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La niña Chole

(DEL LIBRO IMPRESIONES DE TIERRA CALIENTE, POR ANDRÉS HIDALGO)



[107] Hace bastantes años, como final á unos amores desgraciados, me embarqué para México en un puerto de las Antillas españolas. Era yo entonces mozo y algo poeta, con ninguna experiencia y harta novelería en la cabeza; pero creía de buena fe en muchas cosas de que dudo ahora; y libre de excepticismos *escepticismos*, dábame buena prisa á gozar de la existencia. Aunque no lo confesase, [108] y acaso sin saberlo, era feliz con esa felicidad indefinible, que dá el poder amar á todas las mujeres. Sin ser un donjuanista, he vivido una juventud amorosa y apasionada; pero de amor juvenil y bullente, de pasión equilibrada y sanguínea. Los decadentismos de la generación nueva no los he sentido jamás; todavía hoy, después de haber pecado tanto, tengo las mañanas triunfantes, como dijo el poeta francés.

El vapor que me llevaba á México era el «Dalila», hermoso barco que después naufragó en las costas de Galicia. Aun cuando toda la navegación tuvimos tiempo de bonanza, como yo iba herido de mal de amores, los primeros días, apenas salí del camarote ni hablé con nadie. Cierto que viajaba para olvidar, pero hallaba tan novelescas mis cuitas, que no me resolvía á ponerlas en olvido. En todo me ayudaba aquello de ser yankée el pasaje, y no parecerme [109] tan poco muy divertidas las conversaciones por señas.

¡Cuán diferente mi primer viaje abordo del «Masniello» que conducía viajeros de todas las partes del mundo! Recuerdo que al segundo día, ya tuteaba á un príncipe napolitano. No hubo entonces damisela mareada, á cuya pálida y despeinada frente, no sirviese mi mano de reclinatorio. Erame divertido entrar en los corrillos que se formaban sobre cubierta, á la sombra de grandes toldos de lona, y aquí chapurrear el italiano con los mercaderes griegos, de rojo fez y fino bigote negro; y allá, encender el cigarro en la pipa de los misioneros mormones. Había gente de toda laya: tahures *tahúres* que parecían diplomáticos; cantantes con los dedos cubiertos de sortijas; comisionistas barbilindos, que dejaban un rastro de almizcle, y generales americanos, y toreros españoles, y judíos [110] rusos, y grandes señores ingleses. Una farándula exótica y pintoresca, cuya algarabía causaba vértigo y mareo!...

El amanecer de las selvas tropicales cuando sus macacos ahulladores *aulladores*, y sus verdes bandadas de loritos saludan al sol, me ha recordado muchas veces la cubierta de aquel gran trasatlántico, con su feria babélica de tipos, de trages *trajes* y de lenguas; pero más, mucho más, me lo recordaron, las horas untadas de opio que constituían la vida abordo del «Dalila».

Por todas partes asomaban rostros pecosos y bermejos, cabellos azafranados, y ojos perjuros. ¡Yankées en el comedor; yankées en el puente; yankées en la cámara! ¡Cualquiera tendría para desesperarse! Pues bien, yo lo llevaba muy en paciencia. Mi corazón estaba muerto ¡tan muerto, que no digo la trompeta del juicio; ni siquiera unas castañuelas le resucitarían! Desde [111] que el pobrecillo diera las boqueadas, yo parecía otro hombre: habíame vestido de luto; y en presencia de las mujeres, á poco lindos que tuviesen los ojos, adoptaba una actitud lúgubre, de poeta sepulturero y doliente, actitud que no estaba reñida con ciertos soliloquios y discursos que me hacía harto frecuentemente, considerando cuán pocos hombres tienen la suerte de llorar una infidelidad á los veinte años!...

Por no ver aquella taifa de usureros yankées, apenas salía de mi camarote; solamente cuando el sol declinaba iba sentarme á popa, y allí, libre de importunos, pasábame las horas viendo borrarse la estela del «Dalila». El mar de las antillas, cuyo trémulo seno de esmeralda penetraba la vista, me atraía, me fascinaba, como fascinan los ojos verdes y traicioneros de las hadas que habitan palacios de cristal en el fondo de los lagos. Pensaba siempre en mi primer [112] viaje. Allá, muy lejos, en la lontananza azul donde se disipan las horas felices, percibía como en esbozo fantástico, las viejas placenterías. El lamento informe y sinfónico de las olas, despertaba en mí, un mundo de recuerdos: perfiles desvanecidos; ecos de risas; murmullo de lenguas extranjeras, y los aplausos, y el aleteo de los abanicos mezclándose á las notas de la tirolesa que en la cámara de los espejos cantaba Lili. Era una resurrección de sensaciones; una esfumación luminosa del pasado; algo etéreo, brillante, cubierto de polvo de oro, como esas reminiscencias que los sueños nos dan á veces de la vida...



A los tres días de viaje, el «Dalila» hizo escala en un puerto de Yucatán. Recuerdo que fué á media mañana, bajo [113] un sol abrasador que resecaba las maderas y derretía la brea, cuando dimos fondo en aquellas aguas de bruñida plata. Los barqueros indios, verdosos como antiguos bronces, asaltan el vapor por ambos costados, y del fondo de sus canoas, sacan exóticas mercancías: cocos esculpidos, abanicos de palma, y bastones de carey que muestran, sonriendo como mendigos, á los pasajeros que se acodan sobre la borda. Cuando levanto los ojos hasta los peñascos de la ribera, que asoman la tostada cabeza entre las olas, distingo grupos de muchachos desnudos que se arrojan desde ellos, y nadan grandes distancias, hablándose á medida que se separan y lanzando gritos; otros descansan sentados en las rocas con los pies en el agua, ó se encaraman, para secarse al sol que ya decae, y los ilumina de soslayo, gráciles y desnudos como figuras de un friso del Parthenom. -Visto con ayuda [114] de los gemelos del capitán, Progreso recuerda esos paisages *paisajes* de caserío inverosímil que dibujan los niños precoces; es blanco, azul, encarnado; de todos los colores del iris. Una ciudad que sonríe, como señorita vestida con trapos de primavera, que sumerge la punta de los piececillos lindos en la orilla del puerto. Algo extraña resulta con sus azoteas enchapadas de brillantes azulejos y sus lejanías límpidas, donde la palmera recorta su gallarda silueta que parece hablar del desierto remoto, y de caravanas fatigadas que sestean á la sombra propicia.

Por huir el enojo que me causaba la compañía de los yankées, decidíme á desembarcar. No olvidaré nunca las tres horas mortales que duró el pasage *pasaje* desde el «Dalila» á la playa. Aletargado por el calor, voy todo este tiempo echado en el fondo de la canoa de un negro africano, [115] que mueve los remos con lentitud desesperante. A través de los párpados entornados veía erguirse y doblarse sobre mí, guardando el mareante compás de la bogada, aquella figura de carbón, que unas veces me sonríe con sus abultados labios de gigante, y otras silba esos aires cargados de hipnótico y religioso sopor, una tonata compuesta solamente de tres notas tristes, conque los magnetizadores de algunas tribus salvajes adormecen á las grandes culebras. Así debía ser el viaje infernal de los antiguos en la barca de Carón: sol abrasador; horizontes blanquecinos y calcinados; mar en calma, sin brisas ni murmullos; y en el aire todo el calor de las fraguas de Vulcano.

Aun á riesgo de perder el vapor me aventuré hasta Mérida. De este viaje á la ciudad maya conservo una impresión somnolente *somnoliente* y confusa, parecida á la que deja [116] un libro de grabados hojeado perezosamente en la hamaca, durante el bochorno de la siesta; hasta me parece que cerrando los ojos el recuerdo se aviva y cobra relieve; vuelvo á sentir la angustia de la sed y el polvo; atiendo el despacioso ir y venir de aquellos indios ensabanados como fantasmas; oigo la voz melosa de aquellas criollas, ataviadas con graciosa ingenuidad de estatuas clásicas, el cabello suelto, los hombros desnudos, velados apenas por rebocillo de trasparente seda.

Almorcé en el «Hotel Cuahutemoc» que tiene por comedor fresco claustro de mármol, sombreado por toldos de lona, á los cuales la fuerte luz cenital, comunica ténue tinte dorado, de marinas velas. Los cínifes zumbaban en torno de un surtidor que gallardeaba al sol su airón de plata, y llovía, en menudas irisadas gotas, sobre el tazón de alabastro. En medio de aquel ambiente [117] encendido, bajo aquel cielo azul, donde la palmera abre su rumoroso parasol, la fresca música del agua, recordábame de un modo sensacional y remoto, las fatigas del desierto, y el deleitoso sestear en los oásis *oasis*.

Allí, en el comedor del Hotel, he visto por vez primera, una singular mujer, especie de Salambó, á quien sus criados indios, casi estoy por decir sus siervos, llamaban dulcemente la niña Chole. Almorzaba en una mesa próxima á la mía, con un inglés joven y buen mozo, al cual tuve por su marido. El contraste que ofrecía aquella pareja, era por demás extraño: él atlético, de ojos azules y rubio ceño, de mejillas bermejas y frente blanquísima; ella una belleza bronceada, exótica, con esa gracia extraña y ondulante de las razas nómadas; una figura hierática y serpentina, cuya contemplación evocaba el recuerdo de aquellas princesas hijas del sol, que en los poemas indios resplandecen [118] con el doble encanto sacerdotal y voluptuoso. Vestía, como todas las criollas yucatecas, albo hipil, recamado con sedas de colores -vestidura indígena semejante á una tunicela antigua- y zagalejo andaluz, que en aquellas tierras, ayer españolas, llaman todavía con el castizo y jacaresco nombre de fustán. El negro cabello, caíale suelto, el hipil jugaba sobre el clásico seno. Por desgracia, desde donde yo estaba, solamente podía verla el rostro aquellas raras veces que lo tornaba á mí: y la niña Chole, tenía esas bellas actitudes de ídolo; esa quietud estática y sagrada de la raza maya; raza tan antigua, tan noble, tan misteriosa, que parece haber emigrado del fondo de la india. Pero á cambio del rostro, desquitábame en lo que no alcanzaba á velar el rebocillo, admirando, como se merecía, la tornátil morbidez de los hombros, y el contorno del cuello. ¡Válgame [119] Dios! Parecíame que de aquel cuerpo, bruñido por el ardiente sol de Yucatán, se exhalaban lánguidos efluvios, y que yo los aspiraba, los bebía, que me embriagaba con ellos...

Un criado se acerca á levantar los manteles; la niña Chole se aleja sonriendo. Entonces, al verla de frente, el corazón me dió un vuelco. ¡Tenía la misma sonrisa de Lili! ¡aquella Lili no sé si amada, si aborrecida!...



Mientras el tren corría hacia Progreso, por dilatados llanos que empezaba á invadir la sombra, yo pensaba en la desconocida del «Hotel Cuahutemoc»; aquella Salambó de los palacios de Mixtla.

Verdaderamente la hora era propicia para tal linage *linaje* de memorias. El campo se hundía lentamente en el silencio amoroso y [120] lleno de suspiros de un atardecer ardiente; por las ventanillas abiertas, penetraba la brisa aromada y fecunda de los crepúsculos tropicales; la campiña toda se extremecía *estremecía*, cual si acercarse sintiese la hora de sus nupcias, y exhalaba de sus entrañas vírgenes, un vaho caliente de negra enamorada, potente y deseosa. Aquí y allá, en la falda de las colinas, y en lo hondo de los valles inmensos, se divisaban algunos jacales que entre vallados de enormes cactus, asomaban sus agudas techumbres de cáñamo gris medio podrido. Mujeres de tez cobriza y mirar dulce salían á los umbrales, é indiferentes y silenciosas, contemplaban el tren que pasaba silbando y estremeciendo la tierra. La actitud de aquellas figuras broncíneas revelaba esa tristeza trasmitida, vetusta, de las razas vencidas. Su rostro era humilde y simpático, con dientes muy blancos, y grandes ojos negros, selváticos, [121] poderosos y velados. Parecían nacidas para vivir eternamente en los aduares, y, descansar al pie de las palmeras y de los ahuehuetles.

El calor era insoportable. El tren, que traza curvas rapidísimas, recorría extensas llanuras de tierra caliente; plantíos que no acaban nunca, de henequen *henequén* y caña dulce. En la línea del horizonte se perfilaban las colinas de configuración volcánica, montecillos chatos, revestidos de maleza espesa y verdinegra. En la llanura los chaparros tendían sus ramas formando una á modo de sombrilla gigantesca, á cuya sombra, algunos indios, vestidos con zaragüelles de lienzo, devoraban la miserable ración de tamales. En el coche las conversaciones hacíanse cada vez más raras. Se cerraron algunas ventanillas, se abrieron otras; pasó el revisor pidiendo los billetes; apeáronse en una estación de nombre indio, los últimos [122] viajeros, y todo fué silencio en el vagón. Adormecido por el ajetreo, el calor y el polvo, soñé como un árabe que imaginase haber traspasado los umbrales del paraíso. ¿Necesitaré decir, que las siete huríes con que me regaló el profeta, eran siete yucatecas vestidas de fustán é hipil, y que todas siete tenían la sonrisa de Lili, y el mirar de la niña Chole? ¡Verdaderamente, aquella desconocida empezaba á preocuparme demasiado! Estoy seguro, que acabaría por enamorarme locamente de sus lindos ojos si tuviese la desgracia de volver á verlos; pero afortunadamente, las mujeres que así tan súbito nos cautivan suelen no aparecerse más que una vez en la vida. Pasan como sombras, envueltas en el misterio de un crepúsculo ideal. Si volviesen á pasar, quizá desvaneceríase el encanto. ¿Y á qué volver? si una mirada suya basta á comunicarnos todas las secretas melancolías del amor...

[123] Bien puede presumirse que no me detuve entonces á analizar mis sensaciones. Recuerdo vagamente haberme sorprendido murmurando dos estrofas de cierta canción americana, que Nieves Agar, la amiga querida de mi madre, me enseñaba hace muchos años, allá en tiempos que yo era rubio como un tesoro, y solía dormirme en el regazo de las señoras que iban á mi casa de tertulia. Esta afición á dormir en un regazo femenino, la conservo todavía. ¡Pobre Nieves Agar, cuantas veces me has mecido en tus rodillas al compás de aquel danzón criollo:



   Al par que en la falda, reposa una mano,
Con la otra abanicas el rostro gentil,
Arrulla la hamaca, y el cuerpo liviano,
Dibuja entre mallas, tu airoso perfil.

   Son griegas tus formas, tu tez africana,
Tus ojos hebreos, tu acento español,
La arena tu alfombra, la palma tu hermana,
Te hicieron morena, los besos del sol.



[124] ¡Oh! románticos enamoramientos ¡pobres hijos del ideal! nacidos durante algunas horas de ferrocarril, ó en torno de la mesa de una fonda; ¿quién ha llegado á viejo, y no ha sentido extremecerse *estremecerse* el corazón, á la caricia de vuestra ala blanca? -¡Yo guardo en el alma tantos de estos amores! Aun hoy, con la cabeza llena de canas, viejo prematuro, no puedo recordar sin melancolía, un rostro de mujer, entrevisto cierta madrugada, entre Cádiz y Sevilla, á cuya Universidad me enviaba mi padre; una figura de ensueño, pálida y suspirante, que flota en lo pasado, y esparce sobre todos mis recuerdos de adolescente, el perfume ideal de esas flores secas, que, entre cartas y rizos, guardan los enamorados, y, en el fondo de algun *algún* cofrecillo, parecen exhalar el cándido secreto de los primeros amores. -Los ojos de la niña Chole, habían removido en mi alma tan lejanas memorias! [125] ténues *tenues* como fantasmas; blancas como bañadas por luz de luna. Aquella sonrisa, evocadora de la sonrisa de Lili, había encendido en mi sangre tumultuosos deseos, y en mi espíritu ansia vaga de amar. Rejuvenecido y feliz, con cierta felicidad melancólica, suspiraba por los amores ya vividos, al mismo tiempo que me embriagaba con el perfume de aquellas rosas abrileñas, que tornaban á engalanar el viejo tronco. El corazón, tanto tiempo muerto, sentía con la ola de savia juvenil que lo inundaba nuevamente, la nostalgia de viejas sensaciones: sumergíase en la niebla del pasado, y saboreaba el placer de los recuerdos, -placer de moribundo que amó mucho, y en formas muy diversas. -¡Ay! era delicioso, aquel delicado temblorcillo que la imaginación excitada comunicaba á los nervios!...

Y en tanto la noche detendía por la gran llanura, su sombra llena de promesas apasionadas; [126] un vago olor marino, olor de algas y brea, mezclábase por veces al mareante de la campiña; y allá muy lejos, en el fondo obscuro del horizonte, se divisaba el resplandor rojizo de la selva, que ardía... La naturaleza lujuriosa y salvaje, aun palpitante del calor de la tarde, semejaba dormir el sueño profundo y jadeante de una fiera fecundada. En aquellas tinieblas pobladas de susurros misteriosos nupciales, y de moscas de luz que danzan, entre las altas hierbas, raudas y quiméricas, parecíame respirar una esencia suave, deliciosa, divina: la esencia que la primavera vierte, al nacer, en el cáliz de las flores, y en los corazones.



La locomotora silba, ruge, jadea, retrocede. Por las válvulas abiertas escápase la vida del mónstruo *monstruo*, con estertor entrecortado [127] y asmático. Henos ya en Progreso. Un indio ensabanado abre la portezuela del coche, y asoma la obscura cabeza.

-¿No tiene mi amito alguna cosita que llevá?...

De un salto estoy en el andén.

-Nada, nada...

El indio hace ademán de alejarse.

-¿Ni precisa que le guíe, niño?

-No preciso nada.

Mal contento y musitando, embózase mejor con la sábana que le sirve de clámide, y se va...

Eramos tan pocos los viajeros que en el tren veníamos, que la puerta de la estación hallábase desierta. Vime, pues, fuera sin apreturas ni trabajos, y al darme en rostro la brisa del mar avizoréme, pensando si el vapor habría zarpado. En estas dudas iba camino de la playa, cuando la [128] voz mansa y humilde del maya, llega nuevamente á mi oído:


   -Cuatro por medio
Y echo por un real,
Mirando que el tiempo
Está tan fatal.



Vuelvo la cabeza, y le descubro á pocos pasos. Venía á la carrera, y cantaba, pregonando las golosinas alineadas en una banasta que llevaba bajo el brazo.


   -¡Mi alma los aljafores *alfajores*!
Para pobre y para ríco *rico*,
De leche de mantequilla:
Las traigo de á medio,
Y también de á cuartilla.



En este tiempo me dió alcance, y murmuró emparejándose:

-¿De verdad, niño, no me lleva un realito de gelatinas, de alfajores, de charamuscas? ¡Andele mi jefe, un realito!

[129] El hombre empieza á cansarme y me resuelvo á no contestarle. Esto sin duda le anima, porque sigue renuente acosándome buen rato de camino. Calla un momento, y luego en tono misterioso añade:

-¿No quiere que le lleve junto á una chinita mi jefe?... Una tapatía de quinse año ¡muy chula! que vive aquí merito. Andele niño verá bailar el jarabe. Todavía no hase un mes que la perdió el amo del ranchito de Huaxila, niño Nacho ¿no sabe?...

De pronto se interrumpe, y con un salto de salvaje, plántaseme delante, en ánimo y actitud de cerrarme el paso: encorvado, la banasta en una mano, á guisa de broquel, la otra echada fieramente atrás, armada de una faca ancha y reluciente, ¡siniestramente reluciente! Confieso que me sobrecogí. El paraje era apropósito para tal linage *linaje* de asechanzas: médanos pantanosos cercados de negros charcos donde [130] se reflejaba la luna; y allá lejos, una barraca de siniestro aspecto, cuyos resquicios iluminaba la luz de dentro. Quizá me dejo robar entonces, si llega á ser menos cortés el ladrón, y me habla torvo y amenazante, jurando arrancarme las entrañas, y prometiendo beberse toda mi sangre. Pero en vez de la intimación breve é imperiosa que esperaba, le escucho murar con su eterna voz de esclavo:

-No se llegue mi amito, que puede clavarse!...

Oirle y recobrarme, fué obra de un instante. El indio ya se recogía, como un gato montés, dispuesto á saltar sobre mí. Parecióme sentir en la médula el frío del acero; tuve horror á morir apuñalado; y de pronto me sentí fuerte y valeroso. Con ligero extremecimiento *estremecimiento* en la voz, grité al truhan adelantando un paso apercibido á resistirle:

[131] -¡Andando ó te dejo seco!

El indio no se movió. Su voz de siervo parecióme llena de ironía.

-No se arrugue valedor!... Si quiere pasar, ahí merito, sobre esa piedra, arrié la plata: ándele luego, luego.

Otra vez volví á tener miedo; así y todo murmuré entre dientes:

-¡Ahora vamos á verlo, bandido!

No tenía armas; pero en Mérida, á una india joven que vendía pieles de jaguar, cocos delicadamente esculpidos, idolillos marinos, y que sé yo cuantas cosas raras y exóticas, había tenido el capricho de comprarle un bastón de ébano que me encantó por la rareza de sus labores. Téngolo sobre la mesa mientras escribo: parece el cetro de un rey negro -¡tan oriental, y al mismo tiempo tan ingenua y primitiva, es la fantasía con que está labrado! -Me afirmé los quevedos, requerí el palo, y con gentil compás [132] de pies, como diría un bravo de há dos siglos adelanté hacia el ladrón que dió un salto, procurando herirme de soslayo. Por ventura mía, la luna dábale de lleno, y advertí el ataque en sazón de evitarlo. Recuerdo confusamente, que intenté un desarme con amago á la cabeza y golpe al brazo, y que el indio lo evitó jugándome la luz con destreza de salvaje. Despues *Después* no sé. Sólo conservo una impresion *impresión* angustiosa como de pasadilla *pesadilla*. El médano iluminado por la luna; la arena negra y movediza, donde se entierran los pies; el brazo que se cansa; la vista que se turba; el indio que desaparece, vuelve, me acosa, se encorva y salta con furia fantástica de gato embrujado y macabro; y cuando el palo va á desprenderse de mi mano, un bulto que huye, y el brillo de la faca que pasa sobre mi cabeza, y queda temblando, como víbora de plata, clavada en el árbol negro y retorcido [133] de una cruz hecha de dos troncos chamuscados...

Quedéme un momento azorado, y sin darme cuenta cabal del suceso. Como á través de niebla muy espesa, vi abrirse sigilosamente la puerta de la barraca, y salir dos hombres á catear la playa. Recelé algún encuentro como el pasado, y tomé á buen paso camino del muelle: llegué á punto que largaba un bote del «Dalila» donde iban el Segundo de abordo y el doctor: gritéles, me conocieron, y mandaron virar para recogerme. Ya con el pie sobre la borda exclamé:

-¡Buen susto!...

A contar iba la aventura con el indio, cuando sin saber por qué, cambié de propósito; y me limité á decir:

-¡Buen susto á fe! Creí que el vapor habría zarpado!...

Y el Segundo, que era brusco, como buen [134] escocés, tornando á colocar la caña del timón, repuso en mal español y sin volverse:

-Hasta mañana á la noche...

Arrastró una alfombrilla, y doblando el cuerpo, como el ginete *jinete* que quiere dar ayudas al caballo, gritó:

-¡Avante!

Seis remos cayeron en el mar, y el bote arrancó como una flecha.



Llegado que fuí al vapor, recogíme á mi camarote, y, como estuviese muy fatigado, me acosté en seguida. Cátate que no bien apago la luz, empiezan á removerse las víboras mal dormidas del deseo que desde todo el día, llevaba enroscadas al corazón, apercibidas á morderle. Al mismo tiempo, sentíame invadido por una gran melancolía, llena de confusión y de misterio, [135] la melancolía del sexo, germen de la gran tristeza humana. El recuerdo de la niña Chole, perseguíame con mariposeo ingrávido y terco. Su belleza índica, y aquel encanto sacerdotal, aquella gracia serpentina; y el mirar sibilino, y las caderas ondulosas, la sonrisa inquietante, los pies de niña, los hombros desnudos, todo cuanto la mente adivinaba, cuanto los ojos vieran, todo, todo era hoguera voraz en que mi carne ardía. Me figuraba que las formas juveniles y gloriosas de aquella Venus de bronce florecían entre céfiros, y que veladas primero se entreabrían turgentes, frescas, lujuriosas, fragantes, como rosas de Alejandría en los jardines de tierra caliente. Y era tal el poder sugestivo del recuerdo, que, en algunos momentos, creí respirar el perfume voluptuoso, que, al andar, esparcía su falda, con ondulaciones suaves.

Poco á poco, cerróme los ojos la fatiga, [136] y el arrullo monótono y regular del agua, acabó de sumirme en un sueño amoroso, febril é inquieto, representación y símbolo de mi vida. Despertéme al amanecer con los nervios vibrantes, cual si hubiese pasado la noche en un invernadero entre plantas exóticas, de aromas raros, afroditas y penetrantes. Sobre mi cabeza sonaban voces confusas y blando pataleo de pies descalzos, todo ello acompañado de mucho chapoteo y tragin *trajín*. Empezaba la faena del baldeo. Me levanté y subí al puente. Héme ya respirando la ventolina que huele á brea y algas. En aquella hora el calor es deleitante. Percíbense en el aire estremecimientos voluptuosos; el horizonte ríe bajo un hermoso sol; ráfagas venidas de las selvas vírgenes, tibias y acariciadoras como alientos de mujeres ardientes, juegan en las jarcias, y penetra, y enlanguidece el alma, el perfume que se eleva del oleaje [137] casi muerto. Dijérase que el dilatado golfo mexicano, sentía en sus verdosas profundidades, la pereza de aquel amanecer cargado de pólenes misteriosos y fecundos, como si fuese el serrallo del Universo.

Envuelto en el rosado vapor que la claridad del alba extendía sobre el mar azul adelantaba un esquife. ¡Y era tan esbelto, ligero y blanco, que la clásica comparación con la gaviota y con el cisne veníale de perlas! En las bancas traía hasta seis remeros. Bajo un palio de lona levantado á popa se guarecían del sol dos bultos vestidos de blanco. Cuando el esquife tocó la escalera del «Dalila», ya estaba yo allí, en confusa espera de no sé que gran ventura. Una mujer venía sentada al timón. El toldo solamente me deja ver el borde de la falda, y los pies de reina calzados con chapines de raso blanco, pero mi alma la adivina. ¡Es ella! ¡la niña Chole! ¡la Salambó [138] de los palacios de Mixtla!... Sí, era ella, más gentil que nunca, con su blusa de marinero, y la gorrilla de soslayo. Héla en pie sobre una de las bancas, apoyada en los hercúleos hombros de su marido, aquel inglés que la acompañaba en Mérida; el labio abultado y rojo de la yucateca sonríe con la gracia inquietante de una egipcia, de una turania; sus ojos, envueltos en la sombra de las pestañas, tienen algo de misterioso, de quimérico y lejano, algo que hace recordar las antiguas y nobles razas que en remotas edades, fundaron grandes imperios en los países del sol... El esquife cabecea al costado del vapor. La criolla, entre asustada y divertida se agarra á los blondos cabellos del gigante, que impensadamente la toma al vuelo, y se lanza con ella á la escala. Los dos ríen envueltos en un salsero que les moja la cara. Ya sobre cubierta, el inglés la deja sola un momento, [139] y se aparta secreteando con el contramaestre.

Yo gano la cámara por donde necesariamente han de pasar. Nunca el corazón me latiera con más violencia. Recuerdo perfectamente que el gran salón estaba desierto y un poco obscuro; las luces del amanecer cabrilleaban en los cristales. Tomé una revista inglesa que estaba sobre el piano, y me situé en la puerta aparentando leer:

Pasa un momento. Oigo voces y gorjeos; un rayo de sol más juguetón, más vivo, más alegre, ilumina la cámara, y en el fondo de los espejos se refleja la imágen *imagen* de la niña Chole. Magestuosa *Majestuosa* y altiva se acercaba con lentitud, dando órdenes á una india joven que escuchaba con los ojos bajos, y respondía en lengua yucateca, esa vieja lengua que tiene la dulzura del italiano y la ingenuidad pintoresca de los idiomas primitivos. Yo me hice vivamente á un [140] lado plegando el periódico. Ella pasó. Creo que me miró un momento como queriendo hacer memoria, y que su boca fresca y sana, insinuó una sonrisa. ¡Aquella sonrisa conque me enloquecía Lili!



La esperanza de ver en alguna parte á la yucateca, trájome toda la mañana avizorado y errabundo: fué vana esperanza. En cambio su marido no cesó de pasearse á lo largo del puente. Visto con espacio, parecióme un hombre recio y altivo: peinábase como el príncipe de Gales, y no usaba barba ni bigote: tenía los ojos de un azul descolorido y neutro; y al mirar entornaba los párpados. Sin duda alguna, presumía de aristócrata. Recorría el puente á grandes trancos, con los brazos caídos, y una pipa corta entre los dientes: á veces se detenía [141] para echar tabaco ó escupir en el mar. En toda la mañana, no le vi sonreirse ni hablar con nadie.

A las diez, una campana anunció el almuerzo. Bajé á mi camarote, y me peiné con más cuidado y detenimiento que suelo: enseguida pasé al comedor. Aunque no bajarían de cien las personas que se sentaban entorno de aquellas dos largas mesas cubiertas por blanquísimos manteles, y adornadas de flores como para un festin *festín*, ni el murmullo de una conversación se escuchaba. Reinaba allí un silencio de iglesia, sólo turbado por el ruído *ruido* de los tenedores, y las tácitas pisadas de los camareros que con el pecho echado fuera de sus fraques, daban vueltas por detrás de los comensales. Todos aquellos criados eran buenos mozos, rubios y patilludos, como príncipes alemanes. Tomé asiento; y mis ojos buscaron á la niña Chole. Allí estaba, al otro extremo [142] de la mesa, sonriendo á un señorón yankée con cuello de toro, y grandes barbazas rojas, barbas de banquero, que caían llenas de gravedad sobre los brillantes de la pechera. Al mismo tiempo reparé que el blondo gigante miraba á su mujer y sonreía también. ¡Cuánto me preocupó aquella sonrisa, tan extraña, tan enigmática en labios de un marido! Ella volvió la cabeza, hizo un gesto imperceptible, y sus ojos, sus hermosos ojos de mirar hipnótico y sagrado, continuaron acariciando al banquero. Tuve tan vivo impulso de celos y de ira, que me sentí palidecer. Despechado arrojé la servilleta sobre el plato y dejé la mesa. No comprendía que un marido tolerase tal. ¿De qué estofa era aquel coloso que dejaba á su mujer el libre ejercicio de los ojos? ¡y de unos ojos tan lindos!...

Desde la puerta volvíme para lanzarles una mirada de desprecio. ¡Oh! si á tener [143] llego entonces el poder del basilisco, allí se quedan hechos polvo. No lo tenía, y el señorón yankée pudo seguir acariciándose las barbazas color de buey; y resoplar dentro de su chaleco blanco, poniendo en conmoción los diges *dijes* de una gran cadena, que, tendida de bolsillo á bolsillo, le ceñía la panza; y ella, la Salambó de los palacios de Mixtla, pudo dirigirle aquella sonrisa de reina indulgente que yo había visto y amado en otros labios!...



Tres días después, ¡días tediosos é interminables, durante los cuales no salió de su camarote la yucateca! dió fondo el «Dalila» en las aguas de la Villa Rica de la Veracruz.

Presa el alma de religiosa emoción, contemplé la abrasada playa, donde desembarcaron [144] antes que pueblo alguno de la vieja Europa, los aventureros españoles, hijos de Alarico el bárbaro y de Tarik el moro. Vi la ciudad que fundaron, y á la que dieron abolengo de valentía, espejarse en el mar quieto y de plomo, como si mirase fascinada la ruta que trajeron los hombres blancos: á un lado, sobre desierto islote de granito, baña sus pies en las olas, el castillo de San Juan de Ulúa, sombra romántica que evocaba un pasado feudal que allí no hubo, y á los lejos, la cordillera del Orizaba, blanca como la cabeza de un abuelo, dibújase con indecisión fantástica sobre un cielo clásico, un cielo de azul tan límpido y tan profundo como el cielo de Grecia. Y recordé lecturas casi olvidadas que, niño aún, me habían hecho soñar con aquella tierra hija del sol, narraciones medio históricas, medio novelescas, en que siempre se dibujaban hombres de tez cobriza, [145] tristes y silenciosos, como cumple á los héroes vencidos, y selvas vírgenes, pobladas de pájaros de brillante plumaje, y mujeres como la niña Chole, ardientes y morenas, símbolo de la pasión, que dijo el poeta. La imaginación exaltada me fingía al aventurero extremeño poniendo fuego á sus naves, y á sus hombres esparcidos por la arena, atisbándole de través, los mostachos enhiestos al antiguo uso marcial, y sombríos los rostros varoniles, curtidos y con patina, como las figuras de los cuadros muy viejos. Y como no es posible renunciar á la patria, yo, español, sentía el corazón henchido de entusiasmo, y poblada de visiones gloriosas la mente, y la memoria llena de recuerdos históricos. ¡Era verdad que iba á desembarcar en aquella playa sagrada! Obscuro aventurero, sin paz y sin hogar, siguiendo los impulsos de una vida errante, iba á perderme, quizá para [146] siempre, en la vastedad de viejo imperio azteca, imperio de historia desconocida, sepultada para siempre con las momias de sus reyes, pero cuyos restos ciclópeos, que hablan de civilizaciones, de cultos y de razas que fueron, sólo tienen par en ese misterioso cuanto remoto oriente.

¡Oh! ¡Cuán bellos son esos países tropicales! El que una vez los ha visto, no los olvidará jamás. Aquella calma azul del mar y del cielo; aquel sol, que ciega y quema; aquella brisa cargada de todos los aromas de la «tierra caliente» como ciertas queridas muy amadas, dejan en la carne, en los sentidos, en el alma, reminiscencias tan voluptuosas, que el deseo de hacerlas revivir, sólo se apaga en la vejez. Mi pensamiento rejuvenece hoy, recordando la inmensa extensión plateada de ese Golfo mexicano, que no he vuelto á surcar. Por mi memoria desfilan las torres de Veracruz; los bosques [147] de Campeche; las arenas de Yucatán; los palacios de Palenque; las palmeras de Tuxpan y Laguna... ¡Y siempre, siempre unido al recuerdo de aquel hermoso país lejano, el recuerdo de la niña Chole, tal corno la vi por vez primera, suelto el cabello, y vestido el blanco hipil de las antiguas sacerdotizas *sacerdotisas* mayas!...

Apenas anclamos, sale en tropel de la playa una gentil flotilla compuesta de esquifes y canoas. Desde muy lejos, se oye el son monotono *monótono* del remo. Centenares de cabezas asoman sobre la borda del «Dalila», y abigarrada muchedumbre hormiguea, se agita y se desata en el entrepuente. Háblase á gritos el español, el inglés, el chino. Los pasajeros hacen señas á los barqueros indios para que se aproximen: ajustan, disputan, regatean, y al cabo; como rosario que se desgrana, van cayendo en el fondo de las canoas que rodean la [148] escalera, y esperan ya con los remos armados. La flotilla se dispersa. Todavía á larga distancia vese una diminuta figura, moverse y gesticular como polichinela, y se oyen sus voces que destaca y agranda, la quietud solemne de aquellas regiones abrasadas. Ni una sola cabeza se ha vuelto hacia el vapor, para mandarle un adios *adiós* de despedida. Allá van, sin otro deseo que tocar cuanto antes la orilla. Son los conquistadores del oro.

La noche se avecina. En esta hora del crepúsculo, el deseo ardiente que la niña Chole me produce, se aquilata y purifica, hasta convertirse en ansia vaga de amor ideal y poético. Todo obscurece lentamente: gime la brisa; riela la luna; el cielo azul turquí se torna negro, de un negro solemne, donde las estrellas adquieren una limpidez profunda.

Es la noche americana de los poetas.

[149] Acababa de bajar á mi camarote, y hallábame tendido en la litera fumando una pipa, y quizá soñando con la niña Chole, cuando se abre la puerta y veo aparecer á Julio César, -un rapazuelo mulato que el año anterior habíame regalado en Jamaica cierto aventurero portugués que, andando el tiempo, llegó á general y ministro en la República Dominicana. -Julio César se detiene en la puerta, bajo el pabellón que forman las cortinas.

-Mi amito! Abordo viene un moreno que mata lo tiburone en el agua, con el trinchete. ¡Suba, mi amito, no se dilate!...

Y desaparece velozmente, como esos etíopes, carceleros de princesas, en los castillos encantados. Yo espoleado por la curiosidad salgo tras él. Héme en el puente, [150] que ilumina la plácida claridad del plenilunio. Un negro colosal, con el trage *traje* de tela chorreando agua, se sacude como un gorila, en medio del corro que á su rededor han formado los pasageros *pasajeros*, y sonríe, mostrando sus blancos dientes de animal familiar. A pocos pasos, dos marineros encorvados sobre la borda de estribor, halan un tiburón medio degollado, que se balancea fuera del agua, al costado del «Dalila». Mas he ahí, que de pronto rompe el cable, y el enorme cetáceo desaparece en medio de un remolino de espumas. El negrazo musita apretando los labios elefanciacos:

-¡Pendejos!

Y se va, dejando, como un rastro, en la cubierta del navío, las huellas húmedas de sus pies descalzos. Una voz femenil le grita desde lejos:

-¡Che! moreno!...

-¡Voy horita, niña!... No me dilato.

[151] La forma de una mujer blanquea en el negro fondo de la puerta de la cámara. ¡No hay duda, es ella! ¿Pero cómo no la he adivinado? ¿Qué hacías tú, corazón burgués, corazón prosáico *prosaico*, que no me anunciabas su presencia? ¡Oh! ¡con cuanto gusto hubiérate entonces puesto bajo sus lindos pies para castigo!

El marinero se acerca.

-¿Mandaba alguna cosa la niña Chole?

-Quiero verte matar un tiburón.

El negro sonríe, con esa sonrisa blanca, de los salvajes, y pronuncia lentamente, sin apartar los ojos de las olas, que argenta la luna:

-No puede ser, mi amita: se ha juntado una punta de tiburones ¿sabe?

-¿Y tienes miedo?

-¡Qué vá!... Aunque fácilmente, como la sazón está peligrosa... Vea su merced no más...

[152] La niña Chole no le dejó concluir.

-¿Cuánto te han dado esos señores?

-Veinte tostone: dos centine, sabe?

Oyó la respuesta el contramaestre, que pasaba ordenando una maniobra, y con esa concisión ruda y franca de los marinos curtidos, sin apartar el pito de los labios ni volver la cabeza, apuntóle.

-Cuatro monedas y no seas guaje!...

El negro pareció dudar. Asomóse al barandal de estribor y observó un instante el fondo del mar donde temblaban amortiguadas las estrellas. Veíanse cruzar argentados y fantásticos peces que dejaban tras sí, estela de fosforecentes chispas y desaparecían confundidos en los rieles de la luna mientras en la zona de sombra que sobre el azul de las olas proyectaba el costado del «Dalila», esbozábase la informe mancha de una cuadrilla de tiburones. El marinero se apartó reflexionando. Todavía [153] volvióse una ó dos veces á mirar las dormidas olas, como penetrado de la queja que lanzaban en el silencio de la noche. Picó un cigarro con las uñas, y se acercó á la criolla.

-Cuatro centenes ¿le apetece á mi amita?

La niña Chole, con ese desdén patricio que las americanas opulentas sienten por los negros, volvió á él su hermosa cabeza de reina india; y en tono tal, que las palabras parecían dormirse cargadas de tedio en el borde de los labios murmuró:

-¿Acabarás?... ¡Sean los cuatro centenes!...

Los labios hidrópicos del negro, esbozazaron *esbozaron* una sonrisa de ogro avaro y sensual: seguidamente, despojóse de la camiseta, desenvainó el cuchillo que llevaba en la cintura, y como un perro de Terranova tomóle entre los dientes, y se encaramó, [154] sobre la borda. El agua del mar relucía aún en aquel torso desnudo, que parecía de barnizado ébano. Inclinóse el negrazo sondando con los ojos el abismo, y luego se volvió á mi.

-¿No me dá su mersé alguna cosita, para hase subir esos guachinango?

Dile yo, por no tener otra cosa á mano, mi gorra de viage *viaje*, que él cuidó de ahuecar, á fin de que nadase; y cuando los tiburones salieron á la superficie, le vi erguirse negro y mitológico sobre el barandal que iluminaba la luna; y con los brazos extendidos, echarse de cabeza, y desaparecer buceando. Tripulación y pasajeros, cuantos se hallaban sobre la cubierta del «Dalila» agolpáronse á las bordas. Sumiéronse los tiburones en busca del negro; y todas las miradas quedaron fijas en un remolino de espumas que no tuvo tiempo á borrarse, porque casi incontinenti, una mancha de burbujas rojas [155] coloreó el mar; y en medio de los hurras de la marinería, y el vigoroso aplaudir de las manos coloradotas y burguesas de los yankées, salió á flote la testa chata y lanuda del marinero, quien nadaba, ayudándose de un sólo brazo, mientras con el otro sostenía entre aguas un tiburón degollado por la garganta donde aún traía clavado el cuchillo. Tratóse en tropel de izar al negro; arrojáronse cuerdas, ya para el caso prevenidas, y cuando levantaba medio cuerpo fuera del agua, rasgó el aire un alarido horrible, y le vimos abrir los brazos, y desaparecer, sorbido por los tiburones...

No tuviera yo lugar á recobrarme, cuando sonó á mi espalda, una voz que decía en inglés:

-Sir, présteme usted cuatro libras.

Al mismo tiempo, alguien tocó suavemente en mi hombro. Volví la cabeza y halléme con la niña Chole. Vagaba cual [156] siempre por su labio inquietante sonrisa; y abría y cerraba velozmente una de sus manos, en cuya palma, vi lucir varias monedas de oro. Rogóme con cierto misterio que la dejase sitio; y, doblándose sobre la borda, arrojólas al oceano *oceáno* lo más lejos que pudo. Enseguida, volvióse á mi con gentil escorzo de todo el busto.

-¡Ya tiene para el flete de Carón!...

Yo debía estar pálido como la muerte; pero como ella fijaba en mi sus hermosos ojos y sonreía; vencióme el encanto de los sentidos, y mis labios aún trémulos pagaron aquella sonrisa cínica, con la risa humilde del esclavo, que aprueba cuanto hace su señor. La irónica crueldad de la criolla me horrorizaba y me atraía: nunca como entonces me pareciera tentadora y bella. Del mar obscuro y misterioso subían murmullos y aromas, á que el blanco lunar prestaba no sé que rara voluptuosidad. La trágica muerte [157] de aquel coloso negro; el mudo espanto que se pintaba aún en todos los rostros; un violin *violín* que lloraba en el gran salón, todo en aquella noche, bajo aquella luna, era para mi objeto de voluptuosidad depravada y sutil...

Alejóse la yucateca, con ese andar rítmico y ondulante que recuerda al tigre; y al desaparecer, una duda cruel mordióme el corazón. Hasta entonces no había reparado que á mi lado, casi hombro con hombro, estaba el judío yankée, de la barba roja y perjura. ¿Sería á él á quien mirasen los ojos de la Salambó de Mixtla; aquellos ojos, en cuyo fondo parecía dormir el enigma de algún antiguo culto licencioso, cruel y diabólico?...

¡De cualquier suerte que fuese yo no debía verlos más!

Al día siguiente, con las primeras luces del alba desembarqué en Veracruz. Tuve [158] miedo de aquella sonrisa, la sonrisa de Lili, que ahora se me aparecía en boca de otra mujer. Tuve miedo de aquellos labios, los labios de Lili, frescos, rojos y fragantes como las cerezas de nuestro huerto, que ella gustaba de ofrecerme en ellos. ¡Ay! Aun cuando el corazón tenga veinte años, si el pobrecillo es liberal; y dió hospedage *hospedaje* al amor más de una y de dos veces; y gustó sus contadas alegrías, y sus innumerables tristezas, no pueden menos de causarle temblores, miradas y sonrisas, cuando los ojos y los labios que las prodigan son como los de la niña Chole. ¡Yo he temblado entonces, y temblaría hoy que la nieve de tantos inviernos, cayó sin deshelarse sobre mi cabeza!...



Paris, Abril de 1893.




La Generala

[161] Cuando el general D. Miguel Rojas hizo el disparate de casarse, ya debía pasar mucho de los sesenta. Era un veterano muy simpático, con grandes mostachos blancos, un poco tostados por el cigarro; alto, enjuto y bien parecido, aun cuando se encorbaba *encorvaba* un tanto al peso de los años. Crecidas y espesas tenía las cejas; garzos y hundidos los ojos; cetrina y arrugada la tez, y cana casi que del todo la escasa guedeja que peinaba con sin igual arte para [162] encubrir la calva. La expresión amable de aquella hermosa figura de veterano atraía amorosamente. La gravedad de su mirar, no exento de placidez; el reposo de sus movimientos; la nieve de sus canas, en suma, toda su persona, estaba dotada de un carácter marcial y aristocrático que se imponía en forma de amistad franca y noble. Su cabeza de santo guerrero, parecía desprendida de algún antiguo retablo. Tal era en fin en rostro y talle el santo varón que dió su nombre á Currita Jimeno, la hija menor de los condes de Casa Jimeno.

Currita era una muchacha delgada, morena, muy elegante, muy alegre, muy nerviosa; rompía los abanicos, desgarraba los pañuelos, con sus dientes blancos y menudos, de gatita de leche, insultaba á las gentes... ¡Oh! aquello no era mujer, era un manojo de nervios, como decía su mamá; los amigos decían algo más duro y la habían [163] puesto «mona inquieta». Nadie al verla, creería que aquel elegante diablillo, se hubiese educado entre rejas, sin sol y sin aire, obligada á rezar siete rosarios cada día, oyendo misas desde el amanecer, y durmiéndose en los maitines con las rodillas doloridas, y la tocada cabecita apoyada en las rejas del coro. No parecía, en verdad, haber pasado diez años de educanda al lado de una tía suya, encopetada abadesa de un convento de nobles, allá en el riñón de Castilla la Nueva.

Cuando los condes fueron por Currita, para sacarla definitivamente de aquel encierro y presentarla al mundo, la muchacha creyó volverse loca. Llenó de flores el altar de santa Rita tutelar del convento y fundadora de la orden- casualmente acababa de hacerle una novena pidiéndole aquello mismo, y la santa ¡tan buena! que se lo concedía sin hacerla esperar más [164] tiempo. No bien llegó la parentela, Currita se lanzó fuera del locutorio, gritando alegremente, sin curarse de las «madres» que se quedaban llorando la partida de su «periquito».

¡Viva Santa Rita!

Y se arrancó la toca, descubriendo la cabeza pelona, que le daba cierto aspecto de muchacho; acrecentado por la esbelted *esbeltez*, un tanto macabra, de sus catorce años.

Este amor á la libertad, tan desenfadadamente expresado con el viva dado á la Santa de Cásia *Casia*, lo conservó Currita hasta la muerte. Mientras los hombres de la República pasaban á la Monarquía, ella, lanzando carcajadas y diciendo donaires picarescos caminaba resuelta hacia la demagogia, ¡pero qué demagogia la suya! llena de paradojas y de atrevimientos inconcebibles; elaborada en una cabecita inquieta y parlanchina, donde apenas se asentaba un [165] cerebro de colibrí pintoresco y brillante borracho de sol y de alegría. Era desarreglada y genial como un bohemio; tenía supersticiones de gitana ¡y unas ideas sobre la emancipación femenina! ¡válganos Dios! Si no fuese porque salían de aquellos labios que derramaban la sal y la gracia como gotas de agua los botijos moriscos, sería cosa de echarse á temblar, y vivir en triste soltería, esperando el fin del mundo.

Pero ya se sabe que los militares españoles son los más valientes del orbe. Currita y el general Rojas se casaron, y desde aquel día la muchacha cambió completamente, y cobró unos ademanes tan señoriles y severos que parecía toda una señora generala. Bastaba verla, para comprender que no había salido de la clase de tropa; llevaba los tres entorchados como la gente de colegio. Los que al leer en «La Epoca» el notición de aquella boda, habían [166] exclamado: ¡Pobre Don Miguel! casi estuvieron por achacar á milagro la mudanza de la niña de Casa Jimeno. La verdad es que fácil explicación no tenía, y como la condesa se comía los santos, y la tía abadesa estaba en olor de santidad ¡velay!



Tenía por ayudante el general á cierto ahijado suyo, recien *recién* salido de un colegio militar. Era un caballerete de miembros delicados, y no muy cumplido de estatura: pareciera un niño, á no desmentir la presunción el bozo que se picaba de bigote, y el pliegue á veces enérgico y á veces severo de su rubio entrecejo de damisela. Este tal, llegó á ser comensal casi diario en la mesa de Don Miguel Rojas. La cosa pasó de un modo algo raro. Currita no dejaba fumar á su marido; decía, haciendo aspavientos, [167] que el cigarro irritaba el catarro crónico que padecía el buen señor; únicamente cuando había convidados, se humanizaba la generala. Habíase vuelto tan cortés desde que entrara en la milicia, que, naturalmente, deponía parte de su enojo, y la furibunda oposición de cuando comía á solas con su marido, reducíase á un gracioso gestecillo de enfado. Sonreíase socarronamente Don Miguel, y como no podía pasarse sin humear un habano, después del café, concluyó por invitar todos los días á su ayudante.

Currita, que en un principio había tenido al oficialito por un quidam *quídam* era su frase predilecta- acabó por descubrir en él tan soberbias prendas, y le cayó tan en gracia el muchacho, que, últimamente, no se sabía si era ayudante de órdenes de Don Miguel ó de la dama; á todas partes la acompañaba, de día y de noche, y hasta una vez, [168] llegó la generala á imponerle un arresto, según ella misma contaba riendo á sus amigas.



Una tarde, ya levantados los manteles, dijo la generala al ayudante:

¡Si supiese usted cuánto me aburro, Sandoval! ¿No tendría usted una novela que me prestase?

Sandoval, hecho almíbar, le prometió no una, sino ciento; y al día siguiente llevó á Currita un libro del cual hizo grandes elogios. Era «Lo que no muere» del célebre Barbey d´Aurevilly.

Currita abrió el libro al azar, y fijó los ojos distraída en las páginas satinadas, pulcras, elegantes, como para ser vueltas por manos blancas y perfumadas de duquesas y mundanas.

[169] ¿Pero de qué trata esa novela? ¿qué es lo que no muere?

La compasión en la mujer... Una idea originalísima: figúrese usted...

No; no me lo cuente. ¿Y no tiene usted ninguna novela de Daudet? es mi autor predilecto; dicen que es realista, de la escuela de Zola, á mí no me lo parece. ¿Usted leyó «Jak»? ¡qué libro tan sentido! no puede una por menos de llorar, leyéndolo. ¡Qué diferente de «Germinal» y de todas las novelas de López Bago.

Sandoval, que tenía una migaja de gusto literario, y, además, había leído los «Paliques» de Clarin, repuso escandalizando:

¡Oh! ¡oh! generala, es que no pueden compararse Zola, y López Bago.

Currita, sonriendo con el gracioso desenfado de las señoras, que hablan de literatura como de modas, contestó:

[170] Pues se parecen mucho; no me lo negará usted.

Aquellas heregías *herejías*, producían un verdadero dolor al ayudante; él, quisiera que la generala no pronunciase más que sentencias; que tuviese el gusto tan delicado y elegante como el talle. Aquella carencia de esteticismo recordábale las modistillas pizperetas, apasionadas de los folletines, con quienes había tenido algo que ver; criaturas risueñas y cantarinas, cabecitas llenas de claveles, pero ¡ay! horriblemente vacías; sin más meollo que los canarios y los jilgueros que alegraban sus guardillas:

Currita, que estaba hojeando la novela exclamó de pronto:

¡Qué lástima!...

Sandoval la miró con extrañeza.

¡Lástima de qué? generala.

Ya le he dicho á usted que no quiero [171] que me llame así. ¡Habrá majadero! Llámeme usted Currita.

Y le dió un capirotazo con el libro; luego poniéndose seria:

¿Sabe usted Sandoval? me parece éste un francés muy difícil, y yo he sido siempre de lo más torpe que Dios pudo haber criado, para esto de idiomas.

Y le alargaba el libro, mirándole al mismo tiempo con aquellos ojos chiquitos como cuentas, vivos y negros, los cuales bien pudieran recibirse de doctores en toda suerte de guiños y coqueteos.

¿Si usted quisiese?...

Él la miraba, sin acertar con lo que había de querer. La generala siguió:

Es un favor que le pido.

Usted no pide, manda, y se concluyó.

Pues entonces vendrá usted á leerme un rato todos los días ¿verdad?. El general se alegrará mucho cuando lo sepa.

[172] Colgósele del brazo, como una chiquilla, y le arrastró hasta el sofá, donde le hizo sentar á su lado.

Empiece usted. Aprovechemos el tiempo.



Al día siguiente, y al otro, y al otro, fué Sandoval á leer «Lo que no muere» á la generala. El pobre muchacho, no sabía que pensar de Currita, y del modo como le trataba. Había momentos en que la dama adoptaba para hablarle una corrección y formalidad excesivas, que contrastaban con la llaneza y confianza antiguas; en tales ocasiones, jamás, ni aún por descuido, le miraba á la cara. Aun cuando la idea de pasar plaza de tímido mortificaba atrozmente al ayudante, los cambios de humor que observaba en la generala, manteníanle en los linderos de la prudencia.

[173] De las fragilidades de ciertas hembras, algo se le alcanzaba, pero de las señoras, de las verdaderas señoras, estaba á obscuras completamente. Creía que para enamorar á una dama encopetada, lo primero, que se necesitaba eran pelos en la cara en forma de bigote ó barba corrida, y tocante á esto, el ayudante estaba muy necesitado. Tantas fueron sus cavilaciones sobre punto tal, que cayó en la flaqueza de obscurecerse, con tintes y menjurjes de un cómico su amigo, el bello casi incoloro del incipiente bozo.

Las cosas así, leía una tarde á la generala las últimas páginas de la novela. Currita estaba cerca de él, sentada en una silla baja; á veces sus rodillas rozaban las del lector, que se estremecía; pero cual si ninguno de los dos advirtiese aquel contacto permanecían largo rato con ellas unidas. La generala escuchaba muy conmovida; [174] de tiempo en tiempo su seno se alzaba para suspirar; con ojos inmóviles, y como anegados en llanto, contemplaba al joven, que sentía el peso de aquella mirada fija y poderosa como la de un sonámbulo, y seguía leyendo, sin atreverse á levantar la cabeza.

Las últimas páginas del libro eran terriblemente dolorosas; exhalábase de ellas el perfume de unos sentimientos extraños, á la par pecaminosos y místicos. Era hondamente sugestivo aquel sacrificio de la condesa Iseult; aquella su compasión impúdica, pagana como diosa desnuda; aquella renunciación de sí misma, que la arrastraba hasta dar su hermosura de limosna, y sacrificarse en aras de la pasión y del pecado de otro.

La generala con las rodillas unidas á las del ayudante, y la garganta seca escuchaba conmovida la novela del anciano [175] dandy. Sandoval con voz á cada instante más velada, leía aquella página que dice:

...«La condesa Iseult, halló todavía fuerzas para murmurar:

Pues bien; si reviviese, esta piedad, dos veces maldita, inútil para aquellos en quien fué empleada, y vacía del más simple deber para los que la han sentido, esta piedad no me abandonaría, y volvería á seguir sus impulsos, á riesgo de volver á incurrir en mi desprecio. Si Dios, me dijese: He ahí el fin que ignoras: y en su misericordia infinita, pusiese al alcance de mi mano el conseguirlo, yo, no le escucharía y precipitaríame como una loca en esa piedad, que no es siquiera una virtud, y que sin embargo es la única que yo he tenido...»

La generala, sin ser dueña de sí por más tiempo, empezó á sollozar, con esa extentoriedad *estentoreidad* que los sentimientos contenidos, [176] adquieren al desatarse, en las mujeres nerviosas.

¡Qué criatura tan rara, esa condesa Iseult! ¿Habrá mujeres así?

El ayudante, conmovido por la lectura, y animado, casi irritado, por el contacto de las rodillas de la generala, contestó:

-¡Qué! ¿Usted no sería capaz de hacer lo que ella hizo por Allán, al dársele por compasión.

Y sus ojos bayos, trasparentes como topacios quemados, tuvieron al fijarse en Currita el mirar insistente, osado y magnético del celo.

La generala, púsose muy seria, y contestó con la dignidad reposada, de una de aquellas ricas hembras castellanas que criaron á sus pechos los más gloriosos jayanes de la historia:

Yo, señor ayudante, no puedo ponerme en ese caso. La principal compasión [177] en una mujer casada, debe ser para su marido.

Sandoval calló, arrepentido de su atrevimiento. La generala era una virtud. Al rededor del cuello de Currita, en vez de los encajes que adornaban el peinador azul celeste, veía al alferez *alférez*-con los ojos de la imaginación por supuesto los tres entorchados, sugestivos, inflexibles, imponiendo el respeto á la ordenanza.

Después de un momento, todavía con sombra de enojo, la generala se volvió al ayudante:

¿Quiere usted seguir leyendo, señor Sandoval?

Y él, sin osar mirarla:

Se impresiona usted mucho. ¿No sería mejor dejarlo?

La generala suspirando, se pasó el pañuelo por los ojos.

Casi tiene usted razón.

[178] Ellos se miraban en silencio. De pronto Currita, con la impresionabilidad infantil de tantas mujeres, lanzó una alegre carcajada.

¡Como le ha crecido á usted el bigote! ¡Pero si se lo ha teñido! ¡ja! ¡ja! ¡ja! ¡Se lo ha teñido.

Sandoval un poco avergonzado reía también.

Me dará usted la receta para cuando tenga canas ¡ja! ¡ja! ¡ja!

La generala mordía el pañuelo. Luego adoptando un aire de señora formal, que le caía muy graciosamente, exclamó:

Eso, hijo mío, es una... vamos no quiero decirle lo que es; pero ya verá como en el pecado se lleva la penitencia.

Salió velozmente, para volver á poco con una aljofaina que dejó sobre el primer mueble que halló á mano.

Venga usted aquí, caballerito.

[179] Era muy divertida aquella comedia en la cual él hacía de chiquitin *chiquitín* travieso, y ella de abuela regañona. Currita se levantó un poco las mangas para no mojarse, y empezó á lavar los labios al presumido ayudante, quien no pudo menos de besar aquellas manos blancas que tan lindamente le refregaban la geta.

Tenga usted formalidad, ó sinó...

Y le dió en la mejilla un golpecito que quedó dudoso entre bofetada y caricia. Se enjugó Sandoval atropelladamente, y asiendo otra vez las manos de la generala, cubriólas de besos voraces, frenéticos, delirantes. Ella gritaba:

¡Déjeme usted! ¡déjeme usted! ¡Nunca lo creería!

¡Curra! ¡Currita! ¡Yo la adoro!... la...

Sus ojos se encontraron, sus labios se buscaron golosos, y se unieron con un beso.

[180] ¡Mi vida!

¡Payaso!

Los tres entorchados, ya no le inspiraban más respeto que unos galones de cabo.



Desde fuera dieron dos golpecitos discretos en la puerta.

Sandoval, mordiendo la orejita menuda y sonrosada de la generala, murmuró:

No contestes alma mía!...

Los golpes se repitieron más fuertes.

¡Curra! ¡Curra! ¿qué es esto? ¡Abre!    

A la generala, tocóle suspirar al oído del ayudante:

¡Dios santo! ¡Mi marido!

Los golpes eran ya furiosos.

-¡Curra! ¡Sandoval! Abran ustedes ó tiro la puerta abajo!

Y á todo esto los porrazos iban en aumento. [181] Currita se retorcía las manos; de pronto, corrió á la puerta, y dijo hablando á través de la cerradura, contraído el rostro por la angustia, pero procurando que la voz apareciese alegre:

¡Mi general! es que se ha soltado el canario, y si abrimos se escapa con toda seguridad... Ahora creo que ya lo alcanza Sandoval.

Cuando la puerta fué abierta, el ayudante aun permanecía en pie sobre una silla, debajo de la jaula, mientras el pájaro cantaba alegremente valanceándose en la dorada anilla de su cárcel.



A bordo del vapor «Havre», Abril de 1892.




Rosarito

[185] Sentada ante uno de esos arcáicos *arcaicos* veladores con tablero de damas, que tanta boga conquistaron en los comienzos del siglo, cabecea el sueño, la anciana condesa de Cela: los mechones plateados de sus cabellos, escapándose de la toca de encages *encajes*, rozan con intermitencias desiguales los naipes alineados para un solitario. En el otro extremo del canapé, su nieta Rosarito mueve en silencio cuatro agujas de acero, de las cuales, antes que la velada termine, espera [186] ver salir un botinin *botinín* blanco con borlas azules, igual en todo á otro que la niña tiene sobre el regazo, y sólo aguarda al compañero para ir calzar los diminutos pies del futuro conde de Cela. Aunque muy piadosas entrambas damas, es lo cierto que ninguna presta atención á la vida del Santo del día, que el capellán del Pazo lee en voz alta, encorvado sobre el velador, y calados los espejuelos de recia armazón dorada. De pronto Rosarito, levanta la cabeza, y se queda como abstraída, fijos los ojos en la puerta del jardín que se abre sobre un fondo de ramajes obscuros y misteriosos: ¡no más misteriosos en verdad, que la mirada de aquella niña pensativa y blanca! Vista á la tenue claridad de la lámpara, con la rubia cabeza en divino escorzo; la sombra de las pestañas temblando en el marfil de la mejilla; y el busto delicado y gentil destacándose en la penumbra incierta [187] sobre la dorada talla, y el damasco azul celeste del canapé, Rosarito recordaba esas ingenuas madonas, pintadas sobre fondo de estrellas y luceros. La niña entorna los ojos, palidece, y sus labios agitados por temblor extraño dejan escapar un grito:

-¡Jesús!... ¡qué miedo!...

Interrumpe su lectura el clérigo; y mirándola por encima de los espejuelos, carraspea:

-¿Alguna araña, he señorita?...

Rosarito mueve la cabeza.

¡No señor, no!

Estaba muy pálida. Su voz, un poco velada, tenía esa inseguridad delatora del miedo y de la angustia. En vano por aparecer serena quiso continuar la labor que yacía en su regazo; las agujas temblaban demasiado entre aquellas manos pálidas, trasparentes, como las de una santa; manos místicas y ardientes, que parecían adelgazadas [188] en la oración, por el suave roce de las cuentas del rosario.

Profundamente abstraída clavó las agujas en el brazo del canapé. Después con voz baja é íntima, cual si hablase consigo misma balbuceó:

¡Jesús! ¡que cosa tan extraña!

Al mismo tiempo, entornó los párpados y cruzó las manos sobre el seno de cándidas y gloriosas líneas: parecía soñar. El capellán la miró con extrañeza.

¿Qué le pasa señorita Rosario?

La niña entreabrió los ojos y lanzó un suspiro:

¿Diga Don Benicio, será algún aviso del otro mundo?...

¡Un aviso del otro mundo!... ¿Qué quiere usted decir?

Antes de contestar Rosarito dirigió una nueva mirada al misterioso y dormido jardín, á través de cuyos ramages *ramajes* se filtraba la [189] blanca luz de la luna, luego en voz débil y temblorosa murmuró:

Hace un momento, juraría haber visto entrar por esa puerta á Don Juan Manuel...

¿Don Juan Manuel señorita?... ¿Está usted segura?

Sí; era él, y me saludaba sonriendo...

Pero usted recuerda á D. Juan Manuel? Si lo menos hace diez años que está en la emigración.

Me acuerdo Don Benicio como si le hubiese visto ayer. Era yo muy niña, y fuí con el abuelo á visitarle en la cárcel de Santiago, donde le tenían preso por liberal. El abuelo le llamaba primo. Don Juan Manuel era muy alto; con el bigote muy retorcido; y el pelo blanco y rizo.

El capellán asintió:

-Justamente, justamente. A los treinta años tenía la cabeza más blanca que yo [190] ahora. Sin duda, usted habrá oído referir la historia...

Rosarito juntó las manos.

-¡Oh! ¡Cuántas veces! El abuelo la contaba siempre.

Se interrumpió viendo enderezarse á la condesa. La anciana señora miró á su nieta con severidad, y todavía mal despierta murmuró:

-¿Qué tanto tienes que hablar niña? Deja leer á Don Benicio.

Rosarito, roja de vergüenza, inclinó la cabeza, y se puso á mover las largas agujas de su labor. Pero Don Benicio, que no estaba en ánimo de seguir leyendo, cerró el libro y bajó los anteojos hasta la punta de la nariz.

-Hablábamos del famoso Don Juan Manuel, señora condesa. Don Juan Manuel Montenegro, emparentado si no me engaño con la ilustre casa de los condes de Cela...

La anciana le interrumpió.

[191] Y á donde han ido ustedes a buscar esa conversación. ¿También usted ha tenido noticia del herege *hereje* de mi primo? Yo sé que está en el país, y que conspira. El cura de Cela, que le conoció mucho en Portugal, le ha visto en la feria de Barbanzón, disfrazado de chalán.

Don Benicio se quitó los anteojos vivamente.

¡Hum! He ahí una noticia. Y una noticia de las más extraordinarias. ¿Pero no se equivocaría el cura de Cela?...

La condesa se encogió de hombros.

¡Qué! ¿Lo duda usted? pues yo no. ¡Conozco harto bien á mi señor primo!

Los años quebrantan las peñas, señora condesa: cuatro anduve yo por las montañas de Navarra con el fusil al hombro, y hoy, mientras otros baten el cobre, tengo que contentarme con pedir á Dios en la misa, el triunfo de la santa causa.

[192] Una sonrisa desdeñosa, asomó en la desdentada boca de la linajuda señora.

-¿Pero quiere usted compararse don Benicio?... Ciertamente que en el caso de mi primo, cualquiera se miraría antes de atravesar la frontera; pero esa rama de los Montenegros es de locos. Loco era mi tío Don José; loco es el hijo; y locos serán los nietos. Usted, habrá oído mil veces en casa de los curas, hablar de Don Juan Manuel, pues bien, todo lo que se cuenta, no es nada comparado con lo que ese hombre ha hecho.

El clérigo repitió á media voz.

Ya sé, ya sé... Tengo oído mucho. ¡Es un hombre terrible, un libertino, un masón!

La condesa alzó los ojos al cielo y suspiró.

¿Vendrá á nuestra casa? ¿Qué le parece á usted.

¿Quién sabe? Conoce el buen corazón de la señora condesa.

[193] El capellán sacó del pecho de su levitón, un gran pañuelo á cuadros azules, y lo sacudió en el aire con suma parsimonia: después se limpió la calva.

-¡Sería una verdadera desgracia! Si la señora atendiese mi consejo, le cerraría la puerta.

Rosarito lanzó un suspiro. Su abuela la miró severamente, y se puso á repiquetear con los dedos en el brazo del canapé.

Eso se dice pronto, Don Benicio. Está visto que usted no le conoce. Yo le cerraría la puerta, y él la echaría abajo. Por lo demás tampoco debo olvidar que es mi primo.

Rosarito alzó la cabeza. En su boca de niña, temblaba la sonrisa pálida de los corazones tristes, y en el fondo misterioso de sus pupilas, brillaba un lágrima rota. De pronto lanzó un grito. Parado en el umbral de la puerta del jardín, estaba un hombre [194] de cabellos blancos; estatura gentil y talle todavía arrogante y erguido.



Don Juan Manuel Montenegro podría frisar en los sesenta años. Tenía ese hermoso y varonil tipo suevo tan frecuente en los hidalgos de la montaña gallega. Era el mayorazgo de una familia antigua y linajuda, cuyo blasón lucía diez y seis cuarteles de nobleza, y una corona real en el jefe. Don Juan Manuel con gran escándalo de sus deudos y allegados, al volver de la emigración hiciera picar las armas que campeaban sobre la puerta de su Pazo soloriego *solariego*, un caserón antiguo y ruinoso, mandado edificar por el mariscal Montenegro, que figuró en las guerras de Felipe V. y fué el más notable de los de su linaje *linaje*, Todavía se conserva en el país memoria [195] de aquel señorón excéntrico, déspota y cazador, beodo y hospitalario. Don Juan Manuel á los treinta años había malvaratado *malbaratado* su patrimonio. Solamente conservó las rentas y tierras de vínculo, el Pazo, y una capellanía, todo lo cual apenas le dada para comer. Entonces empezó su vida de conspirador y aventurero; vida tan llena de riesgos y azares, como la de aquellos segundones hidalgos, que se enganchaban en los tercios de Italia por buscar lances de amor, de espada y de fortuna. Liberal aforrado en masón, fingía gran menosprecio por toda suerte de timbres nobiliarios, lo que no impedía que fuese altivo y cruel como un árabe noble. Interiormente sentíase orgulloso de su abolengo, y pese á su despreocupación dantoniana, placíale referir la leyenda heráldica, que hace descender á los Montenegros, de una emperatriz alemana. Creíase emparentado [196] con las más nobles casas de Galicia, y desde el conde de Cela, al de Altamira, con todos se igualaba, y á todos llamaba primos, como se llaman entre sí los reyes. En cambio despreciaba á los hidalgos sus vecinos y se burlaba de ellos sentándolos á su mesa, y haciendo sentar á sus criados. Era cosa de ver á Don Juan Manuel erguirse cuan alto era, con el vaso desbordante, gritando con aquella engolada voz de gran señor, que ponía asombro en sus huéspedes:

En mi casa señores todos los hombres son iguales. Aquí es ley la doctrina del filósofo de Judea.

Don Juan Manuel, era uno de esos locos de buena vena, con maneras de gran señor, ingenio de coplero, y alientos de pirata. Bullía de continuo en él una desesperación sin causa ni objeto, tan pronto arrebatada como burlona; ruidosa como sombría. Atribuíansele cosas verdaderamente extraordinarias. [197] Cuando volvió de su primera emigración, encontróse hecha la leyenda. Los viejos liberales partidarios de Riego, contaban que le había blanqueado el cabello desde que una sentencia de muerte, tuviérale tres días en capilla, de la cual consiguiera fugarse por un milagro de audacia: pero las damiselas de su provincia, abuelas hoy que todavía suspiran, cuando recitan á sus nietas los versos de «El Trovador», referían algo mucho más hermoso... Pasaba esto en los buenos tiempos del romanticismo, y fué preciso suponerle víctima de trágicos amores. ¡Cuántas veces oyera Rosarito en la tertulia de sus abuelos, la historia de aquellos cabellos blancos! Contábala siempre su tía la de Camarasa, una señorita cincuentona, que leía novelas con el ardor de una colegiala; y todavía cantaba en los estrados aristocráticos de Brumosa melancólicas tonadas del año treinta. Amada [198] de Camarasa conociera á Don Juan Manuel en Lisboa, cuando las bodas del infante Don Miguel. Era ella una niña, y habíale quedado muy presente la sombría figura de aquel emigrado español de erguido talle y ademán altivo, que todas las mañanas se paseaba con el poeta Espronceda en el atrio de la catedral, y no daba un paso sin golpear fieramente el suelo, con la contera de su caña de Indias. Amada de Camarasa no podía menos de suspirar, siempre que hacía memoria de los alegres años pasados en Lisboa. ¡Quizá volvía á ver con los ojos de la imaginación, la figura de cierto hidalgo lusitano de moreno rostro y amante labia, que había sido la única pasión de su juventud!...

¡Pero esta es otra historia, que nada tiene que ver con la de Don Juan Manuel!

[199] El mayorazgo se había detenido en medio de la espaciosa sala, y saludaba encorvando su aventajado talle, aprisionado en largo levitón.

Buenas noches condesa de Cela. ¡He aquí á tu primo Montenegro que viene de Portugal!

Su voz, al sonar en medio del silencio de la anchurosa y obscura sala del Pazo, parecía más poderosa y más hueca. La condesa sin manifestar extrañeza, repuso con desabrimiento:

Buenas noches señor mío.

Don Juan Manuel, se atusó el bigote, y sonrió, como hombre acostumbrado á tales desvíos y que los tiene en poco.- De antiguo recibíasele de igual modo en casa de todos sus deudos y allegados, sin que nunca se le antojara tomarlo á pecho: contentábase con hacerse obedecer de los criados, y manifestar hacia los amos cierto [200] desdén de gran señor. Era de ver como aquellos hidalgos campesinos que nunca habían salido de sus madrigueras, concluían por humillarse ante la apostura caballeresca y la engolada voz del viejo libertino, cuya vida de conspirador, llena de azares desconocidos, ejercía sobre ellos el poder sugestivo de lo tenebroso.

Don Juan Manuel, acercóse rápido á la condesa y tomóle la mano, con aire á un tiempo cortés y familiar:

Espero, prima, que me darás hospitalidad por una noche.

Así diciendo, con empaque de viejo gentil hombre, arrastró un pesado sillón de moscovia, y tomó asiento al lado del canapé. Enseguida, y sin esperar respuesta, volvióse á Rosarito. ¡Acaso había sentido el peso magnético de aquella mirada que tenía la curiosidad de la virgen y la pasión de la mujer! Puso el emigrado una mano [201] sobre la rubia cabeza de la niña, obligándola á levantar los ojos, y con esa cortesanía esquisita *exquisita* y simpática de los viejos que han amado y galanteado mucho en su juventud, pronunció á media voz ¡la voz honda y triste, con que se recuerda el pasado!

Tú no me reconeces *reconoces*¿verdad hija mía? pero yo sí; te reconocería en cualquier parte... ¡Te pareces tanto á una tía tuya, hermana de tu abuelo, á la cual ya no has podido conocer!... ¿Tú te llamas Rosarito, verdad?

Si señor...

Don Juan Manuel se volvió á la condesa.

¿Sabes, prima, que es muy linda la pequeña?

Y moviendo la plateada y varonil cabeza, continuó cual si hablase consigo mismo:

¡Demasiado linda quizá para que pueda ser feliz!...

La condesa, alhagada *halagada* en su vanidad de [202] abuela, repuso con benignidad, mirando y sonriendo á su nieta:

No me la trastornes primo. ¡Sea ella buena, que el que sea linda es cosa de bien poco!...

El emigrado asintió con un gesto sombrío y teatral. Quedóse algún tiempo contemplando á la niña, y luego enderezándose en el sillón preguntó á la condesa:

¿Es la mayorazga?

No. A última hora ocurriósele á su mamá encargar un infantito á Pekin...

Y la noble señora, señalaba sonrriendo *sonriendo* el botinin *botinín* de estambre en que trabajaba su nieta. La niña con las mejillas encendidas y los ojos bajos, movía las agujas temblorosa y torpe. ¿Adivinó el viejo libertino lo que pasaba en aquella alma tan pura? ¿Tenía él, como todos los grandes seductores esa intuición misteriosa que lee en lo íntimo de los corazones y conoce las [203] horas propicias al amor? Ello es que una sonrisa de increíble audacia tembló un momento bajo el mostacho blanco del hidalgo y que sus ojos verdes, soberbios y desdeñosos como los de un tirano ó de un pirata,- se posaron con gallardía donjuanesca sobre aquella cabeza melancólicamente inclinada que con su crencha de oro, partida por estrecha raya, tenía cierta castidad prerrafaélica.- Pero la sonrisa y la mirada del emigrado, fueron relámpagos por lo siniestras y por lo fugaces. Recobrada incontinenti su actitud de gran señor, Don Juan Manuel se inclinó ante la condesa.

Perdona prima, que todavía no te haya preguntado por el conde.

La anciana suspiró levantando los ojos al cielo.

¡Ay! ¡El conde, lo es desde hace mucho tiempo mi hijo Pedro!...

[204] El mayorazgo se enderezó en el sillón, dando con la contera de su caña en el suelo.

¡Vive Dios! En la emigración nunca se sabe nada. Apenas llega una noticia... ¡Pobre amigo! ¡pobre amigo!... ¡No somos más que polvo!...

Frunció las cejas imperceptiblemente; y apoyándose á dos manos en el puño de oro de su bastón, añadió con fanfarronería:

Si antes lo hubiese sabido, créeme que no tendría el honor de hospedarme en tu palacio.

¿Por qué?

Porque tú nunca me has querido bien. ¡En eso eres de la familia!

La noble señora, sonrió tristemente.

Tú eres el que has renegado de todos. ¿Pero á qué viene recordar ahora eso? Cuenta has de dar á Dios de tu vida, y entonces...

Don Juan Manuel se inclinó con sarcasmo:

[205] Te juro condesa, que como tenga tiempo, he de arrepentirme.

El capellán que no había desplegado los labios repuso afablemente, afabilidad que le imponía el miedo á la cólera del hidalgo:

Volterianismos Don Juan Manuel... Volterianismos que después en la hora de la muerte...

Don Juan Manuel no contestó. En los ojos de Rosarito acababa de leer un ruego tímido y ardiente á la vez. El viejo libertino miró al clérigo de alto á bajo, y volviéndose á la niña, que temblaba, contestó, sonriendo:

¡No temas, hija mía! Si no creo en Dios, amo á los ángeles...

El clérigo, en el mismo tono conciliador y francote, volvió á repetir:

¡Volterianismos Don Juan Manuel!... ¡Volterianismos de la Francia!...

Intervino con alguna brusquedad la condesa, á quien lo mismo las impiedades [206] que las galanterías del emigrado inspiraban vago terror.

¡Dejémosle Don Benicio! Ni él ha de convencernos ni nosotros á él...

Don Juan Manuel sonrió con exquisita ironía.

¡Gracias prima, por la ejecutoria de firmeza que das á mis ideas, pues ya he visto cuanta es la elocuencia de tu capellán!

La condesa sonrió friamente *fríamente* con el borde de los labios; y dirigió una mirada autoritaria al clérigo para imponerle silencio. Después, adoptando esa actitud seria y un tanto melancólica con que las damas del año treinta se retrataban, y recibían en el estrado á los caballeros, murmuró:

¡Cuándo pienso en el tiempo que hace que no nos hemos visto!... ¿De dónde sales ahora? ¿Qué nueva locura te trae? ¡Los emigrados no descansais *descansáis* nunca!...

Pasaron ya mis años de pelea, condesa... [207] Ya no soy aquél que tú has conocido. Si he atravesado la frontera, ha sido únicamente, para traer socorros á la huérfana de un pobre emigrado, á quien asesinaron los estudiantes de Coimbra *Coímbra*. Cumplido este deber me vuelvo á Portugal.

¡Si es así, que Dios te acompañe!...

Un antiguo reloj de sobremesa, dió las diez. Era de plata dorada, y de gusto pesado y barroco, como obra del siglo XVIII. Representaba á Baco coronado de pámpanos y dormido sobre un tonel. La condesa contó las horas en voz alta, y volvió al asunto de su conversación.

Yo sabía que habías pasado por Brumosa, y que después estuvieras en la feria de Barbanzón vestido de chalán. Mis noticias eran de que conspirabas.

Ya sé que eso se ha dicho.

A tí se te juzga capaz de todo, menos de ejercer la caridad como un apóstol...

[208] Y la noble señora sonreía con alguna incredulidad. Después de un momento añadió bajando insensiblemente la voz:

¡Es el caso, que no debes tener la cabeza muy segura sobre los hombros!

Y tras la máscara de frialdad con que quiso revestir sus palabras, asomaban el interés y el afecto. Don Juan Manuel repuso en el mismo tono confidencial, paseando la mirada por la sala:

¡Ya habrás comprendido que vengo huyendo! Necesito un caballo, para repasar mañana mismo la frontera.

¿Mañana?

Mañana.

La condesa reflexionó un momento.

-¡Es el caso, que no tenemos en el Pazo ni una mala montura!...

Y como observase que el emigrado fruncía el ceño, añadió:

Haces mal en dudarlo. Tú mismo puedes [209] bajar á la cuadra y verlo. Hará cosa de un mes, pasó por aquí haciendo una requisa, la partida de «El Manco» y se llevó las dos yeguas que teníamos. No he querido volver á comprar, porque me exponía á que se repitiese el caso el mejor día.

Don Juan Manuel la interrumpió:

-¿Y no hay en la aldea quien preste un caballo á la condesa de Cela?

A la pregunta del mayorazgo siguió un momento de silencio. Todas las cabezas se inclinaban y parecían meditar. Rosarito que con las manos en cruz, y la labor caída en el regazo, estaba sentada en el canapé al lado de la anciana, suspiró tímidamente:

Abuelita, el Sumiller tiene un caballo que no se atreve á montar.

Y con el rostro cubierto de rubor; entreabierta la boca de madona; y el fondo de los ojos misterioso y cambiante, Rosarito se extrechaba *estrechaba* á la condesa cual si [210] buscase amparo en un peligro. Don Juan Manuel la infundía miedo; pero un miedo sugestivo y fascinador. Quisiera no haberle conocido, y el pensar en que pudiera irse la entristecía. Apareciásele como el héroe de un cuento medroso y bello cuyo relato se escucha temblando, y sin embargo cautiva el ánimo hasta el final, con la fuerza de un sortilegio. Oyendo á la niña, el emigrado sonrió con caballeresco desdén, y aún hubo de atusarse el bigote suelto, y bizarramente levantado sobre el labio. Su actitud era ligeramente burlona.

¡Vive Dios! Un caballo que el Sumiller no se atreve á montar casi debe ser un Bucéfalo. ¡He ahí, queridas mías, el corcel que me conviene!

La condesa movió distraidamente *distraídamente* algunos naipes del solitario, y al cabo de un momento, como si el pensamiento y la palabra le [211] viniesen de muy lejos, se dirigió al capellán.

Don Benicio, será preciso que vaya usted á la rectoral y hable con el Sumiller.

Don Benicio repuso volviendo las hojas de «El Año Cristiano».

-Yo haré lo que disponga la señora condesa, pero salvo su mejor parecer, el mío es que más atendida había de ser una carta de vuecencia.

Aquí levantó el clérigo la tonsurada cabeza, y al observar el gesto de contrariedad con que la dama le escuchaba se apresuró á decir:

Permítame la señora condesa que me explique. El día de San Miguel fuimos juntos de caza. Entre el Sumiller y el abad de Cela que se nos reunió en el monte, hiciéronme una jugarreta del demonio. Todo el día estuviéronse riendo. ¡Con sus sesenta [212] años acuestas los dos tienen el humor de unos rapaces! Si me presento ahora en la Rectoral pidiendo el caballo por seguro que lo toman á burla. ¡Es un raposo muy viejo el señor Sumiller!

Rosarito murmuró con anhelo al oído de la anciana.

Abuelita, escríbale usted...

La mano trémula de la condesa acarició la rubia cabeza de su nieta.

¡Ya hija mía!...

¡Y la condesa de Cela que hacía tantos años estaba amagada de parálisis, irguióse sin ayuda, y, precedida del capellán, atravesó la sala, noblemente inclinada sobre su muleta! una de esas muletas como se ven en los suntuarios, con cojín de terciopelo carmesí guarnecido por clavos de plata.

[213] Del fondo obscuro del jardín, donde los grillos daban serenata, llegaban murmullos y aromas. El vientecillo gentil que los traía, estremecía los arbustos, sin despertar los pájaros que dormían en ellos. A veces el follage *follaje*, misterioso como la túnica de una diosa, se abría susurrando, y penetraba el blanco rayo de la luna, que se quebraba en algún asiento de piedra, oculto hasta entonces en sombra clandestina. El jardín cargado de aromas, y aquellas notas de la noche, impregnadas de voluptuosidad y de pereza, y aquel rayo de luna, y aquella soledad, y aquel misterio, traían como una evocación romántica de citas de amor, en siglos de trovadores.

Don Juan Manuel se levantó del sillón, y, vencido por una distración *distracción* extraña, comenzó á pasearse entenebrecido y taciturno. [214] Temblaba el piso bajo su andar marcial, y temblaban las arcáicas *arcaicas* consolas, que parecían altares con su carga rococa de efigies, fanales y floreros. Los ojos de la niña, seguían miedosos é inconscientes, el ir y venir de aquella sombría figura: si el emigrado se acercaba á la luz, no se atrevían á mirarle; si se desvanecía en la penumbra le buscaban con ansia. Don Juan Manuel se detuvo en medio de la estancia. Rosarito bajó los párpados presurosa. Sonrióse el mayorazgo contemplando aquella rubia y delicada cabeza, que se inclinaba como lirio de oro, y después de un momento llegó á decir:

-¡Mírame, hija mía! ¡Tus ojos, me recuerdan otros ojos, que han llorado mucho por mí!

Tenía Don Juan Manuel los gestos trágicos, y las frases siniestras y dolientes de los seductores románticos. En su juventud [215] había conocido á lord Byron y la influencia del poeta inglés fuera en él decisiva.

Las pestañas de Rosarito rozaron la mejilla con tímido aleteo, y permanecieron inclinadas como las de una novicia. El emigrado sacudió la blanca cabellera, ¡aquella cabellera cuya novelesca historia tantas veces recordara la niña aquella noche! y fué á sentarse en el canapé.

Si viniesen á prenderme ¿tú que harías? ¿Te atreverías á ocultarme en tu alcoba? ¡Una abadesa de San Payo, salvó así la vida á tu abuelo!...

Rosarito no contestó. Ella tan inocente, sentía el fuego del rubor en toda su carne. El viejo libertino la miraba intensamente, cual si solo buscase el turbarla más. La expresión de aquellos ojos verdes era á un tiempo sombría y fascinadora, inquietante y audaz: dijérase que infiltraban el amor como un veneno, que violaban las almas, y que [216] robaban los besos á las bocas más puras. Después de un momento, añadió con amarga sonrisa:

Escucha lo que voy á decirte. Si viniesen á prenderme, yo me haría matar. ¡Mi vida ya no puede ser, ni larga ni feliz, y aquí tus manos piadosas me amortajarían!...

Cual si quisiese alejar sombríos pensamientos agitó la cabeza, con movimiento varonil y hermoso, y echó hacia atrás los cabellos que obscurecían su frente, una frente altanera y desguarnida, que parecía encerrar todas las exageraciones y todas las demencias, lo mismo las del amor que las del odio, las celestes que las diabólicas...

Rosarito murmuró casi sin voz:

-¡Yo haré una novena á la Virgen para que lo saque á usted con bien de tantos peligros!...

Una onda de indecible compasión la ahogaba, con ahogo dulcísimo. Sentíase [217] presa de confusión extraña: pronta á llorar, no sabía si de ansiedad, si de pena, si de ternura; conmovida hasta lo más hondo de su ser, por conmoción obscura, hasta entonces, ni gustada ni presentida. El fuego del rubor quemábale las mejillas; el corazón quería saltársele del pecho; un nudo de divina angustia oprimía su garganta y escalofríos misteriosos recorrían su carne. Temblorosa, con el temblor que la proximidad del hombre infunde en las vírgenes, quiso huir de aquellos ojos hipnóticos y dominadores que la miraban siempre, pero el sortilegio resistió. El emigrado la retuvo con un extraño gesto, tiránico y amante, y ella, llorosa, vencida, cubrióse el rostro con las manos ¡aquellas hermosas manos de novicia, pálidas, místicas, ardientes!

Casi en el mismo instante, la condesa apareció en la puerta de la estancia, donde se detuvo jadeante y sin fuerzas.

[218] ¡Rosarito, hija mía, ven á darme el brazo!...

Con la muleta apartaba el blasonado portier.    

Rosarito se limpió los ojos, y acudió velozmente. La noble señora apoyó la diestra, blanca y temblona en el hombro de su nieta, y cobró aliento en un suspiro:

¡Allá vá en la rectoral ese bienaventurado de Don Benicio!...

Despues *Después*, sus ojos buscaron al emigrado.

¿Tú, supongo, que hasta mañana no te pondrás en camino? Aquí estás seguro, como no lo estarías en parte ninguna.

En los labios de D. Juan Manuel, asomó una sonrisa de hermoso desdén. La boca de aquel hidalgo aventurero reproducía el gesto con que los grandes señores de otros tiempos desafiaban la muerte. Don Rodrigo Calderón debió sonreir así sobre el cadalso.

[219] La Condesa dejándose caer en el canapé añadió con suave ironía:

He mandado disponer la habitación, en que, según las crónicas, vivió Fray Diego de Cádiz cuando estuvo en el Pazo. Paréceme que la habitación de un Santo es la que mejor conviene á vuesa mercé...

Y terminó la frase con una sonrisa. El maoyrazgo *mayorazgo* se inclinó mostrando asentimiento burlón. Pasado un momento exclamó con cierta violencia:

¡Diez leguas he andado por cuetos y vericuetos, y estoy más que molido, condesa!

Don Juan Manuel se había puesto en pié. La condesa le interrumpió murmurando:

¡Válgate Dios con la vida que traes! Pues es menester recogerse, y cobrar fuerzas para mañana.

Después, volviéndose á su nieta, añadió:

[220] Tú le alumbrarás, y enseñarás el camino, pequeña.

Rosarito asintió con la cabeza, como hacen los niños tímidos, y fué á encender uno de los candelabros que había sobre la gran consola situada en frente del estrado. Trémula como una desposada se adelantó hasta la puerta, donde hubo de esperar á que terminase el coloquio que el mayorazgo y la condesa sostenían en voz baja. Rosarito apenas percibía un vago murmullo. Suspirando apoyó la cabeza en el marco, y entornó los párpados. Sentíase presa de una turbación llena de palpitaciones tumultuosas y confusas. En aquella actitud de cariátide parecía figura ideal, detenida en el lindar de la otra vida. Estaba tan pálida y tan triste, que no era posible contemplarla un instante, sin sentir anegado el corazón por la idea de la muerte...

Su abuela la llamó:

[221] -¿Qué te pasa pequeña?

Rosarito por toda respuesta abrió los ojos, sonriendo tristemente. La anciana movió la cabeza con muestra de disgusto, y se volvió á Don Juan Manuel:

A tí aun espero verte mañana. El capellán nos dirá la misa de alba en la capilla, y quiero que la oigas...

El mayorazgo se inclinó, como pudiera hacerlo ante una reina. Después, con aquel andar altivo y soberano, que tan en consonancia estaba con la índole de su alma, atravesó la sala. Cuando el portier cayó tras él, la condesa de Cela tuvo que enjugarse algunas lágrimas.

¡Que vida Dios mío! ¡que vida!...



La sala del Pazo, aquella gran sala adornada con cornucopias y retratos de generales, [222] de damas y de obispos,- yace sumida en trémula penumbra. La anciana condesa dormita en el canapé. Encima del velador parecen hacer otro tanto el bastón del mayorazgo, y la labor de Rosarito. Tropel de fantasmas se agita entre los cortinones espesos. ¡Todo duerme! Más hé ahí, que de pronto la condesa abre los ojos, y los fija con sobresalto en la puerta del jardín *jardín*. Imagínase haber oído un grito en sueños, uno de esos gritos de la noche, inarticulados, y por demás medrosos. Con la cabeza echada hácia *hacia* delante, y el ánimo acobardado y suspenso, permanece breves instantes en escucha... ¡Nada! El silencio es profundo. Solamente turba la quietud de la estancia, el latir acompasado y menudo de un reloj, que brilla en el fondo apenas esclarecido...

La condesa ha vuelto á dormirse.

Un ratón sale de su escondite, y atraviesa la sala con gentil y vivaz trotecillo. Las [223] cornucopias le contemplan desde lo alto: parecen pupilas de monstruos ocultos en los rincones oscuros. El reflejo de la luna penetra hasta el centro del salón: los daguerreotipos centellean sobre las consolas, apoyados en los jarrones llenos de rosas. Por intervalos se escucha la voz aflautada y doliente de un sapo que canta en el jardín. Es la media noche, y la luz de la lámpara agoniza.

La condesa se despierta, y hace la señal de la cruz.

De nuevo ha oído un grito, pero esta vez tan claro, tan distinto que ya no duda. Requiere la muleta, y en actitud de incorporarse escucha. Un gatazo negro, encaramado en el respaldo de una silla, acéchala con ojos lucientes. La condesa siente el escalofrío del miedo. Por escapar á esta obsesión de sus sentidos, se levanta, y sale de la estancia. El gatazo negro la sigue maullando [224] lastimeramente: su cola fosca, su lomo enarcado, sus ojos fosforescentes, le dan todo el aspecto de un animal embrujado y macabro. El corredor es obscuro. El golpe de la muleta resuena como en la desierta nave de una iglesia. Allá al final, una puerta entornada deja escapar un rayo de luz...

La condesa de Cela llega temblando.

La cámara está desierta, parece abandonada. Por una ventana abierta, que cae al jardín, alcánzanse á ver en esbozo fantástico masas de árboles que se recortan sobre el cielo negro y estrellado: la brisa nocturna extremece *estremece* las bujías de un candelabro de plata, que lloran sin consuelo en las doradas arandelas: aquella ventana abierta sobre el jardín misterioso y obscuro, tiene algo de evocador y sugestivo. ¡Parece que alguno acaba de huir por ella!...

La condesa se detiene, paralizada de espanto.

[225] En el fondo de la estancia, el lecho de palo santo, donde durmiera cien años antes Fray Diego de Cádiz, dibuja sus líneas rígidas y severas á través de luengos cortinajes de damasco antiguo, ese damasco carmesí que parece tener algo de litúrgico ¡tanto recuerda los viejos pendones parroquiales! A veces una mancha negra pasa corriendo sobre el muro: tomaríasela por la sombra de un pájaro gigantesco: se la ve posarse en el techo y deformarse en los ángulos: arrastrarse por el suelo y esconderse bajo las sillas: de improviso, presa de un vértigo funambulesco, otra vez salta al muro, y galopa por él como una araña...

La condesa cree morir.

En aquella hora, en medio de aquel silencio, el rumor más leve acrecienta su alucinación Un mueble que cruge *cruje*; un gusano que carcome en la madera; el viento que se retuerce en el mainel de las ventanas, [226] todo tiene para ella entonaciones trágicas ó pavorosas. Encorvada sobre la muleta, tiembla con todos sus miembros. Se acerca al lecho; separa las cortinas, y mira. ¡Rosarito está allí!... inanimada, yerta, blanca! Dos lágrimas humedecen sus mejillas. Los ojos tienen la mirada fija y aterradora de los muertos. ¡Por su corpiño blanco corre un hilo de sangre!... El alfilerón de oro que momentos antes aun sugetaba *sujetaba* la trenza de la niña, está bárbaramente clavado en su pecho, sobre el corazón. La rubia cabellera extiéndese por la almohada, trágica, magdalénica!...



Villanueva de Arosa, Abril de 1894.




 
 
FIN