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Es muy difícil dar una visión general de un vasto continente con diferentes países, pero vamos a intentarlo. La literatura infantil en Iberoamérica es un fenómeno tardío, posterior al florecimiento de la literatura infantil en Europa.
En esto influyen las condiciones sociales en que se desenvuelven estos países del continente americano. Por lo pronto, sobre un fondo de indigenismo se superpone una cultura colonial importada de Europa, en la mayoría de los países: de España, y en el Brasil: de Portugal.
La historiadora de la literatura infantil mexicana Blanca Lydia Trejo señala como ejemplo de literatura infantil, en México, los consejos que los padres aztecas daban a los hijos, el padre al niño y la madre a la niña. No cabe duda que existía una literatura oral folklórica para los niños. Todavía en el Paraguay hay adivinanzas que comienzan con la fórmula guaraní: «¡Maravilla, maravilla!», y la mitología Boliviana recoge cuentos, como el de El rokoschito, que dan idea de una tradición oral importantísima, rico venero de posibles recopilaciones.
La llegada de los españoles y de los portugueses a América configura una determinada literatura, del mismo modo que la literatura norteamericana está determinada por una influencia marcadísima de la literatura inglesa. Cartillas, catones, libros de caballerías, bocados de oro y otros libros se importan de España y de Portugal, y con ellos toda una cultura que se superpone a los elementos autóctonos.
Los niños americanos leerían, poco más o menos, lo mismo que los niños españoles, y los niños brasileños igual que los niños portugueses.
—55→El paralelismo se hará más evidente en el siglo XIX. Si el auge de los fabulistas españoles, Iriarte y Samaniego, ha determinado toda una literatura infantil fabulística y moralizadora, en América los fabulistas de cada país seguirán la línea literaria trazada por estos dos modelos. Ello explica que la mayor parte de las veces, como en el caso de José María Sánchez Barra (1806-1855), al que se le da el apelativo de «el Iriarte peruano», el fabulista americano sea una renovada versión del español.
Tanto José Rosas Moreno (1838-1883), de México, al que también se le llamó «el Lafontaine mexicano», como el guatemalteco Rafael García Goyena, como el colombiano José Caicedo Rojas, al igual que José Núñez de Cáceres, de Santo Domingo, serán calificados elogiosamente como Iriartes o Samaniegos del país, y, en efecto, sus fábulas no se diferencian nada de las españolas.
Algo personal y típico aparecerá, a veces, en algunos fabulistas americanos: un elemento exótico y nacional que diferenciará a la fábula americana de la europea. Éste es el caso del fabulista Plácido (1809-1844), que ya introduce la fauna y la flora del país y locuciones de típica cubanidad, o los ejemplos del fabulista argentino Héctor Pedro Blomberg en su libro Fábulas de la pampa y la selva.
Ilustración perteneciente a la artisca venezolana Susana López
—56→Con la independencia comienza un lento proceso de afianzamiento nacional, aunque todavía persiste el colonialismo literario, ya que los modelos son muy valiosos y dejan una huella muy fuerte. Es entonces cuando se produce un fenómeno curioso en casi todos los países de América. Los poetas, los educadores y los políticos, con un amplio sentido humanista, se interesan tanto por el pueblo como por el niño, lo que es natural, pues el pueblo es niño también.
Es una suerte que en el origen de la literatura infantil de un pueblo pueda encontrarse una figura como la de Andrés Bello. Es feliz acontecimiento que en Argentina esté Domingo Faustino Sarmiento, y en México José Vasconcelos, y en Uruguay José Enrique Rodó, y en Puerto Rico Eugenio María de Hostos, y en Chile Gabriela Mistral, y en Nicaragua Rubén Darío, y en Cuba José Martí.
Ilustración perteneciente al artista mexicano Carlos Pellicer
—57→Todas estas grandes figuras que no desdeñan la pedagogía, la política y la literatura, en acción combinada, promueven un movimiento a favor de la literatura infantil. Son grandes humanistas y seres muy verdaderos, no se encierran en su torre de marfil, salen al encuentro de los niños, con sus palabras y con sus libros.
Andrés Bello escribe fábulas, Sarmiento la biografía de Dominguito, Rodó se dirige a los niños uruguayos y les dice: «que preguntados cuál es el nombre de su país no contesten con el nombre de Brasil, con el nombre de Chile, ni con el nombre de México, sino que contesten con el nombre de América», en un esfuerzo enorme por crear la ciudadanía americana, como nosotros la europea. Vasconcelos, Ministro de Educación, se asombra y dice: «En materia de literatura infantil la escuela anglosajona es admirable», y al ver que en México no hay con qué sustituirla dice: «¡Pues se inventa!», ocurrencia genial, y convoca a los escritores americanos para hacer libros para niños, entre ellos a Gabriela Mistral.
Son emocionantes los esfuerzos de José Martí cuando escribe el periódico infantil La Edad de Oro, que redacta él solo, y los versos de la maestra Gabriela Mistral, y la dedicación de Rubén Darío.
El gran Eugenio María de Hostos escribió apresuradamente un libro de Lecturas para los niños de las ecuelas de Puerto Rico, ante la amenaza de que la lengua española fuese sustituida por la inglesa.
Todas estas grandes figuras están en los inicios de la literatura infantil iberoamericana, lo que le confiere una cierta grandeza. Sin descartar la enorme avalancha de traducciones, que aún hasta hoy mismo desequilibra la balanza de la literatura infantil en Iberoamérica, empiezan los autores a tratar de crear una literatura infantil nacional. En estos primeros esfuerzos de crear de la nada, de inventar, todos vuelven los ojos a lo folklórico, que es una mina riquísima.
—58→El folklore, como elemento afirmativo de la propia nacionalidad, es utilizado en cada país; el folklore como fuente mágica para abrevar la fantasía. Así, en Chile, folkloristas como Roberto Lenz, que recoge Cuentos de adivinanzas y las Consejas chilenas, recomienda estos cuentos para avivar la imaginación del niño. Dice así: «La imaginación no es una aberración del raciocinio lógico, sino una facultad primordial del alma humana; no es tan sólo la madre de las artes, sino también de las ciencias. El hombre de genio se distingue del hombre vulgar mucho más por la superioridad de su imaginación que por la mayor fuerza lógica del intelecto. No cultivar la imaginación sería y ha sido durante mucho tiempo una grave falta de pedagogía». Y luego de analizar el alma del niño y su peculiar idiosincrasia, se extiende sobre la posibilidad de las lecturas folklóricas, que considera muy recomendables.
En Chile, Ramón A. Laval escribe las Tradiciones y leyendas y cuentos recogidos de la tradición oral de Carahué y Blanca Santa Cruz Ossa las Leyendas y cuentos araucanos.
En Argentina, los eminentes Juan Alfonso Carrizo, autor de tantas recopilaciones folklóricas y de cancioneros, e Ismael Moya, el autor de Adivinanzas criollas, y Rafael Jijena, recopilador y autor de Hilo de oro, hilo de plata.
En Perú, el folklore es verdaderamente una fuente y manadero de literatura infantil, por no decir la única. Si la riqueza costumbrista inspirada en la tradición colonial es muy grande (recuérdese el libro de Ricardo Palma Tradiciones peruanas), hay que imaginar que grande es la riqueza indígena cuando el estudioso y el folklorista remueven un poco el fondo de las tradiciones indígenas. Entonces es como si sacara oro, y cada movimiento indagatorio descubriera una mina de metales preciosos. El fabuloso oro del Perú, que nos asombra en las vitrinas de los museos, la portentosa magia de los tesoros peruanos incaicos se corresponde con un depósito ingente de riquísimo material de leyendas y cuentos. Pueblo rico en oro y en literatura. Los peruanos aprovechan sus propias minas espirituales para la literatura de los niños. ¿A qué buscar hadas, gnomos y elfos nórdicos, si tienen espíritus y hechiceros en su propia tierra? Sería una locura pedir prestado a la mitología extraña mientras no agoten la propia.
—59→Ilustración perteneciente al artista brasileño Joaquim Caetano
Así lo han comprendido grandes escritores peruanos. José María Arguedas publica Canciones y cuentos del pueblo quechua y Mitos, leyendas y cuentos peruanos, con historias tan maravillosas como la Historia de Miguel Wayapa, La amante del cóndor, y otras de hechiceras peruanas, como La achiqué. Arturo Jiménez Borja publica Cuentos y leyendas del Perú, con cuentos tan hermosos como El sapo y la zorra y El puma y el zorro. Poetas como Marcos Yauri Montero recrean los mitos y leyendas recogidas para darnos libros tan bellos como Guanschicocha, de la región de Ancash.
Entre la nómina de los autores peruanos actuales puede afirmarse que la base de su creación es la materia folklórica. Enriqueta Herrera Gray, Francisco Izquierdo Ríos y, sobre todo, Carlota Carvallo de Núñez escriben variaciones sobre el folklore. Su novela Rutsi, el pequeño alucinado, que es una especie de Mowgli peruano, es pretexto para ir ensamblando relatos, mitos y leyendas de todo el país.
—60→En este caso la literatura infantil iberoamericana puede ofrecer a Europa una visión literaria nueva a través de esta riquísima mina folklórica, y los escritores actuales estarían desempeñando en Iberoamérica la misma función que desempeñaron en tiempos pasados un Perrault en Francia, los hermanos Grimm en Alemania, Afanasiev en Rusia, Andersen en Dinamarca, y Fernán Caballero y Antonio Machado Álvarez en España.
En el Brasil sucede lo mismo. Silvio Romero es el gran descubridor de cuentos folklóricos, oraciones, parlendas, travalinguas e historias sem fin, y Cámara Cascudo es la figura cumbre de todo el continente americano.
En Costa Rica, la gran escritora nacional, que ha rebasado las fronteras, es Carmen Lira, autora de la famosa obra Cuentos de mi tía Panchita, sobre materia folklórica costarricense, siendo seguida e imitada por otros escritores nacionales como María Noguera.
En México María Cardona, Blanca Lidia Trejo han recopilado cuentos y leyendas mexicanas que utilizan en las lecturas de las escuelas. También lo ha hecho Pascuala Corona. Si muchos países no han rebasado aún la fase folklórica, que aún actualmente se considera la más importante, en parte es porque no desean hacerlo, ya que desde el punto de vista social y político, el folklore, como he dicho antes, es fuente de afirmación nacionalista y de conocimiento interno.
En los últimos Congresos celebrados en Buenos Aires y en Río de Janeiro, todos los participantes iberoamericanos estaban de acuerdo en sostener la cláusula final de la utilización del folklore en la literatura infantil, como vehículo fundamental para el desarrollo del país y del individuo en esta segunda fase de su independencia cultural, que es tan necesaria a Iberoamérica.
A partir de aquí, los grandes escritores de Iberoamérica empiezan a crear, sin apoyamiento folklórico, sin influencia europea, y entran con derecho propio en el gran corpus de la literatura infantil universal. Pero, desgraciadamente, hemos de decir que su —61→ figura y su obra todavía no alcanzan el reconocimiento y la difusión que merecen. El gran escritor de literatura infantil de Iberoamérica permanece todavía circunscrito a su país.
Así como Lewis Carroll es el autor de Alicia en el País de las Maravillas, Collodi el autor de Pinocho, Fenimore Cooper el autor de El último mohicano, Salgari, Verne, la Condesa de Segur, Rudyard Kipling Schmid, y tantos otros son conocidos mundialmente y pertenecen al acervo de los clásicos de la literatura infantil, los escritores iberoamericanos no son muy conocidos en el mundo.
Nosotros mismos tenemos que reconocer, con sinceridad, que hasta 1965, que empezamos a escribir la Historia y Antología de la Literatura Infantil Iberoamericana, no sabíamos quién era María Clara Machado y Monteiro Lobato en Brasil, Hernán Solar y Marcela Paz, de Chile, María Elena Walsh y Javier Villafañe, de Argentina y Horacio Quiroga, de Uruguay. Al descubrir a estos grandes escritores, al leer su obra originalísima, quedamos convencidos de que ellos representaban lo mejor de la literatura iberoamericana.
Con Monteiro Lobato se inaugura una época en la literatura infantil brasileña. Notablemente impresionado por la literatura infantil norteamericana, que ha leído en sus viajes a Nueva York, igual que en otro tiempo José Martí y el colombiano Rafael Pombo, llega a la conclusión de que los niños brasileños no tienen libros, y decide escribir para ellos.
Monteiro Lobato (1882-1948) funda una editora y comienza a escribir las famosas Reinaçoes de Narizinho, y crea las figuras de Emilia, Pedrinho, el Vizconde de Sabugosa y doña Nastasia. Es característico de los libros de Monteiro que los niños intervengan cotinuamente, en conversación con los narradores; crea situaciones divertidísimas, y su agudeza instintiva proporciona a sus libros el chiste de que gusta tanto el niño inteligente.
—62→Ilustración perteneciente a la artista peruana Julia Tadokoro
—63→María Clara Machado es la autora del teatro de bonecos y creadora de un teatro infantil muy original. En España se conoce Pluft el fantasmita y El arca de Noé. Con un sentido moderno, alegre, rítmico y lleno de graciosos anacronismos, María Clara Machado da al teatro infantil iberoamericano una gran altura. En Portugal es Lilia da Fonseca con La niña tortuga la creadora de un teatro infantil.
En Chile Marcela Paz, seudónimo de Esther Huneus, ha creado la serie de Papelucho, un niño de familia acomodada, con una ingenuidad típicamente infantil que le conduce a los mayores disparates, sin querer, y al mismo tiempo a las mayores bondades.
La penetración psicológica de Marcela Paz es muy grande y extraordinario su sentido humorístico. Hasta cierto punto, Papelucho es un contestatario, y pertenecería hoy a lo que se llama literatura antiautoritaria. Papelucho huérfano, Papelucho historiador, Papelucho en la clínica, y tantos otros son obras que se incorporan con todo derecho a la literatura infantil no sólo chilena, sino del mundo entero.
Hernán del Solar, totalmente desconocido en Europa y América, porque las fronteras de los países americanos, a veces, son más cerradas entre sí que en Europa, es el autor más notable y más fecundo de Chile. Su obra, inspirada en la novela policíaca de corte chestertoniano, está llena de misterios y sorpresas, de aventuras intrigantes del espíritu, e incorpora al mundo infantil toda la agilidad y el ritmo vivo de la literatura de nuestros días. Los sucesos de sus relatos pertenecen a la realidad cotidiana, y pueden acontecerle a cualquiera. Espíritu inquieto, curioso, ingeniosísimo, imagina toda clase de situaciones extraordinarias, resueltas, la mayor parte de las veces, según una lógica dialéctica.
Hernán del Solar ha escrito más de 100 libros y, para disimular, ha tenido que usar diversos seudónimos, para ocultar su propio nombre, tan misteriosamente como la trama de sus novelas. Entre sus obras destaca Cuando el viento desapareció, El secreto de Bakal, El hombre del sombrero de copa, La vaca rabiosa, Pascual de la Sierra y La niña de piedra.
—64→Extraordinaria figura es la de Horacio Quiroga, de Uruguay. Para los niños escribió Cuentos de la selva, después de haber vivido mucho tiempo en la selva del territorio de Misiones de la Argentina. Gran conocedor de la Naturaleza y de los animales, escucha las voces, como antiguamente hicieron los fabulistas, y transmite a los niños la vida de ese mundo animado, unas veces amigo, y otras enemigo. Como es un gran artista, sus cuentos son muy hermosos. Unos cuentos gustan porque reflejan la belleza natural, y otros la belleza moral de sus protagonistas, como en el caso de los bondadosos coatís, protagonistas de la historia conmovedora titulada Historia de dos cachorros de coatí y de dos cachorros de hombre. El realismo, la literatura, la visión colorista, la mucha bondad hacen que estos cuentos inolvidables sean el mejor anticipo de la obra cinematográfica de un Walt Disney. Si Horacio Quiroga hubiese nacido en Inglaterra, sus Cuentos de la Selva le habrían convertido hoy en un clásico de la literatura infantil como Rudyard Kipling. Precisamente por eso, la gran tarea de dar a conocer la literatura infantil iberoamericana es darle universalidad.
En Argentina existen, también, grandes escritores y escritoras que deben rebasar el ámbito de su país. Inspirándose en el gracioso y original folklore infantil, ha escrito la poesía más divertida de todas la argentina María Elena Walsh, autora y juglaresa a la vez, pues ella misma canta e ilustra musicalmente sus composiciones poéticas. El libro Tutú Marambú contiene una serie de poesías alegremente cantarinas y alocadas, con rima infantil que brinca y hace saltar a los niños. El ritmo breve y musical de sus poesías, llevado al escenario, es teatro infantil de la mejor clase. Todos los niños argentinos conocen las graciosas poesías como La vaca estudiosa, Londres y El twist del Mono Liso, de su libro El reino del revés.
En este breve panorama de la literatura infantil iberoamericana no queremos dejar de citar los nombres de valiosos autores que han contribuido al enriquecimiento de este género literario. En Argentina: Germán Berdiales, Rafael Jijena, Fryda Schultz de Mantovani, Javier Villafañe, Marta Elena Vidal de Battini; en Chile: Blanca Santa Cruz, Ernesto Montenegro, Oreste Plath; en Colombia: Rafael Pombo con sus Cuentos pintados, Oswaldo Díaz, Eduardo Carranza y Alfonso Barrera Valverde, con su —65→ estupenda novela juvenil El país de Manuelito; en Cuba: Emilio Ballagas, Concepción Teresa Alzola, con su Folklore del niño cubano, Emma Pérez e Hilda Perera; en Costa Rica: Anastasio Alfaro, María de Noguera y Carrera Andrade; en Guatemala: Francisco Barnoya y Miguel Ángel Asturias con sus Leyendas de Guatemala; en México: José Rosas Moreno, Vicente Mendoza, Rubén Campos y Amado Nervo; en Nicaragua: Rubén Darío; en Panamá: Manuel y Dora Zárate, Luisita Aguilera Patiño y el original Rogelio Sinán, autor de La cucarachita Mandinga, que es una especie de Maeterlinck centroamericano, con más gracia; en Paraguay: Concepción de Chaves y María Luisa Thompson; en Perú: José María Sánchez Barra y los anteriormente citados; en Puerto Rico: María Cadilla, Ester Feliciano y Tomás Blanco; en Santo Domingo: Núñez de Cáceres, Salomé Ureña y Andrade; en el Salvador: Caludia Lars; en Uruguay: Zorrilla San Martín, Rodó, Horacio Quiroga, Juana de Ibarbourou, Elena Pesce y Gastón Figueira; en Venezuela: Tulio Febres Cordero, Teresa de la Parra, Olivares Figueroa, Morita Carrillo, Rafael Rivero Oramas y Efraín Subero y Luis Eduardo Egui; en Brasil: Francisco Marins, Cecilia Meireles, Viriato Correa, Odette de Mott y Lygia Bojunga.
Ilustración perteneciente al artisto salvadoreño Edmundo Otoniel
—66→Es una larga lista, a la que harían falta muchos comentarios, pero yo quiero citar los nombres de estos grandes autores de la literatura infantil en español y en portugués, a manera de un homenaje, porque como decía nuestro poeta Espronceda en El diablo mundo, «el nombre es el Hombre». A esto hay que añadir los primeros estudios e historietas de la Literatura Infantil publicadas en América por estudiosos y expertos en el tema y la participación de escritores e investigadores en simposios y congresos internacionales. Desgraciadamente, la situación económica en la que se encuentra Iberoamérica incide sobre los libros en general y la literatura infantil y su difusión. Muchos autores americanos publican en España, con lo cual nuestra literatura se enriquece. La situación editorial en Iberoamérica es mala y no puede competir con el mercado español, que inunda de libros los países americanos. Pero de lo que no cabe duda alguna es del enorme potencial literario que existe en toda Iberoamérica, y que alguien de América o de Europa debe aprovechar para cuidar y difundir sus libros, y sobre todo para tener conciencia de que nunca más que ahora los niños y los jóvenes necesitan hermosos libros, ese alimento espiritual para la formación de seres mejores en una sociedad más perfecta.




