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Existe una vertiente menor de dicha escritura: la que se ocupa, con preponderancia o exclusividad, de entes surgidos de la galaxia para protagonizar inacabables querellas por la dominación del cuarto planeta (o para que los terrícolas procuren acabar con el suyo). Insistentemente, suelen ser monstruos escamosos de inteligencia más aprovechada que la nuestra, o crueles gases pensantes, o androides programados estelarmente para borrar al humano, etc. Su terrorismo maniqueo la emparenta con las narraciones rocambolescas del postromanticismo y las sórdidas aventuras de capa y espada y, ya en el siglo, con las novelitas de cow-boys o de espías. Pese a su difusión y éxito inmediatos, multiplicados por el cine desde las seriales de Flash Gordon en la década del cuarenta, me parece simplemente subliteratura (space-opera). Sin embargo, los maestros del género no han despreciado sus temas, pero siempre como corteza del análisis de la condición humana, cimiento del gran arte verdadero.