Cuando llueve y hace sol
Sale el arco del Señor.
Cuando llueve y hace frío
Sale el arco de los judíos.
Cuando llueve y hace aire
Sale el arco de los frailes.
En realidad, cualquier meteoro, sea viento o tempestad, lluvia o granizo, nieve o hielo -incluso hasta esos turbiones o remolinos causados por el viento que se pensaba que eran almas de muertos o “brujas”- tenía una explicación popular. ¿Quién no ha escuchado que las gotas de lluvia son lágrimas de los ángeles? ¿Quién no ha visto algún dibujo de los vientos -esos que se llevaron a María Sarmiento con cara de persona y soplando a dos carrillos? ¿Quién no se ha santiguado o se ha encomendado a Santa Bárbara cuando ha escuchado una exhalación y su correspondiente trueno? Desde el Renacimiento, algunos libros como los Almanaques crearon una mentalidad con ribetes de fantasía y tintes científicos, que unía la meteorología a los presagios y combinaba los horóscopos con los astros. En el conocimiento popular estaba establecido que la inquietud de las hormigas o la aparición de las arañas indicaba que la lluvia estaba próxima, circunstancia que podía corroborarse también si el sol se ponía con cerco rojo. Esos mismos Almanaques difundieron hasta la saciedad los caracteres físicos y morales que se supone correspondían a cada individuo según los signos del zodíaco, de modo que una persona nacida bajo la influencia de Tauro o de Sagitario ya tenía determinado desde la cuna cuál había de ser su futuro comportamiento así como sus dolencias y carencias físicas. El influjo de esos libros y de las creencias que difundían contribuyó grandemente a crear un repertorio de dichos, oraciones, conjuros, que quedaron en la educación popular como tradicionales y que todavía se usan naturalmente sin reflexionar sobre su origen o su veracidad.