Desde que empezó la funesta guerra de Cuba hasta el día de hoy, en medio de los enormes disgustos y cuidados que nos afligen, algo hay que celebrar, sirviéndonos de consuelo y dándonos esperanza de un éxito dichoso.
Celebramos, pues, en primer lugar, el acendrado y generoso patriotismo del pueblo español, que, por una causa que no puede traernos provecho, pero en la que está interesada la honra nacional, sufre con resignación y hasta con gusto los grandes sacrificios de sangre y de dinero que se le han impuesto y que se le impondrán en lo futuro. Y celebramos, además, prescindiendo de todo interés de partido, la enérgica y atinada actividad con que el general Azcárraga, ministro de la Guerra, ha logrado enviar a la Gran Antilla, con extraordinaria rapidez los hombres y los recursos que allí se requieren para que la rebelión pueda ser sofocada.
Poco propicia ha sido hasta ahora la fortuna a nuestros generales, cuando consideramos la magnitud de los medios que la nación y su Gobierno les suministran; pero España no debe ni puede censurarlos, antes conviene que los elogie y aun los bendiga, porque no desesperan de la salud de la patria.
De un general pueden exigirse valor, serenidad, autoridad y pericia en las cosas militares. Lo que no puede exigirse, no siendo lícito culpar a nadie de que le falte, es aquella inspiración maravillosa que el genio de la guerra infunde a veces en el alma de los grandes capitanes, y por cuya virtud obtienen triunfo, que todas las ciencias bélicas y las estrategias más profundas jamás explican. En Gonzalo de Córdoba y en Hernán Cortés, por ejemplo, hay un no sé qué de sobrenatural que nos pasma y con lo que sería delirio contar para todas ocasiones.
En la ocasión presente, y desistiendo de exigir como obligación o como deber las inspiraciones o los milagros del genio, nuestros generales, antes Martínez Campos y ahora Weyler, merecen aprobación y aun aplauso. Los justifica, sobre todo, la destreza del enemigo para rehuir el combate, escapar a la persecución y escabullirse y esconderse. En la gran extensión de la isla, en sus bosques y ciénagas, en lo quebrado y áspero del terreno a veces y en lo insalubre y mortífero de aquel clima para los europeos, encuentran apoyo los insurrectos, y nuestros soldados, obstáculos harto difíciles de superar. Si recordamos que en la primera mitad de este siglo hubo en Andalucía forajidos como el Tempranillo, el Chato de Benamejí, el Cojo de Encinas Reales, Navarro y Caparrota, y que teniendo cada cual una cuadrilla de diez o doce hombres a lo más, en campo raso, donde, si a veces el terreno es quebrado, no hay selvas tupidas ni lugares pantanosos, todavía burlaron las persecuciones y se sustrajeron durante largos años a las batidas que dio el Poder público para cazarlos, no debemos extrañar que, a pesar de nuestro valeroso y valiente ejército, recorran la isla Antonio Maceo, Máximo Gómez y otros malhechores, con disfraz de patriotas, y que talen, incendien y saqueen, sin que se haya logrado aún capturarlos e imponerles el castigo que merecen.
La disculpa del poco éxito alcanzado hasta ahora no puede tener fundamento más sólido ni más claro.
En cambio, son dignos de omnímodas alabanzas, singularmente en el general Martínez Campos, el noble patriotismo y la suprema abnegación con que fue a Cuba, exponiéndose en una lucha sin gloria a la mengua o a la pérdida de su crédito, que ya no podía ser mayor. Y no menos alabanza piden la lenidad, la dulzura y el espíritu de conciliación con que el general Martínez Campos, durante todo el tiempo que ha mandado en la isla, ha tratado a los diferentes partidos políticos que en ella hay, sin excluir a los que, llenos de imperdonable ingratitud hacia la metrópoli y ciegos por ambición o por falso y torcido amor al suelo natal, anhelan y buscan la separación de Cuba y de España.
A pesar de esta conducta circunspecta y humana del general Martínez Campos, en nada desmentida hasta el día por su sucesor, el general Weyler, y a pesar de que los insurrectos no tienen residencia fija ni guarida permanente sino que andan a salto de mata, más que como soldados como ladrones, ha ocurrido lo que a nadie sorprende, porque se preveía, pero lo que a toda persona honrada y juiciosa escandaliza y aturde. El Senado angloamericano, después de larga discusión, en que muchos de sus más notables individuos se han desatado en groserísimas injurias contra España, ha estimulado y autorizado al presidente Cleveland para que, en el momento que considere más oportuno, declare la beligerancia de los insurrectos.
Durísimo, feroz, es el ultraje que el Senado angloamericano ha hecho a España y que la Cámara de representantes de la misma República casi por unanimidad ha confirmado luego; pero aunque los periódicos más acreditados de la Península miran con calma la ofensa que hemos recibido y recomiendan al pueblo español prudencia y sufrimiento, todavía quiero yo, valga por lo que valga y hasta donde mi voz pueda ser oída, recomendar prudencia y sufrimientos mayores.
Es innegable que en la resolución que se ha tomado y en los motivos que se han alegado para tomarla se nos ha hecho el insulto más sangriento que hacer se puede. Un sujeto cualquiera medianamente celoso de su honra, ofendida así por otro sujeto, quedaría afrentado, humillado y escarnecido si no pidiese y buscase la venganza en un duelo a muerte. Pero ¿qué paridad hay entre lo que sucede y debe suceder cuando se trata de particulares y lo que sucede y debe suceder entre dos potencias soberanas?
Los padrinos de los particulares desafiados, cumpliendo con las leyes del honor y del duelo, no consienten que nadie riña en él con ventaja, ni uno contra cuatro, ni con mejores ni más poderosas armas éste que el otro, sino que todo lo equilibran procurando la posible igualdad de fuerzas o de destreza y de probabilidades del triunfo. Muy bueno y deseable sería que no hubiese riñas, sino paz entre los hombres; pero ya que hay riñas, es laudable y extraordinario progreso el desafío bien ordenado entre particulares. Por el contrario, la guerra entre naciones, a pesar de cuanto han ganado los usos y costumbres y a pesar de los decantados progresos del derecho de gentes, sigue siendo casi tan desordenada y salvaje como en los tiempos antiguos, por más que esto se vele o disimule con refinamientos hipócritas. Una nación aislada, como lo está España, con menos de la cuarta parte de habitantes que tienen los Estados Unidos y con muchísimos menos recursos pecuniarios para comprar u fabricar los costosísimos medios de destrucción que hoy se emplean, incurriría en un heroico delirio y cometerá un acto de inaudita temeridad en provocar a dichos Estados, pidiéndoles, con sobrada energía, satisfacción de una injuria, que, en mi sentir, se puede por ahora disimular sin desdoro. Obvias son las razones que tengo para aconsejar este prudente disimulo, por parte de los Poderes públicos, se entiende, y quedando a salvo la lengua y la pluma de cada ciudadano español, para devolver con creces agravio por agravio y para desahogarse hasta quedar satisfecho y pagado.
Entiendo con esto que un desahogo particular, con el motivo de que vamos tratando, es disculpable, aunque a poco o nada conduzca; pero cualquiera manifestación colectiva en ofensa y en odio de la gran República norteamericana sería hoy por todos estilos perjudicial y contraproducente, y nos quitaría mucha parte de la razón, de que debemos cargarnos. Veo, pues, con verdadero contento la circunspección y el juicio con que casi todos los periódicos de España aconsejan al pueblo que se abstenga de tales manifestaciones, y la prudente energía con que el Gobierno se apercibe a prevenirlas o a reprimirlas.
Pero yo aún voy más allá en excitar al Gobierno a la longanimidad y a la paciencia. Creo que el Gobierno no debe siquiera pedir por la vía diplomática satisfacción al Gobierno de Washington por las groseras injurias y calumnias que han lanzado contra España varios senadores desde el Capitolio de Washington.
Hay que tener en cuenta que en aquella gran República no suelen ser los politicians las gentes más estimadas, mejor educadas y más sensatas: que por allí no guardan en las discusiones públicas el mismo decoro y la misma cortesía que en los parlamentos europeos, y que en el estilo y hasta en los modales se advierte cierta selvática rudeza, por influjo acaso del medio ambiente, por cierto atavismo, no transmitido por generación como el pecado original, sino por el aire que en aquellos círculos políticos se respira. Cuando en los escaños de un Cuerpo legislador se masca tabaco, se colocan los pies más altos que la cabeza, y cada senador se entretiene con un cuchillito y un tarugo de madera en llenar el suelo de virutas, no es de extrañar que se digan y se aplaudan las mayores ferocidades, como si oradores y oyentes estuviesen tomados del vino.
No prueba esto, ni mucho menos, que la mayoría de aquella gran nación piense y sienta como sus apasionados politicians, antes es de esperar que esa mayoría, sin con quejas violentas no la soliviantamos nosotros y no nos enajenamos su voluntad, proteste, al ver nuestra serenidad y nuestra cordura, contra los agravios que los senadores nos han inferido y dé con su protesta el conveniente vigor y el indispensable apoyo al presidente, señor Cleveland, para que él proteste también sin que nosotros lo pidamos o lo exijamos y para que no se prevalga de la insinuación y del permiso con que le excitan y facultan a reconocer la beligerancia.
Claro está que el Gobierno español debe estar prevenido para todo evento, sin que ninguno, por peligroso que sea, le sorprenda o le asuste; pero al mismo tiempo nos atrevemos a recomendarle placidez y calma.
Aun suponiendo al señor Cleveland amigo de España o amigo al menos de la justicia, no comprendo qué nos propondríamos lograr si de oficio pidiera satisfacción nuestro Gobierno de las injurias que nos han dirigido los senadores. Inútilmente pondríamos al señor Cleveland en el mayor apuro, ya que él no tiene fuerza para castigar a los senadores que se han insolentado contra nosotros ni para moverlos a que se retracten y canten la palinodia. Lo más que el presidente podría hacer, sacrificando acaso un poco de su popularidad e indisponiéndose con los senadores para estar fino y amable con nosotros, sería decir que deploraba que nos hubiesen injuriado. Tal función de desagravios es tan triste y tan incompleta, que lo mejor es que no la haya. Lo mejor es que el Gobierno español no aspire a que el señor Cleveland declare que nos tiene algo a modo de lástima.
En suma: a pesar de las ofensas que se nos han hecho hasta ahora en el Senado, y a pesar de que yo doy por seguro que no han sido menores las que se nos han hecho en el Congreso, yo creo que el Gobierno de la nación española no debe darse por entendido, ni considerarse herido de semejantes ofensas, ni formular contra ellas en documento oficial la más pequeña queja. Esta queja sería una confesión de que nos han tocado y maltratado, sería poner a la nación española al nivel de sus detractores, sería confesar que los tiros de éstos han subido muy alto y han tenido fuerza atravesar el escudo del soberano desprecio con que España debe desdeñarlos.
España, prescindiendo de la resolución que en pos de los insultos puede venir, arrastrándonos fatalmente a una guerra sangrienta y ruinosa, y considerando sólo los insultos, conviene que los juzgue y condene con las palabras mismas del gran poeta inglés: Tales told by idiots, full of sound and fury, signifying nothing.
En los momentos difíciles en que se halla en el día la nación española, es antipatriótico todo espíritu de oposición contra el Gobierno. Debemos desear que acierte, y para su acierto debemos coadyuvar en la medida de nuestras fuerzas, sin poner el menor estorbo y sin apelar a la censura ni mostrar disgustos sino en casos extremos. A fin de no precipitar al Gobierno a un rompimiento prematuro con los Estados Unidos, lo primero que importa comprender es que no se debe ligeramente pensar que el honor de España está ofendido y comprometido por aquello y en aquello por lo que no puede estarlo. Válganos una comparación para aclarar este concepto. Si un solo hombre se viese acometido por cuatro o por más locos furiosos, mejor armados y con mayores medios de defensa y de ofensa, y los cuatro le insultasen, y además quisiesen con amenazas intervenir en los negocios de él y hasta disponer y apoderarse de su hacienda, el hombre así atacado lo primero que haría sería prescindir de los insultos y procurar, pidiendo auxilio y por todos los medios, rechazar las injustas pretensiones y exigencias de sus poderosos agresores. En último resultado, si permaneciese solo y nadie acudiese en su ayuda, lo noble y lo heroico sería combatir él solo contra los cuatro hasta vencerlos o morir; pero también sería delirio, y vanidad, y pundonor mal entendido el combatir solo y desde luego sin intentar que alguien viniese en nombre de la equidad y de la justicia a poner a raya a su enemigo y a evitar la desigual e injusta contienda con que su enemigo le amenazaba si no cedía o se humillaba a su capricho, a su soberbia y a su codicia acaso.
Quiero significar con esto que, a mi ver, el Gobierno español, sin dirigir la menor queja al de Washington, en lenguaje tan templado y circunspecto como firme, en nota circular dirigida a las principales naciones de Europa, debe escribir una protesta contra la resolución tomada por el Senado y por el Congreso de los Estados Unidos, demostrando con razonamientos y autoridades y citas que los mencionados cuerpos colegisladores han infringido el derecho de gentes al declarar beligerantes a unos forajidos, han faltado a las buenas relaciones de amistad con España fomentando y favoreciendo el espíritu de rebelión de algunos cubanos, y han desconocido la autonomía y soberanía de España osando amenazarla con intervenir en sus interiores asuntos y excitándola a que se desprenda de gran parte de su territorio y de la población, que hay en él, lo cual es todo suyo legítimamente desde hace cuatro siglos.
Yo no puedo creer que Francia, Inglaterra, Alemania y otras grandes potencias de Europa dejen de darnos la razón: no se pongan de nuestro lado a fin de impedir que violentamente se nos veje y se nos quiera despojar de lo que poseemos, amenazándonos con una guerra injusta y harto poco gloriosa para el que con ella nos amenaza, confiado en la descomunal superioridad de sus fuerzas en hombres y en dinero.
Durante siglos España ha demostrado su valor, y bien puede ahora, sin recelar que la acusen de pusilánime, llegar al último extremo de la prudencia y de la cordura y pedir apoyo y favor contra un enemigo reconocidamente más fuerte que ella y que trata de abusar de su fuerza. Asimismo es muy humano y muy conveniente a la civilización evitar hasta donde sea posible la efusión de sangre, los estragos, la paralización del comercio y las grandes pérdidas de riqueza que una guerra trae consigo. Nadie nos podría zaherir por esquivar esta guerra, dejando a salvo nuestra independiente soberanía y conservando, sin acudir a las armas y merced al apoyo de grandes potencias, la integridad de nuestro territorio.
Enorme desventura sería si después de dar este paso nadie nos acudiese y permaneciésemos tan aislados como estábamos ahora. Para entonces es para cuando conviene tener nuestra energía como contenida y represada y hacer brioso alarde de ella con viril serenidad, arrostrando todos los peligros, confiando en Dios y en nuestro derecho, y combatiendo solos contra los Estados Unidos, aunque fuesen mil veces más poderosos de lo que son, sin desesperar del triunfo, o sin hacerlo pagar muy caro al menos.
Lo pasado ya no tiene remedio. De lo pasado no debiera hablarse si no encerraba una lección y un escarmiento para el futuro.
Menester es confesarlo. En el aislamiento de España hay de nuestra parte no pequeña culpa. Cuantos gobiernos y cuantos partidos han estado en España en el Poder, desde hace muchos años, han propendido al aislamiento movidos por una prudencia mal entendida y por un concepto equivocado y mezquino de la importancia y del valer de la nación cuyos destinos dirigían. Deberes hay que España no puede desatender, y hay aspiraciones y propósitos que el alma de la nación no puede ahogar en su centro, aunque se esfuerce por ahogarlos. Son los deberes la conservación de las Antillas y de los archipiélagos que poseemos en el Pacífico. Nuestras aspiraciones, providencial o fatalmente impuestas por nuestra misma historia están en que nadie, sin contar con nosotros, domine en Marruecos; en estrechar cada vez más nuestras relaciones con los portugueses; y en conservar, ya que los lazos políticos están rotos, la unidad de civilización, de idioma y de casta entre esta Península y las que fueron sus colonias y hoy son repúblicas independientes, procurando y anhelando, con poco menos ahínco e interés que nuestra prosperidad y auge, los de las repúblicas hispanoamericanas, hacia las cuales nos inclina un orgullo paternal que no quisiéramos ver abatido y burlado.
Con tales propósitos y miras, el retraimiento de España es imposible: el afán de sus gobernantes de no exponerla lanzándola en aventuras, la ha expuesto más dejándola sola. Hasta nuestro desmedido proteccionismo ha contribuido a enajenarnos la voluntad o a entibiar al menos el afecto que pudieran sentir por nosotros algunas potencias de primer orden. No nos ha valido para estímulo el ejemplo de otras naciones que, buscando alianzas y aventurando algo, han alcanzado bienes que parecían inasequibles y como delirios de un ensueño. Así, el Piamonte, vencido y ruinosamente multado, después de Novara, ha venido a lograr lo que en balde se pretendía desde hace siglos: la unidad de Italia, sólo momentáneamente lograda bajo el cetro del rey bárbaro Teodorico. Austria, para tener apoyo y alianza, se ha unido en estrecha amistad con os dos pueblos que más la han agraviado: con los italianos, que han conseguido arrebatarle el Milanesado y el Véneto, y con los prusianos, que la vencieron y la despojaron de la hegemonía en Alemania. Francia misma, desechando antiguas enemistades, busca con fina y constante solicitud la amistad de los rusos y los lisonjea y los encomia, poniendo de moda hasta las rarezas y excentricidades de sus escritores. Tal vez España sea la única nación que, por el afán de no comprometerse, ha esquivado toda amistad y se ha quedado sola. Si sigue así, si nadie acude a sostenerla, escarmentará al verse en tan cruel abandono.
Por fortuna, aun sin contar con alianzas que no hemos buscado y con simpatías que no hemos procurado crear ni fomentar, todavía nos queda alguna esperanza de que las grandes potencias de Europa se pongan de nuestro lado, vuelvan por nosotros y hagan respetar nuestros derechos. Sería extraño que sufriese en silencio el presuntuoso descaro con que los diputados y senadores yanquis se constituyen en tribunal del humano linaje, en hierofantes de la filantropía y la cultura, reprobando y anatematizando la conducta de una nación soberana en su gobierno interior, sometiéndola a su fallo y tratando de imponerle castigos infamantes, de desmembrarla a su antojo y de despojarla de parte de sus bienes. Todavía es más odiosa y ridícula esta pretensión al notar que se apoya en la necia doctrina de Monroe. ¿Qué significa racionalmente que América ha de ser para los americanos? ¿Dónde están los americanos a quienes América, en todo caso, pertenece? Los que han dejado vivos los yanquis están acorralados como toros bravos en una dehesa o como jabalíes en un coto. Fuera de esto, América es y seguirá siendo, durante muchos siglos, de los europeos. La religión, la ciencia, la cultura, los idiomas en que se habla y se escribe, todo, es allí de Europa. Si ha habido allí algunos historiadores ilustres, algunos poetas inspirados, y tal cual mediano pensador, en inglés, en portugués o en español han escrito; si algo han inventado, no ha sido lo bastante, ni para torcer el rumbo, ni para acelerar el paso y aumentar el vigor y la firmeza con que la Humanidad sigue su marcha progresiva elevándose a superiores esferas. Todo cuanto los yanquis han pensado, inventado o escrito, podrá ser un brillante apéndice; pero no es más que un apéndice de la civilización inglesa. Será una cola muy lucida, pero no es más que la cola. El núcleo, el loco, el centro luminoso, el primer móvil, cuanto ilumina y mueve aún a la Humanidad en su camino, está en Europa y no ha pasado a América ni es de temer que pase. La antorcha del saber y de la inteligencia, la férula del magisterio, el timón de la nave, el centro de la soberanía mental están en Europa desde hace tres mil años.
Ni los persas, ni los cartagineses, ni los árabes, ni los tártaros, ni los turcos lograron arrebatárnoslos en sus ingentes y tremendas expansiones. Es, pues, cosa de risa el prurito de los yanquis, su mal disimulado deseo de arrebatárnoslos ahora. Y si no pretenden eso, si no aspiran sino a un nuevo divorcio entre ambos hemisferios, ¿qué significa la doctrina de Monroe? Todavía en las repúblicas hispanoamericanas, si la suerte les hubiera sido más favorable y si no estuvieran tan abatidas, la doctrina de Monroe tendría explicación, tendría fundamento justificado. Allí hay un elemento indígena: allí hay americanos de verdad. Hasta de la mezcla de la sangre española y de la sangre india se podría suponer que ha nacido y que se desenvolverá una raza distinta y acaso superior a la europea. Pero ¿en los Estados Unidos hay algo más que el suelo que sea americano? ¿Qué significa, pues, la manoseada frase «para los americanos América?» ¿Con qué razón, con qué derecho, a no ser por la fuerza cuando la tengan, tratarán los yanquis de echar de América, primero a España, y después a Inglaterra, a Francia, a Holanda y a Dinamarca, que son tan americanas como los yanquis y han merecido y merecen más aplauso y gratitud de América, porque la han colonizado, civilizado y cristianizado, implantando en ello todo el saber, toda la virtud y todos los gérmenes de poder y de grandeza de que los yanquis andan ahora tan orgullosos?
Al redactar este escrito me dejo llevar por un impulso involuntario, reconociendo lo poco que importa mi protesta y lo débil que es este alarde de patriotismo al lado de los que hacen y seguirán haciendo muchos generosos y nobles españoles, como, por ejemplo, los que residen en Méjico, y en la Península el sabio obispo de Oviedo y el noble marqués de Comillas. Avergonzado por ellos de mi insignificancia, he vacilado, durante algunos días, en dar a la estampa lo escrito.
Igualmente me han hecho vacilar el respeto y el afecto que profeso aún a la nación angloamericana, a pesar de las injurias de que sus representantes nos han colmado, porque yo no quisiera, por ningún estilo, al devolver a dichos representantes agravio por agravio, que alguien imaginase que yo trataba de ofender a su nación, aunque por ser nosotros calumniados y engañada ella por vulgares prejuicios que han difundido y difunden rastreros escritores, estuviésemos empeñados en una lucha que no tiene razón de ser. Estos rastreros escritores se han complacido en pintarnos, a los ojos del vulgo de sus compatricios, como una nación de fanáticos y de malvados. Casi les hacen creer que tenemos Inquisición todavía y que hemos asesinado jurídicamente, cuando la tuvimos, centenares y centenares de hombres. Se han callado muy bien, o por mala fe o por ignorancia, que en cualquiera de las naciones más cultas y urbanas de Europa, y sin tener Inquisición, se han cometido más crueldades, se han elevado más cadalsos, se han encendido más hogueras y ha hecho más víctimas que en España la superstición religiosa. En Inglaterra, metrópoli de los Estados Unidos, cuentan autores ingleses sobre treinta mil brujos y brujas ajusticiados; víctimas del fanatismo han perecido allí reyes y reinas, y mártires tan gloriosos como Tomás Moro.
Lutero, Calvino y Knox sólo pedían libertad religiosa cuando estaban en minoría. En Escocia aún se quemaban brujas en el siglo pasado. Y en los mismos Estados Unidos, sólo en Salem (Massachusetts), se han cometido más atrocidades y asesinatos jurídicos, únicamente a causa de la brujería, que por causa o pretexto de religión cometió el Santo oficio en toda la América entonces española, desde Tejas y California hasta el estrecho de Magallanes.
Yo no creo que los mulatos rebeldes y los negros cimarrones de Cuba despierten profundas simpatías en el alma de los legisladores yanquis, ni que les den esperanza de que, declarados ya independientes, formen una República superior a la de Haití, y contribuyan más que nosotros al progreso y al bienestar del linaje humano y al florecimiento y auge de la agricultura, de la industria y del comercio. Para mí, pues, es evidente que no por amor de ellos, sino por odio a nosotros, ambas asambleas de la Unión los protegen. Y este odio, que deploro, es el que yo quisiera ver disipado. Tengo por innegable que en ningún corazón español, a pesar de los ultrajes recibidos, existe tal odio. Sin él, y sólo por necesidad, iremos a la pelea si se nos acosa; si se nos pone, como vulgarmente se dice, entre la espada y la pared. Doloroso será entonces tener que pelear contra un pueblo en quien no podemos menos de admirar excelentes prendas y elevados impulsos, enteramente contrarios a los que lo exciten a esta injusta contienda.
Lo que yo admiro más en los Estados Unidos, hasta por el candor juvenil y casi infantil del sentimiento, es su prurito de acometer portentosas y difíciles empresas y de ver si logran sobrepujar en todo a los europeos. Hay en Europa casas de siete pisos; pues los yanquis las construyen de catorce. Hay en Europa monumentos altísimos; pues los yanquis los construyen cincuenta codos más altos. Hay en Europa regios alcázares, cuya base se extiende sobre centenares de metros cuadrados; pues los yanquis harán que se extiendan sobre millares de metros cuadrados sus alcázares republicanos. Todo en América ha de ser más alto y más grande que en Europa. ¿No está, por consiguiente, en contradicción con este empeño de superioridad, con el Excelsior, tan hermosamente cantado por un poeta yanqui y tomado como lema y santo y señal de su nación, el querer intimidar con amenazas y fieros a una nación que se cree débil, para fomentar la rebelión de gente a quien no es posible que se estime y para atropellar legítimos derechos? El mismo presidente Cleveland y todo el pueblo angloamericano debieran protestar, sin que nadie abogase por nosotros, contra los arrebatos violentos y ciegos de que se han dejado llevar sus cuerpos colegisladores.
Hubo en los Estados Unidos, y hay aún, porque supongo que vive, un cierto coronel Ingersoll, que quiso, en su especialidad, como otros compatriotas suyos, ir más allá que todos los europeos. Era su especialidad un terrible aborrecimiento a Dios y un decidido empeño de expulsarle del Universo, a fin de que, libre del despotismo divino, fuese más dichoso el humano linaje. Para esta expulsión de Dios alegaba el coronel la crueldad con que Dios castiga en el infierno a los pecadores. Decía él que si su mujer, un tío suyo o cualquiera de sus camaradas estuviese sufriendo las penas eternas y él estuviese en el cielo, le diría a Dios cuatro frescas y se iría también al infierno con su gente. Pero a esto se me ocurre objetar: ¿No sería mejor y más prudente, en vez de pelearse con Dios, insultarle y llamarle tirano, creer que es bueno y hasta que todo eso de las penas eternas puede ser una calumnia que le han levantado a Dios en las Edades Tenebrosas, como e. coronel Ingersoll las llama? Pues aplíquese el cuento al caso presente, y en vez de querer arrojarnos de Cuba y de insultarnos por lo crueles que somos, reconózcase y confiésese que no hay tal crueldad de nuestra parte, sino exagerada blandura con los mambises depredadores e incendiarios. Esto sería lo razonable y lo justo: que el coronel Ingersoll dejase a Dios en paz en el cielo y se contentase con poner las peras a cuarto a Moisés y con demostrar que no supo tanta química y tanta geología como él sabe y que sus compatricios nos dejasen a nosotros en paz en Cuba, reconociendo que la hemos de cuidar mejor que los insurrectos si llegan a ser independientes, aunque no acertemos a hacer de Cuba el paraíso que harían de ella los yanquis, más sabios que nosotros en artes mecánicas y mejor iluminados e influídos por los genios del comercio y de la industria.
En suma: yo tengo cierta vaga esperanza y pido fervorosamente al Cielo que se realice, de que las grandes potencias de Europa, que forman tácita confederación para dirigir y ordenar la marcha civilizadora de nuestra especie, no contemplen con indiferencia la atroz iniquidad de que pretenden las cámaras angloamericanas hacernos blanco y objeto. Hasta confío aún en que la masa del pueblo de la Unión vuelva en sí, retroceda del camino por que quieren lanzarla, se llene de honrados escrúpulos y vea y note cuánto hay de cobarde, de ruin y alevoso en querer aprovecharse, para humillarnos, de nuestra verdadera o aparente postración y de los disturbios que nos abruman. Yo no me atrevo a creer que ese pueblo, hoy en toda la lozanía, crecimiento y vigor de su mocedad, pretenda lucirse haciendo el feo papel de sacudir la coz del asno contra el león que juzga moribundo. Por todo esto, es tan posible como deseable que el conflicto que se ha promovido no acabe por estallar, con horroroso estrago, como bomba de dinamita, sino que se quiebre y se desvanezca en el aire como tenue bola de jabón y de agua.
En vista de lo que queda expuesto, apenas es creíble que Inglaterra, Francia y las demás naciones de Europa que en América tienen colonias se crucen de brazos, y sólo por culpa de que somos débiles, o de que consideran que somos débiles, dejen sin chistar y sin mostrar el menor enojo que los Estados Unidos nos insulten, nos vejen y nos despojen.
Pongámonos, sin embargo, en lo peor. Demos ya por seguro que nadie acude a nuestro lado, y que, sin freno que los contenga, los yanquis persisten en sus exigencias y en su furia. Aun así, yo afirmo que debemos pasarnos de modestos, de pacíficos y de prudentes. El límite de nuestro sufrimiento debe ser el último límite. El Gobierno español, con maternal cuidado y amoroso desvelo, debe evitar cuanto sea posible los crueles sacrificios de vidas y de haciendas a que una guerra desigual nos obligue; pero, llegados ya al último límite, nos conviene entender que es consejo y no precepto evangélico aquello de que «si te piden la capa, da también la túnica». No, no debemos dar ni túnica ni capa; no debemos entregar a la codicia o a la soberbia de los yanquis ni un palmo de terreno en la isla de Cuba; ni debemos tampoco continuar pagándoles tributos como por virtud de injustas y arbitrarias reclamaciones de indemnización nos lo han hecho pagar durante muchos años, humillándonos al pagarlos. Antes de sufrir tanto oprobio y tan honda caída, desvanecidas ya todas las esperanzas de paz honrosa, declaremos la guerra a los Estados Unidos, hagámosla con valor, y, aunque nuestro triunfo definitivo parezca milagro, confiemos y creamos en que la era de los milagros no pasó todavía.
¿Quién sabe si el sacudimiento terrible que tendrá que producir esta guerra no será una crisis saludable que nos levante de la postración en que estamos y nos coloque de nuevo entre las grandes naciones del mundo? Unidos todos en un esfuerzo común, olvidaremos nuestras divisiones de partidos, nuestras rencillas políticas y nuestros desventurados regionalismos. No seremos republicanos ni carlistas, canovistas ni sagastinos; pero seremos ministeriales todos, y nos jactaremos de ser aragoneses, catalanes, castellanos o vascos, porque todos seremos españoles. Nuestro Ejército, lejos de lamentar la guerra, se alegrará de que, merced a la guerra, podrá luchar con alguien que dé la cara, que no sean forajidos que huyen y se esconden, y en cuyo vencimiento se puede alcanzar alguna gloria. Nuestros generales, por último, se alegrarán más aún, porque tendrán ocasión de mostrar lo que valen, en vez de jugar al escondite con enemigos que se ocultan y de sacrificar a sus soldados, no por exponerlos a las balas de esos enemigos y a sus celadas y sorpresas, sino por las inclemencias y las fiebres de un clima mortífero para ellos.
Aunque soy optimista, aunque no pierdo nunca la esperanza, aunque creo que ahora tienen los españoles el mismo gran ser que tuvieron a fines del siglo XV y durante todo el siglo XVI, cuando fue el apogeo de su gloria, si bien no temo la guerra, tampoco la deseo. No tienen la culpa los ciudadanos de los Estados Unidos en general de la soberbia disparatada, de la ignorancia y de la codicia de sus representantes y de sus senadores. Y yo, sin poderlo remediar, no excluyo de mi amor por el linaje humano al pueblo de los Estados Unidos, donde hubo y hay hombres y cosas que me son simpáticos: elegantes e inspirados poetas, como Longfellow, Russell-Lovell y Whitier; algunos pensadores, si poco originales, discretos e ingeniosos, como Emerson, imitador de Tomás Carlyle; varios historiadores, aunque poco profundos, amenos y agradables de leer, salvo cuando tratan de sus propios asuntos, porque entonces suelen ser más pesados que el plomo; varios divertidos novelistas y, sobre todo, hombres de tan aguda inventiva, que ya brillan, como Edison, empleando la electricidad en no pocos útiles y pasmosos artificios; ya producen la máquina de coser, que siempre que la contemplo me deja embobado. Yo admiro, además, la belleza, el talento y la refinada cultura de las mujeres angloamericanas, las cuales son la más preciosa y segura garantía de que si se llevase a su práctica huraña la doctrina de Monroe y se volviese a establecer el divorcio entre el Antiguo y el Nuevo Mundo, no volverían los habitadores del último a andar vestidos de plumas y de pieles, a sacrificar seres humanos a los ídolos y a comerse unos a otros. Yo admiro el salto del Niágara, la riqueza y prosperidad de los Estados Unidos, la magnificencia y esplendor de sus grandes ciudades, como Nueva York, Boston y Filadelfia; la facilidad y comodidad con que por allí se viaja en ferrocarril, y lo amables y hospitalarios que son los yanquis con los extranjeros cuando el amor propio no los ciega y cuando no se les pone en la cabeza que los extranjeros les son inferiores, porque entonces suelen ser harto poco amorosos y son muy desprovistos de caridad. Díganlo, si no, los pobres chinos, harto duramente zurrados, porque trabajan por muy corto salario. Para no cansar, lo que es yo, a pesar de los insultos que nos han inferido, celebraría en el alma que nos reconciliásemos, nos estimásemos en más y acabásemos por querernos bien en vez de venir a las manos.
Pero si esto no es decorosamente posible, ¿qué le hemos de hacer? Pecho al agua y adelante. No hay mal que por bien no venga. Casi estoy por decir que, de todos modos, saldremos gananciosos. Si somos vencidos, perderemos pronto a Cuba sin aburrirnos y cansarnos durante tres o cuatro años en perseguir a nuestros enemigos trashumantes, contra los cuales, en vez de enviar soldados, debiéramos enviar perros y hurones. Y si salimos vencedores, que todo es posible con el favor del Cielo, donde aún conserva y cuida Santiago su caballo blanco y sus armas, entonces se corregirían muchísimo los yanquis, porque se les bajará el orgullo, que es su mayor falta; y yo, aunque estoy abrumado por las enfermedades y los años, me regocijaré al contemplar a los yanquis más apacibles y benignos, menos duros e insolentes con nosotros, renegando de su tontería de doctrina de Monroe y alargándonos sin rencor y como Dios manda la mano de amigos.
Entonces cantaría yo un magnífico tedeum allá en el fondo de mi alma y habría de exclamar, remedando al viejo Simeón: Nunc dimittis servum tuum Domine, secundum verbum tuum in pace, quia viderunt oculi mei salutare tuum.
Madrid, 1896
Señor director de El Liberal.
Mi distinguido amigo: Al leer lo que dice La Época sobre política internacional, siento ciertos escrúpulos de haber contribuido, con el folleto que publiqué pocos días ha, a promover la cuestión de alianzas, que muchos periódicos tratan ahora. Esto me induce a comentar lo que ya dije, a fin de que, si no tiene usted inconveniente, me favorezca publicando esta carta, aunque impugne luego su contenido.
Lamentábame yo de que España, en la presente ocasión de apuros y peligros, estuviese aislada; pero mi lamento no implicaba oposición a determinado partido u hombre político. No iba contra nadie: iba contra todos. Y, por otra parte, como los aliados y los amigos no se buscan ni se ganan en el momento en que se necesitan, sino que se tienen a prevención y de antemano, también estuvo muy lejos de mi mente, y lo hubiera estado, aunque mi insignificancia no lo estorbase, el aconsejar al Gobierno actual que buscara deprisa y corriendo lo que antes de él, desde hace ya medio siglo, nadie había buscado.
Limitada así la intención que tuve al hablar de alianzas, sigo sosteniendo, sin que La Época me convenza de lo contrario, que las alianzas son buenas y que sin alianzas nada útil e importante se ha conseguido en el mundo desde que Hiran y Salomón se aliaron hasta el día de hoy. Cuando Salomón, que era sapientísimo, buscaba alianzas, no será el buscarlas tan gran disparate. Sin la que contrajo, ni él hubiera construido el admirable templo de Jerusalén, ni desde Aziongaber hubiera enviado a Ofir sus naves para que volviesen cargadas de marfil y sándalo, oro y perlas, perfumes, especias, papagayos y otros mil primores. Y prescindiendo de ejemplos vetustos, hay uno muy reciente que muestra cuán fecundas en bienes son las alianzas urdidas con arte. Si consideramos lo que ha ganado el Piamonte, desde Novara hasta el día, nos asombramos como del milagro más pasmoso. El pequeño sacrificio de enviar cuarenta mil hombres a Crimea, y más tarde el sacrificio algo mayor de ayudar a Prusia y de sufrir por mar una derrota en Lysa y por tierra otra en Custozza, han valido al Piamonte, primero el Milanesado y después el Véneto; que nadie se oponga a que arroje de Sicilia, de Nápoles, de Toscana y de otros estados a sus soberanos legítimos; que, a pesar del enojo de muchos millones de católicos, despoje al Papa de su poder temporal, y que constituya la unidad de Italia, que parecía sueño. Pedir más sería gollería; sería imitar a aquel monarca aprovechadísimo que pedia y alcanzaba tantas cosas por medio de su hijo, casado con el hada Parabanú, hermana del rey de los genios, que el rey de los genios se hartó al verle tan exigente y pedigüeño y le aplastó descargando sobre él su tremenda clava. La habilidad, por grande que sea, tiene su límite, sobre todo cuando no hay en ella magia o hechizo. Y magia sería si, por virtud de la Triple Alianza, diese Italia también cima y dichoso remate a sus tal vez prematuras empresas en remotos países.
La de Saavedra Fajardo, que cita La Época, y el texto latino de cierta fábula de Fedro, que todos sabemos, lo único que prueban es que cualquier obra de alguna trascendencia, como no se haga bien, lo mejor es que no se haga. Sin duda que hay peligro en aventurarse; pero quien no se aventura no pasa la mar.
Nosotros, los españoles, desde hace años pecamos de desconfiados y formamos de nosotros mismos muy pobre concepto. Pensamos y decimos, sin ironía ni broma, algo parecido a lo que por chiste oí yo decir una vez al señor don Antonio Cánovas, con general regocijo de cuantos le escuchaban. Decía que él se había venido de Málaga huyendo, porque allí todos le engañaban o trataban de engañarle. España, con la mayor formalidad, está diciendo y haciendo lo mismo: huye del trato y familiaridad de todas las potencias de Europa por temor de que la engañen.
Mientras más lo recapacito, mejor noto que la desconfianza que nos arrastra al retraimiento y al separatismo está en nosotros muy arraigada y conviene librarnos de ella. Por esta desconfianza echamos a los judíos y a los moriscos; por esta desconfianza se rompió nuestra unión con Portugal, y al romperla perdió Portugal lo mejor de su imperio en la India; por esta desconfianza estuvo a punto de separarse de nosotros Cataluña; en parte, por esta desconfianza se han emancipado prematuramente todas las colonias españolas del continente americano, y por esta desconfianza brotan hoy ominosos chispazos de regionalismo, ya en la misma Cataluña, ya en las provincias vascongadas, ya en Galicia.
Claro está que los negros y mulatos de la clase más ruda y humilde que hay en Cuba entre los rebeldes están allí por merodear; que los aventureros de países extraños están para ganar importancia y dinero en la contienda, y que muchos ambiciosos, nacidos en la propia tierra, están porque sueñan con ser ministros o presidentes de la República futura; pero si hay cubanos de arraigo y buena fe que conspiren o luchen contra España y anhelen la independencia de Cuba, esa desconfianza secular, ese vicio inveterado del separatismo, es quien los mueve. Y es tan pernicioso para ellos el movimiento, que, si España no logra pararlo, los llevará al suicidio colectivo, o a gemir bajo el yugo de un presidente o de un emperador negro, o a la desaparición, en la isla, de su lengua y de su casta, cuando toda, si triunfan, sea yanqui, dentro de poco.
A fin de impedirlo, sacrifica hoy España sus hombres y su dinero. Y no es el interés quien la impulsa, sino una obligación sagrada. No podemos consentir en que retroceda a la barbarie lo que durante cuatro siglos hemos cuidado con amor y cultivado con esmero, ni podemos consentir en que desaparezcan de Cuba los hombres de nuestra lengua y nuestra casta, por ingratos y díscolos que sean, para que se extiendan y dominen en ella los angloamericanos.
De esperar es que nos saquen airosos de este empeño la constancia patriótica de la nación y el valor de nuestros soldados. De esperar es que se evite el conflicto con los Estados Unidos, donde, aunque proclamen la beligerancia, tal vez no se atrevan a intervenir a mano armada en favor de los insurrectos. Y de esperar es, en último extremo, que si los Estados Unidos intervienen, contra razón y derecho, se interpongan las grandes potencias europeas y no permitan, o una guerra injusta y terrible, o el violento despojo de lo que nos pertenece, apoderándose la gran República de la llave del seno mejicano, por donde ha de abrir el camino que ponga en comunicación los dos grandes mares. Tales son las esperanzas que podemos tener. Con ellas debemos contentarnos, aunque no sean muy seguras. Ya no es tiempo de buscar alianzas. Solos estamos en el gran conflicto, y con nuestra propia energía tendremos que salir de él si en los Estados Unidos no ceden, pues al cabo la mayoría de aquel pueblo no es como Shermann, Morgan y Mills, o si las grandes potencias europeas, movidas por el propio interés, no nos prestan apoyo.
Pero si España hubiese contado con amistades y alianzas y no hubiese estado tan sola, no hubiera tenido que aguardar hasta el último extremo; hubiera inspirado más respeto en Washington, y no hubiera tenido que ceder a tantas humillantes e injustas reclamaciones y que pagar tanta indemnización con longanimidad lastimosa y que sufrir con paciencia tanto vejamen y tantos vituperios de senadores y diputados yanquis. Estos, de seguro, jamás se hubieran atrevido a despotricarse tan ferozmente si España hubiese estado más enlazada y sostenida en el concierto de las naciones civilizadas de Europa.
En mi sentir, pues, las alianzas no sólo son convenientes, sino indispensables para España, que tiene aún, y no puede menos de tener, tanto que conservar y tanto a que aspirar, si no se arroja en el surco y se declara muerta y prescinde de su historia.
La Época citaba, contra las alianzas, a Saavedra Fajardo. Yo citaré en favor de ellas a otro político de más fuste y recámara: al propio Nicolás Maquiavelo. Precisamente en el capítulo XXI, donde explica cómo se ha de gobernar un príncipe rara conquistar reputación, y donde hace tan hermoso elogio de Fernando de Aragón, marido de Isabel la Católica, a quien declara, por forma y por gloria, el primer rey entre los cristianos, se decide en favor de las alianzas, diciendo que un príncipe no es estimado sino cuando es verdadero amigo o verdadero enemigo; que el descubrirse es más útil que el quedarse neutral, y que el príncipe irresoluto, cuando, por huir compromisos y peligros, sigue el camino de la neutralidad, las más veces se hunde en vergonzosa ruina, teniendo que salir de la neutralidad por fuerza y no de grado.
Como ya he dicho que las alianzas convienen y hasta son indispensables, quisiera decir también de qué suerte me parece que deben buscarse y celebrarse; pero como hoy me he extendido mucho, lo dejo para otro día si no fatigo a los lectores de El Liberal con nueva carta.
Señor director de El Liberal.
Mi distinguido amigo: En cuestión de alianzas, tal vez sería lo mejor, después de afirmar que convienen, abstenerse de decir con quién y cómo. Los usos diplomáticos prescriben no hablar de tales conciertos hasta después de ya celebrados. Pero, a pesar de todo, me parece que no hay imprudencia ni falta de sigilo en que alguien, como yo, que está alejadísimo del Poder público y de todo centro oficial, y que no comprometo a nadie ni se compromete, diga sobre el asunto lo que se le antoje. Lo que yo pienso decir, además, no puede ofender a ninguna nación. Y no porque yo me valga de rodeos y perífrasis, sino porque quizá a causa de mi optimismo y de mi indulgencia afectuosa, apenas condeno a nadie y hallo disculpa para todo.
Triste cosa es que, al llegar casi a su término el siglo XIX llamado de las luces, la Humanidad haya adelantado tan poco moral y políticamente, que, en el mismo centro de su más alta civilización, todos los hombres capaces de empuñar las armas anden cargados con ellas, haciendo el ejercicio, reuniendo con grandes gastos los más eficaces medios de destrucción, aprendiendo a matar y perdiendo en maniobras, revistas y paradas el tiempo que pudieran emplear en divertirse o en producir cosas útiles y agradables, y teniéndose de continuo unos a otros en jaque y alerta; pero esto no tiene remedio, y no hay para qué censurarlo.
Muy costosa es la paz armada; pero más costosa y terrible sería una nueva guerra europea. Dios quiera, pues, que no la haya, y que, pasando años, se harten las grandes potencias de consumir dinero y de convertir a todos sus ciudadanos en soldados, y se decidan deponer las armas.
Por ahora, y sabe Dios hasta cuándo, la amenaza de la guerra es constante, y en vez de ver segura la paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad, estamos amenazados siempre de una estupenda y colosal conflagración belicosa en que luchen, por un lado, Alemania, Austria e Italia, y por otro, Francia, tal vez auxiliada por Rusia.
Si, por desgracia, llegara este caso, ¿qué le convendría hacer a España? Los alemanes no nos han hecho ni bien ni mal; de los italianos no tenemos agravios que vengar, y los queremos bien, salvo algunas damas elegantes y devotas y cierto número de católicos muy fervorosos, que desean que se lleve el diablo aquella monarquía para que recobre el Padre Santo su poder temporal, y con Austria estuvimos unidos por lazos dinásticos en la mejor época de nuestra historia, hemos vuelto a estarlo en el día, y aun yo creo posible y conveniente que se aumenten estos lazos. Nada tendríamos que ganar con hacer la guerra a la Triple Alianza; pero como también sería duro pelear contra nuestros simpáticos vecinos los franceses, amables difundidores por el mundo de las letras amenas y de las artes elegantes y deleitosas lo mejor y lo más cómodo sería permanecer neutrales, a pesar de lo que he citado de Maquiavelo. Este gran político hablaba, en muy distintas circunstancias, para muy otra edad del mundo, y siempre con la mira de libertar a Italia de los que él llamaba bárbaros, cuyo yugo le apestaba, sin que hubiese atrocidad, crimen ni peligrosa aventura a que para sacudir aquel hediondo yugo no excitase él a su Príncipe.
Nosotros tenemos también que sacudir algo a modo de yugo, que no me atrevo a condenar ni por de bárbaros ni por hediondo, pero que sí calificare de pesado y de vergonzoso, y que nos convertirá en Nación-Job, si hemos de seguir sufriéndolo. Ya se entiende que este yugo es el que en Cuba nos imponen los yanquis, porque sin el favor, amparo y aliento que dan a los que se rebelan, y sin la mengua de autoridad que nos causan, y sin el descrédito que vierten sobre nosotros, pidiéndonos cuenta de todo, como si fueran nuestros jueces, y sin la facilidad con que convierten en ciudadanos de su gran república a nuestros más acérrimos enemigos, renegados de su casta, obligándonos a darles dinero en vez de fusilarlos o de enviarlos a presidio, es casi seguro que en Cuba no habría insurrección, y es seguro que no sería, ni con mucho, tan importante y duradera como es hoy. Lo milagroso es que, en vista de las ventajas que ofrece a los insurrectos la descarada protección de los Estados Unidos, no acudan a Cuba a combatirnos todos los aventureros sin patria y toda la gente perdida que hay en el mundo.
No creo yo, sin embargo, que el mejor camino para libertarnos del yugo mencionado sería salir de la neutralidad en una posible guerra europea. La neutralidad nos conviene; pero, a fin de que sea respetada y no se encierre en egoísmo estéril, importaría concertarnos, para este fin sólo, con alguna gran potencia que no estuviese comprometida ni en favor de Francia ni en favor de Alemania. Este nuevo grupo, de que pudiéramos formar parte, no sólo nos valdría para que nos respetasen durante la guerra, sino tal vez para contribuir a la conservación o restauración de la paz, y no sólo nos valdría para que el vencedor no nos atase al carro de su triunfo, sino también para concurrir a moderar las exigencias del que hubiese obtenido la victoria y a restablecer, en lo posible, el equilibrio de las fuerzas.
Otro es el camino que para remediar el mal estado de nuestras relaciones con la gran República nos hubiese convenido o nos conviene seguir: haber buscado a tiempo aliados y amigos o buscarlos en lo venidero, si ahora, sola y abandonada como está España, logra conjurar la tormenta o salir de ella salva.
Lo que nos pasa con los Estados Unidos, a cuya independencia y formación contribuimos un poco, se parece a la más desventurada aventura de Simbad el Marino, que aupó sobre sus hombros al endiablado vejete para que cogiera los frutos en los hermosos árboles de su fértil isla, y el vejete endiablado no quería luego apearse, y seguía montado en Simbad, insultándole y procurando ahogarle para mostrar su agradecimiento.
A fin de quitarnos de encima tan insufrible carga, ¿no hubiera sido conveniente, o no lo sería en lo futuro, ganar la voluntad de las primeras potencias coloniales de Europa, celebrar tratos y concertarse de algún modo con ellas? Cualquier promesa, cualquier sacrificio que hiciésemos sería mucho menor que los sacrificios que estamos haciendo hoy y que tendremos que hacer en adelante.
A un concierto, a un tratado de alianza, exclusivamente para asuntos coloniales o de ultramar, no creo yo que se negasen, si se negociaba bien, ni Francia, ni Inglaterra, ni Holanda. España ha sido la primera nación colonizadora del mundo; todavía, a pesar de su decadencia, es la tercera o la cuarta, y no la desdeñarían como inútil peso, y de algo podría servir a sus más poderosos aliados, que también pueden hallarse en ocasiones de empeño y de peligro, y necesitar entonces, o al menos tener por provechoso, el auxilio nuestro.
Si no lo recuerdo mal, de algo valió España a los franceses, no hace mucho tiempo, cuando, para vengar a nuestros misioneros mártires, ayudamos gratis y con las armas a crear una Francia amarilla, en el Extremo Oriente. ¿Quién duda de que aún podríamos servir y valer a franceses, ingleses y holandeses, en otras semejantes empresas o en casos y lances de mayor importancia, sobre todo si ellos nos ayudaban a quitarnos de encima el ingrato estorbo de que hemos hablado y que tan sin piedad y tan sin codicia nos abruma?
Tendría esto, además, la ventaja de que los politicians extraviados y los senadores farwestinos y cincinatescos, al vernos en tan buena compañía, arrojasen de sus cerebros el feísimo y bellaco concepto que los sabios y catedráticos yanquis les han hecho formar de España, considerándola, por su afición a las corridas de toros y al Santo Oficio, nación Calígula-Torquemada, como la llama Clarence King, y, por haber destruido, según Draper, no sé cuántas civilizaciones, podrido esqueleto entre las naciones vivas y prueba terrible de la justicia de Dios, que no quiere dejar sin ejemplar castigo nuestras ferocidades y nuestros crímenes.
En fin: tal vez lograríamos así que no apareciese España, a los ojos de los yanquis, como un tirano difunto, en el que se pueden cebar sin gran peligro, o como un tirano cachazudo y sufrido, semejante a los tiranos de las tragedias de Alfieri, que están, durante los cinco actos, oyendo y aguantando las más desaforadas desvergüenzas, si bien acaban por perder los estribos y por hacer una barrabasada. Tal vez así se conseguiría también que no se le antojase en Washington a ningún senador remedar a Catón Censorino, y, en vez de llevar higos en un pliegue de la toga y de exclamar Delenda est Carthago, llevar en un faldón de la levita azúcar mascabada o catite, y exclamar: Delenda est Hispania.
Y aquí pongo término a esta prolija carta, prometiendo no escribir la tercera, pues basta con lo dicho.
Madrid, 1896
Don Rafael María Merchán es uno de los escritores de más saber y talento que hay en el día en la América española. No he de negarle yo esta alabanza porque él sea tan descastado y tan acérrimo enemigo.
Años ha me envió un libro suyo titulado Estudios críticos. Yo lo celebré en mis Cartas americanas. Después, creo que tuvimos cierta polémica y que el señor Merchán escribió un folleto contra varias de mis afirmaciones.
Desde entonces hasta hoy ni yo he hablado al público del Señor Merchán, ni supongo que él ha hablado de mí; pero ni yo le he olvidado ni él me ha olvidado tampoco. Para probarlo, me acaba de hacer la fineza, que le agradezco, de remitirme desde Bogotá, donde reside, la obra reciente, de 250 páginas, titulada Cuba (Justificación de su guerra de independencia).
La obra es curiosísima y tan llena de interés en la actualidad, que bien merece se dé noticia de ella. Voy, pues, a hacerlo, si El Liberal, hospitalaria y bondadosamente, inserta mi escrito en sus páginas, de tan popular y difundida lectura.
Tan enfurecido está el señor Merchán contra España y tan deseoso de sacudir su yugo, que, con tal de que sea libre Cuba, aplaude a los que incendian sus sembrados y plantíos y arrasan sus cortijadas indefensas, lamentando sólo que no hayan podido hasta ahora incendiar también sus ciudades y convertir toda la isla en espantoso yermo. Para hacer patentes la heroicidad, el primor y la conveniencia de tamaña destrucción, aduce el señor Merchán multitud de ejemplos históricos, desde Sagunto y Numancia hasta la fecha. Y para dar más vigor a su apología, cita una octava de la Lamentación de Byron, de Núñez de Arce, donde el poeta aconseja a los griegos que talen e incendien y lo conviertan todo en ruinas con tal de libertarse de los turcos. Hay, sin embargo, una distinción que hacer, y de no pequeña importancia. Los griegos iban contra los turcos, gente de muy distinta raza, civilización y creencias religiosas, y los griegos, cuya historia es gloriosísima y antigua, como del pueblo iniciador de la cultura humana, creador del arte, de las letras y de las ciencias de Europa, trataban de romper las cadenas con que los humillaba otro pueblo, rudo y bárbaro, venido del norte del Asia y de harto menos nobles historia y origen. ¿Qué tiene que ver esto con los españoles y los cubanos, ya que los últimos, si no son españoles o negros, no son nada? En lo por venir podrán ser todo lo que anhelen y sueñen: por el invencible amor a mi raza deseo yo que sus sueños no sean absurdos, sino que se realicen; pero, lo que es ahora, o no son nada, o son españoles, o son negros. Hay, además, otra notable diferencia, que se apoya en el dicho vulgar de que cada uno hace de su capa un sayo. Heroicos, sublimes, son el desprendimiento y el sacrificio de los que destruyen su propia hacienda, como hicieron los numantinos; pero cuando alguien destruye o quema lo que no le pertenece o se queda con ello sin quemarlo ni destruirlo, no tiene traza de héroe, sino de bandido.
Veamos ahora los argumentos de que se vale el señor Merchán y la multitud de crímenes que atribuye a los españoles peninsulares para justificar y aun glorificar a los rebeldes de Cuba y para calificar de indispensables, de nobilísimas y de santas sus fechorías.
Hablaré primero de las acusaciones más generales y vagas que lanza contra nosotros el señor Merchán, y pasaré luego a las más concretas.
Según él, todo español que va a América podrá conseguir cuanto desee, menos una cosa: tener hijos españoles. Si fuese verdadera la afirmación, que por dicha no lo es, toda la malquerencia, todo el odio y todo el desdén que supone el señor Merchán que los españoles peninsulares tenemos a los españoles criollos, estarían hasta cierto punto fundados. Don Marcelino Menéndez y Pelayo no hubiera podido entonces decir sin rencor, hablando de América, en su obra titulada Ciencia española, «que la ingratitud y la deslealtad son fruta propia de aquella tierra». El mismo señor Merchán da la prueba de tan aventurado aserto cuando asegura que no hay español que pueda engendrar en América un hijo que no reniegue de su casta y que no se rebele contra la nación a que pertenece. Por dicha, el señor Merchán se equivoca, y también se equivocó el Señor Menéndez y Pelayo, y yo lo reconozco, aunque disculpo la última equivocación, enmendada ya. El señor Menéndez incurrió en ella siendo muy joven e inexperto todavía.
Por parte de los españoles peninsulares no hay odio, ni desdén, ni sombra de enojo contra los hispanoamericanos. Ni uno solo de los casos que aduce el señor Merchán tiene el menor valor.
Don Antonio de Trueba, al apellidar a Bolívar el Libertador, dice: «Nombre que usó por cuenta ajena y no en manera alguna por la propia.» Y yo afirmo, que, sin desdén ni odio, el señor Trueba hizo muy bien en no llamar por su cuenta Libertador a Bolívar. Los españoles peninsulares, sin menospreciarnos ni ofendernos, podremos llamar a Bolívar gran capitán, héroe, eminente político, ilustre y valeroso personaje; en suma: todo lo que se quiera, menos Libertador, porque esto sería confesar y creer lo que no creemos: que nosotros somos unos tiranos inicuos, de quienes conviene libertarse.
La señora doña Soledad Acosta de Samper fue en España tan obsequiada y celebrada como ella se merece; pero, no contenta con esto, todavía se queja (en su Viaje por España) de que no pongamos por las nubes a Bolívar y de que no nos entusiasmemos con él. Pues si Bolívar nos venció, ¿cómo quiere la señora doña Soledad que nos entusiasmemos? ¿No hay hasta crueldad en exigirnos semejante entusiasmo y abnegación tan dolorosa? Fuera de esta cruda mortificación de amor propio que el señor Merchán y la señora doña Soledad Acosta pretenden imponernos para probar que los amamos, yo aseguro que siempre hemos dado a los hispanoamericanos las mayores pruebas de estimación y de cariño. Y esto desde los tiempos más antiguos hasta el día de hoy. Americano era Alarcón, y no hay español que no le cuente entre nuestros grandes y gloriosos poetas dramáticos; casi, y tal vez sin casi, al nivel de Lope, de Calderón y de Tirso. Americana era doña Gertrudis Gómez de Avellaneda, y figura en España como la primera de nuestras poetisas líricas, desde que empezó a escribirse en lengua española hasta el día. Y la poetisa que la sigue, y que tendríamos por la primera, si la Avellaneda no hubiera nacido, es sor Juana Inés de la Cruz, también americana.
No perjudicó ni estorbó su calidad de americanos ni a Gorostiza, ni a Ventura de la Vega, ni a Rafael María Baralt, ni a José Heriberto García de Quevedo, para ser entre nosotros altamente encomiados, aplaudidos y honrados con puestos y cargos importantes. Por eminentes hombres de Estado y popularísimos caudillos han pasado en España otros varones ilustres, nacidos también en América. Valga para ejemplo el marqués del Duero.
Cuantos personajes se han distinguido en la América española por su saber, por su ingenio o por sus hazañas, desde que la América española se declaró independiente, han sido en España tan celebrados y queridos como en la república misma donde ellos nacieron. Así don Andrés Bello, a quien admiramos como filólogo y como autor de Derecho internacional, y cuyos hermosos y elegantes versos nos sabemos de memoria, y así don Rufino Cuervo, cuyo Diccionario calificamos de trabajo maravilloso.
No nos duele, sino que nos encantamos y nos ufanamos en poder admirar con fundamento las poesías de ambos Caro, de Mármol, e Andrade, de Obligado, de Restrepo, de Oyuela, de Rubén Darío y de algunos otros.
El buen gusto y la justicia no consienten que nuestra admiración se difunda mucho más. Y, francamente, nos parece hasta cómica la censura dirigida contra la Antología de poetas hispanoamericanos del señor Menéndez y Pelayo porque no incluye en ella, desdeñándolos, a no sé cuántos poetas de primera magnitud. Imposible parece que el señor Menéndez y Pelayo, que, es tan erudito, no tuviese la menor noticia de esos grandes poetas. Y si los conocía, es inverosímil que no insertase en su citada colección ninguna de sus obras, cuando ha insertado en ellas, con indulgencia pasmosa, tantísimo verso insignificante y menos que mediano. El empeño de agradar a nuestros hermanos de América y el afán de mostrar que saben mucho disculpan al señor Menéndez y Pelayo; pero, hablando con franqueza, su Antología hubiera valido más si en vez de constar de cuatro gruesos tomos hubiera constado sólo de dos, y aun de uno: su Antología se asemeja a los libros proféticos que la Sibila de Cumas vendió a Tarquino el Antiguo. Primero eran nueve, y Tarquino no los quiso comprar; luego la Sibila los redujo a seis, y Tarquino no los compró tampoco, y por último la Sibila los redujo a tres, y pidió por ellos tres veces más de lo que por los nueve había pedido. Tarquino los compró entonces. Y es de suponer que si la Sibila los hubiera reducido a uno solo, Tarquino hubiera dado por él más dinero. Mutatis mutandis, lo propio puede decirse de la Antología del señor Menéndez y Pelayo.
En lo expuesto hasta aquí no creo yo que haya razón suficiente para que losrebeldes de Cuba nos hagan la guerra a sangre y fuego, poniéndonos en idéntica situación en que Dionisio, tirano de Siracusa, puso a un filósofo crítico que había en su Corte. Como el filósofo no gustó de los versos del tirano, éste le trató muy mal; se apiadó luego de él y le sacó del calabozo en que le tenía encerrado; le leyó, por último, otros versos suyos, y entonces dijo el filósofo: «Que me vuelvan a encerrar en el calabozo.» Aplíquese el cuento, y conste que si la guerra civil cubana, cuya terminación fervorosamente deseamos, hubiese de terminar aplaudiendo nosotros muchos versos de por allí, un involuntario e indomable espíritu crítico nos forzaría a exclamar: «Que nos vuelvan al calabozo; que siga la guerra»; signa canant, suenen las trompetas, como dijo Augusto de Fulvia cuando le amenazó con la guerra civil si amorosamente no se le rendía.
Basta ya por hoy. Otro día hablaré de otras razones menos disparatadas que alega el señor Merchán en favor de la guerra de Cuba.
Ciencia exacta es la Estadística. Yo no lo niego. Lo único que me atreveré a decir es que, siempre que de estadística se trata, acude a mi mente este cuentecillo:
De vuelta a su lugar cierto joven estudiante, muy atiborrado de doctrina y con el entendimiento más aguzado que punta de lezna, quiso lucirse mientras almorzaba con su padre y su madre. De un par de huevos pasados por agua, que había en un plato, escondió uno con ligereza. Luego preguntó a su padre: «¿Cuántos huevos hay en el plato?» El padre contestó: «Uno.» El estudiante puso en el plato el otro, que tenía en la mano, diciendo: «Y ahora, ¿cuántos hay?» El padre volvió a contestar: «Dos.» «Pues entonces -replicó el estudiante-, dos que hay ahora y uno que había antes, suman tres. Luego son tres huevos los que hay en el plato.»
El padre se maravilló mucho del saber de su hijo; se quedó atortolado y no atinó a desenredarse del sofismo. El sentido de la vista le persuadía de que allí no había más que dos huevos; pero la dialéctica especulativa y profunda le inclinaba a afirmar que había tres. La madre decidió al fin la cuestión prácticamente. Puso un huevo en el plato de su marido para que se lo comiera; tomó otro huevo para ella, y dijo a su sabio vástago: «El tercero cómetelo tú.»
Tercer huevo es casi siempre el superávit de los presupuestos y no corta porción de las rentas y recursos de los particulares y de los Estados.
Traigo esto al propósito de que recibamos con escepticismo prudente todos los datos estadísticos que el señor Merchán presenta para demostrar cuánto produce a España la isla de Cuba.
Según muchos políticos y estadistas españoles, entre los cuales cita el señor Merchán a don Francisco Silvela, en un discurso que pronunció en el Congreso el 12 de febrero del año pasado, Cuba, desde hace tiempo, es una carga para España.
Contra esto se encoleriza extraordinariamente el señor Merchán y siente herida su vanidad de cubano. Según él, Cuba nos produce tanto, que el día en que la perdamos, casi todos los españoles nos moriremos de hambre o poco menos. Por interés, y no por punto de honra, anhelamos, pues, conservar a Cuba. El señor Merchán no quiere comprender o no comprende que hasta prescindiendo del interés y del punto de honra, la conservación de la Gran Antilla nos importa mucho. Su pérdida no podría menos de dolernos, como duele a cualquiera que le saquen una muela picada, aunque la muela para nada le sirva. De aquí que tratemos de empastarla o de orificarla y procuremos resistir a los sacamuelas de los Estados Unidos, que desean su extracción y tienen ya preparado el gatillo.
Pero vamos a la estadística del señor Merchán.
Confiesa que desde 1868 no vienen a España sobrantes de ultramar. «Los insurrectos de Yara -dice con júbilo- cerraron este vaso de desagüe.» Veamos ahora la enorme cantidad de millones que, según el señor Merchán, viene a España por otros conductos.
Según él y según el señor Dolz, a quien cita, nuestros empleados en aquellas aduanas defraudaron al Tesoro, y sin duda envían a España, cada año, la friolera de ocho millones de pesos fuertes. Sea, digo yo; pero como no se puede creer que los mercaderes y contrabandistas de Cuba lleven la tontería hasta el extremo de concurrir en balde y de balde a este robo, dando a los empleados lo que debieran dar al Tesoro, fuerza es afirmar que, si dan a los empleados ocho millones, se quedan ellos con doce, o siquiera con otros ocho, para que el robo sea a medias.
Yo me resisto a creer que el comercio de exportación y de importación dé en Cuba para tan desaforado latrocinio. Aceptemos, no obstante, que el resguardo y los vistas ciegos envían a España los ocho millones.
En todo lo demás que pone el señor Merchán como rendimiento de Cuba a España, es evidente que el señor Merchán delira.
«Cuba -dice- exporta cada año para España seis millones de pesos fuertes en frutos, que pagan por derecho de importación tanto como valen.» Supone luego que estos seis millones, que salen del bolsillo de los peninsulares que quieren regalarse con frutos ultramarinos, son también tributo o dádiva que Cuba nos envía, y suma catorce millones. El estanco del tabaco rinde diecinueve millones, según manifestó recientemente el director de la Compañía Arrendataria, don Eleuterio Delgado. Aunque no se comprende por qué, el señor Merchán se los aplica también a Cuba, y ya tenemos que Cuba nos produce treinta y tres millones.
España manda a Cuba cada año, en mercancías, por valor de veinticinco; pero como de allí vienen seis; la balanza de comercio sólo da en nuestro favor diecinueve. Y como si todas las mercancías que enviamos a Cuba no valiesen un pito y fuesen una basura grandísima que nosotros hiciésemos tragar y pagar por fuerza a los infelices y tiranizados cubanos, el señor Merchán pone también estos diecinueve millones en la cuenta de lo que Cuba nos tributa, haciéndolo subir a cincuenta y dos millones de pesos anuales. Tal es la renta, clara y paladina, que da Cuba a España. La renta misteriosa y oculta es inmensa, según el señor Merchán. Los empleados, los comerciantes peninsulares, todos cuantos van de España a Cuba, no se cansan jamás de enviar dinero de Cuba a España.
En su afán de ponderar lo que cuesta a Cuba el ser española, pone y suma el señor Merchán los sueldos principales del alto clero y de los funcionarios militares y civiles; pero no logra elevarse en esta suma por cima de doscientos mil duros. Y no se para tampoco a considerar que si Cuba llegase a ser república independiente no había de suprimir al arzobispo, al obispo, a la clerecía, a los empleados todos, y hasta se había de quedar acéfala y sin presidente. Ya saldría a los cubanos bastante más caro que les sale ahora todo el aparato administrativo. Y esto sin meternos a vaticinar ni a recelar que en Cuba pudiera haber presidentes, como los ha habido en otros puntos de América, que han tenido para estrujar al pueblo y sacarle el jugo tanta pujanza como la prensa hidráulica más poderosa. Con todas las violencias tiránicas, con todas las atrocidades de cuantos virreyes, gobernadores y capitanes generales ha enviado España a América, desde el reinado de Felipe II hasta hoy, pudiéramos ponerlas en un alambique y destilar la quintaesencia de ellas, créame el señor Merchán, no sacaríamos un espíritu equivalente al del tirano Rosas, pongo por caso.
Es el señor Merchán, o aparenta ser, contrario a la anexión de Cuba a los Estados Unidos. No puede, por consiguiente, alegar, en contra de lo que él llama profecías siniestras, el florecimiento y prosperidad de Cuba, si llega a ser un Estado más de la Unión. El señor Merchán no aspira al suicidio colectivo como raza. Espera y pretende que Cuba continúe siendo latina, que es el epíteto que gustan de darse ahora muchos hispanoamericanos para no llamarse españoles. Todos han de ser latinos, aunque no hayan pasado del quis, quae, quod, vel quid.
El odio a España del señor Merchán y de otros insurgentes es tan feroz y despiadado, que más que la prosperidad y auge de Cuba, harto problemáticos si llega a ser independiente, los encanta y seduce la tremenda ruina en donde, según ellos, se hundirá España si perdemos aquella isla, como si fuera tan malo cuanto en la Península se produce que nadie quisiese comprarlosino por fuerza, entienden que, separada Cuba de España, no tendremos a quien vender. Los diecisiete y medio millones de habitantes peninsulares, asegura el señor Merchán que estamos amenazados de miseria y de muerte si perdemos la clientela forzada de un millón doscientos mil blancos, y cuatrocientos mil negros, sus compatriotas.
Por lo visto, entra también en el plan de los insurrectos el despojar a los españoles peninsulares de las propiedades territoriales que en Cuba tienen, y hasta el expulsarlos de allí. «Toda esta población -decía en 1869 La Voz de Cuba en un artículo que el señor Merchán reproduce y celebra- vivirá errante y miserable en el mundo.»
Para que tal cosa no suceda; para defender a esa población, a la que tenemos obligación de defender; para conservar la integridad de nuestro territorio; para que la nación española no sea de nuevo mutilada, y no porque Cuba nos produzca todos esos millones fantásticos, deseamos conservar a Cuba, y es de esperar que la conservemos. Los diecisiete millones y medio de españoles peninsulares, salvo muy pocos, no temen perder el mercado para su industria, y perder el fomento de su comercio y de su Marina mercante si llegasen a perder la Perla de las Antillas. No nos faltaría entonces sino y gente adonde enviar nuestros productos y nuestros barcos. La pérdida de Cuba nos traería, sin duda, perturbación; mas no por la utilidad que Cuba nos trae o nos ha traído nunca. Si atendiésemos sólo a esta utilidad, apenas habría español que no estuviese deseando que nos quedásemos sin Cuba. No tendría entonces que decir el señor Merchán, citando los arrogantes versos de Núñez de Arce, y dirigiéndose a Cuba:
| Y si ser grande y respetada quieres, | |||
| de ti no más la salvación esperes. |
Consejo que Cuba, o, mejor dicho, los rebeldes en armas no siguen, porque solos, ni se hubieran rebelado, ni persistirían en la rebelión, que los yanquis atizan, fomentan y patrocinan y pagan para echar de allí al cabo, no sólo a nosotros los españoles, sino también a todos los latinos, sin excluir al señor Merchán, que regresaría por corto tiempo a su patria y que tendría que volviese a Bogotá, porque en Cuba yanquificada le mirarían como mueble incómodo e inútil y no le harían caso. No le valdría la adulación con que proclama la omnipotencia de los Estados Unidos.
«Si quisieran apoderarse de Cuba -dice-, ¿quién se opondría? ¿Inglaterra? El leopardo puede aceptar luchas con el águila, pero no la provoca a ellas. ¿Francia? Mientras no arregle cuentas con Alemania, evitará contiendas con otras naciones fuertes y civilizadas. ¿Alemania, Rusia? No tienen intereses coloniales en América; y Rusia, de desenvainar la espada, lo haría a favor de su antigua amiga la Unión americana. En cuanto a una coalición de las grandes potencias, los Estados Unidos no la temen. Recuérdese cómo desbarataron la Santa Alianza con un mensaje de Monroe.»
¿Tendrá razón el señor Merchán y lo podrán todo los Estados Unidos? ¿Se atreverán a intervenir en Cuba y a intentar despojarnos de cuanto allí legítimamente poseemos, sin que por impotencia o por imprevisor egoísmo se interponga en nuestro favor ninguna gran potencia europea? Entonces sí que no será a Cuba, sino a España, a quien tenga que decir el poeta, y esperemos en Dios que sea oído:
| Y si ser grande y respetada quieres, | |||
| de ti no más la salvación esperes. |
Algo arrepentido estoy de haber tomado por asunto de un escrito mío el libro del señor Merchán. Hay muchísimo que decir sobre él, y yo me canso, y, lo que es peor, temo cansar a mis lectores. Sin embargo, como ya emprendí la tarea, no quiero dejarla sin terminar, si bien procuraré ser muy conciso.
Lo más grave de que el señor Merchán acusa a España es de su corrupción administrativa en Cuba. Nada hay que decir contra los datos que aduce. Todos están tomados de discursos, informes, folletos y memorias, suscritos por los señores Romero Robledo, Moret, marqués de la Vega de Armijo, Balaguer, Doltz, general Pando, general Salamanca y bastantes otros nombres políticos peninsulares de la primera importancia.
No quiero entrar en pormenores porque son cansados y además harto feos. Convengo, pues, con el señor Merchán en que en Cuba la corrupción administrativa es deplorable: es un mal que requiere pronto y enérgico remedio. Pero ¿lo hallará la rebelión, si triunfa y establece en Cuba una República independiente? Lo dudo, y no digo rotundamente, lo niego, porque no me precio de profeta, porque mi optimismo no tiene límites y porque no he perdido la fe en lo sobrenatural y milagroso.
Mal hemos administrado a Cuba en el siglo presente; pero lícito es presumir que los cubanos libres la administrarían mil veces peor. Libres son y constituidas están en repúblicas todas nuestras antiguas colonias en el continente americano. ¿Hay alguna de ellas que desde que conquistó su libertad hasta hoy haya sido mejor administrada que Cuba? Esto es lo primero que sería necesario demostrar.
Yo reconozco, desde luego, que el desarrollo del comercio, de la industria y de la riqueza en general, mil ingeniosas invenciones y los más fáciles medios de comunicación entre las gentes han hecho progresar y han llevado como a remolque hasta los pueblos más atrasados. Pero estas causas debieran influir más en los pueblos libres que en pueblos como el de Cuba, que gime aún bajo el abominable yugo de España. Cuba, no obstante, apenas tenía a principios de siglo más población que cuatrocientas mil almas. Hoy pasa la población de Cuba de un millón seiscientos mil. La población, pues, está cuadruplicada, sin que a esto contribuyan, ni la abolida trata de negros, ni una gran corriente de emigración europea o asiática. La riqueza y el bienestar han aumentado también, a pesar de las guerras civiles. No estarán, pues, tan oprimidos y miserables los cubanos cuando así crecen y prosperan. ¿Crecen en la misma proporción en las repúblicas hispanoamericanas las gentes, bienestar y la riqueza?
Ya he dicho que no he de negar yo la corrupción administrativa de Cuba, para cuya prueba aduce el señor Merchán tanto testigo; pero tenga por cierto que, si fuese tal como él la pondera, Cuba no hubiera prosperado. La extraordinaria fecundidad de su suelo no hubiera podido prevalecer contra la rapacidad que en los peninsulares supone el señor Merchán. Si de los cuatro siglos que nace que poseemos a Cuba hubiéramos sacado de ella y enviado a España durante cuarenta años siquiera, a diez años por siglo, la mitad no más de lo que anualmente robamos a Cuba, o sean veinticinco millones de pesos fuertes, y esto sin contar las remesas misteriosas e infinitas que hacen los peninsulares, tendríamos que, en poco tiempo, habrían ingresado de Cuba en España nada menos que mil millones de pesos fuertes. ¿En qué Pozo Airón, en qué sumidero, en qué insondable abismo, ha venido a precipitarse y a hundirse este Mississipi, este Amazonas de oro? ¿Dónde están los palacios, las soberbias quintas, los hadados jardines, el lujo sardanapálico y los sibaríticos deleites de los peninsulares que trajeron de Cuba todo ese dinero? ¿Dónde están los templos, los obeliscos y las pirámides que hemos levantado con el áureo vellocino de nuestra Coleos? Ambas Castillas están pobres y desoladas. Los palacios de los peninsulares enriquecidos en Cuba son más difíciles de hallar que los de Dulcinea. Y no hay monumento de algún valer que no se haya erigido con dinero nuestro y no cubano. Para que sea más evidente la prueba, los monumentos más nobles y grandiosos hasta son anteriores al descubrimiento de América y, por consiguiente, de Cuba; los muros ciclópeos y las ingentes torres y arcos triunfales de Ávila; las catedrales, como las de Burgos y Toledo, y los alcázares, como el de Segovia.
América no ha enriquecido; ha empobrecido y despoblado a España. España, en su gloriosa expansión, no se dilató por el mundo para saquearlo y para traer a la Península los despojos opimos, sino para difundir por doquiera su cultura, su religión, su idioma y sus artes. Si en la misma Italia, maestra de ellas, cuando en Italia dominamos, levantamos templos, castillos y palacios; erigimos monumentos y fundamos obras piadosas, hospicios y colegios, como de ello dan testimonio Nápoles, Palermo, Mesina, Bolonia y otras ciudades, sin excluir a la misma Roma, ¿qué no haríamos y qué no hicimos en América, donde en resumidas cuentas no había nada, o, si había algo, respondía a un estado incompletísimo e inicial de cultura como podría ser el del centro del Asia, tres o cuatro siglos antes de que saliese Abrahán de su patria, Ur de los caldeos?
Desengáñese el señor Merchán: la nación española poco o nada ha traído de Cuba que no haya pagado con creces; nada debe a Cuba. Cuba es quien se lo debe todo a España, salvo lo que da la Naturaleza en su estado primitivo y selvático. Por eso, aunque el señor Merchán se enoje, tiene España razón para llamar ingratos a sus rebeldes hijos de Cuba. ¿Qué habrá quitado España, para enriquecerse, a Maceo, a Máximo Gómez o a Quintín Banderas?
En cuanto a los fraudes y depredaciones de nuestros empleados, no poco hay también que objetar. Mucho crédito, por ejemplo, merece don Eduardo Dolz; pero ¿acaso no puede equivocarse o exagerar involuntariamente? En los últimos veinticinco años, afirma que nuestros empleados han defraudado, en las aduanas de Cuba, doscientos millones de pesos fuertes. Supongamos que es exacta la cantidad, y ya es mucho suponer. Todavía no es posible la suposición de que sean tan necios los mercaderes y contrabandistas cubanos que hayan tenido el capricho irracional de dar a los empleados los doscientos millones, en vez de darlos al Tesoro. Lo probable sería que, en este hurto hecho al Tesoro, saliesen ganando los comerciantes y contrabandistas ciento cuarenta millones, y que los empleados se contentasen con sesenta y con enviarlos a España. Pero como estos sesenta millones no lucen ni parecen por aquí, yo me atrevo a presumir que son fantásticos. En España no abundan tanto los ricos que no nos sean todos conocidos y que no sepamos de dónde ha salido y cómo se ha formado el caudal de cada uno. Seguro estoy de que, sigilosamente y al oído; para no delatar a nadie, sin suficientes pruebas, no nos declara ni el más zahorí en estos asuntos, dónde están veinte millones siquiera, el tercio de los sesenta que de Cuba han de haber venido a la Península. Los doscientos millones, pues, o no se los quitaron al Tesoro o casi todos ellos se quedaron en Cuba.
Pretende el señor Merchán, apoyado en las relaciones que aquí mismo hemos hecho, que todos estos empleados que van a Cuba a defraudar la Hacienda pública tienen, entre los más altos personajes políticos, sendos padrinos a quienes pagan tributo. Poco aprovecha a dichos padrinos riqueza tan mal adquirida. Por eso me inclino yo a creer que los más criminales han de haber recibido muy poco, y que los medianamente criminales han de haber recibido algunos cajoncillos de cigarros puros, piñas en conserva y pasta de guayaba, con o sin tropezones. Lo cierto es que yo he conocido y conozco gran multitud de nuestros personajes políticos. Los que son ricos sabemos perfectamente de dónde procede su riqueza. Y los pobres, que forman la mayoría, contándose entre ellos no pocos que han sido ministros de Ultramar, me atrevo a sostener que no han tomado un céntimo de peseta al hacerse el reparto de los doscientos millones de pesos fuertes. A algunos, cuyos nombres pudiera citar y a quienes traté y visité hasta que murieron, fue menester venderles los libros y las ropas para poder enterrarlos.
En suma: por dondequiera que yo lo miro, no noto en España esa horrible corrupción que el señor Merchán nos achaca, y que en todo caso no sería igual, ni con mucho, a la que de otras grandes naciones, como Francia e Italia, nos dejan presumir escándalos recientes, y como la que de los propios Estados Unidos, por mil indicios también, se presume.
Yo infiero de todo, empezando por conceder que en la administración de Cuba hay desorden y despilfarro necesitados de enmienda, o que la corrupción no es tan enorme como se dice, o que son cubanos interesados y poco escrupulosos los que la fomentan, más en detrimento del Tesoro de la metrópoli que en detrimento de la prosperidad de la isla.
La rebelión, por consiguiente, no queda así justificada. Los saqueos y los incendios perpetrados por los rebeldes no remediarán nada ni contribuirán a la prosperidad de Cuba. Y contribuirán aún mucho menos si los Estados Unidos, según ya se prevé, nos exigen indemnización por esos saqueos y esos incendios, que sin el favor y aliento que dan a los rebeldes no se perpetrarían, y si el Gobierno español tiene la debilidad de someterse y de pagar. Esperemos, aunque se resista y no pague, que no haya violencia ni guerra internacional. Y en todo caso, aunque esa guerra sobreviniese y aunque nos fuese adversa la fortuna, siempre sería preferible a la humillación y a la ignominia; y, sobre todo, si la ignominia y la humillación resultasen inútiles y al cabo hubiese guerra, a no ser que resignadamente nos dejásemos despojar de todo.
Madrid, 1896.
Incógnita y muy amable señora mía: La carta, sin fecha y sin firma, con que usted me ha favorecido está escrita con tan apacible dulzura, a pesar de los agravios que supone usted que yo hago a los naturales de Cuba, sus compatricios, que me inclino a creer que dicha carta es obra de una dama, y por esto, y por lo bondadosamente que me trata, me decido a contestar, faltando a mi propósito de no volver a escribir sobre la cuestión cubana, sobre ella hemos escrito ya tanto y tan sin resultado, que nuestra guerra de pluma, aunque menos costosa y aunque poco o nada dolorosa, va compitiendo por su estéril pesadez con la otra guerra, que a tiros y a machetazos sigue haciéndose en la Perla de las Antillas.
Ni yo he creído nunca, ni de cuanto he escrito puede inferir el más caviloso, que yo crea a los españoles criollos inferiores en nada a los españoles peninsulares. Lo único que usted podrá decir es que nos los creo superiores; pero me parece que en esto tengo razón, pues no es probable que nuestra casta se haya afinado, mejorado y civilizado más en ultramar que en la Península. Ni siquiera podría explicarse este fenómeno por la cercanía de los yanquis, ya que los franceses, que no son menos cultos, están más cerca de nosotros, y ya que a los ingleses los tenemos en Gibraltar, que no es tenerlos cerca, sino encima.
En mi sentir, por consiguiente, y sin que en ello acierte yo a ver la menor ofensa, entre cubanos y españoles peninsulares hay una igualdad fraternal y poco podemos echarnos en cara. Tal es mi tesis y tal ha sido siempre desde el principio. De aquí que las quejas expresadas por el señor Merchán para justificar la rebelión me parecen infundadísimas, porque, dado que fuesen fundidas, serían tan generales que justificarían, no la rebelión de Cuba, sino una rebelión general y la más completa disolución de España.
Como recelo siempre pecar de prolijo, me limitaré a apuntar algo, sin decir lo mucho que se pudiera decir.
Sospecho yo que la estadística es la ciencia más inexacta y caprichosa de todas cuantas se han inventado; pero me valdré, sin embargo, de ella, aprovechando los datos que el señor Merchán suministra.
El cubano, por término medio, paga de contribución anual 16,38 pesos fuertes, y el español, 8,65, o sea poco más de la mitad; pero esto no quiere decir que esté sobrecargado el cubano, sino que es más rico. Y como, sin ahondar en estadísticas, es evidentísimo para cualquiera a quien no ciegue la pasión que el español no es dos veces, sino tres o cuatro veces más pobre que el habitante de Cuba, resulta con toda claridad que las cargas del Estado son también para el español mucho más pesadas.
Otro dato del señor Merchán, dato que no se comprende de dónde ha salido y en cuya exactitud no puedo creer, es que los cubanos dan al Estado un sesenta por ciento de todo cuanto producen. Se inferiría de esto que, dando cada cubano 16,38 pesos, fuertes, sólo tendría al año en conjunto 27,30 pesos, de donde, restada la contribución, le quedarían diez duros y noventa y dos céntimos, con los cuales tendría que comer, vestir calzar, pagar alquiler de casa y solazarse y divertirse durante un año entero. Y como esto es absurdo, es menester inferir que la estadística en general, o la del señor Merchán singularmente, es un purísimo disparate.
Otra acusación es la de que nosotros, merced a los derechos protectores, nos hemos proporcionado en Cuba un mercado provechoso y forzoso para nuestros productos. A esto me limitaré a contestar con algo que conozco por experiencia propia. Cuando estuve representando a España en los Estados Unidos, el señor Forster negoció en Madrid un Tratado de comercio, por cuya virtud el azúcar de Cuba podía entrar en el territorio de la gran República sin pagar apenas derechos. En cambio, las harinas, las carnes, los tejidos, los muebles y otros productos yanquis podían entrar en Cuba con no mayor gravamen.
La inevitable consecuencia, si el Tratado hubiera obtenido ratificación hubiera sido el que no hubiera ido a Cuba desde España harina bastante para amasar una hogaza, ni artículo alguno de la industria catalana; que el comercio de Barcelona y de Santander hubiera decaído y que nuestra Marina mercante hubiera tenido que hundirse o buscar nuevo empleo. España, no obstante, lo sacrificaba todo por la prosperidad de Cuba. Yo hice los mayores esfuerzos, y con el permiso y autorización del Gobierno español, nuevas concesiones a la Comisión de Negocios Extranjeros del Senado de Washington, a fin de que el Tratado fuese ratificado; pero salió de la presidencia el señor Arthur, y subió a ella por primera vez el señor Cleveland, y el señor Cleveland retiró el Tratado, a lo que entiendo, porque el Tesoro de la República no perdiese los muchos millones de duros que producían los derechos del azúcar que de Cuba se importaban. Basta con apuntar lo dicho para que quede demostrado que, lejos de ser egoísta, la Península fue en aquella ocasión y sin duda lo es siempre, desprendida y generosa con sus provincias ultramarinas, en cuya prosperidad funda su orgullo. Y si esta prosperidad no es mayor, no será por culpa voluntaria, sino por torpeza. Lo que yo me atrevo a deducir, sin que implique mi deducción la menor ofensa a los cubanos, es que no serían ellos menos torpes que nosotros.
En resolución: por cualquier lado que este asunto se considere, no se descubre rastro, ni señal, ni indicio de nuestra tiranía, de nuestro egoísmo, de nuestra malevolencia con respecto a los cubanos. Estarán muy mal gobernados, pero no están peor gobernados que nosotros ni solamente por nosotros. ¿Qué privilegio, qué diferencia de aptitudes legales se opone a que no salga de la Habana un Cánovas o un Sagasta, como los que han salido de Málaga y de Logroño? Y, suponiendo que los hombres de por allí fuesen más listos y más doctos, el encumbramiento sería más fácil y sería asimismo más benéfico para la totalidad de la monarquía española, que de esa suerte acabaría por estar bien gobernada. Ni vale decir como otra queja más que el Estado español no cuida de la educación de los cubanos. Proporcionalmente no hay en España más universidades ni más institutos que en Cuba; ni se gasta en Cuba en la educación menos dinero del que se gasta en España. Tampoco me parece justa la afirmación del señor Merchán, denigrando a los profesores. «Con mucha frecuencia -dice- las cátedras no son sino a manera de canonjías, en que se coloca a los ahijados de los políticos influyentes de Madrid.» Al leer tan resueltas afirmaciones dudo de mí mismo, y temo que me engañen mis sentidos corporales y las potencias de mi alma, porque yo he creído hasta hoy y tenido por cierto que en España las cátedras se ganan en oposiciones públicas, ante un tribunal de personas autorizadas, que no es de presumir den un fallo injusto para favorecer a ningún ahijado de los políticos influyentes. Fácil me sería seguir impugnando y desvaneciendo las demás acusaciones del señor Merchán. Ninguna de ellas tiene más sólido fundamento que las ya impugnadas y, a mi ver, desvanecidas.
Quiero conceder que no hay motivo en Cuba para mucho contento; pero tampoco lo hay en España, y no por eso nos rebelamos. A fin de remediar un mal no debemos caer en otro mayor. Todos los males que padecía Cuba o que se supone que padecía antes de la rebelión, no equivalen a la vigésima parte de los que la rebelión ha derramado sobre sus habitantes y sobre su suelo. Las provincias de Cuba, y por más que cavilo no puedo comprenderlo de otra suerte, son como las demás provincias de España. Si alguna diferencia se nota es la de que están favorecidas las provincias de Cuba. ¿A qué, pues, la guerra a fuego y sangre? ¿De qué procede el rencor contra los peninsulares? De los diecisiete millones y pico que hay de éstos, también, según la estadística del señor Merchán, acaso ni el pico desee por interés material que Cuba siga siendo española. Si los demás también lo desean es por razones mil y mil veces más altas. Ojalá que no las hubiera, y que pudiéramos decir, sin dolor ni vergüenza: sed independientes, y que se deshaga y descuartice la monarquía.
Cuando por todas las regiones del mundo propende en el día la gente a juntarse, formando grandes estados, como Italia y Alemania, que se han unificado, siendo muchos antes; y como Austria, que permanece unida a pesar de la multitud de razas, lenguas, religiones, historia y literatura de las nacionalidades que la constituyen, es anacrónica anomalía, es verdadero delirio este afán de separarnos y aborrecernos que se ha apoderado de nosotros, que somos enteramente hermanos. Yo no atino a explicar tan lamentable fenómeno sino considerándolo como una enfermedad epidémica.
Decía Camoens que las diferentes provincias de España eran:
| Todas de tal nobreza é tal valor | |||
| que cualquier d'ellas cuida que é melhor. |
Sin duda, seguimos presumiendo de la misma suerte, pero con una diferencia harto lastimosa. Para la totalidad de la patria nos hemos vuelto modestísimos, y estoy por decir que abyectamente humildes. España está decaída, hundida, perdida y desmoralizada; pero la provincia o comarca a que pertenecemos es la única excepción. Sólo nosotros, entre todos los españoles, estamos, por ejemplo, al nivel de los franceses, de los ingleses o de los yanquis. Lo demás ha caído en la más profunda corrupción, y es menester separarse de ello para no inficionarse.
Créame usted, amable señora: cuantos de buena fe y sin estar movidos por la ambición o la codicia se ponen, como usted, de parte de los rebeldes de Cuba, es porque ceden al impulso de tan absurdo sentimiento; de esa humildad para el total concepto y de ese soberbio engreimiento para una región o comarca sola y para sus habitantes.
¿Qué no daría yo y qué no daría todo buen español porque de tal manía nos curásemos? ¿Qué reformas no concederíamos a Cuba o a qué pretensiones razonables no darían oídos y aprobación los diecisiete o dieciocho millones de peninsulares con tal de que terminase la guerra fratricida y no hubiese más estragos, más sangre y más desolación espantosa en los hermosos y fértiles campos del paraíso que halló Colón en el golfo de Méjico?
El disimulo es inútil, y, además, yo no soy ni disimulado ni hipócrita. Mi bello ideal hubiera sido soñar pronto la rebelión por las armas, sin mucho sacrificio de vidas ni haciendas de peninsulares ni de cubanos. Luego, los vencidos hubieran tenido todas las reformas y todas las libertades, menos la de ser más que nosotros o la de separarse de nosotros. Pero la guerra se prolonga, es calamitosa para todos y sólo conduce a una larga postración, cuando no a la ruina de Cuba y de España. Todos debemos amar la paz. Todos debemos ya desear un convenio, hasta los más celosos de la autoridad del Estado, que no puede negarse que había de quedar menoscabada y no muy airosa. Sería tan grande el beneficio, que nos consolaría y que compensaría el menoscabo y el desaire.
Por lo demás, entre un Gobierno y sus súbditos alzados en armas, ni es novedad ni es caso denigrante el llegar a una avenencia por medio de pactos y transacciones. Lo que sí sería bochornoso, lo que apenas sería sensible, es que un poder extranjero interviniese en esas transacciones y pactos. Sería como si ese poder saliese garante de su cumplimiento y como si pusiese bajo su protectorado y tutela a una parte de la nación española, sometiendo el resto a su jurisdicción y a sus fallos.
Aunque anhelo la paz con el mayor ahínco, confieso a usted que me afligiría alcanzarla por un medio tan poco decoroso. Dígame usted si, tanto por española como por cubana, no se afligiría usted también de que gente extraña, y sin título alguno para ello, interviniese en nuestras contiendas y se declarase juez de paz de las mismas, o a quienes ha inspirado, o a quieres ha excitado previamente a la discordia y a la lucha.
Madrid, 1896.
Hace pocos días recibí carta de mi excelente amigo el doctor don Juan Fastenrath. Entre otras cosas, me dice que en Alemania van a celebrar el centenario de don Manuel Bretón de los Herreros y que el gran duque de Sajonia Weimar hará que en el teatro de su Corte se represente una comedia, tal vez Muérete... y verás, de aquel fecundo y ameno poeta, el 19 de diciembre próximo, al cumplirse el siglo de su nacimiento.
Lleno de patriótica satisfacción vi yo esta prueba del alto aprecio con que en algunos países de Europa miran a los ingenios españoles contemporáneos.
Aguó, no obstante, y hasta acibaró mi contento, la injusta severidad con que un autor inglés de mucha fama, que por acaso estaba yo entonces leyendo, juzga y condena a la España del día. En su estudio sobre Santa Teresa dice el señor Froude: «Las revoluciones siguen a las revoluciones en la Península Ibérica; hunden al pueblo en la miseria y esterilizan el suelo; pero en esos últimos tiempos no han producido un solo personaje como aquellos cuyos nombres forman parte de la historia europea. Sólo han producido aventureros, militares y oradores de elocuencia trascendente; pero ningún Cid, ningún Gran Capitán, ningún Alba, ningún Cortés, ningún Pizarro. El progresista de nuestra edad necesita subir mucho si ha de elevarse al nivel antiguo.»
La verdad es que acerca de la España actual hay en el mundo muy desfavorables opiniones. Todavía somos estimados y ensalzados por nuestros artistas. Nuestros poetas líricos, tan buenos, en lo que va de siglo, como los de cualquier otro país, son desconocidos en los países extranjeros. Algunas de nuestras novelas, aunque pocas, han sido traducidas en varias lenguas. Y algo de nuestro teatro moderno ha sido traducido y aplaudido también, sobre todo en Alemania y en Inglaterra. Acaso a Un drama nuevo, de Tamayo, sea a lo que debemos el mayor triunfo. Ha pasado el Atlántico, y, puesto en inglés, ha embelesado al público de los Estados Unidos.
En mi sentir, no obstante, el movimiento presente del ingenio español se estima fuera de España en muchísimo menos de lo que vale. Sin duda, consiste esto en que Francia, que para todos los pueblos civilizados hace el papel divulgadora y que además se interpone entre nosotros y los demás pueblos, dista mucho de sernos favorable. Y no lo es porque en Francia nos quieran mal ni porque falten en Francia personas eruditas que conozcan tan bien o mejor que nosotros nuestra historia, nuestra lengua y nuestra cultura, sino porque la generalidad de los franceses está tan engreída, y no sin razón, si cabe razón en el engreimiento, que casi no puede concebir que, desde los principios del siglo XVIII hasta ahora, se haya hecho en España más que remedarlos o permanecer en la barbarie o corrupción mental en que habíamos o se supone que habíamos caído.
En este error nos cabe gran parte de culpa. Nosotros mismos nos hemos engañado en probar, que murió el antiguo pensamiento español castizo, y que desde Luzán en adelante Francia nos ha inspirado y nos ha pulido.
Nada más falso si discurrimos sobre ello con tino y reposo. El escepticismo del siglo pasado; su pobre filosofía sin metafísica; sus ideas y sentimientos, nobles aunque maleados por excesiva declamación, sobre filantropía, igualdad, libertad y progreso, todo esto fue el espíritu de una época en la historia de Europa, o, si se quiere, de todo el género humano; pero en Francia resonó con mayor estruendo de hermosura, primero en sus escritores y en su Revolución más tarde. ¿Cómo había de sustraerse España al influjo de lo que aquellos escritores dijeron y de lo que la Revolución hizo? Hasta podía considerarlo como el eco de su propio pensar y sentir, escrito primero, y luego actuado. Aun así, yo entiendo que el influjo de Francia fue menor en España que en las demás naciones. Y en lo tocante a las reglas del arte, a la forma, a lo meramente literario, apenas merece tenerse en cuenta. Así como Parini, Alfieri, Monti, Foscolo y Pindemonte nada deben a la imitación francesa, los poetas de las escuelas de Sevilla y Salamanca, ambos Moratines en lo lírico y épico, Quintana, Gallego y el duque de Frías nada le deben tampoco. Hasta en la poesía dramática, aun cuando queríamos sujetarnos a las reglas venidas de Francia, éramos originales, castizos y, permítaseme la expresión, de pura sangre española. Tan original, tan inspirado y tan propio de su nación y de su época es don Ramón de la Cruz como Lope o como Tirso.
Froude puede decir lo que se le antoje; pero, en literatura, al menos, no veo yo por qué los nombres del mencionado sainetero, los de los grandes poetas líricos que hemos citado y los de bastantes otros más recientes que pudiéramos citar, han de excluirse de la historia de Europa y no han de poder figurar al lado de los nombres de Byron, Moore Shelley y Burns.
A menudo cavilo y hago examen de conciencia para ver si me ciega o no el amor propio nacional, y siempre resulta de mi examen que dicho amor propio no me ciega. La mayor parte de los españoles, y yo con ellos, pecamos en el día por todo lo contrario.
Cada cual propende a figurarse, poniéndose él a un lado como excepción rara y punto menos que única, que por acá, intelectual y moralmente, todo está muy rebajado. La maledicencia, la más acerba censura y la sátira más cruel se manifiestan en nuestras conversaciones y escritos y son lo que más agrada y se aplaude.
Como yo soy y quiero seguir siendo optimista, contra viento y marea, ni siquiera censuro esta furia de descontento y de censura. Afirman los que han navegado mucho que nunca, en medio de las más espantosas tempestades, perdían la esperanza de salvación mientras oían a la gente de a bordo lanzar votos y reniegos, blasfemias y maldiciones, y que sólo empezaban a perder la esperanza cuando veían a la gente de a bordo, resignada y contrita, rezar y no jurar y decirse ternuras en vez de improperios.
Por este lado, pues, y como prueba de que queremos luchar contra la borrasca y vencerla, estoy por decir que me parece bien y útil que nos denostemos y nos humillemos unos a otros hasta no poder más, pero hoy quiero yo discurrir serenamente, como si no hubiera tempestad, sino calma, sin resignación y sin furia, y ver si puedo fundar en algo un razonable sursum corda.
Válgame para ello así lo que he aprendido por la lectura como lo que he visto en los muchos años que he peregrinado y vivido en extraños países. No es mi intento ofender a nadie; pero he de hablar con entera franqueza. La ironía con que elogia Froude la elocuencia trascendente de nuestros oradores es injusta a todas luces. De sobra hay en cualquier otro país oradores tan huecos, tan palabreros, tan difusos y tan ampulosos como los que en España puedan ser más tildados de tener dichos defectos. Lo que no hay de sobra en parte alguna es la facilidad, el primor, la elegancia y el arrebato poderoso de no pocos de nuestros oradores. Y en cuanto a la capacidad política que da muestra de sí en la acción y no en la palabra, creo que debemos hacer un distingo.
Claro está, y cómo negarlo, que España está pobre; que materialmente se halla más atrasada que Francia, Inglaterra, Bélgica, Holanda, Alemania, los Estados Unidos y tal vez algunos otros países; que es menos poderosa que Rusia; que ha perdido inmensos territorios en el Nuevo Mundo; que ha sido trabajada desde hace casi cien años por incesantes discordias civiles, y que en los momentos actuales en que vivimos ahora se halla abrumada de grandes calamidades y amenazada de otras acaso mayores. Pero la causa de esto, digámoslo sin rodeo ni disimulos, ¿es que los españoles del día son más inhábiles, menos enérgicos, menos probos y menos entusiastas que los de otras edades, para nosotros más dichosas? Esto es lo que yo niego. Puedo ver y veo nuestra decadencia; puedo recelar y prever nuestra ruina; pero no creo llano y fácil explicar la causa. Fuera de España, en América y en Europa, hasta donde yo he podido experimentar, no he visto que la gente del pueblo sea menos torpe, ni menos floja ni menos ruda que en España. Y en cuanto a los sujetos eminentes, directores y gobernadores de los estados, ya me guardaré yo muy bien de decir lo que dijo cierto lord inglés cuando envió a viajar a su hijo: «Anda, hijo mío, y pásmate al ver qué casta de hombres gobiernan el mundo.» Yo disto mucho de ser tan severo como el citado lord (Chesterfield, si la memoria no me engaña); pero no he tropezado en ninguna de las capitales y cortes que he recorrido, y he de declararlo aquí aunque sean odiosas las comparaciones, con ministros, jefes de partido, gobernadores y hombres de Estado, cuya grandeza haya transformado en mi imaginación a los irle España en unos pobrecitos pigmeos. Confieso que no he conocido a Cavour ni a Bismark, que son los que en estos últimos sesenta años han hecho más grandes cosas; pero he conocido a muy ilustres varones dirigiendo la política de florecientes imperios, repúblicas y monarquías, y, acaso por falta de sonda mental, no he sondeado el abismo que los separa de nuestros infortunados corifeos políticos, abismos en cuyas por mí inexplicadas honduras han de residir la agudeza, el tino y la sabiduría que hacen que todo les salga bien, mientras que todo por aquí nos sale mal por carecer de esas prendas.
Me induce a sospechar cuanto dejo expuesto que no siempre la postración o el encumbramiento de las naciones depende del factor del conjunto de sus ciudadanos y del mérito extraordinario de los nombres que las dirigen. Por mucho entran el valor y el mérito; pero hay otro factor importante, y es la fortuna. Bien sé que no hay fortuna para Dios: todo está previsto y ordenado por Él; mas para los hombres, ¿cómo negar que hay fortuna? ¿Quién prevé todos los casos adversos y prósperos? Y, aunque se prevean, aunque se señale en un cuadro del porvenir el curso que han de llevar los sucesos, ¿depende por completo de la voluntad humana el variar ese curso? Imaginemos el político más maravillosamente previsor, y todavía podrá ser como el astrónomo, que anuncia la aparición de un cometa y no lo detiene, que anuncia un eclipse y no lo evita, o como el médico, que pronostica los estragos de una tisis galopante y la próxima muerte del enfermo y no sabe curarla.
Yo doy, pues, por seguro que así en el encumbramiento y prosperidad de los pueblos como en su decadencia y ruina, si entra por algo el mérito y el valer entra por algo o por mucho también lo que llama acaso la gente irreflexiva, lo que atribuye la gente piadosa a la voluntad del Altísimo o lo que ciertos impíos y sutiles metafísicos sostienen que depende del orden inalterable en que los casos se suceden o del encadenamiento y evolución de la idea en la historia humana.
Como quiera que ello sea, hay venturas y desventuras, triunfos y reveses, hundimientos y exaltaciones que no provienen del mérito de los individuos o de los pueblos, sino que están por cima de las voluntades y de los entendimientos humanos.
Y, afirmándolo así, yo me pregunto: ¿qué es lo que conviene más, entender que las causas de nuestros males no son sólo por nuestra culpa, o entender que estamos mal porque somos incapaces y porque no valemos lo que nuestros padres o lo que nuestros abuelos valían? Lo que es yo, desde luego, me inclino a que es más útil entender lo primero. En ninguno de los dos casos, yo, como optimista, veo el mal sin remedio. Una nación, lo mismo que un individuo, aunque esté decaída o degradada, puede corregirse, hacer penitencia, sufrir la dura disciplina del infortunio, regenerarse al cabo y volver a ser grande; pero esta transformación dichosa será muy lenta y tardía. Habrá que cambiar para ello el ser de todos los ciudadanos y el de la República; pero, si el mal proviene de las circunstancias, las circunstancias pueden cambiar, porque Dios o el Destino quiere que cambien, y la transformación entonces será rápida e inesperada. Para mí, por ejemplo, es evidente que los españoles de los últimos años del reinado de Enrique IV de Castilla no eran peores, tal vez eran los mismos los que tenían disuelto y estragado todo el país, que los que en tiempo de los Reyes Católicos conquistaron el reino de Granada, descubrieron un Nuevo Mundo, arrojaron de Italia a los franceses y lograron dar a su patria el primado o la hegemonía entre todas las naciones de Europa.
Lo importante, pues, es que no perdamos la confianza y el aprecio de nosotros mismos. Bueno es renegar y rabiar y acusarnos unos a otros de incapaces, probando así que no estamos resignados y echados en el surco; pero mejor es no creer que la incapacidad y el rebajamiento son generales y única causa de nuestra ruina. Si creyésemos esto, estaría perdido todo; pero si creemos, como yo creo y quiero creer que los españoles de ahora están forjados del mismo metal y tienen el mismo temple de que fueron forjados y que tuvieron el Cid, el Gran Capitán, el duque de Alba, Cortés y Pizarro, no hay nada perdido.
Y como para mí es evidente que nuestros poetas, artistas, oradores y escritores del día no desmerecen de los que tuvimos en otras edades, ni tampoco están por bajo del nivel de los que florecen hoy en las otras naciones del mundo, y como para mí también es evidente, diga lo que diga el señor Froude, que, a pesar de tantas revoluciones estériles, la tierra de España no está más seca ni desolada que en tiempo de los Reyes Católicos o del emperador Carlos V, doy por seguro que ni los políticos ni los adalides dichosos han de faltarnos, y que si no perdemos la confianza y la esperanza, ha de pasar pronto la mala hora y ha de sernos al cabo propicia la fortuna, con tal de que no la neguemos echándonos toda la culpa y con tal de que no se lo atribuyamos todo para disculparnos o para cruzarnos de brazos.
Madrid, 1896.
Mi padre y multitud de parientes míos por todos los cuatro costados han servido desde muy antiguo en la Marina española. Renegaría yo de mi casta si denigrase a los marinos. Pero, con todo eso, declaro que me sublevan y enojan los que pretenden poner a los marinos y a los militares de tierra por cima de toda censura de los paisanos, fundándose en que ignoramos sus artes. Razón tuvo Apeles de desdeñar el juicio del menestral, diciéndole: «Zapatero, a tus zapatos.» Pero el zapatero no podía, en cambio, recusar a Apeles como juez de su calzado, ya que Apeles, si no sabía hacerlo, tenía que pagarlo, gastarlo y andar con él cómodamente. Quiero decir con esto que, en todo caso, el artista y el poeta podrían rebelarse contra la censura. Con no mirar sus cuadros o con no oír o leer sus versos, se remedia el mal que causan. No sucede lo mismo con aquellas profesiones de las que depende la grandeza o la ruina de los estados, la vida de muchos hombres y la hacienda de todos, desde el gran capitalista al que tiene que vivir de un salario mezquino.
De aquí que la censura que cae sobre el militar y el marino sea lícita, natural e inevitable. Y como a veces estimula, hasta conviene, si no es muy disparatada, dura y descompuesta. Arquímedes sabía mucho y era muy ingenioso. Si le hubiesen dado palanca y punto de apoyo hubiera movido al mundo. Y, sin embargo, si cuando inventaba mil artificios pasmosos para defender a Siracusa se hubieran burlado de él los periodistas de entonces, diciéndole mil cuchufletas y poniéndole en caricatura, aquel varón tan sabio se hubiera atolondrado, se hubiera hecho un lío y no hubiera dado pie con bola, dudando él mismo del resultado de su ciencia; resultado que, por virtud de previas disposiciones y a pesar de temores y dudas, hubiera, al fin, naturalmente, sobrevenido. Así, el fruto del árbol que se cultiva con esmero, cuando llega a su madurez y no lo coge la tímida diestra del hortelano, cae en la tierra por virtud de su propio peso. Así también se puede explicar que el crucero Princesa de Asturias se botase al agua no bien la ocasión fue propicia. Si no hubiese estado bien construido o bien puesto sobre la grada o sobre lo que conviene que se ponga, de fijo que no se hubiera lanzado al mar tan gallarda y primorosamente.
Las comparaciones, para ser exactas y luminosas, han de entenderse bien. Racionalmente considerado el asunto, la flauta no sonó por casualidad. Si no hubiera estado hábilmente hecha, no hubieran logrado hacerla sonar los resoplidos más poderosos.
La verdad es que por lo que más pecamos ahora los españoles todos es por el menosprecio de nosotros mismos, por una humildad que nos deprime y por una exagerada admiración de lo extranjero. Nos parecemos al que oyó decir a un inglés que en cierto salón algo oscuro de la Alhambra convendría que hubiese una claraboya; y para imitar al inglés, pidió también una claraboya para el palacio de Carlos V, que nunca tuvo techo. O bien nos parecemos a aquel caballero de Nápoles, que sostenía que si la Gruta Azul estuviese en Francia, le habrían abierto grandísima entrada, sin pensar que con mayor abertura hubiera desaparecido todo el maravilloso encanto de la gruta, casi únicamente iluminada por los rayos del sol que surgen refractados del seno azul del mar diáfano.
Mucho depende de la aptitud de los hombres, pero mucho depende también de la buena o mala ventura. No atribuyamos todo lo próspero a la habilidad. En las victorias de Alejandro y de César la ventura hubo de entrar por algo. Suponer que entró por todo sería ruin envidia. De ella pudiéramos acusar a Felipe II si dijo, como se cuenta, al saber la victoria de Lepanto: «Mucho ha aventurado don Juan»; pero la magnanimidad del mismo monarca se manifiesta cuando atribuye a los elementos desencadenados, y no al poder de sus enemigos ni a la torpeza de sus generales, la pérdida de la Armada Invencible. Los cartagineses solían maltratar y hasta crucificar a sus generales cuando no vencían. Preferible es el aliento generoso del Senado de Roma que da gracias al cónsul Varrón porque después de Cannas no desespera de la salud de la patria.
Menester es tener confianza en nosotros mismos. Entonces vencerán en tierra los militares y en el mar harán maravillas nuestros marinos. De su arrojo siempre han dado y siguen dando pruebas, y no sería justo creer que por el entendimiento y la inspiración estén por bajo de los hombres de otros países. Creer esto equivaldría a creer que en nuestro país ha degenerado la especie humana porque no ha de suponerse que tenían los uniformes la deplorable virtud de entorpecer y de incapacitar a quienes los visten.
Tengamos confianza y el Cielo nos será propicio. Sin los rezos de Moisés y sin los milagros que por su intercesión hizo Dios, Josué no hubiera vencido; la profetisa Débora no hubiera entonado su himno triunfal si las inteligencias que mueven los astros no hubieran bajado a combatir en favor de su pueblo; en mil batallas han tomado parte los dioses del Olimpo para favorecer a los hijos de Grecia; y los Dióscuros, abandonando el refulgente alcázar que tienen en el cielo, y donde hospedan al sol en los más hermosos días de cada año, han peleado en solemnes ocasiones por la grandeza de Roma. Todo ello entendido a la letra, podrá ser ilusión o sueño vano; pero, como figura, expresa enérgicamente la virtud taumatúrgica de la fe que tienen los nombres en el genio superior y en los altos destinos del pueblo a que pertenecen; fe dominadora de los númenes, que los evoca, los atrae y se los gana para aliados y para amigos. Así nosotros, en mejores días, cuando tuvimos mayor fe en lo que valemos, trajimos del cielo a Santiago y, montado en un caballo blanco, le hicimos matar moros e indios, cosa harto ajena de su profesión y ejercicio durante su vida mortal.
Si nos obstinamos y persistimos en nuestra humildad, en recelar que hemos degenerado y que no somos ya lo que fuimos, ni Santiago ni nadie acudirá a socorrernos y jamás conseguiremos la victoria. Desde que Túbal vino a España, desde que en España reinaron los Geriones, hasta el día de hoy, no hemos tenido un general que haya reunido bajo su mando doscientos mil combatientes. Y todavía en nuestro siglo, a pesar de tanta prosperidad, industria y riqueza no ha habido nación alguna, por rica y grande que sea, que envíe por mar a regiones remotas ejército tan numeroso como el que hemos enviado a Cuba. Pero si nos empeñamos en creer punto menos que invencibles a los mulatos y negros insurrectos y en que se acabó ya la sustancia de que en España se forjaron en otras edades los ilustres guerreros, ni el Gran Capitán que resucitase y fuese por allí atinaría con una inspiración dichosa, ni haría algo de provecho, mientras que con fe tal vez bastaría un clérigo como el licenciado Pedro de la Gasca, ya que no se puede suponer que ni Maceo ni Máximo Gómez valgan más que Gonzalo Pizarro.
De estas incoherente cavilaciones infiero yo que si nuestro triunfo se retardase demasiado, así en el mar del Sur como en el golfo de Méjico, culpa sería de nuestra falta de fe, que seguiría enajenándonos la protección del Cielo; pero que si, como es de esperar, vencemos pronto, sin duda que al Cielo, o a la suerte para el que no crea en su influjo, deberemos el triunfo en primer lugar, pero también lo deberemos al valor de nuestro ejército de mar y tierra y a la habilidad e inspiración de sus jefes. Y aunque esto último, aunque la habilidad y la inspiración se negasen, siempre quedarían como factores de la victoria, sobre el valor de soldados y marinos, el sufrimiento y la constancia de la nación, que al enviarlos sacrifica heroicamente, y murmurando harto poco, su sangre y su dinero.
Madrid, 1896.
La rebelión de Cuba hacía difícil la situación de España. La rebelión de Filipinas ha venido a aumentar la dificultad y los peligros. La guerra en ambas partes tiene más carácter de guerra civil que de guerra de pueblos extraños sometidos que pugnan por recobrar la independencia y sacudir el yugo que se les impuso. En ambas guerras España combate por la civilización contra la barbarie. En Cuba es más odioso y está menos justificado el alzamiento contra nosotros. A no ser negros a quienes hemos civilizado y dado libertad, los rebeldes son españoles, cuyos padres, o cuyos abuelos nacieron en España, y a quienes los sacrificios y el valor de su patria dieron para morada la isla fértil y hermosa y todo el bienestar que poseen, en premio de lo cual, con fea y villana ingratitud, pugnan ahora por apartarse de la metrópoli, renegando de su casta y abominando de la sangre que llevan en las venas, sin duda viciada por el fermento y corrompida con la mezcla de la sangre africana.
Todos los españoles de la Península muestran el empeño más decidido de conservar para España aquella isla, y no por el menor interés, sino por razones más altas. Nadie en España ignora que en los cuatrocientos años que hace que posemos a Cuba, aquella isla sólo gastos y disgustos nos ha producido. Aun suponiendo, por lamentable y vergonzosa que sea, la más honda corrupción en los empleados que enviamos allí, es evidente que, si medran estos empleados, es a costa de España y no de Cuba. Casi la única renta que España puede sacar de Cuba para resarcirse de sus daños y sacrificios es la de Aduanas, y bien puede asegurarse que si nuestros empleados defraudan a la Hacienda en uno, es porque los cubanos, haciéndolos instrumentos y cómplices de la defraudación y sobornándolos para ella, se quedan con doble o con triple del provecho.
Si por las causas y motivos no está justificada la rebelión en Cuba, a pesar de todo cuanto dicen para justificarla Merchán, Varona y otros, todavía está menos justificada por el fin. Cuba, en un futuro remoto, podrá llegar a ser un Estado independiente, próspero y libre; pero por lo pronto, si la rebelión triunfase Cuba pasaría por un largo periodo de crisis peligrosas, exponiéndose, o a convertirse en una república negra como Haití, o a una larga serie de trastornos y dictaduras tiránicas, o a caer en poder de los Estados Unidos, que en pocos años borrarían de allí todo vestigio de lengua y de raza españolas, y que tal vez repoblarían la isla con los muchos negros que hay de sobra entre ellos y de los que sin duda gustarían de deshacerse.
Hablando con toda sinceridad, apenas comprendemos que haya un solo hombre nacido en Cuba, aunque su padre, su abuelo o su bisabuelo sean también cubanos, con tal que sea de casta española, y aun cuando sea medio mulato que racional y honradamente sea separatista. Sólo puede serlo o por vanidosa alucinación, imaginando que en él y en otros criollos la casta española ha mejorado y se ha pulido por la vecindad y contacto de los yanquis, o bien forjando sueños ambiciosos y considerándose, o dictador de la nueva república o fugitivo de ella, después de haberla exprimido, refugiándose en Nueva York o en París, para lucir y gozar el fruto de sus latrocinios.
Poco justificada está también la rebelión de Filipinas; pero, en fin, no puede negarse que lo está más que la del Cuba. En Filipinas, al menos, apenas tienen nada de españoles los rebeldes. Algunos mestizos habrá entre ellos; pero la mayoría es de tagalos o de otras razas, ya indígenas, ya de las que sucesivamente han invadido aquel archipiélago y se han apoderado de él en parte o en todo antes que los españoles llegaran y establecieran allí su dominación a mediados del siglo XVI.
El dominio de los españoles no puede haber sido ni más suave ni más benéfico. Acabó con las guerras constantes que los diversos pueblos y tribus de aquellas islas se hacían entre sí; los defendió de los robos y violencias de los piratas; cristianizó y civilizó a cuantos pudo, y harto poco o casi nada les obligó a trabajar en provecho de la metrópoli. Bien puede afirmarse que de todos cuantos pueblos europeos han ido a enseñorearse de tierras y naciones del Extremo Oriente, España ha sido quien menos las ha explotado. ¿Cómo se explica, pues, la rebelión de Filipinas? Ya hemos dicho que nos parece menos injustificada que la de Cuba, mas no por eso tiene tampoco justificación. Suponen algunos que ideas revolucionarias y anticristianas han penetrado allí y que en esta importación deletérea está la culpa de todo. Lo que es nosotros, ni vemos que en dicha importación esté la culpa, ni, aun suponiendo que en ella esté, consideramos prudente, ni acertado, ni posible, remediar el mal, atajándolo en lo futuro.
Las ideas son sutiles y penetrantes, vuelan y se extienden con rapidez pasmosa, y no hay aduanas, ni muros, ni lazaretos, ni cordones sanitarios que las detengan su vuelo y que impidan que lo inficionen todo, diluyéndose en el aire que se respira. Será un mal o será un bien; pero es inevitable la difusión de las ideas. El único modo de curar este mal es modo homeopático. A nosotros, que hemos llevado la civilización a Filipinas, no puede ni debe hacernos daño esa misma civilización, llevada allí en alas del comercio o por la convivencia trato frecuente y fácil comunicación que tienen en el día unos pueblos con otros. No nos conviene ni podemos tampoco mantener y perpetuar la ignorancia de los filipinos. Lo que nos conviene es educarlos con mayor esmero y hacerles comprender que son preciosas nuestras enseñanzas, que valen más que las que reciben recatándose de nosotros, y, sobre todo, que deben desechar cierta vanidad malsana y ridícula y convencerse de que el estado en que vivían antes de que los españoles llegasen, no merece llamarse civilización, por más que el Maquinoo Saterno y otros maquinoes por el estilo alambiquen y coloquen razones disparatadas.
Es cierto que, si bien los itas y otras razas inferiores estaban por bajo de los más degradados indios de América, los tagalos, y tal vez algún que otro pueblo, menos incomunicados con naciones relativamente cultas, tenían religión no tan monstruosa y leyes y escritura, adelantándose en todo ello a los pueblos de América menos salvajes; a los aztecas, a los quichuas y a los chibchas; pero aun así, hay harto poco que aplaudir en la llamada civilización tagala. Todas las filosofías que en ella encuentran sus encomiadores están tomadas de los europeos, y, por ilusión óptica que produce la vanidad, puestas en Batala, en los Anitos, en los Simbahan y en los demás dioses, ritos, creencias e instituciones del tagalismo.
El natural deseo de no caer muy por bajo del nivel de las grandes naciones y el propósito, ya que no de rivalizar y competir, de no verse abatidas, hacen que en el día las naciones o razas dotadas de certero instinto político, ora procuran unirse, si no lo están, ora se esfuerzan en conservar la unión que en otras edades contrajeron, olvidando agravios cuando los hay y tratando de convertir en consonancia las disonancias.
De muy diverso origen son los ciudadanos que componen los Estados Unidos de América y diversos y aun opuestos intereses tienen y, sin embargo, miran el separarse en distintos estados como propósito criminal y suicida. Los pueblos de Italia se han unido para formar un solo Estado, prescindiendo de glorias especiales, tan altas como las de Venecia, Florencia y Génova. Todos los alemanes se unen para formar un imperio. Y en Austria, multitud de naciones, distintas por su origen, religión, civilización e idioma, viven unidas y contentas bajo un solo cetro.
La corriente de la Historia y del progreso humano lleva a la fusión y no al separatismo. El separatismo es hoy más que nunca anticivilizador y antipatriótico. Es crimen necio, contrario al interés de los que lo cometen. En los cubanos rebeldes no merece perdón, porque es, además, crimen de lesa patria y de lesa raza. En los filipinos rebeldes, el crimen se limita a ser tonto. ¿Qué conseguirían si de nosotros se separasen, sino caer en manos de otros europeos que los tratasen con desdén y dureza, o bien ser víctimas de piratas groseramente mahometanos, o bien sufrir el yugo de alguna poderosa nación de Asia?
Fuera de los caudillos que aspiran a ganar posición, nombradía y riqueza, lo que es en la masa de rebeldes, así cubanos como filipinos, la sublevación, sobre ser injustificada, es estúpida. Saldrían perdiendo si ganasen. Pero se nos dirá: «¿Es más discreta y tiene fin menos vano la tenacidad con que los españoles de la Península se obstinan y se obstinarán en conservar aquellas posesiones, aunque en el empeño fuese menester consumir todo su dinero y derramar lo mejor de su sangre? Cuba nada nos ha valido en cuatro siglos de dominación. Filipinas nos ha valido menos en más de tres siglos. Es simpleza imaginar que los dos millones de ciudadanos españoles privilegiados que viven en las Antillas, y que ni con dinero ni con sangre contribuyen al poder de España, nos son útiles porque les obligamos a comprar los productos de nuestra industria. La metrópoli ha demostrado ya no pocas veces que está dispuesta a prescindir de la protección que a ello les obliga y que con tal de que Cuba prospere, renuncia a que entre allí ni un pedazo de tela tejido en Cataluña, ni una fanega de trigo producido en Castilla. ¿Qué nos vale, pues, la conservación de Cuba y Filipinas? En mi sentir, nos vale tanto, que no puede ser más. Perderlas sería para nosotros como perder los documentos y títulos de nuestra mayor nobleza. De esta nobleza es indeleble el recuerdo en la mente de los hombres; pero perdiendo a Cuba y a Filipinas, se podría decir que perderíamos la ejecutoria. Así la isla del golfo de Méjico como el archipiélago del mar del Sur son la heredad-monumento de la gloria de España y de su principado entre todas las naciones de la Tierra. Cuba, porque recuerda el más grande en lo meramente humano, de todos los acontecimientos de la Historia: el descubrimiento del Nuevo Mundo; y Filipinas, porque recuerda cómo cerramos el ciclo de aquellas pasmosas hazañas, agrandando experimentalmente el concepto de la creación, patentizando la redondez de la Tierra, circunnavegándola por primera vez, columbrando en el cielo nuevas constelaciones y abriendo el magnífico pórtico de la Edad Moderna y una nueva y gloriosa Era en la historia del linaje humano. Perder a Cuba y a Filipinas sería derribar las columnas que sostienen nuestro escudo y donde va escrito plus ultra. La nación que dio recursos al genovés inspirado para acometer la total empresa, y a Magallanes para terminarla, tiene el derecho y hasta el deber de conservar a Cuba y a Filipinas. Para que Cuba dé testimonio de nuestro poder de que descubrimos y civilizamos la América, y para que Filipinas persista bajo nuestro dominio, siendo el jalón y la marca del camino que, como el sol y como la civilización del humano linaje, siguió la nao Victoria cuando hizo, según dice Fernández de Oviedo «la mayor y más nueva cosa que desde que Dios crió al primer hombre y compuso el mundo hasta nuestro tiempo se ha visto».
Esas posesiones de ultramar son, pues, para nosotros, como las columnas que sostienen nuestro escudo, y si cayesen, el escudo acaso podría caer. Indispensable es conservarlo firme, aunque nos cueste mucho sacrificio de sangre, aunque se consuma mucho dinero y aunque, como nos amenaza gente poco benévola, acabemos por lo pronto por dejar que se lleven a tierras extrañas nuestra plata, como ya se llevaron nuestro oro, sólo nos dejen papel y calderilla. Digamos: No importa, como hemos dicho siempre, y todo se remediará. La plata y el oro volverán con el laurel de la victoria. Dios inspire a nuestros generales para que pronto la consigan. Hermoso, rico en amor y en lágrimas de alegría será el triunfo que les prepara España cuando vuelvan vencedores.
Madrid, 1896.
Hará ya seis meses estuvo en Madrid un angloamericano llamado H. C. Chatfield-Taylor. Un amigo mío me lo presentó y trajo a mi casa, donde tuve el gusto de conocerle. Me pareció sujeto amable, discreto e ilustrado, y muy entusiasta de nuestro país. Pronto volvió al suyo dicho señor, escribió un libro sobre España lo imprimió en Chicago, exornándolo con bonitas estampas y tuvo la bondad de enviarme un ejemplar que recibí hace pocos días. Confieso que el título del libro me desagradó bastante. El libro se titula El país de la castañeta (The land of the castanet.) Ya en el título hay una ofensa. Es como si un español escribiese un libro sobre los Estados Unidos y, sin acordarse de Washington, de Franklin, de Lincoln, de Grant, de Emerson, de Poe, de Edison, de Channing, de Whittier y de otros muchos ilustres personajes, de sus nobles y hermosas mujeres, de sus grandes ciudades, de sus monumentos, de su riqueza, de su prosperidad, de las bellezas naturales de su territorio, de la anchura del Hudson y del Mississipi y del salto del Niágara, recordase sólo la abundancia de cerdos que se crían y se matan en Chicago y titulase su libro El país del cerdo.
A menudo el señor Taylor nos acusa en su libro de orgullosos. Yo no creo que lo somos ni que lo hemos sido nunca; mas no por eso nuestra humildad ha de llegar hasta el extremo de resignarnos a creer que el objeto que más nos caracteriza y distingue de las otras naciones del mundo es la castañeta.
Hace muchos años, cuando el rey de Sajonia, que había sido partidario de don Carlos, reconoció por reina a Isabel II, mandó a esta corte a un elegante y rico enviado extraordinario, llamado el barón Fabrice. Trajo este señor consigo a un hábil cocinero, que, además, era literato y que al volver a su tierra compuso un libro de sus impresiones de viaje en España, y lo tituló Puchero. Nadie entre nosotros podía ver la menor ofensa en este título. Para una persona cuyo principal oficio y arte es la cocina, el puchero no puede menos de ser la idea capital y como el centro en cuyos alrededores se agrupan las demás cosas. De la misma suerte, si el señor Taylor hubiera sido bailarín, la castañeta hubiera sido también, naturalmente, el núcleo de sus impresiones, la piedra angular de todo el caramillo de ideas que sobre España formase; pero como yo no creo que el señor Taylor sea bailarín de oficio, hallo raro que califique a España de país de la castañeta, por más que en España las castañetas o castañuelas se toquen desde muy antiguo, según lo atestigua Marcial en sus versos en elogio de Teletusa, que las repiqueteaba de lo lindo al gusto de Cádiz; por más que un docto fraile inventase y escribiese una ciencia nueva titulada Crotalogía o ciencia de las castañuelas, y por más que mi ingenioso y erudito amigo don Francisco Asenjo Barbieri, que en paz descanse, escribiese también un curioso discurso sobre tan alegre instrumento.
Hecho ya este inevitable reparo, no he de negar que el libro del señor Taylor es de muy amena lectura, contiene muchas noticias, y a veces encomia hasta con entusiasmo a no pocas personas y bastantes cosas de España. Da, por ejemplo, justos y atinados elogios a varios de los más notables de nuestros políticos y literatos, como Castelar, Moret, Echegaray, Emilia Pardo Bazán, Cánovas y Sagasta. Del conjunto del libro se infiere que el señor Taylor desea sernos favorable; pero a pesar suyo, el prisma engañoso del protestante y del yanqui, al través del cual nos mira, hace que a menudo, ya nos calumnie y nos injurie involuntaria y candorosamente, ya lance sobre nosotros o contra nosotros profecías agüeros y juicios, a mi ver disparatados.
Dice, por ejemplo, que nosotros, en nuestro orgullo, tenemos peor opinión de los yanquis que los yanquis de nosotros. Lo único que se ha hecho en España es contestar con algunas injusticias, que yo encuentro de pésimo gusto, a las de un gusto mil y mil veces más depravado y ruin, que nos han dirigido y que nos dirigen de continuo senadores, diputados, escritores graves, o que pretenden serlo y periodistas de la gran República. Si fuésemos a contestar a los yanquis con suma igual de injurias a las que les debemos, nos pareceríamos a dos enjambres de verduleras que se ponen como hoja de perejil con el Atlántico de por medio. Y las injurias de los escritores de los Estados Unidos contra nosotros no son de ahora, con ocasión de la guerra de Cuba, sino que vienen de muy atrás. Sólo Guillermo Draper ha dicho más ferocidades contra España y ha mostrado más profundo aborrecimiento contra nosotros, que el que podrían atesorar todos los españoles juntos, si se decidiesen a denigrar, a escarnecer y a insultar a los angloamericanos.
El mismo Taylor, que pretende, que desea, que aspira de buena fe a hacer nuestra apología, ya desde el segundo renglón de su libro nos califica de indolentes y de crueles. La acusación de fanatismo y de superstición que el señor Taylor lanza a menudo contra nosotros casi no nos ofende, y, de puro poco razonable y fundada, nos parece chistosa. Si fuésemos a hacer la estadística de los ajusticiados, quemados y asesinados por motivos religiosos, de fijo que resultaría, a pesar de Torquemada y de todos los inquisidores, doble o triple número que en nuestra cuenta, en la cuenta de la sentimental y piadosísima raza anglosajona.
En lo tocante a superstición, declaro que no me explico que nos acuse de ella ningún cristiano de distinta Iglesia que la católica. Libre es todo hombre de aceptar y creer por completo lo dogmático de nuestra religión, o sólo una parte, modificándola algo o no modificándola; pero desde el momento en que se cree una parte, no hay razón ni motivo para llamar supersticioso al que lo cree todo. Cuando dijo Sancho que no bien él y su amo se remontaron al cielo, se apeó él de Clavileño y se puso a jugar con las siete cabrillas, Don Quijote tuvo sobrada razón en decirle que no se allanaría a creer en su jugueteo con las estrellas, si Sancho no creía tampoco en nada de lo que contó que en la cueva de Montesinos le había pasado. Para un impío racionalista, tan absurdos son los retozos de Sancho con las Pléyades como la conversación y los lances del hidalgo manchego con Montesinos, Durandarte y Belerma. ¿Por qué, para un espíritu religioso, han de ser fanáticos el eximio doctor Suárez, el glorioso Ignacio de Loyola, Melchor Cano y Domingo Soto, y han de ser unas criaturas muy juiciosas y razonables Wiclef, Knox, Lutero y Calvino? O todos igualmente locos y fanáticos, o todos igualmente dignos de consideración y respeto.
Otra terrible manía del señor Taylor es la que muestra contra las corridas de toros, a las que fue no obstante y se divirtió viéndolas. Lo que es yo, gusto tan poco de dichas corridas, que nunca voy a presenciarlas, como no he ido en los Estados Unidos a divertirme en ver a dos ciudadanos romperse a puñetazos el esternón y las quijadas para deleite de los cultos espectadores; mas no por eso diré que mientras entre los yanquis se estilen tales juegos, no será posible que se civilicen y seguirán siendo bárbaros y feroces. El señor Taylor declara en cambio que nosotros sólo porque toleramos las corridas de toros somos incapaces de civilización en su más alto sentido.
Diré, por último, que el señor Taylor, que varias veces nos acusa de crueles, es crudelísimo con el pueblo español cuando lo compara a un hidalgo empobrecido, y casi hambriento, que, lleno de vanidad y por seguir alternando con otros hidalgos ricos, es manirroto y despilfarrado, gasta más de lo que tiene y va derecho a la más espantosa ruina. Pues qué, ¿entiende el señor Taylor que sea vanidad y despilfarro que procuremos conservar, aun a costa de los mayores sacrificios, una isla que nos pertenece, y donde nadie o pocos se sublevarían si desde los Estados Unidos no los alentasen y no les enviasen armas y dinero? Cuba es nuestra propiedad legítima, y no es vanidad ni soberbia nuestro empeño en conservarla. Cuba es, además, como la prenda y el testimonio visible y monumental de que este pueblo de la castañeta fue el que descubrió el Nuevo Mundo e implantó en él las artes y la civilización de Europa.
Aunque nosotros no negamos que en comparación de los Estados Unidos somos muy pobres, todavía nos parece duro que a cada paso se nos eche en cara nuestra pobreza y la vanidad ridícula con que se supone que tratamos de disimularla. «Las señoras -dice el señor Taylor- van a paseo en coche elegantemente vestidas de medio cuerpo arriba y de medio cuerpo abajo muy andrajosas, cubriendo con una manta aquella miseria. Por lucirse, andar en coche y tener palco en el Real, se tratan muy mal en casa, la cual suele estar inconfortable y mal amueblada. En invierno se mueren de frío, y en todas las estaciones remedan al camaleón, alimentándose casi del aire.»
El señor Taylor deja entrever con insistencia su recelo de que en España se come poco y mal, de modo que nosotros para agasajar a los extranjeros no los convidamos nunca a comer, limitándonos a hacerles muchas cortesías. Nos cuenta, sin embargo, contradiciéndose, que el señor don Emilio Castelar le dio un almuerzo suculentísimo, en el que se sirvieron diecisiete platos, sin contar los postres, que serían probablemente, cuarenta o cincuenta, todo ello, para que no se atragantasen, remojado con los mejores vinos españoles. Pues qué, ¿quería más el señor Taylor? También se contradice al hablar de los clubs o casinos. En algunos pasajes de su libro afirma que no somos un pueblo clubable, y califica de mezquinos y pobres nuestros clubs, y lamenta que se sostengan por el juego. Y en contra de lo dicho, afirma en otros pasajes, por ejemplo, que el Casino de Córdoba es grandioso, y ensalza el Ateneo de Madrid, que al fin es un Casino donde, no se juega, encomiando su rica y selecta biblioteca, su gran salón de sesiones y sus cátedras, donde personas sabias y elocuentes enseñan diversas ciencias y facultades.
Sobre la high-life de Madrid y sobre las damas de la suprema elegancia, el señor Taylor está algo satírico; pero en manera alguna singularmente ofensivo, ya que los vicios y faltas que halla en la smart set madrileña le parecen menores que los de la smart set neoyorquina. Como yo en este punto tengo la manga mucho más ancha que el señor Taylor, absuelvo de casi todas sus culpas, sin imponerles la menor penitencia, tanto a las damas elegantes de Madrid como a las de los Estados Unidos, que me parecieron guapísimas, discretas y divertidas, durante los dos años que pase en aquella tierra. Mi indulgencia es fenomenal para con las señoras. Apenas hay rareza que yo no les perdone; hasta perdono a algunas de nuestras damas elegantes que, según observa el señor Taylor, aunque no sepan hablar inglés, pronuncien con acento inglés el castellano, apretando mucho los dientes, desde que pasaron una semana en Londres. Este acento inglés es ya más distinguido y más chic que la erre nasal o gangosa que otras damas emplean a fin de parecer educadas en París de Francia.
La clase media, sigue el señor Taylor, es ignorante, grosera y sucia. Supone enorme distancia, un abismo, entre nuestra nobleza y el pueblo. No sé cómo ha podido notar esto en el país más democrático del mundo, que es España. El señor Taylor acusa a cada paso de ignorantes a los españoles. No se comprende cómo el poco tiempo que ha estado aquí le ha bastado para examinarnos de todas las asignaturas y darnos calabazas. Los mahometanos y los judíos ésos sí que eran sabios; pero hicimos la barbaridad de expulsarlos.
No cabe en este breve escrito contestar a las censuras del señor Taylor.
Nos limitaremos a contraponerle las siguientes afirmaciones:
Que durante toda la Edad Media, la España cristiana fue el pueblo más tolerante de toda la cristiandad;
Que cuando venían cruzados a ayudarnos en la Reconquista, era menester echarlos o luchar contra ellos, para que no matasen ni robasen a todos los judíos y mahometanos, faltando a los pactos y a la fe jurada;
Que la sabiduría muslímica y rabínica y sus filósofos y doctores, en vez de ser perseguidos por los monarcas cristianos de España, hallaron con frecuencia en sus cortes protección y refugio contra las fanáticas persecuciones, ya de algunos califas de Córdoba, ya de los almorávides y almohades, en la época de las tremendas invasiones africanas.
Y en fin: que esa sabiduría se difundió y se dio a conocer en el resto de Europa por medio de los cristianos españoles, arzobispos, obispos y sacerdotes casi siempre, que tradujeron, comentaron y explicaron los textos arábigos y hebraicos.
Pero salgamos de las honduras en que nos hemos metido, y terminemos este artículo, que va siendo ya sobrado largo, afirmando que el libro del señor Taylor es muy agradable de leer, a pesar de los defectillos que hemos notado, y que, si procuramos no ser vidriosos, reconoceremos que cuanto el señor Taylor dice contra nosotros proviene de prejuicios difíciles de arrancar del alma de un extranjero, pero que en el fondo el señor Taylor o nos encomia o procura encomiarnos, y en casi todas las páginas de su libro muestra hacia nosotros muy sincera y fervorosa simpatía.
Madrid, 1896.
Grandísimo es mi deseo de complacer a mi amigo don Miguel Moya, escribiendo algo sobre la Nochebuena y la guerra de Cuba para un número extraordinario de El Liberal; pero mientras más cavilo, menos cosas se me ocurren. Sólo acuden a mi memoria y pronuncian mis labios las hermosas palabras que en boca de los ángeles oyeron los pastores: «Gloria a Dios en las alturas y paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad.» Paz anhelamos todos, y ahora que la Nochebuena se aproxima, debemos repetir la exclamación angélica, pidiendo paz al Cielo. Y no sólo porque con la guerra exponemos a las enfermedades y a la muerte a lo más lozano de la juventud española y nos exponemos nosotros a la miseria, sino también porque con la duración de la guerra, a par de la vida de muchos de nuestros hermanos, y a par del dinero y hasta de la esperanza de ganarlo que vamos perdiendo, es de recelar que perdamos también la paciencia, el juicio y el corto ingenio que Dios haya tenido la bondad de darnos.
Aun prescindiendo de todos los enormes males que la guerra trae consigo, sólo porque no se volviese a hablar de tan trillado, sobado y fastidioso asunto, debiéramos rezar para impetrar del Altísimo que la guerra terminase, aunque fuera por virtud de un milagro, como el de la botadura del Princesa de Asturias.
En suma: yo no sé ya qué decir sobre la guerra, y lo que es sobre la Nochebuena, con decir «Gloria a Dios en las alturas y paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad», está dicho todo. Pero esto no es cuento, ni artículo, ni composición poética inédita, y por consiguiente, si no digo más, me quedaré con el disgusto de no complacer al señor don Miguel Moya.
Sólo veo un medio de salir de mi apuro: referir aquí con brevedad y tino, si soy capaz de tanto, la discusión que acaban de tener en mi casa dos señores que han venido a visitarme, y por dicha se han hallado juntos en ella. Es el uno don Valentín León y Bravo, capitán de Artillería retirado, y el otro, el hábil diplomático don Prudencio Medrano y Coroero, retirado también, o dígase jubilado. Ambos desean la paz con el mismo fervor que yo; pero la buscan por muy diverso camino. Suponen cada uno de ellos que si se hubiera seguido el que él traza ya gozaríamos de la paz en esta Nochebuena, y así nosotros en la Península, como nuestro valiente Ejército de Cuba, la celebraríamos regocijadamente, después de haber oído la Misa del Gallo, con suculentas cenas en que consumiríamos multitud de pavos, que desde su patria de origen, y no menor multitud de jamones, que desde Chicago y desde otros lugares de la Unión, donde abundan los cerdos, nos enviarían de presente Cullon, Morgan, Sherman y algunos senadores más.
Baste de introducción y empiece el diálogo. El arrogante don Valentín habló primero, y dijo:
-Vamos, hombre; confiese usted que no hemos debido sufrir tantas ofensas y amenazas de intervenir con las armas en nuestras discordias civiles; jactanciosa seguridad de acogotarnos en un dos por tres, derrotando nuestro Ejército y echando a pique nuestra flota, y envío incesante de aplausos a los insurrectos, de insultos feroces a los leales, y de armas, municiones, dinero, víveres y toda clase de auxilios a los que devastan, incendian, saquean y destruyen la riqueza de Cuba, para pedirnos luego indemnización por los mismos estragos y ruinas, que sin el favor de los yanquis jamás se hubieran causado. Crea usted, que lo que hubiera convenido y lo que todo esto hubiera merecido, es que nosotros hubiéramos imitado a Agatocles.
-¿Y quién fue ese caballero?- preguntó don Prudencio.
-Pues Agatocles -contestó don Valentín- fue un célebre tirano de Siracusa, con quien se condujeron los cartagineses, sobre poco más o menos, como los yanquis con nosotros. Pero Agatocles se hartó de sufrirlos, embarco cinco mil soldados en unas cuantas naves, cruzó el mar con ellos burlando la vigilancia de la poderosa escuadra enemiga y desembarcó en el territorio de la gran República; para verse obligado a vencer o a morir, destruyó los barcos en que había venido, como hicieron más tarde el renegado cordobés Abu Hafaz, en Creta, los catalanes en Galípoli y Hernán Cortés en Méjico; entró a saco en muchas ciudades púnicas, y aun estuvo a punto de apoderarse de la capital. ¿Por qué no habíamos de haber nosotros declarado la guerra a los yanquis, pasado en un periquete con más de cien mil combatientes desde Cuba a la tierra de ellos y quizá llegado hasta el Capitolio de Washington, arrojando de allí a culatazos a los senadores y yendo luego, por la avenida de Pensilvania, hasta donde está el Palacio del Tesoro todo lleno de dinero y apuntalado para que no se hunda, aliviarlo de aquel peso, y plantarnos, por último, en la Casa Blanca, que está a tres pasos de allí, y hacer a Cleveland cautivo?
-Todo eso -replicó don Prudencio- me parecería muy bien si para dejarme frío no acudiese a mi mente esta frase proverbial: «Tú que no puedes, llévame a cuestas.» No bastan doscientos mil soldados para acorralar y domar a los mulatos y negros cimarrones, y sueña usted con que basten cien mil para llegar al Capitolio de la gran República. Créame usted: lo digo con gran dolor, pero es menester decirlo: consumatum est. Menester es que nos resignemos y nos achiquemos. Cuba no nos ha producido nunca una peseta. Cada una de las que ha podido traerse de allí algún empleado poco limpio nos ha costado mil pesetas al conjunto de los demás peninsulares y nos cuesta además y nos costará muchas lágrimas. ¿Qué mejor venganza podemos tomar de los cubanos rebeldes que concederles la libertad, por que combaten? Una vez Cuba libre, Cuba se volvería merienda de negros.
-Pues para que no se vuelva merienda de negros debemos seguir combatiendo en la Gran Antilla -dijo entonces don Valentín-. Los cubanos, ni con mucho son todos rebeldes, y tenemos el deber de defenderlos de los forajidos y de salvarlos de la rapacidad y de la insolencia tiránica de los aventureros que quieren apoderarse de la isla. Contra estos aventureros y aun contra todo el poder de los yanquis que los protegen debemos luchar, ya que es inevitable la lucha.
-Confieso -dijo entonces don Prudencio- que me hace bastante fuerza eso de que no debemos abandonar a los cubanos fieles y pacíficos. Por eso vacilo yo. Si no fuera por eso no vacilaría en afirmar que para que hubiésemos tenido paz en la Nochebuena, que se acerca a grandes pasos, hubiéramos debido, en vez de imitar las locuras del señor Agatocles, hacer lo que yo me sé.
-¿Y qué es lo que usted se sabe? ¿Acaso plantear las reformas ya votadas, concederlas mayores aún y hasta llegar a la autonomía para que depusiesen las armas los insurrectos? ¿No ve usted que ellos achacarían a debilidad actos tan generosos, se ensoberbecerían más, pedirían independencia o muerte y antes que darse a nosotros se darían al diablo?
-Pues daos al diablo, les diría yo -contestó don Prudencio-. Lo que es por mí ya serían independientes con una condición: con la condición de que cargasen con el pago de la deuda de Cuba. Aunque se elevase a cuatrocientos millones de pesos fuertes, todavía sería muchísimo menos de lo que Cuba nos ha costado en los cuatrocientos años que la hemos poseído, sin duda por nuestra desgracia, pero también por nuestra gloria, como monumento y espléndido recuerdo del hecho más brillante y trascendental de nuestra historia y aun de la historia de todo linaje humano.
-También digo yo -exclamó don Valentín- lo mismo que decía usted hace poco cuando me oyó hablar de la imitación de Agatocles: «Todo eso me parecería muy bien si para dejarme frío no acudiese a mi mente esta frase proverbial: «Tú que no puedes, llévame a cuestas.» ¿Cómo quiere usted que paguen nada los cubanos libres? Lo menos durante dos siglos sobrevendría allí con la libertad la más estupenda anarquía. Aquello sería el puerto de Arrebatacapas. La isla libre no valdría por lo pronto ni produciría un ochavo. Mal andamos nosotros de dinero, pero todavía los acreedores se fiarían más de nosotros. Yo doy por cierto que si Cuba se comprometiese a pagar, los acreedores no aceptarían la sustitución y exigirían que España les pagase.
-Eso tiene remedio -dijo don Prudencio-. Mal hemos hecho con no haber contraído alianza ninguna, con estar aislados y sin apoyo entre las grandes potencias europeas; pero esto no mitiga la acusación de egoísmo y hasta de imprevisora flaqueza que podemos lanzar contra ellas, viéndolas inertes y tranquilas sufrir que los Estados Unidos, sin razón y sin derecho, nos traten como nos tratan fiados en su poder y en su riqueza e imaginándonos débiles, pobres y solos. Como quiera que sea, repito que el mal tiene remedio. Yo se lo daría con mi gran habilidad diplomática, si no estuviese ya jubilado; conseguiría que los Estados Unidos, tan filantrópicos y tan fervorosos amantes de la libertad de Cuba, garantizasen el pago de su deuda, y aun la pagasen, mientras Cuba no pudiese pagarla. Hasta sería esto poderoso estímulo para que ellos procurasen y aun lograsen la prosperidad de Cuba, con la cual crecería la fama póstuma de Antonio Maceo hasta la altura de la de Jorge Washington y de la de Simón Bolívar. Todo depende del éxito final del nuevo Estado que se funde.
Cuando se cansaron de hablar mis dos visitantes, me preguntaron mi parecer. Yo, con todas las perífrases cultas que me inspiró la cortesía, les di a entender que los pareceres de ellos se me antojaban igualmente disparatados y que era menester buscar un término medio.
-¿Y quién lo busca?-dijeron ambos.
-Todos -contesté yo-; pero nadie lo ha encontrado todavía. Esperemos que Dios, con su infinita bondad y misericordia, suscite pronto en Cuba un caudillo, sea quien sea, que logre estar no menos acertado como general en jefe, que Cirujeda como comandante, y todo terminará pronto y bien, sin imitar a Agatocles, y sin imitar tampoco al cura de Gavia. Cuando veamos aparecer este caudillo, no habrá viejo en toda España que no haga el papel de Simeón y que no le remede diciendo: Nunc dimitis servum tuum Domine, secundum verbum tuum in pace, quia viderunt oculi mei salutare tuum; pero ni los viejos podremos hacer el papel de Simeones en la próxima Nochebuena, ni los mozos podrán gozar de la paz deseada. Contentémonos con la esperanza de tener esta paz en la Nochebuena de 1897.
Madrid, 1896.
Voy a decir mi humilde parecer sobre el importante asunto de que El Liberal trata hoy, y voy a decirlo con sinceridad, con llaneza y hasta con cierto candor, que la generalidad de las gentes considerará poco diplomático; pero mi diplomacia pasó ya, y agua pasada no mueve molino.
Cuba, en mi sentir, nada nos ha valido en los cuatrocientos años que hace desde que nos apoderamos de ella. Las riquezas que algunos españoles traen o pueden traer desde allí a nuestra Península no aumentan más nuestro caudal, que las alhajas y juguetes que hallan en un balcón los niños aumentan el caudal del honrado padre de familia que los puso allí de antemano el día de Reyes para que sus niños los tomen, o que las liebres y perdices que caza alguien en un coto aumentan el caudal del propietario del coto, que para llevar y sustentar allí dichas liebres y dichas perdices ha gastado mil y mil veces más de lo que ellas valen.
Económicamente, pues, nada nos vale nuestro dominio en Cuba.
¿Es cuestión de honra conservarla? Frase es ésta llena de pompa y de peligro, que sería mejor no emplear.
Claro está que nos convendría y nos agradaría que el Dios Término de España no hubiera retrocedido y no retrocediese nunca. Pero si las leyes providenciales o fatales, por cuya virtud se ordenan los acontecimientos humanos, hacen que el Dios Término retroceda, no por eso España ha de creer menoscabada su honra. Antes, pudiera salir del mal el bien, y acrecentarse la honra de España, si, por ejemplo, las dieciséis o diecisiete repúblicas que han nacido de su seno llegasen a estar florecientes y poderosas.
¿Es cuestión de integridad de nuestro territorio? También sobre esto hay mucho que decir y no poco que distinguir. Harto menguada estaría ya dicha integridad, si la hubieran constituido lo mejor del continente americano, Sicilia, Cerdeña, Portugal con todas sus posesiones y tantos otros estados, provincias y países como nos han pertenecido y ya no nos pertenecen.
Infiero yo de aquí que nuestro dominio en Cuba no es cuestión de utilidad, ni de honra, ni de integridad de la patria. Pero ¿significa esto que sea poco importante la conservación de Cuba? Tan lejos estoy de pensarlo, que creo dicha conservación importantísima. El que la conservemos es para nosotros cuestión de categoría de elevación, de dignidad entre las naciones de Europa. Es también cuestión de decoro nobiliario. Cuba, dominada por España, parece como título, custodiado en nuestro poder, de que descubrimos y civilizamos el Nuevo Mundo.
Por esto, todo buen español debe considerar como gran desventura la pérdida para nosotros de aquella hermosa isla. Por esto con general aplauso y excitación de toda España, han ido a Cuba doscientos mil soldados. Por esto la nación se desprende de sus bienes, gasta su dinero, se empeña y arrostra con resignación valerosa la pobreza, a fin de mantener en Cuba a esos soldados y por medio de ellos su indiscutible soberanía.
Por desgracia, los que contra ella se rebelan, lejos de dar la cara, huyen y se esconden, prolongando así indefinidamente la guerra, los gastos y los sacrificios y haciendo morir, mil veces más que en los combates, por las enfermedades, la flor de nuestra juventud generosa. No discuto aquí si es o no posible, a menos de un milagro, de una aventura casual o de una inspiración dichosa, acorralar a los rebeldes, vencerlos y darles pronto el merecido castigo. Tal vez sea esto dificilísimo.
Sabido es lo mucho que dura este linaje de guerras. Catorce años duró la de Viriato. Y sin buscar ejemplo tan ilustre, el rey absoluto de España tuvo que tratar de potencia a potencia con el Tempranillo, con los Botijas y con otros bandoleros, porque no pudo vencerlos con las armas.
Como quiera que sea, la situación en Cuba del general en jefe es harto penosa. El pueblo que permanece allí fiel a la madre patria y el Ejército que le obedece, bien pueden proclamarle mejor que Trajano, pero no más feliz que Augusto. Bien pueden, para realzar su crédito y levantar su autoridad, reunirse en junta y colmarle de vítores y aplausos; pero tan entusiasta patriotismo recordará involuntariamente el del Senado romano cuando, después de la batalla de Cannas, dio fervorosas gracias al cónsul Varrón porque no había desesperado de la salud de la patria.
Yo no quiero desesperar, ni desespero tampoco. La paz, sin embargo, me parece en extremo deseable y la acción diplomática conveniente, ya que a pesar del indiscutible valor y del pasmoso sufrimiento de nuestros soldados, no bastan las armas.
¿Cómo debe ser, o cómo puede ser esta acción diplomática, dado que la haya? Una cosa es el debe y otra el puede. Aristóteles pone muy bien en claro la diferencia. Por ella, dice aquel sabio es la poesía mil veces más filosófica que la Historia. La Historia expone lo que es, y la poesía, lo que debe ser. Hagamos poesía por un momento. Hablemos de lo que debiera ser y no es, por desgracia. La nación de los Estados Unidos, tal vez a pesar de su Gobierno, que no puede evitarlo, mantiene la insurrección en Cuba. Sin el favor y auxilio que le da, sin las armas, dinero, hombres y fuerza moral que le suministra, es evidente para todo el mundo que la insurrección estaría ya sofocada; que hubiera sido mil veces menos fuerte; que tal vez no hubiera ocurrido. El proceder, pues, contra nosotros de la nación angloamericana (aunque disculpemos a su Gobierno) es el más odioso abuso de fuerza que imaginarse puede. Una protesta enérgica contra él por parte de España sería sublime delirio. España está lejos de Cuba y la Unión está cerca, y España es cuatro veces menos populosa que la Unión y cien veces menos rica. Algo, no obstante, podría perder la gran República, si entre ella y España sobreviniese un conflicto bélico. La justicia está de nuestro lado, y
l'antico valore Negl' ispanici con non è ancor morto.Vamos ahora a declarar aquí lo que debiera ser, aunque no tengo la menor esperanza de que sea, para evitar el abominable abuso de fuerza de que hablo o el conflicto que presupongo, si, perdida nuestra paciencia, superior a la de Job, nuestro ánimo no desfallece.
La acción diplomática debieran ejercerla las grandes potencias de Europa, y singularmente las que tienen posesiones en América, a fin de que el Gobierno angloamericano emplee medios suficientes para evitar que su pueblo fomente la insurrección en Cuba, faltando a la justicia, a la verdadera civilización y al derecho de gentes. La insurrección terminaría en seguida si esto se lograse. Pero esto es poesía: es lo que debe ser, pero no lo que será. Las grandes potencias de Europa seguirán dejando a España en completo abandono. ¿Qué recurso nos queda sin acudir al más arrogante y peligroso de los extremos? Pues el recurso que nos queda es disimular los insultos y agravios y aceptar los buenos oficios del Gobierno de los Estados Unidos, si dicho Gobierno los ofrece.
Rara y muy poco airosa sería para nosotros esta mediación; pero es tan grande nuestro deseo de paz, que hasta cierto punto nos conviene pasar por todo.
Explicaré ahora la limitación que va contenida en la frase hasta cierto punto. Para mí, la limitación no puede ser más clara. Si el Gobierno de los Estados Unidos mediase y lograse que depusiesen las armas los insurrectos y se pacificase la isla, esto había de ser sin exigirnos la menor promesa de reformas interiores, de cambios en la gobernación de la isla, de nada que modificase allí las relaciones entre gobernante y gobernados, y de cuyo cumplimiento quedase implícitamente como garante el Gobierno de los Estados Unidos. Esto equivaldría a despojarnos vergonzosamente de la soberanía de la isla o a conservar en ella una soberanía desmedrada y dependiente de la gran República, a cuya fiscalización constante estaríamos sometidos, y a quien acudiría siempre en queja cualquier cubano díscolo que se creyese lastimado o que supusiese que no se le cumplía lo prometido. Sin duda, se me dirá: ¿qué provecho, qué ventaja sacará el Gobierno de los Estados Unidos, de mediar para que los rebeldes se rindan a discreción y sin que España prometa nada? A tal pregunta respondería yo:
Si alguien cree o espera todavía en España que podemos tener en Cuba un millón y seiscientos mil conciudadanos para que compren productos de la Península a mucho más elevado precio que pueden comprar productos sem semejantes importados de otros países, menester es, en mi opinión, que renieguen de tal creencia y que desistan de tal esperanza. Y no supone lo dicho la anulación del comercio entre Cuba y España. El del Brasil, por ejemplo, con el reino de Portugal, es ahora mil y mil veces más activo y fructífero para los portugueses que cuando el Brasil era colonia.
Con facilidad se comprenderá ya lo que, sin desdoro nuestro y sin mengua de nuestra soberanía, pudiéramos dar a los Estados Unidos si por mediación de su Gobierno Cuba se pacificase. En virtud de un tratado, pudiéramos darles la más amplia libertad de comercio en aquella porción de nuestro territorio. El galardón sería espléndido y Cuba también aumentaría pasmosamente su riqueza, si pudiese comprar más baratos la narina y otros alimentos, e importar en la gran República sus azúcares, su café y su tabaco, libres o casi libres de derechos.
En cuanto a las libertades políticas y administrativas, ya las concederá España generosamente, sin que nadie le imponga de antemano la obligación de concederlas.
Sólo de esta suerte aceptaría yo la acción diplomática, o dígase la mediación de los Estados Unidos.
Madrid, 1896.
Esta guerra que nos han declarado los yanquis sin motivo, y hasta sin propósito que ellos puedan confesar sin vergüenza, sobreexcita, como es natural, los nervios de todos los españoles y los impulsa a dar muestras de patriotismo, cada cual a su manera.
No es de extrañar, pues, que ciertos amigos míos, literatos o, si se quiere, aficionados a las letras, y así nadie los acusará de inmodestos, me hayan preguntado repetidas veces qué debemos hacer nosotros en esa ocasión, como literatos o escritores.
Ya se entiende que el periodista debe y puede ser muy útil, animando el espíritu público inspirando confianza a los tímidos y procurando acallar quejas y calmar enojos de unas parcialidades políticas contra otras, a fin de que todas se aúnen y se muestren apercibidas para la indefensa de la patria. Los poetas podrán celebrar y cantar nuestras victorias, si por dicha las alcanzamos, y cuando no, lamentar nuestra desventura en versos elegíacos, que Dios quiera que no haya ocasión de escribir, aunque puedan ser muy bonitos.
Pero no se trata de nada de esto. El punto sobre que me interrogan los mencionados amigos es sobre lo que debemos nacer, como meros literatos, para contribuir a los gastos de la guerra; para que las letras españolas figuren en la inscripción nacional que se abrió hace pocos días.
Confieso que al principio me pareció difícil que hiciésemos en este sentido algo que no fuese una triste figura. El banquero y el comerciante tienen fondos de que disponer; el propietario y el labrador tienen rentas y el fruto de sus campos, y tiene el industrial las telas y demás artefactos de sus fábricas, que fácilmente pueden convertirse en dinero. Pero las letras producen en España tan poco que apenas se ve, por lo pronto, que puedan dar a la patria, en el grande empeño en que hoy está, sino aplausos y bendiciones. Poco es esto, y no es, además, muy de nuestra peculiar incumbencia el darlo. Para dar bendiciones está el clero, y para aplaudir y vitorear el pueblo todo, cuando llegue el momento feliz en que nuestra Marina y nuestro Ejército deban recibir el galardón glorioso que a su constancia y denuedo se deberá sin duda.
De esto no se trata hoy. En esto, las letras y los que las cultivan no han de hacer especial papel; han de confundirse con los demás españoles y ser mínima parte del coro que forme la nación toda.
En suma: ahora sólo se trata de la suscripción nacional. De qué suerte las letras en España, donde tan poco se lee y donde ellas son tan pobres, pueden aparecer en dicha suscripción con una buena partida.
Pues bien: a mí se me ocurre lo que voy a decir sin más preámbulos. Mi ocurrencia será tildada de inocente y provocará las risas y las burlas de muchos; pero no me importa, y voy a decirlo, valga por lo que valga.
Por lo mismo que en España se leen pocos libros y se compran menos, abundan los almacenes, sótanos y camaranchones atestados de volúmenes, que se apolillan o se pudren por falta de compradores y de lectores. ¿Por qué, pues, y a fin de que pueda decirse que no hay mal que por bien no venga, no ha de transformarse siquiera un átomo, siquiera un escrúpulo del patriotismo español en afición a las letras patrias?
Para que estas letras acudan a la suscripción nacional con una respetable suma, yo no quiero más que contar con dos o tres centenares de grandes señores, de ricos capitalistas, de varias corporaciones y de bastantes establecimientos de educación, colegios y conventos de escolapios, jesuitas, agustinos, etc., que no perderían nada en enriquecer sus bibliotecas o en empezar a crearlas, si no las tienen, comprando algunos libros que las letras darían de balde.
Ya me zumban los oídos, y ya creo estar oyendo a los desdeñosos y chistosos reírse de la tal compra, y asegurar que todos los libros que yo quiero poner a la venta son purísima tontería. Pero mi contestación está pronta y no tiene réplica, como no se suponga que España es la Beocia de las modernas naciones; que todo cuanto aquí se ha pensado y escrito es tonto de remate y que no vale la pena de dar por ello un perro chico.
No pretendo yo prevalerme del patriotismo para que alguien compre las obras de los pobrecitos autores contemporáneos, aunque yo creo que todos daremos ejemplares para que nadie nos acuse de poco generosos.
Hay otra clase de libros, que apenas compra ni lee nadie; pero que nadie tampoco, como esté en su juicio y como no quiera ser acusado de rudo, calificará de insulsos, de necios, de inmorales o de irreligiosos.
Los ricos de que hemos hablado, así como los colegios y corporaciones, pueden y deben comprarlos, si no los tienen, y yo doy por seguro que habrá muchos que no los tengan.
Voy a citar aquí algunos de estos libros y su posible producto:
Cien ejemplares de las Obras completas de Lope de Vega, magnífica edición, de la que lleva ya publicados ocho volúmenes la Real Academia Española, a treinta y dos duros, serían tres mil doscientos duros.
Otros cien ejemplares de la Cantigas del Rey Sabio, preciosa edición de la misma Real Academia, a veinte duros, serían dos mil.
La Real Academia Española debe de tener aún ejemplares del Fuero Juzgo; del Siglo de Oro, de Valbuena; de las poesías del duque de Frías y de don Juan Nicasio Gallego, y de otros libros preciosos y clásicos, que no estarían de sobra en las bibliotecas de los señores ricos y de las corporaciones que hemos citado. De estos libros me parece que se desprendería con gusto la mencionada Real Academia.
La de la Historia, para contribuir a fin tan alto saldría muy lucida aunque sólo diese sesenta u ochenta ejemplares de sus publicaciones, que acaso formen ya dos centenares de tomos.
El Ministerio de Fomento y la Biblioteca Nacional han publicado también obras muy interesantes y de gran valor, que deben de estar almacenadas y estropeándose, y de las cuales, con un solo centenar de ejemplares que se vendiese, se podría sacar una buena suma.
Curioso sería, y no faltarían chuscos que se riesen de lo extraño del caso, si a causa de la guerra la ilustración viniera a difundirse, y en los palacios de nuestros magnates y en los colegios y casa de educación de las órdenes religiosas se llenasen de buenos libros algunos armarios.
Elegante y de buen tono sería para dichos magnates que el patriotismo los convirtiese en mecenas, y no dejaría de ser útil para los religiosos docentes el adquirir libros castizos, que tal vez les falten. Así, por ejemplo, los del Saber de Astronomía del rey don Alonso, Las Cartas de Indias, la Historia de Felipe II, de Cabrera, y la magnífica edición de Oviedo que contiene la historia de ese Nuevo Mundo que descubrimos, civilizamos y colonizamos, y donde muchos de los que fueron guiados allí por nosotros y abriéndoles nosotros camino, se nos muestran hoy tan ingratos y tan crueles.
Yo doy por cierto que, estimulados cuantos ejercemos hoy en España el nada lucrativo oficio de escribir, al ver el desprendimiento de las reales academias, Biblioteca Nacional y Dirección de Instrucción Pública, daríamos sin jactancia uno o dos centenares de nuestras obrillas por si alguien se allanaba también a comprarlas, aunque sólo fuese por el buen empleo que había de darse al precio de la compra. Me parece que no me equivoco ni hago cuentas galanas. Bien dirigida esta venta de libros, y encomendada a libreros hábiles, en Madrid, Barcelona, Sevilla y otras principales ciudades, ¿por qué no había de producir treinta o cuarenta mil duros? ¿No sería luego gran satisfacción poner en la suscripción nacional esta partida:
«Las letras españolas, ciento cincuenta mil o doscientas mil pesetas.»?
Sólo con doscientos o trescientos bibliófilos patriotas y acomodados, bastaría y aun sobraría para esto. ¡Ojalá que así sea, si mi plan no parece muy candoroso y si nuestros libros no son tan aborrecibles y tan despreciables que ni por amor de la patria quiera nadie adquirirlos!.
Madrid, 1898.
FIN DE LOS «ESTUDIOS CRÍTICOS SOBRE HISTORIA Y RELIGIÓN»