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Es conocido en Botánica por los nombres de pérsico, prisco, pérsigo, melocotón, abridor, durazno, pavía, albérchigo (Amigdalus pérsica de Linneo), el cual lo reúne al género de los almendros, perteneciendo, según Jussieu, al género de plantas de la clase catorce de la familia de las rosáceas.

 

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Es de gran interés las observaciones hechas en la Exposición de París por un corresponsal de un diario madrileño, el cual, con fecha 14 de Octubre de 1878 escribía: «La Exposición de frutos que acaba de cerrarse y ha durado la segunda quincena de Septiembre, ha ofrecido grandes temas de reflexión a nuestros visitadores meridionales. A la cabeza de todos aparecían los melocotones (pêches) de Montreuil, de un sabor y delicadeza de carne sin igual, y que tanto los avaloran, no ya sólo en Francia, sino en todo el Norte de Europa. Cien veces ha intentado la industria particular introducir en el mercado de París, y aun el de Londres, el célebre melocotón aragonés, que tanto se estima en España, y siempre los comerciantes de frutos, las grandes casas de primerizos y el público los han mirado con desdén, cuando no rechazado, porque aquí el Montreuil no deja sitio para ningún otro melocotón: todo lo más, si el melocotón español llega antes que ningún otro, se le compra y paga como artículo temprano, pero nunca como recompensa de su excelencia: para los franceses es duro, de piel basta y fuerte, de carne ordinaria y de hueso adherido, mientras que el Montreuil suelta el hueso al abrirlo, se monda con los dedos y sin auxilio de instrumento, y es tan blando y acuoso, que se deshace materialmente en la boca como un fruto del Ecuador. Por esto París y sus alrededores, todos los jardines y posesiones del centro de Francia, y no pocas provincias del Mediodía, se han dado con afán al cultivo de este fruto, de precio siempre elevado; es curioso e instructivo tender la vista desde lo alto de los trenes que cruzan los alrededores de esta ciudad, y ver miles de tapias cubiertas en su fachada meridional de árboles adheridos, atados y clavados rama por rama, como aves disecadas, en la pared, que no son sino melocotoneros inteligentemente dispuestos por un cultivo esmerado y costoso, pero remunerado. En el género hay infinidad de tipos: el de Nivette, de aterciopelada y finísima envoltura; el de Clemence lsaure; el de Vérone, notable por lo grueso; los de Bernardino-de-Saint-Pierre, Lord-Palmerston y otros.»

 

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En El Diario de Calatayud, correspondiente al 26 de Septiembre de 1883, encontramos la siguiente noticia:

«Anteayer vimos pagar por una arroba de melocotones la cantidad de 200 reales. En la arroba entraron solamente 36 melocotones; pues los había de 14 onzas de peso.

»De suerte que cada melocotón cuesta más de 5 y ½ reales.

»Suponiendo que un melocotonero contenga 200 melocotones de esta clase, y no es mucho pedir, resulta que produce este año algo más, de 1.100 reales, representando un capital de cerca de 1.000 duros.»

 

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El albaricoquero (Armeniaca de Tourn). Género de la familia de las Rosáceas, tribu de las Amygdaleas. Unos autores dicen alborque, otros albercoque; pero su común pronunciación es albaricoque. Covarrubias dice que viene del griego, y otros del árabe barcoque, añadiendo el artículo Al Albaricoquero vulgar (A. vulgaris, Lam. Trunus armeniaca, Linn. D. C., Prod., II, 532.). Este árbol es de segunda magnitud y originario de la Armenia. Existe también el albaricoquero de Siberia, pero éste se emplea singularmente como planta de adorno: es arbusto como de dos metros de altura.

 

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Noticias debidas al Catedrático de Agricultura del Instituto de Toledo, asesorado de los labradores más inteligentes del término, cuyos cigarrales o alberchigales se ha tomado el trabajo de visitar.

 

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Cultuve luerative de la truffe par le abonement. -Joseph Clement; París, 1874.

 

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Este documento lo publicó en forma de autógrafo la «Crónica de la Fiesta del Árbol en España» de 1907, que ve la luz en Barcelona.

 

28

Parábola del grano de mostaza. -San Mateo, c. 13, vers. 31 y 32. -San Marcos, c. 4, vers. 30 y 32.

 

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Véase la nota puesta en la pág. 116.