Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.

El suspiro del moro

Corradi, Amelia‏

Pilar Vega Rodríguez (ed. lit.)

Ya triunfantes y gozosas

En la soberbia Granada

De Isabel y de Fernando

Las falanges esforzadas,

Han entrado, y ya tremola

La bandera castellana

En sus altos alminares1,

Y en las torres del Alambra2

Mil y mil aclamaciones

El viento lleva en sus alas,

Que por Isabel primera

Y el aragonés monarca

Digno esposo de tal reina

Sus nobles guerreros lanzan

¡Viva! ¡Viva! dicen todos,

Llena de júbilo el alma

El rey y la augusta reina,

Cuya frente soberana

Ciñe la espléndida diadema

El glorioso laurel enlaza.

Acciones e gracia solo

De gozo solo palabras

Sonar por doquier se escuchan

Entre la gente cristiana;

Y en las moriscas mezquitas,

De Dios en templo trocadas

Con profusión el incienso

Arde en pebetes3 de plata

No muy lejos de las puertas

De la ciudad conquistada

Una triste comitiva,

Y un hombre que al frente marcha

Atrás dejando sus muros

Va caminando callada

Y en ella dice el silencio

Lo que palabras no bastan

De cuando en cuando los ojos

Viviendo para mirarla

Contemplan entre gemidos

Sus agujas cinceladas;

Y comprimidos sollozos

Y dolorosas palabras,

Sonar por doquier se escuchan

En aquella tropa extraña

Es Boadil4, que se aleja

Es Boadil, que se marcha,

Rey sin cetro ni corona

De su ciudad adorada.

Su esposa, y Aixa, su madre

Lo siguen, y una muy escasa

Porción de súbditos fieles

Al destierro le acompañan

Destierro que se impusiera

El desdichado monarca

Porque no se avergonzase

De su mengua su Granada

Lleno de angustia camina,

Dejando de sí a la espalda,

Los mirtos y los rosales

De la vega perfumada,

Y cada mirto que deja,

Y cada rosal que pasa

Entre sus ramas y espinas

Le lleva un trozo del alma

Ya los altos capiteles

De la ciudad afamada

En la atmósfera perdidos

Van a dejar sus miradas

De contemplar, y un recodo

De la senda en que se halla

De su vista humedecida,

Va para siempre a robarla.

Entonces el triste moro

Se para y del pecho lanza

Un suspiro. ¡Ah! ¡qué suspiro!

Tan fiero dolor declara,

Tanto padecer descubre,

Y tanta amargura abraza,

Que de entonces aquel sitio

Suspiro del moro llaman;

Y con dolorido acento,

Extendiendo hacia su patria

Lleno de emoción las manos,

Entre lágrimas exclama:

¡Oh, Granada de mis ojos!

¡Oh! Del mundo la sultana

¡Perla de Darro y Genil,

En que tu faz se retrata!

¿Dime, ingrata, qué te hice

Para que así me dejaras,

Y a otro dueño tu hermosura

Tan voluble se entregara?

¿Por qué me destierras lejos

De las salas de mi Alambra,

Del Generalife uno

De mis mezquitas sagradas

Que con altares de Cristo

Tus nuevos reyes profanan

¿No eres tú, dime, la herencia

Que mis padres me legaran?

¿Y no juraste ser mía?

Dime, dime, ¿por qué faltas

A tus promesas?¿yo acaso

De las mías me olvidara?

¿No fuiste el ídolo mío?

¡Fementida! ¿y de mi alma

No fue el cuidado más dulce

Darte venturas colmadas?

Pues entonces, di perjura,

¿Por qué causa me maltratas?

¡Permita Alá que en castigo!...

Mas ¡ay! no permita nada

Que es tanto lo que te amo,

Aun a pesar de tu falta,

Que si quiero maldecirte

La voz falta a mi garganta

Y tan solo sé en mi pena

Verter lágrimas sin tasa.

El triste moro a sus quejas,

Dio fin con estas palabras,

Y entonces Aixa, su madre,

Los ojos brotando llamas,

Llegándose hasta su lado

Le dijo con furia insana,

Llora, desdichado, llora

Llora como mujer flaca

Esa ciudad tan hermosa,

Esa patria tan amada

Pues cual hombre animoso

No supiste conservarla...

Y una mirada postrera,

Arrojando hacia la Alhambra,

El rey y su comitiva

Se vuelve a poner en marcha:

Ya de su senda el recodo,

Para ellos tan triste, pasan;

Ya han de dejado para siempre

De ver la hermosa Granada.


FUENTE

El Fénix (Valencia), núm. 45, 9 de agosto de 1846, pp. 242-243.

Ediciçón: Pilar Vega Rodríguez.