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Escritos de juventud

(1858-1879)


José María de Pereda





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La gramática del amor

Introducción


El amor verdadero no reconoce límites ni obedece más que al corazón.

El amor florece en todas las estaciones, en los más diversos climas y en casi todos los corazones.

Sólo no cabe en los egoístas.

Nace como las flores y se desvanece como el humo.

El amor es impalpable, pero visible, y de esto apelo a mis lindas lectoras.

Tiene el don de las transformaciones; engrandece, anima y embellece los corazones do se anida.

Es todopoderoso.

Da por veces talento, y otras muchas le quita.

Intimida en ocasiones a los más valientes, y en otras da valor a los cobardes.

Roba el juicio a los más prudentes y suele volvérselo a los locos.

Conduce los pobres a la riqueza, y arrastra los opulentos a la miseria.

Manda al ciego que vea; al sordo, que oiga, y el milagro se cumple.

Convierte en esclavo al hombre libre y en libre al esclavo.

Consuela al afligido y hace llorar al que ríe.

Es, a veces, edificante.

Los mortales son todos juguetes suyos.

Inspira las más nobles acciones y es causa de los mayores crímenes.

Manda, ordena y seduce; es Dios, en fin; es el amor.

El amor tiene su aurora, su sol, su crepúsculo y su noche.

Dichosos aquellos para quienes ha lucido el sol claro del amor.

¡Ay de los que sólo han visto su oscura noche!

Sólo las mujeres saben amar.

El hombre que ama no tiene otra ambición que la de agradar al objeto de su amor.

Quien aspira a adquirir gloria, riquezas u honores, no sabe amar.

El amor es niño ligero y alado; es exigente hasta el infinito, y quiere que todo se le sacrifique: talento, juventud y fortuna.

Hay muy pocos hombres que lo hagan, porque son muy pocos los que saben amar. Ninguno merece el amor de una mujer; sin embargo, en todas las acciones humanas juega siempre alguna mujer.

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Cada ministro, general, embajador o millonario, presentes o futuros, deberán su elevación a una mujer, que aspirarán a colocar sobre un alto pedestal de mármol o de bronce.

En Rusia e Inglaterra se ama poco.

En Francia y Alemania, mucho.

En Turquía, nada.

En España e Italia, apasionadamente.

Las mujeres, por lo general, son coquetas, sobre todo cuando son bonitas, y los hombres, falsos; pero a veces es tan grato dejarse engañar, que se lo perdonan mutuamente.

El amor requiere misterio y soledad. Por eso, donde más se saborean sus placeres es en el campo o en el retiro de los bosques.

Se ha criticado muchas veces aquel dicho «tu amor y una choza»; pero son las primeras y más sentidas palabras que arrancan el amor de la boca de los amantes.

El amor tiene sus horas favoritas, y el amante debe saber aprovecharlas.

Tiene el amor algunos síes que significan no, y algunos nos que quieren decir .

El hombre no ama, en realidad, sino a los veinticuatro años. Hasta esta edad, no hace más que aprender el lenguaje del amor y adquirir alguna experiencia. Se cometen torpezas imperdonables o se hace alarde de una osadía que retrae o asusta al verdadero amor.

Rara es la vida que cuenta más de un amor.

El segundo podría matar.

A veces, teniéndolo próximo, vamos a buscarlo lejos.

Sin fe no se puede amar ni ser amado, pues el amor es una religión.

El amor es la existencia de la mujer.

Es, a un tiempo, su principio, su savia y su perfume.

La mujer menos despierta sabe siempre amar, mientras que el hombre de más talento hace, a veces, un pobrísimo amante.

El hombre que no ama es un b...

El amor es un talismán divino que ennoblece y purifica cuanto toca.

En el gran poema de la Creación todo es amor.

El hombre, como el pájaro y como el insecto, todos aman y tienen necesidad de amar.

El amor es el lazo santo que une las familias, los pueblos y la Humanidad.

Ante el amor desaparecen todos los privilegios de la Tierra.

Siempre se da preferencia a ciertas horas del día o de la noche, a ciertos sitios, cielos, aires, perfumes, colores, calles o ventanas, y tales preferencias no son sino un recuerdo del objeto adorado.

El amor gusta de los obstáculos y tiene un lenguaje suyo propio, pero muy sutil.

Una mirada, una seña o una sonrisa, un apretón de mano, una flor, una cinta o un mechoncito de pelo saben abrir los más pesados y complicados cerrojos y adormecen los más vigilantes y despiadados carceleros.

Esta gramática, pues, contendrá diez capítulos, que serán, por su orden, el sustantivo, el artículo, el adverbio, el pronombre, el verbo, el participio, el adverbio, la preposición, la conjunción y la interjección.

(De La Abeja Montañesa.)

28 de febrero de 1858.



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Cosas de don Paco

Tú le conoces, lector.

Cien veces le has encontrado en el paseo, en el teatro, en las reuniones que frecuentas, en el café, en misa y hasta en los entierros.

Es de baja estatura; gordo y rollizo como un flamenco; dos ojos pequeñitos y alegres; boca risueña; dos hoyitos en las mejillas, blancas y sonrosadas como las de una dama; un par de chuletas negras y rizadas; el pelo, corto y áspero, pero muy cuidado y recogido hacia el cogote; la frente, angosta; el tórax y el abdomen, como los de un bolsista, anchos y prominentes; el chaleco, muy abierto; la camisa, muy blanca; las solapas del gabán, hacia la espalda. Siempre tiene la misma edad; nunca pasa de los treinta y cinco años; nadie le ha conocido de niño y todos son contemporáneos suyos.

Hasta los perros le tratan con intimidad, y, sin embargo, se ignora de dónde viene y adónde va.

No se le conocen rentas, ni oficio ni beneficio; pero de todo goza y en todas partes es bien recibido.

Es el oráculo de las mamás, el confidente de las jamonas, el tormento de los amantes, el juez de las polluelas, la pesadilla de los tipos, el solaz de las babiecas, el mentor de los calaveras de afición y el desprecio del sentido común.

Él solo goza de más derechos sociales que treinta ciudadanos juntos.

Su palabra no reconoce tasa; sus manos tienen pasaporte para todo.

Lo que a un hombre vulgar, como él llama a los que no se le parecen, le produce un desaire, a él le vale un triunfo.

«Cosas de don Paco». He aquí la frase sacramental que le pone al abrigo de toda responsabilidad.

Entra en tu casa cuando aún estás en la cama durmiendo, rocía tu cara con el agua que quedó en la palangana la noche anterior, y, al despertar furioso, tienes que exclamar, viéndole a tu lado: «¡Qué cosas tiene este don Paco!».

Vas a vestirte, temblando de frío, y hallas que la camisa está mitad al derecho y mitad al revés; tardas un cuarto de hora en arreglarla, y entre tanto coges un constipado. Paquito está sentado a tu frente1, riéndose a carcajadas de tus apuros; tú también te ríes enseguida, porque son «cosas de don Paco».

Te pones a almorzar, y él siempre a tu lado te echa pimienta en el dulce y azúcar en las ostras. Es una bromita que te cuesta el almuerzo; pero tienes que celebrarla porque «don Paco es el diablo».

Después que se ha despedido de ti te echas a la calle y encuentras a tu futura suegra ante la cual estás haciendo méritos. La saludas muy galante, y cuando tienes una mano entre las tuyas, sientes que el sombrero se te cuela hasta los hombros. Perdida la seriedad y abochornado, al sacar la cabeza al aire libre, ves a don Paco, que te saluda desde la acera de enfrente. Reniegas de la broma, pero tienes que decir a tu suegra: «Dispense usted, señora, que son cosas de don Paco».

Un día se te antoja ir de campo con tus amigos. Paco tiene que ir también; habéis mandado preparar con anticipación la comida. En el camino notáis la desaparición de aquél, y cuando llegáis al punto deseado, don Paco está concluyendo los postres, en compañía del   -52-   ventero que puso la comida y a quien dijo que ya habías suspendido el proyecto. En ocho leguas a la redonda no hay provisiones, y te vuelves a tu casa cansado y muerto de hambre, con la obligación de decir a todo el mundo que te divertiste mucho con «las cosas de don Paco».

Si se entabla una discusión sobre cualquier punto, cuando más formalizado estás en el uso de la palabra, don Paquito ha de soltar alguna «gracia» que arranque un aplauso a todos los oyentes, dejándote corrido y derrotado, sin que te sea lícito tomar venganza.

Tus dichos y observaciones, por sesudos que sean, no pasan más allá del auditorio; «las oportunidades de don Paco» tienen cien famas, cuyas trompetas se las publican por todas partes.

Don Paco suele ser cobarde, y para sus empresas más arriesgadas se vale de los neófitos que siempre tiene a retaguardia.

Si se trata de tomar el pelo a algún tipo extranjero de incógnita paciencia, don Paco dirige la escena; pero el que le tira de los faldones de la casaca, o le cambia el cigarro al pedir la candela, o le pone el pie para hacerle caer, es un pollo que suele perder un par de muelas por la gracia. Don Paco se ríe entonces y le llama torpe; el otro dice que tiene razón y que en la primera será más diestro.

El día de los Inocentes te pide media onza y no te la devuelve. Para consuelo tuyo refiere el lance en medio de la Plaza, delante de ti, y mirándote con lástima, exclaman todos: «Es mucho don Paco».

Si en el café estás con él, pide el primero, pagas lo que toma y todo le disgusta, incluso el habano que le das. Si tu petaca es de manila, se la guarda en el bolsillo y te regala otra de paja de Italia.

En el teatro alborota, y cuando todos le miran se vuelve hacia ti, que estás a su lado, y muy serio te dice que guardes formalidad.

En un baile, se mete con su pareja, entre los demás; rompe a una el vestido, empuja a la otra, pisa a éste un callo, quita el arrebol a esta otra; y todo se convierte en ruido y algazara, y «¡Qué don Paco, tan malo y tan gracioso!», se oye por doquier, mientras que tú, empujado por él, deshiciste las guías del bigote de un elegante y tienes un lance al día siguiente.

Si eres casado, ves cómo pellizca el cuello de tu mujer y que ésta se ríe, diciéndole: «No sea usted malo, don Paco».

Si estás al lado de una joven, y después de una teoría capaz de conmover a una roca, te arriesgas en la práctica algo más de lo establecido por la ordenanza materna, oirás un «¡Caballero!», que te deja más frío que una estatua. Al mismo tiempo, don Paquito la sopla uno de retortijón en lo más gordo de la pantorrilla, recibiendo por su gracia una sonrisa angelical y una reconvención en estos términos: «¡Qué cosas tiene usted, don Paco!».

Otra vez le ves al lado de tu novia, contándole mil conquistas tuyas y prometiéndola cartas y documentos fehacientes.

Cuando te arrimas a ella eres tan bien recibido como el que entra en un palco2, capaz de seis personas, haciendo el número nueve.

En vano te proclamas inocente: lo dijo don Paco, y basta.

Aquella noche riñes con ella y con toda su familia, que da más crédito que a tus méritos de tres años a «las cosas de don Paco».

En una función de iglesia nunca falta alguno a quien llenar de cera; en un entierro, una peluca que torcer.

Imagínate la situación más crítica de la vida, la más excepcional, y allí estará   -53-   don Paco ridiculizando algo; allí habrá una corte de entusiastas que le aclamarán «travieso y oportuno», siquiera se burle de lo más sagrado.

Un día, para concluir, comprometió tu delicadeza y expuso tu buen nombre; entonces, recordando que ningún derecho asiste a los necios para hacer juguete suyo a los que tienen sentido común, le rompiste, el bautismo, creyendo que así dejaría de atravesarse en tu camino. Te equivocaste lastimosamente. A los pocos días le volviste a hallar más chistoso que nunca. Quizá no fuera el mismo; pero sí otro idéntico, y tanto monta. Decidido a vivir libre de sus gracias, emigraste, y en la primera población en que dormiste topó tu estrella con otro, y por dondequiera que dirigías tus pasos aparecía un don Paco con las mismas cosas y con iguales derechos... Y ¿sabes por qué? Porque esta familia se reproduce como los pólipos y los rabos de las lagartijas. Cuanto más se la persigue, más se multiplica.

Acostúmbrate a vivir entre ellos y convéncete de que están en el mundo para expiación de nuestras culpas, como las chinches, las moscas y las verrugas.

Paredes

(De La Abeja Montañesa.)

16 de enero de 1859.




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La cruz de Pámanes

Novela romántica, por don Cayetano de Noriega



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Introducción

Corría el año de 18... La guerra civil ardía en casi todos los ámbitos de la Península Ibérica. Los dos partidos beligerantes estaban más empeñados que nunca en una lucha, que más tarde había de terminarse por un abrazo más o menos cordial, pero que, al fin, era un abrazo, no de despreciar en unas circunstancias en que no se repartían más que mojicones. Los pueblos, aterrorizados con el olor de la pólvora y el tufillo de la sangre, como en tiempos de cólera morbo, no pensaban en el mañana, si no era para prepararse a bien morir. Los padres miraban con angustiosa ternura hacia sus hijos, y, casi paganos, los encomendaban al dios de las batallas, única divinidad que por entonces se dejaba sentir más a las claras. Los hijos, mirando de soslayo hacia sus padres, parecían hacerles graves cargos por haberlos arrojado al mundo en una época tan calamitosa. Las hijas, a semejanza de esas flores que nacen fuera de estación, y, todavía en capullo, empiezan a marchitarse con las escarchas, arrastraban una vida angustiosa e hipocondríaca, porque los campos de batalla consumían a millares sus más vigorosas y risueñas ilusiones. El amor... Entonces no se amaba, o, si se amaba, era de sopetón y sin miras ulteriores. Cupidito se había quitado la venda y, empuñando el fusil, se batía divinamente a las órdenes de un general cristino... ¡Lástima de metrallazo! (Con perdón de mis lectoras.) Pero ésta no es ocasión de retratar la situación de España en aquel tiempo, ni Cayetano nació cortado para ello. Vamos al asunto...

Pasado el barco de las tres, y a poca distancia de Pedreña, hay un lugar que en la época a que nos referimos así pensaba en la guerra civil como en los   -54-   cerros de Úbeda. Solamente le preocupaba un poco cuando llegaban las quintas, y, como cada quisque, tenía que pagar su contingente para engrosar el ejército. No se sorprendan mis lectores con esta hipérbole; un trasmerano, o trasmerano y medio, que a lo sumo le tocaba, componían su porción militar, más o menos exigua; pero, al fin, era una porción, y de muchos pocos de cera se forma un cirio pascual. La atención de Pámanes, pues, directamente estaba fija en sus panojas, en sus ganados, en sus patatas y en su Cruz; porque sin Cruz no se concibe a Pámanes, como no se concibe a Roma sin Capitolio, a la China sin su muralla, a Rodas sin su Coloso, a España sin arrogancia, a El Escorial sin monasterio y a Cayetano sin suscriptores. La Cruz de Pámanes, tal cual hoy es, de tosca piedra, ennegrecida por los rigores de la intemperie, tiene una historia llena de interesantes episodios que se pierden entre el polvo de los más añejos pergaminos del tiempo del feudalismo. Esta historia sería muy larga para que la humilde pluma de Cayetano lograra presentarla a sus lectores con toda la delicadeza de que es digno su argumento.

La que vamos a referir, aunque escrita en la misma Cruz, tiene un origen más reciente, y sólo ocupa en ella un lugar imperceptible.

Entre las infinitas melladuras que los campesinos han hecho en los largos brazos de este testigo mudo de los tiempos de la caballería, con el único objeto de sacar el filo a sus cuchillos y podaderas, a tres pies de altura de su base, hay una marca de unas tres pulgadas de diámetro, semejante en todo a la impresión que hubiera producido el choque de otro cuerpo redondo y tan duro como la piedra misma. Esta marca, imperceptible hoy para todo el mundo, es el sello indeleble de un suceso digno de esculpirse en bronce; es la legalización de unos documentos que obraban años ha en nuestro poder y los cuales contienen los datos para la historia cuya introducción hemos comenzado. Basta de digresión y sigamos.

Era una tarde del mes de octubre. Límpido estaba el cielo y transparente; sólo adulteraba la pureza de su azul una encendida tinta que se extendía a lo largo del horizonte, hacia la parte en que los rayos del sol comenzaban a ocultarse, precursora infalible del benéfico Sur que al día siguiente había de reinar para secar las castañas y las pocas panojas que estaban fuera del granero por falta de sazón. Los campesinos, terminadas las labores en aquel día, echaban al hombro sus utensilios y con paso tardo y reposado se dirigían a sus viviendas para dar la ración de la noche a sus ganados, cenar ellos en familia el torrendo y la borona y, por último, después de rezar el rosario, tenderse en busca del sueño reparador de sus fuerzas para los trabajos del otro día. La Naturaleza había enmudecido y reinaba en toda la campiña esa dulce melancolía que, para Cayetano, sustituye con ventaja a la ruidosa animación de la primavera. Un hombre, joven de diecinueve años, a juzgar por su fisonomía, caminaba, con un dalle al hombro, detrás de todos sus compañeros. Fija la vista en el suelo, echado el sombrero hacia la espalda, y según que vacilaban sus pasos, parecía presa de un profundo pesar. Cuando todos los labradores iban aproximándose a sus casas, él había llegado nada más que hasta la Cruz, y en lugar de seguir adelante con aquéllos, dejó caer su dalle, dio un suspiro y se sentó al pie de ella, metiendo la cabeza entre las manos.

Con no menos abatimiento que nuestro personaje, una mujer, aunque por distinta senda, se adelantaba en la propia   -55-   dirección. Rebosando juventud y vida por todo su cuerpo, la tristeza de su fisonomía debía de tener una causa muy grande. Sus coloradas mejillas parecían rechazar la mustia expresión de sus ojos. Cubría su cabeza un pintoresco pañuelo de indiana, bajo cuyo pico, colgando hacia la espalda, asomaba una gruesa trenza de pelo negro nada suave. Otro pañuelo de indiana cubría su robusto seno, oprimido por el cordón de su rayado justillo.

Las recogidas mangas de su camisa dejaban descubiertos sus brazos rollizos y tostados por el sol de todo el verano. Un refajo amarillo con pegas encarnadas y un par de chancletas en los pies, desnudos de toda medía, completaban entonces el traje de la que pasaba por la mejor moza de toda la comarca.

Cuando llegó junto al de la Cruz, paróse un instante, y al verle tan abatido, una lágrima se desprendió de sus ojos. Enjugólos en seguida, y, tocándole suavemente en el hombro:

-Antón -le dijo con cariñoso acento.

-¿Qué? -contestó el otro, alzando la cabeza- ¡Ah! ¿Eres tú, Mariuca?

-¿Qué tienes?

-¡Vaya una pregunta!

-Es verdad.

-Mu plonto me perderás de vista.

-Es verdad.

-Y pa una porrá de años.

-Es verdad.

-Y puei que pa siempre.

-Es verdad. ¡Hi..., ji..., ji..., ji...!

-Mira, Mariuca: no escomiences a moquitear, porque me va a faltar el carácter pa dempués.

-Pícara guerra. Premita Dios que no quede un fusil en to el redondel de España -exclamó Mariuca, dando una patada y limpiándose las lágrimas con una extremidad del refajo.

-Valiera más que los mozos del lugar fueran un poco más espíos. Entonces no iría a la guerra el tu Antón. Y este año, que no pedían más que uno... y yo, que había sacado el número veinticuatro... Si parece mentira.

-¿Y cuándo te marchas?

-Mañana, al amanecer.

-¡Ay Antón!

-¿Qué quieres, Mariuca?

-Que estoy pensando que, como los militares seis tan malos, luego me vas a olvidar.

-Premita Dios que no güelva a casa con salú, si yo te olvidara.

-Y yo -dijo la otra juntando las manos- que reviente de un cólico si no te espero hasta que vengas. Toma esta navaja que compré hace ocho días en Santander, en prueba de lo que te digo.

-Pos toma tú este pañuelo de seda.

Mariuca sacó de la faltriquera una navaja de Albacete, y Antón, un pañuelo, que, después de limpio, aún se podía sospechar el color que tuvo de nuevo. Cambiáronse las prendas y se quedaron en silencio por algunos instantes. Antón habló el primero:

-Ya sabes que nuestra boda se iba a hacer un día de éstos, si no por mi pícara suerte: tú con el molino y yo con las mis vacas y los mis cinco carros de tierra, íbamos a estar como dos señores. Quiero icirte, Mariuca, que entovía no hay na perdío, y quiere icise que lo que no ha sucedido puei suceder el día de mañana, si Dios nos da salú.

-Ya se ve que sí -dijo Mariuca animándose-. Quiere icirse que si no estamos casados ya ¿nos casaremos en cuanto vuelvas?

-Justamente.

-Enestonces, Antón, no hay más que hablar. Salú te dé Dios por esos mundos y a mí para esperarte. Pos gracias a Dios. Ya con esto paeque me dejas tranquila.

Mariuca, después de la promesa de Antón, acabó de tranquilizarse y toda se convirtió en consuelos para éste. Todo el pesar que la aquejaba desapareció como por encanto. Algo la amargaba   -56-   la idea de una esperanza de ocho años, y mucho más cuando debió haberse realizado antes de ocho días; pero como en las pasiones del campo no suele intervenir más que la buena fe, dejóse arrastrar de ella, y a trueque de ser la mujer de Antón, todos los obstáculos le parecían pequeños. Antón, por su parte, cediendo a la influencia que siempre ha ejercido en la naturaleza humana la mitad que gasta faldas, ora sean de estopa, ora de finísima batista, despejó algo su tristura, y, poniéndose en pie, dijo a su prometida:

-Si quieres que me marche más satisfecho, es preciso que hagas una cosa.

-Tú mandas en mi cuerpo, Antón.

-Pues mira: cuando te mandé venir aquí, fue para que, después de rezar un Padrenuestro al patrono, me juraras delante de esta Cruz que mientras que yo esté ausente no me hicieras una mala partida.

-¿No te basta mi palabra?

-Mariuca, semos frágiles, y por mucho pan, nunca es mal año. Se ha visto tanta falsedá...

¡Oh lectoras!, las de acá: si en Pámanes se duda de las promesas de una amante, alguna disculpa tienen vuestras cultas veleidades.

Accediendo Mariuca a las exigencias de Antón, hincáronse ambos de rodillas, y después de haber rezado un Padrenuestro, dijo el futuro militar con el tono más patético, señalando a la Cruz:

-¿Juras por ésta no engañarme y ser mi mujer cuando venga del servicio?

-Sí, juro -contestó Mariuca con una entereza admirable.

-Y yo -añadió Antón- juro también ser tu marido, si Dios me conserva la vida.

Después se abrazaron los dos estrechamente, y cuando la noche acababa de cerrar, iluminó la pálida luna la solitaria Cruz de Pámanes, testigo inerte de una promesa que tanto había de dar que hacer al pueblo y que escribir a Cayetano.

30 de enero de 1859.






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Cuadros del país

El concejo de mi lugar


 

Un salón inmenso. Frente a la puerta de entrada hay una mesa enorme, ocupada por los concejales. Preside la sesión el ALCALDE a cuya derecha está colocado el MAESTRO de escuela en propiedad, sacristán honorario, ex dómine de toda la comarca y a la sazón Secretario. En pie, y separado algunos pasos a la izquierda de la mesa, está el Ministro alguacil con un garrote en la mano. El pueblo fuma, o habla por lo bajo, sentado alrededor de la sala. Nadie tiene la cabeza descubierta mientras no se halle en el uso de la palabra.

 

ALCALDE.-   (Poniéndose en pie.) Señores..., atención.  (Pega un garrotazo sobre la mesa.) He mandado tocar a concejo porque me parece regular que cuanto antes nos entendamos. Reunida la reunión de todos los vecinos de la vecindad del pueblo..., creo que no falta naide, ¿no es verdad?

ALGUACIL.-  Sí, señor; todos están al aquel de la lista.

ALCALDE.-  Corriente... Es que el que falte hoy afloja real y medio, sin que se lo quite el Sursum incorda.

MAESTRO.-   (Por lo bajo, y a canto llano.)  Habemos a dómine.

ALCALDE.-  Digo, señores, que después de todo lo que ha pasado, como ustedes saben, sobre si a, o sobre b; el uno que   -57-   arre, el otro que ticha, como dice la mi Gloria, que es más lista, Jesús María, que la pimienta, y que lo mismo sirve pa un fregao que pa un barrio, lléveme el gato al agua y atrápeme la vara, jin y cómo se relamberán algunos que yo conozco, y que no están muy lejos de aquí, de pura envidia y de coraje...

MAESTRO.-   (Al oído.)  Nada de personalidades, señor; tesis, tesis, mucha tesis, energía y precisión.

ALCALDE.-  Energía..., procesión..., sépanlo ustedes: esto es lo que se necesita por de pronto para el escumienzo de la justicia.

MAESTRO.-   (Aparte.)  Santa Virgo Virginum. ¡Qué desafinación!

ALCALDE.-  Digo, señores, que no hay mucho de qué tratar, y antes es preciso que me dé a conocer, porque, como dice la mi Gloria, lo primero es que te respeten, después harás lo que te dé la gana...

UN VECINO.-  Pido la palabra...

ALCALDE.-  En acabando yo.  (Continuando.) Seis años hace que fui otra vez Alcalde; desde entonces acá, aunque me esté mal el decirlo, no ha habido justicia en el pueblo, ni orden, ni concierto...

EL EX ALCALDE.-  Pido la palabra.

ALCALDE.-  Silencio... ¡Hola!, te pica, ¿eh? Pues aguanta, hermano, que también aguanté yo; hoy por ti y mañana por mí; cosas del mundo..., y no digo más.

MAESTRO.-   (En tono melifluo.)  Señores, reclamo por breves instantes la atención del Concejo... Muchas veces sucede que por una falsa interpretación, a consecuencia de un error gramatical, originado por la inspiración del Momento, el entusiasmo..., la pasión..., el raciocinio, se confunden, y la síntesis en..., pues, como dice el orador romano: «Ratio enim...». Pero prosigo. El señor Alcalde, al tomar sobre sus hombros el rudo peso de la administración municipal, ha querido, exponer sin futurar ideas (imperfecto de indicativo), en un breve discurso, cuyo exordio (y no pasemos a la peroración, porque no llego a ella) no ha podido destacarse con toda claridad a causa del entusiasmo y efervescencia oratoria, y con motivo del... y la... Como dice Quintiliano... Zape, y cómo hace divagar la erudición. La erudición, señores, es un poquito comprometida: es preciso saberla manejar, a fin de no incurrir a cada paso en malsonantes cacofonías, en redundancias de mal gusto o en círculos viciosos...

UN VECINO.-  Señor Alcalde, ¿se puede saber a qué hemos venido?

ALCALDE.-  No interrumpa usted al orador. Adelante, Maestro, que va muy bien... Yo no lo entiendo; pero eso no importa.

MAESTRO.-  No, señor. Renuncio al uso de la palabra. Veo que no hago efecto.  (Sentándose.) «Vox clamantis in deserto».

ALCALDE.-  Pues allá voy yo. Señores, después de lo que ha dicho el señor Maestro, nada me queda que añadir. Vamos al asunto de que quería tratar. El invierno está encima, en esto no cabe duda; las callejas están sin componer, porque desde que yo dejé la vara no ha habido para ellas un solo carro de piedra; hay que componerlas.

VARIOS VECINOS.-  Corriente.

ALCALDE.-  Pero es caso que hay que empezar por la más mala, que es la que va por delante de mi casa.

UN VECINO.-  Mentira.

ALCALDE.-  ¿Quién se atreverá a decir aquí más verdad que el Alcalde?

VECINO.-  Yo, que creo que, no teniendo salida esa calleja más que a la taberna, debemos componer antes las que salen al camino real.

ALCALDE.-  Al camino real... ¿Y para qué lo queréis ya con ese demontres de carru-ferril?

OTRO VECINO.-  Pi... pi... ido la palabra.

  -58-  

ALCALDE.-  Silencio.

VECINO. -  No... o... o... o... o... ome da la gana..., ca... a... a... ana, ca... nario. Yo puedo hablar aquí co... o... omo el primero que e... ese... ese... presente, caa... anario.

OTRO VECINO.-  Tiene razón.

MAESTRO.-  Silencio, ciudadano.

VECINO.-  Cuidao con poner motes, señor Maestro.

MAESTRO.-  Yo no le he motejado a usted.

VECINO.-  Usté me ha llamao ciudadano; y sepa usté que con mucha honra, por mar y por tierra, yo me llamo Juan Pandejo dende que nací.

MAESTRO.-  Muy señor mío.  (Aparte.)  Esto es echar margaritas a puercos.

UN CONCEJAL.-  A la calleja, señores, a la calleja.

ALCALDE.-  Es verdad. A sortearla en seguida.

UN VECINO.-  No hay sorteo que valga: esa calleja no se compone antes que las otras.

ALCALDE.-   (Volviéndose a levantar.)  Hombre..., ¿conque no se compone?...

VECINO.-  No, señor.

ALCALDE.-  ¿Conque no?

VECINO.-  No, señor.

ALCALDE.-  ¿Conque no, dices?

VECINO.-  Que no, y requetenó.

ALCALDE.-  Hombre... ¿y para eso debía ser yo Alcalde..., para eso había de haber gastado el dinero y la paciencia..., para que un pobre pelao se me subiera a las barbas? ¡Ay, si me oyera la mi Gloria, Virgen de la Encarnación! ¡Hombre, si usté no se quita de delante, hago una barbaridad!

MAESTRO.-   (Al VECINO.)  Huya usted, infeliz. «Henjugue eripe flamis».

UN CONCEJAL.-   (Al MAESTRO.)  No nos maree usted con su francés.

MAESTRO.-  Seré una estatua marmórea... Sello mis labios.  (Aparte.)  Estoy de malas hoy... ¡Bárbaros!

VECINO.-   (Contestando al ALCALDE.)  Que me vaya yo del Concejo, pusupuesto... Antes he de cantar las verdades a alguno..., y puei que le pese.

ALCALDE.-  Qué has de cantar tú, pelele.

VECINO.-  Que, como siempre sucede, se quiere que trabajemos todos para el beneficio de uno solo; por eso al cabo del año todos salimos en cueros, menos el que sale gordo y bien vestido.

ALCALDE.-   (Furioso.)  Que coste quién sale gordo.

VECINO.-  Usté, ya que quiere saberlo.

ALCALDE.-  Yo..., conque yo...  (Al ALGUACIL.)  Menistro, al que se produzca como el señor, garrotazo y tente perro, que yo respondo de todo; ¡hola, hola!

VARIOS VECINOS.-  Pobre de él y pobre de usté, si llega a levantar el palo.

ALCALDE.-  Pues yo he de imponer orden.

UN VECINO.-  Señores, o... o... opino que...

UN CONCEJAL.-  Quítese usté la montera.

VECINO.-  Caa... ana... anario. Noo... o... o... ome insulte usté, que sé más de co... o... o... o... os... oste... cortesía que usté y la perra que le parió. Canario.  (Se quita la montera.) 

MAESTRO.-   (Interrumpiéndole.)  Señores, seré muy breve, si por segunda vez me honráis con vuestra atención. Pretendo terciar entre tanta divergencia, a fin de que cada cual quede en su lugar sin perder su derecho y sin que sufra menoscabo su dignidad. Ardua es la cuestión propuesta, muy ardua. La calleja necesita componerse; pero la calleja pasa por delante de la casa del señor Alcalde. El pueblo se resiste a componerla porque cree que, obrando así, no resulta un beneficio general; teme, en una palabra, trabajar para que otro se recoja el fruto. Esta es la cuestión. Si conocierais los clásicos, señores, a fe que no os extrañara: «Ho sego versiculus feci: tulit alter honores. Sic vos non vobis midificatis aves»:

  -59-  

sic vos non vobis fertis asatra boves.

En los tiempos de Augusto se expresaba así Virgilio porque le habían robado la gloria de unos versos... En los tiempos de Augusto, señores..., ¿si será vieja la cuestión que nos ocupa? Pero aquí se trata, me diréis, de una calleja. Enhorabuena. El caso es diferente; pero en el fondo es igual. Bien pudiera echar mano de la lógica y hasta de la psicología, y haciendo una abstracción completa del yo moral, llegar, por una serie de razonamientos, a una conclusión irrefragable; o bien, por Medio de sofismas, envolverlos en una red sin fin, cual tela de Penélope...

ALCALDE.-  Siéntese usté, señor Maestro, que, o yo soy muy bruto, o el Concejo se queda en ayunas.

MAESTRO.-  Vuestra palabra es la ley, señor Alcalde.  (Sentándose.) «Plus asinus negare poteste quam probare filosorus».  (Alto.)  Que otro talle.

ALCALDE.-  Volvamos a la calleja. Sobre el particular de la calleja, dije y repito que es preciso componerla, y desde mañana.

UN PROCURADOR.-  Protesto e interpongo apelación.

ALCALDE.-  Pues proteste usté, que aquí no hay más autoridad que yo.

PROCURADOR.-  Pero no atropelle usted a nadie.

ALCALDE.-  Yo no atropello, que mando.

UN VECINO.-  Que cante la ley.

ALCALDE.-  Cantará.

VECINO.-  Ahora mismo.

ALCALDE.-  No me da la gana.

VECINO.-  Pues a mí, sí.

ALCALDE.-  Silencio, digo.

VECINO.-   (Con ironía.)  Porque usted lo mande...

ALCALDE.-  Pues porque yo lo mando.

VECINO.-  ¿Y quién es usted?

ALCALDE.-  Más que usted.

VECINO.-  ¿Más que yo?

ALCALDE.-  Ahora lo verás...  (Al ALGUACIL.)  Dame ese palo...  (Al VECINO.) Aguarda un poco.  (En actitud de acometer.) 

MAESTRO.-   (Deteniéndole.)  ¡Oh Dios de justicia! ¿Qué va usted a hacer?... ¿Va usted a entrar en pugilato con un subordinado?... ¡Oh, no en mis días! Representa usted una dignidad muy elevada para descender tan bajo. Esas cosas se contestan con la ley muda e inexorable. Considere usted que esta gente es muy estúpida y que sus palabras no pueden ofender a quien, como usted, lleva sobrepuesta al individuo la púrpura de los Césares, y en la mano, la balanza de Aestra.  (Al público.)  Señores incultos y selváticos, yo...

UN VECINO.-  Que calle ese animal, o le largo una piña que le fundo seis costillas.

MAESTRO.-   (Sentándose.) «Animalia ibant ete revertebantar majora».

VECINO.-  Le digo a usted que no entiendo el inglés.

MAESTRO.-  ¿Y entiende usted la lengua de Cervantes?

VECINO.-  Lo que entiendo es echarle a usté por la ventana si le agarro por un faldón de la levosa.

MAESTRO.-  «Numerus stultorum est infinitus». ¡Oh pueblo bárbaro, no te contesto porque no me comprendes. Tenga usted la bondad de no dirigirme otra vez la palabra.

VECINO.-  Pues no se meta usted en camisa de once varas.

ALCALDE.-   (Esgrimiendo el garrote.)  ¡Silencio!

VECINO.-  No me da el mal gusto.

 

(Le saca la lengua. El ALCALDE le tira con el palo. El pueblo se amotina y la sesión concluye... en la taberna, de donde salen todos más tarde dando tumbos y hablando en turco.)

 

13 de febrero de 1859.


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Santander, 18 de junio

Uno de los estados de la moderna civilización, el más inmediato, es el orgullo de su propio valor; de aquí la comparación de nuestro estado social y político con el lamentable atraso del de otras épocas lejanas; de aquí que, al abrir la Historia, nos fijemos con preferencia en sus páginas más oscuras y hasta nos deleitemos en el examen de los cuadros más incorrectos de las primitivas sociedades. Aquellos hombres, sumidos en las tinieblas de la ignorancia, sin otra luz por gula que el fanatismo de sus absurdas creencias, los consideramos muy lejos de ser la obra completa de la suprema creación, a lo sumo, la tosca piedra arrojada al fango para servir de cimiento al soberbio edificio cuyo coronamiento formamos nosotros. Aquellos pueblos, sin más leyes que los caprichos de un tirano, sin más derechos que los de la fuerza y sin más instintos que los de la guerra, nos inspiran una desdeñosa compasión cuando se desgarran y aniquilan entre sí; su brutal materialismo nos estremece, e involuntariamente nos hace volver la atención hacia los gigantes móviles de nuestros disturbios políticos; entonces es cuando nos hallamos cara a cara con nuestros prohombres, quienes, rebosando orgullo y altivez, publican, a la faz del mundo entero, que estamos regenerados; que ya se conquista el bienestar con la luz de la inteligencia, los derechos con la razón; que el poder de las naciones no se apoya en los cadáveres de sus hijos, y que muy próxima está ya la perfectabilidad humana, en cuyo caso serán una sola familia todos los pueblos de la Tierra.

Y tal es el acento de convicción con que lo dicen, que cualquiera, a no vivir entre ellos, lo creería una verdad inconcusa. Desgraciadamente, sobre tan bella Palabrería asoma elocuente la historia progresiva de la misma civilización, y sobre la memoria de las remotas épocas, la actitud imponente de la moderna Europa. Desengaño terrible para el que, ajeno a intrigas y rencillas políticas, descansará en la seguridad que le promete ese cúmulo de tesoros arrancados a la Naturaleza con los recursos de las ciencias últimamente perfeccionadas por el ingenio humano; tesoros destinados, sin duda, por la Providencia, para hacer la dicha de los pueblos, y que son otras tantas manzanas de discordia arrojadas por el odio y las ambiciones al seno de la sociedad para destruirla por su base. Las ambiciones, el odio, la sed del mando. He aquí tres plagas heredadas del oscurantismo, y las cuales, lejos de huir ante los reflejos de la esplendente luz, han ido creciendo a su abrigo y aclimatándose a nuestra atmósfera hasta el extremo de corromperla; tres cánceres que, con otros muchos males, lleva el siglo dentro de sí mismo, y que forman los lazos que aún nos atan, triste es decirlo, a los tiempos de la barbarie.

Estremécenos el recuerdo de Mario y de Sila; los estragos de sus legiones hielan nuestra sangre; Cartago, Corinto y Numancia nos admiran con los horrores de su resistencia; más acá, San Luis en Palestina, Carlos V en Italia y en Flandes, han merecido de nuestras más humanitarias lumbreras las calificaciones más duras, los anatemas más tremendos por su insaciable sed de sangre y de conquistas y por sus fanáticos estímulos. Pero Marengo, Zaragoza,   -61-   Malakov, Magenta, etc., ¿no han sido teatros de tantos horrores? Napoleón I, Napoleón III, Nicolás I y otros monarcas contemporáneos, ¿no tienen su memoria anegada en lagos de sangre?

¿Ha habido en época alguna del Mundo escenas más horribles, cuadros más desgarradores que los representados en el centro de nuestras poblaciones? ¿Guerras más desastrosas que nuestras guerras civiles? ¿Qué tiene pues, que envidiarnos en carnicería Tiberio, ni Nerón? Sin duda, el que nosotros caminamos con la conciencia de nuestros propios estragos, en tanto que ellos obraban a impulsos de un brutal instinto; eran esclavos de sus preocupaciones, y sumían a los pueblos bajo el beso de la más cruel tiranía; nosotros, emancipados, nos asfixiamos entre el tumulto de una libertad mal entendida, y con la disculpa de una felicidad soñada corremos todos en tropel; salta el fuerte sobre el débil, oprime el poderoso al miserable, y, lejos de equilibrarse las categorías, sepáranse cada vez más.

Es cierto que esta confusión ha de ser, según dicen, fuente de grandes resultados; que para llegar a un término tan prodigioso es necesario emplear medios colosales, prevenir a la humanidad, enseñar a la ignorancia, desarraigar preocupaciones...

Por eso aquel incrédulo sacerdote de la moderna emancipación, se afana en arrancar de un corazón virgen las últimas sagradas raíces de la fe, y cuando le han sumido en la desesperación de la duda, en la oscuridad del caos, protesta, en nombre de la Humanidad, contra el fanatismo, y evoca a Dios y a la pureza del alma.

El otro, mentor novel, pugna por abrir los ojos a su querido pueblo; demuestra los derechos del hombre libre, déjale sin ellos y guarda para sí los que puede; pero le enseña los de su hermano, azuza su encono, vanse a las manos, gimen las víctimas, corre la sangre a torrentes y, en nombre de la fraternidad, maldice los rancios señoríos y apostrofa las viejas monarquías.

La astuta diplomacia quiere reemplazar a aquellos hombres de hierro que al frente de los negocios públicos defendían sus derechos brazo a brazo y, al decidirse, la ruina de uno de los dos magnates arrastraba detrás a medio pueblo. Para llenar su misión, entra con la faz conciliadora en nuestras desavenencias políticas; envuelve a las naciones en una confusión de muchos años, las conduce a la bancarrota y, por último, a una lucha sangrienta y homicida. Esto se hace en nombre de la filantropía.

Entre tanto, al ver que ese término feliz no llega nunca; que, lejos de edificar, destruimos la obra de nuestra regeneración, no hay una sola voz, un solo poder que en nombre de la caridad, se levante a protestar contra el torpe abuso que se hace de esa tan decantada civilización y, aconsejando a los pueblos la paz, enjugue la sangre que mancha y envilece la fama del siglo en que vivimos.

Pero ¿cómo hacerlo así? Empeñada la lucha, la ración que, por su importancia militar, política y social, está llamada a tremolar el pendón de la concordia, después de unir los altaneros bríos a aquella parte que más le agrada o que más le conviene, apenas le queda tiempo para crear recompensas y breves de invención en obsequio de los autores de aquellos instrumentos que en menos tiempo destruyan más soldados.

Otra, la representación genuina de la industria, la patria de los cuáqueros, de los vegetarianos y de las sociedades de la templanza, funde nuevos cañones, cada vez más mortíferos y certeros; apresta sus naves, construye fortalezas y, en acecho de una presa,   -62-   se prepara a teñir con sangre los mares de la Europa, sin haberse enfriado la que inunda el dilatado suelo de la India.

Otra, coloso de fuerza y autoridad, guarda un silencio aterrador.

Las demás, débiles e impotentes, harto harán si logran no verse arrastradas por el ímpetu asolador del torbellino que tan cercano ruge.

Esto por lo que hace al primer término del cuadro, pues si llevamos la vista a más apartados continentes, la perspectiva no es menos halagüeña.

Un pueblo que logró sacudir lo que se le antojaba yugo extranjero lucha en vano por arrancar de su corazón la gangrena que le mata. Corrompida su administración, turbado el orden, viólase la propiedad, arruinanse las familias y está el derecho de gentes a merced de ladrones y asesinos.

Otro, con los sonoros himnos de sus mentidas libertades, sofoca los gemidos de la esclavitud, cubre con el tupido manto de su riqueza las asquerosas llagas de la desmoralización y, cobarde chacal, acecha el sueño de su vecino para devorarle impunemente.

Otro se arruina por ensanchar un palmo más su mezquino territorio; otro, con más voluntad que inteligencia, se ahoga sólo bajo el peso de su nombre; y otro, y otro..., y todos acá y allá luchan, todos esperan, todos temen; y en vez de derechos y de dignidad llueven lutos y desastres, y el ángel del exterminio se cierne en el espacio, señor de los destinos de la Tierra.

Derechos. Dignidad. Terrible fantasma que, con el pavor que infunde a los unos, colma las torpes ambiciones de los otros. ¿Queréis saber lo que significan hoy esas palabras? ¿Queréis saber lo que es la dignidad nacional? ¿Lo que valen los derechos de justicia? Suponed por un instante servidos gratis, desde rey hasta portero, los destinos de la Patria. Veréis esos alcázares soberbios libres de consejeros hipócritas y bajos aduladores; veréis hombres de gobierno reconcentrados y en calma los partidos; veréis morir instantáneamente la venal Prensa política; verías, pobre y desgraciado pueblo, derrocarse los púlpitos de esos tribunos de la igualdad y desvanecerse como el humo el valor real de sus discursos, que tanto te fascinan; veríamos todos extinguida esa sed de poder que nos devora, y, por último, brotar en los hogares de cada uno la paz, la riqueza, el saber, la virtud y los derechos y la dignidad que tan bárbaramente se buscan en las entrañas de nuestros hermanos.

J. Paredes

18 de junio de 1859.

Hasta aquí el periódico de que tomamos las anteriores líneas. Por nuestra parte, nos resta añadir que, como saben ya nuestros lectores de la capital, en Santander no se ha turbada el orden público el día señalado ni es probable tampoco que se turbe por ahora, porque Santander respeta como nadie al Poder constituido legalmente, comprende cuál es la principal mira de esos zurcidores de motines que, engañando al pueblo con locas y pomposas palabras, pretenden, de los escombros de un cataclismo social, extraer, para colmo de su egoísmo, el botín que ha formado el sudor de sus hermanos. Santander, lo repetimos, ni piensa en pronunciamientos ni en su recinto hay, a Dios gracias, gérmenes bastante revolucionarios para que retoñen al primer soplo de ese ambiente que sólo se respira en las plazuelas de las poblaciones sin vida propia y de donde, sin duda alguna, ha tomado la noticia el periódico a que se refiere La Correspondencia.

  -63-  

El honrado pueblo de Santander no quiere trocar el lema de «muy noble y muy leal» por las vanas y absurdas promesas de los que, desconociendo la grandeza y la sublimidad del trabajo, pretenden hacerse señores sorprendiendo la buena fe de los demás.

(De La Abeja Montañesa.)

22 de julio de 1859.




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Fragmentos de una carta escapada del buzón del correo

Y ahora sí que llegamos a la parte más interesante de nuestra correspondencia. Noticias, chismografía, ahí es una friolera. Concibo perfectamente, y hasta lo juzgo de necesidad, que un americano, desde la Vuelta de Abajo, remitiera a la metrópoli algunos millares de tabacos para deleite y perfume de quien hubiera tenido la dicha de servirle en algo; esto, como digo, sería muy justo; pero un habitante de la corte, centro de intrigas, fuente de chispeantes episodios, plantel de aventuras, se lance al último rincón de la Península en demanda de asuntos de interés social, es lo mismo que si el referido americano nos pidiera azúcar de cucurucho o buen café caracolillo. También es cierto que tú puedes objetarme que la corte se agosta con el estío, y lo mejor de su sociedad se extiende por las provincias; que con ello van las aventuras, los chispeantes episodios y las intrigas, si no chispeantes, por lo menos a muy alta temperatura, y que por consiguiente, a provincias hay que ir por ello. Enhorabuena, amigo mío; pero has de saber que Santander está fuera de la ley común de las demás provincias; el primer grito de emigración que dan los mayorales de diligencias en esa Puerta del Sol es para estas palomas sin hiel el silbido fatídico del milano, es decir, que no por muchos ingresos aumenta su caudal; porque has de saber que este pueblo es -salva sea la comparación- una espuerta sin fondo; lo que le viene por Becedo le sale por el ferrocarril o por la lancha de las doce. ¿Pensaban los cortesanos que sólo ellos emigraban los veranos? Ya se habrán desengañado de que aquí, respecto a modas, nadie se mama el dedo. Desdichada la familia de tono que allá por octubre no pueda contar sus recientes aventuras de aldea y presentar sus niños tostados por el sol y tintos en polvo de calamina. Lo cierto es que la vida de aldea, para los de provincias, es mucho más cómoda que la de provincias para los de la corte: así se opina por acá. El verde de nuestras praderas, la frondosidad de las callejas, la estrechez de las viviendas y el sol abrasador que envuelve el paisaje han descubierto, de tres años a esta parte, más virtudes que la sedativa de Raspail, más que los glóbulos de Hanneman y mucho mayores que las aguas de Panticosa.

Ya no hay enfermos de peligro en esta población; nuestras beldades más pálidas y sentimentales en mayo, las verás por octubre robustas como pasiegas; las aguas del campo, amigo; la frondosidad de las callejas: es prodigioso. Entre tanto, pásmate, en los mismos nidos que nuestras enfermas desalojan en la capital, recobran la vida y el vigor las voluptuosas cortesanas... Aquí de la ciencia, porque yo no la entiendo.

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Por lo demás, es decir, por lo que respecta a Santander, todos, en la actualidad, piensan. Como los pastores de la Biblia, estamos diseminados sin objeto alguno de importancia, pero con una torre que sirve de norte común; en ella están fijos los ojos de todos, y estoy seguro que nadie se alegrará hasta el extremo de perderla de vista; esta torre de Babel, salva la altura, la forma y la materia, es la plaza de toros: de corridas se habla, en las corridas se espera y para las corridas se aplaza todo. Los amigos se citan para los toros, las amigas sonríen con malicia, hablando del «lleno» de la plaza, los sastres y las modistas trabajan para los toros; los fondistas y patronas de huéspedes esperan, fregando, al mes de agosto para hacer el suyo con los toros; hasta los negocios, incluso los matrimoniales, se aplazan para después que «pasen» los toros: esto lo comprendo muy bien. También la Empresa del teatro espera echar su suerte en las corridas. Haga el Cielo que no sufra una cogida, como es de temer si se atiende a las embestidas que la han pegado en lo que va de verano. De manera que si paramos la atención en estos pormenores, no puede menos de chocarnos la influencia que los toros ejercen hoy sobre todas las clases de la sociedad. Lo mismo en el mugriento y sombrío tugurio de un miserable que en el alfombrado gabinete del aristócrata, la «tauromaquia» tiene adeptos que la protegen y femeniles bellezas que la hacen cuestión «capital» de familia. Es raro, amigo mío, cómo las provincias todas de España, tan divergentes en opiniones de gobierno y de administración, se aúnan y amalgaman como dos gotas de agua en tratándose de toros. Sin duda, es este el punto de unión de los rotos lazos de la moderna sociedad, el núcleo sobre que ha de desarrollarse la terrestre felicidad suprema.

No te escandalices, porque el fin justifica los medios. También es cierto, me dirás, que hay medicinas peores que la enfermedad. En todo caso, haga cada cual su gusto, si le dejan, y hemos concluido.

Te he dicho, poco ha, que el público, en general, a falta de ocupación más digna, piensa; no es esto solo: también baila, también se baña, también pasea y forma romerías.

Las huertas de Toca y de Noriega han depuesto su clásica hortaliza en cambio de pintados pabellones; el rústico hortelano emigró de ellas con su pesado azadón para hacer lugar al pintor y al tapicero; a la música de las chicharras y de los gorriones sucedieron los dulces ecos de una orquesta, y sobre los desnudos pavimentos, en lugar de cucarachas y abejorros, bailan, se rebullen y pasean las bellas sílfides montañesas y los feos pollos y los gallos, disputándose en reñida lid el dulce botín de una mirada o el primer pliegue de una sonrisa.

Como contra siete vicios hay siete virtudes y las huertas no están alfombradas, tras de aquellos polvos son de necesidad los baños... En este particular, amigo mío, no me atrevo a meter la pluma, porque has de saber que, aunque a todos nos es lícito recorrer la costa de San Martín (sitio destinado a las señoras) en todas direcciones, la «invisible» Policía también es muy dueña de cobrarte una «decente» multa.

En vano protestarás contra el abuso fundándote en que, no habiendo cartel ni centinela que te impida el paso, la tal multa es una «emboscada» como otra cualquiera, porque a ello te contestarán que, en cambio, en la Alameda de Becedo, contra el ornato y la fama de pueblo, hay un madero, y en él una tabla, y en la tabla un letrero del tenor siguiente: «No se permite entrar en el paseo con almadreñas, bajo la multa de ocho reales».

Y, sin embargo, jamás se multó a los que, poco avenidos con los modernos charoles, penetran en aquel salón con las calzas de don Pelayo. Diríase también, para probar su magnanimidad, que si en San Martín se multa por pasar vestido como Dios manda, en el muelle de las Naos se baña en cueros todo el que así le conviene, y nadie se mete con él. «Pues váyase lo uno por lo otro», contestarías tú, por no decir otra cosa peor.

Por mi parte, y con permiso de las bañistas, puedo asegurarte que por una «verdadera infracción» de la ley en la costa de San Martín ninguna multa me parecería cara. Esto va en gustos, amigo.

Ahora vamos al paseo, que, gracias a los pulmones de la dársena, se ha declarado de «oficio» en la Alameda... de las almadreñas.

Desde que la casta Diana asoma sus fulgores sobre las montañas vecinas, aquellos frondosos salones parecen un ascua de oro, y cuidado con que el empresario del gas de Molnedo tenga la debilidad de atribuirse este prodigio, pues si no fuera por los destellos de las que pasean, medrados estábamos. Es verdad que el Ayuntamiento ha mejorado el alumbrado con algunos faroles más; pero la tal mejora, si el gasómetro sigue como hasta hoy, vale lo mismo que un par de gafas sobre unos ojos huecos.

Esta opinión respecto a la belleza del paseo, te advierto que no es en Santander muy general; verbigracia, la Empresa del teatro te diría que parece un cementerio la Alameda, y es, sin duda, porque entre el «maremagnum» de paseantes descubren sus ávidos ojos a las desiertas localidades del coliseo; entre el runrún de las voces, y los crujidos de la seda, y el sofocante y modesto piar de los polluelos, escuchan sus oídos la simpática voz de la Lloréns declamando a telón corrido ante el señor presidente y los instrumentos de la orquesta, pues has de saber también que hasta los músicos emigran en cuanto se levanta el telón.

A esta manera especial de ver las cosas debemos, sin duda alguna, la fortuna de tener dentro de pocos días entre nosostros a la famosa Teodora Lamadrid; veremos si con este nuevo faro se distinguen más bultos en el teatro y los esfuerzos de la Empresa se encuentran dignamente recompensados. Si así no fuera, puede asegurarse que las aspiraciones de esta tierra son bien fáciles de llenar.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

¿Qué hierbas pisan en esa corte los pollos de por acá?

Te hago esta pregunta, porque de huevos montañeses jamás se han visto crías como las de este año. ¿Si se acabará el mundo? Algunos asegurarán que llegó ya el Ante-Cristo, el cual, para guardar el incógnito, dicen que se convirtió en nube de «sacos» y «tuinas» para invadir los bailes y el paseo; lo cierto es que en estos puntos huele mucho a pelo quemado; y desde que se cerraron las Universidades no se puede parar en ninguna parte.

Dispensa que por hoy, cediendo a la misma influencia, termine aquí esta carta tu amigo... (Aquí la firma, que omito; pero, en cambio, allá va la de

PAREDES.)

(De La Abeja Montañesa.)

Julio de 1859.



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Crónica local

Yo no sé cuándo ni dónde; pero me consta que en alguna parte, y no hace mucho tiempo, dije que Santander, en el presente verano, había de estar hecho un Edén. La hermosura de su paisaje, su suave y delicioso clima; el mar, ese mar que a cada instante se presenta a nuestros ojos con un nuevo carácter y siempre bello y majestuoso; las saludables brisas de su costa, más las reformas tan notables que en poco tiempo ha sufrido, debían llamar mucho la atención de esa parte de la Península española donde el mes de junio es una epidemia para sus habitantes.

Cierto es que las tales mejoras ni han sido tantas ni tan completas como sería de apetecer en las actuales circunstancias; pero no por ello la profecía ha dejado de cumplirse. Santander, que no era mucho para los indígenas, tiene hoy en su recinto otro pueblo exótico...; pero ¡qué pueblo! Si Mahoma lo pudiera ver, seguramente ponía una fe de erratas al Corán, y allí donde dice Paraíso mandaría escribir:

«Santander, 9 de agosto de 1859».

Muchas son las provincias de España que en esta bella exposición humana se hallan representadas por alguna obra maestra; pero Castilla, la clásica Castilla, si por sus polvos famosos tenía un altar erigido en cada corazón de estos comerciantes, hoy resuena su nombre con el mismo entusiasmo hasta en el de los más profanos a la ciencia que, como dice Bretón de los Herreros, estriba en dos vocablos: daca y toma.

Decididamente, me reconcilio yo también con el país de los garbanzos, que no son ellos ni el trigo su fruto más precioso, ni la narcótica amapola la única flor que se atreve a levantarse sobre aquellas sabanas inmensas de calcinada tierra.

No quisiera herir en manera alguna la susceptibilidad del espíritu patrio de las lindas hijas del Pisuerga y del Ebro que a la sazón se encuentran con nosotros; pero creo ingenuamente que figuras tales necesitan más un fondo tan poético como el que ahora ocupan, que el árido y marchito sobre que nacieron.

Esta opinión tendrá de egoísta todo lo que se quiera, pero nada de mal gusto. Apelo, si no, al fallo de mis paisanos. Quizá alguno, separándose del común asentimiento, dijera que bien se está San Pedro en Roma y que, para pago de nuestras culpas, harto purgatorio tenemos por acá; pero esto nada significa: la causa más santa no se ha visto nunca libre de un detractor y hasta de un juez que la condene.

Para los que de un mes a esta parte no han tenido la dicha de vivir en este pueblo, quisiera yo poseer en mi pobre paleta de pintor de costumbres el colorido necesario, a fin de mostrarles con toda exactitud el ameno cuadro que esta sociedad representa; mas como no lo poseo, ni tampoco el arte de componerlo, vénganse ellos hasta aquí, si avaros son de lo bello; y si mi consejo les merece alguna atención, tórnenlo al pie de la letra: vénganse de noche y por el camino de Becedo.

Como mucho ha debiera haberse hecho, mientras el sol alumbra pertenece el territorio a los prosaicos arrastres del comercio; cuando el sol se pone, Mercurio pliega sus alas, y Venus, Flora y Diana..., y Vulcano y Marte, que no   -67-   pueden faltar donde aquéllos estén, lo toman por su cuenta.

Al emprender esta innovación, ¿habrán cedido las mujeres a un simple capricho o a la rigurosa ley de la conveniencia? Yo creo que a la última; la opaca luz de los faroles se presta mejor que los fulgores vívidos de Febo a los cuadros de fantasmagoría.

Cuando en los espectáculos del mundo son los actores los hombres y las mujeres, la luz artificial es de necesidad. Es muy grande la Naturaleza y muy pequeña la Humanidad para exponerlas juntas sin que se descubra la tramoya.

Por otra parte, la mujer, sea por hábito o por natural contextura, desenvuelve por la noche ciertas cualidades que oculta durante el día.

A la luz de un reverbero es menos tímida o más expansiva; sobre todo, más parlamentaria.

La que apenas se digna saludaros al mediodía, os sonríe afable después de anochecido.

La que os saluda con el sol, os admite a su lado cuando se ha puesto.

La que en el primer caso os brinda con su amistad, no se escandaliza con vuestro amor en el segundo.

Y si a la hora de prima os da la mano, a la de nona consentirá que le piséis el pie.

Siguiendo este camino, es decir, esta teoría, se encuentra la razón del baile.

Todo lo cual puede explicarse de una manera muy sencilla.

Dominando en todos los actos de la mujer un principio pudibundo, son más osadas dentro de los radios de un farol de gas o de una bujía de esperma, por la confianza que tiene de hallar a muy pocos pasos, en un caso extremo, la égida de las tinieblas.

¡Cuánto se ha hecho en el mundo bajo este momento!

¡Cuánto sabría la humanidad si por un instante aplicara Apolo el vapor a su carroza y llegara al Oriente seis horas antes de lo convenido!

Pero mejor es que no llegue. Para descubrir ganzúas y moneda falsa, contrabandistas y, por ende, negocios de ilícito comercio, preferible es vivir ciegos. La vida es corta; conque, si matamos las pocas ilusiones que nos restan, será cosa de poner el cementerio dentro de la pila bautismal.

Dejemos inútil filosofía, no haga el diablo que tomen las unas como suyas las faltas que sólo son de los otros.

Admitiendo como principio fundamental de la felicidad las ilusiones, o, lo que es lo mismo, mirando solamente por la propia comodidad, o viviendo al día, como los que nada tienen ni nada esperan, la vida social de Santander, en lo que llevamos de verano, no puede ser más oportuna para aproximar la tierra al cielo... de los placeres.

Vivimos a la intemperie y a la luna, como antes dijimos.

Pero lo que no hemos dicho aún es la manera de vivir..., ni lo diremos tampoco, porque, envueltos en una nube de gasas, de blondas y de flores, hemos sido arrastrados de paseo en paseo, de baile en baile, de espectáculo en espectáculo, por espacio de muchos días, sin que entre tanto movimiento y agitado remolino nos hayamos podido dar cuenta del menor incidente. Solamente, como el recuerdo de una pesadilla, conservamos algunas palabras vagas, y éstas porque las hemos oído muchas veces en la vida y siempre con igual repugnancia: «La teoría del amor por varios aficionados de menor edad».

Pero, señor, ¿no es cosa chocante que la flamante sociedad, basada precisamente en el sistema de innovaciones, no invente otro tecnicismo amoroso o dé otra forma a sus discursos?

¿Y no es muy notable también que las precoces mujeres de hoy no escarmienten en los ejemplos de sus inmediatas   -68-   predecesoras, a propósito de babeos y de tiempo perdido?

¡Oh ficción!... Comprendo que un gastrónomo coma tronchos de repollo antes que dejar hambriento su estómago; pero no concibo que una mujer sin amor de ley apechugue con un pollo, como no concibo que una flor, por no tener un seno en que ostentarse, anhele los besos de un caracol o los mordiscos de una oruga.

Debe suponerse que lo que queda dicho se refiere puramente a la vida normal de la población, que ha sido el introito y nada más de los cinco últimos días, cuya historia, al escribirla con todos sus pelos y señales, no cabría en las columnas de La Abeja Montañesa.

Cinco días: cuatro bailes de campo, una tarde de regatas y de cucañas, una noche de fuegos artificiales y cuatro corridas de toros. ¿Puede hacerse más en menos tiempo?

Imposible. Hoy, que ya lo vemos desde la parte de acá, nos parece milagroso haber pasado por ello sin avería de consideración.

No era el asunto para menos.

El recinto de Santander ha sido manga de regadera, urbeta de trasiego.

En cada lugar del espectáculo caía la gente como un aguacero y siempre llovido del espectáculo anterior.

Y a fe que al caer se agarraban; baile hubo que no se deshizo ni a chubascazos.

Allá va un cuento:

Había, tiempo ha, un lego franciscano, tragón como un molino y gorrista como un lego, pero que, más diestro o menos desvergonzado que todos los de su laya, jamás se introducía en casa de su vecino sin una disculpa que lo autorizase. Esta disculpa era un par de morrillos que llevaba dentro de su insondable manga con el inocente y modesto designio de que se los guisasen para comer.

-Pero, padre -le decían-, ¿es posible que usted se alimente con tal sobriedad?

-Hijos míos -contestaba el padre con la mayor mansedumbre-, a todo se hace el hombre, aunque sea a comer piedras; y entiendan que, bien guisadas, buenas son.

-Pues sírvase su paternidad decirnos la receta, porque como nunca las hemos guisado...

-La receta, hijos míos, es muy sencilla. Primeramente, pondréis las piedras en salsa verde... o amarilla -que en esto de colores no reza nada el seráfico padre-; después lo revolveréis todo con media docena de huevos bien duritos...; algunos suelen añadir unas magritas de jamón, yo prefiero unos embuchaditos, y media libra de carne de puerco en albondiguillas...; un jarrito de buen blanco y, en fin, todo lo más sencillo que encontréis y que la santa caridad os dicte...

-Pero, reverendísimo, ¿y las piedras?

-Las piedras..., las piedras me servirán para cenar.

«¿Y a qué cuento viene aquí este ídem?», dirá muy oportunamente algún lector.

Sea, por un momento, la plaza de toros la piedra, la tajada fundamental; llamemos al público lego, y a los bailes de campo, regatas, cucañas..., y al aire libre, la salsa económica... Ahora, el que sepa matemáticas que me entienda.

El teatro, como temíamos, sufrió una cogida, y no murió de ella, a causa de haberlo tomado como lugar sagrado los que no cabían en otra parte.

Esto no es extraño. ¿Quién no cede a las tentaciones del baile? ¿Cómo preferir uno solo de luneta, bajo un techa no muy alto, a la frescura y refocilamiento que producen un par de piruetas a la intemperie?

Y con doble motivo estando el templo   -69-   de Terpsicore a pocos pasos de la plaza de toros.

De ambos recintos os diera, lectores amabilísimos, minuciosos detalles; pero el tiempo es corto y la tirada apremia; otra vez será otra cosa.

Entre tanto, después de las recientes zambras y jaleos, ¿pensáis que Santander ha quedado como un campamento militar pasada la batalla, es decir, asolado?

Pues nada de eso; es un volcán apagado, pero que deja sentir en sus entrañas las señales de otra erupción.

Aun se habla de otra media corrida, aun faltan muchas romerías, aun restan muchos bailes, y por si esto es poco, dentro de cuatro o cinco días empezará Teodora Lamadrid a arrastrar al teatro a ese mismo público que hoy le abandona, porque... así le vendrá mejor...

Paredes

(De La Abeja Montañesa.)

Agosto de 1859.




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El chambergo

Hay que desengañarse: no es el porvenir de Italia ni el destino de Napoleón III lo que en España absorbe la pública atención; la cuestión que hoy nos preocupa, la cuestión palpitante es más capital aún; cuestión que corre desde la plancha del sombrero a la tijera del sastre, y desde entrambas regiones hasta las altas Cámaras legislativas; cuestión de formas, de plumas y, de pelos, manoseada por el bello sexo, revuelta y agitada por nuestros epidémicos pollos y hasta declarada ya en movimiento bajo las más venerandas y encanecidas greñas de la nación; cuestión que, al ver el giro que ha tomado, si no se resuelve pronto será capaz de envolvernos en la guerra civil más desastrosa. Examinémosla, pues.

Hace muchísimos años, cuando el Poder español pesaba aún sobre las demás naciones europeas, el sombrero chambergo se hallaba en toda la integridad de sus formas; mas apenas empezó aquél a decaer, y en razón inversa, estiró la copa y encogió las alas; y siempre bajando el uno y disfrazándose el otro, llegó España al penúltimo escalón de la importancia, y el glorioso flamenco a perderse en un laberinto de formas y de ideas. Cuando ya estuvimos como el gallo de Morón, entróle una tricornitis de allende el Pirineo, enfermedad que de poco convierte nuestra nacionalidad en gendarme francés. Apenas, con muchísimo trabajo, se vio convalecido de ella, como nada tenía que perder, destacóse estulto y desvergonzado sobre nuestras cabezas. Gigante de cartón y de felpilla, quedáse dominando sobre una nación de pródigos, los últimos despojos de tan3 pingüe herencia. Resistiendo los embates de los más tremendos huracanes, altivo ante las supremas deliberaciones de los hombres -modas de París-, firme y arraigado en nuestras cabezas, frente a frente con los partidos honestos más pronunciados, reíase para su forro de nuestras miserias. Lejos de bajar un punto de su altura, alzábase más aún, y, como la mala semilla, extendía su raza por toda la Europa, llevando su osadía hasta el extremo de pretender echar el ala sobre el sano turbante de Mahoma.

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Allí le pegaron un meneo digno de tamaña pretensión; y, vuelto a Europa, trató, corrido y abochornado, de vengarse con nosotros, invadiendo con su poder lo poco que le restaba. Triana, el Perchel, la Viña y otros barrios famosos por su amor y adhesión al vestido de sus mayores, cedieron a su pujanza, y el mundo entero vio con escándalo descollar al negro fantasma hasta en los congresos de los gitanos. Tan tremendo revés echó por tierra nuestros bríos. Y el campo quedó por el invasor. Entonces, dueño absoluto de cuanto su copa distinguía, de todo un hemisferio, trató de tomar estado; pero no hallando, por su deformidad; una prenda bien nacida y con nobleza en las costuras que le quisiera su consorcio, apeló a su omnipotencia y creó una familia, sacándola poco menos que del caos. Pero ¡qué familia, gran Dios! El arlequinesco y contrahecho frac, las trabillas, el corbatín de muelle, todos instrumentos de tortura, símbolos de su despótico y vanidoso imperio. Así, bajo tan bárbara presión, vivimos largo tiempo; hoy apenas se comprende, a no ser la Humanidad de estuco. No dé Dios al hombre todas las plagas que pueden existir. Como toda víctima débil, nos consolábamos con hacer muecas al tirano cuando no nos observaba; pero devoramos nuestro despecho en su presencia. Chistera, baúl, canoa, sorbetera, góndola, castora, colmena..., todos estos piropos y otros muchos se le lanzaban a cada paso desde el fondo de su copa; pero él, siempre bravo y cada vez más alto, parecía reírse con desprecio y decirnos: «Dadme franqueo y llamadme tonto».

Sea por los aires que a la sazón corrían de hacia el Norte, o porque, al fin, hasta el movimiento se cansa, nos armamos de valor y llegamos hasta pegarnos un revolcón bajo de él. De este paso atrevido sacamos las trabillas rotas y dos puntos más flojo el corbatín. Los sastres de París nos aplaudieron, y quedó escrito en el gran libro de las medidas que la costumbre española se había constituido. Ya sueltos de abajo, pero siempre enganchados por la coronilla, podíamos funcionar libremente, aunque en pequeño círculo y como badajo de campana. Además, visto el buen éxito de la primera tentativa confiábamos en que de otro voleo íbamos a quedar como el humo. Por vía de ensayo hubo una ocasión en que, mirándonos unos a otros y comprendiéndonos perfectamente, echamos la zarpa a los faldones del frac con ánimo de desgarrarlos; pero viéndolo su alteza, erizados sus pelos de coraje y apretando la badana contra nuestra frente hasta arrancarnos lágrimas de dolor, nos despojó de la prenda como indignos de usarla cada día, y mandó que se guardara, nueva siempre y entre esencias, para las grandes solemnidades. «Pues que no la queréis -nos dijo-, pueblo rebelde, ella será nuestro tormento. Allí donde resida4 el placer, la gloria5, los honores6, el amor, la hallaréis, como la mano de Baltasar; como fúnebre corneja, batiendo sus negras alas, ha de perseguiros... hasta el tálamo nupcial». Nunca anatema alguno fue lanzado con mejor acierto; las pruebas abundan.

Entre tanto, el negro y acartonado señor de pueblos y de reyes seguía burlándose de todos, bajándose, subiendo y aflojando, pero siempre huyendo de tocar los límites de su primitiva forma, por si le decíamos: «Te pillé». Así estábamos constituídos, cuando algunos españoles, honra, por cierto, de nuestro siglo, recordando las glorias de sus tatarabuelos conquistadas a la sombra de chambergas alas, llenos de noble arrojo, se echaron a la calle, protestando   -71-   contra la vil chistera, cubiertos con gracioso chambergo.

Como suele Suceder en tales casos, al ver a los incorrectos, unos se encerraron en casa, diciendo: «A lo que tengo me agarro», y se encasquetaron la góndola; otros se agregaron a los grupos liberales, y los más se agazaparon en espera del triunfo para irse con él.

He aquí el estado actual de la España, que es el estado mismo de la cuestión a que nos referíamos al principio de este artículo; cuestión que, según recientes noticias, se resolverá favorablemente para los chamberguistas; pues no en vano la patrocinan en la corte la reina de la belleza y de la aristocracia, ni en broma la dan en su cabeza preferentemente lugar las primeras capacidades políticas.

Lo cual quiere decir, señores pollos provincianos, que no sois vosotros, ni tampoco los niños ni los tontos, los encargados pie secundar por acá el golpe maestro que retumbó en Madrid, descargando sobre la peluda bóveda de ese edificio, oprobio de la arquitectura sombreril. Mejor que haberos lanzado por esas calles y paseos de Dios, ostentando vergonzosamente hongos y convirtiendo en figle la trompeta de la chamberga fama, hubiera sido Para todos que, mientras hombres de algún valor social os dejaran formar a su retaguardia, hubierais echado el domingo a cales7. ¿Para cuándo queréis los tronchos y las patatas? Proveeos, hijos míos, de estos proyectiles; comenzad desde hoy por declarar la guerra a la chistera, sin perdonar edad ni categoría, y cuando, como de raza maldita, no quede una inclinada sobre tierra española, veréis sobre sus ruinas levantarse, desternillado de risa8, a

Jeremías Paredes

(De La Abeja Montañesa.)




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Artículos inocentes


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- III -9

Al director de «La Abeja Montañesa»


Querido amigo: Voy a cumplir tus deseos, aunque al intentarlo no llene los míos. Por si los medios te sorprenden, me creo en el caso de explicarme contigo.

Estamos en pleno siglo de las luces, siglo en que, al decir de las gentes, tiene la razón un culto, y la de cada prójimo, la libertad más omnímoda. A este principio inconcuso se debe, sin duda alguna, la consecuencia que estamos tocando a cada hora, a saber: que la moda sea en nuestros días un sendero por donde caminamos como mulos en reata, en pos de una cosa cuyos géneros, especie, forma y valor importan un bledo si la opinión, otra fruta, del tiempo, la ha colocado en el lugar más avanzado del referido sendero. Si dicha consecuencia te parece un poco absurda y hasta estúpida, no me acuses de poco lógico, pues no la he sabido, ni en ello le pensado; hela encontrado así, como la ves; así te la enseño   -72-   y así te la dejo, mas sin extrañarme, porque nada es más común que ver en nuestras costumbres aberraciones como templos, acatadas como principios evangélicos; los extremos se tocan, amigo mío; y junto a la refinación del gusto está su depravación; el pequeñísimo espacio que los separaba lo hemos salvado ya; para rapidez, los hijos del vapor. Con tal de llegar a un punto dado, y lo más antes posible, poco importa el cómo; díganlo las vías férreas y, en su defecto, algunas finchadas excelencias. Pero volvamos al caso.

Resulta, pues, que al desempeñar el compromiso que contigo contraje, siento una comezón que me subyuga, un deseo invencible de meterme en el sendero de que te acabo de hablar, en el cual está, sin duda alguna, la fórmula a que debo ajustar el trabajo que me ocupa. Echarse un hombre a cronicar, así de rondón, sin una notabilidad a quien dirigir sus párrafos chismográficos, sin dar a su composición las formas epistolares, es una cosa que me estremece a la vista de ese fárrago de cartas que de poco tiempo a esta parte ha dado en invadir las columnas de los periódicos más circunspectos de la corte. He aquí, en literatura, el sendero de que voy hablando. O no escribir revistas o hacerlo en una carta, amén de añadir a cada una el adjetivo que legitime su procedencia; verbigracia: madrileñas, si son de la corte; manchegas, sin son de Tembleque; rifeñas, sin son de Tetuán, et sic de cateus. Y cuenta que tal es el fruto que va dando el género, que puede llamarse postal sin miedo de equivocarse; pues no cabiendo por su tamaño y atenciones que exige una simple estafeta o cartería, no está lejos el día en que el Gobierno, mirando el asunto con el interés que reclama, los someta a un tratado con los autores que defraudan la renta de la Hacienda injiriendo entre las noticias políticas de un periódico los asuntos de gabinete y hasta de fregadero, que siempre han sido patrimonio de los hurones y consumidores de los sellos de franqueo.

Efecto del amor y veneración que el nuevo género me inspira es el que salgas hoy a la pública vergüenza, reservando, sin embargo, tu nombre patronímico, y no en verdad por prudencia ni en atención a tus modestias, sino, porque el que va a la cabeza de esta carta, con ser más categórico, entona un poco más mis ínfulas de literato. Hasta siento que no le preceda una excelencia o que le subsiga un rosario de preeminencias; pero esto es irremediable y prueba dos cosas a cual más triste: que tú vales muy poco en el mundo actual cuando nada tienes de esos ilustres adherentes por más bajos que se coticen, y que yo valgo mucho menos que tú cuando te cuento por el amigo de más campanillas; y no te ofendas por la palabra, pues va de metáfora. Por ende, no me agradezcas tampoco la dedicatoria, pues con lo dicho se prueba que va para ti a falta de otra persona de más aquel, hablando al uso de la tierra.

También pudiera haber apelado a tal cual matrona de reconocida familia en el mundo elegante, o a las iniciales siquiera de alguna pudibunda y severa beldad, previo el adjetivo de simpática, amable, bella, celestial, etc., etc., dedicatoria que es lo sublime del género que anda en boga; pero me ocurrió al momento que, sobre no conocer y personalmente a ninguna, escribo en un país que las conoce a todas las que citar pudiera, que no son pocas; y que este recurso pega muy bien en la corte precisamente porque nadie las conoce más que su adulador, sus contertulios, y a lo sumo los serenos del barrio, que son convidados externos a todos los thes danzants y demás espectáculos   -73-   que formar la base del mencionado género de literatura postal.

«Mal precedente es éste», dirán bellas y numerosas lectoras de tu periódico: hablar de las efemérides sociales sin contar con una sola belleza a quien dirigir la palabra, arguye ignorancia redonda de la topografía de los salones, de perspectivas matrimoniales y de un sinnúmero de capítulos de orden y buen gobierno, como es el de expedición de pasaportes para las expediciones de verano; de sanidad pública y particular, como el número de solicitudes de cédulas para zambullirse en las bañeras de Ontaneda, o el de vasos de charol en ajuste para beber la ferruginosa linfa de la fuente de la Salud. ¡Ay, y cuánta razón tienen tus suscriptores si ha de exigirse al cronista veracidad en sus relatos! Mas no es este defecto el que a mí me aflige, a pesar de la opinión de tus abonados; lo de menos sería mentir un poco y sacrificar la conciencia a las exigencias de la moda, moneda muy corriente en el tráfico revistero-epistolar; lo de más es que aun cuando quiera mentir con toda la desvergüenza que pudiera inspirarme la pasión que siento por el género de literatura en cuestión, me faltan los medios de verificarlo con éxito tolerable siquiera, ya que no a la perfección.

En efecto, yo no poseo ese lenguaje gráfico de los modernos revisteros; desconozco totalmente ese potaje de galicismos entre los cuales asoma, transfigurado el ramplón español con cara de protesta hacia el intruso que, no contento con serlo, quiere echarle de casa; ignoro esos modismos extranjeros de tanto efecto hasta para los que los desconocen, como son las siete octavas partes de los lectores, y que con tanta, ventaja sustituyen a los llamados buenos giros del nauseabundo y clasicote idioma de la madre patria.

Feijoo, Isla, Alvarado, Cadalso..., cuantos ingenios españoles han venido cultivando el género epistolar en rancio castellano, fueron unos badulaques, por más que la fama diga otra cosa y afirme que en sus respectivos géneros fueron cada uno una lumbrera que aún hoy sigue alumbrando a más de cuatro miopes, y que les es deudora, acaso de su vida, la literatura nacional. Y nótese bien este adjetivo, que con el dicho se está el fundamento de la fama de aquellos pobres hombres. Tenía entonces la literatura un sabor empalagoso, casi tanto como los potajes de los conventos y cuarteles en que se confeccionaba; mas como no se conocían pues ni fricandós, los candidotes nietos de Cervantes tramábanla con la mejor buena fe, sin acodarse para nada de la cocina francesa, que más tarde había de sufrir con decidida preferencia a los hombres de alguna importancia en la república de las letras... ¡Oh supina ignorancia! ¿Cómo pudo el filosofo padre Feijoo consagrar tantas vigilias, tal rimero de epístolas nos ha legado, a las áridas cuestiones de religión, de filosofía, artes, oficios, ciencias y literatura, sin reparar un poco en la elasticidad del género que cultivaba en el porvenir que le estaba reservado fregando con él los gabinetes de una cortesana? Mientras los otros, profundos políticos, eminentes moralistas, desfacedores de entuertos sociales, agotaban velones y chamuscaban mechas de algodón emborronando pliegos y más pliegos, sacudiendo tajos y mandobles a todo estorbo que hallaban a su paso, ¿cómo no se les ocurrió dejar las cosas como estaban, cantar las jerarquías políticas, barrer las gradas del Poder, adular la aristocracia financiera y entrar en los suntuosos estrados, no para estudiar los vicios y las aberraciones de la culta sociedad, satirizándolos luego con el nocivo fin de extirparlos y traer a otro sendero la descarriada civilización, sino   -74-   para convertirse en sabrosos narradores de todos los sucesos de telón adentro y ser los panegiristas del encumbrado señorón monsieur le bon ton? Se plega tan bien el estilo epistolar a estos asuntos, cabe tanta amenidad en él prodigándolo cada día... Y, sobre todo, cae tan bien al pie de una lista de defunciones, de bailes, en proyectos de matrimonios en ciernes, de trabajos y toilettes, la firma de un literato de algún mérito, que casi hace que uno mire de buena gana y con tolerante afabilidad los revolcones y descalabraduras de tanto imberbe e incompetente doctrina al escalar difíciles y para ellos imposibles empresas, que acometen por la sencilla razón de que las encuentran abandonadas por sus legítimos defensores, a caza a la sazón de misterios de gabinete. Es verdad que algunos, o la mayor parte, de los flamantes cronistas, han llevado su modestia hasta el extremo de ocultarse tras de un seudónimo vulgar, no conceptuando, sin duda, dignos de suscribir con los de pila sus sabrosas misivas; pero no es menos cierto, y sírvales de gobierno y de orgullo a la vez, que el disfraz se transparenta y que sólo ha servido para excitar la curiosidad de los cronicófilos encargados ya de legar su nombre a la posteridad en letras de oro zurcidas sobre el más rico chiné, glacé o moiré, que esto irá en gustos, recomendados por Le Petit Courier, o Le Follet de las fábricas más en boga de París.

¡Y que mucho hará la posteridad... de elegantes y modistas en tributar sus homenajes de admiración, aunque sea con flores y prendidos, a la memoria de los que en el mundo fueron perpetuos vates de los talleres de la moda y patrones vivos de la elegancia comme il faut?

¿Y deberá resentirse la reverenda literatura al verse despojada de sus hijos por la veleidosa divinidad del siglo? No, y mil veces no. Los hijos hacen perfectamente en abandonar el materno regazo cuando en él no encuentran el lucro que a manos llenas les prodigan en esos alcázares donde se enseñorean la molicie y el lujo en todo su más estimulante desarrollo. Y es muy natural. ¿Qué intereses puede inspirar a un lector discreto y amante de las letras el desenvolvimiento de una idea fecunda en resultados para la república o para la literatura, bajo las severas formas del arte, por un hombre de buena capacidad y no vulgar educación? Ninguno absolutamente; pero, en cambio, ¡qué de deleite y de sustancia encierra un párrafo chismográfico, en estilo flamante, repetido diaria o, cuando menos, semanalmente, reseñando los acontecimientos de la morada de un mecenas de miriñaque, hasta de los más apartados rincones de la monarquía! ¿Qué habrá en el mundo que pueda interesar más a un suscriptor de un periódico que el número de condes y marquesas que tratan con distinguida franqueza al mimado revistero H o B; que el diálogo de un baboso con una mocosuela, y los grados de palidez de la bella señorita de Tal, respecto de la robustez de la misma en la noche anterior; y si la graciosa baronesa de X se prepara a conceder su blanca mano al simpático e ilustrado marquesito de I, muy conocidos, por supuesto, en sus respectivas casas; y la jaqueca de la respetable señora de A, justamente agravada con la muerte repentina de su querido faldero americano; y la oración fúnebre sobre este animalito, y si la otra cantante sensibile de afición dio el sí con la mayor facilidad delante de una notabilidad extranjera que escribe el suceso inmediatamente a su corte, y dice que ya somos felices en España y caminamos con el genio civilizador; y las piruetas que hizo la esbelta sílfide, señorita de N; y los dedos de alzada que tiene de más el tronco nuevo del banquero M sobre el normando del palaciego   -75-   S; y los esparavanes y sobrehuesos que le han resultado a la jaca de Pepito... y tutti quanti...? Esto, esto y nada más es lo que priva; esto es lo que honra a la literatura y arma a los literatos; éste es el árbol a cuya sombra debe acogerse esa generación que, al fin del primer tercio de su carrera, marcha, según es fama, con insaciable avidez de ciencia y de saber. No hay que darle vueltas, amigo; la literatura está en su terreno, y es un signo de su restauración cuando se arrastra por los estrados y los talleres de las modistas; y el literato dejará de llenar su misión sobre esta tierra de miserias mientras no se consagra en cuerpo y alma a comentar chismes, a publicar mentiras y profanar la lengua de su patria o a renegar de ésta si la dificultad se apura un poco. Honra y prez para estos apóstoles de las bellas letras.

No esperes, pues, que mi tosca péñola invada ese terreno con la marcial desenvoltura que tan alto ha colocado nombres que no prestaron nunca más que para lo que aún prestan los Juan Portal, Perico el de los Palotes, Juan Lanas... o Lucas Gómez; es decir, para vulgarizar un personaje, para pintarle de un solo rasgo, como la esencia misma de lo ramplón, de lo adocenado, de lo paciente, de lo infeliz, de lo vulgar; ni tampoco esperen estos señores que tomando a cualquiera de ellos por mi cuenta le ponga a la orden del día, hasta que se le disputen de regazo en regazo las Horas y las Enriquetas, las Lauras y las Elisas de hogaño; no, por Dios. Para hacer célebre a uno de estos personajes es preciso que se le vista por capucha una autoridad literaria, o, por lo menos, del gran tono; y después de zambullirle y perfumarle en estrados y gabinetes, le saquen a la expectación pública manejando el incensario, glosando en mal extranjero la vida de los salones y cantando a la faz del mundo las efemérides de la región del lujo y de la opulencia. Nada de esto puedo yo hacer, mal que me pese: primero, porque, como dejo dicho, no rayo tan alto en mis costumbres ni en el arte de cantarlas, y segundo, porque aunque rayara, los refinados elementos de la sublime escuela aún no han conseguido formar atmósfera en este rincón donde te escribo y tú resides. Esta circunstancia deben tenerla en cuenta tus suscriptores cuando echen de menos en estos párrafos el sic de una carta... montañesa. Mentir de lo que no se ve, aún puede hacerlo sin comprometer su reputación un revistero; antes, por el contrario, ganando mucho en ella; pero comentar lo que no existe es harto grave para los pobres recursos de un cronista provinciano, y hasta de mal efecto entre estas gentes sencillas. Hay que convenir en que esta capital está muy atrasada; aún en ella se rinde culto al trabajo antes que a la moda, y entre el baturrillo de su tráfico apenas revolotean vagos y sin destino dos docenas de personajes de buen gusto capaces de formar círculo aparte, sin que el polvillo mercantil mancille y adultere los perfumes de sus prácticas del gran mundo. Creo firmemente, y tú lo creerás también, que un parisiense de pura raza o un madrileño castizo se morirían aquí durante el invierno de hipocondría, sin que la unción les alcanzara. Y estas hijas de Eva serían muy capaces de consentirlo sin poner de su parte el más mínimo, remedio. ¡Y les era tan fácil! Pero ¿qué se puede esperar de unas bellezas que pasean semanalmente, que zurcen calcetines, que toman la cuenta a la cocinera, que no saben transformar a una sirvienta en portapliegos, que llegan a los dieciocho años sin haber sacudido el yugo de la vigilancia paterna, que no saben inglés, y muy poco francés, ni montar a caballo, ni tirar a la pistola; que no viajan dos veces al año, ni tienen diario, ni maestro de armas, ni picadero? Estupidez   -76-   como ella. Y es que no saben que las costumbres transforman hasta la Naturaleza misma. En los altos círculos, según las crónicas relatan, ya no hay feas ni tontos; a donde más baja el apreciador es a simpática y modestos; de aquí para arriba échate sin cuidado, que aún no alcanzas al cronista por mucho que corras.

Tampoco se crea por lo dicho que es entre nosotros enteramente extraña esa civilización social; no, señor; distamos mucho, sí, de poseerla en toda su magnitud, pero esto no quita, gracias a Dios, el que vayamos caminando por ella poco a poco y con segura fe de darla felicísima. Ya nos bañamos, no en Arechavaleta, Biarritz, Baden ni Cestona; pero sí en Liérganes, Las Caldas, Ontaneda o Viesgo, sin que la salud lo exija ni mucho menos; hacemos nuestros viajecitos de verano, y si bien no llegamos a Alemania, Suiza ni Italia, tenemos aldeas en la provincia que sirven, aunque con trabajillos y apreturas, para confinarse tres docenas de familias de lo mejorcito de la población hasta bien entrado septiembre; tenemos para excursiones domingueras, a falta de un Aranjuez, un Carabanchel o un Pardo, un Boo, un Guarnizo y un Renedo muy cucos; y contamos, sobre todo, para que no les falte la fisonomía a estos y otros pasatiempos, un gran acopio de imberbes doctores que durante la estación de los granizos se están embebiendo en la corte en lo más sustancioso de la doctrina y en las fuentes más autorizadas. ¡Bah! Tenemos mucho, si bien lo examinamos, en pequeña escala, por supuesto; pero por ahí se empiezan las grandes transformaciones.

Lo que a cualquiera debe chocar en extremo es que Santander, tan lejos de las modernas formas de sociedad, tome en la estación en que vamos a entrar un aspecto tan seductor, que no solamente surta, y con creces, de placeres a sus habitantes, sino que brinde con otros tantos a los que, hastiados de los suyos durante el invierno, apelan a los extraños en los meses de los tabardillos.

Los que en años anteriores han tenido el capricho de visitar nuestro bello país, y que, de fijo, continuarán visitándolo mientras puedan, saben muy bien que no exagero; los que no han pisado aún las praderas de la Montaña, háganlo este verano, y yo les respondo de que no les pesará, pues aunque de puertas adentro caminemos como verdaderos provincianos, de tejas afuera, en cambio, es donde están nuestros placeres de verano. ¡Es tan bella la Naturaleza del país! ¡Cuesta tan poco trabajo, ayudándola un poco con el arte, transformarla en mágico teatro!

Así, pues, permíteme, entrando de una vez en materia..., que me largue a solazar con las puras brisas de nuestras praderas, más lozanas y floridas que nunca, y en todo el vigor de su hermosura desde que la Pascua asomó su alegre faz tras el último potaje de Semana Santa.

Conque pásalo bien, carísimo director; y si después de tanto fárrago resulta que no he dicho nada de lo que tú apetecías, perdóname en gracia de mis buenos deseos de servirte... y de no sé qué más.

Por lo que hace a tus bellas suscriptoras, que son para mí las más temibles, espero que también me otorguen su indulgencia, pues si bien lo que dejo expuesto no forma en signos un artículo de modas, sóbrale, estoy seguro de ello, más de medio palmo para ser todo lo que se llama un artículo a la moda.

Paredes

(De La Abeja Montañesa.)

9 de abril de 1860.





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Correspondencia privada

Santander, 28 de julio de 1860.

No puedo más, mi querida Laura. Estoy rendida, fatigada; apenas me quedan fuerzas para escribirte esta carta que te prometí al avisarte mi llegada a esta ciudad de las sardinas, como ahí la llamábamos, o de las anomalías, como la llamo ahora que la conozco mejor. ¿Qué habrás dicho de tu amiga que tan mal te corresponde? Quince días sin escribirte llevando veinte de ausencia. Soy una ingrata, Laura; una desnaturalizada; y con todo, yo quisiera verte en mi lugar; estoy segura de que te sucedería lo mismo que a mí. Arrastrada de placer en placer, sin permitirseme volver los ojos hacia ninguna de mis viejas afecciones, me han conducido hasta hoy, pequeño paréntesis abierto en tan larga serie de fiestas, momento de respiro que aprovecho para consagrarme toda a tu memoria.

¿De dónde sacaste la peregrina idea de que el carácter montañés era frío y atrabiliario? No lo conoces, Laura, o mejor dicho, te ha engañado una falsa apariencia. ¿Te acuerdas de Enriqueta? Ya sabes su manera de vivir: capaz de estarse la mitad del año impasible, indiferente a todo cuanto la rodea, si un día se la precipita en la corriente del mundo es preciso decirle: «¡Deténte!», y a las voces no bastan las fuerzas humanas para que se detenga en su furiosa marcha. Tal es este pueblo, según lo que llevo observado. Insensible e incansable en su postración, el día que despierta no lo alcanza un galgo.

Cumpliendo con lo ofrecido, voy a referirte, aunque a paso redoblado, mi vida y milagros desde que estoy en esta ciudad, si posible me es en medio del laberinto que me rodea y con los pobres recursos de mi ingenio... Este trabajo pudiera yo tenerlo bien excusado, ahora que me acuerdo, si estos escritores provincianos fueran un poco traviesos; pero, hija, son tan sosos, por desgracia... Bien haya nuestro Pedro Fernández, con sus temas cartas. ¡Jesús, cuánto me acuerdo de él! Si en un simple chocolate sabe encontrar sobrado asunto y materia más que abundante para... una molienda lo menos, ¿qué no haría aquí donde el caracas es un artículo de primera necesidad? Decididamente, los hombres como nuestro cronista madrileño son un adelanto más del siglo, pero que en provincias ha de tardar mucho en aclimatarse. Chica, ¿sabes que son muy vanidosos los provincianos? Yo pensé que España era la corte; pero quizá son tan diferentes de esos hombres estos otros. Tan diversas sus ocupaciones, tan opuestas sus ideas. Pero con todo, y digan éstos lo que quieran, esto de hallarse una en letras de molde y siempre más linda o tanto por lo menos de lo que somos, podrá no ser muy útil para los positivistas del otro sexo; pero ¿agradable? ¡Bah!, y, sobre todo, amiga, si para contar los grandes hechos de los hombres ha habido siempre poetas inspirados, ¿qué mucho que las mujeres tengamos para nuestra vida social panegiristas en prosa? Te repito que Pedro Fernández va haciendo falta en Santander...

Vamos al caso. Apenas llegué, y con el polvo aún del camino, me llevaron a una romería. ¿Sabes lo que es una romería? Ya has visto, a San Isidro y San Antonio de la Horia; pues bien: colócales sobre verdes y olorosas praderas; quítales aquellos tinajones nauseabundos de buñuelos, sus anaquelerías   -78-   de venenosas botellitas, sus tiovivos y estridentes caramillos; su movimiento todo de mercado público, y dales, en su defecto, platos de bacalao, pellejos de vino de Rioja, tamboriles y panderos, trajes tan variados y pintorescos como un plan de banderas, y una concurrencia que, vista, desde lejos, se mueve de abajo arriba, como los pistones de un cornetín, y tendrás una idea de este espectáculo montañés, tan frecuente como los santos del calendario, pues en verano es raro el que no tiene romería. La gente de buena sociedad tomaba antes parte en ellas, aun, que desviándose algunos pasos del grupo común, bailando a la altura de su dignidad al compás de una mala orquesta. Hoy es muy distinto. Los inconvenientes de un baile improvisado sobre rústico pavimento y sin otro resguardo que un círculo de curiosos hicieron pensar seriamente a los aficionados sobre la manera de aumentar el deleite sin ofender la tradición, y, en efecto, del prado abierto se fueron a la murada huerta, que adornaron con gallardetes y banderas, y siempre a las inmediaciones al lugar de la romería.

Más tarde se juzgó prudente, respetando la disculpa de la festividad, ahorrarse la molestia de un largo camino trayendo el baile a las puertas de la población, y así se hizo, por lo cual, y vista la proximidad de la vivienda de cada uno, se rodeó el circo de farolillos de papel y se prolongó el jaleo una hora más de lo acostumbrado. Después recordaron los aficionados, visto que en algunos días clásicos de romería el tiempo lloriqueaba, que la gente de pro no necesita las romerías para hacer su gusto... Y sus piruetas; y en su consecuencia, apagóse el raquítico alumbrado de las huertas extramuros, buscóse otra dentro de la ciudad, y a los faroles humildes de papel sucedieron radiantes mecheros de gas bajo cerrados, aunque, rústicos, pabellones, haciéndose los bailes domingueros. Así el asunto, y con cierto carácter de inamovilidad, el baile se hizo típico, las toilettes se estudiaron más, la hora de la concurrencia se retardó y, por consiguiente, la de término, que se fue aproximando cada vez más al día siguiente. Por todas estas razones, la afición fue creciendo, y la concurrencia se aumentó notablemente. A la sencilla lista de suscripciones sucedió una constitución fundamental: la mísera y asequible cuota individual de catorce reales o cuatro pesetas se elevó a dos napoleones de entrada, y uno por cada baile, y el local que a todos parecía cómodo y elegante al principio, se juzgó sombrío y miserable cuando se hallaron dentro de otro fantástico y provocador que llegó a sustituirle, el cual, a su vez, fue sustituido este año por otro más grande y más ostentoso.

Este es el que yo he llegado a conocer y que te juro no cambiaría por el mejor salón de invierno de Madrid. La concurrencia es inmensa, la animación extraordinaria. Y ríome yo de debilidades. El miércoles oímos la una y media, bailando aún... a la intemperie, y nada..., ni un constipado. Aquí que nadie nos oye: las mujeres nos hacemos más frágiles de lo que somos en realidad. ¡Ay Laura, si vieras qué pinta saqué del baile! Con el polvo de la huerta y el relente de la noche, llevaba un revoque general que daba miedo. ¡Cómo baila esta gente, qué afición tan decidida!... De lo otro, nada; mucho palique, mucha vulgaridad, indianos restaurados, pollos de Universidad, retahílas incomprensibles medio en hebreo y la mitad en castellano. Los que algo prometen no se acercan. ¡Groseros! ¿Querrás creer, Laura, que el ambigú tiene más partidarios que nosotras? ¿Que hay hombres, y muchos, que van al baile arrastrados por los atractivos de su pequeña fonda? Esto me carga, y me temo que pueda producir serios   -79-   compromisos. ¡Mira que son muchas las botellas que se destapan!... Y échate a discurrir si la costumbre toma cuerpo, porque estamos en minoría. Quisiera hacerte una pintura fiel del aspecto exterior del baile y del ambigú a él adjunto, porque bien lo merece la deslumbrante perspectiva que presenta entre las tinieblas de la noche; pero sobre no sentirme con fuerzas para ello, tampoco me sobra el tiempo de que puedo disponer. En su defecto, te recomiendo el Boletín de Comercio del día 16: en él hallarás para el caso más aún de lo que necesite tu curiosidad.

Después que te informes, hazme el obsequio de transmitir el papelito con una caricia de mi parte a El Cócora, cuyo amigo sabrá utilizar mejor que nosotras aquel modelo de descriptiva plástica. Pero con mucho cuidado, niña; no haga el diablo que te pille esta carta y me encocore con uno de los linternazos de costumbre. Mira, Laura: aunque no soy literata, ni poetisa, ni escritora de moda y otros géneros, como doña María Pilar Sinués del Marco; en fin: aunque no me he dado al público, ni siquiera con mis iniciales, te juro que ese Cócora me da miedo: es tan reparón y tan..., y luego sabe tanta ortografía y es tan descarado... ¡Ah!, si yo supiera escribir y tomar puntos de estilo, como tomo los de las medias..., pobre de él. Por si acaso, no le digas nada.

Volvamos al principio de nuestro asunto.

Como te he dicho, apenas llegué a ésta comenzaron las romerías, alternando con los bailes campestres y los paseos de la Alameda. Romea y la Berrobianco acababan de marchar de este teatro, dejando al público alborotado y con todos los síntomas del que se halla decidido a emprenderla con lo primero que le pongan delante hasta la llegada de las corridas, motivo esencial de tan inusitada efervescencia. Arjona, con toda su compañía, se anunciaba con un abono por dieciséis representaciones dramáticas. El eclipse de sol, estando Santander en lo más oscuro de la faja sombría, excitaba también la curiosidad y aguijoneaba nuestra impaciencia; y como si esto fuese poco, se presenta el Himalaya en esta bahía, con las comisiones de astrónomos extranjeros. Agrega a esta serie de pasatiempos los baños de mar y las peregrinaciones a Renedo, a Guarnizo y el Astillero; a pasear unas veces y a comer otras con familias conocidas y que están veraneando en estos pueblos, y dime si me habrá quedado tiempo ni para reflexionar sobre el que voy pasando. Por supuesto, que ya no hay fonda ni casa de huéspedes que pueda recibirlos: la afluencia de forasteros es incalculable.

¡Qué mal hiciste, Laura, en no acompañarme en mi expedición!

No sé si es porque nunca he salido hasta hoy del casco de Madrid; pero se me figura que ni en París debe gozarle tanto como en Santander en los cuatro meses de verano. ¡Si vieras qué bella es esta campiña, qué verde, qué frondosa! Y luego, el mar, y la bahía. ¿Qué vale el estanque del Retiro? Lo menos tiene esta bahía veinte como él; pero qué digo veinte... y también veintidós... Y la mar dice mi patrona que tiene lo menos treinta bahías, conque figúrate lo que será. La primera vez que me embarqué fue en un bote para ir a ver al Himalaya. Tuve miedo: agua, agua siempre, y luego tan hondo... ¡Ay, qué horror! ¿Sabes lo que es el Himalaya? Es un vapor inglés colosal; figúrate la casa de Cordero sobre el estanque grande; no, figúrate que todo el Campo del Moro es agua, y también la plaza de Oriente, y Palacio encima con tres palos muy altos y una chimenea en lugar de la cúpula de la capilla; no hallo otra comparación que hacerte de este buque, porque la falúa de su majestad   -80-   es muy pequeña y es el único barco que tú conoces.

Los oficiales ingleses son bastante buenos chicos; pero gastan unas patillas muy feas y tienen la visera muy larga. Me gustan más los marinos españoles que voy conociendo aquí. Por lo demás, son muy amables en su idioma y a su manera. ¡Y qué paciencia han necesitado! Desde la punta del muelle a San Martín, donde estaba el vapor, había constantemente un cordón de botes conduciendo curiosos: los puentes del Himalaya, así por lo espaciosos como por lo concurridos, parecían la calle de Alcalá, y sus magníficas cámaras y demás departamentos me recordaban, viéndolos atascados de personas boquiabiertas y preguntonas, al Museo de Pinturas en domingo en que no llueve, o al salón bajo de Trinidad durante las rifas de la Inclusa. Por eso te dije antes que la llegada de este buque había sido un motivo más de bulla y de divertimiento. Algo mejor nos lo proporcionó que el tan decantado eclipse. Nos quedamos por un momento completamente a oscuras, y pare usted de contar; otro tanto hubiera hecho un chaparrón vulgar o una tronada de verano. A haberse dado el espectáculo por una Empresa particular, como verbi gratia, don Justo Hernández, el público la hubiera silbado y reclamado el valor de la entrada, que en esta ocasión fue gratis, y es lo mejor que tuvo la función.

Pocos días después, el 25, fue la primera corrida de toros, motivo que acabo de inundar la población de forasteros, y pásmate, hizo que el severo Gobierno de la Gran Bretaña mandase, a solicitud de los tripulantes, detenerse hasta el 26 en este puerto al Himalaya.

Durante la corrida pude observar mejor que nunca que el carácter montañés es capaz de todo. La plaza estaba llena y la bulla aturdía, mareaba; me parece a propósito que en tal público entraba por más el afán de hacer ruido que el caudal de chistes. Las montañesas, bellísimas, encantadoras, hay que confesarlo. En cuanto a afición, no sé hasta dónde alcanza la que tienen a los toros; pero si no es tanta como la de las madrileñas, tienen, en cambio, un aspecto tal de indiferencia durante los sangrientos lances, que aterra. Desdichado el hombre que pierda su corazón entre estos aparentes hielos del norte de España. Estremécete, Laura: la mayor parte de los caballos que van pereciendo son veteranos de la campaña de África. Tal vez alguno de ellos condujo a Pedro Mur al campamento enemigo; tal vez los otros salvaron con su ligereza y noble obediencia la vida de otros tantos guerreros, y todos ellos de seguro sirvieron a la causa de la civilización contra la barbarie. ¿Qué dirían si pudiesen hablar, cuando el toro desgarra sus ijares? ¡Oh! Seguramente, antes de lamentar la ingratitud de los hombres, pensarían, más nobles que éstos, que aún duraba la campaña, o que en vez de conquistadores volvimos a España conquistados. Si así paga la patria los servicios que se le prestan, me alegro de haber nacido mujer.

¡Ay, amiga mía, qué público tan grosero!

¡Pues no ha dado en la gracia, cuando entramos las mujeres en los palcos, de silbar y armar estrepitosa algazara desde los tendidos, porque aquellas localidades, tras estar en forma de gradas que hay que saltar de la más alta a la más baja, no tienen más pantalla que un transparente enverjado de madera! Esta conducta es dos veces estúpida, como dije el primer día que la noté: primero, porque se falta con ella al respeto que se nos debe aun en una plaza de toros, y segundo, porque ya que los imprudentes de los tendidos tratan de explotar los descuidos de la Empresa constructora de la plaza, con, seguirían mejor su objeto calladitos y   -81-   disimulados. Mas ¿a qué extrañar esto en un público que arroja frascos y botellas a la cuadrilla porque el presidente manda tocar a banderillas?... ¿Y a qué extrañarnos de todo ello cuando sucede en un recinto donde entra la unción antes que el público? Dejemos la parte trágica y vamos a la cómica. Cúchares brindó la muerte de un toro a la salú de los ingleses del Himalaya y a la de la reina Victoria. Los favorecidos arrojaron más tarde un bolsillo bien repleto al espada, justamente con una invitación a toda la cuadrilla para aquella misma noche en el vapor. Los invitados no se hicieron esperar y fueron recibidos a bordo por toda la tripulación formada como en parada. El comandante presentó solemnemente al matador, como él decía, a la tripulación; comenzaron los obsequios, y a la mañana siguiente partió de esta bahía el colosal Himalaya, llevándose las comisiones de astrónomos, que si no pudieron estudiar bien a su gusto el eclipse de sol, en cambio, por ellos, el Gobierno de Londres tendrá la satisfacción de saber facultativamente lo que son en España una corrida de toros y dos bailes de campo. No perdió el tiempo el Himalaya.

La segunda corrida estuvo bastante mejor que la primera; es decir, hubo más porrazos, más sangre y más alaridos. Si anhelas más pormenores, ahí está La Abeja Montañesa, que te los dará. Lee sus revistas de toros. Si yo conociera al revistero ya le diría cuatro verdades. ¿A que es él uno de los que silban y fugean a las de los palcos? ¡Tanto rigor para la cuadrilla y tanta tolerancia para el público! ¿Para qué es la Prensa, señor? Para llamar sardinas y arcos de violín a los pobres y apuestos caballos procedentes de África y quejarse del toro que desbarriga pocos. ¡Oh filantrópico revistero! Y mañana hablará muy serio de humanidad y civilización. ¡Qué farsa, Laura, qué farsa es todo lo de este mundo!

Para dar las corridas restantes nos han dejado dos días de respiro, que terminan hoy; éstos son los que aprovecho para escribirte y descansar, porque te repito que estoy fatigada, muerta de cansancio.

Entre tanto, el pobre Arjona sigue trabajando con toda su excelente compañía, y sólo cuenta de público con el que no cabe en los demás espectáculos. «Arjona por Arjona -parece que se han dicho todos-, me voy con el de la plaza». Y cuidado que es lástima, porque en el teatro se están representando cosas muy buenas. La otra noche me hicieron llorar con Los lazos de la familia; pero ya se ve: Arjona hacía un tipo tan bueno; Tamayo, un marido tan... ¡ay, qué marido, Laura; así lo quisiera yo! ¡Me daba una rabia de la Rodríguez porque no le quería perdonar! Luego, la Hijosa, tan cándida y espontánea, figuraba una hija tan mona; en fin, que presentaron un cuadro final que partía el alma.

Sobre ello y la inflexibilidad del carácter de aquella mujer le diría yo al amiguito Larra cuatro cosas...; pero como ni siquiera me llamo María del Pilar Sinués del Marco, me callo. Tú ya conoces a Albalat; pues, amiga, cada vez está más oportuno y más gracioso. Este público le requiere con entusiasmo, y me alegro, porque me gusta mucho... (como actor), maliciosa.

No te cito más trabajos de la compañía, porque, sobre ser muchos, todos van a conciencia y no sé por cuál decidirme; además, esta carta se va haciendo tan larga como insípida, y yo necesito descansar, y descansar mucho, porque no es poco lo que aún me resta por andar. Por de pronto, faltan dos corridas de toros, varias romerías y muchos bailes de campo, y para antes de diez días se espera, por larga temporada   -82-   , a sus altezas los duques de Montpensier. Excuso decirte que con este motivo se proyectan grandes cosas..., y, en fin, Laura, que la temporada promete; mucho, mucho siento que no estés aquí.

Di a Luisito...; pero no le digas nada, porque a medida que veo el mundo voy cambiando de opinión. No seas charlataria, ¿eh?, que demasiado a tiempo lo sabrás.

Contéstame luego, y yo, a mi vez, te informaré de cuanto ocurra digno de nuestra atención. Entre tanto, espera un millón de besos, que no te envío ahora porque el cartero no los utilice, y sé tan feliz como desea tu tierna amiga, Carolina.

Para los efectos de la fe.

Paredes

(De La Abeja Montañesa.)

28 de julio de 1860.




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Cantos populares

(Traducción del alemán)



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- I -

Gilda se había clavado una espina en un pie saltando un seto.

Hacía un calor de todos los demonios.

Gilda, a la sombra de un camueso, con la punta de una navaja de Albacete, se sacaba la espina que se le clavó saltando el seto.

La cara de Gilda está cubierta por sus cabellos, mal amarrados sobre el cogote; su justillo, mal atado, deja al descubierto lo que un pañuelo de percal no alcanza a cubrir como debiera.

Cerca de Gilda, entre pardales, ortigas, juncias, mastranzos, posarmos, charcas y maleza, pastan cuadrúpedos, pían las gallinas, graznan los patos... y canta la chicharra.

Gilda, cuando no jura, pugnando con la espina, canta al uso de la tierra, requiere su justillo o sacude la melena.

-¡Qué hermosa está! -dice un carnero.

-¡Qué pezuña tan mona! -añade un buey.

-¡Qué ronquido tan dulce! -exclama un jumento.

-¡Qué voz tan envidiable! -canta la chicharra.

-¡Envidio su suavidad! -exclama el cardo.

-¡Y yo su tersura! -dijo la zarza.

-¡Y yo su esbeltez! -añadió la grana.

-¡Y yo su sal! -expuso el puerro.

-¡Y yo su poesía y su limpieza! -dijo una charca que estaba engullendo dos inocentes corderillos.

En fin, que Gilda era toda una moza, y tenía, además, el padre alcalde de toda la comarca.




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- II -

Gildo partía leña en un corral inmediato, en la casa de Gilda.

Gildo no era del pueblo, pero servía al alcalde, no por el mezquino salario que ganaba, sino porque amaba a Gilda, y Gilda tenía de dote una pareja de novillos, dos cerdos, seis ovejas, un cobertizo y un huerto.

Pero Gildo era muy bruto; tenía mucha fuerza, y el alcalde no le quería para esposo de Gilda, quien estaba   -83-   prometida a un guardabosques gran compinche del alcalde.




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- III -

-Escucha, Gilda: tu padre no quiere que yo sea su hijo; pero yo quiero casarme contigo.

-Me consta, Gildo; pero mi padre no lo consentirá nunca.

-Lo sé; y por eso he ido a la villa y he comprado en un baratillo, con mis ahorros, un refajo de seda, un gorro con plumero, un collar de perlas de cristal y un abanico; además, una casaca azul, un sombrero de copa y unos guantes verdes. Tú te pondrás la saya de seda, el gorro con plumero, el collar de perlas, y te abanicarás; yo me pondré la casaca azul, el sombrero de copa y los guantes verdes. Después tomaremos el pollino que rebuzna ahora en el corral, yo le montaré, te pondré a las ancas y nos escaparemos a mi pueblo, hechos dos señores, y allí nos casaremos.

-¡Ay Gildo!, me cela mi padre, que tiene muy mal vino; me cela el guardabosques, que es un bárbaro; me celan los alguaciles del Concejo, que no me pierden de vista, y me celan todos los vecinos del barrio, que temen a mi padre.

-Gilda, para el vino de tu padre, para el bruto del guardabosques, para los alguaciles y para los vecinos de barrio que temen a tu padre tengo yo un garrote, que llevaremos a la grupa del pollino.

-Pues alza, moreno, y vamos andando.




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- IV -

Gildo coloca sobre el pollino dos sacos de paja; monta sobre el primero y sienta a Gilda sobre el segundo, antes que el gallo anuncie la venida de la aurora.

Hala, hala, hala, pasan unas praderas y llegan a un bosque cuando ya había amanecido, y encuentran a un segador que caminaba hacia el pueblo de Gilda.

«Yo no conozco ese vestido, ni ese gorro con plumero, ni ese collar, ni ese abanico, ni tampoco ese sombrero, ni ese futraque, ni esos guantes verdes; pero ese talle robusto, esa cara de noche, ese ojo bizco y ese otro llorón son los de Gilda, y esa cabeza tan gorda, esas greñas tan rudas, esa nariz chata y esa boca de mastín son las de Gildo, y ese que montan los dos es el pollino del alcalde. Estos la van a hacer; anda moscona, yo se lo diré a tu padre».

-Gildo, nos perdimos; este hombre canta de plano en cuanto llegue al pueblo.

-Gilda mía, yo le daré sebo para que llegue primero.

-Pues atiza y vámonos.

Gildo se escupe las manos, toma en ellas el garrote, y del primer golpe echa un hombro abajo al segador.

Mientras éste gime en el suelo, los dos fugitivos continúan caminando; pero el calor aprieta, y Gilda quiere agua con anisete.

Gildo también tiene sed y hambre, y quiere añadir al agua un par de huevos fritos y media azumbre de lo tinto en una taberna que hallan al paso.




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- V -

-Gildo, Gildo, bebe con pulso, no te achispes, que nos persiguen. Mientras he estado en el huerto inmediato he oído los conjuros de mi padre, los ternos del guardabosques, el eco de su trabuco, el látigo de su perro y las voces de los alguaciles. Gildo, no bebas más, que nos persiguen.

-Pues firme con ellos, Gilda. Mete el burro en la cuadra, coge una estaca   -84-   y unos morrillos y prepárate a la pelea, porque yo no me entrego.

-¡Ay Gildo!, yo sé arar, sé partir leña, sé rozar, sé armar un seto y correr tras el ganado; pego una bofetada al lucero del alba; pero no sé pelear contra mi padre.

Gildo sale al encuentro, empuña su garrote y de un solo golpe tumba al alguacil. Luego se enreda con los otros.

Gilda toma un morrillo y salta con él un ojo a su padre.

Gildo continúa en su empresa y derriba también al guardabosques.

-Basta, basta de leña, Gildo mio. Todos están por tierra, y el mastín escapa aullando y en tres pies hacia el lugar. Ven y huyamos.

Pero, ¡ay!, Gildo, al derribar al guardabosques, ha perdido de un trabucazo media quijada.

Gilda la encuentra, la limpia con el vestido de seda y se la guarda en el seno.




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- VI -

Llegan a la choza de los padres de Gildo, quien les presenta su prometida.

Gilda saca la quijada, se la ajusta a Gildo y pide una bizma de pez y trementina pa q'agarre.

Gildo se deja curar, y luego se recoge a la pajera; crecen sus dolores, pierde el poco juicio que tenía, sale al corral, salta la pared y se arroja al pozo de la noria.

Por la mañana Gildo no aparece, hasta que más tarde le saca la rueda hecho una lástima y aplastado el cráneo.

La desgraciada Gilda hunde la comarca a berridos.

Los padres de Gildo le echan la culpa de su muerte; paréceles mal que sobre ello, turbe la paz del vecindario, y la arrojan de casa a linternazos.

Y huyendo de pueblo en pueblo, llegó al suyo, donde no conoce a su padre, tuerto y cojo desde la refriega del bosque.

Conócela él, hincase ella de rodillas, pídele perdón y él se lo otorga si se casa con el guardabosques, que aún vive, pero sordo desde la paliza.

Gilda, suspirando por Gildo, se une al guardabosques.

-Hoy me las pagas, bribona; te voy a romper el bautismo. ¡Toma por tu padre, por mí y por toda tu arrastrada generación!

¡Infeliz Gilda! Murió de la tunda...

El alcalde, buscando un amparo para sus lágrimas, no halló más que el jarro del aguardiente; dióse a él y reventó de ahíto.

A la mañana siguiente se enterraron en el pueblo tres cadáveres, porque el del guardabosques apareció colgado del camueso que prestaba sombra a Gilda cuando se sacaba la espina que se clavó en el pie saltando un seto.

(De La Abeja Montañesa.)

11 de abril de 1861.





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Los zánganos de la prensa


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- I -

Como quiera que hay todavía en el mundo señores que se pudren bajo el cascarón de su modestia sin atreverse a sacar fuera de él ni las narices para respirar el aire de la actual efervescencia social, juzgo como obra meritoria presentar a la consideración de esos desgraciados el plano detallado de una senda para ellos desconocida, y por la cual se llega, cuando menos, hasta el respeto y la admiración de las almas sencillas, de esas almas destinadas por el Hacedor Supremo a ser público inocente en el teatro del mundo y a no llegar a actor jamás.

Voy a presentar al desnudo una variedad de periodismo, industrial, entre otras muchas que citar pudiera, la más fácil, la más asequible, la de más lustre.

No se trata del periodismo grande, del periodismo que no paga multas, ni derecho de timbre, ni otras gabelas semejantes: del periodismo Político, en fin. Por éste, es verdad, se llega a veces a los altos destinos de la nación o, cuando menos, a tutear a los ministros de la Corona o hacerlos vacilar en sus puestos; pero se necesita para ello alguna travesura, un poco de talento y, con frecuencia, mucho trabajo. Se necesita, en una palabra, ser abeja, y lo que yo quiero para mis protegidos es que sean zánganos de esa gran colmena en que elabora la miel intelectual.

Para esto es casi indispensable residir en una capital de provincia, y de todo punto necesario fundar en ella un periódico de intereses morales y materiales. Este es nuestro terreno.

Marchando por él no llega ni siquiera a gobernador de segunda clase; hay que tener esto muy en cuenta; pero, en cambio, se consigue ser la pesadilla de los Municipios, ganarse el respeto de sus agentes diurnos y nocturnos, el de los malos actores de la compañía que trabaja en el teatro de la localidad, el de los maestros de Primera enseñanza, consideración en algunos establecimientos públicos, billetes de invitación para actos académicos, nombramientos de vocal en casi todas las Comisiones locales, los finos saludos de comerciantes e industriales del pan cuando se encuentran lastimados sus intereses, aliquando la honra de ser miembro ad honorem del Consejo de Administración de alguna Sociedad anónima de ruido y fama, las dulcísimas sonrisas de las damas que reciben ciertos días a la semana, el entusiasmo de los tontos, que ya es ganar; el aprecio más cordial de los licurgos callejeros que viven en perpetuo comunicado y de sempiterna queja, y tutti quanti.

Esto puede conseguirse en provincias sin una chispa de talento, sin el más leve trabajo. Osadía y una tijera; he aquí lo que se necesita. Desdichado de aquel que intentara llegar a igual fin con desvelos, estudio, conciencia y asiduidad. En provincias, más que en la corte, en el terreno de los intereses morales y materiales, más que en el político, es donde más inconveniente hay en ser abeja, donde más indispensable se hace ser zángano.

Y ya de lleno en el asunto, expliquemos..., a todo el que no lo sepa, el mecanismo de la Prensa zángana de España, el de las tres cuartas partes de los periódicos grandes y pequeños que circulan por esos correos de Dios; la   -86-   manera económica de ser publicista y hombre de importancia; el arte, en fin, de presentarse pavo real sin dejar de ser grajo.




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- II -

Todo periódico de tijera bien montado debe cambiar con cuantos científicos y económicos se publiquen en el reino, en la inteligencia de que una colección bien surtida de éstos es su principal elemento. Debe haberse procurado, y esto es de muy buen efecto, obtener el permiso competente para estampar a la cabeza de la publicación, siquiera una vez al mes, una larga lista, por orden alfabético, de nombres célebres en ciencias, artes y letras, la cual se llamará: «Lista de colaboradores de nuestro periódico».

Este permiso se consigue casi siempre que se solicita de dichas notabilidades, y la adquisición de él es utilísima, como iremos viendo.

Provisto, pues, el periódico del arsenal de los científicos y económicos y de los de noticias de Madrid y provincias, que también aceptan siempre el cambio, pasemos a examinar las tareas diarias de su Redacción.

El jefe o director de ello busca en la consabida colección el artículo que más se acerque a las necesidades de la localidad en que pasa la escena y que más quepa dentro de la condición no política del periódico. Si el artículo no lleva firma, mejor; si lleva la de alguno de nuestros colaboradores, retemejor, y si es desconocida, es decir, que no es la de ninguno de nuestros muy queridos amigos, calificación que daremos a todo escritor de nota, aunque no figure en la lista consabida, la eliminaremos y asunto concluido.

Elegido el artículo, se toma la tijera, se recorta escrupulosamente, se llama a un cajista, se le pone la tira en la mano y se le dice en tono muy hueco y campanudo: «Fondo». El cajista sale, el redactor deja la sección de diarios económicos, rebusca en los de noticias, fijase en los extractos de la Gaceta, marca algunas disposiciones del Gobierno sobre instrucción, obras públicas, marina, etcétera; vuelve a empuñar la tijera, recorta tres o cuatro pedazos, llama de nuevo al cajista y, poniéndoselos en la mano, le despide diciendo con la misma gravedad de antes: «Sueltos».

No siempre se escribe así la sección editorial de un zángano. Tanto para hacer creer mejor que son originales los artículos publicados en ella sin advertencia alguna, como para distraer un poco la atención de sus legítimos autores, es costumbre encabezar lo reproducido con las siguientes palabras:

«Retiramos con gusto el artículo editorial que habíamos escrito para este número para dar cabida al siguiente, que tomamos del N***, por creer su asunto del mayor interés para nuestros lectores...».

O con estas otras:

«Por estar enteramente de acuerdo con las ideas emitidas en el siguiente artículo, que publica el N*** (si no lleva firma), o que publica en el N*** (si la lleva) nuestro muy querido amigo el señor X, le damos cabida en nuestro diario, retirando hasta otro día los materiales que teníamos dispuestos para hoy...».

Esto lo cree el lector cándido como artículo de fe, y admira el celo y el trabajo que se toma el periódico por los intereses públicos; y cuando, al día siguiente, ve un artículo, sin encabezado ni firma, tratando altas cuestiones financieras, se le traga como pan bendito, como de Redacción, y no cree es de tijera si se lo juran.

Y explicadas ya las dificultades ordinarias de la sección editorial del periódico zángano, paso a exponer la manera de llenar la de noticias generales.

  -87-  

Esta operación ofrece menos dificultades aún que la anterior. Si las noticias son a secas, es decir, sin comentarios, se toman lo mismo que se hallan, y, previo tijeretazo, se envían a las cajas. Si están comentadas, después de recortadas se pegan con una oblea a una cuartilla de papel y se ponen encima estas palabras:

«Nos escriben de*** lo siguiente... ».

Si la noticia envuelve algún interés o se refiere a algún acontecimiento ruidoso, trágico o cómico; si contiene, en una palabra, detalles interesantes, se le pone a la cabeza este párrafo:

«Nuestro celoso y activo corresponsal de*** nos comunica los siguientes pormenores acerca de un asunto que está llamando fuertemente la atención en aquella localidad...».

Cuando se teme que el suceso se haya popularizado mucho y esté relatado de una misma manera en varios periódicos, se dirá solamente al frente de la noticia:

«Escriben de*** lo siguiente...».

De este modo no puede ofenderse el periódico que se copia, y cree nuestro escritor que nos referimos a correspondencias particulares; es decir, que sabemos algo más de lo que sabe el público.

Así se escriben las correspondencias nacionales de las cuatro quintas partes de los periódicos de España.

Sepa ahora cómo se tiene corresponsales extranjeros. Se toman varias noticias extranjeras, no de los periódicos extranjeros, pues esto exigiría trabajo para traducirlas y dinero para adquirirlas, sino de los periódicos nacionales que han hecho estas tonterías; se colocan en buen orden, se pone encima: «París, tantos de tal mes, etc. -Señor director del Z. -Muy señor mío y amigo...».

Se corona todo con este paréntesis («Correspondencia particular del Z»), y se firma con una discretísima X.

Las demás noticias extranjeras se toman como están en los periódicos españoles.

No hay más dificultades que éstas para la confección de la sección de noticias generales.

Veamos la de gacetillas.

Esta exige algún trabajo de mollera propia, pero un trabajo de facilísimo desempeño. El alcalde, los perros, los serenos, el empedrado, los mercados, los guardias municipales, etc., etc., dan materia más que suficiente para escribir cada día un par de sueltos como el siguiente:

«Abusos. -Lo cometen, y no pequeño, los vigilantes nocturnos cantando la hora de un modo tan confuso que nadie entiende lo que quieren decir. ¿Es esto cumplir con su deber? ¿Para esto se les paga? ¿Será posible que el señor alcalde no tenga fuerza de autoridad bastante para hacer que aquellos señores canten más claro? Esta y no otra es la misión de los serenos».

Pues, señor, que se enmendaron y cantan la hora como ruiseñores; ahí entramos nosotros:

«Esto es insoportable. -Lo que está pasando con los serenos no tiene nombre. En su afán de cantar claro las horas, dan cada grito que hacen imposible el sueño en la vecindad. La misión del sereno no es cantar, sino vigilar. ¿Qué hace el Ayuntamiento que no pone coto a estos desmanes?».

Ya ve el lector cómo es imposible que falte material para dos o tres sueltecitos diarios de esta clase, otros tres o cuatro de sucesos raros (que se hallarán irremisiblemente en las gacetillas extranjeras de La España o El Clamor Público) y unos versitos melosos con el epígrafe A***, en los cuales haya «desdenes, corazón» y «torcedores» y se pida «aliento de rosas, fuego de ojos» y «calor de mejillas», como si todo ello fuera humo de pajas, versos que, por desgracia de la musa castellana   -88-   , se hallan en el primer periódico a que se echa mano, llenan cumplidamente la sección. Las mujeres la devoran, y se creen cada una objeto de la poesía que contiene; la novia del gacetillero (pues por feo y raro que éste sea es de rigor que la tenga) admira la inspiración de su amante; éste se pavonea e hispe en público como si quisiera meterle por los ojos su talento, y los cándidos, al verle, no pueden menos de contemplarle en éxtasis y de exclamar luego:

-¡Qué muchacho! ¡Lo que él sabe...!

Fáltame hablar de la sección de variedades. Esta no es diaria; pero puede serlo si se quiere, porque es de las más cómodas del periódico. El primer artículo bonito que nos echarnos a la cara sirve para el objeto después de quitarle la firma. Es muy probable que haya en la cartera de la Redacción dos o tres docenas de poesías de jóvenes sin pretensiones o de actores aficionados a la musa, poesías que habrán ido a parar allí desechadas por otros periódicos más abejas; publiquese alguna de ellas, y estamos despachados. «En obsequio de nuestras bellas y amables escritoras» podemos dar también en esta sección un artículo de modas que nos remite desde el centro mismo del mundo elegante nuestro corresponsal ad hoc, persona competentísima en la materia, pues tanto por su elevada posición social como por otras especiales prendas que en él concurren está, como nadie, al pormenor de los acontecimientos fashionables de la sociedad parisiense. Es decir, podemos poner este encabezado a un artículo que arrancamos de un periódico de modas o que tomamos de otro que, a su vez, le tomó de él.

Se ve, pues, que el procedimiento para hacer esta sección no puede ser más sencillo.

En cuanto a la parte mercantil, un amigo cualquiera nos da hecha la reseña de la plaza a cambio de un número que le damos gratis; las revistas de otros mercados las tomamos de los periódicos de sus respectivas localidades.

Y con esto dejo bien explicada la manera de vivir de los zánganos de la Prensa española; la cantidad de talento, de desvelos y de todo género de sacrificios que se necesita diariamente para la confección de esa clase de órganos soi disant de la opinión pública.




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- III -

Quiero ahora, para terminar mejor el cuadro, exponer a la consideración de mis neófitos los trabajos extraordinarios que deben hacerse en toda redacción de tijera que aprecie algo su dignidad. Y mucho ojo en este asunto, porque es de alta importancia.

Una vez cada quince días, por lo menos, debe acometerse a la corporación municipal, pidiéndole precisamente lo que no esté en sus fuerzas conceder, o desaprobando en todas sus partes cual, quier proyecto suyo que esté ejecutándose. Nada de contemplaciones de ella. ¿Hace una fuente? Abajo con ella, porque el dinero que cuesta estaría mejor empleado en empedrar calles, ensanchar la población, etc., etc. ¿Se están empedrando algunas calles o se están derribando tapias? Que a qué viene ese lujo de ruinas, cuando no hay bastantes fuentes en la capital; que por arriba, que por abajo, que la mala administración, que el abuso, etc., etc. La gran ocasión de echar un párrafo es cuando se sabe que deben haber ingresado algunas cantidades en el Tesoro municipal. Al ingresar: «¿Qué se piensa hacer de esos fondos? ¿Nos darán esto? ¿Se nos dará lo otro? ¿Se pagará a Juan? ¿Se indemnizará a Pedro?». Cuando se supone que se han   -89-   invertido los fondos: «¿En qué paró aquello? Ni se nos ha dado, ni lo otro, ni se ha indemnizado a Pedro, ni se ha pagado a Juan. Protestamos contra este despilfarro. El alcalde es un tal y sus compañeros de Municipio unos cuales». Adviértase que el fuerte de todo periódico zángano ha de ser la fiscalización, aparentar siempre recelos y sospechas. El objeto es que digan los lectores cándidos:

-¡Qué pillo es! ¡El que a éstos se la pegue...!

El estilo de estos artículos ha de ser campanudo y solemne; siempre se ha de hablar en nombre de «los sagrados intereses que representarnos»; no se ha de detener «nuestra pluma ante ningún género de consideraciones bastardas, porque en el estado de la Prensa y dentro de la noble misión que nos hemos impuesto no caben mezquinas pasiones, ni se cede al favoritismo jerárquico, ni se admiten banderías, ni se toleran desafueros...», y todo lo que se quisiera, por esta senda, procurando siempre, aunque es ocioso advertirlo, que si bien deben prometerse toda clase de razones en pro de la tesis, no debe estamparse una sola. Es de rigor que estos artículos concluyan siempre con estas palabras: «Ya nos ocuparemos otro día de tan importante asunto con toda la extensión y copia de razones que exige».

Inútil es advertir que cuando, por cualquier consideración, no se tenga por conveniente embestir al Municipio, se puede atacar con la misma fórmula a la Diputación Provincial, a las sociedades de crédito, oficinas de Hacienda, etcétera, etc.; en una palabra: a toda Junta, Corporación u oficina que no puede replicar, pero que sea de la jurisdicción del público.

Suele suceder que un ex abrupto de esta clase o un articulo de tijera publicado como original produce una contestación en otro periódico de la localidad. Para estos casos tenemos la fórmula siguiente:

«El N*** se hace cargo en su número tantos del artículo que dedicamos el día cuantos al asunto tal. Chasco se lleva el N*** si ha creído que su pretenciosa contestación ha de bastar a arrojarnos de la fuerte posición que ocupamos. Las graves ocupaciones que hoy pesan sobre nosotros nos impiden deshacer los pocos y mal urdidos argumentos con que nos ataca con una intención bien poco evangélica; pero aunque el público no la necesitara, pues está con nosotros, no se hará esperar nuestra réplica, que será tan cumplida como el asunto y nuestra dignidad lo exigen».

El colega replicará, y con razón, que no hemos expuesto ninguna, que los rayos son para cuando truena y que nuestra contestación equivale a confesarnos derrotados. A lo cual diremos nosotros (que esperamos ya esta banderilla) que nuestro colega quiere meter el asunto a barato, que nosotros estimamos más el decoro que la Prensa; que, en vista de ello, tendríamos a menos hacernos cargo de sus palabras, y que es aquélla la última vez que nos ocupamos de semejante periódico. Este, en buenas razones, nos llamará mentecatos; pero nosotros no le haremos caso, nuestros lectores admirarán nuestra digna actitud, y el compromiso habrá desaparecido.

Si, mientras está nuestro periódico publicando a más y mejor series de artículos económicos adquiridos a tijeretazo limpio, surgiese de repente una cuestión puramente local, de esas que hacen indispensable la intervención de la Prensa, se dejará pasar la efervescencia del primer día, y al siguiente escribiremos un suelto modelado en este troquel:

«Abrumados bajo el peso de las tareas que tenemos sobre nosotros; preocupados por la importancia de las   -90-   cuestiones que venimos ventilando días ha en nuestro periódico, nos ha sido imposible hacernos cargo del acontecimiento que absorbe desde anteayer toda la atención de este pueblo. Más en el deber en que estamos de velar por los intereses comunes y de pelear en el campo de la justicia hasta exhalar el último aliento, damos tregua por un instante a nuestra actual ocupación para consagrarnos en cuerpo y alma a la cuestión del día. Ardua es ésta y espinosa por demás; influencias existen enfrente de la razón que han de dificultar su triunfo; pero nuestra fe es grande, nuestra causa santa, y la verdad brillará al cabo sobre los amaños y el soborno, como comprenden muy bien nuestros lectores; estos asuntos no se resuelven en un solo día y requieren grandes desvelos de parte del periodista que ha de ventilarlos. Por esta razón, y ocupados como estamos en examinar detenidamente el caso en cuestión, nos abstenemos hoy de entrar en más detalles, limitándonos mientras aparece nuestro primer artículo, a protestar con toda la energía de nuestro carácter contra el giro tortuoso e inmoral que por bastardas influencias se ha dado a un asunto tan claro y tan sencillo en su naturaleza. ¡Ay del día de las venganzas! ¡Ay del día de las justicias! Nos iremos explicando más claro».

Al día siguiente se dice que motivos ajenos a la voluntad de la Redacción han impedido la publicación en aquel número del artículo prometido; pero que no se hará éste esperar mucho. Con esta advertencia, nadie extraña que el artículo no aparezca el tercer día, y como al cuarto sería ya inoportuno, pues habrá pasado en la población, la efervescencia de la novedad, continuamos muy serios dándole a la tijera y sirviendo a nuestros amables suscriptores largas teorías económicas, sin firma, desentendiéndonos por completo del reciente lance.

Cuando el periódico sufre esta clase de percances es la ocasión más favorable para dar al público un sueltecillo como éste:

«Continuamente estamos recibiendo cartas anónimas de varias partes de la Península, en las cuales no solamente se nos felicita por nuestra digna actitud en todo género de polémicas, sino que se nos proporcionan luminosos y abundantes datos para seguir adelante en la obra regeneradora que con tanta fe hemos emprendido. Sentimos en el alma que los señores que nos honran así con sus pláticas y sus escritos prescindan de poner su firma al pie; pues, fieles al propósito que hemos hecho de no publicar en nuestro periódico ningún trabajo anónimo, se privan nuestros suscriptores de leer artículos tan concienzudos y discretos como los que, desgraciadamente, se pudrirán, por falta de dicho requisito, en las carpetas de nuestra Redacción».

Estas líneas, creídas como artículo de fe por los cándidos, levantan el periódico un palmo más en la pública consideración y le proporcionan algún articulejo que le remite, alentado por la franqueza del mismo periódico, un modesto «vecino amante de la moralidad» o «un padre de familia», cuyos apelativos han de sustituir en público al nombre verdadero, que se queda en secreto y simplemente como garantía de la Redacción.

Nada más debo advertir a mis neófitos respecto a los trabajos extraordinarios de la Redacción editorial de un zángano.

En la de noticias convendrá de cuando en cuando publicar tanto las correspondencias nacionales como las extranjeras, no tal como los periódicos traen aquéllas, sino extractadas, corregidas y aumentadas. Este es un trabajo puramente material, pero muy conveniente,   -91-   porque extravía un tantico la pista de algún lector malicioso.

Réstame sólo hacer una advertencia para la sección de gacetilla.

Cuando una familia de rumbo, o siquiera de algún lustre, de la población, dé una soirée, el periódico debe decir al día siguiente algo parecido a esto:

«Velada agradable. -Anoche abrieron sus salones los señores de Tal, ofreciendo a sus numerosos y escogidos amigos una elegante fiesta, que terminó a las dos de la mañana con un espléndido buffet. Inútil es decir que la distinguida y amable señora de Tal y su bella y distinguida hija se excedieron a sí mismas en finura y oportunidad. La concurrencia salió encantada de la esplendidez y galantería de los señores de Tal, a quienes suplicamos no tarden en proporcionarnos otras horas tan agradables y placenteras como las de anoche».

Esto se dice, no tanto para llenar un hueco en el periódico y halagar la vanidad de los señores de Tal, cuanto por pagarles, a fuer de estómagos agradecidos, los sorbetes y el jamón que nos dieron. Si no fuimos convidados a la fiesta, que todo podría ser, debe decirse lo mismo para que nos conviden a la inmediata.

¿Y habrá algún ser tan pusilánime que aún dude de hacerse periodista? Por si las consecuencias de la rapacidad literaria en que es preciso vivir constantemente le asustan, debo decirle, para su tranquilidad, que en España los trabajos de ingenio son terrenos baldíos; que lo que choca y admira no es el que se torne y se mutile y se despoje de su firma, sino el que haya autor tomado, mutilado y despojado que se atreva a protestar contra semejantes desafueros.

Un periódico que vive constantemente de la rapacidad de sus tijeras puede hasta anunciarse, sin miedo de que le desmienta nadie, como el diario «más ameno, más grande y más esmerado» en complacer al público.

Lo que no he podido comprender nunca es cómo un periódico zángano que puede surtirse del mejor género que circula por la Prensa sea malo.

Pues de éstos hay muchos.

Dirán algunos que consiste en que hasta para saber copiar se necesita talento; pero éstas son voces que echan los pobres periodistas abejas, indignados al ver que otros chupan lo que ellos sudan, y no hay que hacerles caso.

Lo único que puede sucederos el día menos pensado, y que puede poneros en un apuro grave, es que se os haga esta pregunta desde un periódico abeja:

«¿Qué dirían los redactores del Z*** de un hombre que viviese tomando de un establecimiento un queso de bola, de otro un par de jamones, de otro un saco de patatas y un quintal de manteca de otro, sin permiso de sus respectivos dueños, y poniéndose a venderlo todo junto, para su provecho, al lado de los mismos establecimientos de los cuales se surtía?».

Aquí no tendréis más remedio, si conocéis la vergüenza, que sí la conoceréis, que confesaros reos, y de no muy buena condición; «haceos los muertos y dejad el oficio».

Este es el partido más decoroso que os toca adoptar en concepto de vuestro apasionado.

(De La Abeja Montañesa.)

Julio de 1864.





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Cruzadas

El ingenio de la mujer en asuntos de adorno es inagotable. Ella, buscando siempre nuevos atractivos que lucir, se ha puesto las botas polacas, el dormán húngaro, la blusa garibaldina, la chaquetilla torera, el sombrero andaluz, la casaca militar, el casquete griego, la redecilla de Costillares, el piqué morisco... y qué sé yo cuántas cosas más.

Líbreme Dios de poner en duda que, por lo que respecta a las bellas santanderienses, no ha sido cada uno de estos objetos de adorno un arma mortífera que ha diezmado las filas del bando patilludo.

Negar esto sería negar la verdad. Por lo que a mí respecta, confieso mi resistencia, que en la mujer, cuando la considero desde el punto de vista puramente estético (y adviértase bien esta salvedad, por lo que pueda tronar), me gustan todos sus caprichos de adorno, hasta el de los retorcidos cuernos que tanto han excitado las iras gacetilleras, iras que nunca he comprendido, pues mientras ellas los lleven, ¿qué diablos perdemos nosotros? Si los papeles se trocasen, la cuestión sería distinta.

Vuelvo a la inagotabilidad del ingenio femenil en el ramo de adornos.

Recientemente, después de haber recorrido todo el orbe en busca de moda, los de trajes y objetos raros que colgarse, y después de haber colgádoselos todos, la mujer se ha echado la cruz a cuestas.

Con este motivo, el teatro de Santander es un Calvario días ha, y cada garganta de una mujer, una estación.

El pobre público, que es el crucificado, anda cayendo aquí y descansando allá y errando siempre de cruz en cruz, buscando con los ojos la en que ha de sucumbir.

Desde que se ha descubierto esta cruzada de nuevo género, los pollos no saben a qué santo encomendarse ni cómo tornar el signo de nuestra redención desde que le ven por semejantes alturas. Algunos dicen que puede perderse la devoción a este signo venerando prodigándole en los espectáculos profanos. Yo creo todo lo contrario; si las que le llevan consintiesen el culto público, no habría un solo hijo de Adán que, a trueque de besar la cruz, no pagase una limosna.

Afánanse algunos observadores en buscar la significación emblemática de semejante adorno.

Yo quiero suponer que la mujer se le colgó como se cuelgan los pendientes, sin otro objeto que el de parecer bien.

Por consiguiente, la cruz sobre su pecho no significa hoy más que lo que a la imaginación del observador se le antoja. Hablo en la inteligencia de que las cruces no lleven lema, lo cual ignoro, pues nunca he tenido la suerte de verlas de cerca.

¿Y de qué me servirá el lema, ahora que me acuerdo? Las cruces de ese Calvario no tienen a mis ojos otra significación que la que les presta la mujer que las arrastra. Así, por ejemplo, sobre el pecho de una morena de mirada firme y continente grave, me parece hallar el lema de Constantino: In hoc signo vinces.

Sobre la inquieta rubia de mirada sutil y risueña boca, ¿quién no lee en sus brazos (los de la cruz) el popular proverbio: «Tras de la cruz, el diablo»?

Jamás he visto este adorno sobre el pecho de una pálida, de mirada firme,   -93-   delgados labios y cabellera lánguida, que no se venga a las mientes la inscripción famosa de más de un apartado y lóbrego desfiladero:


Aquí mataron a un hombre;
rogad al Cielo por él.

Bajo un rostro diáfano y sereno, sombreado de rubios ondulantes cabellos, de la cruz, una cruz quiere decir: «Aquí está la caridad; ten, pasajero, fe y esperanza...».

Y basta de ejemplos, que los citados sobran para explicar mi modo de ver en este asunto, asunto delicado por demás, que abandono temeroso de que, en fuerza de andar revolviendo cruces, salga al fin crucificado.

NOTA. -Si me dejan escogerla a mi gusto, acepto, desde luego, el suplicio de la cruz.

(De La Abeja Montañesa.)

15 de diciembre de 1864.




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Correspondencia pública

París, 12 de enero de 1865.

Mi querido Eduardo10: Sé que no me perdonarías nunca que, hallándome en esta célebre capital, dejara de escribirte algunas líneas, siquiera por vía de saludo, al11 través de la distancia que hoy nos separa. Por otra parte, en el deber en que me has puesto de corresponder de alguna manera a las sabrosísimas epístolas que desde esa coronada villa me has dirigido por conducto de nuestra común amiga La Abeja Montañesa, no pudiera yo hallar unas circunstancias más favorables que en las que en la actualidad me rodean para hacer un esfuerzo con el auxilio de mi buen deseo, siquiera reanude todo mí trabajo en perjuicio de tus constantes y amabilísimas lectoras, mis inolvidables paisanas.

Para tratar de ganarme su benevolencia, dado que con tu amistad siempre estoy cumplido, como por nuestra tierra se dice, doy principio a mi primera y acaso única misiva desde aquí, previniéndote que no voy a entonar himnos a la civilización francesa, ni a detallarte la vida íntima de la Francia entera, ni a describirte el carácter verdadero de sus hijos, ni a comentar su influencia política y militar sobre las demás naciones del mundo. Parte de todo esto lo sabes tú mejor que yo, porque, desgraciadamente, hace mucho tiempo que no se habla en España de otra cosa; para el resto se necesita, sobre una fuerza de observación que yo no poseo, largos años de residencia en este país que apenas he visto12 por la superficie. Otra cosa muy distinta sucedería si yo fuera francés y París la capital de España. Desde el embustero Dumas hasta el sinvergüenza 13 corresponsal que envió a nuestra hidalga patria L'Illustration al inaugurarse la línea férrea del Pirineo, se nos viene enseñando en diversos estilos que para juzgar a un país lo que menos falta hace es conocerlo a fondo, y que lo único que se necesita es consultar, antes de salir de casa, la opinión que el que hemos de visitar merece al público que ha de leemos. Con esto y con14 media docena de casos particulares, convertidos después sobre el terreno en regla general, basta y aun sobra para presentar a la consideración   -94-   del mundo una nación en cueros vivos ¡Desdichada Francia si los extranjeros que la visitan la juzgaran desde París con semejante criterio! Si ese torbellino de viles pasiones, de vicios y miserias de todas especies que constantemente asedian al curioso viajero; si ese cieno en que tiene que mancharse aquí el más precavido, porque siempre lo halla al paso, fuera la Francia, no habría un solo hombre que, por bajo que apreciase su decoro, no se avergonzara de ser francés. Ese fabricante que entre reverencias y distinciones te recibe en su establecimiento donde todo se vende, desde la sonrisa de la hermosa dame au comptoir hasta el último clavo de sus lujosos escaparates, y donde todo es falso, desde esas sonrisas hasta el color de las mercancías, hasta las formas de la beldad que la preside por un salario proporcionado a la fuerza de sus hechizos; el commissionnaire, de frac y almidonada corbata, que se presta a todo género de bajezas por algunos sueldos, que él tendría buen cuidado de pedirte si tú no se los ofreces por respeto al elegante atavío que le adorna; ese infinito enjambre de petites dames que, envueltas en sedas y plumajes, subastan sus encantos en calles y cafés; las que pueblan las bailes públicos y entre los salvajes movimientos del cancán más parecen bestias de lascivia que seres de la misma especie que las mujeres honradas; los entes que, con figura de hombre y de hombre joven civilizado, las siguen en tan repugnante certamen; los millares de orgías en que se consumen diariamente caudales inmensos; los charlatanes que explotan, a la luz del día, a los incautos, dándoles grosero barro por oro fino; esa infinidad de industrias ejercidas a la vista de todo el mundo y que no te detallo por no manchar esta carta, pero que demuestran bien claramente que en París se consigue cuanto puede apetecerse, por extraño, por repugnante que ello sea, si se paga y que, como acabo de decirte, es lo primero que salta a los ojos del observador, darían motivos más que suficientes para demostrar que Francia no es otra cosa que el criadero de todos los vicios de la Humanidad y el depósito de todas sus miserias. Pero ¿estaría en lo justo quien tal hiciera? Creo que no.

Mirando la cuestión de buena fe, deteniéndose un poco en15 ciertas manifestaciones que se entrevén bajo tanta barbarie, esos tipos, esas costumbres irresistibles16 a toda persona formad en a atmósfera más pura, son simplemente la escoria que arroja a la superficie el inmenso cráter de un volcán en que se elabora incesantemente una civilización noble y sana. Aun admitiendo, como erradamente se cree por el vulgo, que toda la Francia sea París, deben concederse a esta nación grandes virtudes, porque las hay, y muchas, bajo la capa de cieno que envuelve su capital. Que ellas están en grave peligro con tan insana vecindad no te lo disputaré. Pero ¿por qué hemos de tomar, por ejemplo, por tipo de la buena sociedad de París a la loreta que sobre ligero y fantástico carruaje va a Bologne a hacer ostentación de las brillantes galas de que la surte el último adulador a quien está arruinando, y no a la honrada señora que, en modesto carruaje17, se cruza con ella en el camino para ir a llevar un consuelo a la virtud acrisolada por la miseria en una desabrigada buhardilla? ¿Por qué hemos de juzgar del carácter del ingenio francés por los infames libelistas que viven mordiendo la honra ajena, y por los estafadores de oficio, y no por los grandes escritores de verdadero saber sano talento, y por los industriales honrados? ¿Por qué los gabinetes   -95-   reservados de los restaurantes, los salones públicos de baile y otros análogos establecimientos que tanto abundan aquí, han de ser para nosotros la norma de esta civilización, y no los grandes monumentos, las innumerables bibliotecas, las galerías artísticas, los establecimientos de Beneficencia, los colegios donde se convierten en hombres útiles a sus semejantes seres privados por la Naturaleza del más importante de sus miembros o de sus sentidos; las sabias academias científicas y tantas otras pruebas de sana civilización como puede ver, siquiera en sus consecuencias, cualquiera que mire a París con ojos de buena fe? Si con ellos hubieran observado a España los franceses que tanto y tan malo han dicho de nosotros, es seguro que la noble patria de Hernán Cortés, de Cervantes y de Murillo les hubiera mostrado algo más grande y verdadero que bandidos en cuadrilla, castañetas, manolas, toreros y mesones en despoblado.

Desde luego, la hidalga acogida que esa nación ha dispensado a semejantes calumniadores debiera ser para ellos una prueba harto elocuente de su alta ilustración.

Soria (Dios le haya perdonado) debió de conocer algo de esto cuando se murió de vergüenza al echarle en cara España su grosera ingratitud. No me prometo lo mismo de Gautier, Dumas y otros cronistas hispanófobos, pues al verlos mintiendo todavía de otros países, juzgo que no es fuerte la vergüenza18.

Muy pocos años ha que una mujer, bailando el cancán en el famoso Mabille, dio en la gracia de levantar la pierna hasta tocarse las sienes con los tobillos19. Este talento sui generis le valió el aplauso y la admiración del público que la contemplaba. Pocos días después, el París de los bulevares, de los cafés y de los bailes públicos no hablaba de otra cosa que de aquel prodigio. Los gacetilleros y caricaturistas la tomaron también bajo su protección, y como todo lo malo que se piensa, se escribe y se pinta en esta capital se consume como pan bendito en el extranjero, la bailarina de Mabille, nadando ya en oro y en diamantes, hizo conocer su nombre a toda Europa. Tú, como yo, estás cansado de oír hablar de la Rigolboche.

En estos últimos días una de las más célebres loretas de París ha hecho almoneda de sus muebles y alhajas, porque así lo quiso el nuevo amante que se ha presentado a reemplazar a tantos otros desplumados por ella. La pasión y la fortuna del sencillo adorador no querían habitar en el alcázar fabricado con las ruinas de sus antecesores. Pues bien: lo más selecto del gran mundo parisiense se presentó en casa de la loreta a pujar el precio de sus favores, llegando a disputarse la adquisición de los objetos más insignificantes con el mismo empeño que si se tratara de los grillos de Colón, del famoso zapato de María Antonieta o del puñal de Bruto. A sesenta libras ascendió el peso de la plata subastada en aquella casa, y a más de 800.000 francos el valor de los diamantes de la loreta.

La madre de tu hija no hubiera dado un céntimo por semejantes tesoros, por no manchar con ellos la honrada medianía de tu hogar.

Una especie dé becerro con faldas canta de algún tiempo a esta parte en uno de los cafés más célebres de París en su género20. La voz de esta mujer es áspera y grave y trasciende a tabaco. Sus ademanes, toscos y pesados, como los de un carretero, y la expresión de su canto, del gusto más primitivo,   -96-   semisalvaje. Su morceau favorito es una copia titulada El bombero. Con esta sola canción ha popularizado tanto su nombre mademoiselle Theresa (así se llamaba la artista), que hoy gana seis mil duros anuales en el café, cuenta con un gran capital en presentes de rica pedrería y se la disputan las damas más a la moda del barrio de San Germán para aprender la canción famosa, pagando a la profesora por cada lección hasta cien francos.

El público que acude al oírla todas las noches es innumerable, y apenas se desocupa una plaza en el café, cuando tiene dos docenas de solicitantes. A duras penas logré yo una mala silla para escuchar por algunos minutos a esta celebridad, que en España habría muerto en su début a tomatazos21.

¿Cómo en medio de un pueblo como éste, tan inmenso, tan lleno de acontecimientos científicos, artísticos y literarios; inundado de sectas, de razas de todos los países del mundo, de cuanto la fortuna y el capricho pueden apetecer; donde todo, hombres y objetos, pasa aquí inadvertido, porque todo es innumerable; cómo, repito, logran fijar la atención pública semejantes miserias, tan despreciables pequeñeces?

Convengamos en que no hay pueblo en el mundo, por civilizado que sea, que no pueda ser presentado ante los demás en el mayor atraso, citando solamente sus debilidades o exagerando sus rancias preocupaciones. Considerado París de esta manera, no tiene en el globo pueblo que lo supere en barbarie.

Y pasemos a otra cosa.

Dicen los que viven aquí constantemente que esta época del año es la en que París se encuentra con su verdadera fisonomía, porque es cuando contiene menos extranjeros. Mucho cuesta creer que22 algunos millares de personas puedan alterar un solo detalle de semejante cuadro; pero hay que aceptar la opinión cuando se ve a este agitado océano doblegarse fácilmente a las impresiones de los acontecimientos más triviales. Las fiestas de Navidad y de Año Nuevo lo transforman completamente en un lugarón de provincia. Se detiene ante una caja de bombones y se divierte como un niño con un bebé o una zambomba. Durante ocho días apenas ha hecho otra cosa que recorrer los barracones que, con motivo de dichas fiestas, se improvisan en los bulevares, semejantes en todo a los que tantas veces has visto y condenado tú en las ferias de Madrid.

Merced a la temperatura rusa que, por mi desgracia, se está sintiendo aquí días ha, los aficionados a patinar han gozado a sus anchas sobre la helada superficie del gran lago de Boulogne. El emperador no ha sido de los que menos partido han sacado de tan frías circunstancias. Y por cierto que en este ejercicio, como en otros muchos de mayor trascendencia, tiene su majestad imperial pocos franceses que le aventajen ni que le alcancen siquiera. Muchas inglesas han lucido, deslizándose sobre el duro cristal, bellísimas... medias encarnadas. Prefiero estos defectos, expuestos sin la menor aprensión, a los postizos primores que a su lado ostentaban las loretas de París.

La alta sociedad ha tenido también su jolgorio sobre el lago, y para que sus resbalones llevasen más solemnidad, los ha dado de noche. El Cuerpo de Artillería cuidó de servir de candelabro en esta especial soirée. Cada soldado tenía una tea en la mano, y estaban formados en línea, siguiendo las orillas del lago. Muchos patinadores llevaban también su correspondiente luz.

  -97-  

El cuadro era magnífico: parecía aquello un coro de demonios bailando sobre la laguna Estigia.

De tejas afuera no hay muchos acontecimientos más que dignos de citar sean. La temperatura no está para bromas. Vámonos, pues, de tejas adentro. En este terreno prescindo de los bailes de la Ópera y de otros de igual colorido, aunque de menos categoría. Para asistir a los primeros necesitamos llevar frac los hijos de Adán, debiendo advertir que las hijas de Eva que en él se encuentran, lo más decente que bailan es el cancán; en cuanto a distinción de cuna, la mujer más blasonada de aquella reunión es una23 loreta. Conozco tu poca afición al frac, y me consta también que si te decidieras a vestir tan solemne prenda no sería para arrastrar lo que ésta representa entre nosotros sobre semejante fango.

En España hay vicios; pero, ¡qué diablo!, dondequiera que ellos están, por lo mismo que son vicios, admiten al hombre mejor cuando más sucio se presenta.

Esto es lógico; pero ¿qué dejan los franceses para la buena sociedad, si a las de trueno las visten de ceremonia? Ya irán apareciendo otros absurdos mayores.

En cuanto a los demás bailes, deben verse una vez, muy de prisa, callar la boca y hacer todo lo posible por olvidar lo que se ha visto, si no se ha de confesar que en la raza humana es donde la madre Naturaleza se esmeró en acumular todo lo brutal, todo lo hediondo, todo lo repugnante que pueda concebirse sobre la haz de la Tierra...

Antes que se me olvide, y hablando de otra cosa:

En el teatro Les Buffes Parisiennes se está representando desde Navidad una revista cómica titulada Roland à rouge veau, parodia de la famosa ópera de Mermet Roland á Roncesvaux, cuyos dos títulos se pronuncian lo mismo, y, sin embargo, como tú sabes, significan cosas muy distintas. El principal objeto de esta revista es que salen a relucir todos los acontecimientos más notables del año anterior, es presentar en todos sus más bellos detalles a las actrices de la compañía, vistiéndolas con los trajes más ricos y caprichosos, significando con ellos determinados hechos o personas. Preciso es confesar que Los Bufos han hecho una exposición primorosa con la de sus artistas.

En rubio, en moreno, en blanco, en alto, en bajo, en grueso, en flexible...; en todos colores, formas y tamaños, este teatro ha presentado una colección de actrices para todos los gustos y para todos los temperamentos, dado, por supuesto, que haya sido de verdad tanta belleza, lo cual no me atrevo a jurar, pues aquí se falsifica hasta el aire que se respira.

Prescindiendo, desde luego, de todas las inconveniencias de forma que contiene la susodicha fiera, entre ellas la de ser representada en gran parte desde los palcos por el célebre Desiré (que indudablemente es un buen actor cómico) y algunos otros artistas, y omito también todo juicio sobre los muchísimos despropósitos que la adornan, todos del verde más rabioso, paso a hablarte del episodio para mí, y creo para ti lo será también24, el más interesante de la función.

Llega el cuadro... yo no sé cuántos, y la escena representa una estación del ferrocarril del Norte de España (fíjate bien en esta circunstancia geográfica). A la izquierda se lee en un tablero, sobre una mala barraca, el siguiente primor: Buffetas de la Jara, y a la derecha, junto al tejadillo de otra pobre   -98-   choza, este pedacito de sal: Chofe de la Jara.

Este, es decir, el jefe de estación, que es un mozo al estilo de Sierra Morena, con polainas, manta al hombro, faja, calañés y guitarra, sale trinando de ira, y no sé por qué, y gracias a unas coplas que entona y a los arrumacos que le hacen tres o cuatro jembras de saya corta con volantes, chaquetilla de alamares y clavel en las orejas, se calma un tantico. Pero hete aquí que vuelve a ponerle una cantárida el alcalde del pueblo, una aldehuela que se ve a lo lejos, el cual alcalde gasta sotana, corbata blanca y sombrero de totorga. Quéjase a gritos la muy digna autoridad, y en ello conviene, con razón el macareno chofe de la Jara, porque desde que hay ferrocarriles no se ve un caminante en aquellos desfiladeros por un ojo de la cara, por lo cual no se gana un cuarto y está el pueblo en la última miseria.

En esto llega un tren a la estación, y entre los muchos viajeros que se presentan en escena, viene el famoso Fígaro. Los franceses no saben dar un paso sin acompañarse de Fígaro o de Polichinela, personajes a cuál más ridículos25 e insoportables26. El sempiterno barbero, que, según canta, trae mucha hambre, pide un morceau para acallarla. «¿Un morceau? -dice el chofe, que lo oye-. Al momento. ¡Ea, niñas! -añade, dirigiéndose a las mozas que antes he mencionado27-. Vaya un cachito de gloria por la salud de este caballero». Y acto continuo la gente forma corro, el chofe empuña la guitarra, una de las mozas las castañuelas, y, al son de las coplas que entona el primero, baila la segunda un jaleo..., con perdón de los que saben bailar la Cámara y la Nena.

El público aplaude a rabiar; y con ese vagido que le es característico en tales casos, pide que se repita le caleo. Al acabarse la danza, Fígaro hace saber al chofe y a la compañía que el morceau que él ha pedido no es de música ni de baile, sino de carne con patatas. Produce esta rectificación una pequeña reyerta, amontonase la gente, óyese el pito de la locomotora, corren al tren los viajeros... y se cambia la decoración... ¿Qué te parece, amigo mío? ¿Puede darse una pintura de España en un estilo más clásicamente francés? Sin embargo, es preciso advertir que no pecan de ignorancia los autores al escribir semejantes desatinos. La causa de ellos es el público, que se los exige. Este es el verdadero primo, el único bárbaro de la función.

Y a propósito de teatros. Cuando te lamentes de la situación en que se hallan los nuestros, no envidies la en que se encuentran, en general, los de por acá. Exceptuando un par de ellos, en los cuales se observa algún respeto al arte y a la buena educación, los demás no tienen nada que echar en cara, salvo el decorado, a nuestros antiguos corrales. Los actores, con palabras, con gestos y con cabriolas, se burlan del público a más no poder; en las piezas no hay que buscar pensamiento ni literatura: son, por lo general, un conjunto de episodios sin orden ni concierto, en los cuales se deleita más la vista que el entendimiento. A la existencia de obras como éstas prefiero la actual esterilidad de nuestros escritores. La claque llega aquí a un grado inconcebible. Aplaude al actor cuando sale, cuando habla, cuando calla, cuando se equivoca y cuando se retira. Si se cambia una decoración, aplausos; si suena la orquesta, aplausos, y cuando deja de sonar, también. Contribuye a hacer más notable esta plaga la fatal costumbre de que estén todos los alabarderos en un grupo, en unos teatros,   -99-   arriba, y en otros, abajo. De esta manera, la salva sale siempre de un solo punto, y siempre con un mismo, sonido, que, en fuerza de ser incesante e inoportuno, llega a hacerse insoportable. Vender en la sala, a grito pelado, naranjas, periódicos y otras menudencias durante los intermedios es la cosa más corriente.

Añade a esto la incomodidad de las localidades por su mezquindad y mala distribución. No busques recreo para la vista, porque no existe telón afuera. Los palcos son cajones amontonados, donde las señoras se colocan a la sombra y prensadas como sardinas en banasta. Una cosa es de admirar, sin embargo y es la que envidio: el lujo y la propiedad con que se presentan los actores y la escena. Cierto es que si no fuera por esta circunstancia no habría público que sufriera las piezas que hoy se representan con gran aceptación en la mayoría de los teatros de París.

Para ver una obra de buena ley y bien representada es preciso ir al teatro Francés28, en el cual alternan con el viejo repertorio de Corneille, Racine y Molière las poquísimas producciones contemporáneas que logran la honra de ser admitidas allí.

Los actores de este teatro son lo mejorcito de la casa. No me atrevo a entrar en comparaciones sobre este punto evocando recuerdos de nuestra patria, porque la seria declamación francesa tiene un estilo que le es peculiar, y a ella se amoldan los actores; si estuviera yo más acostumbrado a este estilo, podría decirte: cuatro Romeas tiene Francia; es decir, París, o, si no, no tiene ninguno. Por de pronto, limítome a consignar otra vez que no puede admitírse en declamación otro estilo que el de la verdad. Yo he visto que la Humanidad, proceda del país que se quiera, llora y ríe lo mismo en todas partes cuando llora y ríe de veras.

El gran mérito de Romea consiste precisamente en saber dar libertad a su genio sin salirse jamás de la verdad. De que ésta se atropella en la escena francesa a cada paso, certifico. Qué valor tenga el genio de los que no la respetan más, es lo que aún no me atrevo a decir, por si acaso me equivoco. Debo confesar que el conjunto de cada compañía es aquí más igual que en España, lo cual, unido al lujo del aparato escénico, hace que las obras se representen como nunca las vemos representadas ahí.

Está alcanzando grandes aplausos la nueva ópera cómica, o séase zarzuela, Le capitaine Henriot. Este protagonista es el famoso bearnés conocido en la historia de Francia con el nombre, de Enrique IV. La obra es interesante, aunque recorre en su desarrollo lo cómico, lo dramático, lo político, lo galante, lo histórico y lo fantástico, a todo lo cual se presta perfectamente el carácter, del más popular de los monarcas franceses.

Por cierto que anda en el ajo un tal don Fabricio, capitán español, traidor, avaro y tunante, que no hay más que pedir. «A fe -dije para mi gabán al considerar a este personaje- que aún eres poco si ha de vengar en ti la Francia todos los traidores y canallas franceses que andan por el teatro español».

Supongo que esos ingenios arreglistas habrán echado ya el ojo, y hasta las tijeras, al libro de Le capitaine Henriot. Veremos en qué transforman a don Fabricio. Ya me lo barrunto: suizo o napolitano. Yo le haría francés, y estaríamos en lo justo. Y basta por hoy de teatros. Está prohibido en Francia fumar a dos leguas a la redonda de ellos, y yo rabio al llegar aquí por echar una cigarreta. Il est défendu de fumer ici. Este maldito cartel le persigue a uno en París como el espadón de Damocles.   -100-   Te digo que con esta prohibición y con el frac del baile de la Gran Ópera tiene bastante para aburrirse el lucero del alba.

Entre los espectáculos más notables aquí durante el invierno merecen citarse los conciertos públicos, donde los artistas de mérito tienen ocasión de darse a conocer. Noches pasadas tuve el gusto de aplaudir en uno de estos salones a nuestro compatriota el señor Manini, hermano de los conocidos editores de este nombre. Dicho artista, muy joven aún, reúne grandes condiciones para la carrera que ha adoptado. Su voz es de mucha extensión, y sabe darle tanta gracia en los cantos ligeros y de ejecución como energía en los dramáticos29. En algunos teatros principales de Italia ha sido brillantemente acogido ya, lo cual me hace creer que no tardará en ocupar un puesto principal en este teatro italiano. Manini reúne a las excelentes condiciones de su voz y de su escuela de canto una figura muy simpática y unas maneras sumamente distinguidas.

He asistido a la última conferencia pública de Alejandro Dumas sobre las obras de su gran amigo Delacroix. Algunos periódicos satíricos de aquí han puesto en ridículo por estas causeries al autor in partibus de Los tres mosqueteros. Yo no por30 menos haber oído de cerca al novelista contemporáneo más popular de Europa, y a quien, si bien se debe silbar por su poca conciencia, hay que admirar por su mucho talento. El otro Alejandrito, el de La Traviata, se ha casado estos días, como habrás leído en los periódicos, con una princesa, no sé de qué ni de dónde; averígüelo Vargas. Para mí las princesas de los Dumas tienen algo de las emperatrices de Don Quijote.

A propósito de este manchego insigne: ¿conoces la edición ilustrada por Gustavo Doré? Más valdrá que no la conozcas, pues así te ahorras los malos ratos que a mí me causa verla en estas librerías, sin atreverme con ella porque cuesta un sentido. Es un verdadero monumento digno en todo del ilustre Cervantes, salvo los defectos de la traducción, que son inevitables, aun tratándose de una pluma tan avezada al idioma español como la de Viardot... «Señor -digo para mis adentros, cuando veo tan honrado a Don Quijote en estos escaparates-, ¿no es una lástima que estos franceses no quieran hacernos igual justicia en otras cosas? ¿No es un dolor que teniendo tanto gusto, tanto talento, sean tan ligeros cuando hablan de España?».

Y ya que de libros tratamos, ¡cuánto me aflige ver que sólo como una rareza se encuentran los autores modernos españoles en estas librerías, una de las tentaciones más irresistibles de París! Desgraciadamente para nosotros, hay que convenir en que no tiene la culpa de ello el desdén de los franceses.

Otra cosa bien distinta me sucede al recorrer las galerías del Louvre, donde se exhiben como reliquias las obras de Murillo, de Velázquez, de Ribera y otras no menos famosos pintores españoles. Mas de estos asuntos y algunos otros de parecido género no quiero hablarte en esta carta, que va tomando mayores dimensiones que las convenientes.

Por los periódicos madrileños he visto que está Castilla transitable, y que a la copiosa nevada que la tapó todita ha surgido un sol alegre y consolador. Dichosos vosotros. Desde que aquí me hallo no he podido ver de qué color es su señoría. Por algunos momentos he creído entreverle allá arriba, muy alto, muy pálido y muy frío, pero sin llegar el más vigoroso de sus rayos a la más alta de estas torres. Cualquiera pensaría, al contemplar sus remilgos, que teme manchar sus luces en el lodo de   -101-   París; lodo, amigo Eduardo, del cual no puedes formarte una idea, y que está amasado y batido por millares de pies y de ruedas, y alimentado por los hielos, las nieves y el agua, que alternan aquí con una constancia y una copiosidad desesperante. Y basta de fango31.

Si las circunstancias lo permiten, volveré a escribirte32, y entonces te hablaré de muchas cosas que hoy no caben ni deben entrar en esta carta; si así no sucede, paciencia y tan amigos como siempre.

Por de pronto, agradéceme, ya que no el interés de los párrafos que anteceden, pues maldito el que en mi concepto encierran, cuando menos el tiempo que, para escribirtelos, he cercenado del que destino al brujuleo, como diría señor José, y al esparcimiento del ánimo entre las curiosidades de París.

Siempre es tu amigo con todo su corazón,

Pepe

Excelentísimo, ilustrísimo, altísimo, distinguidísimo y resaladísimo señor don Manuel Pérez de la Vega, indiano de Vendejo.

Santander, 20 de agosto de 1886.

¿Conque hubo manos profanas que osaron sustraer, rebañar, trincar, o sease apandar, algunos números de los que remitimos a V. S. I. bajo discreta faja? ¡Ah pícaros! ¿Y no temieron, si son paganos, las iras de los dioses, y si creyentes, la justa venganza del Cielo? Caigan, pues, sobre ellos todas las plagas de Egipto, y las chinches de Europa, y los cínifes de América, y las pestes de Asia, y hasta las fieras del África salvaje; caigan, sí, porque si feo y escandaloso es el delito, funestas, estridentes, astringentes, prepotentes, pestilentes han sido las consecuencias, pues que no nos quedan más ejemplares de aquel número, que voló y desapareció de nuestras manos, arrebatado por las del público, ansioso de conocer, palpar, saborear, sorber y mascar la donosa, prodigiosa y espantosa producción de V. S. I. que sustentaba, contenía, encerraba y sostenía. ¿Y qué nos habla V. S. I. de precio? Jamás La Abeja Montañesa cobrará favores tan señalados; que señalado favor es el que hizo V. S. I. a nuestro periódico, dándole, con su citado pacto, mayor ensanche, más dilatada fama, más extensos horizontes. Así, pues, oro molido que fueran los papiros ejemplares, perlas preciosas, mirras de Oriente, incienso de la Arabia, gases del boquerón del muelle, gratis se los enviaríamos y aún quedáramos muy agradecidos. En cuanto al pico de la suscripción, V. S. I. lo remitirá cuando lo tenga a bien, y no se hable más de esto.

Recibimos los impresos que acompañan a su muy discreta y erudita carta, y los hallamos, como todo lo que a V. S. I. se refiere, honrosísimos, grandilocuentes, excelentes, candentes, sorprendentes, contingentes, emovientes y convenientes.

Trabajos ímprobos, penalidades rudas y otros análogos excesos nos han impedido dar pronta, enérgica, contundente, adyacente y prominente respuesta a su primera carta. Eche, V. S. I. sobre nuestra involuntaria falta un aluvión de esa tempestad de bondades que le caracterizan, señalan, marcan y determinan, mientras queda, como siempre, a las órdenes de V. S. I. toda confusa, conmovida y condensada,

La Redacción

(De La Abeja Montañesa.)

29 de agosto de 1886.



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Cantares



   Soñando paso las noches,
y sueño en el porvenir
venturoso que me espera
lejos..., muy lejos de ti.

    Me dirigiste una carta
que empezaba: «Bida mía»;
puedes decirle a tu padre
que te enseñe ortografía.

    Asómate a esa ventana
si te quieres asomar;
si no quieres..., no te asomes,
porque lo mismo me da.

23 de mayo de 1887.




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El tío Cayetano

(Segunda época)



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Loado sea Dios

Amado pueblo: Hechos hay capaces de resucitar un muerto, y en este instante soy yo un testimonio vivo de la exactitud de este axioma incontestablemente español.

Diez años ha que me lancé por primera vez a la vida periodística, buscando una región más digna de mis aspiraciones, una sociedad más adecuada a mis levantados instintos, un terreno donde fructificar pudieran en todo vigor y lozanía la semilla de un ingenio derrochado sin gloria ni prestigio en figones y plazuelas.

El rubor de la modestia, que, a despecho de mis títulos de estoico, poseo en sumo grado, me impide declarar aquí cuál fue el recibimiento que como publicista debí al país que me había conocido miserable fosforero, dómine andrajoso y borracho perdurable.

Desde entonces acá ya ha llovido. Un día mi, de suyo, flaca naturaleza, tendida sobre un montón de hierba, en un desabrigado pajar, dijo: «No puedo más», y acto continuo, con la abnegación de un filósofo y el valor de un cristiano, que de ambas cosas blasono, rendí mi alma pecadora a Dios, que era su dueño. Los brazos de la caridad abrieron una fosa en el cementerio vecino, y mi cuerpo rígido, sirviéndole de mortaja estos mismos hábitos popularizados olim por la literatura y las artes del país en romances, estampas y relieves, hundióse en ella bajo un montón de tierra apisonada al fúnebre compás de dos responsos que la piedad de un cura pobre entonaba de limosna.

Qué pasó por acá mientras gozando estuve la decantada «paz de los sepulcros», tú me lo irás narrando poco a poco. De lo que a mí me aconteció, entre tanto, sólo te importa saber, por ahora, que aquella noche sin horas,   -103-   sin ruido, sin aire y sin serenos, hubo al cabo un instante en que mis huesos se entrechocaron, agitándose en el angosto húmedo recinto; un no sé qué de sutil y penetrante recorrió mi desvencijada máquina desde el calcaño al occipucio; esponjóse, a su contacto, el cuajado cerebro como un merengue; despertó la voluntad, y entre las oscuridades del cráneo se produjo una chispa que inflamó la dormida razón.

Entonces, a su luz, encontré la memoria que también me faltaba, y, dueño ya de mí propio, pude adquirir cabal idea del terreno que ocupaba; mas no de la causa que tan asombroso efecto producía, no obstante sus manifestaciones, que seguían llegando hasta mi oído claras y horriblemente perceptibles.

Era un estruendo como el de cien batallas y otros tantos huracanes; un fragor inusitado, indescriptible; no parecía sino que sobre el techo de mi tumba se desmoronaban los siglos a docenas y que entre los escombros se retorcían, jadeantes y aterrados, como si sobrevivir al cataclismo procurasen, las páginas de la historia patria, los gloriosos hechos, las grandes miserias, la religión, el fanatismo, la luz, la oscuridad, las artes, la literatura, el derecho, la conquista, el valor, la fuerza, la hidalguía, la fe de los mártires..., todo en confuso montón y estridente vocerío.

Bien pronto me sentí presa de una excitación insoportable; busqué a tientas las gafas y el garrote; sacudí los gusanos de mi cuerpo, único aseo que por el momento era dable; requerí las roídas solapas del levitón de mis campañas, y como quien retira del lecho en que ha dormido breves horas las blancas coberturas, separé los terrones de mi cárcel y salí a la luz de los mortales.

Cinco, semanas que desde entonces van corridas no han bastado a orientarme siquiera en esta miserable superficie que fue mi patria. Donde dejé el silencio y la apatía, encuentro la ebullición y el entusiasmo; donde estaba la fuerza, la debilidad; los municipales, mi eterna pesadilla, sin sable, y los paisanos, con carabina; el trono, vacante, y el pueblo, soberano; los curas, en la calle, y la filosofía, en el púlpito; las letras, dormitando, y las masas, en las urnas pidiendo a gritos escuelas y ateneos.

Mis campañas de dómine me habían permitido en otro tiempo apreciar la ingénita aversión del ciudadano español a los garabatos del abecedario. Pero me atuve a los hechos, por más que no los comprendiera.

Era innegable que el gran rasero había pasado sobre la haz de España, transformando, al parecer, hasta la naturaleza de sus hijos, y no podía ser otra la causa del estrépito que me volvió a la vida en la mansión de los muertos.

La nueva ley reivindicaba mis títulos, desconocidos por el antiguo régimen; las libertades proclamadas me amparaban en el derecho de exhibir a la faz del sol mis principios, mis opiniones, mis tendencias...

El pan que ayer, con la escasa ciencia que debía a mi peregrinación por este mundo, me recibió con los brazos abiertos al hablarle desde la Prensa, no podría hoy hacer menos, si era lógico; hoy, que, si bien se mira, pertenezco, más que a la de los mortales, a la legión de los espíritus donde la verdad y la justicia tienen su trono y natural asiento; hoy, que puedo hablar punto más inspirado que los profetas de la Biblia.

La situación me pertenecía indubitablemente.

Por eso estoy aquí.

No he querido hacerme preceder de programa alguno. Recuerdo que éstos   -104-   andaban en mis tiempos muy desacreditados, porque eran muy frágiles los hombres que los usaban, y hasta sospecho que suceda hoy lo mismo. Mas no por eso vengo sin él; lo traigo impreso en la conciencia, y aspiro a dártelo, pueblo amigo, traducido en hechos durante el curso de la empresa que acometo y espero llevar a cabo con el auxilio de Dios, si no me retira antes las licencias en virtud de las cuales ando por acá.

Nada, pues, de credos ni de salves; nada de párrafos hinchados y rimbombantes, que probablemente no entenderías..., ni yo tampoco. Obras son amores... Al pan, pan, y al vino, vino; y «adiós, que me mudo», que dijo Sancho.

Tampoco te asombres al ver que, contra la moda reinante, ni siquiera me anuncio echando el sombrero al aire entre un centenar de vivas, con los indispensables mueras y consabidos abajos. Este detalle es mera cuestión de temperamento, y bien sabes que el de Cayetano, más que en estrepitoso, pica en remolón y cachazudo... No por eso es egoísta, ni mucho menos insensible a los sacudimientos políticos de la madre patria; y en prueba de ello, recuerda lo que va dicho, y observa que vengo al «estadio de la Prensa», como decían en mis tiempos los periodistas motilones, resuelto a tomar parte en el debate sobre los futuros destinos de aquélla, en uso lícito del derecho que me da la placa de soberanía nacional que, por lo visto, me corresponde como a cada nieto del Cid.

Quédame por advertirte únicamente que el nuevo rango en que la revolución me coloca no me hará vanidoso. Soy y seré tan campechano como siempre fui, y tan accesible y parcialote; tampoco he perdido mi buen humor característico, ni mis humos de filósofo, ni mis pujos de poeta.

Y sin más preámbulos ni bondaduras, sobre el terreno ya en que ha de darse la gran batalla, acampo en el que me pertenece; y como los antiguos paladines, con la fe en la justicia de mi causa, que es la tuya, y la esperanza en la ayuda de Dios, sin contar los enemigos, avanzo y, en ley de urbanidad, los saludo y entro en liza.

(De El Tío Cayetano, núm. 1.)

9 de noviembre de 1868.






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Preliminares

Antes de proceder al examen cualquiera de los puntos que han de ser objeto de mis tareas, quiero someter a la consideración pública ciertas oscuridades que conviene dejar esclarecidas, si hemos de hallarnos alguna vez, sin mutuo riesgo, el lector y yo en la senda en, que le busco. Soy de los hombres más ineptos para esto de caminar a tientas, no obstante mi condición de miope, que debiera haberme familiarizado ya en el arte de vencer obstáculos y ver claro en la oscuridad más turbia.

Pero tengo la manía de la lógica, y de aquí por qué en lo físico me desorientan los tropezones y en lo moral me crispan los absurdos.

Cualidad es ésta, pueblo amigo, que revela cierta parsimonia genial que no se adapta gran cosa al eléctrico vaivén del espíritu... vigente. Pero es, en cambio, síntoma irrecusable de hidalga consecuencia; y esa virtud bien   -105-   vale aquel defecto, que, en verdad sea dicho, no expongo aquí a humo de pajas.

Digo, pues, que si mañana ha de ventilar mi pluma pecadora los graves asuntos que se hallan ya bajo su jurisdicción, con la imparcialidad y el aplomo que tienes derecho a exigir de mí, porque, al cabo, soy de tu calle, necesito descargar previamente la razón de ciertas incongruencias que la martirizan de algunos días a esta parte; oscuridades en que se me vela y confunde a veces la armazón revolucionaria de donde parten precisamente todas las grandes peripecias que estamos contemplando y las que nos quedan por contemplar en la región de la política; asunto, añado, que, mientras te lo voy exponiendo para que, si puedes, lo aclares, me sirve de introito, con el cual me pongo al día en mis tareas, especie de ojeada retrospectiva con que, de paso, te doy otra prueba de mis lógicas tendencias, que, velis nolis, siempre me obligan a empezar por el principio.

Vamos al caso.

El pueblo y el Ejército se levantaron un día de mal humor y gritaron: «¡Abajo los Borbones!, ¡Viva el pueblo soberano!, ¡Viva el sufragio universal!» y «¡Vivan las Cortes Constituyentes!». Y los Borbones que había en España en el trono y sus adyacentes traspasaron, proscritos, más que de prisa, los Pirineos; el pueblo vencedor echó los cerrojos al alcázar de la derribada monarquía y exclamó, guardándose la llave en el bolsillo: «En España no hay por ahora más rey que yo, ni en adelante habrá más que el que yo quiera, de lo cual trataré en su día». Y como no era cosa de estarse en la calle todo el año dando vivas al aire, «Yo me voy -dijo- a mis quehaceres, a ganar la basallona; pero vosotros, Juan, Pedro y Diego, personas de mi confianza, que tenéis menos que hacer y servís más para el caso, os quedáis en mi lugar, dirigiendo esta máquina por el nuevo camino en que yo la he encarrilado; conservadme el orden y avisad cuando sea hora de ir a hacer uso de los derechos que he adquirido...».

Y aquellos hombres, o, si se quiere, aquella Junta y otras como ella, al aceptar el importante cometido, repitieron los propios vivas y los mismos abajos del comitente, señal infalible de que querían hacerse dignos de su confianza.

Hasta aquí la lógica no fue descalabrada.

Cierto es que gritar «¡Abajo los Borbones!» y añadir «Vengan las Cortes Constituyentes, elegidas por el sufragio universal, a decidir quién ha de mandarnos, en adelante», implica cierta contradicción, supuesto que las Cortes, en uso de la soberanía, pudieran muy bien reponer en el trono algo de lo que acaba de derribarse, en cuyo caso el abajo de la revolución quedaría desairado y sin objeto. Pero como también es verdad que la revolución puede imponer aquella condición a las Cortes, es decir, autorizarlas para hablar de todo menos de los Borbones, aunque menoscabada así un tantico la libérrima voluntad de toda la nación, lo que pierde la lógica en su desacuerdo con la idea, lo gana en armonía con los hechos consumados, y váyase lo uno por lo otro. No vale, pues, la pena esta pequeña contradicción de calificarse de incongruencia mayúscula; no pertenece tampoco a las oscuridades a que me referí al principio.

Como no debe pertenecer la discordancia, meramente eufónica, creo yo, en el tutti de abajos que llevamos oídos de uno de los tres elementos revolucionarios, el cual, por decir «¡Abajo los Borbones!», dijo: «¡Abajo doña Isabel de Borbón y toda su descendencia!»,   -106-   dicho que, tomando al pie de la letra, dejaba la senda del trono accesible, por ejemplo, a cualquiera de los colaterales de la hija de Fernando VII. Pero, como digo, y aun cuando se ha pedido la razón de este desacorde y no se ha dado hoy una satisfactoria, creo que no pasa todo ello de una desafinación.

Así que, respetada todavía la lógica, llegamos a tener una revolución triunfante que daba al pueblo todas las libertades imaginables, menos la de poner en el trono nada que tuviese que ver con la derribada dinastía.

Formóse en seguida, no recuerdo por quién ni cómo, un Gobierno con carácter provisional, y aunque, por de pronto, no acusó el recibo de su poder en los mismos términos en que las Juntas lo hicieron, es decir, repitiendo los vivas y los abajos del pueblo, y aunque sólo se componía de dos elementos de los tres revolucionarios, no quedó la menor duda de que era un Gobierno completamente identificado con la revolución, supuesto que las Juntas, sin excepción de una sola, lo vitorearon y lo vitoreó también el elemento excedente y lo aclamó entusiasmada la Prensa revolucionaria; y por si esto era poco, sus hombres se sentaron con los hombres del Ministerio a la mesa del presupuesto, en dulce amor y compaña, confundiéndose en un solo plato todas las diferencias y todas las aspiraciones dé los susodichos tres partidos.

No sé si esto es lógico, pero es verdad.

Así las cosas, hubo quien dijo:

-Podía ahorrarse a las Cortes Constituyentes un trabajo penosísimo, consultando, desde luego, la voluntad nacional, en lo que respecta a la forma futura de gobierno, por medio de un plebiscito: nada menos expuesto a error, por otra parte, que este sistema, que nos permite oír, uno a uno, a todos los españoles.

-Eso, no -dijeron muchos, incluso más de un órgano de la Democracia misma-; el pueblo español no está aún lo suficientemente ilustrado para discernir por cuenta propia entre el bien y el mal en asunto tan arduo.

-El ideal político de la España -añadió con su firma en un periódico extranjero uno de los hombres más caracterizados del Gobierno provisional-, el ideal político de la España contemporánea «es llegar a poseer una verdadera monarquía constitucional».

-Si las Juntas revolucionarias -concluyó oficialmente el Ministerio en su Manifiesto a la nación-, si las Juntas revolucionarias no han guardado silencio en todo lo que se refiere a forma de gobierno, no ha sido por no prejuzgar la cuestión, cuyo fallo corresponde a las Cortes Constituyentes, sino porque «no han confundido las personas con las cosas, ni el desprestigio de una dinastía con la alta magistratura que simboliza»; además, hay necesidad de no despertar desconfianza en Europa, por razón de la solidaridad de intereses que liga a todos los pueblos del antiguo continente.

Es decir, que si las Juntas no han gritado «¡Viva la monarquía!», es porque se da por entendido que ésta y no otra es la forma de gobierno que queremos y necesitamos.

Y replica ahora la lógica severa a cada una de estas respuestas:

-¿No está, señores demócratas monárquicos, bastante ilustrado el pueblo español para elegir con acierto y por sí solo entre el bien y el mal? Luego necesita una tutela; luego no es libre; luego no lo serán las Cortes Constituyentes, porque no serán elegidas por la voluntad libérrima del pueblo, sino por un rebaño de mansos   -107-   conducidos por una legión de pastores; luego el sufragio universal no existe de hecho.

-¿Es, señor ministro, el bello ideal de usted y de España la monarquía constitucional? Luego no se adhiere de buena fe al fallo de las Cortes invocadas por usted mismo, y pueden darle la república, que tendrá que aceptar de mala gana; luego no se halla completamente identificado con la revolución más que cuando grita «¡Viva la monarquía constitucional!», que es precisamente el único grito que no se ha oído en España desde el alzamiento de Cádiz hasta hoy; luego es usted el único español que le ha dado; luego es el único revolucionario que no va en perfecto acuerdo con la revolución.

-¿Es preciso, como dice el Gobierno en masa, aceptar la monarquía, porque así lo exigen las necesidades de España y los intereses de las demás naciones del viejo continente? Luego sería peligroso para la nuestra otro gobierno que el monárquico; luego las Cortes que puedan votar otro que éste son una verdadera temeridad; luego debe conjurarse el peligro de que no le voten, no convocándolas, y proclamar, desde luego, la monarquía; luego no va el Ministerio de acuerdo con la revolución, que las quiere y se ha abstenido hasta hoy de fijar forma alguna de gobierno para lo futuro y se sujeta de buen grado al fallo de la voluntad nacional, representada por las Cortes Constituyentes nombradas por el sufragio universal.

Me parece que esto es lógica pura.

Pues vean ustedes ahora: la Prensa, o la mayor parte de ella, que no reconoce en el pueblo ilustración bastante para constituirse por sí mismo, y el Gobierno, que manifiesta que sólo la monarquía constitucional es la que sólo puede aceptar España, dicen a ese mismo pueblo, cuando le hablan desde los periódicos y desde los balcones: «Has derribado lo que te oprimía; conocías que esa opresión te desagradaba, y te has hecho libre; eres soberano y no te vengas; mereces las libertades que has conquistado, y puedes, en uso de tu soberanía, establecer tú mismo el sistema por que has de ser regido en adelante».

Luego, digo yo a mi vez, y lo creo, ese pueblo tiene criterio, cuando menos, para conocer el mal y exterminarlo; luego es también hidalgo y generoso, cuando, pudiendo vengarse, perdona; luego, a fuer de discreto, hidalgo, generoso y libre, se basta y se sobra para darse el Gobierno que más le convenga; luego están muy lejos de ir con sus ideas los que se las quieren poner bajo tutela y los que se anticipan con una solución cualquiera a sus fallos soberanos.

También esto es lógica. Pero es el caso que estas conclusiones y las de antes braman de verse juntas. Luego hay algún dato falso. Veámoslo. Que la revolución derribó lo antiguo y estableció lo existente, es un hecho notorio; que el pueblo, representado por las Juntas, proclamó su propia soberanía, y el sufragio universal, y las Cortes Constituyentes, es otro hecho incontestable; que el Gobierno que sucedió a las Juntas aceptó la declaración de derechos de éstas, es evidente también; que los hombres más autorizados y los órganos de la Prensa de los partidos revolucionarios ofrecieron su más decidido apoyo al Gobierno, es igualmente cierto. Luego la revolución, el pueblo, las Juntas, el Gobierno provisional y los hombres y periódicos más autorizados de los partidos revolucionarios son una cosa misma y perfectamente amalgamada en principios y tendencias. No está por aquí lo falso. Busquemos por otro lado.

«Que el pueblo no está suficientemente   -108-   ilustrado para...», etc., etc. Esto lo han dicho en la Prensa, y aun en otros terrenos, sus más genuinos representantes; pero nadie más, y casualmente los hechos demuestran todo lo contrario, como se ha visto.

«Que la forma de gobierno que más conviene a España es la monarquía constitucional, porque...», etc., etc. Esto lo han dicho dos ministros y después lo ha confirmado todo el Ministerio..., y nadie más, porque precisamente sobre este punto es sobre lo que la revolución en masa ha guardado el más obstinado silencio, gritando, por el contrario, que lo decida el sufragio universal.

Tenemos, pues, dos datos al aire; es decir, mal fundados... Pero es el caso que yo no puedo creer que los hombres y los periódicos más entusiastas por el pueblo soberano, de donde procede el primero, y un Gobierno identificado en todo con la causa popular, de donde procede el segundo, se empeñen en dar a ese mismo pueblo lo que no le conviene y lo que tal vez no quiera; no creo en manera alguna que no sea sincera y cordial la adhesión de esos periódicos y de esos hombres y de ese Gobierno a la causa popular, a la bandera bien definida de la revolución.

Y he aquí cómo Cayetano de Noriega, muy servidor de ustedes, no pudiendo dudar de la sinceridad de esas adhesiones, y entregandose rendido a la elocuencia de la lógica que se le pone enfrente, se ha forjado una maraña que ha concluido por marearle; he aquí porqué, cansado de bregar con ella, la somete a la paciencia de sus lectores; mientras, descargada de este estorbo su razón, pasa con más tranquilidad al examen de otros puntos menos difíciles y no por ello menos importantes.

Entre tanto, y por si forte, queda consignado que no aspiro en el presente caso a obtener una solución determinada: acepto cualquiera que el lector me presente, si es tan feliz que la encuentra, dentro de la lógica. Lógico soy, y nada más que lógico, entiendase bien.

Como tal, acabo sentando las premisas a cuya luz busqué en vano una conclusión que no fuera un absurdo.

Cuando se proclama un principio, hay que aceptarle con todas sus consecuencias.

Libertad y restricción, soberanía y tutela, no caben juntas en un saco.

O francamente revolucionarios, o francamente conservadores.

O la idea, o el presupuesto.

(De El tío Cayetano, núm. 1.)

9 de noviembre de 1868.




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Por lo que valga

Y antes que se me olvide.

Un periódico de Madrid dijo poco ha que iba a publicar en su folletín, y lo está efectuando hoy, la Vida de Jesús, escrita por Renán; y otro colega, su vecino, al saberlo, le felicitó con entusiasmo, añadiendo con deleite que la libertad de imprenta comenzaba a dar sus frutos.

Cayetano respeta la intención del uno y el entusiasmo del otro; pero no halla, dentro del buen sentido, la razón del entusiasmo del otro ni la de la intención del uno.

  -109-  

En el libro de monsieur Renán se pretende demostrar que Jesucristo no fue el hijo de Dios, sino un Juan particular más o menos sabio; por consiguiente, que el cristianismo no pasa de ser un sistema como otro cualquiera, dado que Jesús no pasó de ser un filósofo, como Platón, como Descartes, como Kraus... o como yo, salvas las distancias.

Soy franco: no temo la propagación de esta clase de lecturas por las inteligencias cultivadas, por los criterios ilustrados, por los hombres de recto juicio, que creen no sólo por la fe, sino por el convencimiento; la temo por los entendimientos sencillos, que, sin más armas de defensa que la fe que adquirieron en la cuna y que no se han cuidado de robustecer después con la razón, cediendo a esa fatal tendencia humana a encariñarse con lo que más daña, se dejan sorprender fácilmente por el aparato deslumbrador de un falso razonamiento.

Oigannos estas gentes sencillas un poco de historia que quizá ignoren.

En Grecia y en Roma, los dos pueblos más poderosos y más ilustrados de la antigüedad, hubo también república y grandes sabios, como Licurgo y Catón; y grandes tribunos, como Demóstenes y los Gracos; y grandes filósofos, como Aristóteles y Séneca; y grandes poetas, como Píndaro y Virgilio; y grandes historiadores, como Herodoto y Tito Livio; y grandes capitanes, como Alejandro y César, y artistas, en fin, que aún se admiran en los restos de las obras inmortales. Pues bien: en medio de tanta grandeza, de tanta sabiduría, de tanta cultura, había una plebe ignorante hasta la barbarie y esclava, así como suena, pero esclava de peor condición aún que los negros de Cuba. Esclavas eran también las mujeres, hasta las más encopetadas, y no reinaban sobre los hombres sino por la liviandad y el desorden. Una sociedad así montada, claro es que había de adolecer de monstruosas imperfecciones, a despecho del genio, de la sabiduría, del heroísmo y de tantos mitos y virtudes como los que constituían el orgullo de ambos pueblos. ¿Y por qué la moral estaba en ellos en razón inversa de la inteligencia?

Porque Grecia y Roma eran paganas; porque tenían altares para los vicios y cultos ostentosos para las pasiones; vicios y pasiones que, como la serpiente de la fábula, habían de envenenar el pecho en que se guarecían; vicios y pasiones que al cabo arrastraron a esos pueblos a una destrucción ignominiosa, entregándolos al pillaje y al desenfreno de las hordas de Atila. Nada quedó en pie en medio de aquella devastación sin ejemplo; nada sino la antorcha del cristianismo, encendida siglos antes sobre el Calvario y que, lejos de extinguirse al soplo impuro de los bárbaros, como tampoco se había extinguido primero al de los Césares, fue derramando más y más su luz purísima, hasta que sus rayos inundaron todo el mundo conocido. A su claridad huyeron para siempre los restos del paganismo; y como por un resorte mágico, las sociedades se transformaron, rompiéronse las cadenas de la esclavitud, abatióse el orgullo del poderoso, redimióse a la mujer, dándole por escudo impenetrable su propia debilidad, y todos, pobres y afortunados, grandes y pequeños, se cobijaron en un solo grupo, unidos por un lazo común: el amor y la caridad; bajo un mismo techo: la Iglesia; con una misma aspiración: Dios.

Esto hizo el cristianismo. Por él, millares de mártires regaron con su sangre los circos de Roma; con su fe inició Pelayo en Covadonga aquella lucha   -110-   grandiosa que duró ocho siglos y no concluyó hasta arrojar de España, el último pendón de Mahoma desde los muros de Granada. Con su fe se alumbró Colón para descubrir al otro lado del océano un nuevo mundo; con ella penetra un hombre solo, sin más armas que un crucifijo, en las entrañas del África, no en busca de oro ni de tratados de comercio, sino de tribus feroces a quienes redimir de la barbarie, a quienes hacer hermanos de la gran familia humana.

Con la fe en el corazón se sufren sin pena las adversidades de la suerte y sin un quejido los dolores del cuerpo...; en fin, se da la vida por salvar la del mayor enemigo.

Así es la fe cristiana. ¿Tienes noticia, pueblo amigo, de algún sistema filosófico que haya producido semejante prodigio? Sublime se llamó a Platón; Divino, a Sócrates. ¿Conoces siquiera sus nombres? Obras humanas las suyas, se confundieron entre la muchedumbre de otras tales. El cristianismo, obra de Dios, impera en los corazones y sobrevive a las edades.

La fe, en suma, es la virtud, es la libertad. Piérdela, y tus propias pasiones te harán esclavo, por más que en redimirte se empeñe la filosofía.

Pues bien: de que la pierdas trata el autor de este libro, haciendo de la religión del Crucificado un sistema; y de que la pierdas deben tratar también los que oficiosamente pretenden darte a conocer sus impías aseveraciones.

En Renán no me sorprende esa conducta. Su libro, en un país católico, es un verdadero escándalo; y los escándalos son productivos, como el mejor negocio; y de este modo, a la vez que se lucha, sirve a su religión, porque Renán, y quizá tú no lo supieras, es judío.

En cuanto al periódico, sea cualquiera la que la anime, no puede hacerle desconocer que al apagar en tu pecho la fe, al dejarte con tu pobreza y sin aquel consuelo que te la hacía llevadera y te impedía ser soberbio y rencoroso y blasfemo, hijo ingrato, padre desnaturalizado y mal ciudadano, puedes decirle:

-Me arrancas la fe; pero ¿qué me das en cambio?

Y como nada podrá darte que más valga, porque no existe en la Tierra, no te queda más recurso que el tristísimo de añadir, maldiciéndole:

-Te abrí las puertas de mi casa y me robaste el único tesoro que en ella había; te entregué mi corazón y me lo corrompiste.

Para que en tal extremo no te veas, me permito darte este aviso amistoso. Obra ahora como más te plazca; pero no te quejes si, avisado y todo, llegan a robarte.

Notarás, de paso, que Cayetano también sabe, aliquando, ponerse grave.

Achaques de mi condición de cristiano viejo; porque sacta, sanctae tratanda, que, traducido a tu lenguaje, quiere decir: «Con lo de tejas arriba, pocas chanzas».

Vaya un par de ellas para concluir.

Es un hecho observado que cuando se odia a un hombre se odia también su gabán, y a su perro, y a su casa, y a sus amigos íntimos, y a sus protegidos; a cuantos con él se relacionan directa o indirectamente.

En política acontece lo mismo.

Cuando un partido detesta a otro, le persigue en sus ideas, en sus hombres, en sus actos, en sus preferencias, en sus preferidos y en los preferidos y las ideas y creencias de éstos. El detestado y perseguido de este modo, en cuanto llega la ocasión, hace lo mismo con el otro.

Estos vici-versas han atrasado a España un siglo en la carrera de los tan por todos aclamados adelantos, y   -111-   le han costado mucha sangre... y mucho dinero.

Si el elemento conservador, por ejemplo, tiende a dar preponderancia al clero, el partido de enfrente le ataca por la preponderancia, y después, por los abusos del mal clero, y después, por el clero todo, y después..., después se llega hasta el elogio de obras como la de Renán.

En esos momentos no se quiere comprender que un cura defendiendo a tiros las gradas de un trono, y otro cura proclamando la libertad con un trabuco detrás de una barricada, son dos malos curas; que lo mismo se profana la corona de un augusto ministerio cubriéndola con un chacó realista que con el gorro frigio; que tan lejos están el uno como el otro de la misión sublime que les está encomendada en la Tierra; que dos curas así, ni dos mil como ellos, ni todos los curas de la cristiandad que fueran lo mismo, probarían nada contra la religión que profanaban torpemente, y, por último, que atacar a ésta para herir a los que, invocándola, la ofenden, es lo mismo que tronchar el árbol para exterminar las orugas; quemar la capa para acabar con sus polillas.

A tales y tan lastimosas aberraciones conduce en España con frecuencia suma la pasión de partido...

Salvo los casos en que el ataque al principio político o al sentimiento religioso procede de una tenacidad radical o de un escepticismo ateo, o siquier racionalista, porque entonces ya no es la pasión lo que guía los ánimos y la pluma, sino el cálculo reposado y frío, el espíritu de propaganda.

Y entonces, señores propagandistas, estáis en el deber, si sois leales, de desplegar vuestra bandera para que el pueblo la vea y os conozca; ese pueblo a quien todos invocáis y de quien todos os erigís en guías y tutores; ese pueblo que tiene derecho a conoceros, antes que, explotando su ignorancia capciosamente, lleguéis a imponerle una doctrina contraria tal vez a sus sentimientos, opuesta a sus inclinaciones, en beneficio de bastardos intereses...

Punto, y vuelvo a mis chanzas.

Las primeras ediciones de la Vida de Jesús, por Renán, contienen notas y textos con los cuales pretende el autor comprobar sus aserciones. Críticos ilustrados se tomaron la molestia de evacuar aquellas citas, y no tardaron en ver que eran, unas, completamente falsas, y otras, sutiles y artificiosas. Renán supo esto, porque se lo dijeron en letras de molde. Qué efecto le produjo la noticia, no lo sé yo, porque no ha tenido a bien decírnoslo; pero la verdad es que la última edición que he visto de la Vida de Jesús contiene una sola nota, y ésa para decir que se suprimen las demás a fin de hacer más barata la impresión del libro y más asequible éste a los recursos del pueblo.

Monsieur Renán, pues, en la necesidad de segregar de su obra, por falsos, los únicos fundamentos que podían conservarla en pie, tiene ahora, por lo visto, la Pretensión de que se le crea por su palabra, y quizá aspira a la gloria de destruir con ella sola la fe de veinte siglos. Esto no necesita comentarios, y concluyo resueltamente.

No basta que el pueblo lea: necesita saber elegir lo que le conviene leer.

La libertad de imprenta, utilizada en el sentido en que pretenden los dos periódicos en cuestión, podrá contribuir a lo primero, mas nunca a lo segundo. «Corromper no es enseñar».

Por eso en la pluma de un enemigo de las flamantes libertades, lejos de chocarme, hubiera hallado en su lugar la palabra frutos refiriéndose a la Vida de Jesús, como producto de la libertad de imprenta, mas en las   -112-   páginas de un periódico tan entusiasta de ella como el que la ha estampado, es un lapsus inconcebible.

En un país cristiano, ante un pueblo católico, no serán jamás frutos de ninguna libertad benéfica libros como el de Renán sino a verruga, el odio, la sarna que al cabo llegaría a matarle.

(De El Tío Cayetano, núm. 2.)

15 de noviembre de 1868.




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El futuro congreso

Cada partido político de España se cree el intérprete fiel de las aspiraciones de todos los españoles y el depositario de su más amplia confianza.

Refresquen ustedes la memoria.

Mandan los moderados, por ejemplo: «Nosotros -dicen ellos- somos los buenos; nuestro credo es el que reza a coro todo el país; nuestras leyes de imprenta, nuestras leyes de enseñanza, nuestras leyes de orden público, eso, eso es lo que quiere la nación. La mayoría de las Cortes, la Prensa en su más sana parte, y las adhesiones que recibimos de la corporación de acá y de la comisión de allá, y, sobre todo, la tranquilidad y la confianza que reinan en todas las provincias, nos lo demuestra bien claro. Está visto: poca bulla, mucha vigilancia y la mano del Gobierno hasta en la despensa es lo que necesitan los españoles para ser felices».

Mandan los Progresistas: «Lo que quiere España -aseguran- es esto otro: el pueblo en los clubs, los batallones de milicia ciudadana desfilando en los paseos al son del himno de Riego; la Prensa sin mordaza; el clero a raya y cada día un cisco en el Congreso. Las felicitaciones nos abruman y el país nos sonríe».

Mandan los Unionistas: «Hasta que hemos venido nosotros al Poder -exclaman-, España no ha respirado. El exclusivismo de los conservadores y de los Progresistas ha matado la energía o de la nación. En la libertad, buenas son las restricciones, pero con su cuenta y razón. Un tira y afloja prudente entre ambos extremos es lo que vienen pidiendo los españoles, y lo que nosotros y nadie más que nosotros, podemos darle. Tenemos la confianza de las Cortes; merecemos los elogios de la Prensa, y las provincias respiran descuidadas y felices».

Y vuelven al cabo los moderados al Poder, y tornan a repetir lo que antes dijeron; y les suceden los progresistas, y aseguran lo propio que aseguraron la vez anterior; y se apoderan los dos de la unión del mando, y vuelta a manifestar que son lo mejorcito de la casa.

Y así, girando la rueda años y años. Total, tres agrupaciones políticas en quienes están vinculados por riguroso turno los destinos del Presupuesto, los escaños del Palacio de las Cortes y el derecho de hablar fuerte en los periódicos. Y siempre los mismos hombres, y siempre los mismos resabios, y siempre idénticas mañas, y siempre las mismas rutinas, y el presupuesto nacional subiendo, subiendo y subiendo de mano en mano, y sin cesar.

Entre tanto, se va uno de puerta en puerta por esos pueblos y ciudades de Dios, donde se gana el pan de cada día con el sudor de la frente, pidiendo pareceres acerca de la marcha de a cosa pública, y he aquí lo que se oye:

  -113-  

En tiempo de los moderados: «Hombre, esto es insoportable; esa gente necesita las minas del Potosí; no gana uno para ellos. Déme usted Gobierno barato, aunque sea turco, y déjeme en paz».

En tiempo de los progresistas: «Esto marea; le falta a uno la tranquilidad para todo y para más que con los moderados. El nombre de Gobierno es lo que menos me importa: sea él barato, déjeme trabajar en paz y en gracia de Dios, y llámese como quiera».

En tiempo de los unionistas: «P, o, r, por, cada día peor. Estos tienen todo lo malo de los demás partidos y nada de lo bueno, y son más caros que todos ellos. Hay que desengañarse, se necesita un partido que no se parezca en nada a los conocidos; que se salga de sus rutinas funestas y que, alivie el presupuesto; ese partido, llámese como quiera, será el mío».

«Allá va», grita una voz tremenda, a cuyo eco se conmueve España y se derrumba el trono de sus monarcas.

Y, cosa extraña, al someterse la nación a un orden de cosas, enteramente nuevo, los mismos hombres de siempre vuelven a aparecer en escena con las mismas debilidades, con los propios resabios y las consabidas rutinas.

«Le nomme ne fait rien à la chose -tornan a decir con desaliento en aldeas y ciudades los españoles que no escriben periódicos, ni van al Congreso, ni sirven un mal destino en puertas; pero que pagan los sueldos a los ministros y empleados, y los ascensos al Ejército-. Más economías y menos manifiestos; poca política y mucha Hacienda».

«Eso después -replican los partidos de la situación-, cuando nos constituyamos según vuestra propia voluntad libérrima, representada en un Congreso cuyos fallos acataremos los tres elementos confundidos hoy en uno solo para felicidad y gloria de España».

Y como testimonio de la solidez de esta unión, al tratarse de la elección de diputados, los unionistas trabajan por el triunfo de los de sus ideas; los progresistas, por los de las suyas, y los demócratas, sustituidos en la actual rueda política del exterminado partido conservador, preparan el terreno electoral con manifiestos y predicaciones en el sentido de sus especialísimas ideas; y demócratas, progresistas y unionistas vuelven a decir, cada uno de por sí, que ellos y no los otros partidos son lo que el país anhela y necesita.

El país a que se refieren siempre los gobernantes representa, echando corto, las siete octavas partes de la nación; es decir, todos los españoles que no hacen política ni viven del presupuesto; el alma, la vida, el corazón de España; los hombres, en fin, que no preguntan a los Gobiernos cómo se llaman, sino si son baratos.

Estos hombres son, para desgracia de España, los que se retraen de las urnas electorales, o se acercan a ellas con el único fin de complacer a un amigo con su voto, juzgando equivocadamente que todos son lo mismo.

A estos hombres, a esta España sin partido, se permite El Tío Cayetano dirigirse en este instante con un consejo, basado en su larga experiencia. A estos hombres les dice: «¿Queréis Hacienda, detestáis la política, os oprimen y esquilman los partidos? Pues ahora es la ocasión, o nunca la tendréis, de que se cumplan vuestros anhelos. Venced esa apatía que os enerva en los momentos más críticos para la patria, acudid a las urnas cuando sea llegada la hora, y votad según vuestras propias inclinaciones; nada de banderas políticas; nada de charlatanes. Vosotros mismos os sobráis para electores y para elegidos. Ninguno como vosotros, industriales, comerciantes,   -114-   propietarios y hasta braceros que ganáis el pan con vigilias y sudores, puede saber lo que al país conviene. Elegid entre vosotros el hombre más probo, el más discreto, el más honrado, y no os apene el que carezca de los hábitos aparatosos del tipo parlamentario. Con recto corazón y sano juicio se hacen las buenas leyes, no con bellos discursos y malas intenciones».

Por eso, todo candidato que se os brinde con campanudos manifiestos atestados de elogios y merecimientos de sí propio, fuera con él.

Si el candidato es bueno, como vosotros y yo entendemos esta palabra, muy rogado, y hasta con palio, nos ha de costar Dios y ayuda obligarle a entrar por las puertas del Congreso; que la legítima representación del país, más que un beneficio, es una carga pesada.

Así, y sólo así, logrará Cayetano ver, una vez siquiera, la voluntad de España en las Cortes y en el Gobierno de la nación.

(De El Tío Cayetano, núm. 3.)

22 de noviembre de 1868.




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Para la historia

La libertad de cultos es un hecho en España.

Así lo ha dicho el señor ministro de Gracia y Justicia, y lo confirman sus concesiones para la erección de templos protestantes junto a los católicos.

Quédense por ahora con sus ilusiones los que creen que si los protestantes, los moros y los judíos no han llenado a España de fábricas, de bosques y de jardines ha sido porque se les ha negado el permiso para edificar capillas, mezquitas y sinagogas en las cuales adoren a Dios, según sus respectivas fórmulas, esos señores de quienes tanto se espera; y vamos, sin más preámbulos, al asunto de que quiero ocuparme hoy.

Parece ser, amparado por la susodicha declaración del señor Romero Ortiz, que se presentó en Cartagena un cura protestante a predicar la religión de Lutero. Mientras habló de Dios y de sus atributos, la cosa no presentó carácter alguno alarmante; pero llegó el reverendo pastor a negar el misterio de la Inmaculada Concepción, y fue tal el entusiasmo del pueblo cartagenero, que si el inglés no se refugia en un buque de su nación, sabe Dios lo que hubiera sido de él.

Así lo confirman varios periódicos de Madrid y de provincias.

Pues bien: el hecho ha trascendido a largas distancias, y me consta que ha dado ocasión a tres comunicaciones, cuyas fidelísimas copias ofrezco a continuación a mis lectores:


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Primera

Mister Romero, Ministerio de los busines de la catolic Churcha de Espania.

My dear sennior: Yo llego respectifulamente a decir a fosted que en averiguando your benevolence por la implantamienta in Espania del libre culto, yo estuve llevado del jantusiasmo de mi pastoral ejercimiento, por esprandiendo mis predications in ese country. En aquel medio, yo puse in, en mis equipamientos de departo para Espania, tres Hransands de Biblias y nove paquetas de water proofs que por haciendo un ponita negocio a vostros   -115-   countrimanes, yo era, my self, posible exhargarlos a ellos en my predications, a vinte schilines cache.

Bien: Yo tomo informaciones de que un Rey, reformado englisc evanguelista ha sido justo de bredicar fuertemente ahí que dona María, Cristo's mother, era no santa vierge, by lo que the catolic people, yo digo, popular estupid crowd, cayó ponitamente un puquito forte sobra el english minister que tomó de la vía for salvando himself la pelieca.

Ajora, dos guestiom: Primera. Son yusted rectificado fuestemente en las de su people libre cultistas aspirations, como esos news-papeles imprentan avery triqui-traca? Segunda. Ereigtando epanquelicas churchas en Espania, ellas serán menos puquito warrantadas que las católicas contra la derrumbamienta por yours contrimanes?

Esperando por su responsa, yo estoy, senior don Romero, trulemente devotado de su senioria.

Rev. Willians Ingilis Manquitos.




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Segunda

A vivir de la injusticia y culto de los infieles de España, el moacín de los creyentes, desde la gran mezquita de la Meca.

Alá es grande, cristiano, y por eso te sentó en el diván de color del primer cielo junto al alcázar de los sultanes, para mayor prosperidad de los hijos del Profeta. El simoun del desierto trajo esta nueva al oasis de las palmeras y de los higos chumbos, y también la de que habías pedido templos para Mahoma que asombrasen las mezquitas naracenas. Alá te premie, cristiano, con cien huríes y cien copas de diamante, porque tú serás creyente. Pero he sabido en la luna que empieza que un morabito de cabellos de oro y casaquín de alas de cuervo, recibió piedras sopapina y jujeo por negar ahí la fe de tus mayores. Yo llevaría a España alcuzcuz, y dátiles, y mirra de la Arabia para ti y para la mezquita que llevaras al Profeta. Hable tu lengua verdad, y dime, por Ala, si me recibirán tus perros infieles con la somanta que llevó el hombre de los cabellos de oro y la casaca negra.

Alá es grande. Visir de los derviches nazarenos, y tus nuevas aguardo con seis zalemas que te envío, tres zapatetas y dos tumbos, la cabeza abajo, al uso del hidalgo del desierto manchego, el único mortal que produjo sabio, y era loco, el suelo de los garbanzos y el país de las alharacas.

En la Meca, el quinto día de la octava luna antes del Ramadán, del año 28000 y pico de la Égira.

Nazareno, Alá es grande, y Mahoma, su profeta.




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Tercera

Romero Ortiz, hijo de Jacob, nieto de Abrahán: la vara de Moisés te ayude y no caigan sobre ti y sobre tus hermanos las plagas de Faraón.

Y llegó un día en que el ángel de Isaac detuvo la mano de Isabel, cuatro siglos levantada en tu nación sobre las tribus de Judea.

Y todas las religiones, menos la de España, fueron aclamadas por los españoles, y muchos templos cristianos taparon la luz del sol con la nube de sus escombros.

Y el disperso pueblo de Israel salió de sus escondrijos, y las puertas de España se le abrieron; porque es fiel a su Dios y espera el Mesías prometido.

Y no quedaba en España ni una, torre,   -116-   ni un regato, ni una piedra que dijese a tu nación: «Por aquí pasaron los hijos de Jacob, porque los hijos de Jacob viven dispersos, y no tienen yuntas, ni telares, ni molinos para los hijos de Beliab».

Pero quedaban doblones que apilar y oro en utroques que redimir, porque sus dueños no se lavaron en la piscina de Betsabé.

Y el pueblo de Judea quería esos monises para el tesoro de su nación; y abriría un pozo de siete codos y siete palmos y siete líneas, en siete barrios siete veces más oscuros y más tristes que la noche, y en ellos los sepultaría hasta la venida del Señor.

Porque los hijos de Israel son pródigos de verdad.

Y en esto, un cura de Lutero fue a España y llego a Cartagena, y predicó contra la Madre del Crucificado; y el pueblo de tu fe le arrimó candela..., y el cura se embarcó.

Y el pueblo de Judea lo supo, y se escamó.

Y echó a sus cofres siete cerrojos sobre los setenta que ya tenía, y volvió a guardarlos bajo siete estados de tierra, y dijo: «No voy, porque habrá palos».

Porque aún le dolían los de marras.

Y no fuimos a España.

Y por eso no vamos.

Y por eso te escribimos. Porque te amamos en Dios; que al cabo micas por su pueblo.

Y te exhortamos a que estudies el que te rodea.

Y podría ser que la puerta que abres al de Israel en España la cerraran para ti mismo los españoles.

Que más gordas se han visto.

Y esperamos respuesta, porque queremos hacer de nuestro sayo más de un capote. Háblanos en ella como el Decálogo.

El Dios de Abrahán y de Jacob y la luz del Sinaí te la iluminen, Romero Ortiz... y el pueblo de Israel no será judío para ti en un apuro.

Te lo prometo.

Jeroboán, el rabino más hebreo de los arrabales de Tranfort.

(De El Tío Cayetano, núm. 4.)

29 de noviembre de 1868.






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Monti y toquetti

Muchos días hace que estos nombres vienen siendo la ocupación favorita de ciertos periodistas españoles. También han resonado en la Cámara de Florencia, y el telégrafo oficioso, y hasta el oficial, los ha transmitido de pueblo en pueblo y del uno al otro continente.

«Víctimas, Nerón, libertad, Pío IX, inhumanidad, tiranía, sangre» y otras palabras no menos terribles y solemnes, forman la corte de honor con que viajan. Mis lectores los habrán visto, en tal guisa, pasar muchas veces sobre las planas de los periódicos liberalísimos de Madrid; y excitada vivamente su curiosidad, habrán podido averiguar, a lo sumo, que aquellos nombres son los de los reos ejecutados en Roma. Tres semanas hace «que treinta y un diputados» italianos presentaron en el Parlamento un proyecto de ley para conceder pensiones a sus familias; que las tales ejecuciones son dos hechos «desconocidos en la historia del cadalso», y, en fin, que el Gobierno de Florencia «ha dirigido una nota a las grandes potencias explicando su   -117-   conducta, reprobando esos hechos inauditos».

Y no habrán averiguado más; porque es de advertir que los periódicos y los hombres que más han gritado en este asunto, llevan hasta la avaricia la economía de los antecedentes que existen sobre el particular. Y se habrán hecho estas o parecidas preguntas: «Pero, señor, ¿qué personajes eran esos dos? ¿Qué empresa acometieron en bien de sus semejantes? ¿Qué favor les debe el mundo? ¿Por qué el Gobierno romano, por que Pío IX fue un inhumano al firmar la sentencia de muerte de Monti y Toquetti?».

Cayetano, que tiene la manía de las cosas claras, no puede dejar a sus amigos en tan peligrosa incertidumbre, y va a sacarlos de ella, ya que cuenta con los datos necesarios, y toda vez que el asunto colea hoy tan vivo como nunca.

Hace muchos meses fue volado en Roma el cuartel Serristori, que ocupaban los zuevos pontificios. No recuerdo cuántos heridos causó la catástrofe, pero sé que pasaron de veinticuatro los cadáveres que perecieron entre los calcinados escombros de una parte del edificio. La explosión fue producida por una mina practicada ex profeso debajo del cuartel, y a la cual dieron fuego dos hombres. La mina fue obra de los agentes italianos, y los hombres, cogidos in fraganti, y bien pronto convictos y confesos, se llamaban Monti y Toquetti.

Vivimos en la época de los prodigios humanos. Si mi vecino derriba al suyo de una puñalada, es un asesino, y los hombres le abominan y la ley le condena; si se alza con el depósito que se le confía, es un ladrón; si falta a sus juramentos, es un perjura, y en ambos casos también merece el desprecio de los hombres y los rigores del Código Penal. Pero si la puñalada se da en nombre de la idea en un pecho cubierto de púrpura y armiño; pero si lo vendido o lo derrochado indebidamente es un pueblo o es la patria; pero si el que falta a sus juramentos es un magnate, ¡oh!, entonces el asesinato, el robo y el perjurio truécanse en hechos meritorios, y el asesino, el ladrón y el perjuro, en héroes a quienes inmortalizan y colman de honores y presentes las musas de la gacetilla y las arcas del Tesoro.

Ante esta jurisprudencia, que de hecho existe en todos los países cultos, Monti y Toquetti, cogidos con la mecha en la mano, aún podían alegar su crimen como una heroicidad. Pero media la pícara circunstancia de que esos hombres llevaron a cabo su horrible empresa por la módica retribución de veinte escudos; porque Monti y Toquetti eran dos pillastres de la ínfima escoria social.

Así resulta del proceso, así lo confirma uno de ellos, en una carta, que, contrito, dirige al Papa; así lo aseguran varios periódicos romanos y otros franceses, entre los cuales el hijo, como testimonio irrecusable, la Liberté, diario parisiense del color de su título y tan papista como Garibaldi.

«Monti y Toquetti -dice- no merecen ninguna simpatía..., eran prosaicamente dos tunantes del peor género, pillos de taberna y autores de robo, que por veinte escudos consintieron en dar fuego a las minas preparadas bajo el cuartel Serristori por los agentes del señor Batarri».

Y ahora que ustedes saben «quién es Calleja», ayúdenme a sentir.

Esos son los hombres por cuya muerte se amotinó el Parlamento italiano; por ella ha pasado notas aquel Gobierno a «las grandes potencias»; por ella nuestra Prensa liberalísima llama cruel e inhumano al hombre más bondadoso de la Tierra y le emplaza ante «el tribunal revolucionario de la unidad italiana» y le coloca, en dureza   -118-   de alma, sobre Nerón; para esos «mártires de la causa republicana» pide flores, himnos y coronas. Para sus víctimas, para los inocentes sacrificados en el cuartel Serristori, ni un recuerdo, ni una palabra de conmiseración. ¿Y cómo tributársela? Los verdugos servían a la causa liberal de los unitarios de Florencia. Las víctimas eran soldados de la bestia negra, según el estilo inspirado del erudito de Caprea... ¡Ah, si las ejecuciones hubieran sido en la Calabria, y los ejecutados procedentes de Nápoles o de Roma, hubieran atentado contra la vida, por ejemplo, del patricio Liborio Romano!, entonces, ¡santo Dios!, ¿qué expiación más justa, más merecida que ella?

Hay un periódico entre los que más han gemido en España por los ciudadanos «sacrificados por la crueldad» del Sumo Pontífice, que ha llevado su delirio hasta el extremo de solemnizar el día de la Purísima encerrando en una orla negra, debajo de una cruz, los nombres de Pío IX y de los dos incendiarios, llamando anticristiano al primero y mártires a los segundos.

Este periódico no tuvo reparo, un mes antes, en decir muy recio que renegaba de la fe de sus padres y aceptaba la reforma de Lutero.

Vean ustedes cómo en cuestión de escrúpulos pueden verse aberraciones monstruosas. Este acto le dejó tan sereno y tan tranquilo, y a la noticia de que en Roma expiran en un cadalso dos malhechores, su conciencia se escandaliza y el llanto inunda sus ojos.

La verdad es que este colega nada tiene ya que ver con el Santo Padre, y que deshonrando su augusta memoria ayuda a su nueva causa. La sensiblería de sus conmilitones es algo más incomprensible. Cierto es que con ella dejan más alta su abnegación.

Después de todo, si estas farsas no fueran impías, llegarían al colmo del ridículo.

Un solo lado hermoso tiene la memoria de los desgraciados criminales Monti y Toquetti: su arrepentimiento sincero, su muerte cristiana y edificante. Precisamente lo único de que no han hablado sus sensibles panegiristas.

Pero era necesario herir a todo trance al catolicismo, y a tales propósitos, tales armas.

Y por esa senda pretendéis que os siga el pueblo... ¡Ilusos!

Al llamar inhumano al Sumo Pontífice y víctimas ilustres a los asesinos de sus defensores; al pedir para el santo el odio y la execración de los hombres y para los criminales lauros y simpatías, corrompéis indignamente el sentido moral y los fueros de la justicia; y el pueblo español, que es honrado, cualesquiera que sean sus ideas políticas, no se afiliará jamás a una bandera que hace causa común con los bandidos y los incendiarios.

Entendedlo bien: vosotros no sois, por fortuna, el sentido público, no sois la conciencia humana; a pesar de este falso rubor, se os conoce perfectamente; sois, y nada más, arteros explotadores de la ignorancia, del fanatismo o de la buena fe de las masas, cuya fuerza buscáis para trepar más fácilmente al punto de vuestras personalísimas ambiciones.

Tenéis, es verdad, necios que os aplauden, mentecatos que os remedan, ilusos que os admiran; pero que no os halague el triunfo; son barro grosero que sólo ha de serviros para hacer más pesados, más sofocantes los escombros de ese falso edificio que hoy os cobija, y se desplomará mañana sobre vosotros al primer soplo de la razón.

Porque la luz ha de hacerse, y desdichado entonces del que no pueda mirar sus rayos frente a frente sin que se le tiña el rostro de vergüenza.

(De El Tío Cayetano, núm. 7.)

20 de diciembre de 1868.



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Bocetos

El pueblo español no quiere, por ahora, más que política. Hace bien si eso le engorda. Pero es el caso que El Tío Cayetano se ha echado a escritor para contribuir con su óbolo de experiencia, ya que no ciencia, a la ilustración de ese mismo pueblo y está dispuesto como nunca a llevar a cabo su patriótica resolución.

Dentro de ella, se viene ocupando hasta aquí de las cosas y de las ideas. Hoy se propone ir diciendo algo de las personas: no de Juan ni de Pedro concretamente, que esto fuera entrar en un terreno indigno del que sienta en su corazón algo más noble que la envidia, la malevolencia o el despecho, sino de ciertas especies que hoy como nunca se agitan y pululan entre el pueblo, poco avezado al trato de estas entidades, y mal conocedor, por consiguiente, de sus méritos y de sus picardías.


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- I -

Entre la compacta y varia falange que desfila en mi imaginación en este instante hay una figura que se enreda obstinadamente entre los puntos de mi pluma cada vez que intento dar principio a mi tarea. Sin duda desea ser la primera y yo no debo desairarla. ¿Quién no tiene sus asomos de supersticioso? Por otra parte, el modelo es altamente simpático, y, por si no nos vemos en otra, no estará de más elegirlo para hacer boca.

El lector debe conocerle mucho: le habrá visto recogiendo en sus brazos a cuantos resbalan en la calle sobre una cáscara de melón, vendando las heridas de todos los descalabrados y corriendo la lista de suscripción a beneficio de un pobre artista trashumante. Él es «la única desgracia que hay que lamentar» en todos los incendios. Cuantas quiebras ocurren en su pueblo le cogen un pico, y si en alguna se reparte, por milagro, tal cual dividendo, él es el único acreedor que no cobra un céntimo. Hace la tertulia a sus inquilinos, los vela si están enfermos, y aun les convida a comer aliquando, y raro es el que no se le marcha dejándole la llave debajo de la puerta sin clavos.

Educado según el antiguo régimen, cree en Dios a puño cerrado y está por los Gobiernos de resistencia. La política le quita el sueño; pero no como una afición, sino como una pesadilla horrible; no la comprende bien, nada espera de ella, y, sin embargo, todo lo teme.

Si, mandando los suyos, se habla de secuestros o de deportaciones por atentados contra el orden:

-Hombre -dice muy bajito en la calle a cada uno de sus amigos-, ¿me has oído tú alguna palabra inconveniente, alguna frase que pueda interpretarse en mal sentido para el Gobierno?

-¿Qué temes?

-Todo lo malo, chico: la cosa está muy tirante, y como nadie está libre de un rato de mal humor, o de un falso amigo, o de un calumniador infame... Por otra parte, yo sueño recio, y ¿quién sabe si una criada...? En fin: mientras esto pasa me largo en paz y en gracia de Dios, que el mejor de los dados es no jugarlos, y el hombre precavido vale por dos.

Y en ocho días no se le vuelve a ver.

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Como los perros la tempestad, él huele las revoluciones por instinto; y en estos casos su miedo truécase en terror. Mira con curiosidad a cuantos braceros pasan a su lado; examina sus ademanes, estudia sus miradas y descompone y desmenuza la menor de sus palabras sorprendida al vuelo. Y como las que así caza resultan contrahechas, la dificultad se agrava para él. Todo sonido en ao le huele a palos; toda exclamación fuerte le parece un grito revolucionario; toda interjección dudosa, una amenaza de muerte a la clase de levita.

-Pero ¿tú qué temes? -se le pregunta.

-Hombre -responde-, déjame de cuentos, que en estos casos no se mira a quién se da, y si le despampanan a uno de un garrotazo, con él se queda por de pronto.

-Pero tú no eres hombre significado en política, eres pacífico, eres bueno...

-Sí; pero algunas veces me he expresado con demasiada vehemencia contra ciertas gentes, y estos dichos se exageran, y, en fin, para no morir asado, huir del fuego es lo mejor.

Y se eclipsa otra vez.

Y tiene la desdicha de volver en plena efervescencia popular. Nadie se mete con él; pero se aturde al ruido de una puerta; la gota de un tejado sobre su sombrero le parece un balazo a quema ropa, y le suenan a motines las parrandas nocturnas.

Y se larga a los ocho días, y así se pasa la vida.

Con los suyos tiene una equivocación y teme que la misma tirantez, que tanto le agrada, llegue a irritar a los otros y a precipitar el alzamiento.

Con los otros teme que le confundan con los suyos y le hagan pagar lo que en rigor no debe.

Entre tanto no cobra de ninguno de ellos y contribuye con todos; no tiene voz ni influencia en ninguna situación, y con todos teme y sufre; nadie le hace caso y de todos recela. En suma; es un aventurado con la conciencia limpia como un diamante y con los sobresaltos y congojas de un conspirador sempiterno.

A esta clase de hombres, lector amigo, estréchales la mano si te la tienden. No te sacarán de apuro grave, ni te enseñarán muchas cosas que tú no sepas, porque sus recursos no lo dan de sí; pero te pondrán el corazón en los labios cuando te hablen, y esto no es poco, en los tiempos que corremos.




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- II -

Algo menos familiar te será este otro tipo. No es extraño. Es hombre que se prodiga poco. Cuando se exhibe lo hace en toda regla; pero es en ciertas pompas de no fácil acceso para la gente de poco más o menos. Ama los relumbrones y la bambolla, y por eso ha formado siempre en procesiones de rúbrica, donde las cruces y los pendones, aunque sean de cofradía, representan el estado mayor.

Ocupa sólida posición y podría ser independiente, si quisiera; pero es soberbio, ambicioso y pedante, y necesita los saludos de los próceres y los abrazos en público de los representantes del Poder. Cala largo, y no vive al día como el vulgo de los mortales. Quiere asideros para todas las situaciones, y palancas de toda clase de maderas para remover todo género de obstáculos.

Por eso es polaco con Sartorius, de orden con González Bravo, escéptico con Posada Herrera y librepensador con los revolucionarios; como hubiera sido familiar del Santo Oficio en tiempos de Felipe II.

Suele ser hombre de tanta memoria   -121-   como énfasis, y a ella se debe la popularidad de sus méritos; porque, según sus relatos, no hubo calaveradas como las de su juventud, ni epigramas como los de su ingenio, ni verdades como las de su boca, ni primores como los de su pluma contra los hombres de la situación que, por turno, está debajo cuando perora. Pero, por un fenómeno incomprensible y providencial, esa misma memoria no alcanza a recordarle que lo que está diciendo de los troyanos con los tirios es lo mismo que decía de éstos cuando él era troyano.

Hay que hacerle la justicia de que no cambia de color súbitamente, sino por grados y a medida que las situaciones se van entornando. Como los gatos, quiere caer, en pie, y no economiza las precauciones al efecto. A un hombre semejante no podía ocultársele que plantarse en Mazzini desde Calomarde sin haber pasado siquiera por Olózaga no argüiría gran limpieza de convicción.

En algunos ejemplares estos cambios reposados suelen ser hijos de un miedo supino al hallarse en una nueva región entre elementos que se han combatido desde arriba.

En todo caso, este tipo, con la conciencia política tan sucia, tiene con el anterior, que es la primera misma, un punto de semejanza: el miedo. El uno tiembla porque no se le vea cómo es; el otro suda por sostener la máscara con que se disfraza.

Este, por instinto legitimista y aristócrata, anda en tiempo de efervescencia popular arengando a las masas y mendigando los abrazos de una chaqueta.

Mucho ojo, lector, por si se te acerca.

No creas en sus convicciones, no te seduzcan sus lisonjas. Si te busca es porque te teme, o porque te necesita. Incapaz de amar a nadie, ni de poner a ninguna al par de su importancia ni de su inteligencia, al rodearse de una corte de admiradores su mayor placer sería aniquilarla de un solo golpe después de haberse servido de ella. Como el tirano de Roma, la quemará también por alumbrar su soberbia con el fuego de sus ruinas.

(De El Tío Cayetano, núm. 7.)

20 de diciembre de 1868.






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Año nuevo

Cuando se entra a oscuras en una habitación en que se oyen ruidos extraños se ponen las manos por delante y se exclama, o se piensa al menos:

«¡Dios mío! ¿Qué habrá aquí? ¿En qué parará esto?».

Lo mismo exactamente le ha sucedido a España al entrar, empujada por la última hora del año de 1868, en la primera de 1869, verdadero caos tenebroso e infernal, «donde toda incomodidad tiene su asiento, y donde triste ruido hace su habitación», como en la cárcel de realistas del Quijote.

La noble matrona, a despecho de su probado heroísmo, a pesar de su evangélica resignación, tiembla ante tanta oscuridad, tiene miedo, busca a tientas a sus grandes hombres, y les pide un rayo de luz que la ilumine.

Pero Serrano gastó en Alcolea el último fogonazo.

La espada de Prim ya no centellea.

Topete mojó en Cádiz la pólvora del Pacífico.

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Figuerola no da lumbres.

Lorenzana duerme.

Sagasta apura la última cerilla para remendar una cortada que piensa añadir a cierto telegrama en cifras.

Ruiz Zorrilla aprovecha el débil fulgor de aquélla para buscar la cédula electoral que le pidieron en las urnas y le ha valido la honra de que le inmortalice La Correspondencia en sus columnas de brea.

Romero Ortiz despabila una lámpara sepulcral, después de haber apagado la de los templos católicos, y la apaga también.

López Ayala, la lumbrera del teatro moderno, es en política un fuego fatuo.

España, pues, se ve a oscuras al comienzo de una senda llena de precipicios y de obstáculos, sin un solo punto claro que la sirva de norte, sin una mano que la guíe, sin una voz que la aconseje.

Y no puede retroceder, ni siquiera detenerse, porque el tiempo y los sucesos la obligan a caminar.

Por eso reniega de sus hombres, se enjuga una lágrima, tiende las manos al vacío, y nada.

Trémula y aterrada, da sus pasos, y al tercero se hunde hasta las rodillas. Es un charco de sangre: está en Cádiz.

Se hace a un lado, y un montón de escombros que se desploman la descalabra: son los de los templos de Sevilla.

Cambia de rumbo. Algo se le enrosca entre los pies, largo y ondulante como el boa constrictor: es la cola del Banco.

Salva el obstáculo y anda más: un no sé qué frío y hediondo como el aire de un sepulcro pasa a su lado y le azota el rostro: es el hambre de Castilla.

Lamentos, conjuros y plegarias en derredor. Los imponentes de la Caja de Depósitos y algunas monjas sin celda, pan ni abrigo.

Trabucazos, alaridos y protestas más lejos. Los comunistas andaluces.

Mucho más lejos aún: el tango habanero en el estampido de la artillería: es la insurrección de Cuba.

El himno de Riego, palizas y otros rumores: el sufragio universal en todo su esplendor; el derecho al trabajo y los voluntarios de la Libertad.

Despavorida, acelera la marcha; pero tropieza en un cuerpo voluminoso escurridizo: Olózaga.

Cae, no cesa de caer, y todavía hay algo que la precede en la caída, que baja más que ella: los valores públicos.

Al fin se detiene, pero en el fondo de un abismo: las arcas del Tesoro.

El vacío la circunda, y, sin embargo, siente un peso sobre los hombros que la agobia, que la sofoca: el empréstito Figuerola.

Un ruido sordo y constante la desazona, y algo la pellizca la túnica, y la muerde las sandalias: son los roedores del presupuesto que se han comido hasta los clavos, y aún tienen hambre.

Entre tanto, siente que avanzan a su lado escuadrones de fantasmas que la absorben hasta el aire que respira con dificultad: el Ejército y las clases pasivas.

Otros grupos, de pisar más grave y más sonoro, marchan en opuesto sentido y aléjanse sin cesar: la gente acomodada, los capitalistas que huyen de ella a tierra extranjera porque la temen.

Quiere seguirlos, siquiera para llamarlos; pero tropieza en un obstáculo hueco y liviano, y vuelve a caer: la debilidad de su Gobierno.

En la caída se hiere la cabeza, y al resplandor que le finge la fuerza del dolor que siente, quiere ver algo, y ve... un punto más oscuro, más tenebroso   -123-   que todos los demás: las futuras Constituyentes.

Sin embargo, se dirige a él, y aún cree descubrir detrás el contorno de una puerta de salida. La palpa con afán; pero aquel cuerpo real o ilusorio tiembla y amenaza sepultarla entre los escombros: el trono de Espartero.

Otro más perceptible hay a su lado, y hasta vislumbra un busto coronado de ortigas y perejil, que se evapora en cuanto le mira: el duque de Montpensier.

Otra puerta aún, más clara, pero más estrecha y erizada de espinas, que necesariamente han de desgarrarle la túnica y las carnes: la República.

Otras muchas se ofrecen a su vista turbada y todas confusas y mal definidas.

Al cabo halla una completamente perceptible; corre hacía ella con afán, y trata de abrirla. Al fin va a respirar libremente... Ilusión: es la guerra civil.

Entonces, desfallecida, horrorizada, levanta al cielo los ojos de su vieja fe, y un rayo de esperanza, que parte de la Suprema Misericordia, le presta nuevos bríos, y con ellos sigue marchando impávida a través del antro misterioso.

¿Adónde irá a parar en el curso del año que empezamos?

Dios, que la guía, puede saberlo únicamente.

(De El Tío Cayetano, núm. 9)

2 de enero de 1869.



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