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31

Puede verse en el tomo II de las O. C.

 

32

Las ideas biológicas, p. 309. Con esta imagen y las mismas palabras había cerrado también su discurso de ingreso en la Academia Española.

 

33

Véase la extensa relación de errores que enumera en las páginas 42-44 de Las ideas biológicas. En cuanto a los defectos, aparte de señalar inadvertencias y lagunas en su obra, nota su excesiva susceptibilidad, algo de presunción y una cierta pedantería.

 

34

«Con un intervalo de muchos años, porque a veces la semilla del espíritu fructifica tarde y cuando menos se espera, el grupo del 98, considerado con la máxima amplitud de límites, fue una continuación de los hombres ilustrados de la centuria anterior» («El problema del siglo XVIII español», La Nación, 25 de febrero, 1955). La misma idea en el prólogo a Los afrancesados de Artola, p. 912.

 

35

Cfr. Prólogo a Vida e historia.

 

36

«El siglo XVIII y las Academias», O. C., IX, 1973, p. 127.

 

37

«Feijoo en Francia» (La Nación, 17 de abril, 1938), Obras completas, IV, 1976, p. 410. En términos más resumidos, viene a decir lo mismo en su conferencia de Montevideo sobre «Los amigos del padre Feijoo»: por ser Feijoo el gran paladín de la gran crisis intelectual del siglo XVIII «he dedicado muchas horas de mi preocupación española a realzar su figura».

 

38

Las ideas biológicas, p. 36.

 

39

Prólogo a Las ideas biológicas, p. 13. Lo mismo había venido a decir en Vocación, pp. 242-243.

 

40

Así, a propósito de la tesis de Artola acerca de los orígenes de la Revolución francesa, escribe: «[...] el autor, tras el exacto estudio de los hechos, se suma a la común opinión de que la Revolución francesa fue el fruto natural, diríamos normal, del espíritu del siglo XVIII, es decir, del culto a la razón, del amor a las luces, del Aufklärung» («El afrancesamiento de los españoles», p. 12), «y este jacobinismo fue el que se interpoló en la noble evolución del Aufklärung, convirtiéndole en revolución y retrasando su eficaz trayectoria» (p. 17)