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El Meirás de Emilia Pardo Bazán

Ana M.ª Freire López

En el verano de 1909, el 16 de agosto, en una de sus crónicas para La Nación de Buenos Aires, afirmaba Emilia Pardo Bazán que «la actualidad es la musa y la maga del periodismo».

Cuando preparo mi contribución a este número de Ínsula dedicado a doña Emilia con motivo del centenario de su muerte, toda la prensa se ocupa del hoy llamado Pazo de Meirás y de quien lo habitó en una época posterior a la escritora.

Esto me ha movido a escribir sobre el Meirás de Emilia Pardo Bazán, aunando la actualidad mediática de aquel recinto y la del centenario de la mejor novelista española del siglo XIX, que lo proyectó y lo habitó durante largos veranos hasta el de 1920. Tal vez por esto es posible que el carácter periodístico haya dejado huella en mi trabajo.

La Granja de Meirás

Del significado de Meirás para doña Emilia hay testimonios tempranos. La familia Pardo Bazán solía pasar los veranos en la casa de la antigua Granja, mucho antes de que se levantara el monumento que hoy conocemos.

El retiro en lo que Emilia llamó alguna vez su Tebaida era fecundo. En sus Apuntes autobiográficos, fechados en septiembre de 1886 en la Granja de Meirás, da rienda suelta a su sensibilidad y a sus sentimientos, hablando de aquel lugar en párrafos tanto o más poéticos que sus propias poesías. Si alguna vez Emilia Pardo Bazán fue poeta lo fue en las descripciones de Meirás, tejidas con sentimientos, emociones y palabras que apelan a todos los sentidos.

Allí -relata- trabaja en su «celda», en la que pasa horas «pluma en ristre, y cuartilla enfrente, en este rincón de las Mariñas», donde dice sentir «más de continuo la ligera fiebre que acompaña a la creación artística». La descripción del lugar revela su emoción ante la belleza, ya que, aun tratándose de una construcción rústica, sin pretensiones, «baja e irregular, aunque extensa», se halla en un lugar maravilloso donde, bajo un cielo que por la mañana temprano tiene «ese adorable tono de ceniza de cigarro caro que sólo en el celaje gallego se observa», se extiende el paisaje verde, salpicado de flores de todos los tonos de la paleta de un pintor, digno de una acuarela. Por la noche, bajo un cielo tachonado de luceros, «parece brotar del silencio misteriosa sinfonía de aromas». Un entorno, en suma, «melancólico y hermoso» al anochecer, y de día «risueño como pocos».

Fue en ese lugar donde la condesa de Pardo Bazán y su hija Emilia acogieron al pintor Joaquín Vaamonde que, transformado por la escritora en Silvio Lago, es el protagonista de La Quimera. Con las licencias que permite la ficción, Emilia Pardo Bazán, localiza los capítulos primero y último de la novela en Alborada, topónimo literario de aquel lugar, alterando la cronología, ya que el nuevo edificio de las torres todavía se encontraba en construcción cuando en agosto de 1900 falleció en Meirás Joaquín Vaamonde. En efecto, no se pudo habitar hasta 1907, años después de la publicación de La Quimera. Pero lo que Emilia soñaba desde que se colocó la primera piedra lo convirtió en realidad literaria en el último capítulo: «la Torre de Levante se había terminado; y con ella quedaba completo el vasto edificio del Pazo de Alborada». La misma libertad de la creación permitió a la escritora -Minia Dumbría en la ficción- acompañar al artista hasta sus últimos momentos, cuando en esas fechas doña Emilia no se encontraba en Meirás, ni siquiera en España.

Durante años doña Emilia fechó sus cartas en la Granja de Meirás y también con ese nombre dató sus prefacios (San Francisco de Asís, 6-9-1881), prólogos (La Tribuna, octubre de 1882), cuentos (Primer amor, Nieto del Cid...), y los mencionados Apuntes autobiográficos. Cuando en el verano de 1891 Emilia terminó La piedra angular, Juan Neira Cancela, que la visitó, titulaba «La Granja de Meirás» un reportaje en El Heraldo de Madrid (21-VIII), en el que ponderaba la belleza del lugar, aludiendo con realismo a la vivienda que, «sin ser villa, torre, castillejo y chalet, y sí sencillamente una casa de aldea», resultaba cómoda y acogedora.

A pesar de la falta de condiciones, según doña Emilia, para recibir invitados y para la vida social, en la Granja de Meirás tuvo lugar un verdadero acontecimiento, con asistencia de destacadas personalidades. Allí, en el salón azul, se celebró en junio de 1883 una famosa velada literaria en honor del poeta José Zorrilla, presente en el acto, de la que se hizo amplio eco la prensa, sin omitir detalle (cfr. Carballal, 2007).

De la Granja a las Torres de Meirás

La idea de construir las Torres de Meirás en el amplio recinto de la Granja databa de tiempo atrás cuando, el 23 de julio de 1894, se colocó la primera piedra del edificio (Sánchez García, 2010: 228) que alguna vez calificó Emilia, entre bromas y veras, de monumento nacional (Freire-Thion, 2016: 97), y que fue el proyecto de dos mujeres.

El plano del interior lo diseñó la madre de la escritora, doña Amalia de la Rúa, condesa viuda de Pardo Bazán desde 1890. Del exterior del edificio y de la finca se encargó la propia Emilia, que el 11 de julio de 1897 escribía al poeta Emilio Ferrari: «Tenemos obra abierta, sin más arquitecto ni más dibujante que yo» (Martínez Cachero, 1947: 255).

La correspondencia de Pardo Bazán, y en particular las cartas a Blanca de los Ríos, evidencia que fue ella quien siguió personalmente tanto las obras como la decoración del interior, y quien se ocupó de la finca, pidiendo orientaciones y consejos a amigos como Francisco Giner de los Ríos (Varela, 20012: 484) o José Lázaro Galdiano (Thion, 2003: 145). Únicamente el plano de la nueva capilla -Emilia había contraído matrimonio en la antigua, en 1868-, fue obra de Rafael Balsa de la Vega (Sánchez García, 2010: 228).

El nombre precedió al edificio. Antes de que terminara el siglo, y desde luego las obras, doña Emilia utiliza el nombre de Torres de Meirás para datar sus cartas privadas, y también lo emplea en una extensa carta abierta, en la sección «Veraneo de los autores», del Heraldo de Madrid (3-9-1899).

La antigua vivienda pasa en adelante a ser en su correspondencia simplemente la casa. En ella recibió en el verano de 1902 a María Guerrero y Fernando Díaz de Mendoza, quienes, de gira por Galicia, actuarían varios días en La Coruña. El 2 de junio tuvo lugar en Meirás una fiesta en su honor, con asistencia de familias distinguidas. En esa invitación existía por parte de doña Emilia un propósito concreto, que conocemos gracias a su correspondencia. En octubre de 1901 Pardo Bazán había mediado para que la compañía Mendoza-Guerrero aceptase estrenar una obra dramática de Blanca de los Ríos. Sus diligencias, incluido el recurso a Federico Balart, director artístico de la compañía, no habían dado el resultado que ambas deseaban1. De modo que doña Emilia vio en el viaje de los actores a Galicia la oportunidad de intentarlo de nuevo, en el ambiente acogedor de Meirás. Tampoco en esta ocasión consiguió que María y Fernando aceptaran la obra de la escritora andaluza. Las razones que adujo el matrimonio le parecieron a doña Emilia inconsistentes y así se lo comentó a su amiga, diciéndole que se trataba únicamente de una «cuestión de nombre». Su desencanto por el fracaso de la gestión tiñe los comentarios de su carta, escrita «ahora que se ha marchado de La Coruña María Guerrero, que todo lo absorvía (sic)»: «¡Ay amiga mía! ¡Si viese V. qué dramitas y qué estrenitos tan reteflojitos (sic) nos soltó María!» (Freire-Thion, 2016: 95).

El verano de 1903

Más actividad hubo en 1903, año que supuso un paso importante en las obras de Meirás. El hecho de que todavía se trabajara en la torre de la Quimera, y que los canteros picaran en aquellos días los capiteles para el balcón que se llamó de las Musas2, no fue obstáculo para que doña Emilia invitara a pasar unos días en Meirás a Miguel de Unamuno y, más adelantado el verano, a Blanca de los Ríos con su marido Vicente Lampérez.

La escritora no quiso perder la oportunidad de recibir a Unamuno en Meirás, ya que la simple noticia de que el joven rector de la Universidad de Salamanca pasaría por Galicia venía despertando gran expectación desde que se conoció. El motivo del viaje era la presidencia por Unamuno del Concurso Regional Pedagógico que iba a celebrarse en Orense en el mes de junio. La Reunión de Artesanos -también llamada Circo o Círculo de Artesanos- de La Coruña, de la que había sido presidente don José Quiroga, marido de Emilia, y ella misma presidenta honoraria, aprovechó la ocasión para invitar a Unamuno a hablar en su tribuna, con la certeza de que sería un verdadero acontecimiento. El Noroeste, tras anunciar el 10 de junio su próxima venida, comunicaba el 15 su inminente llegada en el tren correo, noticia que, aunque hubo de desmentir el día 16, resultó compensada con la confirmación de que el catedrático había accedido a pronunciar una conferencia en la Reunión de Artesanos. La programación de los acontecimientos fue variando a tenor de las circunstancias, ya que, si el día 15 la prensa informaba de que Unamuno se hospedaría en el Hotel de Francia, el 16 anunciaba que tenía alojamiento preparado en Meirás. También la conferencia cambió de sede, en previsión del numerosísimo público que asistiría al acontecimiento, y de los salones del Círculo de Artesanos se trasladó al Teatro Principal, donde se celebró finalmente la velada el 19 de junio a las 10 de la noche. La prensa no escatimó información durante los días que pasó Unamuno en La Coruña, y en particular sobre la velada del Circo de Artesanos, en la que actuó también como oradora Emilia Pardo Bazán. Los periódicos reprodujeron los discursos de ambos, destacando que el de Unamuno había resultado muy cordial y simpático.

Los días previos a ese acto los pasó el rector de Salamanca en Meirás, donde el día 18 se celebró un banquete en su honor, al que concurrió lo más representativo de la sociedad coruñesa del momento. La estancia en Meirás fue para Unamuno inolvidable y le dedicó páginas muy sentidas en Por tierras de Portugal y España. En ellas recuerda lo mucho que disfrutó en aquel viaje a Galicia y, de modo particular, los ratos que pasó con su «buena amiga Emilia». Una amistad que duró toda la vida, sin que fueran impedimento las ideas y opiniones de cada uno en cuestiones relevantes. De ahí que Unamuno evocara con agradecimiento que doña Emilia le hubiera procurado «ahí, en su tierra, días de regalo espiritual, rodeándome de cultura y de tolerancia» (Unamuno, 1911: 245).

Dos meses después de la marcha de Unamuno llegaron a Meirás los Lampérez. Hacía tiempo que doña Emilia deseaba que su amiga Blanca y su marido la visitaran en Meirás. Blanca de los Ríos, de salud siempre frágil, padecía continuos achaques, que no limitaban su actividad intelectual, pero sí la externa. Emilia llevaba tiempo recomendándole los balnearios gallegos de Mondariz y La Toja, en los que ella misma solía tomar las aguas cada verano, e invitándola a pasar unos días en Meirás, pero Blanca no acababa de encontrar el momento. A la invitación se habían unido el verano anterior la condesa madre y el resto de la familia, al felicitarla todos en una misma carta por su onomástica3, así que la satisfacción fue grande cuando el 22 de agosto llegó el matrimonio a La Coruña en el tren correo.

Doña Emilia también tenía interés en que Vicente Lampérez, prestigioso arquitecto, pudiera conocer de primera mano la marcha de las obras del nuevo edificio de Meirás, para consultarle algunas dudas y pedirle orientación, pero de ningún modo fue él, como alguna vez se ha escrito, quien dirigió las obras. En las cartas de Emilia a Blanca durante los largos años de buena amistad entre ambas hay frecuentes alusiones a Vicente, al que llama con confianza «el cantero», «el cantero mayor» o «el baturro», y a quien no deja de enviar recuerdos al final de cada misiva, haciéndole, de vez en cuando, comentarios relativos a las obras de Meirás. Si en 1905 escribe: «a Vicente, que la escalera adelanta, y que la pisaré sin miedo», en otro mensaje de 1906 se lee: «Para Vicente, 6000 recuerdos, y que la escalera está ¡firme y bonita de verdad!». Vicente también asesoró a Pardo Bazán, en 1910, sobre las vidrieras y los lampadarios de hierro, y en 1912 sobre artesonados de zinc para el hall (Cfr. Freire-Thion, 2016).

Después de unos días en Meirás y de una excursión a la Espenuca, que Lampérez consignó en un artículo4, las dos escritoras salieron, a principios de septiembre, a tomar las aguas de Mondariz, dejando al cuidado de la condesa viuda la actividad de los obreros y de los artesanos, que aquellos días labraban capiteles y gárgolas (El Noroeste, 1-9-1903)5.

Los días de los Lampérez en Meirás dejaron a todos muy buen recuerdo, y en 1904 doña Emilia animaba a su amiga a visitarles de nuevo: «Cuando la casa grande -que lleva trazas de no acabarse nunca- esté corriente, es decir, casi corriente, es decir, casi habitable, no pueden Vds. eximirse de venir a hacer vida pastoril y chocolatera» (Freire-Thion, 2016: 118).

La mudanza al nuevo edificio

La casa estuvo habitable en el verano de 1907, y en el mes de agosto se efectuó la mudanza. Pero Emilia comentaba en una carta a Blanca que, más que habitar la nueva casa, acampaban en ella, por los muchos detalles que faltaban, pero que se habían trasladado porque «es el único modo de saber lo que falta y lo que es indispensable atender primero» (Freire-Thion, 2016: 164). Ese verano, aunque ya empezaba a tener donde guardar sus papeles, doña Emilia dedicó la mayor parte del tiempo al acondicionamiento del nuevo edificio, y así lo resumía, con un toque de humor, en una carta a Blanca de los Ríos:

Antes era alzar pared; ahora, clavos, tubos, madera, listones... el enemigo. El cuelgue de cuadros: la instalación de la luz, rayaron en lo fantástico. Tres meses hará casi tenemos en casa a estos del acetileno, que nos hacen horrores. Todo lo queman, todo lo embadurnan, todo lo revuelven, todo lo infectan, y lo peor es que como no funciona la luz, no hay sino fugas de apestoso olor, y nos estamos gastando unas 25 pesetas diarias de carburo, para carecer de alumbrado.

(Freire-Thion, 2016: 164)



A pesar de esos inconvenientes, fue ese verano cuando Emilia Pardo Bazán hizo imprimir una colección de postales de las Torres de Meirás -se hicieron otras series posteriormente-, que muestran interiores y exteriores desde distintos ángulos. Cuando los últimos días de agosto la condesa madre y doña Emilia ofrecieron un almuerzo en Meirás a Gumersindo de Azcárate y a Rafael Salillas, los invitados se llevaron como recuerdo las tarjetas del menú, firmadas por la escritora, y varias de las nuevas postales (El Noroeste, 31-8-1907). Hoy son difíciles de encontrar, y si se conserva parte de una serie es gracias a la carta que doña Emilia escribió a Blanca de los Ríos, el 7 de agosto de 1912, utilizando varias de ellas6.

Las obras avanzaban a buen ritmo desde que la familia Pardo Bazán se instaló en el nuevo edificio, y en el verano de 1908, cuando se celebró en las Torres de Meirás una comida en honor del presidente del Centro Gallego de La Habana y del duque de la Conquista, con asistencia de otras personalidades, ya iluminaba el hall la vidriera con los escudos heráldicos (ABC, 28-VIII-1908).

La boda de 1910

La perspectiva de que Blanca Quiroga, la mayor de las hijas de doña Emilia, pudiera celebrar su boda con el entonces coronel José Cavalcanti de Alburquerque en las Torres de Meirás imprimió mayor ritmo a la terminación de lo pendiente, sobre todo durante el verano de 1910. La nueva capilla se utilizaba desde que en septiembre de 1904 había sido bendecida. En agosto de 1910 tuvo lugar en ella una función religiosa, con asistencia de numerosos invitados, con motivo del feliz regreso de Jaime Quiroga, el primogénito, de la campaña de Melilla. A continuación, se celebró un almuerzo seguido de baile, que tuvo lugar en el hall, ya que el salón de honor no se inauguraría hasta el 24 de octubre, con ocasión de la boda.

Las invitaciones al enlace fueron cursadas por los condes de Pardo Bazán, don José Quiroga y Pérez de Deza y doña Emilia Pardo Bazán (El Noroeste, 14-10-1910). El acontecimiento fue anunciado, seguido y, en su momento, ampliamente reseñado por la prensa gallega y por la de ámbito nacional. Los días previos fueron llegando los invitados, que se alojarían en el castillo de Santa Cruz, donde pasaba el verano don José Quiroga, y en las Torres de Meirás, entre ellos el general Tovar, que representaría al padrino, el infante don Fernando. La madrina, la infanta doña Teresa, estuvo representada por Emilia Pardo Bazán. A las cuatro de la tarde, con el hall lleno de invitados, descendieron la escalinata la novia, del brazo de su padre, y el novio dando el suyo a doña Emilia. Seguidamente se dirigieron a la capilla y, a la entrada, el padre de la novia cedió su lugar al general Tovar, representante del padrino, continuando el novio acompañado por doña Emilia. Terminada la ceremonia, los recién casados recibieron la felicitación de los invitados en los salones de la planta baja, antes de salir hacia el castillo de Santa Cruz, donde pasarían unos días. En el salón de honor, que se inauguró con este acto, se ofreció a los invitados lo que una crónica llama un «refresco verdaderamente magnífico con honores de banquete en toda regla» (El Noroeste, 25-10-1910), finalizando la fiesta con un gran baile en el hall.

La vida cotidiana en las Torres de Meirás

Después de la boda, la vida en las Torres de Meirás adquirió un ritmo más tranquilo. El verano de 1913 lo fue especialmente, debido al luto de la familia por el fallecimiento de don José Quiroga en el noviembre anterior. A esto se unía que Jaime había vuelto a alistarse como voluntario y acababa de partir a la campaña de África. Ese verano no hubo celebraciones, ni siquiera la del santo de doña Amalia, la madre de Emilia, considerada una tradición (El Noroeste, 6-7-1913). Sin embargo, sí que alojaron a algunos invitados. Uno de ellos fue Manuel Vidal Rodríguez, sacerdote amigo de la familia Pardo Bazán, que pasó ese verano y los cuatro siguientes en las Torres de Meirás. Años después publicó sus recuerdos (Vidal, 1939), y gracias a ellos podemos asomarnos hoy a la vida cotidiana en las Torres de Meirás durante aquellos días veraniegos.

Los sacerdotes eran bien recibidos en las Torres. La casa tenía su capellán -el joven Euquerio Vázquez Senra lo era en aquellos años- y también era visitante habitual el no tan joven párroco de Coirós, José Rey Barreiro, al que llamaban familiarmente Pepiño Rey. Este era contemporáneo de la condesa madre, con quien solía charlar mientras paseaban por la finca.

La vida de doña Emilia era ordenada, con un apretado horario de trabajo, y con tiempo para la vida social y las reuniones de familia. En el nuevo edificio había reservado para sí la torre de la Quimera. En la planta baja instaló su despacho y parte de la biblioteca, y ahí recibía a sus visitantes. Su dormitorio se encontraba en el primer piso, dedicando el segundo a tocador y vestuario, y el último a su lugar de trabajo.

Los días laborables se levantaba muy temprano y, después de un paseo por la finca, se encerraba durante ocho horas en su taller -en Meirás escribió gran parte de su obra-, hasta que sonaba la primera campanada que llamaba al comedor. En todo lo relacionado con ese servicio era pieza fundamental Pilar, la cocinera, esposa del mayordomo. Doña Emilia bajaba entonces a arreglarse, y ya no volvía a su cuarto de trabajo hasta el día siguiente. Se almorzaba en las Torres a las dos de la tarde, en medio de animada conversación en la que, según los recuerdos de Vidal, la voz cantante la llevaban los varones de la familia, José Cavalcanti y Jaime Quiroga, cuando estaban presentes. Al terminar, se retiraban al cenador de piedra, donde se tomaba café, mientras continuaba la charla y se leía la prensa y el correo. Doña Emilia se dedicaba después a recorrer la finca, donde solía hablar con Barral, el jardinero, pasando después al interior, para tratar de la gestión de la casa con Roca, el mayordomo, que era «la bondad personificada» (Vales, 1970: s. p.). Avanzada la tarde, llegaban las visitas y se organizaba la tertulia, acompañada de un té que, más bien, era una generosa merienda. Después de despedir a los visitantes, doña Emilia leía hasta la hora de cenar y, al terminar, se jugaba al julepe hasta que todos se retiraban a descansar. Fuera de esos agradables momentos de reunión, los invitados que se alojaban en las Torres de Meirás disponían libremente de su tiempo y de todos los libros de la biblioteca.

Cuenta Vidal que los domingos la condesa -así la llama en sus recuerdos, pues doña Emilia lo era desde 1908- dormía un poco más y no pisaba su taller o estudio ni abría un libro.

Lo que no cuenta es que doña Emilia tuvo, durante los mismos veranos que Vidal pasó en Meirás, un ayudante en tareas burocráticas. Se llamaba Francisco Vales Villamarín y, andando el tiempo, llegaría a ser secretario perpetuo de la Real Academia Galega. Cuando en junio de 1913 llegó a las Torres de Meirás, a pie desde Betanzos, con un Quijote bajo el brazo, era un joven estudiante de Magisterio en Santiago. Él mismo cuenta que llegaba recomendado por el notario de su localidad, don Víctor Valderrama, pariente de doña Emilia, a quien esta había pedido que le buscase a un chico que pudiera ayudarle durante el verano. Su trabajo consistía, según sus recuerdos, en «despachar con la Condesa en determinadas horas de la mañana y de la tarde, realizar seguidamente el correspondiente trabajo, nunca molesto, y lectura, estudio y paseo, sin limitación de ningún género, en las horas libres» (Vales, 1970: s. p.). Allí leyó buen número de las obras de la autora, y más de una vez La Quimera, tan relacionada con el lugar donde se encontraba. Por aquellas fechas doña Emilia ya escribía a máquina, que era extraordinariamente ruidosa, según recuerdan tanto Vales Villamarín como Vidal Rodríguez.

Tanto uno como el otro se hallaban en las Torres en el verano de 1914, cuando estuvo en Meirás la infanta doña Isabel (El Noroeste, 5-7-1914), a la que, sabiendo de su viaje por Galicia, invitaron doña Emilia y su madre. También serían testigos, en 1916, de la visita que el alcalde de La Coruña Manuel Casás, acompañado de varios representantes de la corporación municipal, hizo a doña Emilia, para felicitarla por su reciente nombramiento como catedrática de Literatura de lenguas neolatinas de la Universidad Central (El Noroeste, 8-7-1916). Y de la visita de Eduardo Dato a mediados de septiembre de ese mismo año.

En las Torres de Meirás convivían pacíficamente lo sublime y lo terreno, lo poético y la prosa de la existencia. Visitaban Meirás personalidades ilustres y buenos amigos sin especial notoriedad pública. Y al mismo tiempo, y procedente de aquel mismo lugar en el que nacieron obras literarias que no han perdido valor después de un siglo, la prensa coruñesa publicaba un anuncio dirigido «A las tratantas» en el que se avisaba de que «En las Torres de Meirás se vende hortaliza fina» (El Noroeste, 20, 22 y 24-6-1915). Inspiración literaria con los pies en la tierra.

En julio de 1920 fue recibido en las Torres de Meirás, con todos los honores, el infante don Fernando, el padrino de boda de Blanca, entonces ausente. En Meirás se arrió la bandera roja con las armas de la casa, que ondeaba en la torre de Levante cuando la familia Pardo Bazán estaba en la mansión, y se izó en su lugar el pendón morado de Castilla. Se agasajó al infante con un banquete, seguido de sobremesa en el jardín, concluyendo la jornada con un baile, al caer la tarde, en el salón italiano (ABC, 30-7-1920).

Nadie podía adivinar entonces que aquel verano de 1920 sería el último que Emilia Pardo Bazán pasaría en las Torres de Meirás. Tampoco sabía doña Emilia que no sería enterrada en el sepulcro que con tanto cuidado había dispuesto para sí misma en la capilla de las Torres, sino que descansaría en la cripta de la iglesia de la Concepción de Madrid, en donde la lápida, después de transcurrido un siglo, continúa mostrando equivocada la fecha de su muerte7.

Bibliografía citada

  • CARBALLAL MIÑÁN, Patricia (2007). «La velada en honor a José Zorrilla en Meirás», en La Tribuna, 5, pp. 389-429.
  • El Noroeste (La Coruña). 1902-1918.
  • FREIRE LÓPEZ, Ana María y THION SORIANO-MOLLÁ, Dolores (2016). Cartas de buena amistad. Epistolario de Emilia Pardo Bazán a Blanca de los Ríos (1893-1919), Madrid-Frankfurt, Iberoamericana-Vervuert.
  • MARTÍNEZ CACHERO, José M.ª (1947). «La Condesa de Pardo Bazán escribe a su tocayo: el poeta Ferrari (Ocho cartas inéditas de doña Emilia)», en Revista Bibliográfica y Documental, I, 2 (abril-junio), pp. 249-256.
  • PARDO BAZÁN, Emilia (1886). «Apuntes autobiográficos», en la edición de Los Pazos de Ulloa, Barcelona, Daniel Cortez y Cía.
  • PARDO BAZÁN, Emilia (1991). La Quimera, edición de Marina Mayoral, Madrid, Cátedra.
  • SÁNCHEZ GARCÍA, Jesús Ángel (2010). «Las Torres de Meirás. Un sueño de piedra para la quimera de Emilia Pardo Bazán», en Goya 332 (julio-septiembre), pp. 228-245.
  • THION SORIANO-MOLLÁ, Dolores (2003). Pardo Bazán y Lázaro: Del lance de amor a la aventura cultural (1888-1919), Madrid, Ollero y Ramos.
  • UNAMUNO, Miguel de (1911). Por tierras de Portugal y España, Madrid, Renacimiento.
  • VALES VILLAMARÍN, Francisco (1970). «De mis tiempos mozos. Unos estíos en las Torres de Meirás», en La Coruña, paraíso del turismo, La Coruña, agosto de 1970, s. p.
  • VARELA, José Luis (2001). «E. Pardo Bazán: Epistolario a Giner de los Ríos«», en Boletín de la Real Academia de la Historia, CXCVIII, Cuaderno II (mayo-agosto), pp. 237-390.
  • VARELA, José Luis (2001). «E. Pardo Bazán: Epistolario a Giner de los Ríos (Continuación)», en Boletín de la Real Academia de la Historia CXCVIII, Cuaderno III (septiembre-diciembre), pp. 439-506.
  • VIDAL RODRÍGUEZ, Manuel (1939). Torres de Meirás: Vida de trabajo de la condesa de Pardo Bazán, Santiago de Compostela, Imprenta La Ibérica.