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«El mundo grotesco es nuestro mundo... y no lo es. El estremecimiento mezclado con la sonrisa tiene su base justamente en la experiencia de que nuestro mundo familiar -que aparentemente descansa en un orden fijo- se está distanciando por la irrupción de poderes abismales y se desarticula renunciando a sus formas, mientras se van disolviendo sus ordenaciones»
(Kayser, 1964: 40).
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En el mismo párrafo del cual sacamos la anterior cita de Nadie nada nunca, se dice de las cosas que percibe el protagonista, también como Zama un acidioso (y que no casualmente tiene un nombre animal: el Gato): «Enceguecen, porque no ocultan nada»
(Saer, 2004: 79).
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«Hegel llama prosaica a la belleza natural. La fórmula a la que denomina asimétrica y el haberla considerado así no es sino ceguera respecto al desarrollo del arte más moderno que hubiera podido ser estudiado bajo el aspecto de la penetración de la prosa en la ley formal misma. La prosa es el reflejo en el arte, y un reflejo imborrable, del desencantamiento del mundo y no solo de su adaptación a un estrecho utilitarismo»
(Adorno, 2001: 110).
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«Pero la presencia de lo regresivo supera el esquema recién esbozado. En realidad, la obra está dominada por una ficcionalización multiforme de la anterioridad como imagen de una otredad: lo que está más allá de la conciencia, el mundo inconsciente de pulsiones, se metaforiza así como un ámbito primitivo, situado no dentro del hombre, sino detrás, en un otrora sin fechas»
(Premat, 1997: 289).
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«Leí en el libro de Jimena Néspolo que alguien se lamentó alguna vez de que la maestría de Di Benedetto se debilitara a veces en el final "incompleto" de los relatos como "Enroscado". No sé si llamarlo error, pero me parece que la escritura de Di Benedetto intensifica su potencia justamente en la suspensión (no la llamaría incompletud) de un final como el de este relato, en el que la continuidad se entredice y no se cuenta porque resulta más perturbador sospecharla que conocerla»
(Giordano, 2008: 162).
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Ciertos rasgos de Di Benedetto, con los que también suelen caracterizar la prosa borgiana, resultan muy operativos para oponer estas obras a la estética latinoamericanista de lo real maravilloso y el realismo mágico: laconismo, pudor, despojamiento, austeridad, monotonía (aunque en una sintaxis esplendorosa) se oponen al desborde, barroquismo, exceso, abigarramiento y exuberancia de la narrativa del boom. Nótese, además, la presencia de ideas que remiten a la posición de Borges (como la de «color local»). Para la posición saeriana anti-latinoamericanista, que recoge muchos de los axiomas borgianos de «El escritor argentino y la tradición», ver los ensayos «La selva espesa de lo real», «Una literatura sin atributos» y «Borges novelista» (Saer, 1997: 259-281).
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Premat, por ejemplo, interpreta a su modo «las múltiples modalidades de lo líquido»
en Zama (1993: 290).