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Arte de amar y arte de olvidar

Marco Martos

Este manojo de poemas habla de la pasión amorosa, de la transformación que sufren hombres y mujeres ante la presencia de la persona amada. Se nutren de la experiencia de quien los escribe y de la poderosa tradición literaria occidental y oriental, desde Ovidio en la Roma de Augusto, pasado por los poetas chinos como Li Po, Tu Fu, Wang Wei, la poesía medieval y renacentista, hasta los poetas de hogaño que han cantado al amor: Pedro Salinas, Miguel Hernández. Con todo ese bagaje, estos textos quieren sin embargo ser originales: tomar la palabra de cada hombre o mujer tocado por el amor. La poesía amorosa es un ruego, un ponerse de hinojos ante la persona que se quiere.

Marco Martos

¿Por qué tienes nombre,

tú, día miércoles?

¿Por qué tienes nombre,

tú, tiempo, otoño?

Alegría, pena, siempre

¿por qué tenéis nombre: amor?


Pedro Salinas



Palabras liminares

Este conjunto de poemas se inspira en la mujer contemporánea considerándola como la fuerza tranquila de la sociedad y la representante de lo divino en la tierra, tal como lo pensaron Dante y Petrarca, en sus versos a Beatriz y Laura, y en nuestro tiempo Pedro Salinas. Siendo el amor algo humano, tiene vaivenes, avances, retrocesos, es el reino de la libertad y de la esperanza. Todos los amores se parecen y al mismo tiempo son únicos. Ese carácter único de cada amor ha querido ser expresado en estos versos que también tienen presente a los poetas latinos Ovidio, de quien toman el título, y a Propercio, el primero que habló del amor constante, más allá de la muerte.

M. M.

Varona y varón

Varona y varón,

desnudos frente a frente,

desnudos con esmero,

son presencia impalpable

de la gracia del quién sabe.

Nada pueden contra ellos

ni el miedo que bien sienten,

ni lo espaciado de los encuentros,

ni la envidia de los solitarios,

ni el viento de los que murieron.

El fuego es tan su salsa,

tan feliz como un niño,

tan se escapa por un tubo,

tan se oculta o parece nada,

que induce a la pareja

a desnudarse con esmero,

a juntar aire y tierra,

aumentando la ternura

para empezar de nuevo el acto

más hermoso de la vida:

varona y varón.


Daguerrotipo

Nunca averiguarás.

En el daguerrotipo la muchacha deslavazada

está enseñando la radiografía de un hueso suyo.

Blanco es el talón de la muerte,

susurra, y Aquiles caminaba ligero.

Y en la duermevela de ese verano

la niña rápida muestra en lo alto

el perfecto talón mientras el entusiasmo

brilla en los ojos del lector de Keats,

pantalón blanco, zapatillas, bigotitos.

¿Era posible y concreta?

¿O como decías, Hildebrando,

un dulce, inalcanzable veneno?

Nunca averiguarás. Nunca averiguarás.

Te queda ese clavo de olor.


Dije:

oh muchacha, fluye suavemente

mientras dura mi canción,

fluye: suavemente mientras

dure mi canción. Dos veces

dije. ¿Dos? Sí, dos.

Sin embargo, sin embargo

la más arisca fue quien mejor fluyó,

la más arisca fue quien mejor fluyó.

Y no termino mi canción,

no termino mi canción.

Respiro:

No termino mi canción.


Si te toco el brazo por azar,

por azar buscado, por azar,

rápido separas –oh qué rápidael

brazo de todo el cuerpo, por azar.

Y en tanto rozo tu brazo inerte –de verdad–

busco imágenes absurdas para ti,

y en tanto me restrego los ojos otra vez

busco imágenes absurdas para ti.

Y no sé qué hacer con tu brazo que al azar

viene a mis manos no sé para qué.

Un no sé qué –huy– quedo balbuceando,

palabras que danzan –oh qué rápidas– por azar:

escudriño –brazo-lámpara-azar,

oh qué azar, tú, muchacha, lámpara sin luz.


Juego de manos

El suave erotismo de estos años con sus pausas y desidias,

las escenas curiosas de celos absurdos como todos los celos,

los billetes que nos mandábamos a la usanza del XIX,

rondas de niños, dibujitos, frases de doble sentido,

los deliberados cambios de tema de tu obsequiosa sagacidad

atenta todo el tiempo a cumplir solo mis mínimos deseos,

todos esos mendrugos de ternura que me prodigabas con displicencia,

terriblemente sabia, perspicaz, instintiva

hasta la temeridad de exhibir una relación que no existía,

cúmulo sin importancia, negligencias que a un adolescente

causan la muerte por un día, por dos, hasta que te reemplaza

por algo,

bagatelas que empiezo a extrañar cuando todavía

estás a toque de teléfono y nada ha terminado,

ni siquiera la vida en común que no habremos ni tuvimos

por la absoluta torpeza de confundir todos los días

el fuego de la vida con nuestros juegos de manos.


Correspondencias

Mientras el cuerpo se descompone,

se mantiene, pero se descompone,

el corazón, que es el centro donde la vida más falla,

el corazón, esa bombita hermosa, se descompone,

y mientras se descompone el corazón,

por instinto simple de supervivencia

se va tornando piedra y no se descompone.

De este modo, entre las muchas piedras que guardo

y que recogí con Rocío en la playa,

la más piedra de todas es la que se descompone,

la que llevo a todas partes mientras viva

y que tal vez me fue dada por mis padres

cuando tuvieron a bien quererse.

Y se descompone y no se descompone.


Betarraga escancia té jazmín

y mientras escancia té jazmín

el frío empieza a irse

de su cara. Es invierno

sobre Lima y la sombra chinesca

se inclina y parpadea.

Así belleza gana.

En un día y otro día numerosas muchachas

harán lo mismo y será invierno

o verano será o noche cuando un aroma

de jazmín nazca de diversas manos

y distinta taza. Así será.

Pero este instante es irrepetible.

Recuérdalo y escríbelo:

nunca nadie vio a Betarraga

tan sabrosa tomando té jazmín

con tanta gracia.


Descripción de María

Es audaz.

Su belleza es audaz

y no corresponde

a nuestros días.

Por eso confunde a los imbéciles

que le niegan el título de hermosa

pues no conocen así

a ninguna otra mujer.

Su voz es ronca

como la de una cantante antigua

de un disco antiguo

escuchado por primera vez.

No usa maquillaje.

Usa ojeras.

Su piel es de trigo.

Los ojos gatos de lujo

brillan como brasas

en la oscuridad.

A su lado me transformo y noto

que otras gentes se transforman

a su pesar.

A su pesar tiembla

el hombre

delante de la mujer.


Caballo y dama

Tiene los ojos fijos

y va moviendo los belfos

como si hablara solo.

Son duras las patas

y en el largo pescuezo

con el poco viento

van y vienen las crines.

La cola de caballo,

larga como los cabellos

de una muchacha

saliendo del río.

Alazán que nunca cojea

y de lejos se ve,

hecho para las carreras.

Limpio luce cuando lo cuidan,

elásticos los músculos,

las pezuñas hirientes

y una cierta furia ganadora.

¡Qué bien corre

indiferente

a lo que gritan

en las tribunas!

No le importan

las fotos del triunfo,

los aplausos de día,

las guirnaldas en corona.

Solo espera de su dueña,

cualquier cosa, un gesto,

un terrón de azúcar.


Cuore acceso

Embrido el corazón

porque así conviene.

Lo arrugo, lo estrujo,

y el papel te dice:

estoy latiendo,

a ti te elijo,

tengo la fuerza

que de tus ojos viene.

El corazón es así:

papel secreto, después

secreto a voces

que tú lees.

Corre corazón,

corre corazón.

Nada nos detiene.


Cuidadosa en su habitación la muchacha

levanta el caracol en la mano, oye las olas,

cierra o abre los ojos. El mar parpadea,

el rumor del mar sobre la arena leve

bate los cantos rodados y su lento trabajo

orilla mi boca con sal perenne.

El mar, mirar el mar que huelo.

Con las esquirlas de mis manos

cuarteadas me hurgo las cuencas

colmadas de sal y luego aderezo

la música de tu piel, la música solo,

mientras la espuma veloz de febrero,

blanquísima dibuja el caracol

indescifrable de la muerte.


Nadie la había llamado

y vino a danzar

alrededor de mi fuego.

Traía sus propios increíbles olores,

sonrisas, teléfonos,

y esa malicia inocente

de felina joven.

Abandoné todo

y salí a cazar mariposas.

Fui prudente y estudioso,

elegante di manotazos cuando debía

y así quedé atrapado.

Estuve con María

en las esquinas

más estrechas

de la tierra,

supe de cielo e infierno,

de vértigo constante

y del tambor final

de la derrota.

Ella danza

en la fronda distante.

Ahora sí le llega

mi palabra como un dardo

y la atraviesa.


Amor de grajos

(Müritz, 1923)

Es dorada y pareciera siempre quieta

la arena del mar donde la suave planta

de los niños hebreos berlineses dibuja su huella.

Lo último y más hermoso del sol

baña la espaciosa estancia

donde la muchacha

de ojos escondidos por los largos cabellos

se ocupa de escamar pescados

y de otros menesteres así

en la oscuridad que comienza.

«Manos tan suaves

y trabajo tan sangriento» dice

Franz Kafka oscilando las palabras.

Llamea en la penumbra el rostro

De Dora Dymant, Dora Dymat

mueve la cabeza de grajo,

la gran cola, y hace una venia

al compañero de su vida.

¡Luz, luz verdadera antes de la noche!


Cabellera de Berenice

Todo el tiempo me pareces un sueño

que camina, sale de sus mares naturales

y entra en la vida causando asombro.

En tu sonrisa percibo el encanto que ejerces

y el desencanto tuyo, por ahí,

en una veta profunda.

Tú, tan concreta, tan evanescente,

(esas contradicciones)

es en el dolor donde mejor

te muestras. Te he visto sufrir,

Berenice, ¡y de qué manera!,

pero has estado serena en esa oscuridad,

y es que tienes luz propia

y para ti no hay negro pozo.

He aquí mi utopía y mi trabajo:

llegar a tu centro.

Tengo el convencimiento de ser

quien más te conoce, pero ésta

es mi sabiduría verdadera:

permanezco en los umbrales

donde me encegueces, mas conservo

los otros sentidos muy atentos

a lo que acontece con tu figura,

gusto, tacto oído, aguzados;

¡cómo hueles, Berenice,

tu olor jamás lo equivoco!,

ni tu voz suavísima,

ni la piel que contiene

y es tu límite.

Este es mi gusto:

permanecer a tu lado,

definirme como un hombre

de tu bandería,

por eso llevo tu aura,

te tomo de la mano,

me anudo contigo,

viajo en tu cabellera

por los espacios siderales.


Mano soñada

Así como el sol del mediodía

tiene en su centro

a la aurora de finos dedos

y las manos del mar

lo refrescan y lo alientan

en su difícil trabajo

de oro sobre el agua

antes de que arribe

la noche más espesa,

de la misma manera

guardo tu mano soñada

que aumenta mi fuego primigenio,

te entrego todo lo vivido,

mi pequeña sabiduría,

mis secretos,

para que dures y florezcas,

acerco mis labios a tu piel

y beso lo más femenino

de la tierra.


La contemplada

Al cantico dormirás,

medianoche yo vendré.


Inca Garcilaso de la Vega



Tú eres la contemplada,

la mujer que está ahí

para que mis ojos vivan su día.

¡Mi difícil trabajo: amarte mucho

mañana, tarde y noches en tus sueños,

laberintos de la ciudad perdida!

Adivino lo que haces, cuesta mucho

percibirte los gestos desde lejos,

pero eso que camina diminuto,

que se va y se va bailando tan lejos,

eres tu misma yendo con mis ojos,

galopando en el mundo

con mi sombra inocente.

No puedes ignorarme, no lo quieres,

pero si lo quisieras, no podrías,

tampoco. Soy destino tuyo, el hombre

que te dieron los hados.

Mi oficio es quererte. ¿Tú lo sabías?


Te hablo como el murmullo del mar en la tibia noche,

como la oropéndola suspendida en el aire,

confundida con el sol en la mañana de primavera,

como el viento del desierto llegando a los árboles,

como el ronroneo de los gatos en los techos

fosforescentes,

te digo apenas, te digo siempre,

te digo espumas, balbuceos de amor

en el extremo más solitario del mundo.


Hafitz compara el amor con la Vía Láctea

Quítate pronto tus hermosos trajes,

quítate los adornados sostenes,

las amarillas sortijas que tienes,

quédate con tu bombasí de encajes.

Quiero palparte con mis lentos ojos

o desatar el nudo de tu calma,

ingresar cuidadoso en tu propia alma,

satisfacer, prudente, tus antojos.

Deseo ser Nadie y todos los hombres,

galopar sobre ti por las estrellas

y soldarnos felices sin querellas,

lo que tú quieras para que te asombres,

siendo contigo en lejanos parajes

Vía Láctea, blanco oleajes.


Cámara de la noche

Entro en la cámara de la noche

y tanteo tu cuerpo de jade,

blanco y azul, aceitunado,

bajo los rayos de la luna.

Enciendo los ojos

ahora que duermen los pájaros.

Pasan las horas

y permanezco insomne,

henchido de gozo, a tu lado.

En la mañana te peino, cuidadoso.

Nadie te ha tocado en la noche del verano.


Tinieblas de abril

Veo partir a los gansos salvajes hacia el sur

y se me acongoja el corazón

pues son la estela que anuncia tu viaje,

el pálpito y el vaticinio de que no volverás.

Donde quiera que estés serás inaccesible,

apenas te llegará mi voz como un eco de un eco

del susurro de una flor.

Tal vez mire a los gansos en otra estación

y una lágrima tuya

pugne en mi ojo, ansiosa por salir,

tal vez solo escuche el rumor del viento

y el aleteo de las lechuzas dando vueltas

alrededor del blanco campanario

en las tinieblas de abril.


Tu Fu juega ajedrez con la dama Ping

Frente a las piezas del ajedrez,

escudriño tu rostro de arroz y de nieve

que urde estrategias, estratagemas, tácticas.

Empleo toda mi inteligencia y astucia

en ganar tus deseos y te voy entregando

una a una mis fichas hasta quedar inerme

en las aguas profundas y amarillas de los

desesperados.

Cuando me rindo y me entregas tu sonrisa de jade,

emprendo otra partida y con mis dedos, lentos o veloces,

palpo tus hendiduras, tus altas torres soberbias,

tus hermosos flancos y tus descampados.


Fortuna de Tu Fu cuando encuentra por azar a su dama

Voy dando tumbos por calles rotas

y veo deslumbrante a la belleza

cruzar rauda el pasaje de las piedras,

entrar en los umbrales de la Plaza.

¡Tanto luce su hermosura, me anonada,

da ganas de vivir en la mañana!

¿Es acaso su blusa de azules rayas

y la sonrisa que al aire se prodiga

las que izan la alegría en los viandantes?

¡Presencia femenina en el verano,

mieles del sol, relámpagos de lo grato!

La fortuna me dijo que viniera

temprano para esperar un milagro.

Ha cumplido la diosa sus designios:

ha llegado hecha mujer, caminando.


Goznes Escribe Tu Fu a la dama Ping

Busco aquello que escapa por rendijas,

tus manos en mis manos por instantes,

ternura que recibo cuando miras,

las luces de tus ojos, fuegos rápidos.

Tú eres dueña serena de los cielos,

espuma de la mar de los deseos,

azulada deidad de lo querido,

aire para la boca del verano,

siseo del amor cuando caminas,

belleza de tu cuerpo y su pelambre,

imagen de la vida cada día,

la rosa del perfume de mañana,

paraíso de música en la tierra,

el centro de los sueños del poeta.


Mi territorio está hecho

de gestos tuyos que atesoro

y he visto infinidad de veces.

Están en un presente eterno,

en el aire que respiro

y en los libros de mi casa.

Toco mis papeles o los leo

y avizoro el porvenir

de la especie.

Viendo tu rostro

adivino la realidad

de la mujer de los principios.

La acompaño cuando siembra

o cuando da a luz un niño asombrado

frente al mar

o la tupida maleza.

Vuelvo a mirarte

estupefacto

y silencioso.

Gracias a ti soy hombre

de todos los tiempos.


Luz en el desierto Tu Fu escribe sobre su amada

Los afeites intensos

alrededor de tus ojos

marcan la doble noche oscura

en la que me sumerjo,

pozo de aguas pardas, verdosas,

transparente camino

al centro del conocimiento.

Es el mismo sendero

que partiendo de las colinas

de tu cuerpo

enciende el deseo

y lo transforma

en amor constante,

cristal de lo eterno,

que alguien leerá

cuando solo seamos

o viento o luz

en el desierto,

cuando todo es humo y ceniza

o un único pájaro

volando sereno

sobre las aguas encrespadas.


Desde muy lejos miro tus cabellos,

absorto por tu encanto natural,

calma sierpe del bien, no del mal,

sal de la tierra, párpados tan bellos,

dientes de luz, rápidos destellos,

ojos acuosos, lámpara, cristal,

medusa de la noche, tan cabal,

blancura de la nieve de dos cuellos.

Tu figura dispara hacia el futuro

el dardo del amor y su templanza,

dos imanes me llevan en tu danza

y me sueldan contigo sin apuro.

Tiemplo aceros, mis manos te las guardo,

por ti vivo, respiro, camino, ardo.


Ruego de Tu Fu en la blanca montaña

Deberíamos combatir los fríos

con nuestros estupendos calores.

Ven, dama de arroz, a mi lecho

y hagamos las llamaradas,

seamos el sol de primavera

rielando sobre las nieves.

No te separes de mí, nunca,

te lo ruego de hinojos.


Escribe Li Po en los sótanos del Palacio de Verano

Muñones de luz en lo oscuro

y tus ojos brillando, gemas de oro.

Se está bien aquí, en los sótanos del Palacio de

Verano,

lejos de los caprichos de los mandarines

que aprenden la caligrafía de los negocios.

Si los ilustrados piensan como caballos

no son mejores que los soldados con sus lanzas de plata.

Déjame, muchacha, tocar tu piel sagrada,

navegar por tu cuerpo de aguas de mar de jade verde,

únete a mí en los prohibido y ríete

de los mandarines y de sus precarios saberes

y ríete también del Emperador y de sus tesoros.


Han Shan sube a las alturas del Monte Frío

Serpenteando por los frágiles senderos

arribo a la meseta de la montaña espigada,

pernocto debajo del árbol de canela

con las nubes como almohada.

Las yemas de mis dedos rozan

tus párpados mientras duermes

y abres los ojos, radiantes,

en la hermosura de la mañana.


Bajo el árbol de canela, Wang Wei evoca a su amada

Viene el olor del árbol de canela,

en el claro principio, de mañana,

despierta a los pájaros azules

y da calma a los hombres desesperados.

Se fue la noche poblada de almizcle,

se fue el amor en su barca,

quedan los días añosos

como la corteza del árbol de canela,

llena de suave perfume embriagado,

llegará todavía la primavera

de aromas intensos,

con su locura de grillos y cigarras,

saldrá la luna en las claridades del verano,

parecida a sí misma con sus resplandores violáceos,

traerá sus lúgubres cavernas que no vemos,

pero adivinamos.

Ahí, en eso desconocido, todavía te amo.


Cesta de ciruelas

Por la cuesta, sube la dama Ping

con su cesta de ciruelas.

Tan negra es su cabellera

que se confunde con las tinieblas.

No hay luna.

Solo los ojos de pantera

dan luz en lo oscuro.

Cuando llega la mañana,

en lo más alto de la colina,

Tu Fu la saluda con una venia.

La dama Ping esboza una sonrisa

y entrega las ciruelas deseadas.

Tu Fu la invita a tomar asiento

con gestos amistosos

y le ofrece un vaso de agua

mientras a la dama Ping

se le ilumina el rostro.


Cenizas de Wang Wei

Las olas del tiempo, inexorables,

y los volubles corazones de los hombres, apenas momentos.

Tú dijiste que el amor era eterno.

Hablaste en los años verdes,

con tu voz cantarina en la playa del deseo.

Ahora un viento lúgubre te abraza

cuando subes llevando las cenizas de Wang Wei, tu amado,

al rincón más escondido del cementerio,

en la cumbre de la montaña de nieves eternas.

¿Ese escalofrío es amor?

¿O es solo su rúbrica que como uña de gato

rasguña el papel en el vestíbulo del averno?

Lloras a borbotones, bajo el sol de otoño.

¿Existe la comunión o es solo un sueño?


Nieves eternas

Mientras la muchacha tasca sus penas, ensimismada,

el caballo mordisquea las riendas y balbucea.

¿Qué dice el solípedo a su ama?

Que admira sus dientes de leche,

sus ojos, puñales rasgados,

su rostro del color de la aurora.

Ella responde con una caricia en los lomos,

al tiempo que sonríe, delicada,

y el cuadrúpedo mueve los belfos, como si soñara.

Subiendo por los caminos escarpados,

el alazán y su dama son una sola sombra

que dibuja negros arabescos y parece

que volara en las nieves eternas.

A lo lejos, agazapados en el refugio de la montaña,

los peregrinos sienten el galope acompasado

que se mezcla con la majestad del crepúsculo

y encienden las lámparas de aceite

y candelas en los ojos de la noche.


Licor de manzana

Tu Fu y la dama Ping saben encontrarse

con señales de humo.

Pululan los campesinos alrededor del mercado

y el hombre y la mujer beben lentamente

un licor de manzana en la taberna del pueblo.

Sonríen y conversan y se miran en los ojos,

suspendidos en el aire.

Llega la noche y suben a un carruaje

que lentamente se interna en el campo.

En la oscuridad, como adolescentes,

van con los dedos enlazados.

¡Da alegría que la dama Ping viva tan lejos!

Silencioso el amor flota sobre las ruedas.

Más tarde, solo, Tu Fu se dice:

¡Tanta belleza! ¿Existe en este mundo?


En la ciudad prohibida

Cruza Tu Fu el bosquecillo de los sauces

de mesas de madera en el centro del soto.

Aprendices de mandarín lucen frentes despejadas

y una trenza negra junto a sus papeles y bolsos de colores.

Sube el poeta por la rampa del edificio más antiguo

de la ciudad prohibida. Encuentra a los escribas

de mirada perdida y arrugas en el rostro y se hacen mutuas reverencias.

Lleva sus pasos al fondo del pasillo, alumbrado por la luz oblicua

del sol en la mañana de primavera.

Abre la puerta de vidrio y halla a la dama Ping,

reclinada con sus pinceles, escribiendo documentos

con esmerada caligrafía.

Ella reconoce al visitante y advierte que la llama del amor

se enciende en esos ojos rasgados y, sin palabras,

le sonríe, afectuosa.


Labios de arroz

En su barcaza bebe Li Po vino tinto gota a gota.

Las orillas del lago son de légamo azul

y el cielo fosforescente.

Graznan los gansos salvajes y se hace lo oscuro.

Sobre las aguas movedizas riela la luna del verano.

Blancas las garzas, perfectas, se internan a lo lejos

en el centro de la noche.

Li Po se queda dormido y los remos descansan.

Sueña el poeta con la muchacha de labios de arroz

que lo besa incansable hasta que amanece.


Bajo la luz de la luna serena Escribe Tu Fu a la dama Ping

Bajo la luz de la luna serena

se abre la roja flor del durazno por encima de la tapia

y tus ojos se abren contemplando las estrellas.

El viento mueve las hojas de los sauces,

los pájaros duermen en las ramas.

Lejos alguien canta con tonos agudos

y el eco trae esa voz hermosa entre las montañas.

Pernoctamos despiertos y nos dormimos abrazados

cuando llega la aurora.


El amor es fuego Wang Wei escribe a la dama Tu San

El amor que te ofrezco es el de los comienzos,

una flor de ilusión amarilla en el páramo eterno,

durará toda mi vida y quedará después escrito en palabras intensas.

Lo acechan ¿cómo no saberlo? mi muerte o tu muerte

o la pasión de los que hacen de la envidia su centro,

pero ha pasado por muchas primaveras

y numerosos inviernos con sus heladas

y su llama quema al que se acerca,

como una recién encendida alegría, ¡fuego de los inicios!


Li Po escribe a la dama Lu

Si te amo y me amas,

el tifón viene y propaga nuestro amor

que así llega a todos los rincones de la tierra

cuando distintos hombres y mujeres

se quieren con igual pasión desmesurada.

Por eso tengo tanto cuidado en quererte,

en mimarte como única

pues somos el inicio de la cadena,

el principio de los afectos,

el germen del ágape,

la esencia de la caridad.

¿Querellas? No hay querellas.

Y los odios están enterrados en el mar.


Li Po, anonadado

¡Qué delicia!

la acompasada respiración de tus pechos

en la cálida noche del verano,

el fulgor de la luna solitaria en la bóveda celeste,

el rápido subir de las nubes

a las cumbres de la montaña,

y tus ojos negros, dama Lu, rasmillones de luz

en la oscuridad de los árboles,

y tu risa de pájaro anunciando los comienzos

de la eternidad en la tierra,

¡qué delicia!


Locura de amor

Escribe Catulo a Marcia Metelli

Como el viento que viene del páramo me enloqueces,

eres una fiebre que se apodera de mis venas,

nada me sosiega sino verte, tocarte y hundirme

en tus carnes poderosas.

Quieto, quedo, desfalleciente, inane, leve,

mirándote desde abajo con la calma triste

del que ha tocado el cielo y está en lo hondo,

llagado, detrás de los cerrados arbustos,

en la inmensa claridad que da la luna llena,

así yazgo después de tus abrazos.

Lejos, interminables, aúllan los lobos grises.


Denuestos contra Publio Ovidio Nasón

Escribe Livia

Tú, Ovidio, bien conoces amor,

el arte seductor y sus repliegues,

¡decías palabras tan hermosas,

tenías a mujeres en tus manos!

¡Musitabas lisonjas muy exactas,

unánimes caían en tus brazos!

Pero a todas mentías, mentecato,

servidor de ti mismo en los espejos.

Hablabas del amor y lo escribías,

verdades de manual para los novios,

puros embustes, viejo corazón

que me flechaste una tarde en el Tíber.

¡Hasta ahora prefiero tus decires,

poeta miserable, desgraciado!


Filtro de amor

Escribe Virgilio

Anduve erguido por el mundo,

en las parcelas de Andes, cerca de Mantua,

entre los ondulantes trigales

y los gorjeos de los pájaros en los árboles,

en las calles bulliciosas de la ciudad eterna,

y en el foro, vestido con la toga, entre letrados.

Reclinado en los triclinia, comí dátiles de Egipto,

quesos de cabra de Judea, cerezas y duraznos de Hispania

y he bebido vinos generosos elaborados en las Galias

y en las tierras lejanas de Germania.

Apenas he conocido el amor yaciendo en mi lecho duro

o en las tiendas de campaña, bajo el eco lejano de la guerra.

En verdad he estado solo toda mi vida, con mi pluma compañera,

y enfermo casi siempre, entre mis sábanas.

Los seres humanos, cuando se abrazan,

se quedan con las sombras de su sueño en el agua.

El amor dura un instante y súbito acaba.

Ahora mismo siento su saeta y me revuelco en sus lágrimas.

Gemelo de la muerte, tiene su máscara

que imita a la vida en lo que acaba.

La Eneida, amadas páginas, pido que se destruyan

y que sean fuego y ceniza y olvido en los altares de Marte.

He buscado amor toda mi vida, ese yacer en el aire,

en las nubes, en la lluvia de relámpagos y truenos,

en los principios del mundo, en los peligros de lo eterno.

Y no he llegado a nada de nada.


Ovidio escribe sobre la ternura

El tierno amor cultiva los corazones,

la aspereza, los rencores, de nada sirven,

conducen a la guerra de los reinos

y a la separación de los que se aman.

El amor verdadero solo tiene tiernas palabras,

gestos delicados, no solo caricias,

dulces momentos siempre repetidos.

La luz del amor es la ternura,

aléjate un momento, Publio Nasón,

y regresa a los brazos y los besos de tu amada.

Vuelve con regalos y siempre

con miríficas palabras.


Arte de extrañar

Escribe Marco Valerio Probo

Extraño tus ojos vivaces, tus pasos de garza,

tu manera de hablar como de gorjeo de pájaros,

viajando en instantes por varios lugares del mundo,

desde el centro de Europa de los antiguos germanos,

las montañas de Hispania, tierra de conejos,

las provincias de la Galia que conquistó César,

hasta la Roma imperial de Octavio Augusto.

Extraño tus aromas, la niebla de tus decires,

tu suprema gracia, tu inteligencia intacta,

adicta a la ciencia y a las humanidades.

¿Dónde estás Anna, que no me escribes ni vienes?


Tu belleza me conmueve,

tus cabellos me parecen lianas

o serpientes enroscadas en el árbol

del patio soleado de tu casa.

Tus ojos semejan espejos de agua.

Los pienso y me baño en ellos y nado.

Tu frente despejada parece la montaña

que une y separa las porciones de mi patria.

Hablas silbando como un pájaro,

como el viento que viene de las selvas

y vuela al ras en las aguas saladas.

Te veo venir, desde las alturas llegas,

eres una hermosa catarata.


¿A quién abrazo cuando te abrazo?

¿Eres tú misma o una sombra,

un sueño de mi mente enfebrecida?

¿A quién acaricias cuando suspiras en mi pecho?

¿Qué carencias satisfaces, satisfago,

en el silencio de los espacios compartidos?

¿Qué querían tus padres cuando te criaban?

¿Qué querían los míos cuando sonreían

viéndome dar los primeros pasos?

Nada sabemos, excepto que nos queremos,

que hay una marea eléctrica en el celeste de los cielos,

que nuestras mentes se atraen, nuestros cuerpos,

que somos en cierto sentido los primeros habitantes del mundo.


Abraxas huye con el tiempo y hiere con la lanza del amor

mientras escapa.

Vuelve con las flores, con los calores vuelve, con los árboles frondosos,

vuelve con los fríos.

Con la nieve vuelva, crea la ilusión de su permanencia,

huye y hiere.

Abraxas es la fuerza, la duración, es el cambio.

Te quiere y te hiere.

Es el amor, es el agua, es el viento, el susurro

que desaparece.


Dentro hay una fiera, entre barrotes.

Es imagen del deseo y de la fuerza. Es la hermosura.

Su piel es lustrosa y brilla con el rojo sol de medianoche.

Fuera, ¿qué sería? Un vendaval, unos zarpazos,

el hambre total. Te comería a pedacitos.

Tú tienes la llave de la jaula, celosa guardiana.

¿Dejarás que mande tu sensatez

o tu propia ensoñación desatada?


Caballo negro

El sexo es un patio de recreo para los científicos solitarios,

tormento y alegría para quienes lo sienten en sus carnes.

Hay un caballo negro que aparece en los cielos

cuando los relámpagos parpadean y galopa

en la sangre cuando abrazas y tu piel se eriza.

En medio de las tormentas, en el silencio de los temores,

entramos en los más profundos sueños de la especie.

La tierra parece viva, es un gran animal cuando tiembla.

Una inmensa salamandra se encuentra en las profundidades,

reposando en un largo sueño y cuando se mueve todo cambia,

arriba hay terremotos, marejadas, huracanes.

De las profundidades salgo, como un caballo negro, y te poseo.


El mar, el mar, una ventana al mar nuestro,

a la belleza de Roma, al ara donde yacen nuestros padres,

sus cenizas santas junto al aceite de las lámparas.

Júpiter, Juno, Mercurio, Minerva, nuestros dioses

vagan en nuestras cabezas, en nuestros corazones,

como perfectos seres humanos, excelsos en la noche eterna.

Entre olivares y cabras, entre laureles, el sol de Homero,

radiante iluminado el Ponto, las naves de los aqueos,

la nobleza de la vida, la valentía de los que manejan las armas

en la gran explanada, a la vera de los muros de Troya.

Y más atrás, el hombre hablando con las nubes y el viento,

envuelto en las tempestades de los milenios de los comienzos.

Así hablo contigo, oh, manzana eterna, que vienes a mi morada

desde el rumoroso y secreto río del Jardín de las Hespérides.


El piano negro

En los repliegues del corazón guarezco mi piano negro.

Imagínalo de caoba, emitiendo luz desde lo oscuro.

En las noches del sufrimiento,

las nítidas notas del Claro de luna

apaciguan el dolor y avizoran las puertas de la esperanza.

Y cuando sonríen los niños es el Himno de la alegría

el que se escucha desde sus teclas misteriosas.

Tiene sus euforias, sus momentos de triunfo,

entonces pareciera que Euterpe, la musa de la música,

lo acompañara con los delicados sonidos de su flauta.

Ahí está conmigo, es mi compañero, incluso

cuando parece que está callado, vive presente en mis sueños,

con sus inacabables maravillas punzantes en las madrugadas.


Verte es una delicia.

Es disfrutar de los colores primordiales del mundo

en las flores de la primavera:

mojadas hortensias, magníficas amapolas,

nieves en tulipanes, anémonas, girasoles.

También es conocer los sabores de las frutas:

coconas, guanábanas, mandarinas, fresas.

Baila la alegría en tus ojos presurosos

y las heridas del dolor cauterizan sus bordes.

Traes el aroma de las orquídeas y su serena belleza

a mi olfato y a mis ojos

que nacen de las profundidades

de las simas abisales en los fríos mares de mi patria.

Mi espíritu se vuelve viento

que mueve tus alas de torcaza.


La bruja que conozco, la que admiro,

hace magias para que alcance el dinero,

inventa conjuros contra la ignominia,

maneja menjunjes y emplastos

para sanar heridas,

vuela para ayudar a los misérrimos,

corre a reparar injusticias.

Conversa con las plantas y los animales

y utiliza la telepatía para querer a los suyos.

Su intuición resuelve todo lo difícil,

me hechiza con su risa y su dulzura.

Es lo mejor del mundo, me fascina,

hace conmigo lo que quiere, como buena bruja.


Abelardo y Eloísa

Entre nosotros hay una trama invisible,

vientos, palabras, ademanes, gestos,

una hebra de oro.

En las noches, bajo las luces parpadeantes,

miramos al padre mar, a sus tranquilidades,

con los mismos ojos.

Al amanecer, en lechos distantes,

cuando ya funcionan los relojes,

nos bendecimos y adoramos,

como dioses.


Escribe Pierre de la Vigne

Toqué el paraíso con mis manos,

de modo tan intenso y tan raro

que viví el momento como un sueño,

en verdad no sabré si merecía,

tener esa fortuna en mis ojos,

no sabré si esa fértil alegría

me venía del Dios de los cristianos

o del capricho de lares romanos.

Ahora el agua escurre entre mis dedos,

la luz de tu sonrisa se ha apagado,

voy dando tumbos por calles y plazas,

me hundo en los odios del olvido rápido.

ÿmpetu moribundo, yazgo solo

en mi áspera caverna, enajenado.


Carta a Sibilla Aleramo

Sibilla Aleramo, dama italiana,

Dino Campana estaba en tu camino,

áspero, taciturno, como una piedra sagrada,

le diste abrazos, lo estrujaste,

lo dejaste temblando durante toda su vida.

Escribió sobre ti de tal manera

que tu nombre quedó asociado a su locura

y llevó tu corazón imantado en sus ojos vacíos,

a Buenos Aires, a Montevideo,

y al asilo para lunáticos donde te evocaba

como diosa de los Alpes, más hermosa que Ceres.

¿Qué habría pasado si no te hubieras fijado

en su figura magra? Tal vez nada

y sus Cantos órficos serían tal vez desconocidos

y los textos que te escribió

con la sangre de su sufrimiento

tal vez no hubieran sido concebidos.

Dino Campana era Dionisio

en la campiña de Lombardía

y tú la sacerdotisa divina

que le dio algún sentido

a sus días de tinieblas y de nada


Patio empedrado

Escribe Bernart de Ventadorn

Tú permaneces en el patio empedrado,

de pie, junto a esas verdes bancas,

en la temblorosa luz del atardecer

que se prolonga indefinida

antes de que llegue la noche

con su luna encantada.

En cristales inolvidables quedan

la purísima belleza de tu rostro,

tus palabras delicadas,

el turbión de los caminos dispares,

y tu gana de recorrer el mundo

para buscarte a ti misma

en lo ignoto de los mares

y los países distantes.

Han pasado tantos años

y aquí estás preguntándome

si te conozco.

Balbuceo y empiezo a recitar

cada uno de tus sueños

de infancia y adolescencia,

a recordar minuciosamente

nuestros encuentros del pasado,

el nimbo azulado de tu vida,

y lo de ayer, nada más,

cuando vi que cruzabas la plaza,

garbosa, elegante, con tu abrigo azul

y tus veinte años recién empezados.


Dino Campana

escribe a Sibilla Aleramo

Tú me haces falta como la luz, como el sueño, como el agua, como el sol,

sin ti camino dando tumbos como un oso dando pena

en el asfalto de la ciudad, en medio de la canícula del verano

o los vientos encontrados del otoño y la lluvia mordaz de los inviernos.

Me acomodo a tu presencia y a tus silencios, a tus desaforados trabajos,

a tus usos solitarios de los múltiples teléfonos.

Estoy haciéndote guardia en los vestíbulos, con mis papeles,

para que cuadres y pongas orden en el laberinto de mis pensamientos.

Hay tantas cosas que te debo, no alcanzan las jornadas

para decirlo o contarlo con las minucias respectivas.

Dame fuerzas para acabar lo principiado, para escribir sin parar

aquello que me dictan los dioses griegos, que son tan verdaderos

que no tienen libro de sanciones, ni llamas para réprobos,

solo proponen la justicia, el honor como un paraíso,

el amor entre los hombres y el cuidado de los niños.

Quedémonos contentos contemplando el sol de las mañanas,

y el disco de oro y rosa que se hunde en las aguas,

cuando la noche llega con su manto oscuro

y luego quedan en los cielos las estrellas como llamas lejanas.


Reclamo de Dino Campana

Me has traído, Sibilla Aleramo, con engaños,

con tus múltiples juegos de manos y pañuelos

a este páramo de los desesperados.

Es una verde clínica con árboles y con un río,

pero el frío de la soledad es la oscura niebla que reina.

A nadie puedo hablarle, lo has ordenado,

en especial a las jóvenes enfermeras de cofias blancas,

soy el tenebroso, el viudo, el inconsolable,

como aquel Gerard de Nerval

de la hermosa Francia.

Y tú, ¿eres feliz

encerrándome en la nada?

Ya no tienes quien te haga los festejos,

el que te escribía en sus noches blancas

los versos más sentidos de la tierra

que tú dejabas en la mesa como al descuido

para que los leyesen los visitantes,

aunque luego me decías, para ti es fácil escribir, qué gracia.

Dejé que manejaras mi vida,

hasta el contenido de mis bolsillos lo sabías,

mis citas, lo que iba a hacer cada día.

Te acostumbraste demasiado a mí,

me tratabas mal, pero qué mal, y no lo sabías.

Un día me diste de tu propia mano, la pócima de la locura.

Vivo y yago en este manicomio y tengo por distracciones

sentir los amaneceres y el canto dichoso de los pájaros,

oír en mi fúnebre cabeza el rumor del mar de la infancia cada día.


Reflexión de Dino Campana

No sé si será peor estar encerrado en este asilo para lunáticos

o andar por las ciudades desesperado por los gritos

de los transeúntes con sus cóleras descomunales.

El silencio de la sinrazón me da miedo,

me producen pánico los haraposos que cuentan con los dedos,

pero más temor me dan los oficinistas

que manejan con máquinas el dinero y ni te miran ni saludan nunca.

Afuera está la selva y las fieras van disfrazadas,

aquí las víctimas de la incuria y del odio,

los psicóticos, depresivos y los olvidados,

los muertos en vida, los leprosos confundidos.

Los médicos me dan pena, no saben si son normales.

No sé si escribo o sueño, si estoy muerto o vuelo por los aires,

o si alguien me imagina en otro siglo solo como un fantasma

perturbado o como un pájaro que va sobre las aguas

sembrando la locura en todas las islas de los mares.


Quiero ser una sombra que vaya con tu cuerpo

a todas partes, sin molestarte,

deseo ser el aire que respiras,

que nunca ves, pero necesitas

para poder vivir en las noches

de nubes blancas y luciérnagas encendidas.

Quiero ser la palabra que dices

al amanecer, cuando sueñas,

ese objeto que buscas a tientas

en la oscuridad y le dedicas

tus pensamientos más amables.

Nunca te pierdo. Soy el viento del amor

y te llevo conmigo por los aires.


Delirio y sueño

Tú eres Isolda, sueño verdadero,

la flor de mi delirio cada día,

imagen poderosa, poesía

hecha mujer que adoro y que bien quiero.

Por ti vivo, suspiro, por ti muero,

tienes mi corazón, tienes mi porfía,

mis pensamientos tienes, mi alegría,

eres mi bien precioso, lo primero.

Como la luz tú me haces siempre falta,

como el aire más fresco si respiro,

eres mi campo feraz, mi buen retiro,

mi diosa fulgente, la más alta.

Agradezco los dones de la vida,

te quiero tanto, nada hay que lo impida.


Susurro de Abelardo a Eloísa

Montado sobre ti, potranca,

quiero que nos perdamos en las colinas,

en días y noches interminables,

llegar a las estrellas, cruzar la Vía Láctea,

como astros galopando,

fundidos en un abrazo

de potranca y jinete para siempre.


Abelardo piensa en Eloísa

No podrás escapar de mi deseo,

conozco todos los caminos que transitas,

tus maneras de comenzar los días,

penetro en tus mismos sueños.

Te aguardo como sombra en los recodos,

en tus más finos pensamientos,

en tu propia carne que se agita si la veo.


Súplica de Tristán

Te suplico, Isolda, que me quieras

con la misma intensidad con que te amo,

que me dejes palpar y oler tus níveos brazos,

la delicada piel de tu rostro perfumado.

Encuéntrate conmigo debajo de los árboles,

en los recovecos de la ciudad de los viandantes,

compláceme en lo que te pido,

y tú misma ganarás el paraíso

en la delicia de las caricias compartidas,

en los fluidos que se mezclan en un lago.

Seremos entonces dos personas

que se juntan para siempre

en una furtiva sombra de fértil fulgor,

filuda fronda funámbula.


El silencio de Eloísa

Escribe Abelardo

Sostenías que tu amor sería eterno,

y apenas pasados los fríos y los hielos,

dices que no tienes tiempo, que no lo tienes,

y entonces tu corazón se diluye como la nieve.

¿Quién diría que al principio eras

la sutil rosa del invernadero,

la frágil silueta de lo que dura,

en la cáscara de lo efímero y cierto?

¿Quién diría?


Tristán se acerca a Isolda

Isolda, me acerco a ti con una flor en la boca,

con las manos listas para acariciarte,

con el corazón encendido, buscando al tuyo entre las sombras.

En tus ojos nace la alegría, la gana de vivir del universo,

un halo de perfección te rodea, eres tan hermosa

que nadie lo creería, hasta que apareces y callan todos

perplejos y asombrados, y me dejan un lugar a tu costado,

adivinan que me correspondes, que has nacido para mí, para mis abrazos.


La dama de los ríos

La dama de los ríos y los bosques besa los ojos del mar,

su aliento huele a madera, a las hojitas verdes de la menta del Perú,

a la sonrisa de las flores en los amaneceres de la selva tropical.

Se semeja al agua cayendo en las cascadas, transparente, con un rayo de sol.

Ondula, parece que flotara en el aire, como una nube en el viento

que cruza las montañas y se pierde a lo lejos en la azul inmensidad.


Descripción de Isolda

Te semejas a una monja entre hibiscos y ciruelos

que sueña con el paraíso, en las nubes,

ignoras la tierra húmeda y sus gusanos,

hasta que sientes un viento cálido entre tus piernas,

la curiosidad de lo diferente

que está en el otro que te atisba.

Entonces quedas inerme

frente a la fuerza del deseo

y eres un fuego, una víspera.


Mensaje de humo

De Tristán para Isolda

Es una pasión contenida la que me devora,

el deseo de tocar tu cuerpo y tu alma,

de ser uno contigo en los plenos desiertos

y en el centro de tu inteligencia que me asombra y avasalla.

Has sido destinada para mí, Isolda, según los hados

que deambulan en la bóveda celeste de las estrellas poblada,

tienes mi nombre en tu corazón y en tus labios

y voy con el tuyo tatuado en las entrañas.

Los dioses son así, caprichosos, deciden el destino de la gente,

Eros lanza como quiere sus flechas deseadas, y junta en nuestro caso

a un tronco añoso con la más radiante flor del jardín de las delicias.


Senos de nieve

Escribe Tristán para Isolda

Escribo con mi pluma de oro

en lo más profundo de la caverna,

en la vegetación enmarañada,

en tus senos de nieve,

escribo en tu rostro, en tu frente blanquísima,

en tus ojos marrones como el manantial del verano,

me sumerjo en tus aguas

y me transformo en la espuma de la esperanza.


Rendido amor

Tú hablas como los pájaros, Pedro Salinas,

tus palabras son gorjeos que saludan a la amada.

En las noches escribes y apenas duermes,

el amanecer te encuentra escribiendo cartas

de extremado cuidado, rendido amor a la lejana.

En las mañanas vas deprisa a la estación de correos

del malecón, porque está más cerca de los barcos que parten.

Y así todos los días, eres un alucinado.

Ninguna carta te devolverá a los brazos de la que amas.

El destino es muy poderoso, y cuando separa, mata.

Eso no te importa, en el pasado está tu destino, lo que anhelas.

La llama del amor vive en lo que escribes.

Abrazaste un día a la amada, la abrazas aun en tus cartas.

Mi diosa, dame tu amor, no me condenes solo a escribirte cartas.


El mar de la tranquilidad

Veo en tus ojos serenos

la promesa de la eternidad,

la sabiduría de durar fuera de los cuerpos,

de los espacios naturales, mar, cielo, tierra,

tu capacidad de ir más allá de las fronteras

y juntarte conmigo en el mar de la tranquilidad.


Consideré que tus ojos eran inolvidables.

Portaban inquietud y alegría, fuegos rápidos.

Ha pasado el tiempo y están ahí,

brillando en mi noche.

Va mi palabra fresca a tu oído,

flor que anuncia el fin del invierno.

Es ese viento donde nace lo cálido.


Tu belleza me deja estupefacto, inerme.

Huye el tiempo fuera, se difumina.

Como un tigre vuelvo a tu lado,

como un cóndor, como el mar

circulando encrespado entre los acantilados,

o como el viento esparciendo rumores

en las ramas de los árboles.

Sabes por fin que te amo fuera del tiempo,

en lo eterno, en lo azul de todos los espacios,

en la profundidad de las estrellas

de las galaxias más distantes.


No es cuando te saludo en la mañana,

ni cuando apareces en mis sueños deslumbrante,

ni tampoco cuando visitamos librerías

deleitándonos,

ni cuando estudiamos los principios de la poesía,

es cuando llego a tus enigmas que te amo.

Estoy temblando en los vestíbulos y zaguanes,

y abres la puerta de tu alcoba de rosas y de espinas,

y algo sé de tus misterios, de las razones de tu vida.

Es verdad que aparece el deseo,

incógnita isla del paraíso,

pero no es suficiente para mi afán de conocerte,

de beber la ambrosía que desciende de tus ramas,

lo que se esconde en tus arterias, el río rojo de tus días.

Voy por el día y entro en tu noche sigilosa,

descubro que más allá de los límites de tu cuerpo,

guardas para mí, para algún día, el contacto

con lo invisible, lo inaudito

que te viene de la Vía

Láctea.


Enajenación

¿Es el timbre de tu voz lo que me enajena,

esa cascada del mundo del silencio,

una risa, un cristal, una esquirla de una estrella?

¿O son tus manos, mariposas de luz,

delante de mis ojos cuando llegas?

Que lo diga otro, el que nos mira.

A mí, ensimismado, a ti, evanescente,

como el humus de la aurora

inaugurando el universo cada día.


Tú transportas a quien te conoce

a las más altas copas de los árboles,

uno se siente alado, cruzando las nubes

mientras llega con los ojos despiertos a los lugares soñados.

Hay una lumbre que nace en tus ojos

y en las noches del invierno es llamarada.

Tus palabras son gotas de la lluvia que trae el aire fresco

en los más tórridos veranos. Hablas como un pájaro

y me hago pájaro para permanecer a tu lado.


Ninfa de los ríos

Te pareces al oasis en medio del desierto,

a la ría de la infancia que junta las aguas dulces del manantial

con la sal del mar en sus turbulencias,

en los días soleados y en las noches de luna,

te semejas a la tranquilidad de los que contemplan

la belleza de la naturaleza y se unen a ella con simplicidad.

En medio de la lluvia necesitamos abrigo.

Mis brazos te esperan y mi impaciente corazón.


Tú eres un rayo de sol en mis días de invierno,

un verde deslumbrante de las ramas de los árboles

que crea un oasis en el centro del desierto

que lame las orillas de la costa del Perú,

una orquídea que acompaña a mi corazón

en las noches interminables donde reina

la despiadada soledad en las calles de la urbe,

eres la fina esperanza siempre viva

en el laurel de los días que vendrán,

la hermosa sonrisa que vence al sufrimiento

y a la tristeza, al desánimo, a la pena,

eres aquello que he buscado a tientas,

sin saberlo siquiera, durante meses y años, toda mi vida.


Hay un momento de la noche,

cuando desatas tus cabellos

y revisas tus escritos y dibujos,

sentada en la mesa de madera,

en el fondo del fondo de tu casa,

que se hace el silencio imperioso

en todo el espacio de tu calma.

Te sientes entonces a la intemperie,

sola en la garganta de la montaña

que separa las nieves eternas

de los valles cálidos de las fresas,

las guanábanas y los arándanos.

Aparece entonces el amor sagrado

en forma de libélula que danza

y danza y danza ante tus ojos,

hasta que sueñas y me abrazas.


Sale tu voz del fondo de la estancia,

suave, nítida, como nacida en un coro de ángeles.

Sucede el silencio para que todos

puedan escucharte. Tienes la seguridad

que nace de la greda a orillas de los ríos,

y la belleza de las palmeras que apuntan

al cielo azul añil y a sus nubes distantes.

Te pareces a los pájaros cuando hablan

a los humanos, distraídos de su picotear de frutos, bisbiseando.

Eres la voz del amanecer en lo más tupido del bosque

y eres también la noche con su manto de estrellas titilantes.

Toda la sabiduría del mundo está en tus manos y en tus ojos.


Adivino tus perfumes,

hueles a lluvia, a hojas mojadas.

Bajan las esencias de las maromas

que entretejen las enredaderas

en las copas de los árboles.

Hablas como los pájaros de colores

en los amaneceres azulados,

y tu gorjeo, ese silbido suave,

se apodera de mi cuerpo y de mi alma.


Diosa eres de ríos y de árboles,

humus brotado de pastizales,

clara mañana fresca de verano,

rocío en los vidrios de mi casa.

Medito sobre ti y me conmuevo,

vienes volando por los aires finos,

eres el espíritu de la montaña,

la belleza del mundo en palabras.


Pliegues de la luz

Vienes danzando delicada

entre los pliegues de la luz.

ulula contigo el aire, el viento del amor

que me envuelve en su manto de sensatez

en la inmensa bóveda azul añil,

y cuando llegas al fin,

y nos encontramos, quedo suspendido,

inerme, absorto, frente a tu faz.


Líquidas tranquilidades

Tú tienes el espíritu del río, sus líquidas tranquilidades,

besas las pálidas orillas en los linderos del tiempo, las tierras feraces,

las cañas bravas, y creas un espacio ameno bajo la sombra en los ardientes calores.

Debajo de tu piel tienes légamo y raíces hondas

que vienen de los comienzos de la especie humana.

Bebes la alegría del sol y la llevas en tus ojos

los veranos y los inviernos, en el tiempo del disfrute

y más todavía en la hora de los dolores extremos,

cuando entregas semillas de tranquilidad a los que sufren desamparos.

Como un pájaro de colores te posas en los hombros

y en las más altas ramas de las copas de los árboles.

Eres fuente luz y te pareces a la mañana de las bondades.


Otro lenguaje

Cuando te vas por los senderos y no sé nada de tu regreso,

me quedo en el aire, flotando en sus fluidos, en los comienzos.

Empiezo entonces otro lenguaje, el de los gorjeos,

me contestan los pájaros, los más diminutos.

Cuando nadie me ve, abro las alas y empiezo mi secreto vuelo.

Soy entonces el pájaro que sueñas, el de tus anhelos.


Hay sombra bajo los árboles,

y otra sombra en tu mente y en tu inquieto corazón.

Aquello que ignoras lo haces en sueños,

como una enferma de amor,

y apareces volando en el agua de la tranquilidad.

Te encontramos en las nieblas, en lo oscuro,

los que bebemos tu licor.

Y nos tratas como niños en los amaneceres,

y nos llevas de la mano a contemplar la dulce mar.


Anduve por callejones, por las ciénagas de Lima,

por las barandas del puente de Barranco, por las agujas.

Y en todos los lugares distinguí, en el fervor de la noche,

a la hermosura con su vestido de flores, sus palmeras,

sus agudos cantares en los principios del verano.

Y luego, arropada en negras prendas y bufandas de colores,

cruzando toda la inmensa bahía de la Costa Verde,

subiendo a los bofedales donde nacen las altas nieblas,

los manantiales, la mollizna de los virreyes, las garúas del invierno.


Te he visto sola toda la mañana

y en la tarde sola todavía,

he soñado en lo oscuro mi porfía,

contigo ser el hilo que se afana

en construir la vida más humana

entre dos que se quieren noche y día,

el hombre que en mujer cree y confía

gana la tierra y el cielo bien se gana.

Seremos bola de cristal luciente

que rueda por el mundo con sus luces,

serenos en las calles, en los cruces,

sonriendo muy tranquilos a la gente.

Serás por siempre alteza de mis sueños,

flor de hermosura y mis gratos empeños.


El viento tiene insomnios, y las lajas.

El olvido nunca duerme, extiende sus dominios.

¿Cuándo nos conocimos? No te acuerdas.

Fueron miradas, ráfagas. No sé qué año.

Luego hubo una historia de cumbres y profundidades.

Después nada. El viento que no duerme.

Viniste del Olimpo. Te llamaban Artemisa, luego Diana,

pero eso también lo has olvidado.

Yo soy el jabalí sin nombre, el de las heridas.

Conozco tu corazón, en verdad lo conocía.

Solo veo tu carcaj y la flecha que viene.


Me asombra el enigma de tu belleza,

tus imperceptibles movimientos desganados de gacela

que al mismo Botticelli desconciertan,

mientras caen una a una tus ropas

de blanco lino en el verano de Roma.

La habitación es oscura,

pero tiene sus claridades.

Una luz oblicua del sol de la tarde

ilumina tus pechos desconsolados,

rosados todavía en la primavera de la vida.

Alelado el artista parece una estatua,

con los pinceles absortos

perplejas cerdas negras.


Lánguida belleza

Tiempo de lluvias.

Los cielos encapotados

se manducan las estrellas de la noche.

Apenas resisten los techos de las casas.

Ríos en las calles

y lodos en las aceras.

Cuando todo acaba

el agua todavía se escurre

en tu rostro empapado

de lánguida belleza.


El amor que te ofrezco

no necesita recompensa.

Tiene el valor de lo invisible,

se parece a una rosa encarnada.

Es un mundo de alegría,

el poder de lo soñado,

el tejido de lo bello

que te posee y te da fuerzas.


Dama altiva del sol

Dime, cuánto quererte más lozano,

dama altiva del sol, dominio pleno,

mientras caminas en calles, sin freno,

más luciente, en tiempo tan arcano.

Debo llegar muy pronto a tu verano,

veloz, más veloz que rayo, que trueno,

tú, más radiante, diosa de lo ameno,

das tranquila el veneno de lo vano.

Yo que admiro la comba luz, tu frente,

vengo con mi vigor a tu cañada,

doy parte de mi vida por quererte,

te quiero más si estás entusiasmada,

te quiero así, también si estás calmada.

Si estoy contigo no temo a la muerte.


La neblina teje sus hilos por encima de los tejados,

una manta de rocío que desparrama su humedad por la pendiente

y permanece por horas envolviendo todo lo humano.

A lo lejos asoma el sol con su pálido rayo, luego galopa

en su invisible corcel del viento y las horas y se hace dueño del pueblo.

Furtivos amantes abandonan los lechos y se pierden

como la neblina misma entre las calles del mercado.

Ahí vas tú, que encarnas lo prohibido.

Ella queda rogando que vuelvan la noche, la niebla y tus abrazos.


En un recodo de los senderos del bosque la pareja se abraza.

Los cuerpos desnudos, cubiertos de pigmentos,

son fuente del deseo y la alegría. Se buscan

las bocas con codicia. Los rostros mezclan

con las hojas caídas de los árboles, el suelo arcilloso

y la ceniza de fuegos apagados en la estación seca.

El hombre y la mujer dan libre paso a la ternura.

Continúan acariciándose cuando empieza la llovizna.


En la habitación de las sombras,

donde se cuela el sol como una daga,

hay olores de los inciensos de la India

y luz tenue de velas ensimismadas.

Aceites llevan las manos de la muchacha

que frotan a una espalda agradecida.

Es un momento mágico de desnudos

ocultos por toallas, el lenguaje se suspende,

solo queda el rumor del río que viene de lejos,

atraviesa las selvas y montañas y se mezcla con las olas

e inunda la habitación de sosiego y esperanza.


Como un pájaro

que descansa

tras un largo vuelo,

pongo mis ojos

en los tuyos

mansamente.

La vida tiene sentido

si me miras

y pierde razones

en la noche,

cuando duermes.

Bebo sales en el agua

de tus ojos y la alegría

que brota

en lo recóndito

de tu pozo.

Pero así vamos,

quien nos ve

sabe que nos queremos

a nuestro modo,

por eso nos dicen

los insólitos.


El amor es uno

Estás en el éter, pareces inalcanzable.

Sé que existes, que te mueves, que hablas,

que hay un sentimiento sutil que nos une,

como las gotas de un limón ácido y grato,

que parece que se diluye con los calores,

pero que resiste a esas candelas, a los fríos

del universo, a las circunstancias adversas.

Me perteneces y te pertenezco,

somos lo que dura, el amor que da

y no necesita respuesta, porque es uno.


En el aire que respiro

Vives en el aire que respiro,

en tu propio nombre que venero,

en el perfume de lo lejos,

en los besos que van naciendo.

Mi mano se desliza en tus colinas,

en las honduras de tu cuerpo,

en tus secretas oquedades.

En la calidez de la noche,

bajo las lámparas de aceites perfumados,

me sumerjo en la eternidad de tus aguas misteriosas.


Tus palabras salen como lianas,

como frutas, como pájaros,

inundan el espacio de la noche en sus tibiezas.

Evocan los ríos y los duendes,

las canoas bajo las estrellas.

Son cánticos, la fiesta de lo verde

y la risa de los niños.

Hilvanan la historia de un pueblo y otro pueblo,

las casas sin puertas de lo amado.

¡Qué hermosa eres!

La tierra misma hablando y hablando.


Margarita de Saigón

PRIMERA PARTE

I. El jazmín de Saigón

Después de la lluvia de la noche,

cuando se abre el amanecer como una flor,

puedes oler en Saigón el penetrante perfume

del jazmín oriental. Sube por los aires

a modo de enredadera, o pegado a las casas,

o en el centro del jardín. Inunda tus pulmones,

altera tu manera de mirar la realidad.

En un momento, no sabes dónde estás.

Lejos de la milenaria ciudad extrañarás

sus carritos de frutas, las púberes mujeres

con sus flores en la cabeza, los túneles

que semejan una araña debajo de la ciudad,

y el jazmín misterioso que te anonada

y no te deja pensar en el más allá.


II. Saigón

Las mujeres blancas de Saigón

se visten para los espejos

y para los salones de París.

A veces vienen los maridos

desde algún puesto remoto de la selva

y les hacen el amor en noches de tormenta.

En otras ocasiones son reemplazadas

por diligentes muchachas vietnamitas,

y se vuelven locas.


III. Encuentro

Desde la limosina, el hombre de traje blanco,

de verano, que es la única estación, mira

a la adolescente desconocida. No sabe

si es bella. No adivina el tamaño de los senos

debajo de las ropas holgadas. Pero sí percibe

la gracia femenina de las formas. Tiene imán,

se dice, y me desquicia.


IV. Primera conversación

El hombre se ha apeado de la limosina

y aspira un cigarrillo inglés. Mira absorto

a la joven y tiembla. Está intimidado.

Ella dice que no fuma de manera cortés.

Todo parece un sueño bajo el sol abrasador.

Él cuenta que vive en Sadec, en el río exactamente,

en la casa de balaustradas de cerámica azul.

Dice que es del norte de la China, de Fu-Chuen.

¿Me permite que la lleve a su casa en Saigón?

Entran en el automóvil negro.

Se cierran las cortinas. Hay niebla

por todas partes y en ese súbito silencio

se escucha la bombita del corazón.


Hallé una gema en las calles de Saigón.

El rojo de su belleza resplandecía como algo natural.

Le hablé en francés, como correspondía.

Me respondió con el lento dialecto

de los colonos de Vietnam, arrastrando las erres,

como hacen en el centro de la metrópoli, en Bordeaux.

Me encantaban sus mohines cuando abría y cerraba

los labios como una parpadeante cruz.

Sus ojos eran lánguidos imanes

que me hablaban de la existencia de Dios.


Estamos en el sur de la ciudad de Saigón.

Los muebles son modernos, novísimas las persianas

que apenas dejan pasar los rayos del permanente sol.

Hoy jueves comenzará el rito del amor.

Margarita ha aceptado el comienzo de la intimidad.

No lo sabe con certeza, lo intuye su cuerpo que hormiguea,

esperando la iniciativa del varón.

Él inicia una larga conversación, un monólogo más bien.

Al final le dice que la ama, con voz queda.

Ella sabe que tiene el poder. Recuerda

que lo miró en el transbordador y que le gustó.

Por fin musita algo: no quiere que él hable,

desea que actúe como lo hace un hombre ante una mujer,

en las soledades compartidas del amor.

Hay dulzura en las caricias sobre el dorado de la piel,

algo de contenida violencia y dolor,

y alegría incomparable, y un solo mar.


VII. Tantas veces

El amor llega para quedarse y no se saciará.

El hombre se lanza sobre los senos pequeños,

los amasa, los mima, los besa con desesperación.

Los finales de los finales son muy tristes

y los amantes piensan en los que no están.

¿Qué diría mi madre, Dios qué diría?

Nunca olvidarás este lugar, ni la manera

como entra la luz, ni mi abrazo de luciérnaga

en el centro de la oscuridad.

¿Mi nombre? No tengo nombre,

soy un hombre que ama a una mujer.


VIII. Los perfumes

Los perfumes huelen a miel,

la piel que el dedo recorre parece de seda,

los cuerpos, blanco y amarillo, son oro puro

en el permanente amanecer.

Hay algo brutal en el amor tan intenso.

No hay desperdicio en los descansos,

apenas una leve fatiga para después

comenzar una y otra vez.


IX. El instante de la eternidad

Los restaurantes chinos de Saigón son enormes,

se abren a la ciudad en balcones y terrazas.

Los camareros ordenan a gritos los recados

y cuando a ratos se hace el silencio, pronto

muere bajo el alto sonido de la orquesta

que impide a los comensales conversar.

A los amantes les basta acariciarse con los ojos,

recordar los abrazos y los llantos de la hora del placer.

Se han desgajado de sus familias para ser la pareja primordial.

Nada importa ese padre rico que trafica con la pobreza

en Vietnam, ni su contraparte, la madre

que tiene en Francia su corazón.

Esta es la eternidad, el instante que dura,

y no la muerte que aguarda después de las viandas,

de los aguardientes y el vino y de la escritura.

¡Oh, la escritura, lo que te redime, Margarita,

y te hace vecina de la divinidad!


X. Los silencios

Ah, los remansos, los pretextos que se esgrimen

en nombre del amor. Los hermanos existen

y tienen voracidad. El amante, con parsimonia,

cuenta los billetes y las monedas. Se habla poco.

Ahora se dirigen a un salón de baile.

Margarita, digna y solemne, piensa:

no es el dinero, me gustan sus modales,

me encanta su blanca y amarilla piel. Es el hombre

que ahora me toca, ignoro si otros vendrán.


XI. La ley del padre

Este chino en las puertas de la senectud,

dueño de cientos de propiedades desde Sadec

hasta el mismo Cholen, no quiere que su hijo

se junte con la señorita blanca que tiene genes

que han llegado de ultramar. Preferiría

ver muerto a su vástago o él mismo desaparecer.

Y su palabra tiene el peso de la ley.

Los amantes se abrazan en medio del calor.

En sus ritos interminables apenas hablan, solo

de cuando en cuando se siente su voz.

La muchacha tiene finura en sus muñecas,

cabellos tupidos que llegan hasta los hombros,

suprema gracia en sus movimientos animales,

delicada piel bañada con el agua de la lluvia,

como es costumbre en las niñas de Vietnam.

Él la mira. Con los ojos cerrados la sigue adivinando,

memoriza sus gestos, vuelve entre las sombras

al centro del fuego, a ser uno con ella en la eternidad.


XII. Los sufrimientos

Así se mezclan los sufrimientos:

mi padre cree que con dinero se arregla todo,

y tú me dices que el barco que te llevará a Francia

está cerca de Colombo y que pronto llegará.

La ley amarilla de la China impide

que me quede para siempre con tus ojos claros,

que tengamos los hijos que los genes digan,

y vivamos en Cholen o en Saigón,

o donde nos lleven nuestros sigilosos pasos.

Súbito me hablas de los tigres, de sus elegantes formas.

Llegan en familia a la laguna de Lon-Hai,

donde se bañan las adolescentes de Francia

bajo la luz de la luna, cuando anochece.

Qué terror sentir que la muerte viene de la belleza,

vive en la piel y en las garras de esos felinos niños

que guardan inocencia en sus suaves patas,

en sus gestos naturales cuando beben agua.

Tigresa de mis amores, dame tu veneno ya.


XIII. La sirena

¿Cómo se llamaba el barco? ¿Porthos o Aramís?

La viajera lleva una pisca de arsénico en el corazón.

Tres veces llama la sirena y parece que nunca va a acabar.

¡Qué intensidad! Largos mugidos llenan toda la ciudad.

Los remolcadores se acercan al barco ebrio de luz

y lo dejan en el centro del río a merced de la corriente

que lo arrastrará hasta el mar. ¡Qué lejos está Marsella!

¡Qué lejos el pueblo, que será tan querido, de Duras!

¿Quién sufre más? ¿Los que quedan o los que van?

Tristes pañuelos, tristes sonrisas de azafrán.

¡Qué largo es el camino! El mar de la China, el mar Rojo,

el océano ÿndico, Ceylán! Se abren los salones,

las crujías, los ojos de buey. Los pasajeros huyen

de sus tórridos camarotes. La muchacha llora

y afina la voluntad suprema de escribir.


XIV. Mar afuera

¿Qué se extraña cuando se extraña?

Los afectos son hilos de oro

que entran y salen del mar.

¿Pero dónde está el agua de la lluvia

que bañaba a Margarita

bajo los cielos cerrados de Saigón?

Es lo que pasó. Queda la escritura

que se querella con los días, meses y años,

y mantiene estupendos, con un extraño brillo,

a los servidores del amor enceguecedor.


XV. El otro recuerdo

Elena Lagonelle es incomparable, se pasea

desnuda, impúdica, inocente, entre los dormitorios

de las muchachas adormiladas, en medio del calor.

Va y viene, apenas bamboleando sus senos,

firmes en su violento despertar. Margarita

los mira con ojos enormes, azorados,

dueños del desconcierto cabal.

Ahora en el barco, alejándose para siempre

de Saigón, los quiere volver a tocar.


La voz que suena en el teléfono,

cascada por la edad, es china, de Manchuria.

Su francés es amarillo, una hoja de otoño

en el vendaval. Le musita a Margarita

que ningún día de su vida la ha podido olvidar.

Estarás conmigo, responde ella,

mientras dure la escritura y haya fuego en el mar.


XVII. Los amantes

Los amantes son astutos como serpientes

y mansos como blancas palomas.

Vuelven eterno al instante,

y lo que está fuera de ahí, no existe.

Hay quien dice que Margarita

engañó al chino de traje de verano

y otros sostienen que el varón de Manchuria

embaucó a la niña de Saigón de ojos glaucos.

Han pasado muchos años y el hombre

llama por teléfono a la novelista exitosa.

Conversan muchas veces y lloran.

El amor no es paz, es una espada. Y dura.


XVIII. Mar y viñedos

Muñones de verde sobre la plata de las aguas,

un diluirse en lo líquido alrededor de la barca

que inmóvil parece que bailara.

Es oscuro el embarcadero de piedra.

Recuerda las montañas de la infancia,

la ingrávida sensación de la libertad soñada.


SEGUNDA PARTE

XIX. Atardecer

Hay un momento en Saigón de magia insondable.

Acaba el día, las asperezas del universo

se difuminan en el lento gris del crepúsculo

mientras el espanto y la violencia permanecen

sigilosos y parecen desaparecer entre las sombras.

A esta hora, que algunos llaman del perro y del lobo,

todos los golpes son permitidos. Las luces blancas

de la ciudad colonial se mantienen apagadas

y las tinieblas no son suficientemente espesas

para engullir a los vagabundos y a los profetas

de la desdicha. Parece dibujada la villa,

salida del corazón de la misma hermosura.


XX. Vinh Long

Margarita tiene diez años y deja Saigón, atrás

se quedan los edificios administrativos, las escuelas,

los barrios coloniales fosforescentes en la noche,

la pesada atmósfera de los colonos blancos

que sueñan con los rincones preciosos de París.

Todo lo cambia la niña por el río, la floresta,

lo más antiguo de la vida, lo desconocido.

Vinh Long es el comienzo de la selva,

la plenitud de un cielo de pájaros.

Hay un dulce sueño que todo lo envuelve.

No hay tiempo, las horas son casi nada

en el verde corazón, imagen del paraíso.

Escasean los tigres entre los árboles,

viven en el terror de quienes los vieron alguna vez.

Los campesinos luchan con hordas de jabalíes

que se multiplican en los campos de arroz,

en la puerta de la selva plena de monos

que guardan con sus gritos los espacios sagrados.

Lento se desliza el río, dueño y señor.

Aguas pesadas, súbitos torbellinos, inundaciones.

Joyeros ofrecen sus mercancías en los recodos

de las aguas serpenteantes que parecen eternas

en los ojos de Margarita, una tarde de abril.


XXI. Tinieblas

La niña duerme en el lecho de la madre.

Dios está muy lejano, imperturbable, no llega su ley.

Hay fuegos en el centro del bosque, duendes amistosos,

humus de rituales que vienen de la espesura del tiempo,

y un temor central que no tiene nombre,

un grito aullante que parece burlarse,

una sirena que nace del fango, que prefiere

los peces fétidos a los frutos del paraíso

y aparece en el centro de la habitación

con enormes garras y la piel leprosa.

Margarita vacila, atesora ese pánico

que sostendrá más tarde la escritura de prodigios.

Despierta con el canto de los pájaros,

balbucea incoherencias y se nutre con el azul del amanecer.


Humea el opio en todo el territorio de Indochina.

Casi todos pierden, excepto el fisco y sus mastines.

Con semblantes desencajados y ojos hundidos

miles de vietnamitas lo consumen día a día,

y no pocos europeos, entre ellos Pierre Donnadieu

que pasa noches enteras en las salas de fumar.

Vuelve a casa solo para sustraer dinero a la madre,

trabucar en los armarios, hurgar en los rincones,

luego ir por las calles arrebatando mercancías

a los niños de la noche, a los fantasmas de la desesperación.

Hasta que se esfuma en un barco rumbo a Marsella.

Nadie sabe si volverá. Pero volvió.


XXIII. Camboya

Marie Donnadieu llega a Camboya y arroja su dinero al mar.

Se ha hecho propietaria de cientos de hectáreas que limitan

con las selvas infestadas de tigres, contrabandistas de opio,

macacos que comen frutas y lagartijas, murmuran como hombres

y roban lo que pueden, una sabrosa fruta, el blanco sombrero

de Margarita o el viejo rifle de Paul, y ríen como niños

cuando principia la noche estrellada y vuelan con lianas

de un árbol, a otra copa y otra copa, hasta que arriban a la felicidad.

Cientos de trabajadores construyen diques para detener

la furia de Poseidón. Ocurre lo de siempre: el mar gana

a los terrestres que lo quieren domeñar. Solo queda la casa,

un lugar donde crece la niña, con serpientes, con pájaros,

con la oscura sensación de un tiempo que siempre durará.


XXIV. Diamante

Vestido de manera muy francesa,

Leo lleva un diamante en los dedos,

lentos vocablos de su boca, quedos,

le dicen a Margarita princesa.

Anonadada por esa proeza,

sin saber nada de grandes enredos,

perpleja, con oscuros, fieros miedos,

la muchacha, desnuda en la pieza,

se hace dueña del tan negro diamante.

Ambos llegan invictos a la gloria,

mantienen bella, intacta la memoria,

vencen el tiempo, cristal del instante.

Con denuedo ella escribirá la historia:

el jazmín de Saigón es la victoria.


XXV. Pares ciegos

El padre del amante amarillo

no quiere a la muchacha blanca.

La madre de Margarita

abomina del amante amarillo.

En medio está el verde dinero

que los junta y apelmaza.

Es bueno comer las delicias

de la comida vietnamita,

el sake que viene del Japón,

el arroz como lo hacen en Manchuria,

el pato laqueado de Pekín,

la ceremonia del té tan hermosa.

Leo con disimulo deja billetes

en las carteras de las dos mujeres.

¡Qué sea eterno el momento!

¡Qué el tiempo se detenga en los sabores!

Ahí está el río, y pasan las aguas y pasan.


XXVI. Cascada

El agua del torrente viene mansa a la Cascada,

se aquieta en la piscina y dibuja en el fondo de la noche

los cuerpos de maravilla de las muchachas de Francia

en la incierta luz de las bombillas eléctricas que rodean

toda la vida que fluye en la rapidez de las brazadas.

La madre espera en el borde de la escalera.

Sufre y se alegra mientras alisa su traje bien planchado.

El amante amarillo espera que pasen los minutos,

los segundos, para empezar la danza.

Bailan las parejas más pudientes de Saigón,

siguen la moda: foxtrot. Y en los claros oscuros,

detrás de los árboles, se abrazan los desesperados.

Margarita es amable y circunspecta.

Los hermanos, hieráticos, solo se animan

a la hora que aparecen los manjares.


XXVII. La ficción y la verdad

En la página en blanco se mezclan los recuerdos

en tal vorágine que se ignora, nadie sabe,

dónde está la verdad. ¿Importa la verdad?

Las apretadas líneas, aquí y allá dejan muñones

de violencia de las tierras de Camboya,

la erosión murmurante del mar contra los diques,

los jazmines de las noches de Saigón,

las caricias inolvidables del amante,

sus celos infernales, la necesidad de sobrevivir.

En alta mar, en los comienzos de la noche,

Margarita enciende sus ojos verdes,

mira en lontananza al sol

que se hunde en el mar.


TERCERA PARTE

XXVIII. Encrucijada

París. El despiadado calor del verano.

Margarita está en traje de transparencias,

blusa de seda, y al fondo hay blancas cortinas

que se mueven ligeramente con el aire del atardecer.

¿Robert? ¿Dónde está Robert Antelme?

¿Por qué no viene a compartir el lecho nupcial?

¿Qué hacer en esta soledad?

Pensar no es suficiente. Nunca basta.

Ahora se trata de respirar. La dulce Francia

de Juana de Arco tiene que sobrevivir,

acorralada como está. Algo se puede ceder

a las demandas de un poderoso adversario,

pero no una eternidad.

Escribe, dama, escribe, saca la belleza

de tus brillantes espejos, encuentra

la manera tuya, de ser Margarita Duras.


XXIX. Sombras

El niño anuncia la vida en todo su esplendor,

pero acaba en el momento mismo de nacer.

Ha sido largo el dolor del parto, diminuta

la alegría de saber del primer hijo. La madre

no puede tener en brazos al deseado,

se sumerge en la oscuridad y quiere morir.

Robert vela en la habitación de la parturienta.

Ella tiene insomnio y, aunque cierra los ojos,

las horas parecen detenidas, todo es anochecer.

Los pájaros duermen colgados de las ramas.

Parece que nadie respira. Las sombras

extienden su manto de armiño y desesperación.


XXX. Festejantes

Los festejantes son hermanos que suman

el sexo y la amistad. Suaves, sus bocas besan

como el pétalo de una delicada flor,

aunque aparezca la fuerza del río de la pasión.

Permanecen para siempre en la vida

y en la escritura de Margarita, son compañeros

con los que ella habla y habla sin parar.

Tienen algo de Paul, el hermano que murió

en Indochina, son fieles como perros,

solitarios como gatos, y cumplen con la ley

que ella ha impuesto en cada relación:

están castigados los celos, totalmente prohibidos.

El que los tenga, se tendrá que ir.


Por los enramados suben las vides al cielo, blancas uvas

regresan como un río de vino blanco, amarillo como el sol.

La vista se esfuerza en el horizonte de tabacos y ciruelas,

una imagen de tranquilidad en el atardecer. Dionisio es la fiesta,

el vino de las noches y la lectura siempre veloz. La dama busca

el lazo con el padre desaparecido y será desde ahora Margarita Duras.

Unas pocas historias cada día volverán: la madre en Camboya

luchando contra el mar, la imagen de Caco revisando los armarios,

y la letra diminuta dibujada en cada página, y la máquina de escribir.

Raymond Queneau, qué sería de Margarita sin Raymond Queneau.

Tú eres escritora le dice, no hagas lo que otros, aunque sean los que admiras,

sé tú misma, la que escribe, la que sufre, pero halla solaz.


XXXII. Extrañeza del amor

Margarita y Roberto viven juntos

y Dionisio hace cabriolas de amor.

Hay que verse a escondidas

porque todos se quieren más y más.

Los días de semana la casa parece

una biblioteca de un convento medieval.

Los viernes o sábados vienen los amigos,

beben y bailan, engolan la voz,

los ojos almendrados de Margarita

anuncian la pasión. Con este sí,

con este no, parece que sí

y siempre es que no. Nada ha pasado,

es domingo. Margarita escribe con furia,

repite escenas, vuelve a corregir.

En la luz de la tarde del otoño,

mientras caen lentamente las hojas amarillas,

Roberto dice que está bien, que nada debe cambiar,

y Dionisio dice que es maravilla

lo que dice Margarita, que así debe quedar.


XXXIII. Recuento

Escribir, lo único que la separa de la locura.

Los afectos van y vienen del mar a la montaña,

suben en espiral desde los pies cálidos,

se demoran lo que deben en el estómago,

suben a la cabeza fría y salen rugiendo

como lava del corazón ardiente.

Llegan a la página en blanco y dejan

su definitiva hermosura en la mente de millones

que la leen en todos los puntos de la tierra.

En mis sueños persistentes, llevo un lapicero

a la tumba de Margarita Duras, en París,

para que siga escribiendo más allá de la muerte.


XXXIV. Desaparición

Gérard Jarlot acaba de morir. Tenía años

y su talento comenzaba a conocerse en sus escritos.

Su figura, calmada y segura, permanecía durante

días enteros en las ramas, al lado de Margarita Duras.

Una voz femenina llamó a la policía desde una cabina.

Los amigos dicen que finó cabalgando sobre una hermosa mujer.

Cada mañana, desde que se anunciaba la salida del sol

hasta las profundidades de la noche deambulaba

por las calles de París, con una botella de vino tinto,

paquetes interminables de cigarrillos, marihuana, hachís.

Cuando lo supo, Margarita dio gritos de dolor.

Era un hombre magnífico, acabado en todos

los sentidos del término, parecía el compañero ideal,

finaba cada día y parecía un niño al despertar.

Margarita sabía todo. Su hombre mentía sin parar.

Pero ella no lo quería ver.


XXXV. París, Mayo

Ha llegado mayo con sus suaves flores de la primavera.

Aparece el desorden fundamental que habita en los humanos,

ese lugar de lucha sin cuartel ni objetivos precisos.

Es Margarita la que ha dicho “prohibido prohibir‿

y como un rayo esa frase, sin su nombre,

la dicen multitudes en las calles de París.

Nadie sabe donde van las masas en la calle,

pero eso no es una razón para no ir.

A esos miles que llenan todos los rincones,

nada os liga sino la voluntad de rehusar.

Confundida entre las voces que se niegan,

soñando con lo desconocido, va la dama,

repitiendo la palabra que mejor conoce: No, no y no.


XXXVI. Hechicera

Margarita es otra. Todos los personajes

que le habitan le hablan, le ruegan, le piden

una mirada de amor, una sonrisa, una palabra

más allá de lo dicho en la escritura, en el cine,

a lo largo de tantos vertiginosos años.

Si va por la calle lo mira todo, lo come con los ojos.

Trata de percibir si es vietnamita o camboyano

ese muchacho de ojos rasgados que lleva

una maleta azul en la estación del metro.

¿Qué historia tendrá? ¿Cómo habrá llegado a París?

¿Dónde están su madre y su padre, sus hermanos?

Si ve a una mosca chocar como bala en la ventana,

ella misma es la mosca, y alista sus alas para escapar.

Si encuentra una ropa sucia en una vieja cómoda,

teñida de una mancha roja, ve la herida,

la sangre que sale, el grito de ella misma

hace tanto tiempo y que no puede olvidar .

Atraviesa el tiempo, miles de años,

y es una de las tantas mujeres, lejos de los maridos

que hacen la guerra para defender a su señor.

Empieza a hablar con los árboles, con el mar,

con los animales de la floresta. Usa hierbas para curar.

Entonces le dicen hechicera, y ella sabe ahora,

mejor que nadie, que el nombre le corresponde,

que es la bruja de la palabra, que ha nacido para durar.


XXXVII. Alcoholes

Hay botellas de vino blanco suave

en cada barrio bello de París.

Acude Margarita con su sed.

Quien la acompaña debe bien beber.

Las noches son interminables albas,

palabras de fantasmas del placer.

De las cantinas emergen poemas,

voces de las películas de ayer.

Dan vueltas la cabeza, el corazón.

Luchan las historias, reclaman ya ser.

Por la mañana empieza a escribir,

con el vaso de vino, el más fiel.

Ruega al hígado que resista bien.

La clínica aguarda y cumplirá.


XXXVIII. Personajes, historias

¿De qué habla Margarita cuando escribe?

Discurre sobre lo que conoce. Aquello que sabe

se transforma en su cabeza prodigiosa

en una diferente y estilizada realidad,

tanto que apenas se parece a lo que vivió.

Saigón tiene sus hermosas flores, sus mercados,

y el murmullo inacabable de las personas

transitando por la urbe de laberintos

que como inmensas arañas llegan al río

y se ponen a dormitar en las casi inmóviles barcas

que se mecen con el viento del amanecer.

Pero es otro Saigón el que sale en la escritura,

camina como un ser humano, tiene rasgos chinos

y vietnamitas que ella sabe diferenciar.

Y tiene una enorme sortija en el dedo anular.

Como una cámara de cine, su pluma

sigue los movimientos de un hombre

en un hotel junto a un lago. Sin adjetivos

ve cómo se acerca día a día, apenas,

a una muchacha huésped como él.

Casi no hay palabras. Solo miradas y movimientos.

Las manos van diciendo lo que desean.

Nada sabemos de los hondos pensamientos.

Con pasmosa lentitud, el hombre sigue a la mujer,

como parece natural. O ella a él,

como nos lo dice Margarita Duras.


XXXIX. El aroma de la dicha

El aroma de la dicha y la calma

estuvieron siempre ahí, dos pasos delante,

como un señuelo del destino

que la impulsaba a actuar.

Hay lugares y hechos precisos

que la memoria conserva

asociados a la extraña palabra felicidad.

Intensa la planta de jazmín

en una casona de Saigón.

Ese mar encrespado, súbito tranquilo,

en una noche de tempestad

en los tiempos de Camboya,

la íntima palabra segura de Mitterrand

en los últimos meses de la guerra mundial.

Hablar, subir una escalera, sentir

en la hermosa playa ese aire con sabor de sal,

son sensaciones extrañas que viven en el corazón.

El cuerpo de Margarita es una víspera.

Respirar. ¡Qué difícil es vivir!


XL. Margarita, Yann Andrea

Acostada, mirando al mar tranquilo,

al fondo, una línea tan azul.

El tiempo le parece detenido,

estancados los enigmas del amor.

Yann tiene de Urano la corona,

la flexibilidad de un buen atleta,

la mirada esquiva perfecciona

sutil indiferencia ante el mar

amable, tal un médico lejano.

Margarita le da mejor abrigo

que las calles siniestras de París,

encuentra en Yann Andréa el arcano

misterio de la vida que ya fluye

por todos los espacios, radiante flor.


La novia del viento

La novia del viento

Tú eres, Alma Mahler, la novia del viento,

brisa de la mañana del verano,

la mujer de mis sueños extraviados,

tempestad en la noche de los mares cálidos.

Te pareces al olvido y al silencio,

están en la puerta del despecho,

o mío o tuyo o de un tercero,

en el oscuro amanecer

de la desesperanza que perdura

y es la esencia del amor

para que sea verdadero.

Mañana serás una estatua de yeso

nacida de mis manos,

algo hermoso, pero inerte y frágil,

como un cristal de Bohemia

en la espalda de los condenados.

Un día caerás en añicos

y solo quedarán

mis letras angustiadas,

que serán un milésimo

de un milésimo de segundo

en la historia del mundo contemporáneo.

Esos escritos dirán

que Oskar Kokoschka

te amó como un loco

en medio de los hielos eternos.

La solitaria flecha de Eros

vaga alucinada por el universo.

¿Merecías mi amor o no lo merecías?

Eso nunca se sabe.


Segunda lágrima

¿De quién es esta lágrima que ronda dentro del ojo sin salir?

¿De quién este insano corazón acezante en los oscuros arrecifes?

¿Por qué tu vida fue solo deterioro y rasmillones y tenaz olvido?

¿Qué se hicieron los pájaros horneros que veías en los amaneceres

en ese eterno verano sin sombras de tu límpida infancia?

¿Dónde vas trashumante, dando tumbos, profiriendo palabras

a borbotones, mezcladas con saliva, con tristeza,

con fantasmas de mujeres de frágiles perfiles y dagas?

¿Existe tu pueblo remoto? ¿Alguna vez lo conociste?

¿Es verdad que estuviste en sus plazuelas

conversando interminablemente en las noches suaves y cálidas?

No distingues lo cierto de lo dudoso, tus sueños de las verdades.

Solo sabes que estás de pie en los acantilados y abajo, lejos,

murmura el piélago azul, verde y plata de la bahía más hermosa,

que se parece a la dama angelical y a la sonrisa de la muerte.


La gente del mar

La gente nacida en el mar

vuelve a ese útero misterioso

en la algarabía del azul

y la plata sobre el agua,

cúmulos de nubes, nimbos soñados,

luz espectral de lo hermoso

en el comienzo de la mañana.

Llega la primavera y se hace cargo

del espíritu de las mujeres y los hombres.


Máquina del otoño

Funciona mal la máquina en el otoño de su vida,

va despacio por las calles y los campos,

tosen sus fierros viejos y su respiración

se hace entrecortada y da miedo, pánico.

Le hacen falta aceite y gasolina

y mano fina que arregle sus desperfectos.

Tuvo asientos muelles. Ahí se refocilaban

las muchachas de glúteos hermosos

y ojos inmensos como lagos.

Una le dijo que era fácil

de querer y difícil de olvidar,

que era un vehículo de cromos brillantes

al que se podía adorar toda la vida.

Nada era verdad, salvo el movimiento

de las ruedas vertiginosas en el negro asfalto.

Mujeres que se aferraban al timón

y daban gritos de entusiasmo

que el oscuro motor guarda

como un recuerdo ajado,

ahora que la máquina se detiene

al borde de los acantilados

y observa el piélago azul y plata,

el cementerio marino

con sus palomas y sus barcas.


Del agua venimos

Venimos del agua.

Nacemos en sus entrañas.

A ella volvemos fascinados.

El mar es nuestra casa

y sus colores blancos

y azules, verdes y platas,

son el sosiego y la bienaventuranza.

Y la furia del agua

nos parece muy humana,

ese terror de las aguas encrespadas.

Y luego, el mar de la tranquilidad,

y la esperanza.


Tomo el agua roja de electrolitos, tomo ese menjunje,

para aliviar la sequedad de mis grandes cavernas,

esa tempestad de náuseas que casi acaba con mi vida.

Mi voluntad de escribir me sostiene, para sacar de adentro

con alguna gracia, aquello que me deja la lengua con su abrazo,

y ganar algo del afecto que me das, sin merecerlo, cada día.

Cómo se curaba Homero, dime si lo sabes, cómo se curaba,

si era ciego, cómo llegaba con paso vacilante a la casa del médico,

y duró tanto que pudo escribir todo lo que soñaba,

cómo vivió Virgilio con sus dolores estomacales,

cómo pudo escribir en medio de tantos reiterados sufrimientos.

Y Dante, qué hizo Dante, qué hierbas tomaba a salto de mata,

en medio del rencor y la envidia de tantos florentinos,

y Juan de la Cruz, qué aguas medicinales bebía,

antes de deslizarse con una blanca sábana en la noche de luna,

y Leopardi, encerrado, mirando el mundo a través de los ojos

de la hija del cochero, la más delicada como la luz de la mañana,

qué esperanza de curación tuvo, mientras tristísimo escribía,

y César Vallejo qué sintió cuando salió del hospital,

hecho un guiñapo, con un malestar permamente, desconocido,

que luego acabaría con su vida.

Tuvieron siempre una pluma en su corazón y en su mano,

un ramo de olivo y una sonrisa para toda la gente

y sus nombres se mezclan

con la hermosura del día.


¿Puedes hacer un esfuerzo

y nombrar las variedades de azul

que ven tus ojos?

Intenta describir la serenidad

de ese niño al borde del malecón,

sentado a la usanza oriental,

con las piernas cruzadas formando un ovillo.

Cuéntame del calor de la arena

en el verano que principia.

Y dime cómo está tu corazón,

acostumbrado a la noche y a las luciérnagas,

bajo el sol deslumbrante del mediodía,

torrente de luz que transforma

los escondrijos y las galerías del alma.

Escribe lo que desees

en los segundos de tranquilidad

que te otorgue como gracia

la anonadante belleza

de los elementos naturales

en la costa milenaria de Hispania.


¡Qué belleza verde

Bordeaux desde lo alto

con su río marrón

manso en sus aguas poderosas!

Montaigne es una nube blanca

escrita en los aires

y Goya un enfurruñado

que camina por las calles

buscando vino tinto

para que fluya rojísimo

en los corazones.


Palmeras y deseos

¿Qué buscan las palmeras en lo alto?

No al sol que se esconde en los plomos

de las nubes y manda luces sigilosas

en la tarde que anuncia a la noche

rielando sobre el mar como una seda.

Las palmeras quieren nubarrones,

quieren lluvia, quieren todo.


Sol de Belgrado

Ese disco amarillo de extraña belleza

es el sol sobre Belgrado,

y ese nimbo rosado que rodea su halo

es el homenaje del aire

al fuego de la tarde,

y esos ribazos de verde oscuro y de plata

son la quietud de la vida y su absoluta calma.

Por fin la tierra sepulta a la guerra

cuando comienza el día

y cuando acaba.


Amanecer en Nápoles

Amanece en Nápoles,

el sol, rojo intenso,

tiene amarillo en sus bordes

y un aire de tranquilidad

se esparce por el valle y las aguas.

Hay una verde rama más cerca

de los ojos que anuncia la primavera.

Permanece la sombra de Odiseo

cruzando calendarios,

amarrado a un mástil,

resistiendo el encanto de las sirenas,

y el nombre de Homero

pronunciado con reverencia

por los griegos que habitaron la comarca.

Nadie diría que esta belleza

de los comienzos puede

ser manchada por los actos de los hombres.

Queda en la retina de los peregrinos

como algo de lo más hermoso de la tierra.


Verano en la costa de Alicante

Quédate a vivir en lo hermoso,

junto al mar y las diminutas piedras.

Dos ondulantes filas de colinas

dibujadas a lo lejos,

cielos rosados sobre las aguas azul y plata.

Hay un camino que bordea las orillas.

Es el tuyo para siempre.


Lluvia en el mar

Llueve a cántaros sobre el mar abierto

y el sol esconde sus prodigios

por encima de las nubes grises

cargadas del agua de las furias del verano.

Luego nada, salvo el rumor confuso

de los vientos del silencio, si así puede hablarse,

en el azul intenso de las aguas reposadas,

y las aguas verdosas y los pájaros de la tarde,

y el perfil misterioso de las islas lejanas

cuando avanzan las sombras y se desliza la noche

como una emperatriz sobre la tierra y el agua.


Instante de eternidad

Recuerdo

la palmera yéndose al cielo,

recuerdo

el rugido del mar

en la mañana del verano

y las hileras de fucsias

en los acantilados,

una delgada silueta

de mujer en vestido blanco,

las huellas de los cangrejos

en la arena mojada,

las aguas retirándose súbito,

la tensión de los pobladores,

y al maretazo.

Recuerdo

a las cálidas corrientes

devolviendo

el cadáver caliginoso

de la hermosa muchacha,

todavía con las carnes intactas

en la noche estrellada.

Los llantos incontenibles,

los recuerdos,

y la resignación del otoño.


¿Plumas o espumas?

¿Son plumas o espumas lo que luce el mar?

¿O son blanco reflejo de agua y de luz

de los pájaros del otoño?

¿O son óptica belleza que nace

de lo oscuro de las simas

como símbolo absoluto

que permanece, se mueve,

siempre se mueve, camino de la eternidad?


Flores amarillas

Traigo un ramo de flores,

muy amarillas, de la primavera,

de sorprendente luz.

Lucen finas, radiantes,

te arrancan una sonrisa feliz.

Nunca vine con flores,

es la primera vez, tan atrevida,

que tú te desconciertas,

las tienes en la mano,

y te preguntas: dónde las pondré.

Cerca del corazón,

donde las mires cuando tú desees.

Asocia el amarillo,

la risa bajo el sol,

con la palabra que dice mi amor.