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Nueva York, noviembre 1.º, 2¼.

A pesar de que han transcurrido veinticuatro horas entre mis palabras inacabadas de ayer y las que voy a escribir, y a pesar de que la conferencia de anoche con Betances y Basora ha cambiado mi posición ante ellos y ante todos los que puedan tener alguna iniciativa en nuestra causa, insisto en acusar y en culpar a Ca.11, a quien también he visto esta mañana, probablemente influido ya en mi favor por los relatos que de la conferencia le habrán hecho.

Narro la entrevista y tal vez la breve narración simplificará el juicio.

Después de la primera entrevista glacial, abrumadora, con Bs. y Ca., no había logrado verlos; al primero por su ausencia de horas; al segundo por la terquedad probable de su amor propio, que le impidió deferir a la invitación que le envié para que viniera a conferenciar conmigo. Estaba yo dispuesto a no ceder y a imitar la torpe conducta de los que no sabiendo olvidar sus pequeñeces, inmolan las mejores causas, cuando, además de la reflexión, consejera de transacciones, vino a aconsejarme una conducta más dúctil la presencia en casa de Pa., R. Nl. y Esca. y la invitación verbal de Bs. a verlo y reunirme con él, al día siguiente (ayer 31), en casa de Ba. Fui. Allí estaba Ba., que me recibió cordial pero reservadamente. Allí Ms. que, probablemente disgustado por la pérdida que le confesé de la carta de A. F. para él, estuvo frío. Allí Alfaro, el cubano, cuya difícil atención llamé con la energía de la respuesta que di a su chancera acusación a Puerto Rico. Allí Ventura, el dominicano, cuya reserva tanto significaba frialdad para conmigo como embarazo y timidez. Allí el dominicano Delmonte. Pocas palabras con Ba., que excusó cuanto pudo el prodigarlas conmigo, en tanto que afectaba prodigarlas con Alfaro, miembro de la Junta; algunas palabras con Ms., cuya atención desperté con mis juicios psicológicos sobre Peralta, y con mi terminante declaración enérgica sobre Puerto Rico. La impresión de la entrevista, manifiesta cautelosamente en estas palabras a Chavarri, que me acompañaba al salir como al entrar en ella: «La soledad es benéfica y funesta: benéfica, porque desenvuelve las fuerzas del pensamiento; funesta, porque nos acostumbra a aislarnos en nosotros mismos, aun en medio de las mayores expansiones, y en tanto que todos sienten, obran y hablan, el solitario observa». Es decir, estaba disgustado. La frialdad, la indiferencia, la afectación sensible de reserva me habían dicho en la conciencia que se me estimaba poco o se me temía mucho. Afectación o sentimiento, sospecha o realidad, temor o desafecto, ninguna alternativa podía satisfacerme, y me dolía en mí mismo de los sacrificios inútiles, del heroísmo baldío con que he llenado mi vida y satisfecho mi ardiente patriotismo.

Citado para la noche por Betances, fui a su casa.

Allí estaba Ba., cuya presencia me embargó tanto más cuanto más frío me pareció su saludo. Acompañábanlo en la visita el dominicano Ventura, que se retiró muy pronto, y Vidal, puertorriqueño, que se retiró más tarde, después de oír, con Henna, que entró después, una gran parte de mis juicios sobre los casi-hombres de Puerto Rico, sobre la conducta de todos para conmigo, y sobre mi propia conducta. La mujer de Bs., sencilla al parecer como su nombre12, y los adictos jóvenes de casa, únicos a quienes debo hasta ahora una confianza respetuosa y cariñosos cuidados, eran los otros testigos del coloquio. Se entabló, yo no sé cómo. Creo recordar que, contestando a una pregunta de Ba. sobre Aa. y Co., entré en desarrollos sobre mis relaciones con los revolucionarios de Puerto Rico, y opuse a mi espontaneidad la reserva de todos, acusándolos benévolamente, y sobre todo a ellos, Bs. y Ba. Me confesaron su desconfianza, y tuve que demostrar su injusticia, relatando paso tras paso, intención por intención, acto por acto, idea por idea, sentimiento por sentimiento, toda mi vida pública. Es ella tan pura y tan clara la conciencia de mis actos, que todos los circunstantes, desde Simplicia hasta Chavarri, desde Ba. hasta Bs., demostraron visiblemente, los unos con candor, los otros con irreprimible vivacidad, el sentimiento de estimación que inspira siempre la virtud, que ese es el nombre de mi vida, cualesquiera que hayan sido mis vacilaciones, mis torpezas, mis caídas, morales, intelectuales y políticas. «Es doloroso que no nos hayamos conocido antes, es lamentable que hayamos juzgado de ligero», dijeron en palabras diversas Bs. y Ba. ¿Triunfo mayor? Yo no lo quiero. Si el de anoche es firme, yo puedo, sin tantos obstáculos como antes, ser eminentemente útil a mi causa. Ese es mi pensamiento, eso mi deseo, esa mi ambición, esa mi gloria, esa mi dicha. ¿Es triunfo definitivo? No puedo esperarlo ni del latente amor propio de Bs., tan claramente manifiesto en el proyecto de atraer a Aa. y Co., ni de la frialdad característica de Ba. Surgirá quizá el pensamiento punzante de la superioridad, y nuevas luchas dificultarán mi conquista y mi victoria. Pero yo sé que puedo obtenerla con ellos y por ellos. Instrumentos, obedecerán sin querer y sin saber, a mi presión. Agentes, el actor, al acotar sabrá dirigirles sin privarlos del carácter de iniciadores.

Logre yo atraerme a Ferrer, a quien voy a ver; a Cisneros, a quien haré presentarme; a Morales Lemus, de quien me haré apreciar; logre también la dirección indirecta del periódico, a lo cual está Ba. muy inclinado y por lo cual trabajará diligentemente, póngame yo en mi medio natural, hágaseme fácil el desarrollo de las cualidades que siento más activas cada vez en mí, y si los coetáneos lo niegan, la posteridad dirá que Eugenio María Hostos fue el verdadero director de la revolución de las Antillas. Sí, que ni la adelantada de Cuba ni la por empezar de Puerto Rico, tienen quien sepa dirigirlas. De esto son comprobantes las confesiones involuntarias de Bs. y Ba. y las voluntarias de éste respecto a los hombres qué conducen la revolución cubana. Todo con medios, nada sin ellos, en razón de los que se me faciliten o conquiste, nacen los fines que maduro y los recursos para hacerlos fructificar. [Destruido] [...], anoche me despertó mi pensamiento, y me levanté de la cama y arrostré el frío para trazar el plan sinuoso, admirable si se realiza, ridículo si no se acepta, de la revolución armada en Puerto Rico, de la revolución política en Cuba. De aquí a mañana maduraré ese plan, que expondré a la consulta de Bs. y Ba. En casa del último, esta mañana presencié mi rehabilitación a los ojos de todos. Todos ellos, desde Henna hasta el antes cohibido Cabrera, desde el ya fácil Ba. hasta el ya contemporizante Bs., me demostraron confianza y estimación. Pero Ca. ha seguido guardando silencio, no ha tenido una palabra para contestar a la carta angustiosa en que, desde París, le develaba el secreto de mi vida, mi lucha perpetua, mi perpetua angustia, mi indecible combate entre los medios sociales y mis fines intelectuales, y continúo culpando. Si, pasados quince días y agotados los recursos pecuniarios que exactamente correspondían a los que prometí traer, Ca. no me ha proporcionado trabajo y él y todos con él, o me abandonan o me obligan a otra nueva abnegación de mi dignidad, seré injusto si los perdono. Como siempre, sobrenadando la angustia pecuniaria en el mar de ideas, de sentimientos y de deseos que me agitan, altera y adultera todas mis satisfacciones, todas mis esperanzas. Por eso tiemblo ante el frío nebuloso, ante el frío de hoy y el de mañana, y por eso gozo menos que pudiera con el aspecto de la ciudad, que tanto me recuerda a Puerto Rico, que carácter tan americano tiene, que tanto confirma exteriormente mis ideas sobre el carácter de este pueblo.



Noviembre 2.

Un día hermoso, sereno, de agradable frío, y ya sé yo que la alegría de la naturaleza influye benéficamente en mi ánimo. Nada extraño, por tanto, que me sienta propenso a la alegría.

Había concebido un plan, y estaba inclinado a creer que, secundado, podría llevarlo a realidad. Ausente otra vez Ba., lo expuse a Bs. ¿Qué es Bs.? Los que le suponen la vehemencia de un fanático de ideas, o no saben lo que es ese santo fanatismo, o juzgan al hombre, como con todos hacen, por las apariencias que da a sus designios. Bs. no tiene la candorosa, la santa expansión de los creyentes. Al menos, conmigo. Y si conmigo no la tiene, o será por desconfianza, o será por intención oculta. Por ambas causas, juicio en contra de él. Un revolucionario no debe desconfiar de sus auxiliares; pero abroquelarse en la reserva, en el silencio, en la duda, en el monopolio de la idea y de sus accidentes, con un hombre que, desconfiado, puede él poner a prueba con distintos medios y éxito seguro, que puede utilizar tanto mejor cuanto mayor sea la avidez de ese hombre por dejarse utilizar, eso no es hábil. ¿Buen deseo? No se lo niego. ¿Sacrificios? Los proclama su mismo aspecto; pero ¿basta?

Al fondo de los hechos, y dejemos las conjeturas para el tiempo. Fui, cumpliendo lo prometido, a celebrar la convenida entrevista con los dos. Ausente por deber el uno, hablé con el otro. Es claro, el plan, como cualquiera plan, parece atendible para quien ninguno tiene; por eso oyó con atención; pero, conocido, ningún esfuerzo hizo por hacerme entender que entraba en mis pensamientos; al contrario. Y yo, sin auxiliares ¿qué puedo hacer? Yo no tengo a nadie detrás de mí. Después de una vida de abnegaciones que nadie conoce, soy tan desconocido en mi país como en Beocia. ¿Darme a conocer?; ya es tarde: tendría que ir a que me conocieran personalmente. ¿Dar proclamas?; no tengo dinero para imprimirlas. ¿Moverme? ¿Hacia dónde y para qué? Después de esto, no hay más remedio, o me abandono absolutamente a los cubanos, y atiendo exclusivamente a Cuba, y también para hacerlo hallaré dificultades graves. He visto a Ferrer: hombre de inteligencia segura, al parecer. Me recibió cordialmente, y cordialmente nos hemos separado; pero tampoco me conoce, y es necesario hacer esfuerzo de carácter para hacer conocer que el hombre que juzga a España sin el odio ni pasión que parecen necesarios en esta empresa, es un hombre de esfuerzos morales e intelectuales. Yo no he querido, en mi vida, dejar nada a la casualidad, y quizás la casualidad se haya encargado de darme la norma verdadera de mi vida. Dejemos, pues, que el tiempo, padre de la casualidad, la aconseje en mi favor. En tanto, en el aire, en el vacío, en el ocio activo de la soledad de corazón y pensamiento, en la actividad dolorosa de la imaginación.



Nueva York, noviembre 4 y 5, 8 mañana.

Por insinuación repetida de su inteligente hermano Ricardo, he escrito a Ramón Nadal. Es una fuerza, según mi fórmula consagrada, y cualesquiera que sean los esfuerzos que me exijan, yo quiero, como debo, utilizar todas las fuerzas. Para conseguirlo, tal vez no haya sido el mejor medio la carta que su hermano se ha llevado, y tal vez haya sido debilidad de mi delicadeza el entregar esa carta por no faltar al compromiso de entregarla. La demasiada abnegación es un error si no es un vicio, y en las relaciones de la vida, cualesquiera que sean las convicciones de la razón y la experiencia, el hombre debe siempre proceder de tal manera que nunca los demás lo supongan desposeído del instinto de conservación, de los intereses de su amor propio y de todas aquellas fuerzas de la debilidad que, por ser patrimonio de todos, en todos se exigen como necesidad de su existencia.

Márquez, propenso a esa hilaridad inocente pero incómoda, del que encerrado en un círculo prelimitado de acción moral e intelectual, se erige en juez de todo otro modo de obrar y de pensar; Cab. en la actitud embarazosa que va explicándome su reserva; Vidal en su actitud modesta; Ventura en disposición más expansiva que de costumbre; Bs. en su indecisa reserva de sistema; su mujer en su candorosa deferencia para todos los visitantes de su esposo, tal era la tertulia de Bs. en el momento en que llegué en la noche del martes a su casa. Mi llegada interrumpió una discusión de campanario, que sostenía Ventura, en nombre de su Sto. Domingo, con Márquez, que representaba a Puerto Rico. Tuve más de un momento de alegría cuando, pensando y discutiendo con ellos sobre el cultivo mejor para las islas, los oí razonar con tanta rectitud, demostrar con datos tan considerables el conocimiento que tenían de ese punto importante de nuestro porvenir, y asegurarme, a mí, buscador de hombres para mañana, que no faltarían mañana para la revolución moral como no faltan hoy para la armada. Esta reflexión consoladora he estado haciéndome en casi toda la vigilia de esta noche, al recordar los accidentes de la conferencia celebrada en mi aposento. Era mi pensamiento, pero había desistido de él. Veía la necesidad de reunir a los puertorriqueños, para que pensaran, sintieran y resolvieran en armonía, y para procurarme por su medio la justa influencia que las reservas de que me rodean, están negándome; pero la desconfianza me había disuadido. Ramón Nadal se encargó de recordarme que «es un deber de patriotismo hacer por sí lo que no saben o no quieren hacer los demás», y como esta máxima vino exornada de un capítulo de quejas contra los iniciadores por el abandono y el olvido desdeñoso en que dejan a los puertorriqueños que no los rodean inmediatamente, y como a estas quejas se agregarán las de Pastrana y Chavarri, resolví intentar un acuerdo forzoso entre los iniciadores y los olvidados. Lo que éstos quieren es la satisfacción de la curiosidad que altera el reposo de todos los partidarios de una idea en crisis, pasto para esa actividad febril de todo el dominado por una preocupación intensa: ¡desdichada revolución de Puerto Rico, si todos sus auxiliares conocieran sus secretos! La anhelo demasiado para hacerla correr ese riesgo de muerte, y no es eso lo que me propongo en la reunión permanente de puertorriqueños. Me propongo lo de siempre: organizar y prever. Los revolucionarios al uso son muy fáciles en sus esperanzas, y esperan que la casualidad les dé hecha la obra del día siguiente, la difícil, la digna, la capital. Yo no tengo esas esperanzas y deseo que vayamos a luchar con pensamiento cierto. Se me opusieron, no sé si por espanto de la obra o por modestia, pero logré persuadirlos, y cuando dos veces exclamaron que «empezaban a creer en el triunfo de nuestra causa», no por atribuir esta ponderación a la impresionabilidad, dejé de pensar que podía sacarse útil partido de la buena disposición en que coloqué todos los ánimos. Se puede, pues, dar por iniciada una grande obra. Entre otros, tiene el peligro de poder alarmar a Bs. y los suyos; pero sería demasiada ceguedad el no aceptar la parte que en la obra voy a ofrecerles hoy mismo, y espero que la misma grandeza de la obra engrandecerá a los que se han empeñado en empequeñecerla.



Domingo, 7 de noviembre, mañana.

Anoche, cuando después de la reunión, caí yo en la meditación acostumbrada, tuve la franqueza o cometí la debilidad de responder con una queja a la extrañeza que Chavarri me manifestó por la conducta de Bs., y resumí mis tristes pensamientos en esta pueril exclamación: «Si yo tuviera cien mil pesos, no me costaría una batalla cada adhesión que conquisto». «Yo creí que Ud. sabía eso hace tiempo», me contestó Ch. De modo que Azcárate, en Madrid; Ramos, en Barcelona; A.-Pa., en París; en la misma ciudad, Acosta; en todas partes los interesados en justificar con mi vacilación la suya, o los temerosos sinceros de mi mal, han visto con perfecta lucidez una cosa clara que yo, présbite previsor, he necesitado contemplar de cerca para ver. Y no es extraña la previsión de los otros, ni mi extraña imprevisión. Ellos juzgaban la realidad en uno de sus aspectos; yo no había podido ver ese aspecto de la realidad, absorto como estaba en la contemplación de los demás. Para ellos, como para todos, como para mí mismo cuando examino en todas sus partes el fenómeno, una revolución forzada, producto de la acción de pocos sobre el malestar de muchos, es un problema de dinero. Y claro es que en ese período de formación para el cual se necesitan los auxiliares del dinero, el desprovisto de él es un obstáculo. Y llego yo, que no sólo no traigo dinero, sino que vengo a pedirlo a mi trabajo, y como, cualesquiera que sean las fuerzas de mi corazón, mi inteligencia, mi voluntad, mi abnegación, mi instrucción y mi experiencia combinadas, ninguna de esas fuerzas puede tener hoy útil empleo, se rechazan. Sin más profundizar, ese es el hecho de razón de que soy víctima. Ahora, el cómo se realiza ese hecho, el modo, el medio, la conducta de los hombres, es cosa de menos filosófica demostración. Que el temor, ya manifiesto, de una superioridad que se revela, o prevenciones del presente y del pasado, aumentan cada vez más la desconfianza de Bs., y el embarazo molesto de Ca., determinando en uno y otro, y por medio de ambos, en su círculo, la frialdad, el desvío, el recelo, la conjuración de sospechas que me cercan, eso es más repugnante que irritante, y mucho más peligroso para el porvenir de la revolución y de la patria, que repugnante para una conciencia pura.

¿Con qué derecho monopoliza un hombre la dirección de negocios que le pesan demasiado, cuando su inexperiencia de los asuntos humanos, su inflexibilidad para con todo el que no es flexible, y su abandono para con los que se le abandonan, demuestran que elige por nivel suyo el de los hombres, no el de las ideas que representa? Ahora acaba de salir de aquí, y sus últimas palabras confirman mi juicio desconsolador. Como siempre que se llega a cuestiones personales, me inclino a la benevolencia, como hombre, me inclino a la utilización como político; y hablando del jefe de voluntarios en Ponce, de V. Linares, de Alonso, he optado por el sistema de la prudencia y del optimismo: él dice que es mejor dudar, que es mejor manifestar la duda, que es mejor impedir la rehabilitación, que es mejor acabar para mañana con los débiles, los cobardes, los vividores, los egoístas o los torpes que se nos niegan hoy. Falta de vista: como casi todos los revolucionarios por pasión, fijo en el presente, ni mira ni ve el porvenir. Esa gente no piensa que es más necesario pensar en la difícil obra de reconstrucción que en la otra, a todos asequible, de la destrucción. Y por eso, cuando se les habla de la obra capital, abren los ojos, dilatan el labio de la sonrisa irónica, cierran por sistema su conciencia, desatienden los aspectos totales, y atendiendo a lo pequeño que perciben inmediatamente, en la cuestión, discuten, hasta cansar y cansarse, los inconvenientes necesarios de toda empresa de ideas en toda comunidad de intereses y de sentimientos.

Yo no sé si por ver los inconvenientes personales que encuentra en toda lucha de ideas el acostumbrado a imponer la suya o si por el temor de perder la aureola con que lo rodean el silencio y el misterio, de su parte; la confianza y la seguridad pública, por parte de cuantos se le acercan; pero es indudable que no le ha lisonjeado el anuncio de una asociación: la ha combatido al mismo tiempo que aceptaba estimularla y aplaudirla. ¿Razones? Que no se puede tratar la cuestión de si conviene la anexión o es necesaria la independencia, porque nos enajenaríamos auxilios; que no se puede hablar de federación de las Antillas, porque se duda de la aptitud de esos pueblos para la federación. No por deseo, sino por alejar inconvenientes, descarté estas dos cuestiones, que volvió hoy a sustentar Ca., que ya habían suscitado otros más jóvenes en la primera reunión, que yo planteaba a sabiendas por acostumbrar a no temer a las ideas y por empezar a hacer pensar que el tejido de los hechos sociales no es tanto la trama de la casualidad como el arte o el no arte, la ciencia o la no ciencia, la previsión o la imprevisión de los individuos y los pueblos; no pues por deseo ni por impotencia intelectual, descarté esa cuestión fantasma, y describí sucintamente el pensamiento de la asociación, haciendo comprender de paso que yo no quiero ni los clubs ni las juntas de la vanidad, en los cuales puede una lucha de pasiones y de pequeñeces obstar victoriosamente para el éxito más fácil. Ahora, y para mí, ¿cuál es ese pensamiento?



Lunes, 8 de noviembre, 3 de la tarde.

Nemo in patria sua propheta? He estado preguntándomelo, a pesar de la desconfianza de mí mismo con que trabajo por mi país, al comparar hoy el recibimiento que me han hecho Ferrer, Mestre, Morales Lemus, Piñeyro, Aldama, cuantos cubanos de representación me fueron presentados por Ferrer, y el que me hicieron Ca. y Bs. y, excepto los jóvenes y los descontentos, los demás puertorriqueños de iniciativa. En tanto que Bs. se encierra en su reserva fría, y busca pretextos para no venir a verme, y viene acompañado cuando viene, al modo que lo haría si temiera conferencias reservadas, y en tanto que confiesa con su misma conducta y su mismo alejamiento estudiado que algo vale el que es temido; en tanto que a los suyos, probablemente con sus juicios apasionados inspira su mismo desvío, y en tanto que los míos han notado y tenido que notar su conducta; mientras que, faltando a toda consideración, Caba., que, con sus exageraciones, precipita mi venida temprana, huye manifiestamente de mí, y en vez de secundarme, él que con mis cartas, con las últimas, sabe de mí cuanto yo de mí mismo, que soy una conciencia que propugna por la justicia, secunda los planes personales de Bs.; en tanto que Basora, más dúctil a la evidencia, no abandona sin embargo su cautela, a pesar de su confesión pública de error para conmigo; en tanto que, uno tras otro, para acercárseme necesitan del esfuerzo denodado para guiarlos sin dominarlos, o del interés de amor propio que me los acerca, unas cuantas palabras me conquistan la visible adhesión de Ferrer, me atraen la probable simpatía de Piñeyro y la atención deferente de Morales: no menciono a Mestre, de cuya amistad ha hecho un misterio tan solemne el bueno de Bs., porque nunca hombre alguno me ha recibido con más cordialidad, con más activa deferencia ni proclamado más alto más títulos intelectuales. De todos ellos, es el que ha declarado conocerme por mis escritos, y prueba terminante de que aprecia al escritor y al político es la rápida facilidad de relaciones que hemos entablado. No se me oculta que la carta de Azcárate ha hecho mucho, que el anuncio de la visita que Morales me prometió por conducto de Ferrer habrá hecho más; pero ¿vale esto la vida de trabajo, de esperanzas, de abnegaciones, de sacrificios hechos por Puerto Rico, conocidos en Puerto Rico, reconocidos públicamente por los revolucionarios en jefe de mi patria? Pues a pesar de la sima que media entre una realidad observada, la de mi vida por los puertorriqueños, y una esperanza infundada (?), la de Azcárate en su carta, la realidad es más débil que la esperanza, mi vida menos garantía que la palabra de un hombre que no puede conocerme como debe conocerme mi país. Este es un abismo que no logra hacerme tener por insignificante la verdadera alegría que tengo hoy. No alegría de vanidad; sí de esperanza: espero que si logro ponerme en actitud de desarrollar sin esfuerzo, sin afectación, sencilla, familiar, cordialmente, las cualidades que me han conquistado mis esfuerzos y mis desgracias, de mis relaciones y de mi intimidad con el círculo cubano saldrá la revolución de Puerto Rico.

La deferencia activa de I. M., la amistosa cordialidad de F. C., la respetuosa adhesión de R. N. y de E., la misma indócil estimación de L., expresión de una simpatía del país, me dan derecho a creer que estoy en actitud de ser útil a las santas ideas de mi vida. Más activo y más resuelto, no por más nuevo, como insinuó con levísima ironía Ca., sino por más consciente de mis actos, de mis sentimientos y de mis ideas, no sólo tengo intrínsecamente condiciones que no despliegan los demás, sino que se revelan exteriormente cuando muchos vienen a tomar impulso en el impulso mío. Esta realidad es digna de observación y puede ser trascendental para el porvenir de mis ideas. Ambicioso, sabría hoy que puedo, si quiero, suplantar al ídolo -Bs.-: pensador desinteresado, obrero más sincero que otro alguno, debo saber consciamente hasta qué extremo puedo usar benéficamente de esa influencia que conquisto. Ponerme en relaciones directas con los que en Puerto Rico podrían y querrían secundarme, mover aquí los instrumentos que se me ponen en la mano, sería una usurpación perdonable a los ojos de la ambición y aún a los de la razón, cuando, como sucede, se me niegan temerariamente los medios de acción que tuve y se me cierran todas las puertas y se me bloquea por la desconfianza y la mala fe, pero ¿sería un bien, para el país? Sigo creyendo que todos somos necesarios, y yo sería un apasionado sin elevación de sentimiento ni de ideas, si juzgando a los otros por los juicios de pasión que de mí forman, les negara las aptitudes y las virtudes que me niegan. El quid difícil y necesario estriba, pues, en la resolución de este problema: Utilizar por mí mismo todas las fuerzas de que disponga y se me ofrezcan, sin enajenar una sola voluntad a mi país. Constituyase la asociación, trabajemos, vengan Bs., Ba. y los suyos con nosotros, no insistan en su absurda conducta, y todo podrá hacerse. Y si continúan procediendo como han empezado, caiga sobre ellos la tristeza de verse abandonados por la idea que durante un momento monopolizaron.

Profundizo una proposición que me preocupa. «¿Y Ud.?», me preguntó Bs. con ojos que sondeaban mi conciencia, en el momento en que yo combatía el temor de ir a Puerto Rico, estando Sanz allí, que no ocultaba Ca. «¿Yo, qué?», respondí al sondeo con el sondeo. «¿Por qué no va Ud. a Puerto Rico?» No lo miré con el asombro que hoy lo miraría, y le contesté sencillamente y sin falacia ni exageración: «Porque no puedo. Además de que soy tenido por un enemigo, yo tengo el compromiso de tratar mal a los representantes de España en Puerto Rico, porque yo he sido el que más enérgicamente ha censurado el miedo que, como hombres, han demostrado a los despotillas de la Isla todos los que se han visto forzados a acercárseles». Insistió en la conveniencia de mi ida. Si le atribuyera los vicios de la ambición, creería que pensaba en sacrificarme, y probablemente me equivocaría, porque Bs. no tiene otros vicios que los de cuantos revolucionarios, obligados por su popularidad a tomar la iniciativa, se conocen superiores a ella y no quieren sacrificar su popularidad. Hay otra cosa, y creo que es ésta. Es seguro que Ca. comunicaría mi carta a Bs. Hayan o no hayan hecho algo por cumplir con los deberes que les imponía aquella carta, nada me han dicho, desembarazándose así de ese deber. Pero como pesa secretamente sobre ellos, y a imposibilidad de cumplirlo por los medios decorosos que yo designaba, temen probablemente que se los reclame, tal vez han pensado que era sabio hacer de una vez dos obras útiles: desembarazarse de mí, mandándome a nombre de la patria a Puerto Rico, y tenerme allí como garantía del activo progreso de la revolución. ¿Es esto? Es conveniente averiguarlo.



Bleecker St. 292, al patio, Nueva York, 7 de diciembre de 1869.

Puesto que tengo papel, y por falta de papel no me he sondeado un mes ha, sondeemos otra vez. No sé precisamente en qué quedaba cuando interrumpí forzadamente la diaria confesión, pero es seguro que, agitado como estaba entonces, por la ociosidad inquieta a que me condenaba la conducta de los puertorriqueños y la de los cubanos, me presentaría en dolorosa lucha contra unos y otros. Tenía razón, porque unos y otros han hecho todo lo necesario para desesperanzarme y para desesperarme; desesperanzarme, hacerme perder la esperanza que pude tener en ellos como revolucionarios; desesperarme, obligarme a maldecir hasta las ideas más queridas.

Por aquellos días fracasaron dos proyectos: la publicación que espontáneamente, y probable es que por su propia conveniencia, me proponía Ferrer, de un periódico independiente para defender exclusivamente la independencia, y la constitución de la sociedad de puertorriqueños que yo había imaginado para precipitar la revolución de Puerto Rico. El periódico murió, porque F. y los que le aconsejaron dejaron de la noche al día de ser independientes para ser anexionistas. La sociedad murió en embrión porque los puertorriqueños maduros no quisieron pasar junto con los puertorriqueños verdes. Después se me propuso la ida a Puerto Rico, proposición temeraria que sólo yo podía discutir, que sólo mi abnegación podía aceptar: por falta de recursos no quise yo realizarla inmediatamente pero aun pende, y es posible que tenga que hacerla a fines de este mes. Tal va poniéndose el invierno y tales son los pobres medios en que para vivir orgánicamente me he encerrado, que llegue a ser en mi imaginación un ideal lo que quizá puede ser en la realidad un abominable término de vida. Por ahora, emborronando papel en el periódico. Ella no tiene fines, él no puede tenerlos. ¿Dónde, señor, están los hombres? Pues, cueste lo que cueste, la educación latina es incompleta hasta el extremo de privar a los pueblos de la fuerza de las ideas y personificar ideas, principios, transformaciones y progresos, en los hombres. No los hay, luego no hay nada. Esta conducta del Gobierno federal y los programas reformistas de los diputados puertorriqueños de Madrid van a concluir con la revolución, si pronto, muy pronto, un fracaso y la indignación de los revolucionarios no depone a los hombres sin ideas.



Nueva York, diciembre 9, 11 del día.

Estoy descontento e impaciente: descontento de la marcha de los sucesos, de los hombres que pudieran dirigirlos, de los medios que se emplean para obtenerlos: impaciente, no sé concretamente por qué; si por ir a Puerto Rico o por salir, con muerte o vida, de una vez y para siempre de esta vida insegura y angustiosa.

Trabajo como nadie en el periódico, y me parece poco y es realmente poco; y como no veo fructificar el trabajo, porque la prensa no se ocupa de nosotros para nada, y sólo serviremos de pasto a la pasión de los ociosos o de los apasionados, más de una vez me digo que valdría cien mil veces más el estar combatiendo con el fusil o con el sable que perdiendo el tiempo con la pluma. Y la verdad es que el trabajo es baldío. La revolución no tiene ideas, y no es posible que el periódico, fuerza secundante, ordenación de ideas, dirección de medios intelectuales, expresión de opiniones, sentimientos y deseos, ordene lo que no existe, dirija lo que no hay, y exprese lo que no se encuentra. Allí, se combate por la necesidad, y acaso porque la continua lucha mantenga vivo el fuego de la primera impulsión; pero ¿en qué piensan ni qué hacen los encargados de administrar las comarcas revolucionadas? Harto, pienso, hacen con mantenerse unidos; pero la verdad es que no basta. Aquí yo no sé qué hace la Junta; cuanto, hace fracasa; expediciones, corsarios, tentativas diplomáticas, todo huero. Han hecho un arma de la mentira y creyendo que hacen creer lo que no creen, pasan los días atrayendo a la idea de la anexión a los ya de antemano convertidos a la idea, pero no al propósito de compartir sus beneficios con los cubanos anexionistas. Luego, la emigración, semejante a los demás, ha llegado ya a posponer la idea culminante a sentimientos personales, y patria, ideas, justicia, porvenir, son sonidos huecos a que no obedece uno solo de los llamados patriotas que conozco. Si voy de los cubanos a los puertorriqueños, encuentro los mismos vicios aumentados por la desesperación de una impotencia absoluta. ¿Qué he de hacer, sino descontentarme e impacientarme; qué he de pensar sino en recursos extremos? Jugar el todo por el todo vale más que estar siendo cómplice de juegos de impotentes cuando la patria juega el porvenir. Más de una vez pienso en España con un sentimiento que jamás había experimentado, pero cuando reflexiono que todo lo posible de mi parte ha sido hecho por dirigir a aquel pueblo hacia sus fines convenientes, me vuelvo con ánimo tranquilo hacia la revolución, único medio de salvarlo todo, patria e individuos, presente y porvenir.



Domingo, 12 de diciembre.

Anoche estaba pensando que podía perfectamente depender de mí la inquietud, el descontento, la insaciabilidad de actividad que siento. Puesto que estoy trabajando ya en pro de la causa constante de todos mis trabajos -me decía- conságreme a ella con toda mi actividad útil; pero ¿trabajo realmente por la causa?, me preguntaba el descontento, y casi me contestó que no, al reexaminar mentalmente mi obra de todos los días, obra de circunstancias, de acaso, de espontaneidad forzada, más que la obra de razón, de meditación, que debiera esperarse de quien, o hace por impulsión de la imaginación y de su corazón las hazañas más insensatas, o se consagra heroicamente a todos los sacrificios, por obediencia a la conciencia. Mi obra de todos los días: no es ella, por cierto, lo que debiera ser, y cada tarde, al terminarla, vuelvo la vista a las playas de Cuba, y me digo: «Más útil sería yo allí». Es seguro que no sería más útil, a no ser que, embrión ignorado de un hombre de acción, me desarrollara inopinadamente en el campo de la prueba; pero es seguro también que, forzado allí a hacer cuanto en mi vida he predicado, estaría más contento de la práctica de mi predicación, que lo estoy ahora de estas contemplaciones en que sigue encarcelado todavía mi pensamiento. Nadie le pone trabas; pero lo entraban las circunstancias que la Junta y su conducta han creado para la revolución, y lo enfrena la sumisión a otro.

Realmente, no sirvo para secundar; a lo que veo, yo no tengo, para la vida práctica, otro talento que el de disposición y organización. En cuanto me quitan la iniciativa, ya no sirvo para nada o hago mal o de mal talante o sin fe en mi obra y en mí, cuanto me veo obligado a hacer. Anoche pensaba en la conducta de los que me han quitado la dirección del periódico y en la del nuevo director conmigo. Pensaba que en todas partes ha de perseguirme la injusticia, y en todas ha de volverse contra mí mi propio carácter respetable. Comprendo que, para poner en armonía a todos, prefieran a un cubano que tenga influencia intelectual y afectiva sobre todos; pero mejor y más fácil hubiera sido asegurar ese trabajo de armonía, no a quien pudiera conseguirlo por sus condiciones sociales y su origen, sino al considerado por todos como más apto para servir al pensamiento. P. es un excelente carácter, una inteligencia viva, una imaginación artística, y un corazón frío, condiciones que lo hacen apto para allegar voluntades y conciliar las angulosidades de la vida de relación; pero, a pesar de su aptitud y de su penetración, procede sin la conciencia de sus actos que tiene siempre el poseedor y poseído de una idea, y se comprende la acción de los junteros, y siguiéndola escribe artículos diplomáticos discretos, pero ni siente ni concibe ni comprende los santos extravíos de la indignación, la viva excitación en que los reveses y las fortunas, las esperanzas y las desesperaciones ponen a los más sensibles. Z., otro carácter, otro pensamiento y otro corazón, no tiene tampoco moralidad intelectual, y trabaja lo poco que trabaja sin otro pensamiento que llenar su compromiso, sin otro sentimiento que el de la animosidad contra los españoles. En cuanto a M., mayor talento literario y mejor intención política, por lo mismo que me debe el esfuerzo que he hecho para que reconozcan su talento, está fuera de las condiciones necesarias, independencia de acción y consideración externa, para ser tan útil como podría llegar a ser. Luego, un periódico de combate que no combate, un diario de doctrina que no adoctrina, no combatiendo por que no tiene con quién, no adoctrinando por que no puede, sin riesgo de la causa que sostiene, tocar los puntos capitales, es un periódico que podrá satisfacer a los indiferentes, pero que no puede corresponder a mis deseos. Y planteo mi problema: ¿debo dejarlo? Y si lo dejo, ¿debo ir a Puerto Rico? Y si voy a Puerto Rico ¿debo esperar o impulsar a los acontecimientos?

Mi triste convicción es que si la casualidad no se pone de nuestra parte, Cuba no acabará, ni Puerto Rico empezará jamás.



Miércoles, 15 de diciembre de 1869.

El decaimiento de los ánimos, la parálisis de la revolución en Cuba, la conducta comprensible pero censurable del Gobierno federal, el azoramiento que ha producido en casi todos el desesperado intento que en algunos produce de, jugando el todo por el todo, abandonar la isla a Estados Unidos, ofrecerla en anexión, y en odio a España, cometer la indignidad de declararse impotente ante el mundo; todo esto me inspira el vehemente deseo de ir a Cuba; pero pienso que no sabría ir de otro modo que dirigiendo una expedición, y como ni tengo capital para formarla ni tengo influencia para hacerme escoger por director, veo que el pensamiento de ir a Cuba no debe realizarse.

El convencimiento de que no hay ningún trabajo revolucionario en Puerto Rico, la seguridad de que lo dicho y lo hecho, hasta ahora, sólo ha sido pasión personal de B., y ansias justas pero impotentes de todos sus secuaces; el temor de que, pactada secretamente la anexión, intenten extenderla a Puerto Rico, y mi constante y cada vez más enérgica oposición a la anexión, me inspiran el deseo de ir a Puerto Rico, pero el viaje es en sí tan temerario, temo tanto seguir dando saltos en el aire y haciendo sacrificios en tinieblas, que a pesar de haberme presentado como resuelto al viaje, más resuelto estoy a pensarlo que a llevarlo a cabo.

Yo no veo una sola ventaja, y veo todos los peligros de ese viaje. Si yo no hubiera perdido, como he perdido absolutamente, el don de gentes, el arte de tratarlas, aquella ciencia de la vida que, basada en el disimulo, la reserva y la flexibilidad, sirve para escudarse moralmente y para espiar el espíritu del prójimo, tal vez mi ida contribuiría a la resurrección del sentimiento; hoy mismo, suponiendo que los delegados del Gobierno central lo obedezcan, las reformas podrían servirme para dar lecciones prácticas de resistencia al despotismo; pero, fuera de esto, hay tal multitud de dobleces, de ficciones, de aceptaciones, de mentiras, de ocultaciones, de imposturas -obligado séquito del conspirador-, y yo odio el oficio y sus obligaciones. Y como, en tanto, mi trabajo, a pesar de poder ser tan pecuniario como yo quisiera, me desagrada y me hastía, no sólo porque me parece inútil y lo tengo por inferior al pensamiento que lo inspira, sino también porque estoy ya cansado de las anteposiciones injustas del poder sobre el saber, de las influencias personales sobre las exigencias de la idea y la razón, y como en tanto, digo, mi trabajo no me sostiene y desarrolla las fuerzas del descontento, cada vez que comparo lo que hago y lo que pudiera hacer, lo que he hecho y lo que me vale; la posición que debiera tener y la que tengo, la abandonada y la aceptada, pienso en un pretexto que me dejara dormir tranquilamente en Puerto Rico, abandonando a los exploradores de pasiones y a los soñadores de imposibles. Sí, porque aquí no hay otra cosa; ni uno, ni uno solo de los que conozco, de ambas islas revolucionarios, tiene un pensamiento desinteresado, un sentimiento vasto, una voluntad sin objetivo personal, una conciencia clara y pura de los fines grandiosos a que podría contribuir la revolución de las Antillas.



Jueves, 16 de diciembre.

Sigo pensando en el viaje, o más bien, en los motivos que lo condenan como insensata imprudencia. Más de una vez me ha precipitado la escasez; hoy podría precipitarme la impaciencia: dominémosla, pues, y dejemos sucederse los acontecimientos para poder utilizarlos, dirigiéndolos al fin a que conjuntamente caminan mis ideas y mis deseos.



Diciembre 24.

A consecuencia de la primera disensión, he resuelto hacer lo que siempre he debido hacer; un relato minucioso de los hechos en que se relacionen mis ideas con la existencia de mi patria, y retratar los hombres que perturban, hoy como siempre, el desenvolvimiento natural de las ideas.

No había necesidad de ninguna experiencia para prever que, dadas las dificultades del problema, la revolución de las Antillas carecería de revolucionarios: lo dicho de Bs. y los suyos, con tanta razón puede decirse de la Junta y de la emigración cubana; toda la diferencia, que éstos tienen más medios de acción que aquéllos, y bien o mal, los emplean. La envidia reina en ambas emigraciones, más entre la cubana que entre la puertorriqueña, pero no menos impaciente en ésta que en aquélla: con la envidia, reina la ambición pequeña, tanto más pequeña y más ridícula cuanto más pequeño y más inseguro el objeto ambicionado, cuanto menos basada en altos sentimientos y en ideas generosas la ambición. ¿Sentimientos?, de odio les sobra: ¿ideas?, fuera del desalojo de los españoles no conciben otra, y, como todos los hombres, se burlan de lo que no comprenden, de lo que no conciben. Hoy mata a mañana, y como ellos caben en el hoy, por disputárselo entre sí, lo matan. Se transforma la Junta por celos de los camagüeyanos, por comprar al adinerado Aldama, por ambición de Mestre; se transforma La Revolución, por complacer a M. Lemus que quiere complacer a Piñeyro, cuya salida de la secretaría de la embajada complace a Ferrer. Así, celándose los unos a los otros, desconceptuándose entre sí y fuera del círculo inmediato, apellidándose imbéciles, ambiciosos o trepadores, haciendo que hacen más que haciendo, perdiendo un tiempo necesario y preciosas ocasiones, no conociendo ni los medios ni los fines morales de la revolución, anteponiendo las relaciones personales a las públicas, sacrificando en Basora a Puerto Rico por halagar a Morales, sacrificándome a Piñeyro, ignorando el arte de atraer a los hombres, olvidando que el primer deber del revolucionario es utilizar a todos los utilizables, desechando a hombres de probable sinceridad y abandonándose a otros de buena fe improbable, matando la idea por no saber acalorarla, habiéndola todos reducido al estrecho reducto de su inteligencia, de sus pasiones y de sus intereses ¿qué extraño es que la mayor parte de ellos descansen en la anexión como de un peso, monopolicen la soberanía de las Antillas y se pongan en contradicción y en lucha ardiente con la opinión de los combatientes y con el deseo de los emigrados?; ¿qué extraño que les espante la iniciativa tomada por mí, qué extraño que hayan empleado los medios indirectos que han empleado para hacerme saber que quieren propaganda anexionista?

Y juzguemos el hecho para examinarlo. De aquí saldremos muy mal mis ideas y yo, porque yo no sé disminuir el fuego de mis ideas para luchar con el frío de los intereses; pero, al menos, sepamos. Cuando yo me presenté a Ferrer, después de muchas idas y venidas, y de una actitud exigente, me ofreció el apoyo de la Junta y todo lo necesario para fundar un periódico que defendiera la independencia. Mi programa lo asustó, y en la misma tarde varió de pensamiento. Yo sé que no era solamente el susto del programa; era también la intriga entonces pendiente. No se atrevían a deponer a N. P., que dirigía La Revolución, y quisieron suscitarle una competencia. Yo me opuse: el porvenir de la causa se oponía a toda discusión, y mi reserva necesaria me aconsejaba no ser el instrumento de los demás. Entonces se pensó en dar al más móvil lo que se debía al más útil, y combinaron la redacción actual. Se me recibió con los brazos abiertos, y pronto vi que era justo y necesario. Piñeyro es un hombre de talento, embrión de algo que aun no se define, o un gran artista, o un diplomático; corazón lleno del hastío, el despecho y la ambición de placer y de grandeza que da una cultura exclusivamente literaria. No es, pues, ni puede ser hombre político; no es, pues, ni debe ser el director de un periódico de revolución. Pero tuvo que abandonarse a mí y yo he hecho cuanto he querido, queriendo siempre lo que siempre he creído digno, justo y necesario para el porvenir de las Antillas. Quise, y a pesar de que sé las aspiraciones de M. Lemus, dios pequeño de estos pequeños idólatras, y las de Aldama y Ferrer y Mestre y de Piñeyro, escribí «La situación de las Antillas», con el fin de exponer este razonamiento: Teniendo la vida propia que intrínsecamente tienen las Antillas, lo primero ha de ser la independencia. Anexionarlas es una indignidad y una torpeza: si se teme la fuerza de la anexión, prepárese la federación: ésta se presenta en el movimiento actual de Santo Domingo y Haití. En cuanto se vio el espíritu de los artículos, se hicieron advertencias que dócilmente me las comunicó, y en cuanto P. me las hubo comunicado, le declaré que yo dejaría el periódico: calló y seguí anti-anexionando; pero el último artículo debió ser terrible para ellos y hablaron y llamaron a P. y yo no sé si porque ya le embaraza mi presencia o de buena fe, se ha puesto de parte de ellos, y aun cuando entre mil reflexiones y consideraciones y respetos y nueva exhibición de aquel acatamiento de los primeros días, me repitió ayer su advertencia y hubiera deshecho lo hecho por mí, en un suelto con que pensaba encabezar la correspondencia antianexionista a Santo Domingo, si yo no le hubiera declarado, poniéndome el gabán, que me marcharía inmediatamente. Mestre, con quien había comenzado una conferencia sobre este punto, no quiso ir ayer a continuarla, mandándome en un recado un pretexto cualquiera. Ferrer, con quien ayer empecé a hablar del mismo asunto, se me declaró descontento: veremos lo que me dice hoy, si logro verlo, y dejando mi actitud humilde, tomo la que debo. Si quisiera por la intriga, triunfaría por ella: en vez de razonar prepararía una manifestación antillana que probablemente me sería favorable; pero no quiero otras armas que las siempre usadas, y si logro contenerme en los límites tranquilos, pero sin ser humilde ni condescendiente, yo los venceré también. Me necesitan.



Miércoles, diciembre 29.

Ayer, conteniendo un color que se me iba y apagando el rubor que me encendía, llamé al administrador y le pedí la semana: me dio doce pesos. Cualquiera que sea mi empeño de no deber nada a las ideas que me sacrifican, doce pesos, el jornal de un obrero cualquiera, menos de lo que gana cualquiera de nuestros cajistas, ni es recompensa de mi trabajo ni representación de otra cosa que de la extrema necesidad y del absoluto desinterés con que sirvo a mis ideas. A pesar de todo, temo que influya esa miserable asignación, que prueba mi miseranda situación, en las relaciones de P. y de la Junta para conmigo: los creo capaces de cobrarme en altanería el jornal inadecuado que les tomo. Por de pronto, yo creo que el cambio de conducta que noté en P., coincidió con mi primera explicación, provocada por él, respecto a mi posición personal. Felizmente, el asunto de la anexión y mi terminante declaración de retirada han vuelto a imponerle las extremas consideraciones con que me halagó al principio. Todos los colonos, por educación, por costumbre: todos tienen el disimulo por escudo y la segunda intención por arma; no pueden inspirarme confianza, no me la, inspiran, y así como voy creyendo que Zenea acogió con profunda alegría la noticia de disensiones entre la Junta y yo, así creo que P. habrá vuelto a su primer plan, profundas consideraciones por delante y quién sabe qué golpes por detrás. Cuando yo no tuviera motivos propios para juzgar tan mal a estos redentores forzados de una víctima cuya desventura son incapaces de apreciar, de entre ellos mismos saldrían los juicios más severos contra ellos. ¿Qué dice Ba.? ¿Qué dice públicamente P.? ¿Qué dice Z.? Y ayer, cuando con un pretexto cualquiera volvió a hablarme el administrador ¿a qué fue, sino a contarme pormenores entristecedores sobre la expedición del «Lillian»? Tomo de esos pormenores el que conviene a mis observaciones. Z., que después ha hablado tan acerbamente de Goicuría, era a bordo su más adicto ad latere, su sucesor más íntimo, su guía, su conductor, su inspirador. Antes de la partida de la expedición, había declarado en una expansión de amor propio o de franqueza «que dominaba al general y haría de él lo que quisiera». Cae, pues, sobre él una parte tanto mayor de la culpa resultante de esa expedición, cuanto mayor es el esfuerzo que hace hoy por divorciar sus actos del mismo sobre quien influía. Según el administrador, ayer salió el vapor «Asia», llevando a Cisneros con veintiséis hombres y armas y municiones.



Viernes, 31 de diciembre de 1869.

¡Último día del año!... Y todo el caro imaginar de siempre, y de suponer en un corazón tan intacto como el mío, intacto no, porque precisamente en este año que hoy acaba ha empezado a revelarse con punzantes dolores el despedazamiento orgánico del músculo precioso. Pero, en fin, si como válvula no está corriente, como centro de emociones y de sensaciones está íntegro. Verdad es que esa integridad depende en modo del enfrenamiento de los afectos por lo que digo solemnemente mi razón; pero verdad es también que si yo lego una fuente de estudios psicológicos a los que estudien mi carácter y sepan que esta sencillez candorosa de mi corazón, que esta espontaneidad de afectos, que esta presencia de mis sentimientos en todos los actos y en todos los pensamientos de mi vida, es producto de mi concepto sobre los hombres completos, me lego a mí mismo la vida más difícil que conozco. Como Leopardi,


«So che natura é sorda
che miserar non sá»,



y dando gracias pasajeras a Piñeyro que ha vuelto a renovar mis inclinaciones poéticas, trataré de reunir las palabras sin objeto con el objeto inmediato de mis palabras. Ser niño de corazón, adolescente de fantasía, joven de sentimiento, en la edad de la madurez temprana, en lo que quiero llamar edad científica; ser armonía viviente de todas nuestras facultades, razón, sentimiento y voluntad movidos por conciencia; ser capaz de todos los heroísmos y de todos los sacrificios, de todos los pensamientos y de todos los grandes juicios, y poner en todo aquella sinceridad, aquella verdad, aquella realidad del ser que sólo de ese sentimiento, que sólo de él trasciende; ser, finalmente, un mediador entre el racionalismo excesivo, no por racionalismo, sino por absorber en él todas las demás actividades independientes y necesarias del espíritu, y entre el pasionalismo de los que creen que todo lo hace la pasión, eso es lo que llamo yo ser hombre completo, eso es lo que practico. Y como es tan difícil que los lejanos de mi ideal comprendan mi realidad, y como también es difícil que mi realidad no adultere frecuentemente mi ideal, yo soy un mito, un compuesto de opuestos, una incógnita indespejable. Y, claro es, como no pueden despejarme, no me entienden, como decía sinceramente el buen Basora, y creen o afectan creer, como dijo P., que vivo en las nubes. De un hombre a quien no se entiende, se prescinde; a un hombre que vive en las nubes, se le deja en ellas. Eso es lo que dulcemente dicen los unos y los otros, no sabiendo los unos lo que dicen, sabiendo los otros y queriendo lo que dicen.

Ayer, cuando entré en el building de la redacción, encontré en la escalera a Mestre: después de esquivar la conferencia fue a buscarla: probablemente habrá querido satisfacer mis escrúpulos personales, creyendo que ya la materia estaba fría. Cuando entró en la redacción, P. me dijo que Mestre volvería. Me puse a trabajar, y llegó Basora. Me distrajeron, y me puse a conversar con los circunstantes. Celebrando B. un rasgo de ateísmo que L. había depositado en un artículo, quería descubrir de quién era otro que también había descubierto; y como yo quisiera reivindicar el rasgo, dijo graciosamente que estaba seguro que no era de mí, porque «a Ud. -dijo- no lo entiendo». Y a propósito de esto, y ligando yo como acostumbro, y como debo, mis escritos, mis palabras y mis actos, a las ideas que los determinan, entablamos una discusión, que me sirvió para averiguar que mis escritos, impopulares como yo sabía, y a pesar de la extraña, fría, reverente nombradía que les debo, no se entienden; que es inútil para Puerto Rico cuanto hago; que no se puede ser revolucionario sin tener las pasiones que ellos tienen; que no se puede contar con las simpatías de los auxiliares, teniendo la amplitud de nociones y de miras que poseo y careciendo de las pasiones impulsivas de los otros.



1.º de enero de 1870, 2 de la tarde.

Es, es una realidad el sentimiento: más me convenzo cuanto más lo digo. Es posible llegar a las más altas concepciones, complacerse en las eminencias más inaccesibles, prescindir de todos los vicios, desligarse de todas las pasiones sensuales y sustraerse en todo lo posible de las pasiones inocentes; es posible ser hombre completo, ser hombre, el hombre que yo deseo, el hombre que exige nuestra misma naturaleza, y no es posible, sin embargo, esquivar los mudos efectos que producen en nosotros las costumbres a que menos obediencia damos. «Feliz año nuevo, Happy new year», dos frases consagradas por el sentimiento que, en España, me habían conmovido objetivamente, me han conmovido ayer, lo más íntima, lo más subjetivamente que pueden conmover. Cuando los que se despedían de mí, se despedían, empleando la fórmula española o la americana, yo no sé qué natural asociación de ideas reunía en el momento las ideas capitales de mi vida, los sentimientos en ella más potentes, los deseos que más he acariciado, y llevando la imaginación del pasado al presente, de lo que debiera ser a lo que es, de lo imaginado a lo realizado, de lo pensado a lo hecho, de lo sentido y lo querido a lo conseguido y a lo hecho, me hería en lo más recóndito del sentimiento y me entristecía con hondísima tristeza. Tiempo perdido; yo no estoy en las circunstancias que exige el análisis: tiempo y conveniencia ya pasaron. Adelante.

Ayer, con intento mal oculto de recobrar el terreno que mi severidad le hizo perder antes de ayer, pero con el objeto manifiesto de darme yo no sé qué inútiles estímulos, B. se me acercó a comentar la discusión del día anterior. Llamó ignorante a Basora; habló mal de quien se le ocurrió, esquivó las cuestiones serias con que yo quise utilizar la conferencia, y me declaró terminantemente, cuando yo le aconsejé la benevolencia, que él quiere ser diputado de oposición para hacer la oposición y para, inutilizar a los inútiles.

Salgo ahora de casa de B. Con él, Márquez y Betances. No pueden ocultar la educación colonial: siempre ocupándose de los otros, siempre juzgándolos, siempre condenándolos, nunca respetándolos, nunca teniendo ideas, nunca otra cosa que fuegos fatuos de imaginación y de malicia. Las Antillas no serán libres aunque sean independientes.



Domingo, 2 de enero de 1870, 2 de la tarde.

He pasado una hora en la Iglesia episcopal de los africanos. Todas mis reflexiones tenían por meta el deseo de ver libres a los negros puertorriqueños, de verlos tomar posesión completa de la vida. Como todo nacimiento, el de esa raza a la vida total es digna de profundísima atención, de enternecimiento íntimo, de estímulos activos. Mientras oía el órgano y las voces acordes que lo acompañaban; mientras examinaba la actitud recogida de los asistentes; mientras leía la inteligencia en casi todas las fisonomías; mientras me congratulaba de la rápida connaturalización de esos seres, hace poco desheredados de todo derecho, con todos los que el triunfo del principio abolicionista les ha reconocido; mientras me complacía en la naturalidad con que ya se congregan en un mismo sitio y en una misma creencia; mientras observaba la indiferencia de igual a igual con que miraban a los pocos blancos que allí estábamos; mientras notaba la facundia, la fuerza y la viveza de elocución con que leía el pastor o improvisaba; mientras saludaba al negro que me ofreció su asiento, pensaba en Puerto Rico, pensaba en sus negros, y me prometía que, pues la determinación reflexiva parece inútil, si la casualidad me da medios de triunfo en la revolución armada, de gobierno en la revolución de ideas, yo podría ayudar a constituir aquel país, ordenar aquella sociedad, unir aquellas razas, concordar aquellos intereses, favorecer la transformación intelectual en que quiero basar la libertad.

Sintiendo tan hondamente como siento, pensando tan radicalmente como pienso, es un placer para mí, no un motivo de admiración ni de amor propio, la práctica de mis creencias, la realidad de mis afectos. Así es tan vivo el efecto que siento cuando otros hombres se dicentes partidarios de las mismas ideas que constituyen las raíces de mi alma, practican lo contrario de lo que teorizan, sienten lo contrario de lo que debieran, y contradicen con sus palabras las ideas que predican. Así fue ayer tan grande mi sorpresa cuando, preguntando a quién llamaba Betances la Eminencia Prieta, me dijo que a Castro. Si Castro es de color, no lo es menos Betances. Y sin embargo, Betances, necesariamente enemigo de la esclavitud, necesariamente amigo de la igualdad política y social de las razas, da a un hombre de color, por odio político, un apodo que ridiculiza la igualdad de condiciones y derechos que desea. De esto me acordaba hoy, cuando contemplaba el advenimiento de los negros a la vida completa de la sociedad.

Comprometido con Rodríguez a examinar sus trabajos sobre el estado de la instrucción americana, fui a buscarlo. Ha tenido que ir a Washington. Y como probablemente habrá ido a auxiliar a M. Lemus o a Echevarría o a cualquiera otro, y como, en una palabra, ha ido a trabajar más libre y más activamente que puedo hacerlo yo, he venido pensando que jamás estaré contento porque, según veo, jamás estaré en el medio que necesito para estar contento de mi trabajo. Luchan mi posición y mi experiencia con la incapacidad de medios que me dan, y es claro, sufro, sí, sufro como no es posible que haya sufrido jamás otro revolucionario, como sólo puede sufrir el que tiene fuerza y está atado.

Salí ayer por la tarde, cuando la luz crepuscular entristecía la ciudad, a buscar con quién hablar: pero me arrepentí; buscar es entregarse, es dar el derecho de abusar. Varié de propósito y me puse a pasear calles y avenidas. Ocasión propicia, la aproveché y me puse a imaginar. Imaginé que había jugado para ganar cien o doscientos o trescientos o quinientos mil pesos, que gané: los gané para hacer la revolución de Puerto Rico. Un acto de abnegación me valió la simpatía de una joven, allí presente: la joven tenía un padre: lo contaminó de admiración por mí, y siendo americanamente millonario el padre, y siendo yo el necesario futuro esposo de la joven, ¡se salvó Puerto Rico! Antes del 15 de enero, el 10, salió uno de los tres vapores que, so pretexto de establecer, con el ya existente, una cuádruple comunicación mensual con Puerto Rico, había de llevar armas, municiones, libros, folletos, proclamas, cuantos medios materiales y morales necesita una revolución. Cada vapor pasaba quince días en el puerto de estación, hasta que fuera a sustituirlo otro; y esto, con el objeto de no llamar la atención cuando, llegado el momento del golpe, se acumularan en cada puerto dos vapores; dos vapores, se entiende, capaces de sostener cañoneo y abordaje. Para preparar la revolución, además de estos medios, yo consagraría toda mi fortuna a llenar de libros elementales, a mandar maestros, a sostener predicadores de la buena nueva; enemigo de la idolatría, quiero destruirla, haciéndome ídolo bueno, y por un momento; a este fin, asumiría la dirección de los negocios, y para merecerla más, al tiempo que definiera la revolución y la presentara resuelta aun antes de intentada, haría aquellos servicios públicos que atraen la gratitud general y que tan natural pero casi siempre tan injustamente, se convierte en influencia política. En tanto, retirado con mi familia y con la de ella, a no sé qué Estado, no sé si del Norte o del Oeste, yo preparaba: a la revolución militar, fortaleciéndome, adiestrándome, cabalgando, estudiando teórica y prácticamente el arte de la guerra; para la revolución mental, haciéndola en mí mismo: estudiaba elementalmente, como los niños, matemáticas, historia de hechos, física, química, astronomía, fisiología, etc., es decir, combinaba el método americano y el comtista. Mis dos familias, auxiliares naturales de mi obra, hacían también su revolución mental, y se preparaban para acompañarme a realizarla en Puerto Rico.

R., a quien fui hoy a buscar, y que ha sido el primer cubano a quien he hablado de la verdadera revolución de las Antillas, me acompañaba, y se preparaba bajo mi dirección para secundar inmediatamente mis esfuerzos. Esos chicos de Puerto Rico, que pierden aquí el tiempo, sostenidos por mí, se educaban en el trabajo y en la lectura obligatoria y dirigida, para ir a cumplir con su deber: utilizándolo todo, la niña bella e inteligente para la música de quien me han hablado, se educaba para educar musicalmente a mis hermanas: ya tenía preparadas las cartas que catequizaban a los profesores de España; ya habían partido para Puerto Rico el doctor alemán que conocía mis planes y los escogidos por él que debían secundarlos; ya el Gobierno colonial, admirado de mis larguezas y extrañando que yo no desembarcara, dormía en paz; ya se había publicado la proclama en que yo decía vagamente que no cumpliría los treinta y dos años sin ver independiente a mi isla; ya los polacos, los alemanes, los suizos, los americanos que había reclutado y escogido en las grandes fábricas de mi suegro y sus amigos, estaban dispuestos en conciencia a cambiar el instrumento de trabajo por el de guerra, no sólo por servir a la justicia, de que mis predicaciones los hacían fanáticos, sino también para cambiar de patria, y asegurarse un porvenir tranquilo. Ya Rosita se había casado con mi Ministro de Hacienda, el hermano de mi amada, y ya había yo consagrado social y teológicamente mi cariño; ya estaba preparada la armada, la verdadera armada, que debía dar el golpe, ya estaba constituida la junta puertorriqueña en Nueva York, ya estaban prevenidos en mi favor Sumner, Grant, todos los grandes políticos de América, ya estaban mis agentes en Colombia, ya estaban preparados los de España, Francia, Inglaterra, Holanda y Prusia; ya Betances y los otros caudillos, obedeciendo mi plan montaban sus vapores respectivos... Pero entonces llegué yo a la puerta de mi casa, y las dos revoluciones que concibo se quedaron en donde me quedo todo yo: en las nieblas del deseo.



Martes, 4 de enero de 1870, mañana.

Veamos por qué este descontento que me aguijonea, lo mismo cuando me solazo (?) que cuando trabajo (?); lo mismo cuando cometo la debilidad de dormir despierto que cuando me hago el daño de pasear soñando. Menos frases, y la causa, ¡ea!

Primera causa, el recibimiento que se me hizo aquí, y que prueba el estado moral de los que yo creí revolucionarios, y no son más que colonos disgustados. Segunda causa, el atraso de nuestra revolución armada, que yo creí, como lo aseguraba C., que estaba próxima a estallar, y que está aún tan en embrión que él se ha marchado; tercera causa, la pasividad visible de Bs. y Ba.; cuarta causa, la indecisión, la falta de ideas y de educación moral de la comparsa. Me convenzo de la imposibilidad de contar con ellos, y me entrego por completo a los cubanos, ¡qué chasco! Hasta el punto de echar de menos a España. Allí, al menos, aunque fuera del clima de mi alma, respiraba mejor y tenía más iguales. ¿Que no podía resistir el espectáculo de la injusticia?; cierto; pero ¿puedo resistir aquí a la explotación de la justicia? Porque eso es realmente lo que sucede: casi todos los que aquí residen son revolucionarios de la miseria o del millón; a los primeros los guía el hambre; el miedo de llegar a tenerla, a los segundos. Estos han monopolizado la dirección de los negocios, y hacen y deshacen, dan un sesgo torcido a la revolución, se convierten de revolucionarios en diplomáticos, siguiendo la, diplomacia caduca que se apoya en los intereses de presente. Y, claro es, me desbordo en la idealidad, y sueño andando, y suprimo a los hombres, y seguro de mí mismo, me encargo de la dictadura del bien, y nada hago. Y ¿qué voy a hacer?

Ayer, cuando P. me traducía el «Enoch Arden», sentía yo por milésima vez las secretas solicitaciones del arte, la voz interior, quizá la vocación interna, que me llamaban al culto exclusivo del arte; pero ¿puedo? La debilidad de pensarlo prueba hasta qué punto ultrajan los otros las ideas que reverencio. Ello es que, impulsado por la razón y la conciencia, más firme que otro alguno, más seguro que nadie, más conocedor del camino y de la obra que todos los compañeros de la casualidad, no puedo porque no quiero ni debo desistir: y pues no debo desistir, tengo el deber de utilizarme y utilizar los recursos a mi alcance. Para quien tiene ciencia, conciencia y voluntad, los recursos más a mano son los hombres. Sí, pero cuando el hondo pensar nos ha hecho sinceros y respetamos en los otros lo que respetamos en nosotros mismos, se adquiere una delicadeza de proceder que no sirve en las dictaduras intelectuales como no serviría en ninguna dictadura; y cuando la lucha con el centavo nos ha hecho enfermizos de dignidad y por sufrir del mal horrible, tenemos que transigir con situaciones como las que habitualmente me han reducido a la impotencia, no hay más remedio que ser impotente y resignarse a ser rebelde contra las circunstancias y los hombres, arriesgándolo todo. Esto es lo que más conforma con mi anhelo de servir activamente a mis ideas y con la convicción que tengo de serles más útil en otra actitud que en la que estoy. Y ¿qué actitud?; de guerra. Si logro poder ir en condiciones de independencia, me voy a Cuba: si no, haré esfuerzos por calmar mis ansiedades, por devorar mi descontento de los otros, y esperar el triunfo de Cuba. Temo no poder esperar, y sigue zumbándome en el corazón el deseo de volver a Puerto Rico.



Viernes, 7 de enero, mañana.

Procedo pésimamente. Como revolucionario, porque no sé y me empeño en luchar con las pasiones pequeñas de los otros, que siempre me arrollarán. Como individuo, porque, juzgando a los otros por mí, o mejor, prescindiendo negligentemente del juicio de los otros, olvido que la reserva es un instrumento de respeto, un medio artístico de conseguir de los hombres aquella reverencia tan útil en la vida para todo y que ellos sólo conceden a los que se imponen. Estando tan íntimamente ligado como esto está con el papel que intento y puedo estar llamado a desempeñar en el porvenir político de mis ideas y de mi patria, vivo descontento de mí mismo. Yo siento, yo sé que tengo todas las fuerzas del bien, que no hay uno sólo de los hombres que conozco más capaz que yo de llevar a sus consecuencias extremas las ideas que defiendo; pero este sentimiento, esta idea íntima se desvanece en la realidad, porque diariamente me dice ella que el primer advenedizo, que cualquier intrigante, que el ambicioso menos inteligente, utilizan mejor que yo las cualidades positivas que yo tengo y ellos no. Yo digo una deplorable verdad, que es una verdad de confirmación continua, cuando digo que el hombre es involuntariamente doble; el hombre que hacen sus esfuerzos propios y el hombre que hacen de él los otros, con sus juicios y sus opiniones: ¿por qué, pues, he de consentir, con mi empeño de realizar el hombre completo que concibo y que practico, que los otros me traduzcan a su modo y divulguen de mí conceptos necesariamente falsos, tanto más falsos cuanto, siendo mayor la diferencia que hay entre ellos y yo, más han de engañarse en sus juicios y más daño han de hacerme con ellos? La vida es un arte: ¿por qué, sabiéndolo, he de desdeñarlo? ¿porque así consigo que, siendo enérgico, me tengan por débil? ¿porque así consigo que, creyéndome destituido de toda pasión, cuenten con su necesaria superioridad práctica sobre mí? ¿porque así consigo que, desdeñándome hasta los que más me respetan, me utilicen para lo que más necesitan y me rechacen cuando yo quiero utilizarlos? Me creen demasiado ideólogo para aceptarme en la obra de los prácticos, demasiado sincero para que no crean que sería obstáculo de ambiciosos, demasiado sensible para que no teman que me convierta en conciencia exterior de flemáticos. Y si los del otro lado, empezando por Saenz del Río que, presintiendo por nuestras primeras conferencias la madurez de mi espíritu, sólo sabía explicarse el contraste que con ella formaban mi espontánea fantasía y mi sensibilidad intacta, diciendo que yo necesitaba que me echaran agua fría -hasta Vidal que, más penetrante que ninguno, llegó a concebir, sin medir la trascendencia del descubrimiento, que yo era un compuesto de opuestos-, y si éstos que presintieron, no conocieron el hombre que se desarrollaba a su vista ¿cómo han de conocerme los que, teniendo virtudes y vicios opuestos y una educación general menos completa, no comprenden que yo pueda ser otra cosa que su educación no acepta ni entiende, ni está preparada para entender ni aceptar? El abismo es infranqueable, yo lo veo; pero es necesario franquearlo, porque sólo así puedo llegar a mi ideal. Mi ideal, ahora mismo está diciéndomelo la ternura en que me suspende ese organillo lejano, es la realización de lo grande, lo bello, lo bueno, lo justo y lo verdadero; ideal absurdo, que no realizará jamás un individuo. Y como no sé aplazar y deseo hacerlo todo a un tiempo, concibiendo medios artísticos de verdad, de justicia y de bondad total para fines que, por justos, por verdaderos y por buenos, exigen la extirpación de realidades perversas, inicuas y erróneas, no hago nada. Yo soy aquel en quien se personifica la impotencia del proverbio: lo mejor es enemigo de lo bueno. En mi corta vida, he hecho silenciosamente cuanto hubiera bastado para darme una gloria imperecedera. Como individuo, he practicado la virtud, sacrificando temporalmente el amor a la amistad; este acto de virtud me hizo enemigos a todos mis amigos, porque no lo comprendieron; fue la primera lección práctica de justicia. Como hijo y hermano, preferí el dolor de los seres más queridos al sacrificio de la verdad representada en las ideas de mi conciencia, y antes preferí aprender a morir tres veces en las tres largas agonías de los tres, que olvidar un momento a los deberes que el cariño me imponía: mi soledad absoluta de aquellos días fue mi mejor lección de austeridad. Como pensador, produje a los veintitrés años una obra que tiene más valor intelectual, más sustancialidad moral, más personalidad literaria, más originalidad política, que muchos de los libros imaginaristas de mi tiempo. Allí sacrifiqué mi reputación a mi conciencia, y por ser lo que quería dejé de ser lo que podía: los hombres, admirando en confidencias y en cartas, privadas el libro contra el cual conspiraban con su silencio, me dieron la segunda lección viva de justicia: mi patria, desdeñado el libro y su autor, me dio la primera lección de indiferencia que, aprovechada a tiempo, hubiera hecho de mí un egoísta, pero también acaso una gloria europea. Como periodista, conquisté con mis primeros escritos una reputación; pero reputación callada, sin brillos, sin exterioridad, tal cual convenía a los que querían explotar la inteligencia y desarmar al inteligente. Como amigo de la libertad, jamás hombre ninguno, en igualdad de circunstancias, hubiera hecho lo que yo hice en abril de 1865 ni en medio año del 68 ni en la primera mitad del 69. Esto lo sabe todo el mundo, y todo el mundo lo calla; y si yo digo que he podido ser una gloria literaria, un renombre en el periodismo, una posición capital en política, y que no he querido, y que he sacrificado gloria, renombre y posición a mis ideas, preferirán creer que el sacrificio, de existir, ha sido involuntario, producto de mi incapacidad práctica, de vicios de carácter, de inutilidad para la vida real, y no de la categórica afirmación de virtudes morales e intelectuales. Si un obrero pasara su vida en aglomerar materiales que la niebla desvaneciera perpetuamente en la penumbra; si un artista pasara su vida en crear para la soledad; si un justo pasara su vida en ser virtuoso en el desierto; si un filósofo pasara su vida en filosofar para el vacío, obrero, artista, justo y filósofo morirían descontentos de sí mismos; por dos razones: primera, porque su obra moriría con ellos; segunda, porque este sentimiento de la muerte de su obra determinaría en ellos una veracidad de vida, de actividad, de esfuerzo, que no podría calmar jamás todo el trabajo de la imaginación.

Eso me sucede: desde 1863 acá, algo he hecho: y sin embargo, sé absolutamente que no he hecho nada, que hubiera podido hacerlo todo, y he pasado esa mejor parte de mi vida en la lucha más dolorosa porque probablemente habrá pasado un joven. Si yo hubiera podido dedicarme al cultivo completo de mi razón, si hubiera tenido un torcedor menos teniendo más recursos, y no hubiera tenido que pasar en las agonías de vergüenza que la absoluta falta de trabajo me ha hecho experimentar desde 63 acá, tal vez hubiera vencido a la imaginación, y héchome un filósofo, un solitario, un egoísta de conciencia que, satisfecho con pensar y con sentir las grandes necesidades de mi tiempo, no habría intentado vivirlas en mi vida, combatirlas en acción, sacrificarles mi existencia; y entonces, viéndome bajo la faz total que presentara, hubieran dicho: «Respetémoslo, es un filósofo». Pero he tenido que luchar con el centavo, he tenido que perder en la lucha aquella susceptibilidad de los primeros días, aquella arrogancia de la primera edad, aquella confianza en mí mismo, aquella selvática indiferencia de carácter, de afecto y de voluntad que tantos sumisos postraba diariamente en mi presencia, y, como coincidiendo con esas pérdidas, la evolución progresiva de mi espíritu ha hecho de mí el verdadero fuerte, el hombre de fuerza sin esplendor, los hombres no me conocen ni me entienden. Así me sucede hoy lo que me sucedió ayer y lo que me sucederá mañana. Y es necesario remediarlo: yo tengo que hacer independiente a Puerto Rico, porque yo quiero la libertad después de la independencia, y los revolucionarios que se han refugiado aquí y en Europa no saben la libertad que tan apasionadamente sienten.

Todo esto que he escrito, es lo que me digo en la conciencia, cada vez que un accidente cualquiera me hace ver que mi conducta política no es la más hábil ni mi conducta privada la más conducente a los fines que me propongo. Ayer, las palabras de P.; antes de ayer y ayer, la conducta novísima de M., me han obligado a entrar en examen de mí mismo. P. me dijo ayer que yo perdía mi tiempo en hacer la propaganda antianexionista que condena la Junta y que él se digna censurar Un hombre que se atreve a hablarme en este tono (por muy dulce y muy tímida y muy reverente que fuera la forma, y por muy inestable que haya sido la argumentación) es un hombre que cuenta con una superioridad; y la tiene; hija de sus defectos, engendro de su ambición y de su vanidad, pero superioridad tanto más real cuanto que brilla en medio de un horizonte oscuro. Esa superioridad está, además, autorizada por el puesto que me han usurpado sus influencias personales y el miedo de los junteros, y sobre todo, por la docilidad con que él secunda en este punto a los de la Junta. Cuando añadió que de los acontecimientos por venir responderían los dos o tres que él conoce ¿qué fuerza podría tener a sus ojos la profunda convicción que yo expresé en mis propias fuerzas, mi radical resolución de oponerme con mi inteligencia y mis ideas a la obra que él piensa explotar, si él tenía razón cuando afirmaba que no se trataba de ideas? M. desea cambiar de conducta conmigo; y yo con él. En primer lugar, porque del hombre público decide muchas veces el privado, y quiero que decida en favor de mis ideas; en segundo lugar, porque C. y yo somos carne y hueso y el hueso y la carne concluyen siempre por hacer lo que mi lealtad no quisiera. Conque, a la obra.



Sábado, 9 de enero de 1870, mañana.

Está nevando copiosamente. Noticia muy poética para el que puede desde una habitación preparada para el frío, contemplar a lo lejos la perspectiva blanca; noticia terrible para el que tiene una habitación de trece y medio pies de largo por seis de ancho, una estera insuficiente, un cristal roto en su ventana, paredes desnudas, una silla de verano, una cama de venta con mantas que a su placer disminuye la hostelera, y un lugar de diligencias necesarias, que está en el patio y abierto a todos los vientos y a todos los fenómenos meteorológicos. Noticia muy agradable para los que tienen trineo y son aficionados a gozar desde él de unos cuantos días de privilegio; noticia grave para quien no está acostumbrado a estos rigores y tiene que afrontarlos a pie o en carro según que el carro se presente o no. Noticia placentera para el que sano de cuerpo, se indemniza en la contemplación de la naturaleza de las preocupaciones amargas de su vida. Noticia dolorosa para el que, después de las amarguras pasadas y presentes, se siente acometido silenciosamente de la enfermedad mortal que sus irreflexiones le atrajeron y que una naturaleza implacable como ésta desarrolla. Está nevando, y no por ser yo de los desheredados, dejo de contemplar, mientras escribo, ese bello espectáculo, digno de la augusta soledad del campo, que tan vehementemente me hace recordar.

Aquel dolor del corazón que empezó a rumiarme la vida cuando perdieron la suya mis tres inolvidables, despertó por motivos menos dignos en los primeros meses del año pasado, y ha vuelto a despertar y empieza a devorar ahora. De donde, necesidad de buscar aire, templanza de clima y de emociones, paz y sosiego de ánimo y de cuerpo. Puerto Rico, sólo Puerto Rico puede darme lo que necesito; y para llegar allí necesito, o saltar por encima del Gobierno español, o tener suficiente ductilidad para acercármele y hacerle saltar por medio de explosiones. Una u otra cosa, la última probablemente, tendré forzosamente que hacer. La última, porque desde aquí, nada se puede; la impotencia es igual a la incapacidad. Yo sé que arriesgo, tal vez infecundamente, la vida que necesito para realizar mis ideas de gobierno; pero ¿qué he de hacer? Más vale ser mártir entre esclavos que cómplice de la incapacidad de los supuestos libertadores. Además, pensándolo fríamente, y haciéndose superior a las calumnias latentes y patentes que me saldrán al paso, lo que necesita Puerto Rico es una propaganda revolucionaria activa, incesante, clara, de sentimiento y de razón. Yo sé que a ella se opondrá perpetuamente, y cualquiera que sea la sinceridad de las reformas, la voluntad siempre discrecional de las autoridades; pero además de que esta imposibilidad es un arma revolucionaria, el secreto, el misterio y la astucia que la propaganda exigiría tal vez la harían más eficaz. Es necesario contar con la imaginación de los pueblos: jamás será estadista, y un verdadero revolucionario es un aventurero si no es un estadista, el que no cuente con los obstáculos y los instrumentos que prevé o encuentra en las facultades nativas del espíritu. Nadie sabe mejor que yo hasta qué punto me ha hecho incapaz mi vida reflexiva del papel de conspirador, pero ¿hay quién se encargue por mí? Es imposible que en Puerto Rico no se sepa la parte que tomo en La Revolución, periódico e idea. Aun cuando no se sepa, mi salida de Europa, mi paso por Nueva York, mi misma inesperada vuelta, unidas al interés que tienen las autoridades coloniales de ahogar en las tinieblas del terror los primeros gérmenes de la revolución, se inventarán pretextos para perseguirme o para inutilizarme. Luego, desarmado el país, sin recurso fuera de él, sin confianza en los que pudieran procurármelos ¿con qué voy a hacer resistencia? Además, ignorante temerario de los más vulgares rudimentos de la guerra ¿sustituiré mi incapacidad militar con el entusiasmo que me auxiliaría?

Pues no haga nada, quédeme yo quieto, siga Bs. en su movilidad sin fruto, siga el país deseando y esperando, y he aquí lo que sucederá y lo que me espanta. O triunfa en España el amor propio, y no se accede a las sugestiones del Gobierno federal, o triunfa la impotencia, y se vende a Cuba. Cuba anexionada tendrá la fuerza de atracción que temo, y se llevará tras de sí a Puerto Rico, y si no se la lleva, Puerto Rico es española para siempre. Española o anexionada son dos eventualidades igualmente contrarias a mi pensamiento, igualmente trastornadores de los fines por venir del Continente. Aun cuando yo no tuviera un pensamiento propio, digno de los mayores sacrificios; aun cuando ese pensamiento no concertara con los de los espíritus más perspicaces de este tiempo; aun cuando yo no pusiera en esta revolución de las Antillas toda la vida que pongo; aun cuando no sintetizara en esta evolución todos los fines de justicia, de dignidad y de libertad que me he propuesto, la continuación de Puerto Rico en manos de España o su anexión a los Estados Unidos me dolería en los vacíos más tenues y más hondos de mi alma.

Conseguir la realización de mis ideas, triunfar de los obstáculos que les oponen los hombres, el egoísmo de las ambiciones personales o nacionales y las intemperancias de la casualidad, son deseos tanto más vivos cuanto más contrarios a ellos son las apariencias de las circunstancias y los hechos.



Domingo, 9 de enero de 1870, 4 de la tarde.

El artículo del Herald me había conmovido tan hondamente, veía yo en él una expresión tan clara de las miras del Gobierno federal y de los deseos del pueblo americano, son tan contrarios a mi pensamiento esas miras y esos deseos, su exposición, en los momentos mismos en que Cuba encuentra más enemigos y más indiferentes, me parecía tan ruda, velo tanto por la dignidad de esta querida revolución de las Antillas, la veo tan comprometida por las reservas mentales de los representantes aquí de la revolución, tan patentemente se me presenta el peligro de caer, de España en Norte América; me parece solución tan contraria a la justicia la de la compra de la pobre isla; hay un abismo tan insondable entre mi fervor y la frialdad de los demás, lucha tanto mi pensamiento total con los pensamientos parciales de los otros; temo tanto que el odio a España sea la única razón del movimiento, y de tal modo me asusta una revolución que sólo tiene odios, que preferiría cruzarme de brazos y esperar estoicamente los sucesos, antes que hacerme cómplice de la indignidad de la venta a que parecen propensos, aun cuando lo nieguen, aquellos que representan oficialmente en Nueva York y en Washington, en la prensa y en las conferencias diplomáticas a Cuba. Había, como era necesario en mí, pensado en la conveniencia de gran cautela, y leí con atención y aplaudí con sinceridad el artículo en que hábil e ingeniosamente contesta P. al corresponsal del Herald. Pero como la contestación dejaba pendientes los puntos culminantes y evadía con diestra intención, pero con intención contraria a los fines de la revolución antillana, la insinuación ultrajante de la venta, yo, que había logrado expresar parte de mi pensamiento en el suelto en que combatía la conducta del Gobierno americano, propuse atacar de frente la cuestión de la venta. P. se opuso; primero, en nombre de la inutilidad de toda acción contraria al fuerte, acción que él tiene por ridícula, porque él no quiere impedir que «suceda lo que ha de suceder»; segundo, en nombre de la conveniencia que puede mañana obligarnos a la venta; tercero, en nombre de sus derechos de director que, pues me dejan en el uso de los míos, consintiéndome que yo cultive un campo aparte, deben dejarle también el cultivo particular de sus ideas. Jamás argumentos más insólidos combatiendo ideas más sagradas y sentimientos más honrados. Y, como era necesario, salté. Salté con la fuerza con que salto, y aun cuando él rehuyó cuanto y como pudo la deliberación a que lealmente lo invitaba yo, me levanté severamente, le exigí con el ceño fruncido una inmediata explicación, y se explicó. Se explicó con sofismas. Su talento, su verdadero talento, sustituye su falta de ciencia política, emboza los intereses meramente personales, de ambición y de amor propio con que ha venido a la revolución, e insistiendo en que la revolución no tiene otra idea que la de arrojar de Cuba a España, y negándome que la representación oficial de Cuba tenga aquí los deberes que yo le atribuía, es decir, la representación real y eficaz de los principios [...]. «Yo no descenderé a otros pormenores. Mas ya que la Junta es la que ha dado al señor P. la dirección del diario, quiero saber si ella apadrina sus ideas. Así quedaré en absoluta libertad de juicio». Esta es sustancialmente mi carta y esta la intención que la dictaba. Hombre como los demás, si no me parezco a ellos en el uso siempre generoso que hago de mis pasiones, las tengo como ellos, y apasionado por la desviación que se intenta sordamente, por los atentados que se cometen contra los santos principios que yo atribuyo a la revolución y defiendo en ella, y por la visible desconfianza con que, por miedo a mi severidad y a mi radicalismo, se me trata, yo quería que la carta hiciera comprender la oposición que ellos han comprendido y que, probablemente los habrá asustado, pues si no han venido, como yo presumía, sin esperarlo, a disuadirme, habrán de algún modo influido en la actitud de P., que esta mañana estaba inesperadamente en casa de Basora. No rehuyó la discusión con que contaba para que mis amigos inmediatos me disuadieran, y la planteó a su modo, y de manera que, poniendo mi resolución como acto impremeditado y como locura de ideólogo, los otros que, por ideólogo no me entienden, desaprobaran mi ligereza y aprobaran su prudencia. No logró completamente su deseo, porque, aunque Basora y Márquez y Betances desaprobaron mi salida del periódico y en todos los tonos y con mil argumentos me aconsejaron mi permanencia en él; Basora, que ve en mí un arma de oposición contra la Junta; Márquez, para quien no es bastante razón un rasgo de dignidad; Betances, que me cree Una garantía de las ideas que él por pasión y por más sensibilidad comparte conmigo, todos aprobaron que yo quisiera claridad en la conducta, todos se detuvieron a discutir si era P. o era yo el que representaba realmente la revolución, inclinándose a mi parecer.

Quedó tan probado que era el verdadero amigo de la revolución, que yo representaba realmente los sentimientos que la guían, que yo tengo estímulos más altos, que casi me inclinaron a seguir el consejo unánime de todos ellos y permanecer en el periódico, como garantía de que nunca se hará nada contra la dignidad de las Antillas. Pero yo no seguiré en el periódico, sino después de pactar seriamente sobre estos puntos: 1.º, mi posición, mi carácter y mis derechos en el diario; 2.º, que conforme a ellos, no se tomará resolución que yo no apruebe; 3.º, que se esclarezca la conducta del periódico y que, a la primera coyuntura se me deje dar el programa de la revolución de las Antillas. Así, y con un poco de ductilidad para aprovecharme de la debilidad de los otros, podría yo ser útil. Pero más lo sería si, realizando mi deseo, me mandan a Haití, en donde yo trabajaría a la vez por la revolución armada de Puerto Rico y Cuba y por mi pensamiento federal de las Antillas.

Sí: yo no sirvo para las luchas de miserias. Hoy como ayer, cuanto más aprendo del mundo y de los hombres, con más impaciencia soporto las dificultades que uno y otros oponen con sus pequeñeces a las grandes cosas. Yo sé que la transacción con la realidad es una obligación cardinal del político pensador, del revolucionario de pensamiento, pero como no soy yo quien lucha directamente, como no es a mí a quien dejan vencer esas dificultades, como soy a quien cuidadosamente apartan, como es de mí de quien más esmeradamente prescinden, tanto más fanáticamente me aferró a mis ideas cuanto más satánicamente las maten o las adulteren ellos. La lucha que con ellos entablo es entonces tanto más enérgica cuanto que es manifestación de una lucha más honda, más larga y más tenaz que sustento continuamente conmigo mismo. Quizá nací yo para imponer, como me lo dicen los recuerdos de aquella dominante adolescencia mía y la imposibilidad de imponer en que he caído, no sólo por el mejoramiento moral e intelectual que me han dado mi solitaria y casi heroica educación, sino también por la pérdida de fuerzas que me han atraído las desgracias y los abusos de mi organismo y los rigores de mi conciencia y la alteza misma del fin austero de mi vida, me da estas alternativas de vehemencia exaltada y de pasividad desdeñosa que constituye la impotencia de los que pudieran ser poderosos. Quizá nací yo para poner en acción los principios más racionales, los sentimientos más humanos, las ideas más completas, y como no he podido todavía practicar lo que siento, pienso y quiero, me martirizo en lo incompleto de mi vida, y la hago, sin querer, más infructífera que fuera si con menos fuerza interior, tuviera aquella fuerza de los débiles, aquella flexibilidad que no se atreve a la recta y recorre triunfalmente todas las curvas de los negocios de la vida. Quizá nací yo para el gobierno, y el despecho de verme mal gobernado me inutiliza. Quizá no nací yo para mártir y el largo aprendizaje que llevo de martirio me encoleriza infecundamente.

Pero sea lo que sea, yo no sirvo para las luchas de pigmeo que me imponen, y en vez de triunfar de P. y de la Junta, quisiera ir a llevar mi pensamiento a esos pobres negros de Haití, con cuyo concurso quisiera yo realizar mi santo ideal del porvenir.

Más fácil y más real, por ser más inmediato y por depender absolutamente de mi voluntad y de mi habilidad, es el programa que cometí la imprudencia de desplegar a los ojos de M. y de B., y que tal vez vuelva imprudentemente a discutir esta noche con Ba. y con Bs. Este el programa. Mañana por la noche discute el Club una proposición absurda, que está basada en un sentimiento sano y en un instinto seguro; se pide el cambio de lugar para la Junta, y que se vaya a Inglaterra a trabajar. El sentimiento, casi siempre incompleto, se siente herido por la conducta norteamericana, y con razón; pero no sabe que todo acto anterior es un compromiso posterior, y que no se puede aventurar el porvenir de una idea al olvido de un compromiso. Yo intento hablar, y decir la verdad sobre la revolución, sobre su desarrollo, sobre la dualidad entre ella y su representación aquí; sobre la necesidad de salvar la dualidad, atendiendo más a Cuba y desatendiendo más a los Estados Unidos, pero sin romper con éstos, y simplemente destruyendo la acción contraria que ellos intenten, con los intereses, las pasiones y la política de otras potencias. Por tanto, no cambio de lugar, sino distribución de agentes. Y como hay el sentimiento de lo que yo diría, y como yo tengo todo el pensamiento de la revolución en mí, bastaría que yo demostrara que los agentes de Cuba aquí no saben que es lo que deben, para concitar contra ellos la justa indignación que merecen. Entonces, de explotado pasaría yo a la categoría de respetado, al inviolable carácter de temido, y de ese modo podría conquistar la iniciativa que necesito. Pero yo no sirvo para eso. Tal vez haga lo que pienso, tal vez la pasión me obligue a hacerlo; pero es probable que no sepa sacar el fruto personal que me conviene.



Lunes, 10 de enero del 70, mañana.

Por más que los celos hicieran decir por la noche a B. que M. y los demás de la Junta no habían tenido argumento contra los míos, por más que yo mismo siga convencido de que mi política sería más digna de la revolución y del porvenir de las Antillas, el hecho es que, apenas opuesta la única objeción grave que me hicieron, yo perdí toda la fe que mi punto de vista me inspiraba. Y es conveniente averiguar si mi vacilación era hija del temor de haber expuesto a una ligereza una alta causa, o si depende del vicio, que debo corregirme, de perder la fuerza que aisladamente me dan las ideas, cuando las opongo a los dictámenes opuestos de los otros.

Yo había querido que se hablara de la venta, combatiéndola, porque de todas las soluciones posibles de la revolución, esta me parece la más indigna; y cuando P. insistió en atribuir origen oficial a la correspondencia e inspiración oficial al artículo del periódico, mi resolución creció con la fuerza que me daba la indignación al ver juguete de una fuerza una idea como la de la revolución; y cuando vi que P. tenía algún motivo secreto para reservarse el tratar la cuestión, y cuando vi que mi criterio en ella le asustaba tanto que lo atrevió a presentarme como hecho de autoridad la reserva que hacía de la cuestión, mi indignación se aumentó con mi temor. Este era el aspecto del asunto, antes y después de la disidencia con P., antes y después de la discusión a que lo sometimos en casa de B. En términos que expresan directamente mi deseo, yo deseaba esquivar la solidaridad que algún día podrá arrojar sobre mí la fría política del diario y de sus inspiradores, y había llegado a desear marcharme para Cuba, no sólo ya para estar contento de mí mismo, sino para estar en el lugar adecuado a la defensa activa de mis ideas, y para que, llegado el día de la venta, fuera yo el que más enérgicamente me volviera contra ellos.- Todo este castillo de mis sentimientos alarmados, vino al suelo cuando, girando sobre el mismo argumento, me dijeron cien veces que el motivo de la alarma podía no pasar de una invención, de un ardid de política para calmar al pueblo, con una promesa favorable, del profundo disgusto que le ha causado el despacho, de los cañoneros. Yo argumenté con razón que, aun suponiendo esto, había que oponer un pueblo a otro, y que así como aquél se alarmaba por, hechos que contrarían sus deseos, así se alarma éste por rencores de hechos que amenazan su dignidad; insistí largamente en este punto; pero no con la fuerza que debía. Ya para entonces me [destruido] interiormente el deseo de que tuviera por excesiva la fuerza de mi sentimiento, por ilusorias las inspiraciones de mi fantasía, por ideológicos mis temores, por no real mi política.

Alguna profunda razón debía no obstante haber en mis clamores, cuando Ferrer, contrario en un principio a ellos, concluyó por secundarlos, apoyándome, y cuando Morales y el mismo Aldama asintieron a que alguna expresión tuvieran en el diario. Después de esto, después de las dos cartas en que se me ofrecían explicaciones tan satisfactorias [destruido] mi salida del diario, después de las diligencias que [destruido] y el empeño con que lo han secundado mis puertorriqueños, mi salida sería una torpeza, pero mi permanencia negligentemente sería una estupidez. Es seguro que yo no podré pasar allí mucho tiempo, no sólo por el apoyo que a la Junta conviene dar a P., no sólo porque yo no puedo ni debo soportarlo, sino porque, uno u otro día, y no muy tarde, surgirá bajo otro aspecto, igual o semejante divergencia. Por eso quería yo prepararme la ida a Haití; pero Bs. parece que ha conseguido ser nombrado y yo no quiero oponérmele. De P., a quien no agradó mucho el oscuro anuncio que yo le di de que, según precedente sentado en mi conferencia con la Junta, yo tenía el derecho de oponer el veto que él había hasta ahora podido reservarse, puedo sacar partido, haciéndole servirme para con M. L., y obtener una comisión para cualquiera parte. Anhelo aproximarme a Puerto Rico y hacer alguna, tentativa o alejarme de ella e ir a madurar mis ideas y a esconder mi impotencia en cualquiera clima americano, en cualquiera comarca hermana de mi isla.

Por la noche estuve con Márquez y Ba. Recogí datos útiles sobre el desarrollo de la revolución cubana y sobre la formación del centro que aquí agencia en su favor.



Nueva York, miércoles, 12 de enero 1870, mañana.

Ayer, inconscientemente, durante un cuarto de hora del medio día, cuando salí a dar el paseo con que distraigo mis preocupaciones políticas, siempre que el día es risueño y Broadway está poblada de mujeres encantadoras, estuve haciendo lo que cuadraba con el estado de mi ánimo: estuve complaciéndome en seguir a una graciosísima chiquilla que caminaba por mi camino, de quien me separé cuando nos separó el camino. Yo no lo sabía; pero no por eso dejaba de cumplir mis treinta y un años: treinta y un años empleados en imaginar y en contener la imaginación, en sentir y en ahogar el sentimiento, en pensar y en no utilizar el pensamiento, en luchar por dar realidad a mis imágenes, a mis sentimientos y a mis pensamientos, sin obtener de la lucha otro fruto que la creación de un ser contradictorio que, así como sentía momentáneamente y momentáneamente hacía tal vez sentir un afecto abandonándolo cuando podía continuarlo, así se balancea perpetuamente en la región de los ideales concebidos, amables por la raza, el corazón y la conciencia, irrealizables para una voluntad que sólo quiere moverse en camino recto, que sólo tiene por recto el camino igual, pulido, sin valladar entre la meta y el punto de partida. Estoy diciéndome interiormente que esto no es absolutamente cierto: que yo conozco demasiado a los hombres para no sentir con ellos, para admirarme de verlos poniendo sus pasiones en donde yo pongo mis principios, su egoísmo en donde yo precipito mi abnegación, su frialdad calculada en donde yo mi indignación y mi entusiasmo; pero si lo que me dice la voz interior es cierto, también es cierto que yo agravo más mi pasividad, justifico menos mi enfermedad, hago más criminal la negligencia con que me someto a luchas que debiera dominar y dirigir, cuanto con más lucidez discierna el valor de los obstáculos, cuanto son serenidad más científica compulse la fuerza de los elementos sobre que tengo que operar [destruido]. Y ¿de qué depende esto? De que ellos ponen en la vida una fuerza que economizo yo; la voluntad. Que es ciega, que es móvil, que es irreflexiva, que es malsana, que puede llegar a ser malvada, todo es cierto; pero ellos dan movimiento exterior a sus deseos, a sus pasiones mientras que yo medito y agrando interiormente mi pensamiento que, siendo el más digno y más humano, puede ser el más fácilmente interrumpido por las ambiciones más insanas y por las luchas más antihumanas. Examinemos si no, mi situación actual.

Yo estoy en Nueva York para hacer la revolución de Puerto Rico y contribuir al desarrollo de la de Cuba. No hay uno solo que vea con más claridad la cuestión ni que tenga para ella las soluciones que yo querría realizar. Pues, sin embargo, no hay uno solo que no sea más útil que yo. Yo traigo mi pensamiento organizado, y no consiento alteración en él. Las Antillas tienen condiciones para la vida independiente, y quiero absolutamente sustraerlas a la atracción americana. Los otros creen que sólo se trata de libertarlas y libertarse de la opresión de España, y conculcan la lógica, la dignidad y la justicia, con tal de conseguir su fin. Yo creo que la anexión sería la absorción, y que la absorción es un hecho real, material, patente, tangible, numerable, que no sólo consiste en el sucesivo abandono de las islas por la raza nativa, sino en el inmediato triunfo económico de la raza anexionista, y por lo tanto, en el empobrecimiento de la raza anexionada. Los otros no hacen estas observaciones minuciosas, se ríen de la absorción, tienen dinero o sueñan en tener dinero y posición, y se ríen de los fines de la raza y del objeto final de la situación del archipiélago. Yo conozco a los americanos, en el momento actual. Son fuertes, son activos, son laboriosos, y aman aquella libertad de hecho que pone a salvo todas las propiedades, así las del trabajo como las del pensamiento, así las de la tierra como las de la conciencia. Educados en la libertad, la completaron en el momento en que, conquistada la independencia, pudieron por sí mismos ordenar en razón sus instituciones y vivir en razón su vida general. Pero como, de todos los pueblos de la tierra, es el único que no ha sufrido, es el único para quien todo camino se ha allanado y toda simpatía ha sido activa y todo obstáculo ha sido un triunfo, le sucede lo que a los individuos de vida fácil, que son fríos por ser felices y son ambiciosos por ser fríos, y es frío porque ha luchado poco y es ambicioso porque cree y le hacen creer que la felicidad se aumenta con la extensión de lo que se cree felicidad. Pues bien, yo, a quien no pueden asombrar las tentativas de un gobierno que dirige un pueblo como éste; yo, que lo estimo demasiado para no dolerme de su extravío; yo, que desde El Progreso, desde 1867; lloro su ambición territorial; yo, [destruido]. Y he aquí como, por desdeñar diariamente mi experiencia diaria, por empeñarme en variar la realidad, por insistir en hacer vida heroica, estoy no haciendo nada por las Antillas, estoy disgustado de lo que veo en el pasado y de lo que veo en el presente y para el porvenir, estoy cada vez más descontento de mí mismo en un abismo cada vez más hondo, cada vez más alto mi ideal, cada vez más bajo yo, y he llegado a los treinta y un años de mi vida sin haber vivido.

Todo dentro de mí; nada fuera de mí. ¿Al sentimiento?: el vacío. María Lozada, niños ambos, sintió por mí un afecto apasionado, que yo no supe apreciar ni corresponder. Enriqueta Muriátegui y una de las Chavarry, en Ludiema (?); Lola Ruiz, Cipriana Mangual, en Mayagüez, hicieron bien en no responder a las demostraciones vacilantes de mi sentimiento; Matilde ha hecho bien en preferir a su marido; amándola cuando encontraba obstáculos, desamándola cuando los obstáculos eran indignos de mi fuerza, haciendo de aquel sentimiento incompleto el pretexto de la prodigiosa actividad moral e intelectual que entonces malvertí, yo no la amaba como amante ni la hubiera querido como esposa. Y sin embargo... Sí, ahí está el misterio; sin embargo, la amo, como se aman los recuerdos, como se ama la vida que se ha vivido, como se ama la obra que se ha hecho. Es, en la historia de mi sentimiento, la única realidad con que tropiezo, y aun cuando es una realidad confusa, embrionaria, tenebrosa, ideal de un ideal, desvanecido de un color, medio camino de un fin (eso es, como es lo que yo he hecho siempre, medio camino de un fin), la acojo en la imaginación con entusiasmo, la acerco a mi corazón con reverencia, la contemplo en mi alma como un ideal. Después, Amparo. ¿No hay una carta de A. que lo dice todo? Y yo la he dejado, sin embargo, en la crisis difícil en que tal vez contribuí yo a precipitarla. Después, Asunción: ¡pobre Asunción! Aun caen sobre mi corazón y están asomándose a mis ojos las lágrimas desesperadas que vertía en nuestra última entrevista. Después, María, y tal vez Candor. Esta vacilaba, ¡pero aquélla! ¡jamás sentimiento más espontáneo ni más fuerte, más sencillo ni más ingenuo! Y yo pude observarlo con tranquilidad y, hoy, cuando lo recuerdo, me contento con recordar y con decir: pude. Después, aquí, Memé. Yo no sé si es amor, pero jamás se me ha acercado con tanta reverencia el fuego: si a solas, o me aproxima su rostro encendido y me besa en los labios y se esconde, o me contempla silenciosamente cuando los demás nos miran, o se deja transportar de su sentimiento o su deseo, y, como hace pocos días, prescinde de la gente y a mi insinuante petición, traslada el beso solitario de los labios a las rígidas mejillas mías que apenas se encienden y cuyo encendimiento nadie observa.

Realidades incompletas, y no las quiero; la que tiene corazón, no tiene cara; las que tienen cara, no tienen cerebro; las que tienen cerebro, no tienen la armonía que constituye la belleza estesiológica; las que no han querido, no han sido queridas, y las que empezaron a serlo, se quedaron en el principio, y allí yacen, en la penumbra de las cosas no acabadas. ¿Afectos de familia...? Si alguien ha amado en el mundo a su familia, ese soy yo. Y sin embargo, he sido el tormento de los míos. ¿Vida de relación? No he dejado de querer a los que quise un día y he querido a todos los hombres que se me han aproximado en mi camino. Y sin embargo, yo no tengo un amigo, un solo amigo. ¿Movimiento intelectual? Desde la imaginación que brotó sin cultivo, que antes de mis crisis morales armonizaba tan íntimamente con aquellas precoces facultades que eran el respeto de cuantos me rodeaban y la desgracia de mi adolescencia, hasta el juicio temprano que tan inquebrantablemente vigorizó más tarde la experiencia dura, cuanto he sentido en mí he tratado ganosamente de conocerlo y dirigirlo. Y prueba de mi afán, explicación también de mis fracasos, la ninguna aplicación sistemática al estudio del pensamiento de los otros. Con esfuerzos menos constantes, mi ignorancia hubiera sido vergonzosa: no lo es. Unas veces por intuición, otras veces por asimilación, los conceptos primarios de las ciencias me son inmediatamente familiares, y es casi seguro que si yo me dedicara a construir por mí mismo el pensamiento humano, sus evoluciones, sus extravíos, la historia entera, llegaría a obtenerlo. Cuando era muchacho, nada chocaba tanto a mi razón ardiente como los éxtasis de los otros ante la feliz encadenación de premisas y de consecuencias. Me parecía tan fácil que, cuando yo me ponía a pensar, me asombraba de que los otros encontraran tan penoso el movimiento de aquel mecanismo tan sencillo. Me mandaban a la escuela, y en vez de echar de menos los juegos cotidianos, me preocupaba hondamente lo que pensarían de mí; la dignidad temprana: en la escuela, me absorbía en la contemplación del hormiguero que aun veo bajo la mesa de pino a cuyo lado me sentaba; la observación naciente: la primera vez que oí música, me produjo un efecto tan profundo, que me la aprendí de memoria y estuve dos días seguidos recordándola del modo más extraño; me tendía en el pavimento de la sala, me ponía a girar, casi me desvanecía, y entonces los sonidos de la música, la voz de la comparsa de máscaras de quien la había recogido, me herían en lo más íntimo del alma, y me revelaban la tristeza de la alegría: era el sentimiento que se formaba. Cuando me llevaron al colegio, mi maestro de gramática, Roque, se maravillaba de mis adelantos, sin saber en qué consistían; consistían en la facultad de deducir que se aumentaba. Cuando no iba a la escuela, esquivaba la compañía de mis hermanos, y cuando el sol, a las diez de la mañana, progresaba en intensidad, yo me sentaba en uno de los rincones del balcón, y cuando mi santa madre me buscaba, me hallaba contemplando faz a faz el sol y mirando a lo lejos el centelleo del mar; fantasía que tomaba nociones del universo. La primera vez que oí hablar de filosofía, concebí el propósito de coordinar las escuelas opuestas. Después, una vida más completa, es decir, una más sucesiva exteriorización de mis facultades, la falta de método en mis estudios, la soledad de mi educación propia, el tanteo continuo en que he vivido, el sondeo de conciencia a que continuamente me he consagrado, han completado mis fuerzas, pero en vez de hacerlo, armonizando facultades discordantes, impulsos excesivos, predominio de facultades peligroso, lo hice, dejando intactas fuerzas demasiado impulsivas, coordinándolas forzosamente con facultades más moderadas.

Entonces, con el cultivo al acaso de la inteligencia, coincidió la revelación de la voluntad y su cultivo. Tal vez sea yo el hombre que más suya pueda considerar su voluntad. Yo la tenía tremenda; pero el abandono de mi infancia, igual en cuanto a la dirección del alma que se forma, al abandono de casi todos los niños, extravió aquella fuerza. Lo que contra ella se hizo por apoderado, profesores y amigos, en Bilbao, contribuyó poderosamente a debilitarla: el abandono a mí mismo, el uso imprudente que hice de mi libertad, el ocio, la privación absoluta de obligaciones, la anularon. Entonces era cuando, observando los vicios de la voluntad, creía y decía que la voluntad es necesaria y originalmente perversa. Los deberes de familia, que traje con mamá, Eladia y Carlos, la lucha que me impusiera, la muerte de mis esperanzas de familia, el vigor que puse en convertir en sacrificio aquel semi-amor a Matilde, los dolores que cayeron sobre mí, la ruina que recompensaba en Mayagüez, el martirio de Madrid y el espectáculo de la indignidad, la injusticia y la tiranía en mi pobre Puerto Rico, produjo una fuerza de conciencia demasiado exigente para consentir la libre acción de la voluntad; y caí en la pasividad, medio estoica y medio estúpida, que durante algún tiempo me inmovilizó; pero entonces, y al paso que la crisis se verificaba, mi imaginación y mi sentimiento, guiados por la razón y la conciencia produjeron mi Peregrinación. El silencio de todos, la conjuración manifiesta de amigos y de escritores contra el nombre nuevo, me produjeron una de las luchas más graves porque he pasado y de la cual no me he curado todavía. Trastornados mis planes de una gloria fácil, que, de par en par, me abriera la república de las letras, observando por primera vez la diferencia que hay entre la concepción y la realidad, vi con asombro, con maravilla, con espanto el mundo de la realidad, que yo no conocía, y eché de menos la voluntad, y me propuso crearla, y la creé, y al aforismo de la primera observación, opuse éstos: «La voluntad es medio hombre. Elige entre la voluntad y una pistola. Si quieres ser hombre completo, pon todas las fuerzas de tu alma en todos los actos de la vida». Habiendo como ya hay en el último aforismo, una concepción total de la vida y los deberes individuales que impone, se ve que salí bastante adelantado de la crisis; tal vez demasiado, porque si antes había prescindido de la voluntad, en adelante no podría emplearla sino mediante concurso de razón y de conciencia. Y ¡quién se mueve con tan abrumadores compañeros! Verdad es que me ha revivido, verdad es que a ese momento debo el concepto de valor orgánico, la tranquilidad con que he arrostrado y podré dominar los temores del peligro; pero no sé moverme a tiempo, tengo una profunda timidez para el movimiento y nunca, nunca realizo lo que pienso, y siempre, casi siempre realizan los otros lo mismo que yo no me atreví a realizar. La venida a Nueva York, la resolución de combatir con todas armas la injusticia que paraliza a las Antillas, aquí están convertidas en una vacilación constante, en una perpetua maduración de lo que nunca hago. Verdad es también que la fuerza de mi voluntad consiste en el vencimiento de la fuerza de inercia; pero ¿qué valen esos triunfos oscuros de mí sobre mí mismo, si no dan al mundo otra realidad que la de mi espíritu, acaso poderoso, que no he sabido tener poder para hacer nada? Este es probablemente el hombre que yo soy; superpóngasele ahora el que los demás hacen de mí, y el resultado es claro; un hombre inútil, inutilizado, inutilizable.

Así, luchando a un tiempo con las aspiraciones del sentimiento, con la energía de la razón, con la fuerza categórica de la conciencia, con la voluntad, poderosa para el bien, inmóvil para los medios, he llegado a los treinta y un años de mi vida. Llegar a ellos y no morir de vergüenza por el vacío de una vida que creí tan llena, es tal vez un elogio. No descansaré en él, ni siquiera un momento, porque siempre sigue royéndome el descontento de mí mismo, siempre abrumándome el problema de mi vida: cómo dar realidad a esta vida interior tan saludable.

Si yo siguiera creyendo, aunque no lo dudo, que las crisis morales se resuelven por crisis orgánicas, estaría contento. Desde anoche siento un malestar, que agrava por momentos y estoy sintiendo venir la calentura. El corazón sigue doliéndome; en razón, castigándome.



Viernes 14.

Cuando ayer, el bueno de J. interpretaba demasiado favorablemente para mí la leve enfermedad que me postraba, llegué a creer que efectivamente estaba enfermo por traslación de las preocupaciones patrióticas de mi espíritu a mi cuerpo, pero la probable verdad es que mi enfermedad era de frío o de cualquiera otra causa interior que obraba directamente sobre mi organismo. Conque, atengámonos al frío o al pasmo, y dejemos a un lado la bilis formada por la irritación moral.

Que una causa moral obra constantemente sobre mis órganos, y principalmente, sobre mis vísceras esenciales, el hígado y el corazón, no es de dudar, observada una vez la enorme dificultad digestiva de que sufro, y una vez sentidos los dolores de corazón que, aunque probablemente desarrollados por excesos físicos, tienen su origen en las emociones, en las concentraciones violentas a que he tenido que sujetarme. Somos los hombres creación tan insensata de la general insensatez de nuestra vida, que, siendo elemento componente de ella la salud, si nos ponemos a pensar seriamente en ella, nos pasmamos de pensar, como nos pasmamos de hacer cosas inútiles. Este es el sentimiento que acabo de experimentar al sorprenderme buscando la causa de esa enfermedad de un día. Ha durado lo bastante para probarme que no soy un ser indiferente en la vida de los que me rodean. Los unos por simpatía, los otros, por corresponder así a pruebas anteriores de amistad dadas por mí, todos los habitantes del boarding entraron en mi camarote. Memé entró cuantas veces halló pretexto para hacerlo, y me expresó tan cordialmente el sentimiento que le causaba mi malestar que me lo hizo creer y me enterneció: la última vez que me vio, me dio un beso en la mejilla, y como yo le indicara que no estaba tan apetecible para besos, ella me dijo dulcemente: sí, sí. Cuando el haitiano entró en mi cuarto por segunda vez, oyó la voz ruidosa de Memé que, en la habitación próxima a la mía, y según su costumbre americana, chanceaba ruidosamente. El haitiano es perspicaz como todo desgraciado, y afirmó con su malicia infantil que M. chanceaba y reía y jugueteaba, no por alegría ni por placer, sino porque estaba cerca de mí, por sentirse a mi lado, por complacerme, por amarme. Extraño amor que hace ruido, que me duele en la cabeza, y que no sabe prever que me hace daño, dije sonriendo, y tratando de separar esa idea de esa cabeza tenaz. Pero es lo cierto que tal vez tiene razón, no porque el amor nos hace estúpidos, como a manera de razón terminante añadió él, sino porque el amor es infantil en su comienzo, y se exterioriza por medio de puerilidades. Y no son las graves, lo son las en que incurro al complacerme en un afecto ciego, que yo no siento, y que, ahora mismo, acabo de oír que es creencia de la casa que yo siento. Y como siempre, sucederá lo que siempre ha sucedido; los otros atribuyéndome placeres o dolores y yo, no sintiendo ni dolores ni placeres.

Hoy, 14 de enero, hubiera sido cumpleaños de mi madre; sea cumpleaños del eterno dolor con que recuerdo su muerte dolorosa.



Sábado, enero 15, 70.

Felizmente para mí, cualquiera que sea la opinión que hagan mis ideas formar de mí a los hombres, voy convenciéndome de que no es verdad el proverbio francés que tan frecuentemente me echan en rostro: «Quand tout le monde à tort, tout le monde à raison». Cuando todo el mundo se engaña, se engaña, y nada más. Verdad es que, como todos se creen en perpetuo sufragio universal para el fin de juzgar a los demás y para el fin, aun más agradable, de obligar al menor número a hacer lo que piensa la mayoría de los tontos, de los irreflexivos, de los inmorales, de los inconscientes, de los juiciosos sin corazón o de los corazones sin juicio, cuanta más razón tenga yo contra todos, menos fuerte seré entre ellos y más decisiva su opinión contra mí. Importa poco que yo razone mi razón (y concuerde aquí el sentimiento quijotesco con una forma quijotesca); que cuando me digo que la reacción producida en mí por la violencia con que los otros hacen imperativo al menor número el juicio y el sentimiento y el deseo del mayor número, la fuerza de mi opinión personal, será mayor, con todo el razonamiento me iré al suelo, y con toda mi razón se me encimarán los menos altos.

Yo quería resumir con esta consecuencia ad hominem el resultado violento, producido en mí por la intemperante confidencia de ese muñeco. ¡Qué incapacidad moral, qué brutalidad de pasiones, qué impotencia de sentimientos generosos! Y sobre todo, qué abismo entre los hombres que yo suponía y lo que son, entre los que yo esperaba y los que encuentro.



Miércoles 18, mañana.

Al fin, después de dos idas inútiles a casa de Basora, ayer por la noche nos reunimos en casa de Bs., ellos dos y yo. Yo era el provocador de la reunión, porque de los tres soy el realmente aguijoneado por el estímulo incitante de la revolución, y yo tenía que exponer mi pensamiento. Era él tan radical, paso tan atrevido de la impotencia a la posibilidad, de la inercia al movimiento, quo no me atreví a exponerlo sin rodeo. Se trataba para mí de hacer comprender a Bs. la conveniencia de jugar el todo por el todo, yendo conmigo a Puerto Rico. Apenas oyó la proposición, se irguió resuelto para oponerse a éste consejo de la necesidad, y dijo apresuradamente: «Eso equivale a que me manden a Fernando Po o al Morro». Como precisamente por el riesgo a que se exponía le hice yo la proposición, pues de ese modo provocábamos un levantamiento, caso de ser él suficientemente popular para que un atentado contra su libertad y su seguridad conmoviera al país, se lo dije claramente y razoné lo que él creía irracional. No por eso defirió al consejo que, basado como estaba en mi razón por las revelaciones excitantes de V, por los datos que suministró mi larga conversación con Ba. y por la realidad misma de los hechos se defendía por sí mismo. Es conveniente establecer aquí esos fundamentos.

V. me dijo terminantemente que la revolución de Puerto Rico no se ha hecho por mala dirección, por abuso de facultades y por mal empleo del dinero recogido para ella. Con este dinero o con parte de él, se habían comprado cinco mil fusiles, seis cañones y parte de El Telégrafo. El director de la revolución, Bs., no ha querido nunca llevarla por sí mismo a Puerto Rico, y contando con el auxilio de los dominicanos, se decidió fácilmente a socorrer a Cabral y Luperón, abandonándoles los cinco mil fusiles, que cayeron en poder de Báez, su parte en El Telégrafo, que cayó en poder de las autoridades danesas de St. Thomas, los cañones que están en Curazao o en Pío Hacha, donde los habrá dejado Santana, expedicionario dominicano fracasado. Estas graves revelaciones estaban hechas por un íntimo de Cabrera, cuya decisiva intimidad con Bs. estaba determinada por el dinero que le había traído a la revolución; de modo que si V. se queja, es porque C. se quejaba; y si el que dominaba a Bs. se quejaba, es porque los hechos en que fundaba su descontento son verdad. Henna, otro amigo de ellos, el íntimo más íntimo de Ca., ha contado también estos hechos a V.

Ba. es un espíritu melancólico cuya capa de positivismo, de realismo, prueba por su misma naturaleza que es superficial. Así, basta inspirarle confianza para poseer los pensamientos más secretos de su alma. Abandonado a mí por mi benevolencia y por los actos de ferviente patriotismo con que aquí, todos los días, con exceso, tal vez con imprudente irreflexión, pruebo la sinceridad de mis sentimientos y de mis ideas, me dijo cuanto pensaba de la revolución de Puerto Rico. Que no había nada; que se habían perdido las ocasiones; que desde hace tres años se está señalando la proximidad del estallido; que S. Ruiz afirmaba que «señalar la hora del pelear es lo que falta»; que Betances le había escrito mil cartas contradictorias; que unas veces esperaba y otras no; que cuando desesperaba, no pasaban tres meses sin que volviera a darlo todo por hecho. De todo esto, deducción tranquila; que los corifeos de la revolución de Puerto Rico, Bs., Ruiz y Ba., nunca han tenido plan ni pensamiento; por lo que hace al monopolizador de la revolución, la opinión de Ba. es rotunda: Que Bs. está inutilizado, por carecer de las dotes necesarias.

El último fundamento de la proposición hecha a Bs., los hechos, no pueden ser más decisivos: nada se hace, nada se piensa, nada se decide, nada se remedia, todo se abandona. ¿Quién si no él me ha confesado que está desesperado, que por desesperación va a Haití, que cree que nada puede esperarse de Haití, que espera vivir allí de su trabajo, porque él no tiene recursos? Pues cuando se le argumenta con los hechos y con sus propias palabras, trastorna palabras y actos míos para contestarme: ¡Oh! ¡jamás se pondrán a la altura de la revolución! Me someto tan dócilmente a la insensata proposición de viaje a Puerto Rico, proposición que tal vez no tenía entonces otro objeto que salvarse de una vigilancia activa, y en vez de proporcionarme decorosamente recursos que saben que no tengo, se ponen a discutir por qué habré escrito la clara carta en que pido que me busquen editor para Bayoán. Y cuando después de no hacer nada, cae la discusión en el olvido en que cae todo, vienen a decirme que no se llevó a cabo por mí. Le miré intensamente y después de responderle con tranquilidad opuse sus afirmaciones a los hechos, sus palabras a mi conducta, y quedó probado que yo había procedido bien. Lo cual no importa. Mañana afirmarán lo mismo que afirmaban anoche.

Y no es posible que quede eso en este estado. Hay, para esto, dos caminos: constituir una junta, o marcharse a Puerto Rico. Si las cartas me dicen que puedo arriesgar fructuosamente el viaje, arriesgaré. Si no constituiré la junta.



Sábado, 22 de enero, 1870.

Bs., Ba. y yo habíamos quedado en estas resoluciones: organizar una correspondencia activa, seguir procurando recursos, e ir ayer a ver a M. L. Con este último fin fui ayer a casa de Ba. No quiso decir que no cuando se le propuso que nos entendiéramos con el Ministro de C., pero algún grave resentimiento o alguna cosa media entre ambos, pues ayer, buscando pretextos halló medio de enfadarse. Estoy resuelto a no tratar con hombres así. Si se les habla de las bases del problema, se desentienden. Si se les proponen actos, todos les parecen heroicos, todos les parecen irrealizables. Bs. encerrado en sí mismo, sólo a sus comensales comunica los secretos de la revolución, y toda su correspondencia con los agentes de ella la conocen Va. y H. antes que yo, que jamás le pregunto, que pocas veces soy consultado. Todo su patriotismo consiste en odiar a los españoles, todo su deseo en gozar de la gloria de ser el primero en dar el grito. Por eso, porque teme mi actividad y mi sinceridad, quiere inutilizarme, empleando unas veces el ridículo en que tan fácilmente cae un hombre culto y generoso, otras veces callando tenazmente y empleando contra mí el arma de las reservas premeditadas. Por eso cada acto mío lo alconea. Por eso también se opuso a que Lacroix, según afirmación de V. y confirmación de Ba., llevara a Puerto Rico la expedición que quiso llevar, y por eso prefirió, antes que darle las armas que tenía, abandonárselas a los dominicanos, y por eso no ha hecho nada para que Delgado consiguiera lo que necesitaba para llevar a Santo Domingo los hombres y las armas que ofrecía. Y como él no se atreve tampoco a hacer nada, su irresolución le hace perder tantas ocasiones como se le presentan y se le han presentado; ahí está explicada la situación de la revolución. Viendo esto, disgustado del sesgo que dan M. L. y la Junta a la revolución de Cuba, sin recursos pecuniarios para llevarla a Puerto Rico, despertando a mi paso rivalidades que me embarazan para todo, olvidado de la gente de Puerto Rico, estoy realmente desconcertado, profundamente abatido, íntimamente desesperado. Y tan pronto sueño en el sueño de los cuarenta millones, como pienso en ir de diputado a España, para desde su Parlamento hacer la revolución que otros no saben hacer de otra manera, como pienso en retirarme a Puerto Rico, a donde iría si no temiera las luchas de familia.

Ayer vi a Mendive, poeta cubano a quien conocí en Madrid, muy pocos días antes de mi salida para acá. Como habláramos de lo que podríamos hablar, yo me quejé del curso de nuestros asuntos y expuse mis ideas: él, como son fruto, en parte, y en parte expresión de un descontento, el suyo, de otra especie y por otras causas, estalló en estas palabras: «Eso, eso, exactamente eso mismo pienso yo». Y yo me puse a pensar, diciendo: Desde que estoy aquí no oigo más que censura, expresiones de descontento.



Domingo, 23 de enero, 70, 3½ tarde.

Si los hombres no tuvieran otra intención que la de consignar un hecho, cuando dicen que me dirige el sentimiento, dirían en parte una verdad: que en vano trato yo de dominarlo y en vano de suponerlo a la razón. Pero cuando, como P. en la conversación de esta mañana, tienen con esa afirmación, el deseo de presentarme a los ojos de los otros como un corazón superior a la inteligencia, me indignan. Tengo sentimiento, y tan poderoso como si empezara a ejercitarse ahora, como si la experiencia maestra no me hubiera dicho hasta qué punto está de sobra en los negocios de la vida, en las empresas que más lo necesitan. Pongo, según mi precepto, todas las fuerzas de mi alma en todos los actos de mi vida y siento tanto como pienso y como quiero, la verdad, la justicia, el bien y la belleza. Sé que el sentimiento y la fantasía, otra fuerza que me imputaba Giner como una falta, dificultan, por hacerlas más intensas, la realización de las ideas; pero sé que sólo de ese equilibrio de fuerzas, de esa común acción de facultades salen los hombres completos, y cuanto más me prueba la enseñanza de la vida y cuanto más se me opone el juicio de los otros hombres, más me empeño en realizar mi dificilísimo ideal. ¿Por qué no he de sentir? ¿Por qué, como hace poco, no he de deleitar mi alma solitaria con los recuerdos de esperanzas concebidas y perdidas, con aquella vida que pasó, siempre patente a los ojos de mi alma? La música, me dije yo cuando sondeé la razón del placer interno que nos procura, es tanto un placer como una enervación, porque habla directamente al sentimiento y porque educa exclusivamente al sentimiento, eso es verdad. Pero si la veo ¿no he adquirido, por haberla visto, la fuerza reflexiva necesaria para complacer en la música mi sentimiento, sin necesidad de aventurar al ejercicio exclusivo de una fuerza, pernicioso por ser exclusivo, la actividad saludable de otras? Por el mero hecho de ser sensible y de querer serlo consciamente, ¿desatiendo el cultivo de la razón, pervierto mi voluntad? Y si concibo la armonía de facultades, y, en cuanto de mí depende, la practico, ¿debo yo moderar una de las fuerzas de que depende la armonía?

Cuando, como hace poco, recordando Sueños de Amor, recordaba a un tiempo la viva impresión que esta contradanza me produjo en Barcelona, y, más tarde fue mi distracción en Madrid, en el dulce recuerdo, en el triste-placentero sentimiento, muevo también la imaginación, renuevo el juicio, y juzgo aquellos días e imagino que hubiera podido hacer algo distinto y, acaso, más útil de lo que hice, y asocio mi pasado a mi presente, y viéndome hoy en la realidad de las consecuencias lógicas, provocadas por las ideas y los sentimientos de entonces, pienso que sentía más de lo que era conveniente, y veo en claridad que había desequilibrio. Cuando, como hace poco, oía en un piano vecino uno de los ejercicios que recuerdan mi infancia y mi familia venturosa y mi patria aún sumisa, el sentimiento que evoco y que ejercito, asocia mis ideas oscuras de entonces, mi primer vago deseo de acción, a la práctica dolorosa que hago hoy de aquel primer vislumbrar de mi voluntad y mi razón. Variedad en la unidad, ese es el principio aunador del mundo; ese el ordenador del universo, y yo quiero realizar en la unidad primitiva a mi ser complejo, todas las variedades del ser así reducido a una unidad preestablecida. Empeño sano; pero ¿se realiza con los medios que yo empleo? Esto es lo que dudan los hombres, cuando, juzgándome por las mostraciones de mi carácter, los unos me creen demasiado imaginarista, los otros demasiado sensible, los otros demasiado intelectual; algunos, demasiado fanático de ideas al propio tiempo que demasiado débil por exceso de sentimiento; quien, como Morales y su esposa, hombre sin corazón, que necesita leerles las primeras páginas de Bayoán para ser tenido por hombre de corazón; quien, como otros mil, demasiado oscuro; algunos, como Vidal, resultante inverosímil de todas las oposiciones.

Dando a las opiniones de los hombres el respeto que otorgo a todas las opiniones, y reflexionando que es efecto de imperfección en mí esa disparidad inconciliable de opiniones, y estudiándolas en los resultados y viendo que hacen de mí un hombre totalmente impotente, cuando es palpable que tengo cuanto se necesita, me recojo en mí mismo, y me pregunto: ¿En qué consiste que abarcando intelectualmente cuanto abarca la inteligencia de mi siglo, que pensando tan altamente como el pensamiento contemporáneo, que sintiendo tan activa, tan sincera y tan desinteresadamente como exige la constante depuración que hace mi conciencia de mi vida entera, yo no soy lo que pudiera, lo que quiero, lo que debo, y, ora abandonado al sentimiento y a la fantasía, ora a los mandamientos de la razón, ora al imperativo de la conciencia, ora a los estímulos dolorosos de la voluntad, yo no realizo nada, yo no vivo ni mis ideas ni mis sentimientos, yo vivo poco, yo soy juguete de las circunstancias, yo no armonizo en la realidad las facultades que armonizo interiormente, el ser interior que he construido, con el hecho externo, con las relaciones exteriores?

Tengo una alta idea de mí mismo, dice Basora, que oye al enérgico partidario de una idea, y que no conoce al moralista severo para quien sería un crimen todo apostolado que no empezara por una absoluta abnegación. Intento ser el primero en Puerto Rico, dirá Betances, que no comprendiendo el deber de principio y de patriotismo que cumplo, cuando combato su conducta y muestro mi ansia fervorosa de hacer algo, no comprende que es el hombre político el que habla, que es un revolucionario verdadero, poseedor de los fines de la revolución, el que por ella y por las ideas que en ella empeña, se toma la pena de combatirlo. Y tienen razón en no entenderme; yo mismo no me entiendo. Sé lo que quiero y quiero ansiosamente lo que sé. Llevo a la realidad mi voluntad resuelta, y como tengo que atemperarla a otras, distintas de la mía por los móviles morales e intelectuales que la guían, pierdo en claridad y en resolución el tiempo que ganaría si tuviera por servidores a los que tengo por auxiliares y si, pudiéndolo todo por mí mismo, no diera a los hombres otra parte que aquella para que los considero necesarios.

Caos, hay todavía mucho caos.



Miércoles, 26 de enero, 70, mañana.

La lectura de las últimas noticias de Cuba me contentan. No sólo adelanta la revolución militar, sino que las necesidades de la guerra y las extrañas condiciones en que se realiza ha producido un fenómeno admirable, del cual puede sacarse inmenso partido para la revolución política que ha de suceder a la armada. La industria, no sólo militar, sino civil, no sólo la que llena las necesidades de la guerra, sino la que completa la vida cotidiana, ha empezado a desarrollarse en donde menos se lo esperaba; en los campamentos. Y es que, llenos como están, de familias que huyen de los españoles o que han hecho activa causa común con los cubanos, siguen teniendo necesidades que satisfacer y era necesario que las satisficiera la industria. Abandonados como están los defensores de la dignidad, la industria extranjera no los alcanza, y han tenido que crearse una industria propia. Este es un dato que la historia filosófica utilizará para comprobar los datos racionalistas de la sociología, para probar la fuerza conservadora de las sociedades, que ellas no son otra cosa que organismos vivos, que estos organismos tienen necesidades y funciones que, so pena de muerte, necesitan satisfacerse y ejercitarse, que de esta necesidad nacen las manifestaciones de la vida, que estas manifestaciones de la vida, son, según las necesidades a que corresponden: 1.º, caza o pesca, arquitectura y agricultura rudimentaria, edad de piedra; 2.º, perfeccionamiento de la industria, dilatación de esfuerzos, expansión de vida por medio de la fuerza, edad militar o de hierro; 3.º, nacimiento de la poesía heroica, canto de los beneficios de la vida social, apoteosis de los héroes, primer período de razonamiento de la vida; porque en el individuo, como en los pueblos, o al revés, que es lo que quiero expresar, la imaginación y el sentimiento son anticipaciones de la razón, juicios anteriores a la experiencia; 4.º, conversión de las primeras observaciones de la naturaleza, en leyes científicas; 5.º, organización de las sociedades conforme al ideal científico realizado, y ordenación de la vida bajo la norma de los prejuicios de castas, divinidades, privilegios, etc.; 6.º, revolución, por el nacimiento de un ideal más humano, etc. Es decir que, pues toda la historia no es más que expresión de necesidades, intereses, fuerzas, afectos, sentimientos, ideas, juicios, razonamientos y conciencia, en dondequiera que se forme una sociedad, allí se ejercita la vida con todos sus móviles, con todos sus medios, con todos sus fines. Es decir que, pues la revolución de Cuba, correspondiendo a necesidades físicas, morales e intelectuales que España no sabe satisfacer, y realizándose en condiciones anormales, produce el fenómeno natural del desarrollo de toda sociedad, aun antes de estar constituida la naciente en sus fundamentos naturales, la revolución es ante la razón tan necesaria como ante el sentimiento.

Cualquiera que sea el desdén con que los revolucionarios al uso contemplan lo que no entienden, yo creo que mi propaganda será útil, y que, mejor o peor comprendidos por el entendimiento público mis artículos federalistas, mis profecías sobre el porvenir de las Antillas, mi aspiración humanitaria, cosmopolita y generosa; cualquiera que sea el aumento de desconfianza que suscite mi manifiesta superioridad de medios, con tal que se utilicen, yo habré cumplido con mi deber. ¡Ah! cumplirlo totalmente en Puerto Rico, revolucionarla militarmente, triunfar, luego ordenarla y, aplicando a su vida mis teorías, verla entrar la primera por la vastísima senda de un nuevo ideal político y social, ese es mi sueño.



Enero, 27 del 70.

... La situación es clara y envuelve el germen de graves responsabilidades para quien o quienesquiera la conozcan y no traten de salvarla.

Cuba se ha puesto en revolución: primero, porque era necesidad de su estado anterior; después, porque el sentimiento popular se personificó en los trescientos decididos de la Demajagua. La revolución hubiera sido clara, terminante, decisiva, si no hubiera tenido precedentes contrarios a su nuevo carácter y si estos precedentes no hubieran hecho fuerte el partido anexionista, representado en los conservadores de la Isla. No pudo ésta levantarse en masa, no supo Norte América aprovechar los momentos y ocasión aprovechables, y en tanto que, como necesario, la revolución militante se hacía cada vez más digna y cada vez más fuerte, por lo tanto, cada vez más independiente, el partido conservador, siempre desconocedor de sus intereses por anhelo de preservarlos, era vigilado, perseguido, y tuvo que expatriarse, y cuando fue confiscado, se echó en la revolución y de tal modo, que a un tiempo mismo salvará sus bienes de manos españolas y de ímpetus revolucionarios. Vino a Nueva York. Lo traía el egoísmo y el egoísmo lo mantuvo. ¿Puede la Isla, pueden las Antillas ser independientes? Lo dudaron. ¿Pueden vivir por sí solas? Lo negaron. Y como, además de la representación de la revolución que hábilmente supieron atraerse, reproduciendo aquí la Junta de la Habana, y en nombre de ésta, imponiendo su representante oficial a Céspedes -éste y el Congreso de Guáimaro autorizaron sus afirmaciones, consintiendo el primero y el segundo votando en favor de la anexión a los Estados Unidos-, los conservadores se pusieron en oposición de los hechos que la revolución provocaba, y desatendiendo el dualismo que de esto resultaba, se consagraron exclusivamente a provocar el advenimiento de un estado de cosas favorable a su ideal. Si los Estados Unidos no quieren apoyarnos, tal vez querrán anexarnos; si no quieren anexarnos, tal vez querrán comprarnos. Con tal de salir de España y con tal de asegurar bienes materiales y morales, se dijeron, aceptémoslo todo; la anexión, si la quieren; si no quieren la anexión, la venta.

Absolutamente consagrados a este objeto egoísta, supeditados por inferioridad intelectual y por las mismas conveniencias del momento al que llamaron Ministro de Cuba, le dejaron hacer, lo autorizaron con su docilidad a hacerlo todo, justificaron en vez de condenar o de impedir, actos de debilidad y equivocaciones inmensos, y ni aun prudencia ni resolución tuvieron para ordenar las expediciones, que casi todas fracasaron, unas por dificultades pecuniarias, lo cual prueba la cautela revolucionaria de los conservadores, otras veces por elección de hijos del favoritismo que, apenas creada artificialmente una situación semi-diplomática, semi-política, engendró los parásitos del favor y la fortuna.

Esta pérdida de expediciones, y la creciente avenida de entusiastas, y también de aventureros, creó una colonia de cubanos suficiente para representar las dos revoluciones: la que patriótica, heroicamente, y con fines cada vez más claros, se hace en los campos de manigua, antianexionista, independiente, fácilmente federalista, hija del sentimiento de la dignidad y de la patria, revolución de ideas y de afectos; la otra, egoísta, fatalista, pendiente de Washington, anexionista, revolución de intereses materiales. Aquella sumó carne en los engañados, en los atraídos por el entusiasmo y por la fuerza de las ideas, anhelantes de consagrarlos con su sangre; los descontentos por ambición no satisfechas y los aventureros que conocidos y mal tratados por la Junta disimulan con máscara del patriotismo vocinglero los propósitos oscuros de su vida. La revolución conservadora tomó por verbo a M. Lemus, quien tomó por consejero a P., el cual con más talento que todos, se plegaba al más poderoso, y se burlaba de la Junta. Los que salían de la Junta, por intrigas de la Junta misma, por animosidad de su presidente o por mandato expreso del pueblo, representado en las masas de los dos partidos, se iban al popular y desde allí, Basora, aunque pasivamente, Macías y sus parciales, dirigen a los representantes de la verdadera revolución; pero como no son las ideas ni los sentimientos los que a ellos especialmente los dirigen, el fruto es la lucha vacía, el descrédito mutuo, la ociosidad. Organizar la masa, dirigirla, ya a las costas de Cuba, ya a las costas de la revolución lejana, calmar y mejorar sus sentimientos, esclarecer sus ideas y fortificarlas, depurar y fortalecer sus deberes, exponerles vigorosamente sus derechos, enseñarles prácticamente a ejercitarlos y defenderlos, pensar con ellos, sentir con ellos, vivir anticipadamente con ellos la vida futura de la libertad; hacer de ignorantes, de hijos del despotismo, hombres, corazones, voluntades, ciudadanos, amigos conscios de la libertad; crear una fuerza impulsiva de la Junta, un poder vigilante que, desde el Club, inspirara las sanas ideas de la revolución a los encargados de dirigirla desde aquí; ponerse en comunicación directa con el Gobierno de Cuba, ser un intermediario para con la Junta, oponerse ejecutivamente a ésta, sustituir en caso necesario a los mandatarios libres o infieles de la revolución, esto es lo que podría hacerse, esto es lo que yo haría, si pensando menos en Puerto Rico y más en mí, si contando más con los otros y contentándome menos con lo que concibo y no realizo, respondiera activamente al llamamiento que los revolucionarios del club me han hecho. Esto es tanto más urgente cuanto que, según Ferrer interpretado por Basora, en Washington no hay ni una sola intención en favor de Cuba, y el mismo Banks se opone a toda tentativa, por estar seguro del mal éxito. Tal vez la visita de M. L. tuviera este objeto general y el concreto de inducir a P. a que fuera a Washington, pues le oí decir: «Yo creo que Ud. debe hacerlo», censura blanda de que no se ocupará P., demasiado cuidadoso de su amor propio. Tal vez, también, si el Club se organizara ahora bajo un pensamiento hecho y derecho, salvaríamos de una vez la revolución, quitando a la Junta el carácter de cuerpo político, dando más importancia a la representación de Cuba, en Inglaterra, Francia y aún España, que aquí. Inglaterra tiene intereses americanos y una rivalidad dirigible y aprovechable; Francia está en situación de asegurar su nueva evolución por un acto brillante y si se le condujera a pactar con Inglaterra la federación de las Antillas, lo pensaría; España está ansiosa de salir de las Antillas, sólo quiere el pretexto decoroso.



Viernes, 28 de enero de 1870, mañana.

Durante aquellas luchas oscuras que, a un mismo tiempo, sostenía yo en España con el ochavo y con la pasividad a que me condenaba la falta de recursos y el perpetuo dolor de dignidad que generaba, ¡cuántas veces he querido inútilmente bajar a mi conciencia, sondearla, y dirigirla por medio de este examen diario! El examen era imposible, y esta nueva impotencia adicionada a las otras que me inutilizaban, hacía más amarga mi existencia, más incompleta por falta de unidad, y más odiosa por el exceso de flaqueza que repugnándome más cuanto más las repetía mi inercia general, me descontentaban de todo y de mí mismo. Entonces cogía la pluma y se me caía de las manos. Hoy celebro el advenimiento de un nuevo estado. Tranquila mi dignidad, apacigua las intranquilidades de sentimiento y de imaginación que la empresa de mi vida determina, y puedo entregarme complacientemente a este benéfico trabajo de unificación, mediante el cual, ordenados los hechos de mi vida por el examen a que los somete la conciencia, ésta se vigoriza y aquéllos dan a mi ser la patente realidad que naufragaba en el abandono de mi vida a la fatalidad de acontecimientos ingobernables y al yugo de una impotencia radical. Aun cuando no tenga otro placer, hoy tengo el de pensar con método y paso todo el día ordenando mis ideas, mis sentimientos y mis actos, y reduciendo, tratando de reducir toda mi vida a la sencilla expresión que, con voluntad más conscia o más imperativa, la ha resumido siempre. ¡Con qué placer pienso en el momento que consagro a este estudio! Si mi trabajo de redacción suscita ideas nuevas o remueve ideas perdidas en el desorden anterior; si voy al Instituto Cooper y observo una faz de la vida de este pueblo; si anhelo, aplicando siempre el bien que no he realizado a la patria en donde intento realizar el que concibo, verme en ella aplicando a la realidad mis pensamientos; si veo a Memé y su vista o su palabra, apenas entendida, se completa por la palabra de sus ojos, todo se refiere en mi pensamiento a esta hora de examen general, y gozo. Es que la vida es un placer, y que el placer es mayor y más digno si la conciencia lo unifica, si la razón lo depura. Por la noche, fui a Cooper. En una de sus salas bajas había mucha concurrencia, y curioseé. Curiosidad favorable a mis ideas continuas. Yo no sé el inglés, pero me he propuesto aprenderlo, y lo adivino. Adiviné que se trataba de una discusión sobre el fluido lumínico. Adiviné que el concurso constituía una especie de asamblea que juzgaba al expositor, dirigida por un speaker, probablemente el profesor habitual de la materia en discusión. Cuando el expositor vacilaba o aventuraba, un circunstante pedía la palabra, la usaba, discutía, se acercaba a la pizarra, completaba con medios gráficos su razonamiento y se retiraba para oír, al expositor, que, siguiendo en la afirmación o ampliación de lo que había dicho, lo contradecía. Si alguno quería hacer una observación, la hacía; si una ampliación, ampliaba; si una confirmación, confirmaba con razonamientos o con relatos de observaciones hechas, en Massachussets, Indiana o algún otro punto. Yo no sé a punto si aquello era un juicio de un invento o de una exposición científica; pero sé que una u otra pasaron por el criterio y el sufragio popular, al cual lo acomodó el speaker, preguntando a la asamblea su adhesión o su condenación. Aun cuando yo no hubiera entendido otra cosa sino que hasta la ciencia tiene aquí su sufragio universal, hubiera bastado para darme en qué pensar y en qué soñar. Soñar en el día en que yo pueda aclimatar iguales instituciones en Puerto Rico; pensar en el beneficio de esas instituciones y en la sutileza de los medios que se emplean para hacerlas agradables, y de agradables convertirlas en fructíferas.



Lunes, enero 31, mañana.

No habiendo podido mañana, hago pasado mañana las observaciones prometidas. Unos cuantos jóvenes, probablemente los más sinceros de la reunión; unos cuantos hombres, P.; el bueno de Escobar, en quien los años no han destruido aquella sencillez de origen que hace modesto al mérito y débil al fuerte, y en quien un desarrollo intelectual desordenado ha producido un pensador excéntrico; Alfaro, entusiasta y apasionado; Rius hombre de talento y creo de sentimientos rectos, en quien la pasión anima la pasividad y cuya pasividad aniquila su pasión; Cisneros, cuya reputación de inepto produjo una reacción de admiración en mí, al oírlo defender con calor y con facilidad a Echevarría; Mestre, talento de los más educados entre la emigración; Fernández; Gálvez, cuya cabeza pintoresca me llamó la atención, y que tal vez tenga más talento que sentimiento; Lanza, que siguió pensando en su heroísmo y practicándolo, Ponce de León; Márquez, de Puerto Príncipe, y Céspedes, que dan más que prometen. Total, treinta individuos, tal el Club. Ni reglamento, ni obediencia a él; ni mesa; ni respeto a ella; ni orden, ni objeto, ni medios. El Club se empezó a constituir, dicen, en agosto; todavía no está constituido; todavía no tiene estatutos ni reglamento; todos hablan más que deben. Se discutió una fórmula de juramento, antigualla de los despotismos que han violado perpetuamente todos los despotizados. Se discutía; pero yo dije que el juramento no ligaba a los falaces y retraía a los veraces; P. propuso, como yo, que se presentara una moción anulando el juramento, y sin más encomienda la presentaron, se discutirá esta noche, y, sin que ninguno se opusiera a ello reformaron el reglamento. Se pasó a la proposición de Armas que, so pretexto de felicitar a Echeverría por su nombramiento para la agencia o la representación en Inglaterra, nada menos quería sino que el felicitado se viera obligado a dejar el puesto. Nadie comprendió esto, y en vez de contestar a los razonamientos bastantes juiciosos en que Armas se apoyó, los veinte que hablaron sobre su proposición, la atacaron, no una vez, dos, tres, alguno cuatro, por su punto de vista personal y salieron a relucir las divisiones. Cisneros habló para defender a sus amigos los conservadores; Fernández para atacarlos. Mestre fue el único que puso una intención en la contienda: negó al Club el derecho de aplaudir, por lo mismo que le negaba el de censurar, y a pesar de que con mucha cautela y previendo la impopularidad de sus ataques a los derechos que representa el Club, aseguraba a cada paso que nada estaba tan lejos de su imaginación como oponerse a lo mismo que se oponía. De aquí surgió la proposición de Rius, con la cual se favorece la empresa para que me han llamado. Esclarecimiento de los artículos que expresan el objeto del Club para que no quede duda. Ayer nos reunimos para pensar en esto y ordenar nuestras fuerzas, Escobar, Basora, Rius y yo en casa de éste. Yo dije lo mismo que hoy, encargado de defender la proposición, repetiré. Hay un pueblo cubano, que tiene sus representantes aquí. Esos representantes tienen el derecho de reunirse para pensar en los negocios públicos, juzgarlos e influir en su dirección. Por eso se fundó el Club. Si no se hubiera fundado para eso, no serviría para nada; luego es necesario que sirva para lo que se fundó. No estoy convencido de la eficacia de nuestros deseos y por eso dudo hasta de la utilidad de manifestarlos; pero es posible que las equivocaciones de los otros contribuyan a completar la obra nuestra, y es bueno acometerla. Que el pensamiento que yo llevo es probablemente diferente del de los otros, indudable; pero que la mezcla del mío con el de ellos, me dará, justo o injusto, un carácter de opositor y de ambicioso, también es indudable. Así, desde esta noche, es necesario echarse a la arena, y luchar con todas las fuerzas, pues si no triunfo es porque he perdido mi tiempo en vacilar.

El parque, los hoteles de la Quinta Avenida y de Hausman House, las observaciones que me suministraron, forman parte, con mi discusión de toda la mañana, en casa de Basora, de mi día de ayer. La discusión renovó una idea que ya tenía yo, pero que fortaleció Márquez, P. R., y que hoy mismo empezaré a desarrollar.