La detención en la llanura de Hospicio fue brevísima: el tiempo suficiente para renovar la provisión de agua y víveres. En esta nueva jornada, la más larga y penosa de toda la campaña, debíamos especialmente observar las instrucciones recibidas al abandonar Pacocha: mucha economía de agua y de raciones, fusiles listos para todo evento, orden absoluto en la marcha y silencio completo durante las noches en que debíamos acampar sobre las armas.
Hasta Hospicio el terreno había sido, aunque un tanto accidentado en partes, generalmente plano y tapizado de arena: a partir de esta última estación, por lo contrario, las cadenas de cerros pedregosos, elevados muchos de ellos y abundantes en inmensos precipicios y horribles desfiladeros, deberían sucederse continuamente agregando nuevas dificultades a la marcha.
Todo esto se nos hacía saber de antemano para encarecemos la adopción de las medidas más severas con el fin de obtener de la tropa la mayor disciplina y la mayor regularidad posibles en la formación.
No ignorábamos las fatales consecuencias que la falta a estas recomendaciones debía traer a la expedición, siendo las principales de ellas, la sed, el hambre y la probable sorpresa en el paso de los estrechos caminos por donde tendríamos forzosamente que cruzar, pues, aunque el servicio de avanzadas se hacía con perfecto tino y precaución, era del todo imposible evitar un ataque nocturno, si el enemigo, como era natural creerlo, tenía noticia de nuestra salida.
Penetrados, así, de todas estas circunstancias, partimos al ponerse el sol del día siguiente, abandonando la dirección que constantemente habíamos seguido hasta entonces y siguiendo, por tanto, una perpendicular a la línea férrea que unía a Pacocha con Maquegua y cuya estación, casi central, era Hospicio. Esto equivalía internarnos en el desierto, protegidos sólo por las divisiones de retaguardia y separados absolutamente de la escuadra, único centro de nuestros elementos y recursos.
Continuando la expedición en el mismo sentido, debería encontrarse a la mañana siguiente, después de una noche entera de penosa marcha, en pleno país enemigo, sin más defensa y protección que sus fuerzas propias, y condenada, en el caso de derrota, a buscar su salvación en una retirada desastrosa por la distancia que debía separarla de las fuerzas hermanas.
Tanto valía, pues, esta aventura como la de Hernán Cortés cuando, al frente de Méjico, hizo quemar sus naves del Golfo para hacer imposible toda retirada. «Vencer o morir» debía ser nuestro lema, y a vencer o morir estábamos todos dispuestos.
¡Por eso no había uno solo de entre esos hombres de hierro que, treinta horas más tarde, al gemir bajo el peso de la mochila, el rifle y los tiros; abrasada la frente por el calor del sol de mediodía; quedándoles para saciar su sed devoradora sólo media pinta de agua en el fondo de la caramayola y una rebanada de pan y charqui seco para matar el hambre; viéndose obligados a subir y subir sin descanso por cuestas escarpadas y resbaladizas, verdaderos caminos de cabras montesas; acampando en las noches, heladas por un frío glacial, para tenderse y reposar breves instantes la cabeza sobre la dura roca o enterrar el cuerpo en la arena medio tibia aún en sus entrañas, como único recurso de abrigo, no había uno solo de ellos, repito, que sufriendo estas torturas, con otras mil más, se sintiera desfallecer!
Me aconteció durante las jornadas llegar medio muerto de sed y fatiga al punto elegido para el momentáneo descanso, arrojarme sobre la arena casi desfallecido y sin fuerzas aún para cavar un hoyo en ella con el objeto de cubrir mis pies hinchados, y en el momento de ir a entregarme al sueño bienhechor recibir del ayudante de semana la orden de partir al mando de un piquete al morro lejano cuya negra silueta apenas alcanzaba a divisar, destacándose sobre la llanura, para permanecer allí en «guardia de centinela» durante dos horas, que significaban otras tantas de vigilancia absoluta, con la responsabilidad de la vida de todo un ejército.
¡Ay del oficial que fuera sorprendido durmiendo, rendido por la fatiga! El jefe de ronda, al dar parte de tal y tan indisculpable falta, hubiera, al mismo tiempo, indicado el punto en que a la mañana siguiente debería ejecutarse la sentencia de pena capital recaída sobre el reo.
¡Y durante esas horas mortales, en que sólo el chasquido monótono y regular con que los centinelas golpean las manos para pasarse la voz de alerta, turbaba el silencio majestuoso y desesperante de un desierto sin fin, silencio que según la expresión del poeta «es ya un ruido», cuántas veces no creí caerme sin fuerzas, rendido por el poder de esa necesidad que se llama el sueño! ¡Mis párpados se cerraban, se me doblaban las piernas y me zumbaban los oídos!... ¡Era preciso, sin embargo, recorrer la línea, observar el horizonte y responder con voz entera y firme al quién vive del centinela, cuando la intensidad del frío, que calaba hasta los huesos, hacía tiritar el labio y castañetear los dientes!...
Y para el enemigo, ¡qué diferencia! Acampado en las alturas de Tacna, a las puertas de la ciudad, lleno de recursos de toda especie, con provisiones frescas a toda hora y agua en abundancia, tenía la oportunidad diariamente de bajar al pueblo para, durante algunas horas, descansar de la vida de guardias y ejercicios, encontrando allí (como lo supimos después por boca de los mismos habitantes) toda clase de pasatiempos, tales como teatros, comidas y aun bailes, con que se celebraban mutuamente, fraternizando hasta entonces peruanos y bolivianos.
Para el ejército atrincherado comodidades, glorias, fiestas, amores fáciles; todo esto en su propia casa.
Para el ejército expedicionario fatigas, insomnios, hambre, sed; todo ello en mitad de un desierto cruel y horroroso, en que a veces era preciso acudir a recursos supremos y de tal naturaleza que no es posible nombrarlos aquí, cuando se trataba de saciar aquellas últimas e imperiosas necesidades de la vida...
Durante los largos días que debieron emplearse, con sus noches íntegras, para trascurrir la inmensa distancia que nos separaba del que debía ser campo de la gloriosa acción del 26 de mayo, multitud de soldados, atacados por toda clase de enfermedades -en especial fiebres ocasionadas por exceso de ejercicio, por insolación y por la falta de agua-, quedaron tendidos en la arena sin socorro posible.
A pesar de las admirables disposiciones del Estado Mayor, consistentes en la provisión de retaguardias encargadas de asistir a los rezagados con prontos socorros de toda especie, el poder de la enfermedad, ocultada hasta el último instante por los desgraciados que sólo se dejaban vencer cuando las fuerzas los abandonaban del todo, hacía inútiles los recursos, prodigados generalmente demasiado tarde.
Por otra parte, no era posible suplir con nuevas raciones de agua a los que las habían concluido, pues el único punto donde podría obtenerse el precioso elemento aún a gran distancia -y en el caso de que se le encontrase, como sucedió varias veces, defendido por el enemigo-, cuyo número no era aún dable conocer, -habría que combatir para procurárselo y ¿quién sabía de antemano cuánto tiempo duraría ese combate?...
Recuerdo que en muchas ocasiones, cuando sólo me quedaba ya en la caramayola una ínfima cantidad de agua medio caliente por el sol, sentía mi garganta hirviendo, la lengua seca y pegajosa, la voz ronca y la frente encendida: síntomas todos que acompañan a una sed devoradora; y, sin embargo, no me atrevía a beber una gota, temeroso de no tener a mano este último recurso si llegaba más tarde a necesitarlo absolutamente.
¡Cuánto hubiera dado entonces por divisar al alcance de mis afiebradas manos uno de esos arroyos límpidos y cristalinos, al lado de los cuales tantas y tantas veces en la vida había pasado indiferente! ¡Los miraba con la imaginación, sentía en el oído, claro y musical, el murmullo de sus aguas, y esta idea, lejos de refrescar mis labios abrasados, los encendía más aún con el deseo!
Y si veía en aquel momento a un soldado de mis filas caer revolcándose sobre la arena y medio loco enterrar su boca en ella para buscar instintivamente la humedad que le negaban sus quemantes entrañas, apartaba de él la vista y apretaba convulsivamente, como si fuera necesario defenderla, la caramayola que aún encerraba algunas gotas de esa vida, que así rehusaba a un semejante! ¡No sé, no sé si a los demás les pasaba en tales casos lo que a mí; pero yo me sentía tan frío ante el espectáculo de la muerte, tan egoísta ante el atroz sufrimiento de los que me rodeaban, que temía haber perdido para siempre hasta el más insignificante impulso de un sentimiento humanitario, hasta la última fibra de un corazón de hombre!
Hay momentos como ésos, sin duda alguna (y otros deben haber pasado por ellos), en que la intensidad del sufrimiento y el instinto de propia conservación quitan a un ser compuesto de dos esencias distintas llamada cuerpo y alma cuánto hay en esta última de generoso y de noble, para dejarle únicamente lo que tiene de egoísta y de mezquino, asemejándole, por tanto, el bruto cuyo instinto le obliga a matar para vivir. Por eso en ocasiones semejantes ha habido hombres que, por salvar el último destello de la existencia que les ha quedado tras larga y dolorosísima lucha con la muerte, se han arrojado desesperadamente el uno sobre el otro para tratar de devorarse mutuamente y obtener, como resultado, una vida siquiera de los restos de dos que se extinguían... ¡Oh, yo sé que hubo momentos en los cuales me sentí casi tan miserable como ésos, y sé que entonces me desconocí a mí mismo!
La artillería, que había tomado otro camino, tuvo a su vez, todo género de dificultades. Le era necesario en ocasiones, para continuar su trayecto, abrirse paso por entre las colinas escarpadas, trabajando senderos artificiales, a barreta y azada; suspender por ellos las pesadas piezas de campaña, arrastrándolas por medio de series de parejas de mulas y caballos, a la vez que los zapadores, dirigidos por los ingenieros del ejército despejaban aún los tropiezos que de nuevo se presentaban.
Al cabo de algunos días, después de haber cruzado cadenas de cerros altísimos, por desfiladeros estrechos y profundos en cuyo fondo era preciso marchar de tino en uno sobre terrenos pedregosos, sembrados de rocas de todos tamaños, que en el silencio de sus noches sin estrellas debían haberse despeñado rodando en avalanchas estrepitosas desde la altura, en la mañana del día veintiséis, con los primeros rayos del sol, al descender de nuevo de la planicie eterna, un grito unísono salido del pecho de más de diez mil hombres rasgó los aires.
-¡El valle! ¡El valle a la vista!...
A la distancia, en efecto, más allá de los mirajes del desierto -que en aquel instante simulaban lagos cristalinos y ríos cuyas agua serpenteaban dulcemente- verde, inmensa, esfumada entre la bruma y las nubes confundidas, se dibujaba, bordeando el horizonte, una línea accidentada y umbría...
¡Era el oasis de Locumba!
Nadie que no haya permanecido durante larguísimo tiempo en medio de una pampa miserable podrá comprender lo que significaba para nosotros el descender, algunas horas más tarde, desde la altura de las mesetas arenosas hasta el lecho del río en el fondo del delicioso valle.
Desde Iquique hasta Locumba habían transcurrido más de seis meses y durante ellos no nos había sido aún dado recrear nuestros fatigados ojos en la contemplación de una verde campiña, de un prado, de un árbol siquiera.
¡Por fin había llegado el día tan esperado!
Precipitándonos (ésta es la palabra) como una cascada por el despeñadero desde el alto borde en que acaba el desierto y principia el oasis, oficiales, clases y soldados, sin orden ni distinción de jerarquías, locos de contento y olvidándonos en absoluto de nuestra fatiga, nos abalanzábamos hacia la orilla del río en cuyo seno hundíamos la cabeza toda, bebiendo con ansia, con delicia indescriptible, de sus aguas claras y dulcísimas.
¡Mirar lo verde, oír el murmullo del follaje, sentir la frescura de su sombra bienhechora y poder arrojarse sobre el suelo, tapizado, de blanda hierba; divisar a lo lejos caballos, mulas de carga revolcándose sobre ellas y celebrando con relinchos salvajes el inmenso bien que inesperadamente les llegaba; una fogata aquí, más allá una choza de ramas secas, medio sepultada en la verdura: de un lado un bosque de cocoteros y plátanos amarillos como el oro; del otro un cañaveral; chirimoyos, olivos, guayabos, parras, castaños, todas las maravillas de la vegetación tropical, ¿no era esto un paraíso en medio de la aridez eterna?...
En un instante, y pasados los primeros alborozos del entusiasmo, tendíamos nuestras tiendas en el sitio que nos parecía más pintoresco, y allí arreglábamos nuestro alojamiento, seguros de que a la mañana siguiente podríamos regalarnos con algunas horas más de sueño, pues no deberíamos emprender nueva marcha hasta haber refrescado completamente la tropa y las bestias de carga.
Toda esa tarde la empleamos en descansar a la sombra de los árboles y cuando, ya un tanto reparadas nuestras fuerzas, nos fue posible movernos, nos dispersamos en pequeños grupos explorando el bosque y el lado opuesto del río, pero sin apartarnos del campamento más de lo conveniente, en cumplimiento de las órdenes estrictas que sobre este punto habíamos recibido. Aunque se sabía que el enemigo no aparecía por los alrededores, era prudente, sin embargo, precaver las emboscadas y sorpresas.
Para ello se había redoblado la atención y aumentado el número de destacamentos de avanzada.
Una parte del ejército, también, quedaba acampada en las alturas, lista para dar, con la anticipación debida, la menor señal de alarma.
Aún no teníamos noticias ciertas del enemigo; pero sabíamos, más o menos, por lo que hasta entonces había podido observarse, que no abandonaría sus posiciones estratégicas, cuidadosamente elegidas y pacientemente reforzadas para resistir al ataque del invasor.
Eran conocidos, sin embargo, en el cuartel general -y hasta los conocíamos nosotros- los siguientes datos: el famoso Albarracín, bien montado y con no despreciables fuerzas de caballería, merodeaba por los alrededores: su objetivo principal era destruir los elementos que pudieran sernos de alguna utilidad; su anhelo, atraernos a emboscadas y atacarnos por sorpresa.
Sin pérdida de tiempo, solicitó y obtuvo el teniente coronel D. Diego Dublé Almeida (tan especialmente recordado en estos apuntes) la misión de internarse en el valle, a la cabeza de treinta cazadores, con el propósito de explorarlo, estudiar sus recursos, y obtener informes exactos sobre el enemigo.
El comandante Dublé regresó a los pocos días, después de haber recorrido varias leguas, con la noticia de que Albarracín se hallaba, en efecto, por ahí; que se había internado algo hacia el Oriente, no sin dejar algunos de sus secuaces escondidos en la vecindad, con motivo de lo cual él (Dublé) y los suyos acababan de escapar, gracias sólo a su energía y a la excelencia de sus cabalgaduras, de una cobarde celada tendida y llevada a cabo con verdadera ruindad y felonía.
Los hechos habían ocurrido del modo siguiente:
Llegados los treinta cazadores a las vecindades del caserío del pueblo de Locumba, obtuvieron allí noticias de que el enemigo se había alejado.
Un supuesto cónsul italiano, y otro individuo disfrazado de sacerdote, se adelantaron a recibir a los expedicionarios y, después de haberles dado su palabra -humana y «divina»- de que el pueblo se hallaba desprovisto en absoluto de fuerzas militares, los atrajeron a su guarida, invitándoles a almorzar.
Con todo género de precauciones aceptaron los chilenos, pero por orden estricta de su jefe, se mantuvo la tropa de pie y sin abandonar la brida de las cabalgaduras una vez que hubo echado pie a tierra.
En el momento menos pensado, y mientras el comandante y sus oficiales almorzaban tranquilamente, confiados ya casi del todo y distraídos por la conversación, los dos Alibabás peruanos, hicieron brotar de pronto y conjuntamente, sacándolos de los escondites donde los tenían ocultos, no ya cuarenta, sino doscientos o más de sus ladrones, quienes cayeron de improviso sobre los descuidados jinetes, haciéndoles fuego por todas partes.
Éstos, sin embargo, pasado el primer momento de sorpresa, lograron saltar sobre sus monturas y batiéndose desesperadamente, consiguieron escapar en corto número por el fondo del valle.
El comandante Dublé, acompañado de su ordenanza y de un sargento, tuvo que habérselas con ocho o diez montoneros que le salieron al encuentro para cerrarle el paso, pero el bizarro jefe no se intimidó. Resuelto a abrirse paso a todo trance, cargó briosamente con sus dos compañeros y arrollando a los que le interceptaban el camino, llegó a un estrecho sendero que conducía a las serranías del Norte, en las cuales se internó, pudiendo sólo allí bajarse del caballo, cuyos ijares chorreaban sudor y sangre, pues a más de extenuado se hallaba éste herido.
Continuó a pie el comandante durante largas horas, arrastrando al noble bruto por la brida para no fatigarle más, y llegó así al cuartel general.
No era posible que tamañas felonías quedaran sin castigo. Por lo demás, Albarracín y los suyos constituían una amenaza permanente para la tranquilidad de nuestro campamento.
Era preciso organizar otra expedición más numerosa y suficiente, para dar caza al audaz montonero, reputado desde tiempo atrás como intrépido y feroz, vencedor en diferentes jornadas, altanero e implacable con el vencido.
El distinguido coronel de Guardias Nacionales, más tarde Ministro de la Guerra, don José Francisco Vergara, quedó designado para tal empresa.
Al mando de todo un escuadrón de jinetes bien montados y decididos, partió este inteligente jefe, tomó el camino del Valle, recorrió en varias direcciones el territorio, hostilizó por todas partes al enemigo y, sabedor, por fin, de que el caudillo peruano no debía hallarse lejos, cierta tarde, resolvió atacarlo.
Aprovechando la oscuridad de la noche, para no ser descubierto, tomó la dirección que le fue indicada, y después de una fatigosa marcha se detuvo, sólo al amanecer, cerca de un pueblo vecino.
Hizo forrajear a sus caballos, dio un pequeño descanso a los jinetes y se dirigió enseguida al pueblo.
Con la impetuosidad de su carácter y sin esperar otras medidas, cayó de sorpresa sobre el enemigo, atrincherado tras de las casas. La infantería auxiliar peruana trató en vano de rechazar el ataque, y después de una corta defensa, se vio obligada a abandonar la plaza, dando lugar a que se trabara el combate cuerpo a cuerpo entre los soldados de caballería.
Una formidable carga de los nuestros, dirigida con todo acierto y resolución, puso en completa fuga a los contrarios, que dejaron el campo sembrado de muertos y heridos y gran número de prisioneros entre las manos de los asaltantes. El coronel Albarracín pudo escapar sólo gracias a las condiciones ventajosas de su cabalgadura, que no se detuvo hasta dejarle sano y salvo entre las tropas atrincheradas de Tacna.
Esta victoria nos daba cierta seguridad, de modo que el veintisiete nos hallábamos ya felizmente instalados cerca del mismo Locumba.
Era éste un caserío miserable con algunos centenares de habitantes, muchos de ellos trabajadores de las haciendas vecinas, entre las cuales figuraba como la más notable la del coronel limeño D. Mariano Pío Cornejo, militar aguerrido y propietario opulento.
Distribuidos por divisiones los diferentes cuerpos, quedaron alojados en las casas, desocupadas de antemano, como es fácil comprenderlo, por los empleados e inquilinos desde el momento en que se supo la proximidad de nuestras tropas.
Le tocó a mi regimiento hospedarse en las magníficas posesiones del coronel Cornejo, donde, sea dicho de paso, encontramos una considerable cantidad de víveres frescos que nos fueron distribuidos por disposición superior, como justo impuesto de guerra a que quedaban obligados sus dueños, según es costumbre en tales circunstancias.
Por nuestra parte hicimos cumplido honor a las exquisitas provisiones con que, tan sin imaginárselo, nos festejaba nuestro ausente anfitrión; pero no sin que algunos pusieran mala cara hasta a los tarros de conservas, que se imaginaban encontrar rociados previamente de algún activo veneno, por la mano de sus dueños precavidos.
Pero como transcurriesen más de veinticuatro horas sin otra novedad que la de dos o tres indigestiones de langostas y sardinas, al día siguiente el ataque a los restos de los apetitosos comestibles comenzó con nuevo ahínco y con la seguridad, esta vez, de precaver en absoluto las malas consecuencias de la víspera, gracias a unos cuantos tragos de un deliciosísimo pisco, de que abundaban las bodegas de Locumba.
En efectos, nos llamó la atención, entre muchas otras cualidades que hacía de la propiedad del señor Cornejo, un inmueble valiosísimo, el alambique de destilación y los espaciosos sótanos admirablemente dispuestos y en los cuales había almacenadas miles de pipas de la última cosecha.
Hago notar intencionalmente este hecho para dejar constancia de que nunca como en esta ocasión se puso a mayor prueba la moralidad y disciplina de los soldados del Esmeralda. En efecto, a pesar de la oportunidad, que muy pocos otros habrían desperdiciado -dada la inclinación a la bebida innata en la gente de nuestro pueblo bajo-, apenas si uno que otro de esos rotos abnegados, se halló a la mañana siguiente preso en la prevención por delito de embriaguez. Al tomar posesión de su alojamiento, el coronel Amengual dispuso terminantemente que se guardaran las entradas de los depósitos de licores, recomendándonos a los jefes y oficiales la más estricta severidad y el inmediato castigo de toda falta relativa a la destrucción o maltrato de la propiedad ajena que, al mismo tiempo, ponía bajo la salvaguardia de nuestro honor y delicadeza.
Y, sin embargo más tarde he visto, con la indignación que es fácil imaginarse, en periódicos y panfletos peruanos, que por desgracia han encontrado fácil acceso y aun reproducción en el extranjero, consignadas todo género de calumnias mezquinas con tendencia a afear la conducta de nuestro ejército en aquellas circunstancias y en las que siguieron después de la toma de la ciudad de Tacna y la entrada triunfal en Lima.
Tranquilos y sin novedades de ningún género trascurrieron los días de Locumba. Nuestra vida, esencialmente rústica, nos indemnizaba con excesos de un orden opuesto los sufrimientos del desierto.
De nada carecíamos, pues el Valle, abundante en legumbre y caza salvaje, nos brindaba toda clase de regalos, sin que nos faltara aun lo accesorio. De allí, pues, que volviéramos a gozar de una cama con sábanas y frazadas (las cuales nos procurábamos en las casas y en el pueblo), de una mesa con cubiertos y manteles, de muebles de todos los usos y hasta de un buen piano, dos o tres guitarras y otros instrumentos musicales que hacían la delicia de nuestras tardes de fiesta.
En ocasiones nos solíamos llevar la banda de música (una de las más completas del ejército) a la terraza del magnífico chalet del señor Cornejo, y allí deleitábamos el oído con los trozos de ópera que nos eran favoritos y cuyo estudio dirigía con admirable inteligencia y constancia el subteniente Santiagos, de mi compañía, valiente y malogrado oficial, herido después gravemente en la acción de Tacna y muerto como héroe al volver porfiadamente a luchar contra su destino en la cruda batalla de Chorrillos.
Se acercaba el momento de la pelea, sobre la cual sabíamos ya lo suficiente para no hacernos ilusiones.
El enemigo, se nos decía, ocupa posiciones ventajosísimas, casi inexpugnables, y no las abandonará por ningún precio; de modo que la acción tendrá que ser necesariamente muy reñida. ¡Cuántos proyectos hacíamos entonces! Cada uno soñaba de antemano con un rasgo especial de heroísmo y saboreaba la idea de volver a la patria lleno de gloria para recibir los laureles preparados por manos cariñosas y queridas.
A este propósito, ¡qué de chascarrillos que recordaban un episodio de la vida de la patria; cuántos epigramas de que eran víctimas infelices conocidos! Todo ello en medio de mil chistosas bromas y chacotas. Ninguno más fuerte para este género que Ignacio Carrera Pinto, el héroe de más tarde.
Aún era oficial del Esmeralda, y cada uno de nosotros le quería y distinguía entre todos, adivinando a través de sus genialidades humorísticas y carácter afable y bondadoso el corazón de hierro que dos años más adelante, en la homérica epopeya de la Concepción, sabría manifestarse del temple que, con el más noble de los nombres, le legaron sus antepasados.
De paso citaría cien anécdotas sobre Ignacio Carrera, que no podrían menos que interesar por lo originales y curiosas. Resistiendo, sin embargo, a la tentación de narrar muchas de las que recuerdo, sólo haré apunte de una que dará idea de cómo sabía él sacar partido de todo, cuando se trataba de mostrarse oportuno y ocurrente.
Con motivo de una braveza de mar en la caleta de Ite, por donde, hallándonos ya en Yaras, se desembarcaban los víveres para el consumo del ejército, nos encontramos repentinamente privados de alimentos frescos durante algunos días y reducidos a una escasa ración de charqui que, por cierto, no bastaba a saciar nuestro apetito, avivado por la brisa tónica del valle. La caza salvaje de cuyes y aves silvestres estaba agotada por completo, a lo menos en las regiones que quedaban dentro del radio permitido a nuestras excursiones; no era posible tampoco acudir a las bestias de carga y asnos que en abundancia nos habíamos procurado, ya que el estómago se resistía a ello. En semejante extremo, ¿qué hacer?
Tenían los soldados una cabra que había hecho el viaje como compañera desde Sama, y que por su mansedumbre y bondad se había convertido en favorita de todos.
-¡Matarla para saciar el hambre!
Tan perversa idea cruzó, sin embargo, por las mentes de muchos, y por uno de esos sentimientos diabólicos que son el atributo de todo lo malo, aferrose más y más en ellas, encabritándose, por decirlo así, en los pensamientos, sin que nada bastara a dominarla...
Pero lo difícil no consistía en concebir la idea; lo verdaderamente atrevido era manifestarla, darla a conocer, y nadie habría querido ser el primero que arrostrara las consecuencias de tan perversa audacia.
Ignacio Carrera tuvo ese heroísmo.
Para disimular, no obstante, su premeditación, le era forzoso rodear la propuesta de cierta forma aceptable que, como suele decirse, dorara la píldora.
Tal recurso debía considerarse de difícil éxito, pues la vida de la supuesta futura víctima era simpática para todos y sólo en caso extremo habría sido lícito sacrificarla.
No había, sin embargo, más que un remedio, y fue el que se le ocurrió a Carrera: formar un consejo de guerra a la cabra, acusada por el hambre como martirizadora de los estómagos, todos los cuales se presentarían en calidad de víctimas o testigos.
La idea fue aceptada, y un momento después quedaban distribuidos los cargos.
El hambre, personificado por Ignacio Carrera, hizo su acusación en discurso monumental, que fue una verdadera apoteosis, no ya tan sólo del carnivorismo, sino hasta del canibalismo.
Siguieron los testigos en sus declaraciones; dio después su dictamen el fiscal; hizo un brillante alegato el defensor, quien conmovió al auditorio en masa, y por fin sentenció el tribunal después de deliberar en vista de los antecedentes.
¡La muerte del inocente reo quedó pérfidamente firmada!
-Pero, ¿no se comió, acaso, el conde Ugolino a sus propios hijos en la Torre del Hambre? -observó como argumento final, Ignacio.
De Locumba a Yaras hay una corta jornada que se salva con facilidad.
El nuevo campamento se levantó sobre las alturas, al lado Sur del río Sama, sobre el punto denominado Buena Vista. Por ser ésta la sola estación que aún nos quedaba antes de llegar al término completo de la expedición, era preciso mantenerse siempre sobre los armas, ya que la insignificante distancia de que nos separaba de las posiciones enemigas exigía toda prudencia.
El valle quedaba así protegido por nuestra línea que, prolongada sobre el borde de la meseta, ocupaba una extensión considerable.
Con ramas y arbustos del bosque fabricábamos nuestras chozas, muy preferibles a las tiendas o carpas de tela que el calor del sol hacía insoportables.
La certeza de que en unos cuantos días más estaríamos al frente de los aliados, hizo que en preparativos se nos pasaran, sin sentirlos, los pocos que aún nos quedaban para empeñarnos en la batalla.
El 22 de mayo un gran reconocimiento, compuesto de soldados de las tres armas, se llevó a cabo con éxito completo. Acercándose las tropas hasta a tiro de cañón de las fuerzas atrincheradas, y simulando una serie de ataques con el objeto de conocer la actitud que el enemigo asumiría el día de la acción, el Estado Mayor pudo formarse una idea completa del modo cómo convendría dar el golpe.
Antes de ponernos en marcha, el general en jefe de nuestras fuerzas hizo distribuir profusamente una elocuente y entusiasta proclama.
En ella se recomendaba especialmente la moralidad, la disciplina y la constancia a toda prueba, al mismo tiempo que se apelaba a la nobleza tradicional de nuestros soldados, recordándoles que el valor en consorcio con los sentimientos humanitarios es prenda de los buenos y de los verdaderamente bravos.
No quedaba ya más que hacer, y el 25 de mayo, tomadas todas las medidas del caso, abandonamos el último campamento para ir en línea directa a buscar a los peruanos en sus posiciones calificadas después por sus propios generales de inexpugnables y consideradas por el jefe de su ejército «como punto estratégico de primer orden, inaccesible y protegido de todos modos por la naturaleza».
Aunque en los apuntes que me sirven de guía para escribir estas páginas se hallan anotadas muchas de las circunstancias que tienen relación con las operaciones del Esmeralda, desde mi puesto de subalterno me era de todo punto imposible darme cuenta entonces de las disposiciones adoptadas por los directores de la guerra. El círculo que abarcan las observaciones de un simple oficial de regimiento, cuya única consigna es obedecer y cumplir ciegamente con los deberes del honor, tiene que ser por fuerza muy reducido: de allí que al entrar ahora en la parte más importante de estos recuerdos, las apuntaciones de mi borrador me presten muy poca ayuda. Con efecto, los proyectos del cuartel general eran desconocidos para nosotros, a cuyas tiendas apenas si llegaban, de cuando en cuando, disfrazados e imperceptibles, los ecos de la discusión del plan de ataque.
No se extrañe, pues, que apartándome aquí del orden trazado por las citadas anotaciones me apoye a veces en los datos que hoy poseo y que se hallan dispersos entre diferentes artículos de la prensa y documentos oficiales, para tratar de una manera especial en este período de la campaña, tan interesante para el regimiento en que prestaba yo mis servicios, algunos puntos que le atañen.
En mi simple esfera de cronista particular, al hacer cumplido honor el recuerdo querido de mis antiguos jefes y compañeros quienes, lo espero, leerán algún día estos apuntes con complacencia, séame permitido aprovechar también la ocasión de entrar en detalles relativos a la hoja de servicios de la división a que pertenecíamos, detalles que, quizás, arrojarán alguna luz sobre el juicio erróneo y nada imparcial corriente en ciertas versiones que no ha mucho encendieron los ánimos y dieron ocasión a debates acalorados y virulentos.
Sin que sea mi intención resucitar esas disensiones, muertas ya por el tiempo, hoy cuando los espíritus se han calmado, me parece, sin embargo, oportuno hablar con franqueza, por más que esa franqueza haya de herir la susceptibilidad de unos cuantos.
Y si se me tachara de indiscreto, alegando que mis apreciaciones no caben dentro del cuadro que me he trazado al dar a luz estas páginas, tómese en cuenta el espíritu de justicia y de compañerismo que me guían para emprender la defensa de mis jefes, defensa que intentaré, ajustándome únicamente a mi conocimiento personal de los hechos y sin propósito de herir la susceptibilidad de nadie, ni mucho menos con pretensión de abarcar un juicio general y relacionado con el resto de las operaciones.
Al amanecer del día 26 de mayo los regimientos chilenos acampados desde las primeras horas de la noche anterior en medio de un inmenso plano, teniendo a retaguardia el desierto y al frente la cadena de cerros que formaron el denominado Campo de la Alianza, fueron despertados en su momentáneo descanso por el ruido continuado de un fuego de fusilería a no larga distancia.
Sin otra señal y como movidos por un resorte, oficiales y soldados nos pusimos de pie, echando éstos mano al rifle y cargándolo apresuradamente, mientras los jefes y ayudantes saltaban sobre sus cabalgaduras que habían dormitado allí ensilladas y con la brida al cuello.
Un segundo después las cornetas tocaban generala, alineábanse las filas, se distribuía una nueva provisión de cartuchos a bala y, al redoble del tambor, se hacía terciar armas al hombro para la última revista que en aquel momento dirigían, perorando a los soldados con palabras animosas y entusiastas, los comandantes de cuerpo y jefes de división.
Recuerdo que hacía un frío que penetraba hasta los huesos. Los primeros albores de la aurora comenzaban a despuntar, permitiéndonos darnos cuenta de lo que pasaba.
Habíamos hecho alto al caer de la noche anterior en una eminencia desde la cual se dominaba todo el llano. Adelante, extendiéndose hacia el Sur, es decir, hacia la fortaleza en que, medio borrados por la bruma matinal se divisaban ya los pabellones aliados, el desierto, el mismo desierto monótono y amarillento iba a morir a los pies de los cerros y colinas que daban sustento a sus trincheras.
Las lomas accidentadas que rodeaban el punto en que se alzaba el fuerte central del enemigo se destacaban coronadas de tropas cuyas columnas retrocedían, al parecer apresuradamente y como si tratasen de llegar a la cumbre para tomar posesión de ella. Novicios los más de nosotros en el arte de la guerra, creímos en el primer momento que serían parte de nuestras fuerzas avanzadas; pero fijando la atención comprendimos que en tan corto espacio de tiempo, por mucho que la vista nos engañara, no podían los soldados de nuestros regimientos salvar tamaña distancia.
Pronto salimos de la duda. Los destacamentos de vanguardia que se replegaron un momento después al centro de nuestras fuerzas nos hicieron saber que el enemigo, conocedor de nuestra aproximación, había intentado una sorpresa durante la noche; pero que, extraviado probablemente en su camino y comprendiendo que al amanecer sería descubierto, se había retirado rápidamente a sus trincheras.
Y a fe que era tiempo, pues nuestra caballería, protegida por la artillería de campaña, les habría puesto en seria dificultad si su contramarcha no hubiera sido resuelta tan oportunamente. Por corta providencia, y como para ensayar los cañones, dos baterías, colocadas sobre una altura conveniente, les enviaron una serie de andanadas que introdujeron la mayor desorganización entre sus columnas. A la simple vista nos era fácil ver cómo caían las granadas levantando un remolino de arena al estallar entre las filas compactas, desordenándolas al principio y dispersándolas completamente algunos minutos después.
Hasta ese momento aún no habíamos recibido órdenes. Fácil era, sin embargo, comprender que el plan sería el ataque de flanco, ya que por los distintos pendones enarbolados de trecho en trecho al frente y sobre una línea que se extendía en un espacio apreciable en más de dos leguas, las fuerzas enemigas debían de aguardarnos parapetadas tras de sus trincheras, en las alturas, sobre el cordón formado por los cerros. Tacna quedaba, por consiguiente, a la espalda de sus defensores, que así protegían el centro de sus recursos y todos los accesos practicables hacia la ciudad, desde los pueblos del Este hasta la mitad del trayecto que los separaba de Arica, su puerto principal.
Tomada Tacna, después de abrirnos paso por entre las trincheras, la caballería debería cortarles la retirada por el valle hacia el interior, quedando entonces el enemigo obligado a replegarse sobre Arica, en donde tendría que defenderse a la vez de los asaltantes de tierra y del ataque de la escuadra que bloqueaba la plaza.
La sola vista, pues, del campo de batalla y los pocos datos que los subalternos teníamos sobre la disposición del ejército aliado nos permitían darnos cuenta suficiente de nuestra posición, reducida a lo siguiente:
Si vencíamos, Tacna, y enseguida Arica, caerían fatalmente en nuestro poder; si, por lo contrario, éramos derrotados, y la muerte, ¡la muerte horrible en el desierto o a manos de los enemigos!
Tal era la partida, sin que hubiera la menor probabilidad de otra solución posible para los expedicionarios.
Recuperadas sus antiguas posiciones por los aliados, no había duda de que sería forzoso ir a buscarlos en ellas, por desventajoso que fuese este medio para nuestras armas.
Formados en línea de batalla, nos hallábamos ya casi listos para avanzar, cuando recibimos el primer disparo de cañón enviado con dirección perfecta por los artilleros de la alianza. Era éste nuestro bautismo.
Por un sentimiento instintivo, al ver desprenderse del borde de la fortaleza el penacho de humo que acompaña al disparo, apenas tuvimos tiempo de inclinar bruscamente la cabeza, alzando los hombros con ese movimiento peculiar del que siente que se le viene algo encima. Antes de que se oyese el estampido, ya el proyectil pasaba silbando con ruido infernal por encima de nuestras filas y, describiendo una curva acentuada en el espacio, iba a estallar en mil pedazos a cincuenta metros de distancia, haciendo un torbellino de cascos, fuego y humo, mezclados con el polvo de la arena.
A pesar de la impresión nerviosa que en aquel instante conmovió hasta al más sólido de nuestros hombres, un «¡hurra!» formidable, seguido de vivas a Chile y quepis que volaban por el aire, saludó este primer cañonazo, señal del combate terrible que tres horas después debía hacerse general.
Aseguran algunos que se han batido y quieren hacer alarde de valor y sangre fría, que desde el comienzo de la refriega, al oír el zumbido de las balas que cruzan, se han quedado impasibles y así como quien asiste a un ejercicio de fuego con pólvora en el Campo de Marte. Yo, con otros muchos que han agotado esta materia, me atrevo a poner en duda semejante aseveración y tengo la franqueza de confesar que en tales circunstancias me encontré agitado por una especie de convulsioncilla y sensación especial que tenía mucho de parecido con el miedo. Igual o muy semejante cosa debía de sucederles a todos aquellos con quienes en esos instantes comunicaba mis impresiones, porque, a pesar de que, como yo, animaban a los soldados y lanzaban vivas hasta aturdirse, estaban pálidos y se sacudían, como queriendo arrojar lejos de sí aquel malestar inoportuno que les invadía muy a su pesar. El mérito de todos era sin duda grande, por aquello de que:
«Sentir nervioso el miedo es ser prudente: El saberlo vencer es ser valiente».
El Esmeralda, compuesto de novecientos hombres, más o menos (pues las enfermedades y otras causas habían disminuido el número), pertenecía a la primera división bajo las órdenes del coronel Amengual, que desde la salida de Iquique había sido reemplazado en el mando especial del regimiento por el inteligente y caballeresco comandante D. Adolfo Holley. Los otros batallones que la completaban eran el Valparaíso, el Naval y el Chillán: tres mil y tantas plazas en todo.
Colocados enfrente del extremo izquierdo de la línea enemiga, deberíamos, sin duda, marchar diagonalmente para atacarla de flanco. Nuestra división formaba la vanguardia, de modo que, tanto por orden de número (he dicho que teníamos el primero) cuanto por ser tres de sus regimientos de la Guardia Nacional movilizada, era lógico hacerlos avanzar adelante, resonando para apoyar y sostener el ataque los batallones de línea veteranos y fuertes y, por consiguiente, más aptos para decidir el éxito de la acción, una vez que fueran llamados a entrar en ella.
No tardamos en saber que éstas habían sido las disposiciones del Estado Mayor general.
Impuesto de todo el jefe de nuestra división, se ocupaba en pasar revista a sus soldados animándolos, como lo he dicho, con palabras de fuego que atizaban más y más su entusiasmo y les hacían entregarse a manifestaciones de toda especie.
La distribución de los tiros de repuesto se hacía en aquellos momentos a los distintos cuerpos, tocándoles a razón de doscientos cartuchos por soldado. El Esmeralda y los demás de la división que debían empeñarse en el combate simultáneamente con los de la segunda, hicieron presente a los ayudantes que sólo poseían cien cartuchos por fusil, cantidad insuficiente, si, como era de suponerlo, el asalto de las trincheras duraba algunas horas.
Por razones que hasta la fecha no han sido debidamente explicadas, cuando el coronel Amengual puso en conocimiento de quien correspondía esta circunstancia, sea que el jefe del Parque se hallase muy ocupado con otros cuerpos en aquel momento, sea que no tuviera él las órdenes necesarias para atender a esta reclamación (lo que es más probable) o sea, por último, que ello se considerase de poca importancia, trascurrió un tiempo, precioso en aquellos momentos, sin que las municiones solicitadas nos llegaran; de modo que cuando la orden definitiva de cargar paralelamente con la segunda división, protegidas ambas por los fuegos de la artillería, fue trasmitida a nuestros jefes en alta voz (y tanto que muchos de nosotros pudimos oírla de boca del mismo ayudante), ninguno dudó de lo arriesgado de la empresa que se nos encomendaba.
Y no sólo esto debía considerarse como una irregularidad; había otro punto que quedaba en blanco e importaba otra necesidad no satisfecha por el jefe de Estado Mayor general, tan celoso siempre del cumplimiento de los altos deberes de su cargo y tan brillante organizador de las medidas que dieron por resultado la victoria.
No tengo la pretensión de censurar su conducta; pero así como en una ocasión, de feliz memoria para mí, en que me hallé colocado próximo a él en un banquete amistoso que en casa de un pariente muy cercano mío se daba a un ilustre Jefe, tuve la franqueza de hacerle presente mis ideas delante de muchos de sus compañeros de armas que recordarán el hecho, así también hoy, al tratar de nuevo este punto, me permito declarar que no ha podido ni debido condenar la conducta del bizarro jefe de la primera división, ya que -involuntariamente sin duda alguna- había el mismo concurrido a producir las dificultades en que pocas horas más tarde se le colocó.
Asegúrase, en efecto, que Amengual manifestó la absoluta necesidad de que se le confiara, como es de rigor en tales casos, alguna fuerza de caballería y artillería de montaña con qué protegerse en momentos difíciles, y que esta justa petición que denotaba previsión y competencia superiores en quien la hacía, le fue negada por el mismo Estado Mayor, con pretextos poco aceptables.
Fácil es, pues, comprender que sólo un deseo, mil veces laudable, de dar verdadero ejemplo de ciega obediencia a las órdenes de lo alto, manifestándose, ante todo subalterno disciplinado y fanático de su deber, pudo obligar al hidalgo veterano a aceptar para sí y sus soldados las dificultades, diré casi el sacrificio, que se les imponía. Más tarde, sin embargo, eso no ha sido comprendido, y hay quienes han visto en todo segundas intenciones y móviles de ambición loca.
-El jefe de la primera división -han dicho- acarició la idea de ganar, solo, la batalla, soñando con hacer suyos todos los laureles de la jornada.
Tan candoroso modo de discurrir no atenúa, sin embargo, la satisfacción que se siente cuando se tiene la conciencia del deber cumplido hasta la abnegación. Y si no, allí están para probarlo las numerosísimas bajas con que cada uno de los cuerpos de la vanguardia selló su sacrificio en las alturas del campo de la alianza, debiendo contarse entre ellas, sólo en el Esmeralda, las de uno de sus jefes, trece oficiales y doscientos treinta y ocho soldados, la mayor cifra de bajas en toda la división.
Contrariado Amengual con las dificultades que encontraba, sólo pensó en superarlas a fuerza de heroísmo. Hizo una señal a su corneta de órdenes y la división comenzó a avanzar a paso redoblado bajo el fuego de los fuertes enemigos.
Un hecho, por demás conmovedor, sobrevenido en aquellos momentos, me obliga a hacer un pequeño paréntesis para recordarlo de paso.
Afianzadas las armas (pues teníamos orden de no hacer fuego hasta no encontrarnos a distancia en que hubiera seguridad de no perder los tiros de que nos hallábamos escasos), habíamos adelantado sólo unos cuantos metros por el llano, cuando vimos aparecer por nuestra derecha, al galope tendido de un brioso alazán, al capellán general del ejército D. Florencio Fontecilla, quien dirigiéndose a los jefes les pidió hicieran alto algunos segundos para decir dos palabras a los soldados de los regimientos.
Accesible a tan justo deseo, y dando el primero el ejemplo de descubrirse, el comandante Holley ordenó rendir armas.
¡Nada más imponente que aquella ceremonia! ¡Novecientos soldados, resueltos a morir antes que inclinar su cabeza en presencia de todo un ejército enemigo, a un redoble de tambor, caían respetuosos de rodillas a los pies de un solo hombre, sin otras insignias que la roja cruz sobre el hábito, y se descubrían con reverencia para recibir la absolución de sus manos!
Se volvió a afianzar, resonaron de nuevo los parches en medio de «¡Vivas!» atronadores, la banda preludió los primeros compases del himno nacional y la línea se puso otra vez en marcha...
Apretadas las unas contra las otras, las compañías guardaban perfectamente su colocación, a la vez que las hileras de guerrillas, avanzando todavía en la posición recta, se alistaban para abrir el fuego a vanguardia.
La distancia que nos separaba del pie de las trincheras disminuía visiblemente, y ya las alturas se dibujaban con toda claridad.
Durante más de dos horas continuamos, con paradillas de sólo algunos minutos, esta fatigosa marcha que ha dado ocasión después a tantos comentarios.
En efecto, el brío de las tropas novicias de que constaban nuestros regimientos no podía ser fácilmente contenido, de manera que sin disminuir en casi todo el trayecto el compás de una marcha acelerada, nos encontramos, en poco tiempo más, un gran espacio de terreno adelante de la segunda división, con la cual, según la orden, debíamos marchar paralelos. Esto constituye uno de los más serios cargos hechos al coronel Amengual, a quien se ha criticado el que no hubiera contenido el ardor de sus tropas, arriesgándose así, como lo hizo, a recibir enemigo, a un redoble de tambor, caían respetuosos de rodillas a los pies de un solo hombre, sin otras insignias que la roja cruz sobre el hábito, y se descubrían con reverencia para recibir la absolución de sus manos.
Volviose a afianzar, resonaron de nuevo los parches en medio de «¡Vivas!» atronadores, la banda preludió los primeros compases del himno nacional y la línea se puso otra vez en marcha...
Muy lógico será, sin duda alguna, este razonamiento, muy ajustado a las reglas de la táctica militar y todo lo que se quiera; pero, para mí, tengo por mucho más natural y sensato el que en aquellos momentos debió hacerse el heroico jefe de la primera división y que podría resumiese en estas palabras:
-Si me dicen que marche paralelo con la segunda división, lo natural es que ésta, a su vez, haya recibido con respecto a la mía la misma orden... ¿a cuál le toca, pues, mantener su nivel?... Si se atiende al orden numérico, lo justo es que la segunda siga a la primera; si, por lo contrario, la intención de la orden ha sido que yo me ajuste a la marcha de mi vecina, hay aquí una simple cuestión de brío...
Resuelvan los demás el problema; pero tomen antes en consideración que la delantera la llevábamos los soldados de la primera y que nada había en la famosa orden del paralelismo que indicara al jefe de aquélla la necesidad de poner un freno al empuje de sus soldados.
Pudiera, en contradicción a estas ideas, aducirse el argumento de que marchando en línea y de frente, lo regular es alinearse tomando como guía la izquierda, ya que nosotros ocupábamos la derecha; pero, sin echarlas de táctico consumado, me atrevería a responder que no constituyendo ambas divisiones una línea unida, no sé hasta qué punto habría sido necesario ajustarse a esa regla, sobre todo cuando el uso hace que sea un guía central el que determine el nivel de las dos alas: derecha e izquierda.
No es mi ánimo, sin embargo, lo repito, emitir juicio sobre la disposición general de este avance, para lo cual me reconozco incompetente; digo sólo lo que creo basta para explicar nuestra manera de obrar. Tampoco (y esto deseo acentuarlo) abrigo por un instante siquiera el deseo de echar la menor sombra sobre la conducta de la segunda división y su heroico jefe, quien se ciñó estrictamente, durante la marcha, a lo que era su deber, maniobrando según su modo de apreciar la orden. La brillantísima conducta de esa porción del ejército al entrar en un combate y la manera como hasta el fin sostuvo su pabellón, ganando a cada momento mayor terreno y dejando al fin el campo cubierto con sus muertos y heridos, están sobre toda intención de sospecha y bastan para demostrar de una manera clara y evidente que tanto sus conductores, como sus oficiales y subalternos, eran todos de temple superior.
Mis reflexiones van dirigidas a terceros, a esos oficiosos cucalones, lo más que de voz en cuello nos culparon más tarde y comentaron acremente y de la manera más antipatriótica las disposiciones de nuestro jefe.
El resultado era, pues, inevitable. Al cabo de pocas horas nos hallábamos ya casi sobre las trincheras de los aliados, solos y sin más protección que la que podrían prestarnos una hora más tarde (y no antes) las fracciones del ejército que habíamos dejado a larga distancia.
En aquel momento, y como para no damos el tiempo de reflexionar, una granizada de balas dirigida sobre nuestras filas cruzó por entre los soldados, en quienes la impresión del silbido del plomo que pasaba rozando los cañones de los fusiles se tradujo por una brusca conmoción y ruido general de bayonetas y caramayolas sacudidas.
Las guerrillas alistaron la recámara de sus Gras, apuntaron e hicieron fuego. La contestación fue una nueva lluvia de proyectiles, esta vez mejor dirigida, que hizo gran número de claros en nuestra línea. Los primeros heridos comenzaron a caer revolcándose por el suelo y dejando escapar lastimeros gemidos o juramentos y rabiosas imprecaciones. A nuestra vez, tomamos parte en el tiroteo y nos ocupamos al frente de nuestras mitades en dirigir el fuego, que se hizo pronto general.
Los aliados nos fusilaban a mansalva y de mampuesto, sin que nos fuera posible devolverles con igual frutos sus tiros, pues, colocados tras sus trincheras de sacos de arena amontonados los unos sobre los otros, sólo podíamos divisar las bocas de sus fusiles, que a lo largo de todo el parapeto trazaban una inmensa línea semicircular de lenguas de fuego convergentes al espacio ocupado por la nuestra.
Difícil, si no imposible, me sería definir en este momento la impresión que sentí cuando me vi envuelto en medio del fuego mortífero que nos diezmaba. Creo que mi primer impulso fue el de no seguir avanzando. Con sorpresa, sin embargo, me encontré en mi puesto al frente de mi mitad, un tanto desorganizada por las desigualdades del terreno y por la confusión que, naturalmente, habían introducido en todos los batallones los primeros disparos del enemigo, casi a boca de jarro.
Mis soldados se batían concienzudamente, obedeciendo, al mismo tiempo, las órdenes emanadas del capitán de la compañía, órdenes que les trasmitíamos. En algunos segundos la línea volvió a quedar cerrada, y avanzando, avanzando siempre, medio agazapados, hacia la cumbre, pudimos darnos mejor cuenta del campo de batalla, a pesar del humo que se hacía cada vez más intenso.
El enemigo, viendo que le atacábamos de flanco, hubo de reconcentrar sus fuerzas sobre el costado amenazado, que a cada momento se robustecía con nuevas fuerzas, nutriendo más y más su fuego.
Mi tropa se renovaba a medida que se reducía: cuando caía un soldado, otro lo reemplazaba en su puesto, con el mayor orden posible. Nosotros recorríamos nuestras filas gritando para hacemos oír en medio del tiroteo, y el avance constante. A izquierda y derecha las otras compañías estrechaban, a su vez, la distancia y mezclándose con las de los demás cuerpos de la división que ocupaban más o menos la misma zona de terreno, avanzaban juntas con igual rapidez. Mientras disputábamos el campo por ese lado, a continuación, el resto de la división sostenía el fuego. El comandante Holley, seguido de dos ayudantes, pasaba frente a la línea y nos gritaba:
-¡Adelante!...
Muy cerca de mí, llevado por el ardor de su carácter impetuoso, Martiniano Santa María (teniente de la cuarta compañía, y por tanto, mi vecino) cumplía admirablemente con su deber. Florencio Baeza, mi capitán, peroraba a sus soldados y cambiaba conmigo sus observaciones: todo ello con la mayor sangre fría. Tan bravo como Martiniano, el valor en él se manifestaba de distinta manera. Arístides Pinto Concha, muy próximo también a mi puesto -pues era el teniente de la segunda (yo pertenecía a la tercera)-, caía herido, después de batirse con denuedo y entusiasmo. Semejante a él, Joaquín, su hermano, se posesionaba de las necesidades de la situación y combatía con calma, haciendo el elogio de los soldados que se distinguían y atizando así su amor propio y patriotismo.
Quédame sólo Montalva, que era mi compañero de mitad, a quien perdí de vista en un momento de confusión. Después pude ver que una bala le había atravesado el pecho, dejándole sin conocimiento. Doce horas más tarde expiraba de su herida.
Los oficiales citados fueron los que tuve ocasión de ver durante la acción. En cuanto a los demás, cada uno en su puesto, pero ocultos a mi vista por el humo del combate, se distinguían por su sangre fría y bravura, según lo expresó en el momento de la victoria el jefe del regimiento.
Y, entre tanto, el fuego continuaba vigoroso y graneado y haciendo a cada instante nuevas víctimas.
Más de media hora trascurrió así, y ya la intensidad del humo espeso que casi nos ahogaba, me quitó toda conciencia de lo que pasaba a mi alrededor.
No perdía, sin embargo, de vista los fusiles enemigos cuyos fogonazos resplandecían al frente, sirviéndome como de guía, junto con la voz de las cornetas y las indicaciones de los ayudantes.
Notaba que la acción se empeñaba. Entre los míos, arrastrados por la fiebre de la pelea, descubría a veces el quepis de algún Chillán o Naval, separados inconscientemente de sus filas. Los accidentes del suelo constituían una verdadera dificultad para regularizar la formación, de modo que había llegado el caso de combatir en guerrilla.
Empeñado en reunir mi tropa hallábame, cuando oí a mi lado una voz:
-Parece que ganamos terreno, subteniente.
Quien así me hablaba era un oficial del batallón porteño, mezclado con un piquete de los suyos entre los Esmeraldas.
-Así lo creo también... -le contesté.
-¡Cargar un poco sobre la derecha!... ¡A coronar aquel morro! ¡Adelante!...
Reconocí en estas voces la de Joaquín Pinto, con quien nos reunimos repitiendo la misma reflexión hecha por el oficial del Valparaíso.
Medio muerto de cansancio, jadeante y con la frente cubierta de sudor, el amigo Joaquín se servía para enjugársela de un inmenso pañuelo, mitad negro y mitad rojo, famoso por sus antecedentes y no abandonado durante toda la expedición...
-Guarda ese trofeo -le dije-. Vas a presentar con él mucho blanco al enemigo...
-Y, sobre todo -agregó el oficial porteño-, separémonos un poco por la misma razón, y...
No alcanzó a terminar la frase.
En ese momento, como atraída por sus palabras, una bala le dio en medio de la frente, haciéndole caer de espaldas, sin un quejido, sin un suspiro siquiera. ¡La muerte había sido instantánea y apenas si de la herida salía, corriendo por la sien y perdiéndose entre sus cabellos, un hilo finísimo de sangre!...
Sin detenernos sobre el cadáver, Pinto y yo nos separamos silenciosos y nos perdimos entre el humo y los soldados...
Mientras arrinconábamos al enemigo en sus trincheras, avanzando siempre, las divisiones de retaguardia se acercaban, aunque no con la rapidez que nos hubiera convenido.
Una hora de combate contra fuerzas mucho mayores, que se reemplazaban a medida que nuestros batallones, enardecidos por la pelea, les iban haciendo enormes brechas, agotó nuestra provisión de municiones, hasta el extremo de que algunos soldados se encontraron en el caso de pedirlas a sus compañeros. El cansancio, por otra parte, atenuaba poco a poco nuestros bríos, y ya muchos, rendidos por la fatiga, se encontraban sin aliento para seguir combatiendo.
Era preciso, sin embargo, sostenerse.
El número de bajas aumentaba a cada paso; de modo que ya los claros hechos en nuestras filas no se llenaban sino muy insuficientemente. La pelea, sin embargo, se mantenía encarnizada y se redoblaban las voces de mando, que los ayudantes trasmitían cruzando a todo galope frente a las hileras. Entre ellos, Patricio Larraín Alcalde, a quien vi cruzar varias veces, unas llevando órdenes, otras trayéndonos las pocas municiones de refuerzo que podía procurarse.
Ya algunas piezas de la artillería enemiga habían caído en nuestro poder. La primera línea de trincheras capitulaba, al mismo tiempo, bajo el impetuoso asalto de los tres batallones chilenos. En cuanto a las guerrillas del Valparaíso, destrozadas y reducidas a unos cuantos hombres, se batían aún con valor espartano.
En aquellos momentos, y cuando nos preparábamos a caer sobre la segunda línea de trincheras, la vimos coronarse, tupiéndose, por decirlo así, de casacas rojas. Eran los famosos Colorados de Daza, enviados, según se supo más tarde, en reemplazo de los fugitivos del batallón peruano Victoria, que acababa de ceder dispersándose.
Los bravos bolivianos se apoderaron en un segundo de los parapetos y desde allí empezaron a hacernos, con el ímpetu natural de una tropa que entraba de refresco al combate, un fuego vivísimo que durante largo tiempo contuvo nuestro ataque, pero sin hacernos ceder hasta entonces el terreno ganado.
La situación se hizo terrible.
Quemamos los últimos cartuchos, diezmadas nuestras filas, cayéndonos de fatiga, no era posible sostenernos más. En vano mirábamos hacia atrás para ver si las divisiones que debían apoyarnos entraban ya en la línea de combate: muy lejanas aún, comprendimos que no les sería posible reunírsenos antes de muchos minutos. Y en esos momentos, ¡cuán largos no parecen los segundos!
¿Qué hacer?
Ésta fue la pregunta que todos nos dirigimos.
No había más remedio que sacrificarnos.
Impuestos, sin duda alguna, los jefes enemigos del estado de suprema angustia en que nos encontrábamos, dieron la orden de atacar. Hasta entonces se habían mantenido a la defensiva, cediendo terreno; de modo que al salir de sus trincheras en formación perfectamente regular, comprendimos, solamente, cuán formidable debería ser ese ataque.
Aparte de la ventaja real que les daba su número y condiciones, tenían la de combatir avanzando cuesta abajo, al revés de nosotros que debíamos sostener y rechazar su empuje sobre un plano inclinado, subiendo o manteniéndonos firmes.
Esto fue lo que hicimos.
Resueltos a vender caras nuestras vidas, nos cerramos, estrechándonos firmemente y, siempre haciendo disparos, tratamos de resistir el choque...
Al recordar hoy este instante, que veo con los ojos de la memoria, confuso y como al través de un velo opaco, no me sería de ninguna manera posible definirlo sin incurrir seguramente en graves inexactitudes. Envuelto en un círculo de fuego, en medio de nubes de humo, sólo sé que oí gritos y gemidos, choques y silbidos de balas. En cuanto a lo que sucedió no lo sé: una confusión horrible de hombres que saltaban o se agazapaban, unos corriendo hacia adelante, otros retrocediendo medio despavoridos. No había duda: el enemigo recuperaba su terreno perdido, y el irresistible ímpetu y empuje de sus filas compactas arrastraba masas de soldados, entre los cuales me encontré mezclado y confundido como los demás, sin saber ya qué dirección tomar y sin darme cuenta de si estábamos aún entre filas amigas o contrarias.
Desalentado cogí un fusil que encontré a mis pies al pasar tropezando por sobre el cadáver de un soldado horriblemente destrozado y quise hacer fuego; pero a la verdad que no supe a dónde dirigirlo: por todos lados había una confusión tal y eran tales también el humo y el polvo de la refriega que no supe orientarme.
Sólo recuerdo que sin cesar me sentía más y más arrastrado hacia el fondo de un valle formado por dos montículos de terreno arenoso...
Si esta situación hubiera durado diez minutos más, es seguro que no habría quedado uno solo de nosotros con vida después de la jornada. Una circunstancia que nos pareció providencial en aquellos momentos salvó el resto de la división y devolvió el orden a las filas.
Un destacamento de caballería colocado sobre la derecha -desde donde podía observar nuestros movimientos-, viendo la confusión que reinaba entre los diversos pelotones arrastrados más y más por el enemigo, tomó su distancia correspondiente y volvió bridas para caer cargando con furia sobre las columnas enemigas con el propósito de desbandarlas.
Precipitándose desde la altura, enfilados y a rienda tendida, los briosos corceles estremecían el suelo con sus herrados cascos.
Confundidos chilenos y bolivianos, es posible que entre el humo de la pólvora hubieran caído unos cuantos de los primeros bajo los vigorosos sablazos de los jinetes.
Al retirarse las guerrillas de los aliados, el campo se despejó y sólo entonces pudieron observarse los estragos hechos por el combate. Zanjas, alturas, trincheras, llano, todo era un montón de muertos y heridos.
Mientras nos reuníamos, íbamos reconociendo los uniformes de los soldados de los cuatro batallones de la división, mezclados con los del enemigo. Por todos lados sables, fusiles, intactos o desmontados, cañones, cartucheras, quepis y, en medio de todo, cadáveres de hombres y animales, mutilados atrozmente: ¡La guerra con todos sus horrores!... ¡Por dondequiera, la desolación y la muerte!...
Entre tanto, las demás divisiones entraban al combate. Atacando simultáneamente el centro y el ala derecha del enemigo, al cual obligaban a replegarse por minutos hacia sus últimas fortalezas, se envolvían en un fuego sostenido y prolongado durante más de cinco horas.
Para reemplazar la falta de municiones (se recordará que el Esmeralda no había recibido repuesto alguno al entrar en acción), tomábamos del cinto de los que iban cayendo los pocos cartuchos que así podíamos procurarnos y los repartíamos entre los soldados.
La fatiga, el hambre, la sed, por otra parte, iban dejando tendidos en el suelo a los menos fuertes.
Llevábamos ya, como lo he dicho, más de cinco horas de combate y de marcha, cinco horas de agitación física y moral incesantes, y era preciso, sin embargo, avanzar aún, seguir trepando aquellas colinas arenosas, al rayo del sol y con el equipo indispensable a cuestas; gritar sin reposo y a toda voz, para animar a los soldados; ir y venir de grupo en grupo ordenando a los que las peripecias de la lucha alejaban con exceso o reunían con peligro; retroceder a menudo para colocar a un herido en sitio apropiado tras de elevaciones accidentales o concavidades de terreno que pudieran resguardarlo un tanto de las «balas locas»; volver enseguida al puesto primitivo, y así, ganando y perdiendo terreno alternativamente, quintuplicar las distancias recorridas, extremar el cansancio y agotar más y más las fuerzas.
Llegó un momento en que extenuado, a mi vez, del todo, me sentí languidecer.
Se me nublaron los ojos, se me doblaron las piernas y caí.
Mis soldados siguieron adelante. Así se lo ordené.
La provisión de agua se había agotado por completo en mi caramayola: los dos o tres hombres que me rodearon al caer no la tenían tampoco...
-¡Adelante! -les dije- Sigan ustedes avanzando: descansaré yo un momento aquí y los alcanzaré luego. ¡Adelante!
Y desaparecieron tras de la colina.
Quedé allí solo, en el fondo de una hondonada de treinta o cuarenta metros de radio, al término de los cuales, las cimas arenosas que la cerraban por todas partes parecían poner límite a la tierra haciendo desaparecer a mi vista todo otro horizonte circundante, como si me hubiera hallado en las orillas interiores de un cráter o en la cuenca disecada de una laguna.
Allí desfallecía, cuando vi aparecer a un soldado Esmeraldino a quien el cansancio había hecho quedarse sin duda atrás como a tantos otros.
-¿Qué le pasa, mi subteniente? -me dijo al divisarme.
-Aquí estoy, extenuado, como ve. Descanso un momento.
-¿Tiene sed?
-Bastante, pero no me queda ni una gota de agua.
-Yo tengo. Y mezclada con café, que es lo mejor. Tome; es muy poca, pero no la necesito: he bebido ya.
Y me alargó la caramayola.
-Por lo demás -agregó-, dicen que ya estamos casi encima de Tacna y que hemos vencido. ¡Viva Chile! Hasta luego, mi subteniente. Yo sigo mi camino.
Y desapareció.
El valiente y generoso compañero que tan oportuno y desinteresado servicio me prestaba, era aquel mismo soldado, altanero y rebelde, a quien varios meses antes le había hecho yo aplicar, como escarmiento, un terrible correctivo, y que, al decir de algunos, como se recordará, había jurado vengarse en la primera oportunidad. Era Francisco Canchú.
Un cuarto de hora después, ocupados de nuevo en reorganizar el resto de nuestras compañías y en proveernos de nuevas municiones, que sólo entonces nos fueron repartidas, pudimos volver al ataque, pero sin tomar ya en él parte del todo activa.
Las divisiones restantes arrollaban las filas de los aliados y las arrastraban poco a poco hacia la campiña, dentro de la cual se anidaba la ciudad, que no tardó en aparecer a nuestra vista.
Reclinada en el fondo del pintoresco valle, la famosa Tacna parecía dormir tranquila, a pesar de la batalla que tronaba en las alturas.
Nuestra artillería no descansaba un momento. Ya muchas piezas habían coronado las cimas de los cerros y quedaban listas para hacer fuego sobre la ciudad.
Se veía claramente que la victoria no tardaría en decidirse por nuestra parte. Los ayudantes pasaban anunciando buenas noticias y los jefes pedían a sus soldados aún un esfuerzo...:
-¡Van retrocediendo!... -gritaban- ¡El triunfo es nuestro!... ¡Seguir avanzando!...
Eran las dos de la tarde. A las tres el enemigo se batía en retirada, y una hora después se dispersaba por el valle, perseguido por nuestra caballería, que recogía multitud de prisioneros.
¡Antes de ponerse el sol, la batalla quedaba concluida y Tacna en poder de las armas de Chile!...
En el curso de este capítulo he hecho mención de la confusión momentánea de la primera división, extendiéndome intencionalmente sobre ella para dar a conocer las causas que la motivaron y que no han sido hasta hoy suficientemente establecidas.
Los hechos se reducen a lo siguiente:
Una fracción del ejército, compuesta sólo de tres mil plazas, desprovista del número necesario de municiones y elementos requeridos para operar, según el papel a que se le destinaba, llevada del entusiasmo de su joven dotación, se avanza gran trecho, es sorprendida después de una larguísima marcha por el fuego cerrado de fuerzas inmensamente superiores, y lo sostiene enérgicamente, durante más de dos horas, antes de recibir el menor apoyo y auxilio.
En este tiempo, logra desalojar tres líneas de trincheras enemigas y apoderarse de buen número de cañones.
Rendida de fatiga, concluidas sus municiones y perdida «más de la tercera parte de su gente», se ve obligada a detenerse un segundo bajo el empuje irresistible de masas enemigas, aumentadas y renovadas sin cesar.
En tales momentos, protegida por una brillante carga de caballería, logra rehacerse y toma de nuevo parte en la batalla hasta concurrir a la victoria, dejando al fin de ella el campo sembrado de sus muertos y heridos, entre los cuales cuéntense varios jefes gran número de oficiales...
-Bien merecido, por ambiciosos e indisciplinados! -han dicho los descontentos...
Y yo -haciéndome eco de esas palabras, y a riesgo de ser tildado de parcial por los que crean que no me toca dar la voz-, cada vez que veo brillar sobre el pecho de los bizarros soldados de nuestra división la medalla del 26 de mayo, repito con ellos:
-¡Bien merecida!...