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[Pretensión de los indios de Topía] Lo que este beneficiado intentaba representar al padre provincial tuvieron valor para hacer desde mucho más lejos los gentiles de Humase   —184→   y Guarisamé, pueblos de lo interior de la sierra de Topía, junto al nacimiento del río Humace, que cuando desemboca en el mar del Sur llaman comúnmente río de Piaxtla. Éstos vinieron hasta Guadiana a verse con el padre Gerónimo Díez, que visitaba aquel colegio para que les mandase padres que los doctrinasen, como en efecto se ejecutó poco después con increíble consuelo suyo, y de los misioneros que hallaron una tierra muy dócil para la semilla evangélica. A las cercanías de estas naciones había entrado muchos años antes el apostólico padre Hernando de Santarén como dejamos escrito en otra parte. De esta capital de Nueva-Vizcaya se hizo también una misión fructuosísima al pueblo, y real de minas de Cuencamé, uno de los primeros lugares que cultivó el padre Ramírez en su primera entrada a la laguna de San Pedro y provincia de Parras. [Sucesos de los taraumares] Aun fue más que el de los gentiles de Topía el fervor de los taraumares. A la conversión de éstos había dado principio desde el año de 1607 el venerable padre Juan Fonte. Primero las guerras de unas naciones con otras, luego el alzamiento de los tepehuanes sus vecinos sofocaron con facilidad el grano que apenas comenzaba a brotar en las bellas esperanzas. Después se había hecho una u otra ligera excursión al valle de San Pablo, donde solían bajar algunos de esta nación, que el padre José de Lomas procuraba atraer con dulzura. El fuego, aun no enteramente apagado bajo las cenizas, volvió a prender en algunos corazones más bien dispuestos. Son los taraumares, (dice el padre José Pascual), uno de sus más antiguos misioneros, gente política, y aun en su gentilidad se cubrían ellos, y mucho más ellas, con un tejido de pita hecho de unas palmillas silvestres de que sacaban hilo, y tan tupido, que la agua en él se contiene sin derramarse o consumirse, mucho más cuando está tirante. Son grandes labradores, crían aves de Castilla con abundancia, y muchos tienen sus manadas de ovejas, con lo cual mantienen algún trato y comercio con los españoles, que les ferian ropa y otras cosas. Son belicosos, y en las ocasiones que se han ofrecido han mostrado mucho valor, o por los españoles o contra ellos. Al Oriente tienen el río de los Conchos, y al Poniente la Sinaloa, Sonora y las regiones del Nuevo-México, al Norte y al Austro la nación de los Tepehuanes, cuya lengua hablan también comúnmente. Su región se extiende según parece desde los veintisiete hasta los veintinueve grados y medio al Norte. El trato y comunicación con los ministros de los tepehuanes los movió a venir a Guadiana a presentarse al gobernador   —185→   don Hipólito de Velasco, marqués de Salinas, a pedir padres que los doctrinasen de asiento, prometiendo poblar a su elección en lugares más cómodos que se les señalasen para su mejor administración. El gobernador señaló luego al capitán Juan de Baraza, que de acuerdo con el padre Juan de Heredia, destinado a esta empresa por el padre provincial, reconociese y eligiese los puestos más a propósito. Pasaron hasta Nonoava, donde juntaron hasta cuatrocientas personas, con las cuales junto al nacimiento del río Florido se fundó el pueblo de San Miguel de las Bocas. Al padre Juan de Heredia, que cultivó algunos meses esta nueva viña, sucedió el padre Gabriel Díaz, portugués de nación, que después de algún tiempo fundó el pueblo de San Gabriel, sobre el mismo río, cercano al de las Bocas.

[Entrada de los aibinos y batucas] No fue a los principios tan pacífica y tan feliz la entrada que hicieron por este mismo tiempo a los aibinos y batutas, el padre Martín de Aspilcueta, y el padre Lorenzo de Cárdenas. Esta nación había pedido algunos años antes con grande ansia y fervor el bautismo, y los padres Francisco de Oliñano y Tomás Basilio, habían bajado a su país y bautizado muchos párvulos, como dejamos antes escrito. Con la muerte del capitán Diego Martínez de Hurdaide, y trato con algunos nebomes, que huyeron hacia aquellas partes después de la muerte que intentaron dar al padre Vandersipe, se enfriaron algún tanto en su primer fervor, y parecieron recibir con poco gusto a los misioneros. Un caso bastantemente raro que aconteció luego que se comenzó a dar principio a la instrucción y bautismos de los adultos, enajenó mucho los ánimos e iba a causar la ruina total de aquella nueva cristiandad. Eran en aquel país muy temibles las tempestades y frecuentes los rayos. El espanto de los indios, como suele suceder, había degenerado en superstición. Tenían en una pequeña bóveda de barro encerrado el cuerpo de uno de sus principales caciques, que había muerto de un rayo. Estaba sentado el cadáver, y allí concurrían en el tiempo de las lluvias a ofrecerle sus votos y hacerle súplicas para no morir un modo tan violento. Sabido el engaño procuró el padre convencerlos de su error. A las palabras añadió las acciones. Fue a la cueva, sacó el cuerpo de aquel infeliz, arruinó la bóveda, y no dejó señal alguna de aquella abominable idolatría. Comenzó a pocos días los bautismos, y estando apuntando en los libros a los que acababa de bautizar de una pequeña nube se disparó repentinamente un rayo que mató a una dichosa india, dejando viva la criatura que tenía en los   —186→   brazos. Este suceso desconcertó todas las medidas del misionero. Los hechiceros y los ancianos clamaron altamente contra el santo bautismo y contra la irreligión y la impiedad de quien se había atrevido a profanar el ídolo antiguo y tutelar del país; sin embargo, pudieron más las razones del padre para contener a la multitud que vacilaba, y se confirmó más en la fe viendo pocos días después que un indio, ya enteramente desahuciado había comenzado a mejorar, y en breve estuvo sano después de haber recibido el bautismo. Debemos advertir que el padre Andrés de Rivas atribuye estos casos al padre Francisco Oliñano, el primero que alumbró con la luz del Evangelio estas regiones. El equívoco pudo estar en que dicho padre administraba otros pueblos vecinos de los nebomes. Nosotros hemos señalado por el primer misionero, que administró de asiento a esta nación, al padre Lorenzo de Cárdenas sobre el testimonio de una carta fecha en 3 de diciembre de 1630, que el padre Ignacio de Zavala, ya difunto, escribía el padre Martín de Azpilcueta.

[Carta del padre Martínez de Azpilcueta] En ella da su autor una circunstanciada relación de su entrada a las batucas. Son, dice el citado padre, gente de lindo natural, cuasi de una lengua no difícil, y parecida mucho a la de Ocoroiri. Nunca sienten hambre, que llueva o no, porque cuanto siembran es de regadío, que sus milpas parecen todas huertas, con tantas sacas de agua y eras tan bien dispuestas como de hortaliza. Gente vestida y de policía así en su habla como en sus casas que las tienen siempre muy limpias con las cocinas aparte, y las despensas para el maíz y provisión de casa. Ellas grandes tejedoras y de vergüenza, que hablan siempre con los ojos bajos sin mirar al rostro. Es tierra en que se puede coger abundancia de trigo y vino, pues las parras se dan de sí sin sembrarlas, bien que la uva es algo agria. Toda la gente que sigue hacia el Norte y al Oriente es como ésta, y mientras más adentro en mayor número, de suerte que no tenemos que envidiar a los religiosos de San Francisco la mucha mies que tienen en el Nuevo-México, sino su solicitud y cuidado en cultivarla. Estas son palabras del padre Martín de Azpilcueta. Añade, que sin embargo de tan bellas prendas los batucas lo recibieron con algún desdén, sin arcos ni enramadas, ni quien le llevara su pobre equipaje, negábanle los alimentos y la madera para fábrica de la iglesia, y aun los párvulos para el bautismo. Una conducta tan irregular hubiera amedrentado desde luego a otro ánimo que el del padre Azpilcueta. Persuadido a que a los   —187→   gentiles se habían de tratar como a los niños, no hizo caso de sus desdenes. Con cuentecillas de vidrio, con pinturas toscas y figuras que él mismo formaba y otras cosillas de este género los comenzó a atraer blandamente. Hallando cariño y entrañas de padre en su ministro, luego fueron pareciendo los párvulos ocultos y se bautizaron como trescientos. Los adultos se dieron mucha prisa en instruirse sin embargo de las persuasiones de algunos cristianos apóstatas de otros pueblos, que pretendían apartarlos de tan piadoso propósito. Descubiertos, el uno de ellos se ahorcó por su mano, y su muerte y castigo sirvió de antídoto a la mortal ponzoña que había pretendido propagar entre aquellos catecúmenos. Esta doble persecución venció el misionero con la paciencia; otra mayor desbarató poco después con la industria. Los indios vecinos del valle de Sonora y Vaviacora se conspiraron a deshacerse de un vecino incómodo que bautizados los batucas quería luego entrar a sus tierras. Unos indios fieles dieron al padre noticia de la conjuración que se formaba contra su vida. El padre, conociendo su debilidad les mandó decir con los mismos mensajeros que se diesen prisa, que los aguardaba con arcabuces y con buenos machetes para cortarles las cabezas y hacerles ver si los padres como ellos decían, eran mujeres porque andaban con ropa hasta los pies, y no sabían matar a nadie. Dicho esto mandó sacar algunas hachas y machetes que llevaba para repartirles como cosa que ellos mucho aprecian, y disparó también en su presencia un arcabuz de un mozo español que lo había acompañado. El fuego, el humo, el estallido de una arma para ellos nunca vista, hizo formar a los batucas, llenos antes de temor, un altísimo concepto de su ministro, como de un hombre invencible. Los mensajeros partieron con diligencia a contar llenos de admiración lo que habían visto. Sin embargo, el padre tomó prudentemente todas sus medidas. Puso en seguridad cuanto el lugar permitía a las mujeres y los niños. De los indios de arco y flecha dejó alguna parte para defensa del pueblo y de la iglesia. Los demás mandó a tomar los pasos estrechos por donde debían pasar los enemigos. Él con algunos indios del Zuaque y Mayo, que había traído consigo estuvo toda la noche en vela, y encomendando muy de corazón a San Francisco Javier, a quien había consagrado la misión el éxito de aquel negocio. Los indios que se habían enviado a la guarnición de los pasos estrechos, viendo que amanecía y aun no se dejaban ver los enemigos, determinaron avanzar a buscarlos. A distancia   —188→   de una legua hallaron en un valle arenoso huellas de innumerable gente, y por cinco sendas bastantemente anchas que allí se juntaban pisadas recientes de hombres que huían. Hallaron también algunas flechas, macanas y una especie de chuzos. Cogieron cinco prisioneros, el uno huyó, los cuatro trajeron al padre, según la orden que les había dado que no matasen alguno. Puestos en su presencia muertos del susto, el padre, llevando adelante su fábula, les dijo que no tuviesen temor, que él no había de manchar sus manos con la sangre de unos cobardes y mujeres como ellos, que no habían tenido, siendo tantos; valor de verle la cara. Hizo luego disparar el arcabuz, y ellos con las manos en la cabeza cayeron por el suelo aturdidos. Id, prosiguió, y decid a vuestros parientes, que el padre que está con los batucas tiene con qué matar mucha gente a un tiempo, y que si no os ha cortado las cabezas es porque no tiene mal corazón como ellos. Que espere en breve en su tierra al capitán de los españoles, que no tendrá de ellos la piedad que yo he tenido de vosotros. Dicho esto los despachó a su tierra escoltados de algunos indios fieles, porque no les quisiesen dar muerte los batucas. Esta generosidad mudó los ánimos de aquellas naciones, que algunos años después se vieron correr con ansia a las fuentes del bautismo, y formar una cristiandad que dará mucha materia a esta historia.

[Muerte de varios sujetos] Entre tanto perdió aquella misión un grande operario en el colegio de Sinaloa, al padre Gaspar Verela después de muchos años de continuas y provechosísimas fatigas. La poca diligencia de aquellos tiempos, ocultándonos el mes y el día de su muerte nos ha defraudado también de algunas de sus particulares virtudes. Lo mismo nos obliga a decir del padre Francisco Ramírez de León, coadjutor espiritual formado en el colegio de México. Solo sabemos de él que por más de cuarenta años se ocupó en enseñar a los niños los primeros rudimentos de la gramática, oficio poco lustroso a los ojos del mundo; pero en que el varón humildísimo halló modo de cumplir perfectamente con el altísimo fin de su instituto, formando de aquellas tiernas plantas instrumentos aptos para la mayor gloria de Dios y santificación de las almas. Siguió a uno y otro en la casa profesa el padre Diego Díaz de Pangua, sujeto nacido para todos los varios y fructuosos ministerios de la Compañía, de una viva y poderosa elocuencia en el púlpito, de acertado consejo en los negocios, de admirable celo y fuerza de espíritu para las misiones, y rigidísimo observador del instituto, en cuyas disposiciones   —189→   más menudas hallaba siempre mucho que admirar y que alabar en sus familiares conversaciones. Fue maravillosa su obediencia, no menos en dejar los aplausos de la cátedra, después de muchos años para ir a las misiones de Parras, que en dejar después aquel sitio, en que se ocupaba con tanta utilidad para venir a la congregación del Salvador. Su retiro, su humildad y una sinceridad de niño, en medio de una eminente sabiduría, le hicieron muy amable a toda la provincia. Murió el día 25 de abril de 1631.

[Undécima congregación provincial] A fines del año, el día 3 de noviembre, se juntó en el colegio máximo la undécima congregación provincial, en que siendo secretario el padre Tomás Domínguez, fueron elegidos procuradores a Roma y Madrid el padre Florián de Ayerve, y el mismo padre Domínguez. Viniendo a los postulados que debían hacerse a nuestro padre general, determinó la congregación pedir a su padre maestro reverendo que los provinciales se señalasen cada tres años, cosa que había sufrido alguna alteración desde el año de 602, en que vino a Nueva-España el padre Ildefonso, que como todos sus sucesores hasta el presente padre Gerónimo Díez, había gobernado seis por dispensación de los padres generales, a causa de la distancia. Se propuso que ésta no era tanta, que no se pudiesen recibir al año dos o tres despachos de Roma, y que para obviar otros inconvenientes, se debía reducir a los términos comunes y al uso de todas las provincias de Europa, muy conforme en esto a la mente del Santo fundador, que no habiendo limitado tiempo a los rectores, lo limita a los provinciales en la parte 9 de las constituciones, capítulo 3 § 14. Lo segundo, que a los provinciales de Europa se quite la facultad de enviar a las Indias algún sujeto, ni de feriar o contratar en esto a su arbitrio con los procuradores de América, habiéndose tocado que semejantes sujetos eran acá de muy poca utilidad. Lo tercero, que se impetrase de su santidad el privilegio de celebrar nuestros sacerdotes tres misas el día de la conmemoración de los fieles difuntos, que se decía haber impetrado para su provincia los procuradores del nuevo reino de Granada. Se pidió también que condescendiendo con los deseos de los moradores de la Habana, se dignase su padre conceder se estableciese allí alguna residencia de la Compañía. Dio ocasión a esta súplica la grande instancia que el año antecedente pasando a su obispado de Guadalajara, había hecho al padre provincial el ilustrísimo señor don Leonel de Cervantes, que había gobernado antes aquella diócesis, y escrito sobre lo mismo al padre general,   —190→   haciéndole presente el antiguo afecto de aquella ciudad desde que los primeros jesuitas vinieron a la Florida, a que se añadía ser una escala necesaria para la navegación a España. [Muerte del padre Meneses] Poco después de la congregación falleció el padre Gaspar Meneses, rector que había sido, e insigne operario de indios en el colegio de Tepotzotlán. Fue un grande ejemplar de todas las virtudes religiosas, singularmente de una invencible paciencia con que reducido a su pobre lecho, de perlesía padeció y edificó por más de seis años al colegio de México. En nuestro menologio se hace memoria de él el día 11 de mayo de 1631. No sabemos por qué, cuando consta haber tenido voto en la congregación pasada, que se concluyó el 7 de noviembre, y más cuando hallamos que murió el 22 del mismo, en la carta que escribió de sus virtudes el padre Melchor Márquez.

[Minas del Parral] En las misiones fuera de los ordinarios trabajos, nada se ofrecía digno de especial memoria, sino que habiéndose descubierto las minas del Parral, se comenzaron a poblar de más españoles las tierras vecinas de tepehuanes, y se facilitaba más el socorro y seguridad para las nuevas conquistas de los taraumares, que se habían comenzado el año antecedente. La paz en que estaba toda la cristiandad de Sinaloa no podía durar mucho. [Inquietudes de los guazaparis] Tantas naciones de temoris, aibinos, sisibotaris, batucas, chinipas, nebomes y guazaparis, como se habían agregado en los años próximos al redil de la Iglesia, sin la mayor contradicción, eran para los hombres apostólicos bastante motivo de temor, sabiendo que no se fundan sólidamente las nuevas iglesias sino sobre los sudores y la sangre de sus ministros. Efectivamente, se formaba ya una tempestad para venir a descargar sobre las cabezas de algunos de los misioneros. El cacique Comabeay, que había tan instantemente pretendido el bautismo y exhortado a los demás de su nación Guazapari a imitar un ejemplo tan glorioso, poco después vuelto a su natural fiereza había comenzado a sembrar palabras sediciosas contra el padre. Julio Pascual, que había, como dijimos, sucedido al padre Pedro Juan Castini. El buen padre procuró con beneficios y con dádivas vencer la dureza de aquel rebelde apóstata, que o cedió o disimuló algún tiempo hasta haber fortificado su partido. No tardó mucho en conseguirlo, y a fines del año antecedente se declaró abiertamente en sus nocturnas asambleas sobre el asunto, de dar la muerte al padre Julio. Avisados de estos perversos designios, y no tomando para su defensa algunas precauciones, los fieles chinipas dieron noticia al capitán, que   —191→   al punto mandó al padre seis soldados de escolta. La presencia de éstos contuvo por algún tiempo a los partidarios del mal cacique. Hicieron al misionero tantas promesas y parecieron entrar en su deber con tal fervor, que el hombre de Dios persuadido a que no había habido fundamento para tanto temor, y que habían sido sospechas nacidas del grande amor que le tenían sus fieles chinipas, volvió a la villa los soldados. Entre tanto el pérfido Comabeay con la alianza de los varohios había fortificado su partido de Guazaparis mal contentos. Enviaron los de Varohio a llamar al padre para administrar la Extrema Unción a un enfermo, creyendo que con esta ocasión se detuviese algunos días en su pueblo. No había aun llegado la hora de Dios, ni era aquella sola la víctima que debía ofrecerle su vida por la salud de los bárbaros. El padre Julio luego que ungió y consoló al enfermo, dio la vuelta a los chinipas, donde debía llegar muy en breve el padre Manuel Martínez, destinado para partir con él los trabajos de aquella nueva viña. Llegó en efecto el día 23 de enero, y luego al veinticinco partieron juntos al pueblo de Varohio. Cuatro días después tuvieron la noticia de los malos designios de los guazaparis, y como a un catequista que el padre Pedro Juan Castini había dejado entre ellos casado con india guazapari habían dado cruelmente la muerte a un hermano suyo. Se confirmó más la noticia el día siguiente, cuya noche tenían determinada para la ejecución de sus perversos intentos. Juzgó el padre Julio Pascual que debía prevenir aquellos bárbaros, y llamó en su ayuda a sus fieles chinipas. Hallábanse pocos de ellos en el pueblo cuando les llegó tan funesta noticia; pero sin embargo, tomaron luego las armas y corrieron a la defensa de su pastor. Los guazaparis que entraron en sospecha de que venían contra ellos los chinipas, se juntaron con los varohios y con algunas otras naciones de gentiles en tanto número que los obligaron a retirarse. Libres de aquel miedo el apóstata Comabeay y sus aliados, antes de esclarecer el día pusieron fuego a la casa en que dormían los padres, y juntamente a la iglesia para dar a conocer el motivo de su aborrecimiento y su crueldad. Los padres, después de haberse mutuamente confesado y preparado a la muerte, hicieron lo mismo con algunos indios oficiales que habían traído, y otros indizuelos cantores para el servicio de la iglesia, y el padre Julio Pascual salió a hablarles con heroico valor. [Muerte de dos misioneros] Su presencia y sus razones parecieron hacer algún efecto, y sea por esto, o por alguna otra razón, pasó todo el sábado 31 y la noche sin que los guazaparis intentasen   —192→   alguna otra novedad, aunque en todo este tiempo no cesaron de oír los padres injurias e improperios que mostraban bien cuanto tenían que temer del atrevimiento y furor de aquellos bárbaros: a la mañana asaltaron repentinamente la casa con grande alarido y tropel, quebraron las puertas los unos, otros asaltaron por las tapias, y comenzaron a disparales una lluvia de flechas. Una atravesó al padre Julio Pascual por el estómago. Herido como estaba siguió al padre Manuel Martínez, que salió fuera del umbral diciendo: «No muramos como tristes y cobardes; demos la vida por Jesucristo y su santa ley». No acabó de pronunciar estas palabras sin que una flecha le cosiese el brazo con el cuerpo. Hincáronse luego de rodillas; y erizado todo el cuerpo de flechas consumaron felizmente el curso de su vida el día 1.º de febrero de 1632.

[Consecuencia de este alzamiento] Los cadáveres cuasi palpitantes aun, y revolcándose en su sangre, arrastraron furiosos y encarnizados hasta poner las cabezas sobre una viga, donde con machetes, con hachas, con piedras con macanas se las dejaron quebrantadas y sin figura de humanos semblantes. Fue muy digno de notar que los bárbaros no cortasen las cabezas para bailar con ellas, en aplauso y celebración de su victoria. Gran parte pudo tener en esto la fidelidad y el valor de un indio llamado Crisanto Sunemeay, que no pudiendo ya impedir la muerte de los padres, escondido tras de un pilar de la casa, se quedó hasta el domingo en la noche en guarda de aquellos venerables despojos, apartando de allí con flechas unos cuatro o cinco que vio llegar, con ánimo de ultrajarlos. Los fieles chinipas, entendida la muerte de los padres, y que los apóstatas habían desamparado el pueblo de los varohios, para ir a quemar la iglesia de los guazaparis, sacaron los cadáveres, y con mucha veneración y dolor les dieron sepultura en su iglesia, de donde poco después los trasladó el padre Marcos Gómez a su partido e iglesia de Comicary, juntándose todos los misioneros a sus honras el día 14 del mismo mes de febrero. Juntamente con los padres dieron sus vidas por la constancia en la fe y abominación de la sacrílega impiedad seis muchachos cantores, y algunos indios de los que habían traído consigo que fueron nueve, y solo se supo haberse salvado Crisanto Sunemeay. De los niños fuera de los seis muertos había otros dos, que ocultos debajo de una mesa el uno, y otro en una alacena, tuvieron lugar de huir entre las garras de aquellas fieras, reservándolos Dios para testigos de las circunstancias de esta acción. Los chinipas pasaron luego la noticia al capitán don Pedro   —193→   y al superior de la misión, pidiendo que se les enviase otro padre, pero estando allí continuamente expuesto el ministro y ellos a los insultos de los guazaparis y varohios que habían jurado su pérdida, fue preciso incorporarlos con los pueblos de los sinaloas, padeciendo ellos este doloroso destierro de su patria, y la desolación de sus casas e iglesia, que era de las más lucidas por conservar la fe y la religión que profesaban. Tomáronlos a su cuidado el padre Francisco Torices con otro compañero. El capitán don Pedro Perea por su parte se encargó del castigo de los rebeldes. Refugiados éstos a sus picachos y quebradas profundas, estaban a cubierto de las más españolas, y se habían burlado impunemente del capitán y de su tropa. En esta atención habían llegado en su compañía algunos indios amigos, a quienes cometió el alcance. Éstos, aunque cristianos, no olvidados de su antigua fiereza en el derecho que les daba una causa de guerra tan justa, se lo creyeron todo permitido, y la venganza pasó mucho más adelante de lo que permitía la cristiana moderación. Murieron de los alzados cerca de ochocientas personas de varohios y guazaparis. Los restantes que serían como cuatrocientos, por diligencia del padre Torices se redujeron a los pueblos de los sinaloas, fuera de unos pocos que se quedaron viviendo como fieras en los montes, o se agregaron a algunos otros pueblos de gentiles.

[Transcripción del pleito de San Ildefonso] Tal era el semblante de las cosas entre los guazaparis y varohios. El seno de la provincia había conseguido entre tacto dos muy considerables alivios. El primero en la transacción de un pleito con el venerable deán y cabildo de la santa iglesia catedral de Puebla sobre la fundación del colegio de San Ildefonso. En virtud de la escritura de fundación pedía el colegio una gruesa cantidad de más de veinte mil pesos a la Santa Iglesia. Ésta reconvenía al colegio pretendiendo anular dicha escritura y dotación por haber sido otorgada después de recibidos por su señoría ilustrísima los sacramentos en la última enfermedad. Duró algunos años el pleito, haciéndose cada día nuevos costos, hasta que interviniendo el ilustrísimo señor don Gutierre Bernardo de Quiroz, dignísimo prelado de aquella iglesia, y teniéndose a este efecto varios cabildos en presencia de su ilustrísima, sin acabarse de convenir los capitulares trataron de elegir diputados que en nombre de toda la asamblea terminaran pacíficamente aquel negocio. Fueron éstos los señores don Juan Godines, don Gaspar Moreno y don Alonso Herrera, entre los cuales y los padres rectores de los colegios del Espíritu Santo   —194→   y San Ildefonso, se celebró un concierto de transacción en fuerza de la cual desistía cada una de las partes de sus respectivas pretensiones, a 1.º de abril de 1632. [Dotación del colegio de Guadiana] El segundo fue la dotación del colegio de Guadiana que hasta entonces se había mantenido sobre muy pocos fondos e inciertas limosnas. El fundador fue el licenciado don Francisco Rojas de Ayora, primer provisor y vicario general del obispado de la Nueva-Vizcaya. Señaló para este efecto la hacienda de San Isidro de la Punta, con buenas tierras de labor y crías de ganado, a que añadió en dinero efectivo quince mil pesos, con otras limosnas, fuera de lo que después dejó en su testamento. Con este socorro se trató de poner luego clases de gramática y latinidad, como ardientemente lo había deseado su primer obispo el ilustrísimo señor don fray Gonzalo de Hermosillo.

[Muerte del padre Cristóbal Ángel y Juan Laurencio] En la casa profesa murió a los 28 de abril el padre Cristóbal Ángel, después Cristóbal Ángel y Juan, después de haber ocupado muchos años los puestos más lustrosos de la provincia. Llamado del Señor a la Compañía por un modo particular; mientras más prevenido le parecía estar contra los engaños de los jesuitas, se esmeró en conservar todo el tiempo de su vida religiosa la pureza de la conciencia como él explicó a su confesor, cuanto cabe en las humanas fuerzas. No fue menos sensible el año siguiente la muerte del padre Juan Laurencio, observantísimo religioso que con su prudencia y ejemplo gobernó diversos colegios, y la provincia toda, seis años. Fervoroso misionero e incansable operario de la casa profesa en las lenguas otomí y mexicana, que siendo rector de Tepotzotlán, aprendió para bien de muchas almas de aquel y otros partidos. A su celo y prudencia debieron aun la temporal seguridad el puerto de Veracruz y muchos otros lugares vecinos amenazados de una invasión de negros forajidos de que hemos hablado en otra parte. Retirado los últimos años de su vida a la ocupación de maestro de espíritu de nuestra juventud, emprendió interpretar los salmos de David de un modo que sirvieran más a fomentar la piedad e interior afecto, que a divertir el entendimiento o lucir la erudición. En este ejercicio que lo era de una contemplación no interrumpida llegando al salmo 72 en aquel verso: Deus noster Deus salvos faciendi, et Domini Domini exitus mortis, acometido de una maligna fiebre, pasó de esta vida a los 72 años de su edad el 26 de mayo. [Muerte del padre Pedro Gutiérrez] A 21 de abril le siguió el padre Pedro Gutiérrez, coadjutor espiritual formado de un retiro y abstracción admirable de todo lo criado para unirse más estrechamente al Señor por medio de una continua meditación. Enseñó por treinta años gramática en el   —195→   colegio máximo, llegando a ver logrado el fruto de su piadosa educación en hombres muy ilustres. Tuvo siempre por una de sus mayores glorias haber tenido en el número de sus discípulos al insigne mártir del Japón San Felipe de Jesús, que llegó a venerar en los altares. El ilustrísimo señor don Leonel de Cervantes, obispo de Santa Marta, de Cuba, de Guadalajara y de Oajaca, se arrodilló en cierta ocasión delante del padre a besarle la mano y agradecerle las santas máximas que había procurado inspirarle en su niñez. El padre Luis Bonifaz explicó las singulares virtudes de este siervo de Dios y pureza de su vida con aquel breve y grande elogio: Homo sine querela, verus Dei cultor abstinens, se abomni opere malo, et permanet in innocencia sua. Murió el día 21 de abril de 1633.

Por este tiempo había ya tomado en sí el gobierno de la provincia el padre Floriano de Ayerve, que desde luego comenzó a dar nuevo calor a la fundación de Tehuacán, no sabemos por qué motivos detenida hasta entonces. A representación de dicho padre provincial los fundadores don Juan del Castillo y doña Mariana de Tuesta otorgaron nuevas escrituras, no habiendo tenido efecto las primeras en el señalado plazo de seis años, aunque sin culpa alguna de parte de la Compañía. A las segundas se le dio también el término de otros seis años, que venían a cumplirse el de 39. Sin embargo de lo mucho que deseaba el padre Ayerve ver cumplida en su tiempo aquella fundación, no tuvo efecto por entonces, y dilatada para tiempos más calamitosos llegó a no verificarse jamás. El colegio de Valladolid tuvo este año considerable alivio en la piadosa liberalidad del licenciado don Diego Gómez, que por cláusula de su testamento otorgado en 21 días del mes de marzo, le dejó por heredero de una hacienda de minas en el real de Santa Fe de Guanajuato.

[Redacción de los hinas] A la siguiente misión de la sierra de Topía se agregó por el mismo tiempo nueva materia de merecimientos y trabajos con la reducción de los hinas, que de algún tiempo antes habían hecho fuga de sus pueblos. Son los hinas muy semejantes en ritos y costumbres a los xiximes o toyas, de que hemos hablado en otra parte, aunque de diversa lengua y de genios más dóciles. Habitan la mayor parte en profundísimas quebradas del centro de la sierra, y muchos a las márgenes del río de Humace, que en su embocadura llaman de Piaxtla, muy cerca de su nacimiento, coma a cinco leguas de Yamoriba. La aspereza de los caminos había cerrado la puerta a las armas españolas y a los ministros del Evangelio, hasta que a petición del ilustrísimo señor don fray Gonzalo de   —196→   Hermosillo hubo de encargarse de su conversión la Compañía. El padre Luis Bonifaz, visitador entonces de aquellas misiones, señaló para esta arriesgada expedición al padre Diego de Cueto, antiguo misionero, y muy a propósito para tan gran designio. El licenciado Francisco de la Osa, beneficiado de Cogotá, que le encontró en su viaje y aun algunos otros misioneros, procuraron apartarlo con muy fuertes razones de aquel camino arduísimo, y como añadían infructuoso. Nada prevaleció en el buen religioso al amor de la obediencia. La vista y la relación de los trabajos y los riesgos, animaba más su fervor. Con este ánimo llegó al pueblo de San Sebastián de Huaimino, y desde allí mandó a requerir a los hinas. No pudo conseguir que bajaran de la sierra sino seis, a quienes propuso con los modos más dulces el intento y fin de su venida. La cavilosa nación de los hinas, temiendo alguna traición de parte de los españoles, respondieron a esta embajada que ellos no podían llegar a Huaimino, ni ponerse a discreción de sus enemigos, que si el padre venía solo y buscaba su bien, tierras tenían en que sin peligro podía hablarles, que lo esperaban en Ixtitlán (después San Javier) cuatro leguas más hacia el nacimiento del río. Una respuesta tan desabrida y tan equívoca no acobardó al misionero de Jesucristo: con aquella intrepidez que inspira el celo santo partió para Ixtitlán. Al llegar tuvo el desconsuelo de verse engañado de aquellos bárbaros. No halló en el pueblo sino muy pocos vecinos: los demás, retirados en lo interior de la sierra, no parece que esperaban sino que el misionero se empeñase más en su alcance. El padre, rasgando un lienzo o tafetán en que llevaba envuelta una pequeña imagen de la Virgen Santísima, lo dividió en tres partes, en la una envolvió la misma imagen, en la otra, su rosario, y en la otra, una bolsilla con varias reliquias, y las dio a tres diferentes mensajeros que las llevaran a las principales rancherías como un pasaporte y prenda usada entre ellos de seguridad. La respuesta nada fue diferente de la primera. Dijeron que en Queibos, diez leguas más adelante, esperaban al padre.

Cualquiera otro ánimo que el de un varón apostólico, hubiera desesperado del buen éxito. El padre Cueto, llevado de un nuevo fervor; se puso luego en marcha e hizo noche en el campo. A deshora comenzaron a bajar deshilados, sin niños ni mujeres más de trescientos indios armados de arco y flecha. El buen padre solo entre tantas fieras, puesta en Dios su confianza, los recibió con un rostro sereno, dándoles las gracias y preguntando si era aquel todo el cuerpo de la nación.   —197→   Sabiendo que no, y que conforme a su palabra lo esperaban en el lugar citado, partió lleno de consuelo para Queibos (hoy Santiago). En el camino a la ribera del río halló clavadas en la arena tres lanzas, y en ellas atadas sus prendas, que hincado de rodillas, besó con ternura y con lágrimas. En llegando al pueblo halló con bastante dolor muy pocos de los hinas; pero desengañados luego que vieron que el padre venía solo, fueron bajando con sus familias. El padre les propuso su embajada de parte de Dios y del señor obispo que lo enviaba. Concurriendo el Señor a sus fervorosas exhortaciones trataron de formar allí un pueblo, al que se dio el nombre del Espíritu Santo, por la prontitud con que había su gracia obrado en aquellos corazones. Entregaron gozosos para el bautismo más de ciento cincuenta párvulos. Levantáronse cruces, y se fabricó una iglesia pajiza, celebrando misa el padre, y deteniéndose algunos días en explicarles la santa fe y obligaciones de cristianos. Hecho esto dio la vuelta a Otatitlán, su partido, prometiéndoles volver luego a verlos, en habiendo dado cuenta de su comisión al ilustrísimo y al padre Luis de Bonifaz. Entre tanto murió el señor obispo de Guadiana, y el padre Bonifaz ocupó la obediencia en el gobierno de los colegios. Los hinas se hallaron en la mayor desolación. En pocas naciones antes de su bautismo se vio más constante fervor. Escribieron al superior de la misión de San Andrés, pero este, que había sido de dictamen contrario a aquella entrada, no tuvo por conveniente resolver a su favor. Por otra parte, el padre provincial Gerónimo Díez, que entonces era, tenía señalado al padre Diego de Cueto por su raro talento de púlpito para la casa profesa. Esta resolución hubiera sin duda arruinado enteramente la misión de los hinas. Éstos se pusieron dentro de pocos días en Durango, donde entonces se hallaba el padre Díez, que no pudo resistir a las sinceras instancias con que pedían que entrase el padre Cueto a sus tierras. Vuelto el misionero, aunque los principales y caciques de la nación permanecían en sus buenos deseos, los demás se habían enfriado notablemente, y no pensaban en dejar sus amados picachos. El padre desde el real de San Sebastián hacía frecuentes excursiones a diversas partes de la sierra con suceso muy desigual a su fervor y sus fatigas. Ni le faltaron peligros de la vida de parte de un indio apóstata del Tunal, a quien sus delitos tenían desterrado a aquellas breñas. El capitán del presidio, avisado de los indios de Tepuxtla que el pérfido procuraba atraer otros a su partido, lo puso en prisión, y entrando por orden del gobernador a la sierra,   —198→   hizo bajar a muchos y los redujo a poblaciones fijas, repartiéndoles cien fanegas de maíz para sus siembras, y algunas vacas y caballos. Crecido el número fue necesario enviar al padre Cueto un nuevo compañero que fue el padre Pedro Jiménez. El asiento de los pueblos duró muy poco: una grande hambre que sobrevino los obligó a desalojarlos y volverse a los montes en busca de yerbas y raíces para el necesario sustento. No parece que podían volver a las quebradas y a los bosques sin revestirse de su antigua ferocidad y de toda la aspereza de aquel clima. Pocos volvieron a sus pueblos, los demás para redimirse de aquella esclavitud, determinaron deshacerse de los padres. Ninguna asistencia a la iglesia, ningún cuidado de traer sus hijos al bautismo, ni de instruirse ellos. Por otra parte, se les notaba andar siempre armados y recatarse de los misioneros. Estas sospechas, y aun los avisos de algunos fieles, hicieron al padre Cueto enviar a su compañero a Guadiana a informar al gobernador don Gonzalo Gómez de Cervantes para que hiciera entrar al capitán Bartolomé Suárez de Villalta, hombre muy temido en aquellas regiones para la reducción de los rebeldes.

Por la ausencia del gobernador no pudo tener tan pronto efecto esta expedición; sin embargo, la dulzura del padre Cueto y su valor, remedió una gran parte del daño. Redujo a muchos y formó de ellos un nuevo pueblo, que ya era el sexto con el nombre de Santiago en el mismo sitio de Queibos, por otro nombre de Quilitlán. La entrada del capitán Bartolomé Suárez no vino a efectuarse hasta el tiempo de que vamos hablando. Habiendo llegado a Yamoriba en compañía del padre Diego Jiménez a los 18 de noviembre, en vez de encontrarse con los jefes de los hinas que había citado para aquel sitio, se halló con carta del padre Juan Mallen, en que le avisaba la mala disposición de sus ánimos, y como se armaban para defenderle la entrada. Confirmaba esta sospecha ver que a los 20 de noviembre aun no parecía alguno de ellos. Serenó este temor una carta del padre Cueto, en que aseguraba al capitán que los hinas serían con él al día siguiente. Recibiéronlos en el campo los indios aliados en número de cerca de dos mil que se habían juntado de diversos pueblos en el centro de una media luna que formaban vistosamente armados. La entrada cerraban treinta o pocos más soldados españoles, que haciendo fuego pusieron en respeto y aun en consternación a los nuevos huéspedes. Después de haberlos requerido con graves palabras del abandono de sus pueblos o infidelidad para   —199→   con sus ministros, les hizo jurar de nuevo fidelidad al rey nuestro señor, y en forma jurídica se otorgó instrumento de la fundación y asiento de los pueblos, entregándose mutuamente sus caciques al capitán flechas, y él a ellos balas. Luego marcharon todos en procesión a la iglesia donde se cantó la salve a nuestra Señora. El padre les hizo una breve y fervorosa exhortación, y el capitán no menos señalado en la prudencia y el valor que en la piedad para enseñar a los indios la veneración que se debe a los ministros del Altísimo, hincadas las rodillas le besó los pies. Repartió luego a los hinas muchos costales de maíz y algunas cargas de carne, con que sacudieron de sí enteramente el susto con que habían estado hasta entonces. Concluida esta ceremonia con un festivo baile de los hinas se pasó a sus tierras, y rendidas el piadoso capitán las armas a los pies de una imagen de la Virgen Santísima, les hizo un largo razonamiento exhortándolos a la paz, al aprecio de sus almas y veneración de sus ministros. En prueba de la que él les tenía, no sin grande resistencia y confusión del padre Cueto, que ya estaba presente, se arrojó a sus pies, y dejando enseñados a los bárbaros con ejemplos de tan rara humildad, después de haber hecho traer un ídolo formado en una macana (de que tenían noticia; pero no habían podido los padres haber a las manos) y tajádolo en piezas a los pies de la misma imagen, dio la vuelta a San Andrés.

[De los humis] Por aquellos mismos países como nueve leguas más adelante del lugar de Queibos o de Santiago, habitaban otras naciones, a quienes la configuración de los picachos altísimos, que defendían la entrada de su país, había hecho dar el nombre de los Humis. Había muchos años que a costa de inmensos peligros había visitado estas rancherías el apostólico padre Hernando de Santarén, y bautizado algunos párvulos. No pudo el fervoroso padre darles doctrina de asiento, por ser más necesaria y provechosa su presencia en otros pueblos de la sierra. Ellos aficionados con el trato de los padres ministros de Papázquiaro, cada día crecían en deseos del bautismo, de cuya sinceridad dieron una prueba nada vulgar en tiempo de la rebelión de los tepehuanes que jamás pudieron traerlos a su partido ni apartarlos de aquellos santos propósitos. Lo que al principio más habían resistido, que era salir de sus quebradas, voluntariamente hicieron después por sí mismos saliendo a poblar en Humaze y Huarizame, alegando esto por mérito al padre Nicolás de Estrada, rector de Guadiana, y al padre Gerónimo Díez provincial, para que entrasen a su tierra los padres. Esto aconteció   —200→   por los años de 1630, como en su lugar dejamos escrito, y desde entonces el padre Estrada en medio de las ocupaciones de su cargo de rector, hacía lugar para algunas excursiones al país de aquellos fervorosos catecúmenos, hasta que por orden del padre provincial Floriano de Ayerve pasó a doctrinarlos a la mitad de este año el padre Pedro Gravina, ministro de aquel partido de Santa María de Otais, que ocupó el padre Diego Ximénez. [Muerte del padre Pedro Gravina] Cuando comenzaba el padre Gravina a tratar del bautismo de los adultos, cargado de años y de gloriosísimos trabajos en un nuevo clima, y caminos impracticables, le sobrevino la última enfermedad de que murió a la entrada del año de 1634 al 17 de enero. El celo grande de la salvación de las almas, que consagró siempre el corazón de este grande hombre, en cerca de treinta años que se consagró enteramente a su cultivo, su religiosa observancia, su altísima contemplación de quedaron señales nada equívocas, y otras de sus admirables virtudes, darán en otra parte mucha materia con que edificar a nuestros lectores. Honra su memoria nuestro menologio el día 15 de enero del año de 1635, conforme en esto a una carta manuscrita del padre Ibarra, que copió también en su historia el padre Andrés Pérez. Esta carta está sin fecha, y parece haberse escrito después de algunos años. El día que le hemos señalado es el que pone en su elegante y curiosa relación, el padre Diego Ximénez, que tanto en Otais como en Humaze, le sucedió en el ministerio, y cuya obra hubiéramos, a no ser tan larga, insertado aquí a la letra gustosamente.

Este misionero no menos en lo material de los lugares, que en las provechosas fatigas y fervor de espíritu, seguía las huellas del padre Gravina. Dejando el partido de Otais al cuidado del padre Francisco Serrano, se encargó de la misión de los humis: con lo mucho que en poco tiempo había trabajado su antecesor, halló muy dispuesta la mies para introducirla por medio del bautismo en los graneros del gran padre de familias, y bautizó en pocos días más de trescientos adultos. Causaban bastante inquietud al misionero algunos de los más obstinados apóstatas de los tepehuanes, y aun muchos forajidos de los malhechores de los reales de minas y pueblos de españoles, que aseguraban en la aspereza de aquella sierra la impunidad de sus delitos, y hacían con su depravado ejemplo no poco estrago en otras rancherías de gentiles, cercanas a los pueblos de Huanazo y Guarizame, a quienes se dieron los nombres de San Pedro y San Bartolomé. A costa de mucho trabajo pudo conseguir para librarlos de aquel contagio, que se redujesen a un nuevo   —201→   pueblo diez leguas de Guarizame, a que dio el nombre de San Pablo.

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