo de Cuenca.- (Archivo del Concejo Municipal de Cuenca).

 

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Todo cuanto decimos en este lugar acerca de Zaruma y sus minas de oro, se apoya en documentos contemporáneos, por nosotros estudiados en el Archivo de Indias en Sevilla.

 

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Descripciones geográficas de Indias, (Tomo primero, Descripción o Memoria de Salazar de Villasante sobre los pueblos del Perú y Quito).- Descripción de las provincias de Guayaquil, Portoviejo, Riobamba y Ambato, (Tomo 9.º de la colección de documentos sobre América hecha por Torres de Mendoza).- Descripción de Quito, Cuenca, Zaruma y otras provincias (Documentos inéditos en el Archivo de la Real Academia de la Historia en Madrid).

Cieza de León, en la primera parte de su Crónica; Oviedo, en varios lugares de su Historia; nuestro padre Velasco, en su Historia natural del Reino de Quito, y los padres Cobo y Acosta, en sus obras respectivas; también Monardes, en su Historia medicinal de las Indias; los Libros de actas del Cabildo Municipal de Quito y los Cedularios de la misma Municipalidad y de la antigua Audiencia nos han proporcionado noticias y datos abundantes para cuanto decimos en la última parte de este capítulo. Además los documentos inéditos de 1534 a 1610, estudiados en el Archivo de Indias en lo relativo a las Audiencias de Lima y de Quito.

Antes que se fundara Cuenca, los comerciantes de Quito atravesando toda la provincia del Azuay salían a Túmbez cuando Zaruma se pobló mucho, se abrió también un camino directo a Túmbez, y se gastaban en recorrerlo unos tres días. Un tal Rodrigo de Arcos, allá por los años de 1586, había descubierto la mina de plata de Malac, en el Cañar: él mismo trabajaba una mina de oro en un cerro llamado el Rosario, en la jurisdicción de Cañaribamba. Diego de Orozco denunció una mina de azogue: esta mina se hallaba en una quebrada sombría al Oriente del pueblo de Azogue entre unos tres cerros, dos medianos; a los lados y uno mayor, a cuya base se descubrió la mina. Este cerro sería, sin duda, el de Hupar.

 

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Las plantaciones de viñas se hicieron en varios puntos, pero principalmente en el valle de Pomasqui y en la hoya del Chota: los ensayos no dieron buen resultado, y además en el Chota no pudieron continuarse, porque, como no había todavía negros en abundancia, fue necesario llevar indios, y éstos morían o se enfermaban fácilmente por el mal clima. Debió haber habido también otra razón, para que el cultivo de las viñas se abandonara; pues, en las instrucciones secretas que se le dieron al virrey Toledo, se le encargó que, en cuanto al cultivo de viñas, dejara continuar adelante el de las que ya estuvieran plantadas, pero que impidiera que se plantaran otras de nuevo. Iguales instrucciones se solían dar a todos los demás virreyes.

 

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Para certificación de todo cuanto estamos diciendo en este capítulo, podemos citar La Recopilación de las leyes de Indias, los Sínodos del obispo Solís, el Resumen del Concilio Limense de 1567, los Decretos del Concilio tercero de 1583, Cartas y expedientes del Presidente, de los Obispos, de personas seculares y de eclesiásticos, vistos en el Real Consejo, y las Descripciones geográficas de Indias, ya citadas antes. De una manera especial citamos al padre Zúñiga. Carta escrita a Felipe Segundo. Fue dirigida desde Quito, el 15 de julio de 1579, y abunda en minuciosos pormenores acerca del mal tratamiento, que por entonces se les hacía a los indios. Esta carta ha sido publicada por la imprenta, tanto en Madrid como en Quito: en Madrid, en el Tomo XXVI de la Colección de documentos inéditos para la historia de España, en Quito, en el Tomo primero de la obra del padre Compte sobre los franciscanos del Ecuador.

En el volumen primero del Cedulario de la Corte Suprema hay muchas cédulas dirigidas a Quito sobre la libertad personal de los indios, sobre el castigo de los agravios que se les hacían, sobre el trabajo forzado y otros puntos, que sería prolijo enumerar.

PÉREZ Y LÓPEZ, Teatro de la legislación universal de España e Indias, (Tomo XVI, palabra Indios).

 

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Sobre el trabajo forzado de los indios merece tenerse presente la Representación que el Cabildo secular de Quito dirigió al marqués de Salinas, virrey del Perú; pues se halla apoyada en el dictamen del obispo Solís, quien reconocía que era indispensable, para civilizar a los indios, obligarlos al trabajo. (Archivo de la Municipalidad de Quito, Volumen de cédulas y ordenanzas, de 1575 a 1610).