Antonio Machado a los veinticinco años de su muerte
Laureano Bonet
Se cumple durante el presente año el veinticinco aniversario de la muerte de Antonio Machado en Colliure, en el sur de Francia, en total soledad casi, pobre, enfermo, con la única compañía de su madre anciana, «ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar»
, según había presentido ya tiempo atrás.
Quisiera hoy rendir un breve homenaje a Antonio Machado, poeta y prosista, filósofo y ciudadano honesto, hombre sentimental e irónico, sobrio cantor no de la España metafísica sino de aquella otra España de tierra y piedra, varonil, amarga y adusta. Homenaje modesto y forzosamente incompleto, pues las limitaciones del que esto escribe así lo obligan. Otras plumas más concienzudas habrá que ofrezcan al lector penetrantes estudios sobre un poeta, un gran poeta, que -como dijera Rubén Darío-,
Era luminoso y profundocomo era hombre de buena fe.
También la forzosa angostura de un artículo periodístico dificulta una visión atenta de un poeta y pensador que como Antonio Machado encerraba, tras una admirable luminosidad, tal vez el ideario más denso de la vida intelectual española del primer tercio del presente siglo. Y el más complejo. Porque hay, en realidad, muchos Antonios Machado. Él mismo se dio cuenta de que la persona humana es muy varia en el doble plano existencial e intelectual. Hay, por ejemplo, un Antonio Machado poeta hacia el cual todos se han volcado. Hay un Antonio Machado cívico, de mente esclarecida y con voluntad del bien, poco conocido aún para las jóvenes generaciones. Hay también un Antonio Machado humorista que ha hecho de la ironía herramienta de conocimiento y sementera humanística, como lo atestiguan las páginas -prosas sueltas- del Juan de Mairena, una de las obras maestras del humor hispano junto con el Quijote (humor cordial y humanístico, que los españoles hemos logrado medio descubrir gracias a los exégetas ingleses). Hay, en suma, un Antonio Machado filósofo ante el cual pocos investigadores -a causa sin duda de esa sabia ironía- se han atrevido a profundizar. Y tal vez solo un estudio del pensamiento filosófico de este español cabal lograría dar en la clave explicativa de su poesía, una poesía que -significativamente se fue transformando a lo largo del tiempo en pequeños apotegmas filosóficos como son, por ejemplo, los contenidos en el Cancionero apócrifo de Abel Martín, «poeta y filósofo», según escribiera puntualmente Antonio Machado en la primera plana de la obra.
Pero, ¿cómo podríamos dibujar esquemáticamente la andadura poética de Antonio Machado? Una cosa es cierta, creo: la obra machadiana, de Soledades, Galerías y Otros Poemas (1899-1907) a Campos de Castilla (1912-1930) contiene, por así decirlo, una «revolución copernicana»
. Del extremo subjetivismo posromántico de la primera se salta a un sorprendente objetivismo de las segunda y tercera; ahondando en las galerías intimistas se llega, tras penosa búsqueda, al sentimiento coral o al grito airado contenido en poemas como «Una España joven», «España en paz» y «El Dios ibero»:
Hombre de España, ni el pasado ha muerto,ni está el mañana -ni el ayer- escrito.
Creo que la explicación más exacta de ese paso de un subjetivismo primigenio a una consciente objetivación poética (que, paralelamente, se tradujo también en una mayor conciencia civil del poeta) se halla, sin duda alguna, en las prosas machadianas, muy especialmente en el Discurso de Ingreso en la Academia de la Lengua (1931) y en diversos fragmentos del Juan de Mairena y el Abel Martín. ¿No escribió cierta vez Antonio Machado que el poeta tiene el deber de exponer por separado -explicitar- toda la metafísica que encierra cada poema?
El año 1931, efectivamente, en plena lucidez intelectual y estética, Antonio Machado compone su Discurso, inédito hasta 1951, fecha en que sería publicado en la Revista Hispánica Moderna de Nueva York y recogido por Guillermo de Torre -año 1957- en Los Complementarios, edición que realizará de diversas prosas póstumas del poeta. Recordemos que el Discurso es, entre otras cosas, un magistral estudio de la proyección subjetivista de la literatura del siglo pasado y de sus espléndidos «frutos rezagados»: Proust y Joyce. A partir de lo qué sea la lírica, Antonio Machado realiza un estudio de las constantes estéticas del XIX, siglo «entre otras cosas, propicio a la lírica y, en general, a las formas subjetivas del arte»
. El diagnóstico que ofrece del Ochocientos es fulminante: «Individualismo se llama, en lo social y político, la nota específica del siglo XIX. La corriente individualista es un mero incremento de la subjetividad»
. En una palabra, poco a poco va acentuándose el culto poético al «yo», a la conciencia individual. La escuela simbolista, con su canto de lo subconsciente, es un claro ejemplo de eso; «explora la ciudad más o menos subterránea de sus sueños y aspira a la expresión de lo inefable, sin que le asuste la contradictio in adjecto que su expresión implica»
. Y concluye Machado, con un sugestivo giro a lo Joyce: «Es el momento literalmente profundo de la lírica, en que el poeta desciende a sus propios infiernos, renunciando a todo vuelo de altura»
.
Precisamente será esa contradicción romántica -expresar mediante palabras (poema) lo intraducible a lenguaje: «yo» inefable- lo que obligará a Antonio Machado a abandonar una línea subjetiva que abocaba, necesariamente, al silencio y a encontrar «sobre la marcha»
, a través del propio trabajo literario, una nueva objetividad: la aceptación de la obra poética no ya como «servidora» o «portavoz» de la intimidad del autor, sino como objeto artístico con leyes propias e independientes de aquel, incluso como estímulo creacional. Más aún: ya en Soledades, Galerías y Otros Poemas es consciente Antonio Machado de esta contradicción creativa y, además, de la imposibilidad expresiva que a la larga encierra, pues la persona humana es, en realidad, un cúmulo de personas superpuestas, incluso antagónicas: un borroso laberinto de espejos, como dice el propio poeta en el poema «¡Oh dime, noche amiga, amada vieja!». O sea, el autor, al intentar reencontrarse, explicarse mediante la poesía, encuentra que su ser se rompe en diversas personas, como el juego obsesionante de un montón de espejos que reflejarán indefinidamente una misma imagen, imagen imposible de recoger, de interpretar, por ser reflejo de reflejo... Entra así en crisis la búsqueda introspectiva emprendida por el poeta en su primer itinerario creador.
Mas Antonio Machado no se detiene en el objetivismo estético o culto al objeto artístico -poema, novela- aislado frente al autor y el lector (forma bella «en sí», autónoma, eterna, chispazo y choque del ser creado, como proclaman Heidegger, T. S. Eliot o Malraux). Nuestro poeta llega más lejos. Llega precisamente a la obra artística considerada como realidad comunitaria, compartida entre todos. En Problemas de la lírica, prosa del año 1917, escribía ya Antonio Machado lo siguiente: «Mi sentimiento no es, en suma, exclusivamente mío, sino más bien nuestro. Sin salir de mí mismo, noto que en mi sentir vibran otros sentires, y que mi corazón canta siempre en coro, aunque su voz sea para mí la voz mejor timbrada»
. Y en su Diálogo entre Juan de Mairena y Jorge Meneses, el punto de vista ante la poesía intimista es ya muy severo, «Cuando el sentimiento acorta su radio y no trasciende del yo aislado, acotado, vedado al prójimo, acaba por empobrecerse y, al fin, canta de falsete. Tal es el sentimiento burgués, que a mí me parece fracasado; tal es en fin de la sentimentalidad romántica... Un corazón solitario -ha dicho no sé quién, acaso Pedro Grullo- no es un corazón; porque nadie siente si no es capaz de sentir con otro, con otros... ¿por qué no con todos?»
.
La postura de Antonio Machado fue, sin duda, profética. Sin embargo su palabra no se quedó en mero fraseo, en teoría poética sobre el papel, en proclama de café y tribuna. Todo lo contrario. Su obra es una lenta, difícil y callada búsqueda creacional. Supeditó la teoría a la creación, no al revés, como tantos hacen o han hecho. Fue fiel consigo mismo y, al serlo, lo fue con los demás (o viceversa). Alcanzó uno de los dones más preciados a que podemos aspirar todos: la ironía, es decir, la bondad, la comprensión. Por eso su magisterio poético y cívico en todo momento limpio, con claridad pero asimismo sin temor. Por esto también, ahora más que nunca, dicho magisterio es válido en 1964.