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En el momento actual, por imperativos de la reforma educativa en marcha, se vuelven a remover las casi muertas aguas del teatro infantil y juvenil. Nuevamente empiezan a aparecer en el panorama educativo cursos para educadores a los que se quiere ganar para la práctica del teatro en las aulas. Hay que desear mucho éxito a todas estas iniciativas bienintencionadas. Por eso, estas reflexiones, aunque esquemáticas y desprovistas del tópico aparato bibliográfico que las legitime, como llamada del pensamiento francotirador, quieren prevenir ante dos posibles escollos:
1º. El olvido de la Dramatización, peldaño imprescindible para la educación teatral desde los estadios elementales de la formación del niño.
2º. El distanciamiento de la Literatura Infantil en la que se integra, y a la que integra, la Dramatización.
Empezar la formación dramática por el teatro es algo como empezar a construir la casa por el tejado, comenzar por lo que tiene que ser el final de un recorrido, no su inicio. Sobre todo si se tiene en cuenta que el niño practica espontáneamente el juego dramático, que implica un proceso de dramatización intuitiva y natural.
Embarcar al profesorado, de salida, en el teatro tiene ventajas e inconvenientes. Tiene las ventajas de penetrar en una parcela de la literatura cuyos textos se han estudiado separados de la puesta en escena, su auténtico contexto. Lo cual impide la valoración de la esencia del texto dramático, que no es sólo literatura.
—36→Tiene, entre otros inconvenientes manifiestos, que el resultado gratificante, para niños y educadores, que se espera tras la puesta en escena de una obra dramática, se sitúa demasiado lejos, para que no cunda el desaliento, de unos, de otros, o de todos, en el ínterin.
La práctica de la dramatización, en cambio, es suma de ejercicios breves, inmediatos y creativos. Por consiguiente, motivadores y estimulantes. El dinamismo y la participación a que aboca al niño la sitúan, como ejercicio educativo, en la potenciación de la expresión oral, libre y cambiante, frente a la fijeza del texto.
Se dirá, quizá, que todo esto es lo que se desarrolla, bajo el nombre de taller de teatro. Pero como las palabras siempre arrastran una imagen, tal vez convendría no espantar demasiado pronto al profesorado.
La Literatura Infantil se define como el conjunto de manifestaciones y actividades que tienen como vehículo la palabra con un toque artístico o creativo y como receptor al niño.
Esta definición entraña dos exigencias: el tratamiento artístico, creativo o lúdico del lenguaje, requisito compartido por toda la literatura; y su aceptación por el niño, condición específica de la Literatura Infantil. Cada una de estas exigencias se vuelve excluyente. Pero aflora también en la definición el deseo integrador de todas las manifestaciones que reúnan dichas condiciones, cualquiera que sea su medio de transmisión y su forma de producción. Así, gracias a esta definición, no sólo se integran en la Literatura Infantil los tradicionales géneros de narrativa, poesía y teatro, sino también otras manifestaciones, menores, si se quiere, como las rimas, adivinanzas, patrañas, trabalenguas, retahílas, recuentillos, etc... También entran en las actividades lúdicas como las canciones de corro y los juegos con soporte literario. Y aquellas producciones de cuño industrial como el tebeo, el cine, la televisión, el disco y el vídeo, siempre que tengan lenguaje artístico y como receptor al niño. Y, además, las actividades, tan fecundas como la Dramatización y otros juegos de raíz o trayectoria literaria, creados por los niños de forma autónoma o dirigida.
—37→De lo cual se deduce que la Dramatización es una actividad que se encuentra en el marco de la Literatura Infantil.
Aceptada su integración en la Literatura Infantil, es importante analizar cómo actúa dentro de ella y hasta qué punto puede afirmarse su capacidad para integrar a su vez la Literatura Infantil en la vida del niño y motivarlo para su aceptación y valoración.
La dramatización como actividad mental engloba tres procesos fundamentales: el creador, el expresivo y el experimental.
Por su parte el drama, que está en la base del teatro, no nos cuenta la acción, ni expresa sentimientos ante ella: nos la repite, nos la recrea, de forma convencional. Pero no nos escamotea la realidad, la acción; nos la ofrece de nuevo, ya se trate de una acción pasada, y de una acción imaginada. Del mismo modo, el drama puede recoger una acción recogida en otros géneros, como el cuento, el poema, la canción o el juego.
Para reproducir la acción cuenta no sólo con la expresión lingüística, sino también con la expresión corporal, la expresión plástica, la expresión rítmico-musical, que coordina oportunamente.
La acción se transforma así en materia literaria que necesita de especial modelación y ordenación dentro del drama. En la dramatización del cuento, del poema o de la canción, el proceso creador se completa con el expresivo.
El proceso expresivo, como se ha apuntado, es lógico que se abra, a su vez, como proceso de codificación y descodificación de la acción a través de los distintos tipos de expresión que actúan simultáneamente. La codificación no es la suma de los distintos recursos, sino su integración en la acción. Y la descodificación no es operación simétrica de la codificación. En su interpretación uno de los recursos puede imponerse a los otros, que se insertan en el contexto, lo que no significa que no aporten rasgos a la comunicación. Una palabra o una frase, por ejemplo, no deben interpretarse aisladamente, ni siquiera en el contexto literario. Habrá que interpretarlas con el contexto total de la acción que se consigue con el concurso de los distintos tipos de expresión.
Este proceso de codificación, previo a la expresión, actúa sobre acciones creadas específicamente para el drama. Pero al incidir sobre acciones reflejadas ya por otros géneros literarios -cuentos, poemas, canciones, juegos- llevará al niño que practique la dramatización a un cotejo valorativo del uso de los distintos recursos expresivos, de las formas literarias y de la eficacia de las mismas en función de las necesidades de expresión. El niño no sabrá definir cada caso, pero sabrá distinguirlos por intuición y resolverá los problemas que le planteen, también por intuición.
—39→Se da así paso a un proceso experimental que implica, en primera instancia, una observación de la realidad de forma distinta con las llamadas permanentes a la creatividad y con interpretaciones personales -originales- de esa misma realidad
A partir de aquí, la valoración de la literatura infantil, preexistente, producida ya, como pueden ser los cuentos, las novelas infantiles y juveniles, los poemas, adquieren nuevas perspectivas. Unas perspectivas que están enmarcadas por el espíritu selectivo, crítico y creativo. Nada sorprendente que quien haya practicado la dramatización con acierto y eficacia sienta la necesidad de leer, de introducirse cada vez más en la Literatura Infantil y la entienda y valore mejor.
Llegado a este punto, el niño necesita precisar y ampliar el marco referencial de sus experiencias vitales. Lo que no le puede ofrecer la vida ahora, y quizá nunca, se lo proporciona la literatura. Los contactos con la literatura adquieren nuevo ritmo, nuevas dimensiones y dejan nuevas huellas.
La utilización de cuentos, poemas, canciones y juegos literarios como materia para la dramatización, lógicamente, se presta a varios usos. Sin ánimo de exhaustividad, se pueden señalar algunos:
1º. Como punto de partida para una acción similar, sugerida o nueva.
2º. Como elementos incluidos en una acción más amplia a la que completan y adornan.
3º. Como repropuesta, es decir, como amplificación, transformación o actualización, o como contaminación
4º. Como motivación para recoger los mismos temas en otros géneros, tras haber pasado por la experiencia de la dramatización.
Como es sabido, la creatividad, en el terreno literario, encuentra campo vastísimo cuyos límites sólo pueden fijarlos los conocimientos y la imaginación de los creadores.
Así, la práctica de la dramatización, desde el punto de vista educativo, puede plantearse como procedimiento de iniciación a la literatura. Constituye una aproximación, lúdica para mayor estímulo, que puede empezar en edad muy temprana, a la vez que se convierte al niño en oyente de cuentos y a la —40→ vez que es introducido en juegos de raíz literaria. La dramatización, como juego que es, tiene gran atractivo.
Practicada en edad escolar, contribuye a organizar el pensamiento con más rigor que el relato; implica economía y expresividad en el empleo del lenguaje; aumenta la connotación; espolea y controla la fantasía, por procedimientos naturales; favorece la traslación del lenguaje oral al escrito. Y supera, en ventajas, a otras actividades literarias, como el juego y la danza.
El juego que tiene como núcleo un texto literario siempre implica sujeción a una fórmula que se aplica mecánicamente. Tan mecánicamente que los errores y los aciertos en su ejecución tienen estipuladas recompensas o castigos para su buen funcionamiento.
La dramatización, en cambio, ofrece campo libre a la imaginación, a la improvisación y hasta al error.
La danza asocia el movimiento y el ritmo a un texto, cantado o recitado, pero no admite el desvío. En esto se parece extraordinariamente al juego. Si no se cumple el ritual con exactitud, el resultado queda deslucido.
Está claro que el impulso de la creatividad queda reservado, en gran parte, para la dramatización, Además, en la dramatización se abre otro campo a la interpretación, y, por tanto, a la creatividad. El proceso codificador, en la dramatización, desemboca en un producto que es objeto de mostración. Lo mostrado, en consecuencia, puede comunicar algo distinto de los propósitos que lo generó. El proceso descodificador del drama es asimétrico. Y la comprensión del juego dramático resultante, por parte del receptor, es su verdadera evaluación. En la aceptación o rechazo se cifra el exponente de esta evaluación que implica confirmación o corrección.
Esta posibilidad y búsqueda del aplauso inmediato hace que quienes se aficionan a la dramatización se conviertan en verdaderos admiradores de su propia actividad.
