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21

¡Lectores! Atención e imparcialidad en lo que vais a ver. Esto os piden. (N. del E.)

 

22

Sentimos que no se describan los síntomas de esta epidemia que parece ser el Cholera morbus que en manos de un siglo ha recorrido tres veces toda la tierra. Después del año de 1833 que la tuvimos en México, sobrevino la horrible epidemia de los peces que infestó las playas, y en las de Veracruz y otros puertos, fue preciso enterrarlos en grandes zanjas, y se atribuyó a alguna erupción de volcán marino que apareció en los dos mares. (N. del E.)

 

23

Cuando la recusación se hizo fungía de visitador el señor Palafox y no se le había quitado la visita. Distingue tempora et concordabis jura. (N. del A.)

 

24

El nombramiento de los conservadores no se hizo para que entendiesen en lo esencial del negocio, sino para que amparasen a los jesuitas en el goce y posesión de sus privilegios y que no litigasen despojados, así como en los recursos de fuerza las audiencias no se mezclan en la naturaleza del juicio, sino en el modo de seguirlo. (N. del A.)

 

25

Previene esta ley que si todos los del consejo o todos los oidores fueren recusados, todavía ellos no embargante la recusación, nombren y pongan letrados para que hecho por ellos el juramento que deben hacer puedan juzgar y determinar el dicho negocio principal, sin más esperar que se pruebe o determine el negocio de la recusación. Pero si la otra parte en cuyo perjuicio se hace la tal recusación, quisiere que luego se juzgue o determine el dicho negocio principal, o quisiere que se espere a que se determine primero el negocio de la recusación, que se haga que esto quede a su escoger. Y si aquellos letrados que así fueron tomados por acompañamiento fueron una vez recusados y fuere probada la recusación y probada en la manera susodicha, que los que segunda vez fueren tomados no pueden ser recusados. (N. del A.)

 

26

Esta especie ridícula se ha propagado hasta nuestros días por los enemigos de los jesuitas. (N. del A.)

 

27

Hay su diferencia entre no pudieron a no pueden. (N. del A.)

 

28

A la página 273 de este tomo, he colocado el retrato del padre Pedro de Velasco, así como en las impugnaciones de los jesuitas, los enemigos de éstos han colocado el del señor don Juan de Palafox para mostrar a la América quién fue aquel hombre que sostuvo una lid tan reñida con el gigante de poder, prestigio y autoridad que ha visto la Nueva-España. No se recusará nuestro testimonio por ser sacado de un escritor poblano apasionado del señor Palafox, es decir, del canónigo Beristain, que en el artículo Velasco, tomo 3 de su Biblioteca Hispano-Americana, página 284, dice lo siguiente.

Velasco (Padre Pedro) nació en México el año de 1581, de la esclarecida sangre de los condestables de Castilla. Fue sobrino del virrey don Luis, e hijo de don Diego, del orden de Santiago, y de doña María Meléndez Avilés, de la casa del conquistador de la Florida. Estudió en el colegio de San Ildefonso la filosofía, y recibió el grado de maestro en artes en la Universidad de México. Por consejo del venerable Gregorio López, a quien fue a visitar a su ermita de Santa Fe, tomó la sotana de jesuita a los 15 años de su edad. Salió tan aventajado teólogo, que supo de memoria toda la Suma de Santo Tomás: y consta que ayudó al padre don Rubio en la obra de los Comentarios sobre Aristóteles, que tanto aprecio merecieron en América y en Europa. Pero prefiriendo la salud de sus prójimos a su propia ilustración, y la gloria de Dios a las humanas que podía lograr por las ciencias, pidió ser destinado a las misiones de los infieles, y fue 14 años misionero de los indios de Sinaloa, y el apóstol y primer predicador que convirtió a los chicoratos, bacapaces, gozopas, oroniratos, hayacatos y cahametos, de los cuales bautizó más de seis mil adultos y a todos sus hijos hasta el número de veinte mil. Y habiendo deseado la provincia de la Compañía tenerlo en México y empleado en cátedras, le escribió el provincial, ofreciéndole la de filosofía del colegio máximo de San Pedro y San Pablo. A lo que respondió en carta, que he leído, así: «Yo, mi padre provincial, me siento muy aficionado a estos pobrecitos, y a este ministerio, y repugnante al lucido de los españoles; lo cual, aunque no debiera tener lugar, para rendirme a la santa obediencia, todavía lo represento a V. P. como amoroso padre, y como a superior le pongo por delante la mayor gloria de Dios, que por ventura se impedirá con mi mudanza; pues en los tres primeros años se murieron bautizados por mí más de trescientos indios, de lo cual se habrá seguido a Dios más gloria, que si en este tiempo hubiera yo leído en México un curso de artes. He aprendido ya dos idiomas de estas gentes, y voy tras el tercero [...] Las cátedras se podrán allá suplir con otros muchos con más satisfacción [...] y es muy grande mi sentimiento al considerar que he de trocar el libro del Evangelio de Cristo por los de Aristóteles [...] El señor virrey, mi tío, tendrá a bien que yo me quede entre estas gentes desamparadas: ya le escribo sobre ello». En efecto, permaneció allí 14 años, al cabo de los cuales, fue traído a México, donde le nombraron catedrático de sagrada Escritura y luego rector del colegio de San Ildefonso. En 1638 pasó a Madrid y Roma, como procurador general de la provincia de la Nueva-España, y a su regreso trajo catorce religiosos jesuitas europeos. Fue en seguida propósito de la casa profesa de México, rector del máximo y provincial nombrado en 1646. En su gobierno se suscitó la molestísima controversia de los jesuitas de la Puebla de los Ángeles con su obispo el venerable señor Palafox. Nuestro Velasco sostuvo la causa de su religión, sin haberse excedido jamás en las Defensas que él mismo escribió, y en las que no se nota palabra que se oponga a la modestia religiosa, ni a la cortesanía. Sobre lo cual es digno de notarse lo que dejó escrito su confesor el padre Domingo Alburquerque: «¡Cosa rara, (dice) caso estupendo! ¡Argumento de pureza de conciencia y alma, como un cielo exento de peregrinas impresiones! Pongo por testigo al mismo cielo, y al mismo Rey de los cielos, y a cuantos con él reinan, de que en todo el tiempo que confesé al padre Velasco, no le hallé, ni tuvo jamás de qué acusarse en razón del Sr. D. Juan de Palafox, ni de cosa que a S. E. tocase, ni aun oliese de mil leguas, como si nunca tal obispo hubiera en el mundo; y esto, aun en su última enfermedad y postreras reconciliaciones». Continuo en la oración y en la lección de las santas Escrituras y del doctor Angélico, que reía de rodillas, como el eximio Suárez, falleció el padre Velasco de 86 años a 26 de agosto de 1649. Le hizo los oficios de sepultura el ilustrísimo don Nicolás de la Torre, obispo de la Habana, con asistencia del ilustrísimo don fray Marcos Ramírez de Prado, obispo de Michoacán, que se hallaba en México. Escribió:

Varias Cartas y representaciones, sobre los ruidosos asuntos de los jesuitas con el señor Palafox. Imp. y Mss.

Apología por las doctrinas y curatos de los religiosos. Imp. en fol.

Arte de una de las lenguas de Sinaloa. Ms.

Comentario sobre el Evangelio de San Juan. Ms.

Hace mención de él el padre Alegre en su Historia de la provincia de la Compañía de Jesús de México. (N. del E.)

 

29

Es sensible que en el manuscrito falte este relato y parece que se suprimió de intento. (N. del A.)

 

30

Esta santa iglesia catedral ha sido dos veces dedicada; la una, en el año de 1656, siendo virrey el duque de Alburquerque, y la otra, en 1667, siendo virrey el Marqués de Mancera.

La primera se hizo para celebrar el cerramiento de las bóvedas, a cuya operación mecánica asistía frecuentemente el duque por encargo de la corte, en atención al mucho dinero que llevaba gastado la real hacienda. En una de las tardes en que se presentó para ver lo que se había adelantado en la obra, fue atacado por un Manuel Ledesma, español, que iba a darle muchos golpes con una espada cuando hacía oración en la capilla de la Soledad; mas los alabarderos lo prendieron, se le formó causa estando reunida en acuerdo la sala del crimen toda la noche, se le condenó a muerte a las seis de la mañana del día 13 de marzo de 1660, y en la misma fue ejecutada, declarándose reo de lesa majestad in primo capite. La segunda dedicación se hizo el 22 de diciembre 1667, habiendo gastado el rey hasta entonces en la fábrica, un millón cincuenta mil pesos, cuando los peones se pagaban con real y medio de jornal. Hago esta advertencia, para que los lectores de esta obra no duden dar crédito al padre Alegre, pues su relación no viene bien con la inscripción que se lee en la portada de la catedral que mira al Empedradillo, que data la fecha de la dedicación en el gobierno del Marqués de Mancera. (N. del A.)

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