31
En este pasaje hay un juego de palabras, que no todos los lectores podrán comprender: Espejo emplea el verbo castellano delira, y hace con él un equívoco, diciendo de Lira, para dar a entender que la exposición de la Escritura Santa, hecha según el gusto de los predicadores gerundianos, era un verdadero delirio, aunque la presentaran con todo el aparato de erudición prolija, con que Nicolás de Lira trabajó sus famosas exposiciones de la Biblia. Los gerundianos, cuando exponen la Escritura deliran: la exposición de la Escritura a lo fray Gerundio es exposición como la de uno que delira. El nombre del expositor es Nicolás de Lyre, por haber nacido en la aldea de Lyre en Normandía. (N. del E.)
32
Estos dos hexámetros son de Virgilio, y se encuentran en la Égloga quinta. (N. del E.)
33
Algunas veces Espejo habla, sin perfecto conocimiento de lo que dice; y lo más curioso es el aplomo y la seguridad, con que emite su parecer y pronuncia juicios: aquí tenemos un ejemplo de ello. Califica a Cornelio Alápide de comentador alegórico y nada exacto; y la verdad es que quien resulta nada exacto es Espejo, al emitir su juicio sobre los Comentarios del padre Alápide. Lo de comentador alegórico tampoco es exacto. «Aún los más severos críticos, dice Sonmerbogel, no han podido menos de reconocer el mérito de los Comentarios de Alápide, y hasta los mismos protestantes no han dejado de confesarlo». Nuestro compatriota no era juez competente en ciencias eclesiásticas. (N. del E.)
34
Para que los lectores puedan caer en la cuenta de las alusiones, en que abunda la sátira de Espejo, es indispensable hacer aquí algunas advertencias. La Ciencia blancardina fue compuesta para censurar y desacreditar al padre fray Juan Arauz; el cuál, al dar su Aprobación a la Oración fúnebre, pronunciada en la catedral de Quito por el doctor Ramón Yépez, en las exequias del obispo de Badajoz, atacó a Espejo, atribuyendo las críticas de El Nuevo Luciano a envidia del mérito ajeno, y «a negra melancolía por el aplauso, que a otros se tributaba»: añadía el padre Arauz, que el mérito del doctor Yépez era tan grande, que Espejo se había visto obligado a guardar silencio, reconociéndolo, a su pesar. Esto es lo que asegura el Padre en su aprobación, aunque lo expresa en no lenguaje incorrecto y con un estilo figurado y ponderativo.
Ahora bien. Espejo, en su defensa procede de la manera siguiente.- Enumera, uno por uno, todos los elogios, que el padre Arauz tributa a la Oración fúnebre, y luego va demostrando que el padre no podía encontrar en la obra del doctor Yépez los méritos, que en ella ponderaba: primero, porque la obra no los tenía en sí misma; y segundo, porque el padre Arauz era completamente ignorante y, además de ignorante, muy tonto: el padre Arauz era tonto, porque era nativo de Latacunga, tierra sólo de borricos: era ignorante, porque no había estudiado cosa ninguna bien ni con método. Para probar esto pondera Espejo el estado de decadencia y de postración, en que se hallaban los estudios en todos los conventos de Quito, y principalmente en el de la Merced. (N. del E.)
35
Pocos pasajes hay bien redactados en estas Conversaciones; pero éste es uno de los peores: parece escrito muy deprisa, y dejado después sin corrección ninguna, tal como lo redactó Espejo en el borrador de su Ciencia blancardina. (N. del E.)
36
En todo este párrafo hay alusiones a los insultos que contra Espejo dirigió el padre Arauz en su malhadada Aprobación de la Oración fúnebre del doctor Yépez: la envidia de la ciencia blancardina, el morirse de rabia por no tener aplausos, el ahorcarse de dolor, el vomitar humor pestilente, la negra melancolía, todas son frases del padre Arauz contra el autor de El Nuevo Luciano. (N. del E.)
37
Lo que Espejo dice aquí acerca de los autores, en cuyas obras debe estudiarse la ciencia de la política, no se puede dejar pasar inadvertido: hacer, como lo hace Espejo, un elogio absoluto, sin restricción ninguna, de autores protestantes, cuyas doctrinas habían sido condenadas por la Santa Sede, no puede disculparse. Espejo: o no había leído con atención las obras de Grocio, de Puffendorf y de Heinecio; o, si las había leído atentamente; no había caído en la cuenta de los errores, que contra las enseñanzas católicas esas obras contienen. Lo primero probaría ligereza para juzgar: lo segundo argüiría falta de conocimientos sólidos y exactos. ¿Cuál de estos dos extremos elegiremos?... ¿Tal vez, citaba movido sólo por la fama de los autores, sin haber juzgado por sí mismo ni del mérito ni de los errores de las obras citadas?... (N. del E.)
38
Estos dos hexámetros latinos; que cita Espejo, están tomados de la Epístola de Horacio a los Pisones; conocida, entre los preceptistas con el nombre de Arte poética: he aquí cómo traduce don Raymundo de Miguel los dos hexámetros citados:
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(N. del E.)
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No quisiéramos recargar de notas los escritos de Espejo; que ahora estamos publicando; con todo, hay cosas que no debemos dejar pasar desadvertidas. Espejo, en el empeño de probar, que la aprobación dada por el padre Arauz a la oración fúnebre del doctor Yépez era un tejido de inexactitudes y de despropósitos, emite conceptos equivocados: tres de estos conceptos equivocados se encuentran en los párrafos de esta conversación. Primero, la aseveración de que, para refutar los errores de los filósofos impíos del siglo décimo octavo no era necesario leer las obras de los apologistas; que los habían refutado, y que bastaba el estudio de los escritores antiguos eclesiásticos y de la Santa Escritura: pero ¿cómo podía bastar la Escritura, para rebatir los errores de los que se burlaban de la Escritura y negaban la autenticidad y la divinidad de ella?... En los grandes teólogos antiguos hay ciertamente argumentos poderosos contra los errores de los antiguos herejes; mas no por eso se puede prescindir de las obras de los apologistas modernos. Segundo, la confusión que hace de la Teología Moral y del Derecho canónico, llegando a asegurar que un buen canonista, por el mero hecho de ser un buen canonista, era también un buen teólogo moralista el Derecho canónico tiene por objeto la disciplina externa de la Iglesia: la Teología moral es la ciencia que trata del régimen de las almas en el foro interno de la conciencia. Tercero, desprecia Espejo a los teólogos modernos llamándolos casuistas, y a los teólogos escolásticos, y recomienda y ensalza como la única fuente pura de la ciencia sagrada las obras de los Santos Padres, lo cual manifiesta que estaba inconscientemente imbuido en los errores de los escritores protestantes y de los jansenistas, quienes, para cohonestar su rebelión contra la autoridad de la Iglesia, discurrieron la infundada distinción entre la iglesia de los primeros siglos del cristianismo, y la iglesia moderna, ponderando la santidad de los tiempos antiguos, y exagerando la depravación de los siglos posteriores, como si hubiera habido variación alguna en las máximas de la moral evangélica y en las prescripciones fundamentales de la disciplina eclesiástica. Espejo admiraba a Bossuet; y en esta misma conversación recomendaba la lectura de la Historia de las variaciones de las iglesias protestantes: mas, se nos ocurre preguntar, Espejo ¿habría leído esa obra? Si la había leído toda, con atención ¿cómo se explica que sostuviera, con tan buena fe errores refutados y pulverizados por Bossuet? (N. del E.)
40
Esta cita de Rollín está tomada del Tratado de los Estudios o Método de enseñar y estudiar las Bellas Letras. (Tomo segundo, Libro tercero, capítulo segundo, artículo primero). (N. del E.)