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21

Las novelas artúricas están repletas de doncellas que acompañan a los caballeros durante sus aventuras, que se ofrecen a ellos, que son sus «amigas», y de mujeres que disfrutan del amor fuera del matrimonio, como comenta Enrique Ruiz Doménec, La mujer que mira (Crónicas de la cultura cortés), Barcelona: Quaderns Crema, 1986, págs. 69-96.

 

22

En la prosa castellana del XV la concepción de la mujer gira en torno a dos polos: la misoginia y la idealización. Como señala Elena Gascón Vera, «La ambigüedad en el concepto del amor y de la mujer en la prosa castellana del siglo XV», Boletín de la Real Academia Española, LIX (1979), cuaderno CCXVI, págs. 119-155, ninguna de las dos posturas permite ver a la mujer real: para unos autores la mujer es fuente de pecado; para otros es el objeto ideal que ennoblece al hombre. La «Continuación» de 1534 de Tristán muestra cierta evolución en esta postura, aunque la idealización siga obrando en ella.

 

23

Cfr. Tristán de Leonís y el rey don Tristán el Joven, su hijo, págs. 665-666.

 

24

Cfr. Tristán de Leonís y el rey don Tristán el Joven, su hijo, págs. 685-686.

 

25

Cfr. Tristán de Leonís y el rey don Tristán el Joven, su hijo, págs. 778-780.

 

26

Cfr. Tristán de Leonís y el rey don Tristán el Joven, su hijo, págs. 529-536: «y los de la villa cerraron bien las puertas d'ella, y subieron muchas piedras a lo alto del muro, y de allí tiravan a los de fuera, y ferían muchos; empero los flecheros y vallesteros enclavavan y matavan los que a las almenas se assomavan, en manera que ya no avía quién osasse assomarse, y sin ver a quien tiravan, lançavan piedras por cima de las almenas. [...] Y acordaron que, pues a los muros no se osavan assomar, que diessen fuego a las puertas de la villa mill hombres y dozientos cavalleros; y a otra puerta, otros mill y otros dozientos cavalleros; y a otra puerta otros mill y otros dozientos cavalleros. Y los cuatrocientos cavalleros estuviessen hechos un cuerpo, en guarda de los mantenimientos, y que proveerían y socorrerían a la parte que más necessidad oviesse. [...] Y los de la villa Armentina, desque vieron que las puertas se caían fechas brasas, ovieron gran temor de ser todos muertos, y dende el muro alçaron un yelmo sobre una lança, en señal que querían darse. Lo cual conocido por Quedín y por los cavalleros, mandaron retirar la gente. Y luego fue assomado un hombre anciano, y fabló desde el muro. [...] Y a esta sazón llegó Plácido a las puertas y, desque conoció que no eran cerradas, mandó a los suyos que juntamente puxassen las puertas; lo cual fue fecho con tan gran ímpetu que las puertas abrieron de par en par, y Plácido, con toda su gente, entró de golpe, y tras él los quinientos cavalleros. E ivan por las calles firiendo y matando a cuantos topavan. [...] A esta sazón ya Quedín era entrado en Tragada, y mandó abrir otra puerta de la villa, y entraron los otros dos mill hombres, matando cuantos fallavan por las calles, de manera que, a poco rato, no avía con quien pelear, ca todos los más cavalleros eran muertos y feridos, y los que quedavan no entendían salvo en fuir y buscar dónde se amparar de la muerte. E sabed que la villa era muy rica, y los tres mill hombres del reino de Leonís saquearon la villa y tomaron tantos averes que fueron ricos para toda su vida. [...] Don Palante mandó que desembaraçassen luego las calles de los muertos, y que les diessen sepulturas, lo cual fue fecho brevemente, ca eran muchos los que desembaraçavan las calles y enterravan los muertos. Fecho esto, fue todo el exército aposentado, y entendieron en curar los feridos».

 

27

Tristán de Leonís y el rey don Tristán el Joven, su hijo, págs. 793-794 y 583, respectivamente.

 

28

Marie Cort Daniels, The Function of Humor in the Spanish Romancers of Chivalry, New York and London: Garland, 1992.

 

29

M.ª Cristina Gil de Gates, «El humor como marca de lo diferente: a propósito de Miliana en Tristán el Joven», Studia Hispanica Medievalia III. Actas de las IV Jornadas Internacionales de Literatura Española Medieval, Buenos Aires: Univ. Católica Argentina, 1995, págs. 242-246.

 

30

«que no me puedo sofrir sobre esta pierna de que stuve colgado, y las narizes llenas de la piedraçufre que debaxo me puso, que nunca he hecho sino esternudar y ahún otra cosa peor» (cfr. Garci Rodríguez de Montalvo, Amadís de Gaula, ed. Juan Manuel Cacho Blecua, Madrid: Cátedra, 1991, cap. XIX, pág. 443).