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ArribaAbajoCantar de ciego




ArribaAbajoCantar de ciego


ArribaAbajoDe ciego es mi cantar,
porque halla vena
donde nunca lo sabe,
y allí aprende
su letra y mi verdad,
que es el decirlo.

Pasado lo pasado,
malgastadas
la carne y las razones,
y no habiendo
noticia del propósito, cantemos,
por que sea el trabajo más liviano.

De ciego es mi cantar,
pero no es mío,
que lo escuché de boca
de la que yo más quiero.
Y si cuatro monedas os sobraran,
ponedlas a su cuenta, que en mi plato
yo no busco dineros.

Es sencillo el milagro
cuando el milagro quiere:
que encontrada
su música parece
mejor la flor al que la ve, mejor
y aun acaso más cierta.

Es sencillo el milagro
y de tal suerte
que hace luz en la cripta,
abre la nuez,
y pone en danza lúbrica a la muerte.




ArribaAbajoCon las del aire


ArribaAbajoEstá el día que casi
me sonroja mirarlo, tan desnudo,
tan dado a su placer,
tan a su gozo en claro.
Vierte el sol en las cosas
su azafrán encendido hasta quebrarlas
por la mitad radiante;
se alza
vivo
de pájaros
el árbol,
y las nubes esparcen,
por el azul de agosto,
el arroz de los cielos.

Nada pena en su ser como penamos,
todo asiente y comulga
con su sereno oficio en la mañana,
que es dejar en la luz su silueta apenas.

No vengáis a buscarme a este lugar,
que tocan a rebato,
que corre y vuela el río sin lo nuestro,
que está ya en otra parte esta indulgencia
del abierto limón y del verano mío.

Qué caras resultáis,
pasiones de este mundo,
porque os compra el amor para lloraros.
Yo no quiero quereros,
que con el viento voy.

Con las del aire sólo,
con las del aire quiero,
que con el viento sí, que canta y huye,
con las del viento a dónde,
con las de lejos lejos.




ArribaAbajoMadrigal


Para Encarna Oliva



ArribaAbajoOs debo un madrigal,
amada mía, tierra
mía, suelo
de las germinaciones,
solícita matriz de cuanto quiso
crecer en buen amor por nuestra casa.

Sois carne de mi carne,
gozadora, y sois también
mi coronela
de las verdades duras,
las que sólo se dicen entre dos.
Y amiga mía, sois, cuando gustáis,
la más misericorde engañadora,
mi acuerdo y mi disputa, mi querida.

Lo que puedo ofreceros ya lo veis,
no tiene más valor
que el que vos le otorgáis al aceptarlo:
el carbón de mi edad, la oscura alpaca
que ayer fuera orgullosa platería.

Pues a mi lado vais,
por tan cierta,
mi hermana, puta mía,
dejad, consentidora, que os levante
la falda, y al desván
vayamos a sacarnos las vergüenzas,
vayamos a bebernos las heridas.

Porque os hice llorar, porque lloré,
os debo una canción aquí en la plaza:
no atendáis a su letra,
poned sólo a su música el oído,
que esa sí, que esa sabe
sonar sin más verdad que el puro son
del corazón metido a daros gracias
por todo y por acaso
lo que pueda llegar, si tuvierais a bien
compartir la quebrada.

Yo quiero la marchita
gardenia que ya asoma a vuestra piel,
el fatigado hueso,
la cabellera blanca,
yo quiero cuanto venga a derrotaros,
y a cambio, por defensa,
la saliva del viejo os he de dar,
la mano escueta, el miedo y el orín
de las noches en vela.




ArribaAbajoPiedra del día


A Antonio Cabrera



ArribaAbajoEsta piedra se quiere duradera,
se diría que estuvo
puesta ayer en el tiempo,
esperándome aquí,
para que pueda verla esta mañana.

Esta piedra, orgullosa
de su peso en el mundo,
muy ufana
de vivir a su riesgo;
esta piedra, tan dura,
no me iba a creer
si le dijese
que excavé su contorno
en la seda del aire,
que la traigo conmigo
por el cauce profundo,
que la estoy proyectando,
cerebral,
por el tubo del ojo,
desde el haz de la nuca,
sobre el arcano lienzo del sentido.

Por encima del hombro
de la muerte me mira,
sin saber esta piedra
que se viene conmigo
a la hermética cámara,
a la sorda
rotación infinita
de la noche
sin dos,
a la sal
sin pupila.

Dime,
cuando mi luz se apague,
qué sol,
qué fuel te sostendrá en tu chispa,
dónde vas a reinar
con tu lágrima dura,
en qué verano
de qué sueño,
en qué palma
de quién
brillarás, brillarás
como hoy
para mí,
para nadie,
para el órdago en cruz,
piedra del día.




ArribaAbajoCanción del malmaridado


ArribaAbajoEstuvimos enfermos, se quebraban
los cuerpos de los padres.
Fueron largas las noches,
y en ellas sospechamos lo que nunca
nos cumpliera saber.

Deshojábamos
la negra margarita y nos amaba
la que con todos quiere,
la de la trenza fría.

Y fuimos mal casados.

Porque sólo nos quiso
la niña malcarada, mala boda arreglamos:
llovió nupcial arroz en nuestro día
y era amarga semilla de achicoria
sobre los cráneos mondos.

Porque sólo nos quiso, madre,
la de la helada trenza,
la que con todos anda,
la que con todos quiere.

Y ay que es larga la noche,
por dormirla con ella.




ArribaAbajoLa rosa montaraz


A Carlos Marzal



ArribaAbajoDe los aceites,
cuál,
sino ese claro
que brota en la palabra
bien prensada,
que escurre,
cuando gusta,
doradora,
la gota,
la primera,
y es entonces
un ebrio resbalar siempre hacia arriba,
dispuestos a ceder,
y en la obediencia
suave, femenina,
de dejarnos llevar luego hacia dentro
donde giran las raras
luces raras,
y una hermética flor
que huele más.

Qué aventura
mejor
que este soltarnos
con el aceite fino
del idioma
en busca de esa flor,
la misma y sola,
la de ayer,
que no hay otra
y es de todos, y aquí
el uno ya le toma
el pétalo más tierno,
y otro da
con el redondo aroma,
y un tercero
como al descuido coge
su entera envergadura,
y la flor
todavía
—qué mejor aventura—
toda está para aquel que llega luego,
completa y renovada,
y ese viene y le roba
la corola también y no se acaba
en el darse,
y se da,
para ti
y para mí,
la recóndita flor,
la en alto toda.

La nunca averiguada,
esa es la nuestra,
la de las aspas duras,
la llena
de peligros
—qué mejor aventura—,
la del colmo y la rueda,
la que sabe librarnos,
la rosa montaraz,
la exhaladora.

Yo la quise traer,
sólo el viento la lleva.




ArribaAbajoNoche en la tierra


(Internet, cámaras web)



ArribaAbajoAlguien dio a algún resorte
y nos puso en un puño
la noche de la tierra.
¿A través de qué éter,
emanación o vértigo,
traídas por hechizo de las cuatro
esquinas del planeta,
llegaban hasta mí las hijas solas
de la pantalla helada
para pedirme vez,
fiebre y mentiras?

Como un chorro de helio,
como una salva líquida estallaban
sus pequeñas ventanas sobre el ávido
resplandor de la mía.
Llegaban desde el fondo
de su duro confín,
con sus nombres de lujo, siempre anónimas.
Venían a lo suyo,
queriendo compartir el fardo grave,
con su interés a cuestas.
Yo el mío mendigaba: ese dedal
de lúbrica justicia.

Vueltas ártica brisa, tibia arena,
disueltas en fotones y sopladas
por el émbolo ciego de la red,
llegaban y se iban:
un engaño del ojo, las apenas.

Desde lejos venían, barajadas
por la noche oceánica,
para juntarse en haz y llamar a mi puerta:
las casadas
de precavido orgasmo, cicateras;
la flacas, peligrosas
de fémur y de alma;
las viejas
y las gordas,
calientes como heridas;
y las otras,
las nuestras,
las que nadie
lo dijera.

Venían a buscarme el agua sucia,
venían a volcar sus orinales.
Me dijeron pecados, que bebía.
Purgábamos
quién sabe qué terror o qué pureza.

Ninguno conseguíamos dormir,
y porque daba pena
vernos todos así tan desvelados,
cuanto escuchar quisieron les hablé,
del mal que moriría, yo lo supe por ellas.

Y una flor de piedad nos quemaba en la boca.




ArribaAbajoAquí


ArribaAbajoA columpiarme vengo
en la alta rama
de la palabra oída, regalada.
A escuchar, por decirla,
la cadencia maestra, que enamora.

Me he acercado a saber,
con zapatos de baile.
He venido por verlas
claramente venir.

Aquí es de lo suave
el fuerte imperio,
aquí
sobre la falda
de la madre se está muy bien mecido.

He venido a servir, en esta casa,
por ser de mi pasión mejor servido.

He venido a mis anchas
y en lo delgado estoy, raspa de aquel,
tañendo la costilla,
soplando ya en la aguja,
pulsándome en el nervio musical.

A columpiarme vengo
en la alta rama sabia arrulladora.

He venido a crecer, a darme flor.




ArribaAbajoEsperma


ArribaAbajoEsta lágrima ardiendo que tomó
su sabor de la sal gruesa del mar,
esta lágrima honda, trabajada,
por la que el hombre llora y se traiciona,
este chorro de azúcar, pura vida,
que brota de la amarga espina dura.

Este empeño de ayer
que no termina,
esta larga fatiga, este enconarse,
este sólo querer en alto en alto.

Esta gota torcaz, aleteando
para prender su luz
donde el sacro y el coxis,
en lo profundo oscuro.

Esta lágrima o gota, esta fluyente
plegaria verdadera,
yo quise derramarla en el canal central
de la razón de amor,
porque me hicieron vivo.

Una perla muy blanca mea el hombre,
más pura que el amor,
desde el fondo del fondo, estremecido,
un prieto sedimento de acarreo
con el que van sangrías, hoces, culpas,
quereres y obediencia,
por la rampante arriba,
camino de la mar,
lavados en el agua de su olvido.




ArribaAbajoEl abrazo


ArribaAbajoQuisimos apurar, por celebrarnos,
el trago de fortuna,
la esmeralda de luz para los ojos.
Puesta en sangre la fórmula,
abrió vena en lo claro y se nos iba
el corazón arriba.

Una voz de mujer
se abrasaba en el canto, masticaba
una rosa de fuego.

Pasada ya la cuerda
de la noche y del cuerpo,
tomados hasta el fondo,
hasta el cielo del hígado,
donde la ruina suena
y silba el cierzo,
en la más verdadera,
en la hora a solas,
se levantó mi amigo.

Un abrazo me dio, pesaba
en él la trama entera
de cuanto teje a un hombre,
y más adentro,
el ruido de la vida, el himno sordo.

Costaba sostener la hueca caja,
el costillar tan duro.

Un abrazo me dio
como pésame largo, allí,
en mitad
de la hora más cierta,
en la hora
tan dulce
de querernos
desconsoladamente,
como quieren los muertos.




ArribaAbajoAl lucero del alba


ArribaAbajoCuántas veces, echada
la noche en no dormirla,
levanté la cabeza
y allí estabas, a lomos
de los aires,
mi estrella tembladora, solitaria
humana criatura
en tu tan grave afán de ser la sola,
la de brillo mejor,
la primera
floración de la tarde y la final
bengala de la aurora.

Cuántas veces,
de vuelta del amor
—alzada en una hora Babilonia
con brea y con cartón y con ceniza—,
cuántas veces,
en vano,
yo quise tu consuelo.

Tú nunca fuiste madre para el hombre
como la vieja luna,
tú,
señora desdeñosa, acusadora
de los mal dormidores, gota gélida
en la desierta almena.

Y yo miraba arder,
en lo más alto,
el mismo desamparo en forma de planeta.

Tú y yo estamos metidos
en este desconsuelo de brillar
con nuestra luz prestada,
glacial hueso del cielo, amarga hermana.




ArribaAbajoMirándote


ArribaAbajoCon la cuchilla fría
y con la espuma
me has dejado bajar,
darme capricho.

Por verlo más desnudo
—quién lo sabe por qué—,
yo cumplo con el rito:
pongo en claro tu pubis y mi afán,
y con el agua
va el fino filamento desatado,
va la hebra
por el desagüe oscuro,
va ese ramo de minio que corté.

Mirándote, lujosa,
así tan descarada y a mi gusto,
mirando que me dejas bien mirar
la puerta toda abierta, el bien de ver
cómo fuerzan tus uñas más el vano,
cómo tuercen tus yemas el rubí;
mirándote, sabrosa,
muy cocida en tu miel,
yo me relamo,
te jaleo, me enconas
con tu celo de hiena, con tu más
que para luego es nunca,
con tu dame candela, corazón.

No me dejes tocarte
todavía,
quiero verte la madre
y que me mires
mirándote beber, bebiéndome tu sed.
Quiero esa prosapia,
ese sabio linaje
con que engarzan tus dedos el botón
borrador de las penas.

Y de tanto querer,
queredora, contigo,
yo no sé lo que quiero, yo querría
lo que no puedes darme:
bebida de tu cáliz
el agua del remedio, y acabar.




ArribaAbajoCuando vengas


ArribaAbajoCuando vengas,
cuando quieras meter
tu solución opaca en mi costado,
donde se afila y duele
el hueso, el gran cobarde;
cuando un día se apague nuca adentro
la ráfaga del ser con un murmullo
de fósforo quemado y se deshagan,
polvo al aire de oro,
las alas del sentido,
¿dónde cabrá una aguja, la más fina,
la punta tan siquiera del lamento?

Lo que llaman vivir: una tal furia
como la dan de balde en este valle
convertida en arena al primer soplo.

Poco vale lo todo, la aberrante
trabazón de los mundos
que una gota disuelve de honda sombra
brotada en el cerebro.

Cuando vengas, mi muerte,
cuando se abra el párpado hasta el pánico
y de su tallo abajo caiga el ojo,
cuando llegue la hora
de la hora,
¿he de ver al trasluz
la cuarta hoja
del trébol del porqué,
o será
solamente
un irse en vano,
sin querer, sin saber,
un rodar de lo sordo
a lo más ciego,
un escueto tragarse
la lengua hasta el pulmón,
solo en lo solo?




ArribaAbajoPompa


ArribaAbajoRayó la tarde vertical,
donde yo la esperaba,
toda llena de olor,
mi sanadora.

Se fue enfriando el monte,
y en las altas probetas
la luz se hizo burbuja de escarlata,
pompa quieta en el aire,
calor en la pupila.

Daba miedo mirar
tanto acero fundido,
una seda tan dura.
Quemándose
sin pena,
la materia del cielo,
la duración del día.

Bebí el pigmento extremo,
y hubo sed.
De aquel ígneo racimo
tomé el grano más dulce.

Y ya el gallo cantaba.




ArribaAbajoAl sol de febrero


ArribaAbajoDe entre todas las cosas
serenas de este mundo,
ninguna como tú, sol de febrero,
tan parco y tan señor,
dejándote caer
por la cornisa azul
sobre la fría tierra,
cortando a la medida de los aires
esta saya olorosa de novicia.

Como si nada hicieras,
déjanos a los pobres tu moneda argentina
aquí
sobre la palma
del corazón abierto,
aquí
donde faltaba,
donde tú siempre sueles,
donde tienes a bien
—como el que no hace nada—
llegarte con tu brasa piadosa.

Vuelca
tu pequeña caldera en nuestro plato,
pon tu paz meridiana
por las calles de adentro y las esquinas
donde el hombre se engalla en la pelea,
lávanos
tanta injuria
en tu siempre dispuesto aguamanil,
río alado de fósforo y de esporas.

No sólo razonable, ventajoso
nos va ya pareciendo cualquier precio
por sentarnos aquí,
bajo tu concha clara,
un instante tan sólo
en el que giran
siglos, tronos, quimeras,
huecos huesos
donde sopla la muerte su canción
de cuna y cetrería.

Por este solo instante a tu cobijo
en la tralla del día farolado,
quién no firmara ahora con buen pulso
su pena y su hipoteca.
Quién hay
que no se ponga
de víspera y de fiesta
por tomar del almendro,
entre los dedos,
el pergamino rosa que es su flor,
donde nada hay escrito.




ArribaAbajoMi casa


ArribaAbajoComo una piedra pongo la palabra
sobre el suelo de hoy, para poner
otra piedra mañana hasta que sea
tan seguro mi techo que os acoja.

Como no tengo piedras,
yo pongo mis palabras todas juntas:
las de duras aristas, las suaves,
y entre todas,
las solas,
las de pedir clemencia
y acaso una razón.

Yo levanto mi casa para el agua y el viento.
Para que sople el viento y la desgaje,
para que el agua corra y se la lleve.

Pero qué iba yo a hacer si no quisiera
mi casa como quiere
el anciano su sol, la amante su cuidado.
Yo quise solamente
darme un techo,
cuatro humildes paredes en que abrir
el claro mirador,
la serena atalaya.

Yo nunca tuve piedras, y las pocas
palabras que me quedan no son mías.

Sopla el viento y las trae
para poner mi casa,
la de los pies de barro,
la de ventanas altas.




ArribaLa noche del agua


ArribaCon la luna de agosto
volada del caldero de la mar
y quieta arriba;
con el agua hasta el pecho,
en esta playa sola de la noche,
y ya cuarenta
de los que aquí se cumplen sin ganancia,
contemplo el litoral, y estoy pagado.

Fuera así que nos dieran
aviso de la última y venirnos
a la orilla del agua, ya dispuestos
para entrarnos a nado
en la íntima rueca
donde prende la espuma
y va en su vuelta blanca cegadora.

Fuera así, en el verano,
que llamaran a cuentas,
y entrar en las del mar por nuestro pie,
después del largo día clamoroso,
bebido el fresco vino con los nuestros.

Si de una merced,
si fuera digno
de alguna caridad,
y no por mi valor, mas por lo mucho
que me tocó temblar,
si un hombre mereciera compasión,
concededme que sea
una noche de luna como hoy,
metido en este mar
del verano de dios, de cuando niño,
cargado con la flor
de la certeza el cubo
y dueño, dueño
de tanta arena mía por llegar
que se escurre de un puño muy pequeño.

No irá a tu encuentro un hombre:
de la noche del agua
a un niño has de llevarte y de su luna.
¿Es que no lo conoces, es que tanto
lo ha cambiado el dolor?
¿De la noche del agua a las del mar,
llevarás a tu niño, madre ciega?





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