D. F. de B. y sus Cartas para ilustrar la historia de la España árabe
Francisco Codera y Zaidín
—337→
En un informe que tuve el honor de leer ante esta Real Academia1, hube de hacer apreciaciones bastante duras acerca de las Cartas para ilustrar la historia de la España árabe, obra escrita por D. Faustino Muscat, quien las publicó, firmándose D. F. de B.
En el trabajo á que me refiero, hube de probar que las noticias, que á los autores árabes se atribuyen por D. F. de B., relativas á los primeros años de la dominacion musulmana en Murcia y su provincia, no podían proceder de tales fuentes; pues nada parecido se encuentra en los muchos autores árabes, que hoy andan en manos de los arabistas. Como la prueba, puramente negativa por su naturaleza, pudiera parecer insuficiente, habiéndome tenido que limitar al examen de lo que á Murcia y su provincia se refiere, he creído oportuno consignar en un ligero escrito algo de lo que entonces hube de anotar para estudiar la cuestión con el cuidado que el encargo de la Academia requería, y que no hubiera podido entrar en el informe, sino á lo sumo por vía de nota, que resultando muy extensa, tuve por mejor omitir.
Las apreciaciones que hice acerca de las Cartas de D. F. de B. —338→ podrán parecer demasiado duras, é innecesarias en cuanto á los señores académicos; pero no lo son para muchos de los que cultivan los estudios históricos, pues aunque ya el Sr. Lafuente Alcántara dijo más que yo, calificando á D. F. de B. de falsificador, y á sus cartas de dignas compañeras del cronicón de Luitprando, del de Flavio Dextro y de la historia de Tarik Abentarique2, no por eso han caído en el descrédito que merecen: por fortuna los ejemplares de estas Cartas escasean bastante.
Quizá conviniera que con esta obra y otras análogas se hiciese lo que hizo el Sr. Godoy Alcántara con los falsos cronicones; pero por si esto no se hace, me permitiré añadir algo á lo dicho, que de un modo directo pruebe la poca fe que merecen los textos de D. F. de B.
La menor parte de tales textos está tomada de Adh-Dhabbí, que nosotros hemos publicado; y estos textos son los menos importantes, porque nada dicen que no encontremos en otros autores, excepto el tratado de Teodomiro, que quizá no ha sido conservado por otro autor.
En parte alguna recordamos haber visto que Ade-r-Rahmán II escribiese anales, y si efectivamente Abd-Dhabbí cita una vez (pág. 223) un Abde-r-Rahmán ben Al-Haquem como historiador, no dice, ni se infiere, que sea el príncipe español de este nombre; pues cuando (en las páginas 16, 66, 261, 438, 456 y 492) se refiere al príncipe, lo dice expresamente: muchas veces se refiere Adh-Dhabbí á un historiador Adde-r-Rahmán ben Abd-Allah ben Abde-l-Haquem que es muy posible sea el mismo citado anteriormente, y que en este se hayan suprimido nombres; pues Abde-r-Rahmán —339→ ben Al-Haquem, príncipe ó no, es desconocido como historiador por el Dr. Wustenfeld3, y el autor, con quien suponemos la equivocación es conocido de todos, pues está impreso, y en él no figura lo que el Abde-r-Rahmán ben Al-Haquem atribuye el Azdí de D. F. de B.
Añade el autor de las Cartas, «que en segundo lugar el Azdí autoriza sus narrativas con la de Ahmed ben Mohamed ben Ahmed ben Saaid Aben Amer Aben el Ghesur, el cual consta por el Dhabbí murió en 318 de la hégira.»
Las noticias que tenemos del tal supuesto historiador difieren bastante de lo que dice D. F. de B. En primer lugar, ni Adh-Dhabbí ni Aben Pascual, que ponen su biografía, dicen que escribiese historia, en que pudiera apoyarse después el Azdí, y ambos dicen que murió en 401, no en 318.
El Dr. Whistenfeld en su obra dedicada á dar noticia de todos los historiadores árabes, no menciona al tal historiador ni con esos nombres, ni habiendo muerto en los años 318 ó 401: por tanto, no parece aventurado asegurar que D. F. de B. se fingió ó creyó ver en los autores árabes estas historias y estos historiadores, cuando lo que debió ver en Adh-Dhabbí fué que otros habían contado tradiciones en referencia á Ahmed ben Mohamed ben Al-Chesur, es decir, que habían sido discípulos suyos.
Otro de los autores que sirven de arsenal á D. F. de B. es Jasan Aben Aabdet el Lagui, cuyo nombre íntegro dice: «según el Dhabbí fué Jasan ben Melic ben Abu Aabdet el Lagui, que murió en 420 de la hégira: este tomó sus noticias de un escritor anterior, llamado Aben Saaid ben Junas, que murió en 347 de la hégira. Válese además de un tal Aben Kathan, que había escrito antes; mas como hubo muchos que tuvieron este nombre y no dándome Jasan más señales que determinen, tampoco puedo dar señas individuales de quién sea.» ( pág. XCIV).
Veamos quien es el tal historiador el Lagui.
Aben Pascual y Adh-Dhabbí ponen la biografía de Aben Abdah —340→ Haççan ben Malic ben Abu Abdah, que murió en 416, según el primero, diciendo el segundo que murió antes de 420: en cuanto á que escribiese historia, ninguno de los dos biógrafos lo dice: tampoco el Dr. Wustenfeld le conoce como historiador.
Dice D. F. de B. que el Lagui se apoya principalmente en la autoridad de Aben Saaid ben Yunas, cuyo nombre para nosotros es Abu Çaid ben Yunus.
Efectivamente consta que Abu Caid ben Yunus escribió de historia, y aunque parece raro, al tratar de Egipto cita á muchos españoles: y como Adh-Dhabbí tomó mucho de él, citándole al menos 80 veces, una como Abu Çaid, otras como Abu Çaid ben Junus y otras como Aben Junus, pudo también el Lagui, si escribió historia, tomar mucho de él; pero de todos modos resulta raro que en las muchas veces que le cita Adh-Dhabbí, nunca diga las cosas muy especiales, que segun D. F. de B. tomó de él su autor favorito el Lagui y en especial que de Habib ben Abu Abddah, cuya biografía con el tratado de Teodomiro toma de Abu Çaid, nada diga sino es el tratado, que no conste por otros autores.
Podría sospecharse que al ver D. F. de B. las muchas veces que Adh-Dhabbí cita al historiador Abu Çaid ben Junus, creyó que á nadie mejor podía atribuir las noticias de su invención, con las cuales había de resolver tantas cuestiones históricas. «El cuarto escritor de cuyas noticias me aprovecho, dice D. F. de B., es Mohamed Abu Aabd Allah, que llega con su escrito al 300 de la hégira: este no usa como los demás citar á otro alguno anterior. Escribe como original» ( pág. XCIV). D. F. de B. cree que este Mohamed es el Mohamed ben Aamer el Shadfi Abu Abd Allah, cuya biografía consta en Adh-Dhabbí y Aben Ab-Abbar, quienes le citan como discípulo de Abu Ali ben Çoccarah; pero D. F. de B. entendió la cosa más que al revés y cree que Abu Ali ben Çoccarah y otros le citan como autoridad en sus escritos.
Es verdad que después de todo, solo resulta probado que el pretendido historiador Abu Aaad Allah Mohamed, de que se sirvió D. F. de B., no debe identificarse con el discípulo de Aben Çoccarah, Mohamed ben Omar ben Mohamed As-Sadafi, que figura en las biografías 224 de Adh-Dhabbí y 112 de Aben Al-Abbar en su Almôcham; pero podrá decirse y hasta cierto punto con razón, —341→ que si no es ese, será algún otro, imposible de determinar; pues tomando la cunya Abu Abd-Allah casi todos los que se llaman Mohamad, como con este nombre figuran en la obra del Dr. Wustenfeld nada menos que 169 historiadores, había que buscar el que guió á D. F. de B. entre todos estos, y los no pocos, principalmente españoles, que faltan en dicha obra, en la cual el diligentísimo investigador no pudo incluír los que solo constan en manuscritos inéditos, como sucede con casi todos los del Escorial.
«El quinto escritor de que tomo mis principales noticias dice D. F. de B. es Aabd el Melie ben Jabib.» Este es historiador conocido y además se conserva en la Biblioteca de Oxford una de sus obras que trata de la historia de España: D. F. de B. dice que tenía presente este tratadito: un poco raro me parece que llame tratadito á una obra, que en el códice de Oxford consta de 201 páginas4: no tengo anotadas las noticias que D. F. de B. toma de este escritor, que no deben ser muchas.
«El sexto, añade, es Abu el Jasen Aali el Majzumi, que trata de la serie de los Reyes Omiades de Córdoba» ( pág. XCV).
Nada encuentro
acerca de este historiador, ni aun en el mismo Adh-Dhabbí,
quien, según D. F. de B. le cita sin expresión de la
época en que vivió: en mis índices de
Adh-Dhabbí no encuentro ningún
que debería
corresponder al Abu el Jasen Aali el Mafzumi del autor de
las Cartas ilustrativas de la historia de España:
es muy posible que en vez de
lleve otro patronímico, pero de todos
modos es muy raro que no pusiese el nombre de alguno de los
ascendientes, lo que se omite pocas veces, y de ordinario solo al
tratar de personajes muy conocidos, ó á quienes se
cita mucho: entre los historiadores anotado por el Dr.
Wüstenfeld tampoco encuentro ningún Ali que se parezca
á este.
Para completar la particularidad de los Ms. preciosos que poseía D. F. de B. añade que estos cinco tratados últimos con otros —342→ varios recogió en un cuerpo de obra Aabd Allah ben Ajmed Ben Mahamad Ben Ahmed Ben Aaisi Ben Manthur, residiendo en la ciudad de Tremecen en el año 582 de la hégira (pág. XCVI): añade D. F. de B. que ninguna otra noticia tenía de este autor, por más que había acudido á Adh-Dhabbí, en el cual encontró noticias del padre y del abuelo: tampoco nosotros encontramos noticia alguna de dicho historiador, ni aun en la tan citada obra del Dr. Wüstenfeld: del padre y del abuelo encontramos las que vió D. F. de B. y algunas más que constan en Aben Pascual, quien lo mismo que Adh-Dhabbí pone las biografías de ambos con algunos más detalles en la del padre, y por cierto que si ya resultaba algún tanto raro que el hijo escribiese 62 años después de la muerte del padre, sabiendo por Aben Pascual, que este murió de 84 años, resulta el hecho algún tanto más raro, pero siempre muy posible.
Si en el contenido de la historia los autores de que toma sus noticias D. F. de B. ofrecen la particularidad de narrar lo que ningún otro autor de los conocidos, en el lenguaje de que se sirven, resultan no menos especiales, pues emplean palabras que no constan en la misma acepción en los demás autores ni en los Diccionarios.
En especial en los nombres propios geográficos los autores predilectos de D. F. de B. dan muestras á cada paso de que no conocían muy bien nuestra geografía.
En cuanto á los nombres propios que cita D. F. de B. y que quizá no constan en otros autores, sería ímproba tarea el probar que están mal inventados, y que un autor árabe antiguo no pudo emplear tales nombres para representar el de tal ó cual población española; basta fijarse en algunos de los conocidos y cuya transcripción no tuvo presente D. F. de B. al confeccionar sus textos, por más que los hubiera visto bien escritos, aunque no muchas veces.
El territorio de
Galicia llamado constantemente por los árabes
parecía
más natural que no lo hubiera escrito
como lo escribe
siempre D. F. de B. en los textos de su invención, en los
cuales había de dar noticias detalladas de este territorio,
en especial al tratar del primer período de la reconquista:
también el —343→
nombre de Tudela lo habría visto en los autores
árabes, pero no recordando que se escribe
, escribió siempre
.
Entre los nombres
propios de personas también habría visto bien escrito
el nombre de
, pero
como había de desempeñar un papel más
importante y figurar en los textos de su invención,
olvidándose de como lo había visto escrito, lo
transformó en
.
En el nombre del
padre del gobernador
Ambaça, vió un punto de
más leyendo
,
y discurriendo sin duda acerca de la etimología del nombre
Cehegin, se le ocurrió el nombre
y allá estuvo
á mano el texto, que tratando de la ciudad de Cehegin dijese
quién la había fundado (pág. XXXVIII),
resultando que el tal personaje
, que funda una población en España,
no consta por los autores conocidos que estuviese en nuestra
península, además de que escrito el nombre de un modo
correcto no podía dar lugar al nombre de la ciudad de
Cehegín, pues de Çohahim ó
Çahim, difícil sería sacar
Cehegín; bien que no sería mucho más admisible
sacarlo de Çochaim ó
Çachim.
En cuanto á
palabras comunes empleadas de un modo impropio, citaremos
matar por
ó
combatir,
permanecer empleada también muchas veces por
levantarse
contra uno, rebelarse, en cuya acepción es más
propio el empleo de la palabra
un combate por
muerte y otras, y
no queremos significar con esto que D. F. de B. no conociese la
lengua árabe, sino que es muy diferente entender lo escrito
y escribir en forma correcta.
Con lo dicho creemos haber probado de un modo general, en cuanto estas cosas pueden probarse, que las Cartas ilustrativas de la historia de la España árabe, si no están escritas con textos fingidos en su mayor parte por el autor, carecen por completo de autoridad por apoyarse en documentos no conocidos y cuya existencia es muy poco probable.
Madrid, 10 de Setiembre de 1886.