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ArribaAbajoProsiguen los caballeros valencianos la conversación en casa del transformado Meneses, y allí se discurren materias varias de gustoso entretenimiento

Los caballeros mozos, los músicos, los poetas, y al fin toda gente ociosa y bien entretenida, festejaban a mi señora doña Inés y eran de ella no menos festejados y favorecidos. Aquella casa fue la Academia de los Discretos de aquel tiempo. Una tarde, que el verano trujo calurosa, concurrieron a pasarla en ella fresca los más familiares amigos. La bellísima Castellana (que así la llamaba la cortesía generosa de los valencianos caballeros, con envidia y a pesar de las damas de aquella tierra) dio principio al deleite de aquel día y vida a este romance, sirviéndole entonces de alma su voz y el instrumento, cuyo asumpto fue una señora viuda en el traje y en las partes personales bellísima:



   Laura, milagro de amor,
perfeción de sus ideas,
que en vuestra luz se regalan
animadas y suspensas.
Pues sois tal, que aun las lisonjas
que produce la elocuencia,
apenas tener merecen
nombre de alabanzas vuestras.
Que aunque vestís de la noche
la deslucida librea,
desmintiéndose a sí propia,
mayor luz que el Sol ostenta.
Que Amor siempre ejercitado
en ingeniosas cautelas,
rescata entre aquellas sombras
el fuego con que nos quema.
Si os conquista mi esperanza
más amante que soberbia,
tan honrada empresa puede
ser mérito de sí mesma.
Viene en vuestros bellos ojos
el ocio de las estrellas,
porque donde ellos alumbran,
ni ellas lucen ni lo intentan.
Jamás favor para ellos
les pienso pedir a ellas,
porque de los inferiores
nunca el favor aprovecha.
Yo que en sus rayos me abraso,
sin hacelles resistencia,
así cantando ejercito
de mi instrumento las cuerdas:
«Es peligro miraros, y yo porfío,
porque son vuestros ojos dulce peligro.

    Peligro tan regalado
no puede ser peligroso,
en quien caer es forzoso
sin venir nadie forzado,
bien sé que es el más buscado,
con ser el más conocido,
porque, etc.

    Los cobardes hace osados
un peligro tan suave,
porque en su fatiga cabe
el premio de sus cuidados,
hasta los escarmentados
peligran sobre el aviso,
porque, etc.».

Alabanzas sin número fueron las gracias que recibió Inés por la dulce suspensión en que a todos puso, cuando el maestro que la había dado destreza en esta arte más divina que humana, recibiendo de sus manos el instrumento, con voz suave dijo a los ojos negros de una dama que estando entonces presentes era el blanco de su voluntad:



    -Ojos negros, si el Amor
me negara esa hermosura,
yo tuviera la ventura
de vuestro mismo color.

    La luz del dorado coche
ni os excede, ni os iguala,
aunque no os vestís más gala
que las galas de la noche.

   Entre galas bien estrañas
con ser tan negro el vestido
luce mucho guarnecido
de tan hermosas pestañas.

    ¡Ay negros del alma mía!,
quien no amara, no creyera,
que luz tan negra pudiera
hacer tan hermoso al día.

   De suspiros abrasados
música os pienso ofrecer,
que los negros soléis ser
a música aficionados.

   Y así estimar mucho es justo,
los negros bien lo merecen,
pues vemos que se parecen
a los reyes en el gusto.

   De miedo hablaros no puedo,
Amor quisiera y no osa,
que es de niños propia cosa
tener a los negros miedo.

    Mas como otras veces llaman
regalados y amorosos,
los que los ven tan hermosos
más que los temen, los aman.

    Oíd mis humildes quejas,
reyes, justicia me hagáis,
que reyes sois, pues estáis
coronados de esas cejas.

    En celebrar me desvelo
el bien que el cielo las dio,
porque no quisiera yo
ofendellas en un pelo.

    Ya me llama la blancura
de la garganta y la frente,
y la pluma gloria siente
en celebrar su hermosura.

    El negro color dejemos,
y en el blanco se prosiga,
aunque ya por mí se diga
que me voy tras los estremos.

    Razón es que el amor pruebe
a gozaros, no anda ciego
por ver si puede su fuego
regalalle en vuestra nieve.

    ¡Ay, si mis manos cansadas
la merecieran tocar!,
aunque las suele dejar
la nieve más abrasadas.

   Pasar ya de aquí deseo,
este es solo mi cuidado,
más de la nieve ocupado
a dar un paso no veo.

    Pluma suspéndete aquí,
y diga el verso postrero,
con razón por Celia muero,
pues para Celia nací.

Presente estaba el caballero poeta autor de las redondillas, que alabándose juntamente con lo bien cantado, partieron entre el músico y el poeta las alabanzas, tocando al segundo la mayor parte, que encendido de ellas y obligado de los ruegos de los amigos, refirió esta novela amorosa, escrita en otavas; su título Recaredo y Rosimunda, que habiéndola formado entre otras muchas para un poema irregular y misto intitulado Las hazañas del Amor.




I

    De un ciego capitán hazañas canto
(si alevosos ardides son hazañas),
que es, siendo fuente de sangriento llanto,
autor de obras magníficas y estrañas,
cuanto abrasa su ardiente yelo, y cuanto
los míseros albergues y cabañas
de la plebe más vil preferir sabe,
del César Imperioso al cetro grave.


II

   Divertiré con varios accidentes
de otros efectos el discurso mío,
que entre quejas de amor siempre dolientes
tengo de resonar con marcial brío
actos ya valerosos, ya prudentes
(amena variedad), cantar confío,
que se desprecia de menor trofeo
el ambicioso osar de mi deseo.


III

   ¡Oh Febo!, si son fieles las historias
antiguas que os celebran por amante
del Amor los blasones y victorias,
justo es que vuestro espíritu los cante;
sus heroicos trofeos y memorias,
no es bien que incorregible los espante
del negro olvido la violenta llama,
verdugo torpe de la honesta fama.


IIII

    Al tiempo cuando el infeliz Rodrigo,
rey de fortuna infiel y breve estrella,
amó en la Cava el rayo y el castigo
de su corona para infamia della,
el tirano común, el enemigo,
inexorable Amor, el que atropella
por las dificultades invencibles,
conquistador glorioso de imposibles.


V

   Universal imperio poseía
entonces más que nunca en todo el suelo
(era siglo de Amor), por quien ardía
la hermosa redondez que abraza el cielo;
en la patria del agua se encendía
el pez, y sin valelle al ave el vuelo
le hacía sacrificio de sus galas,
que a Amor no se le huyen por las alas.


VI

    Arde la tierra, el aire, el agua, en ciego
fuego de Amor, y ya dél oprimidos
todos cuatro elementos son del fuego
a su naturaleza reducidos;
pasan del ocio blando del sosiego
a formidable guerra los sentidos,
y es ya cualquier espíritu amoroso
teatro de tragedias prodigioso.


VII

   Pero quien más el duro imperio siente
del que premia servicios con agravios
es la invencible España, cuya gente
da materia a las plumas de los sabios,
pues su heroica alabanza es conveniente
y forzoso ejercicio de sus labios,
porque hallan ancho campo en sus vitorias
para hacer admirables las historias.


VIII

    En la parte que tiene de invencible,
Amor quiere ser único en el suelo,
y a su deidad no juzga convenible,
que le da a España el mismo honor el cielo;
cuanto mayores muestras de imposible
la empresa ofrece, esfuerza más su vuelo
la dulce parca de inmortales vidas,
para vencer las armas no vencidas.


IX

    Vecina al mar, hermosa y eminente
y fundación de aquel monstruo tebano,
yace la insigne Cádiz, que no siente
las tiranías del invierno cano;
antes en todos tiempos felizmente
blasona con la pompa del verano,
y de la ilustre y la vulgar riqueza
goza abundancia en oro y en nobleza.


X

    Hermosa en rostro, generosa en pecho,
entre sus muros Rosismunda vive,
virgen a quien el orbe es campo estrecho,
mayor empresa su ánimo concibe;
su fatiga, el ocio, el blando lecho,
martirio y no corona la apercibe,
magnánima virtud la inspira y llama
a ser alto sujeto de la Fama.


XI

   Tiranizó los ojos de un mancebo
con los suyos, lumbreras celestiales,
ornato de la tierra, como Febo
del cielo con sus rayos orientales;
tan dulce pasto y tan sabroso cebo
el joven busca, y son sus prendas tales,
que aun a tan generosos pensamientos
ceder no deben sus merecimientos.


XII

    Recaredo es su nombre y la excelencia
de su virtud su nombre califica,
ministro en tierna edad de la prudencia,
a cuyo templo y aras se dedica:
ya de arte en arte y ya de ciencia en ciencia
peregrinando, su alma se hace rica
de un tesoro, que en siendo conseguido
no puede ser robado ni perdido.


XIII

   Aún no diez y seis veces visto había
al verde abril el noble Recaredo,
cuando llegó a entender que Amor quería
que allí pusiese su esperanza y miedo;
el joven a la virgen parecía,
tanto (¡oh cuán breve en la pintura quedó!),
que de los sexos dos sólo ha podido
ser distinción la forma del vestido.


XIIII

   Cada uno vee en el otro su retrato,
y el del otro cada uno trae consigo,
dos rostros son y un parecer, más grato
cuanto más parecido y más amigo;
crece su amor con el manjar del trato,
que no sabe otra sombra ni otro abrigo;
al principio fue estrella y ya es prudente,
justa elección que obliga blandamente.


XV

    No distribuye entre los dos el cielo
dos vidas, que los dos son una vida;
vida dulce y feliz porque en el suelo
no hay más vida que fee correspondida;
trato en todo tan limpio de recelo
no parece de Amor, que allí se olvida
de ejercitar con ingeniosa mano
las cautelas de príncipe tirano.


XVI

    Huésped de la ciudad por cuyo suelo
discurre ufano el Tajo venerable,
a quien labró con tanto monte el cielo
natural muro y siempre inexpugnable,
cuya piedad y religioso celo
la propone a los ojos admirable,
era entonces la Corte del Rodrigo,
que peleó contra sí, por ser consigo.


XVII

    Respetos del honor y obligaciones
desde allá a Recaredo están llamando,
y acá el Amor con dulces dilaciones
le va el tiempo y las horas engañando;
varios asumptos, varias intenciones
su corazón engendra, y peleando,
la paz le turba de su entendimiento
la batalla interior del pensamiento.


XVIII

   Al fin (resolución que celebrada
por el común aplauso ser debía)
obedece a su honor y a la jornada,
aunque en sus brazos acabar temía;
virtud de tiernos años no esperada,
fructo que aquella edad desconocía,
acción maravillosa y raro ejemplo,
a quien la eternidad le debe templo.


XIX

    Admiróse Toledo en su belleza,
de ver que en mortal carne trasladase
su hermosura el abril y la riqueza
de sus flores vertiese y derramase;
vanagloriarse la naturaleza
podía, si es que ya no le invidiase
haberle dado más que a sí, y desea
que mejor que su autor la obra no sea.


XX

    Crece la fama, y le desacredita
en darle tanto crédito de hermoso,
porque parece que el valor limita
de un pecho varonil y generoso;
manchalle así la invidia solicita,
y afila el instrumento venenoso
de su sangrienta lengua que es más fuerte
y más inexorable que la muerte.


XXI

   Ya que en belleza que es tan inculpable,
más bella mientras más examinada,
cualquier parte por sí tan admirable
que hace por sí belleza separada,
y toda junta unión tan agradable
que la da perfección más levantada,
no hallan defectos, la interior ofenden
y envilecerle la opinión pretenden.


XXII

    Froila, que en la sangre se igualaba
al rey, que de su sangre decendía,
a quien toda la Corte veneraba
por lo augusto que en él reconocía,
con más duro semblante le miraba,
que en el rostro que a tantos suspendía,
acrecentando el número a los cielos,
temblaba él de la espada de sus celos.


XXIII

   Alabósele un día (inadvertida
alabanza en más daño que provecho)
su dama y quedó luego concebida
vil desesperación, que enciende el pecho;
ella en vez de mostrarse corregida
le reduce a tormento más estrecho,
llora y suspira, y vierten con espanto
lágrimas y alabanzas, voz y llanto.


XXIIII

    Deste amor y deste odio descuidado,
que ella y él igualmente le tenían,
vivía Recaredo, y empeñado
en la fee que también le agradecían,
no pudo prevenirse contra el hado,
porque con sordos pasos le venían
fabricando su daño las estrellas,
que sus mayores émulos son ellas.


XXV

    Busca ocasión Froila a la venganza,
mas no hay venganza donde no hubo ofensa;
es obra del furor y destemplanza,
que en los delictos liberal dispensa;
cobra brío, ardimiento y confianza
cuando en su sangre generosa piensa,
y usa de la virtud de sus mayores
para la ejecución de sus errores.


XXVI

    Juzga digno matalle, mas que sea
por mano suya juzga indigna cosa;
ministro elige de la hazaña fea,
que anochezca la vida más hermosa,
intenta que del cuerpo desposea
aquella alma, que fue tan poderosa
que le usurpó con dulce tiranía
el imperio feliz que él poseía.


XXVII

   Tuvo el aviso un ánimo piadoso,
que a Recaredo le alumbró en su daño;
«Huye», le dice, «el golpe riguroso»,
y él replica: «Es peligro más estraño,
volver por mi inocencia es lo forzoso
y no aumentar las fuerzas del engaño,
pues de tanto poder ¿qué torre o muro,
defenderme podrá y hacer seguro?


XXVIII

    »Froila es sangre real, ponerme quiero
a sus pies, donde escuche mis razones,
que con príncipe tal un caballero
debe humillarse en las satisfaciones;
sabráse mi verdad, y si su acero
aún me armare cautelas y traiciones,
en el amparo real pondré mi vida,
cuya espada de todos es temida».


XXIX

    Apenas dijo así, cuando procura
hacer ejecución este deseo;
tiempo halló y ocasión, mas no ventura;
juzgó su vida en bien dudoso empleo;
contemplando del Tajo la hermosura
al tiempo que el abril con más aseo
que riqueza le viste, vio que estaba
Froila, a quien ninguno acompañaba.


XXX

    Espera allí Froila porque sabe
que ha de salir su dama al campo hermoso,
trayendo en el semblante honesto y grave
el émulo de abril más generoso;
pensó si Recaredo, en quien no cabe
aun sombra de malicia, cauteloso
a vella viene della prevenido,
y siendo imaginado fue creído.


XXXI

   Altérase, y al tiempo que humillado
Recaredo con voz el aire hiere,
mientras más se humilla, más airado
concibe errores y de celos muere;
tres veces miró al cielo, y tres airado
al agua, porque dél y della quiere
socorro en tanto fuego, y de agua y cielos
huyó porque el color visten de celos.


XXXII

    Desnudó con la cólera la espada,
y aunque anduvo la mano allí imprudente,
más quedó por la lengua disfamada
su sangre, hablando libre y torpemente;
a una hirió la carne, y más pesada
la otra el alma, que su agravio siente;
el cuerpo vierte sangre, el alma arroja
suspiros de dolor, ansia y congoja.


XXXIII

    Previene la defensa el ofendido
joven, aunque sin ánimo de ofensa,
mas ¿qué acero discurre tan medido
que no lleve la ofensa en la defensa?
Froila en nueva cólera encendido,
lo que es defensa que es delito piensa
y quiere que sea culpa una disculpa,
que el no valerse della fuera culpa.


XXXIIII

    Precipitóse ciego, cudiciando
robar su vida, y respondió su espada
tan firme que a sus pies cayó espirando
el alma libre y mal aconsejada;
quedó el vivo más muerto y deseando
la vida al que dio muerte, y vio cerrada
en sus ojos la muerte a su deseo,
sombra mortal y ya cadáver feo.


XXXV

    No tan sombra mortal que no viviese
después dos días, y el sangriento caso
con la ocasión a muchos refiriese,
sin ser en la verdad largo ni escaso;
Recaredo gentil sin que pudiese
el Tajo altivo resistille el paso
haciéndole sus pies y manos puente
penetró de sus aguas la corriente.


XXXVI

   Viose en la otra ribera cuando inclina
el Sol su luz en el ocaso, Oriente
para otros mortales, pues camina
vivo su resplandor eternamente;
no muere en su virtud su luz divina,
para nosotros sí, pues está ausente,
que era una misma ación que a un tiempo hace,
a estos muere y a los otros nace.


XXXVII

    Socorro fue la sombra al fugitivo,
a quien dieron amparo unos pastores,
donde en el traje culto y el lascivo
ornato desnudó vanos honores;
el hado entonces fieramente esquivo
del campo le ejercita en las labores,
y le expone a servir bárbaro dueño,
que le limita la porción y el sueño.


XXXVIII

    Corre la nueva a Rosismunda, y llega
con los aumentos que le da la fama.
«¡Oh mísera en amor!» dice, y más ciega
vuelve a entregarse al fuego de su llama;
la razón más la turba que sosiega,
pues tanto más peligra quien bien ama
cuanto es mayor su ingenio. ¡Oh mal estraño!,
donde el mayor remedio es mayor daño.


XXXIX

    En traje de varón se viste, y parte
cuando un solo color el mundo viste,
sobre un caballo fiel, en quien sin arte
natural obediencia siempre asiste;
como la soledad quieta es la parte,
que más deleita el ánimo de un triste,
sola camina y tan veloz que el cielo
su movimiento rapto vio en el suelo.


XL

    En Toledo descansa en la dichosa
nueva de que su amante no está preso,
mas luego presa en cárcel rigurosa
se turba expuesta a un mísero suceso:
la dulce semejanza muy costosa,
¡ay triste!, vino a ser, y con exceso
presa de amor de Recaredo viene,
y juzgada por él prisiones tiene.


XLI

    Este error milagroso, que la suerte
puso en los rostros dos, no le declara,
antes el noble ánimo la advierte
que sacrifique allí la vida cara;
la vida ajena con la propia muerte
pretende asegurar, y no se ampara
de verdad, que ha de ser clara al sentido,
con advertir que allí miente el vestido.


XLII

    Antes en la prisión dice: «Si muero
en fee de que mi amante es el que muere,
no le buscaran más, con que así espero
vivir en esto mismo que muriere;
en una muerte sola considero
la vida de los dos, si yo supiere
espirar con un rostro tan constante,
que en todo sea la imagen de mi amante».


XLIII

    Confiesa, pues, la culpa que no tiene,
pide el cuchillo y por la muerte clama,
que así seguridad mayor previene
a la vida que vive donde ama;
con ver los instrumentos se entretiene
de aquel castigo que su premio llama,
y cría un corazón robusto y fuerte
entre los aparatos de la muerte.


XLIIII

    Llega su padre en busca della, y ciego
del engaño común que causó el traje,
le pide al rey, justificando el ruego,
que enmiende el deshonor de su linaje;
con falsa acusación jura, en el fuego
ardiendo de la saña y del coraje,
que Recaredo le robó su joya,
émulo del ladrón que nació en Troya.


XLV

    Y dice más, que la quitó la vida,
y es fuerte la razón, pues no parece.
¿Cómo ha de parecer si está escondida
de la cautela que el vestido ofrece?
Ella a la nueva causa agradecida,
de su muerte en mayor deleite crece,
pues ya loca de amor (¡oh valor fuerte!)
muere en la dilación, vive en la muerte.


XLVI

    La muerte y robo confesó la dama,
y aunque muertes y robos hechos tiene
son de otra calidad, porque su llama
en almas sino en cuerpos se entretiene;
con esta confesión turba la fama
los ánimos, y el vulgo se previene
para su libertad y su defensa,
que todos juzgan por común la ofensa.


XLVII

    No supo el padre que ella hubiese huido
en traje varonil, porque tuviera
indicios de su engaño, y advertido,
al bien que busca no le persiguiera;
ella, que el robador y el robo ha sido,
la verdad no descubre aunque pudiera,
antes intenta hacer (mudando suerte)
al autor de su vida de su muerte.


XLVIII

   Pesóle al rey que hubiese confesado,
a la reina y las damas juntamente,
que es Recaredo con estremo amado
por su belleza y ánimo valiente;
piensan que es él que muere, y más cuidado
les diera a conocer la floreciente
virgen, cuya esterior blanda terneza
es torre de invencible fortaleza.


XLIX

    Sale a morir, aunque mejor dijera
a quitar vidas, su belleza rara,
tal que hasta el mismo Júpiter temiera
los rayos del Olimpo de su cara;
la color virginal no se le altera,
antes con mayor ánimo la ampara,
que entonces en su rostro más hermosa
para morir con ella nacen rosas.


L

   Un negro luto lleva que acrecienta
belleza en ella y lástima en la gente,
que la nieve del rostro más se aumenta
con su contrario y más esfuerzo siente;
por reprimir del vulgo la violenta
furia, del rey la guarda está presente,
que más que el pueblo apasionada viene
y más de amparo que de ofensa tiene.


LI

   Pues entre sus escuadras los soldados
los verdugos esconden, que se huyeron
de comiseración tanta obligados,
que allí de la piedad ministros fueron,
no de justicia, que aunque ejercitados
en verter sangre, por horror tuvieron
del Sol, padre común, con pecho ingrato,
borrar en ella el único retrato.


LII

    ¡Más, ay! su padre (¡oh fuerza del engaño!),
creyendo que así venga a quien ofende,
por más desprecio suyo y mayor daño,
ciego de nueva cólera se enciende,
y cuando el vulgo del suceso estraño,
gozoso y admirado se suspende,
profana así con voces inhumanas
el respeto y decoro de sus canas.


LIII

    «Yo, yo seré el verdugo, yo el sangriento
ejecutor de esta justicia justa».
Desnuda luego el brazo y el violento
cuchillo fuerte entre la mano agusta;
el rey para ello da consentimiento,
porque de velle con infamia gusta
a un hombre tan cruel para que sea
castigo de su error la infamia fea.


LIIII

   Venda los ojos que llamó su vida,
y aunque es esta la luz que busca ciego,
ciego no acierta a vella. ¡Oh mal regida
mano, suspende el golpe; oye mi ruego!
Tres vidas quitarás con una herida,
y a tres felices almas el sosiego,
de Recaredo y de Rosaura bella,
y la tuya, que está pendiente della.


LV

    Como el cordero tierno que en el prado
aún no ofendió la yerba con el diente,
de la sangre materna alimentado
que en la leche le da liberalmente,
ya para el sacrificio destinado
sobre el ara a los ojos de la gente
espera con silencio, y así deja
más compasión cuanta es menos queja.


LVI

    Así la heroica virgen oprimiendo
su dolor, compasión mayor causaba,
y el piadoso y cruel padre atendiendo
al sacrificio el cuello desnudaba;
y fue con tanta fuerza que rompiendo
del vestido la parte que celaba
los pechos tiernos cuanto virginales,
halló en ellos el fin de tantos males.


LVII

    Fue ministro el furor del desengaño,
los pechos dicen lo que negó el pecho;
desaliéntale un caso tan estraño
el corazón, que lucha en el estrecho
vaso del mortal cuerpo, y teme el daño
que intentó hacer y piensa que le ha hecho,
y entre tan caras dudas perdió el uso
de la razón su espíritu confuso.


LVIII

    Retrocedió tres pasos, y la mano,
ya remisos los dedos, en el suelo
dejó el cuchillo, cuando el cuerpo anciano
dio espaldas a la tierra y rostro al cielo;
el respirar y el suspirar en vano
intenta y él hallará más consuelo
en lo segundo, pues si suspirara,
cuerpo y alma igualmente descansara.


LIX

    El vulgo, que siempre hace su rudeza
milagro de un suceso peregrino,
juzga este efecto de naturaleza,
hazaña del artífice divino;
desengáñase al fin y la grandeza
del caso pesa, y fuerza del destino,
que a tal padre y tal hija con engaño
propuestos tuvo para tanto daño.


LX

    Y aunque de tantas partes prodigiosas
consta el suceso, todas estimables,
de la virgen las fuerzas generosas
juzgó por superiores y admirables;
y con voces confusas tan gozosas,
que aun en la confusión son agradables,
al rey la lleva, que a su rostro atento
la vista suspendió y el pensamiento.


LXI

   Y dice: «Aunque más vienes para hacellas,
pide mercedes». Y ella: «Así la vida
de Recaredo pido, en sus estrellas
se asegure mi luz que anda perdida».
Y él vuelve a replicar: «Vivirán ellas,
pues tanta intercesión ¿qué habrá que pida,
que no se le conceda, aunque sea injusto?
La ley ha de morir, vivir tu gusto».


LXII

    Admiró el rey, que entonces se abrasaba
más por Florinda, que en mujer se hallase
tanta fuerza de amor, y deseaba,
que éste ejemplar su ingrata le imitase,
pero porque la Corte, que empezaba
a encenderse en sus llamas se quietase,
con el rumor primero desta guerra,
llena de dones la volvió a su tierra.


LXIII

    Pártese luego en busca de su amante,
que con noticia ya del caso viene,
humilde, agradecido, y tan constante
que para tanta fee méritos tiene;
ya cada día menos semejante
se vee de su Rosaura, y le conviene,
que el bozo de oro a un varonil sujeto
le hace, si no más bello, más perfecto.


LXIIII

    Cuando (quísolo rey) el himeneo
sus padres le previenen bien dichoso,
y a un efecto cierto aquel deseo
que tuvo la fortuna tan dudoso,
dulce fruto de amor tras un rodeo
difícil, vario, incierto y prodigioso,
la obra es suya y de su noble idea,
pues también suya la alabanza sea.


LXV

    Duró la admiración por muchos días
en el palacio real, y Atanarico
que de su edad los florecientes días
gastó en hacerse de las ciencias rico,
«Si del ingrato Amor las tiranías
tanto os deleitan, escuchad, que aplico
la voz a un instrumento», dijo, y luego
desatando la voz consiguió el ruego.


LXVI

    Fue pues lo que cantó la siempre hermosa
ciudad donde se vieron trasladadas
por mano aunque imperial más religiosa
las águilas en Roma idolatradas,
la que opuesta a Neptuno tan copiosa
se vee de torres fuertes y elevadas,
que hasta este sacrílego elemento
muda en admiración su atrevimiento.



Hasta aquí llegaba, empezando otra novela desde esta última otava, pero como entrase a llamarle un criado suyo para un negocio de importancia, despidiéndose de los que le oían (con no pequeño dolor de todos), suspendió el corriente, ofreciéndose a proseguir en la primera ocasión que volviesen a juntarse. Quedaron inquietos y poco gustosos lo[s] presentes, cuando llegaron a suplir sus veces dos caballeros que cantaban siempre juntos, y escusando los ruegos (propia ación de hombres nobles), tomando luego el instrumento, sólo en lo bien que cantaron parecieron músicos. Dijeron, pues, así:



    Por ver nacer tan humilde
en los más soberbios riscos
en generoso cristal
del monarca de los ríos,
pisa las sierras de Cuenca
Albanio, a cuyos altivos
pensamientos la Fortuna
en vez de alas puso grillos.
Ya de sus guerras civiles
hacen paz y son amigos
sus deseos que intentaron
ser tiranos de sí mismos.
Aquí en los fructos que ofrece,
más útiles que no ricos,
descubre naturaleza
mayor piedad que artificio.
Considera como el Tajo
nace en humildes principios,
y después entre las ondas
muere soberbio y altivo.
Y viendo que sus deseos
van por diverso camino,
admirado y no quejoso
esto a los cristales dijo:

    «Mis deseos, oh Tajo, no te parecen,
porque nacen soberbios y humildes mueren.

    Naces con tanta pobreza,
que aun no te das a sentir,
y después vas a morir
lleno de pompa y riqueza,
opuesta naturaleza
a mis pensamientos tienes,
porque, etc.

    Procurándote humillar
naces, pero tu valor
te hace al fin competidor
más que vasallo del mar,
no te quieren imitar
mis deseos, y se pierden,
porque, etc.»

Admiró Inés lo bien que juntos habían cantado aquellos caballeros, siguiéndose los pasajes y cerrando las cláusulas con tanta unión, que con ser dos parecían uno, mas viendo que algunos de los oyentes eran muy vulgares, y que en vez de haberse suspendido en el deleite de un tono tan grave y artificioso, se hallaban cansados, por servirles plato conforme a su apetito, airosa, risueña y apacible, cantó así, encendiendo los aires y los corazones:



    Como un sol es la gitana,
por Dios que es bella mujer,
mas pienso que es sol con uñas,
bolsas, mirad lo que hacéis.

    Mariquita de las coles
es la que nos viene a ver,
abra cualquier faldriquera
el ojo y guárdese bien.

    Sus manos hechas a un torno
más bellas no pueden ser,
mas no le tienen en nada
de lo que asen una vez.

    La buena ventura os dice,
y porque vos descortés
no despreciéis el servicio
paga real se sabe hacer.

   Cuando baila hace mudanzas
fuera del son que tañéis,
porque de una casa en otra
muda cuantas cosas vee.

    No es amiga de ropaje
porque funda su interés
en joyas y en dobloncillos,
que tiene gusto de rey.

   Más quiere un diamante viejo
aunque algo arrastrado esté,
que un vestido que le acaba
de parir el mercader.

   A la mujer de un hidalgo
dicen que la dio un vaivén,
atención hermanas mías,
que el cuento no es de perder.

   Travesuras de su esposo
son ocasión de que esté
tan llena de azul el alma,
que cuello pudiera ser.

   A Mariquita consulta
sus quejas, porque ella es
el oráculo de Egipto,
a quien dan crédito y fee.

   Una noche del deciembre,
morena como la pez,
más helada que un melindre,
más traidora que un revés,

   a la dama y sus sirvientes
esta bella como infiel,
mano a mano las engaña
cuando las rayas las vee.

   Al tiempo que ella les dice
cosas (su simpleza ved)
que del ser se hallan tan lejos,
cuanto ellas cerca al creer,

    un gitano su ministro,
hombre muy sordo de pies,
a un escritorio le saca
las entrañas el cruel.

    Las joyas y los doblones
se echa al hombro y da traspié,
carga de que un rey cacique
ganapán pudiera ser.

   Y otro día con la aurora,
que martes menguante fue,
la llaga del mal ferido
con ojos dolientes veen.

    Vanse a exclamar al tiniente,
mándala luego prender,
pero en la red barredera
de sus ojos cayó el pez.

    Que de la gitana ilustre
se siente en el fuego arder
aquel palo de justicia
y aquella sombra de juez.

    Su inocencia califica,
y ella en premio de este bien
conjuga sus verdes años
con su madura vejez.

    Mas porque le amargue el dulce,
y halle acíbar en la miel,
y descubra entre las flores
áspid que sabe morder,

    le deja a escuras la bolsa,
que para las tales es
(en faltando el sol del oro)
noche amarga y sin placer.

   Tomó las de Villadiego
entregándose al bajel
del carretero de Ocaña,
hombre de silencio y ley.

    Y aunque la cogió en el lazo
el buen tiniente después,
amor es puente que deja
que todos pasen por él.

    ¿Qué os parece de la niña?
Si la habéis de acometer,
ved, que es coco de las bolsas,
alerta, y no os descuidéis.

Apenas dio fin la dulcísima sirena, cuando llegándosele una criada la dijo al oído, hincadas las rodillas, que a la puerta esperaba un coche de amigas para llevarla a pasear, y así como le oyó, sonándole a ella mejor la música de sus ruedas que las cuerdas de su instrumento, pidió inquieta el manto, y aun sin esperalle, bajó los escalones con tanta priesa, que se puso a peligro de dar con los ojos donde llevaba los pies.



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