El dios ibero
Lorenzo Oliván
Dios ibero, protégeme de ti.
Mi mente suele discurrir muy próxima
a los serenos ríos de Castilla.
Sus álamos me dictan sus lecciones
leves, vivas, vibrantes,
sin rigidez alguna.
Los campos amarillos
me regalan un tiempo
no volcado al presente: ya pasado,
galerías del alma, mis remansos
dorados junto al Duero.
La sombra de Caín cruza estas tierras:
moriré de más muertes
ya después de morirme.
Dios ibero, protégeme de ti.
Mi oración es sencilla y cabe incluso
en el último aliento,
que te niega:
«Estos días azules... y este sol de la infancia...»