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Amigos del libro

Año XV, núm. 38, octubre-diciembre 1997

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ArribaAbajoViaje a la Literatura Infantil Universal


ArribaAbajo ¡Cuéntame una historia, por favor!

Mª Isabel Hernández1


Hay palabras que no se ponen en la boca, aunque se consideran correctas y educadas; le resultan demasiado grandes. Esto le dificulta el trato con algunas personas, pero no lo puede remediar. Sin embargo, es amable, pero insobornable. Pienso esto sobre todo cuando digo: «Peter Bichsel es un poeta».


(Max Frisch sobre Peter Bichsel)                


Peter Bichsel estuvo recientemente en Madrid. Durante la semana del 24 al 28 de noviembre del pasado año nos visitó y ningún medio de comunicación se hizo eco de su presencia. Peter Bichsel ha estado aquí y los lectores españoles no han sabido que uno de los más grandes escritores europeos estaba leyendo sus textos aquí y allá, en los colegios y en la universidad, para todos aquellos que quisieran escucharle y conversar con él durante toda una semana. A pesar de la falta de información de los medios, Bichsel no dejó de tener oyentes, jóvenes y menos jóvenes, siempre entusiasmados, que, por alguna relación con el mundo de habla alemana, saben del significado y de la belleza sin par de sus textos. Tal hecho, unido a la coincidencia en las mismas fechas de la presencia de otros autores de su mismo entorno -me refiero a Günter Grass y a Hans Magnus Enzensberger-, cuyas visitas y actuaciones públicas bien se encargó de recoger la prensa nacional, me llevó a comprobar el estado en el que se encontraba la obra de Peter Bichsel en nuestro mercado editorial.

Con asombro comprobé que de su hoy en día ya amplísima producción, sólo ha sido traducida al español (y, curiosamente, también al catalán, gallego   —14→   y vasco) una única obra: las famosas Kindergeschichten (Historias para niños), publicadas en 1969. Mi sorpresa fue aún mayor cuando comprobé que en español la obra no lleva en portada el título original, sino que ha adoptado el de la primera de las narraciones que componen el volumen: «El hombre que ya no tenía nada que hacer». La traducción española está publicada en la Serie Oro de la colección «El barco de vapor», de la editorial SM, y recomendada para lectores a partir de 12 años. Compruebo también con sorpresa que de la traducción se han hecho dos ediciones, la primera en febrero de 1992 -esto es, 24 años después de su publicación- y la segunda en julio del mismo año.

Demasiados datos, demasiados fenómenos curiosos como para no reflexionar detenidamente sobre ellos y su significado, que seguramente nos darán la clave para entender por qué la estancia en nuestro país de un escritor tan significativo ha podido pasar prácticamente inadvertida.

Si la única obra que se ha traducido de Bichsel a nuestro idioma es un texto que ha sido encasillada en el ámbito, a veces tan tremendamente difícil de definir, de la Literatura Juvenil, el mercado editorial que se dedica a la edición de textos fuera de este ámbito no ha debido tener en cuenta el resto de su importantísima producción por considerarlo injustificadamente como eso, un autor que escribe para niños.

Y si, en realidad escribe para niños, ¿por qué en nuestro país se elimina el título de su obra más conocida a nivel internacional, y se sustituye por el de una de las narraciones del volumen? Tal vez porque siendo como es una obra difícil, el lector juvenil no se acercaría a ella al ver el título, y aquellos que decidieran leerla pensando en que se trata de historias «para niños» se encontrarían con una realidad muy diferente de la que imaginaban.

Nada fácil de resolver el fenómeno Bichsel en España. ¿Escribe, tal y como se nos ha dado a entender en nuestro país, para lectores niños y jóvenes? ¿Por qué no se ha vuelto a reeditar su única obra traducida y por qué no se han traducido otras? Ambas cuestiones están, sin duda alguna, muy relacionadas entre sí y se apoyan sobre la base de un error de interpretación de la lectura de los textos de este autor.

Para responderlas, sin embargo, no cabe más que formularse una nueva pregunta: ¿son las Historias para niños realmente «historias para niños» tal como se podría deducir de su título? Esta tampoco es una pregunta nueva: Mar

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Il. de Alfonso Ruano para El hombre que ya no tenía nada que hacer, de Peter Bichsel (Madrid: SM, 1992, p. 67).

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Soliño la formuló ante el propio Bichsel en un encuentro que tuvo lugar con él en 1990 en la Universidad de Salamanca. Las conclusiones a las que llegó la autora se recogieron en un artículo que resulta ciertamente esclarecedor para nuestros propósitos y a ellas haremos referencia posteriormente.

El contacto de Peter Bichsel con el mundo infantil y juvenil tuvo lugar durante sus primeros momentos como escritor, especialmente intensos debido a los muchos años que el autor ejerció como maestro de escuela primaria en el cantón suizo de Solothurn. Esta actividad, y el uso que como escritor hace del lenguaje (frases breves, claras, precisas y fáciles de comprender por la ausencia de complejidad gramatical) han atraído desde siempre al público juvenil que se ha acercado con constancia y gusto a sus historias. Porque Bichsel es, fundamentalmente, un escritor de historias, de historias breves, de historias cada vez más breves. Domina la técnica del relato corto (el género de la short story que tanto éxito ha tenido en los países de habla alemana) hasta tal punto que sus historias se han ido haciendo cada vez más y más cortas con el paso del tiempo, sin dejar por ello de ser historias en el sentido en el que él mismo las define: «Una historia es una historia cuando recuerda a una historia» y bien es cierto que esta última puede ser muy, muy larga.

Las Historias para niños tuvieron un gran éxito en el momento de su publicación. En 1970 -tan sólo un año después- Bichsel obtuvo el premio al Mejor Libro Juvenil Alemán y, con el correr de los años, ha llegado a convertirse en un clásico de la narrativa juvenil en lengua alemana. Pero, volviendo a la pregunta, ¿son verdaderamente historias para niños? La insistencia no es en vano, pues las historias de Bichsel normalmente no son lo que parecen. Bajo su lenguaje fácil, pero tremendamente poético, escueto, pero enormemente expresivo, se oculta el terrible pesimismo que impregna toda su producción literaria, el pesimismo de la triste realidad.

Los protagonistas de las siete historias que conforman el volumen («El hombre que ya no tenía nada que hacer»; «Una mesa es una mesa»; «América no existe»; «El inventor»; «Un hombre con memoria»; «Saludos de Yodok» y «El hombre que ya no quería saber nada») son personajes tan reales como nosotros mismos, unos seres que después de haber vivido y perdido todas sus ilusiones en el enfrentamiento cotidiano con la realidad, están cansados y perciben la falta de sentido de la vida: el hombre que sabe, aunque no lo cree, que   —17→   la tierra es redonda y se decide, ya con 80 años, a comprobarlo personalmente; el hombre que un buen día decide alterar la monotonía de su vida cambiando el nombre de todas las cosas hasta que nadie consigue entenderle; o aquel otro que dice que América no existe porque él conoce la historia verdadera del descubrimiento; el inventor que inventa cosas que ya están inventadas; el individuo que aprende de memoria los horarios e itinerarios de los trenes y tras comprobar que alguien sabe lo mismo que él, quema los horarios y se dedica a viajar por el mundo haciendo algo que nadie es capaz de hacer, averiguando algo que nadie sabe: el número de peldaños de todas las escaleras del mundo; el abuelo que vive con su imaginario tío Yodok y que termina sustituyendo todos los sustantivos por «Yodok», todas las vocales por la «o», y así hasta que nadie le entiende; o el señor que quiere olvidarlo todo y no saber nada, pero que de repente se da cuenta de que primero tiene que saber absolutamente todo.

Los siete, todos ellos, no son más que idealistas, caballeros andantes en nuestra sociedad de hoy, quijotes luchando contra los molinos de viento que nos construye nuestra sociedad de finales del siglo XX. Y son, en definitiva, perdedores, hombres con una ilusión, con el deseo de cambiar el mundo, que terminan aislados, completamente solos en medio de un entorno que no los comprende.

La estructura externa e interna de las historias están en estrecha relación con el mundo infantil y juvenil: hay juegos, un lenguaje secreto, un código que no todos pueden descifrar, se describe un mundo irreal; el anciano, en definitiva, se comporta como un niño. Además son historias cortas, narradas con un lenguaje muy simple y repetitivo y el hilo argumental y el proceso de pensamiento son, seguramente, los mismos que reproduciría un lector infantil o juvenil.

Son relatos cortos, sí, pero que reflejan toda una vida; en ellos no hay acción, no ocurre nada porque en la vida de los siete protagonistas todo ha ocurrido ya («un hombre que ya no tenía nada que hacer, ni estaba casado, ni tenía hijos ni trabajo, pasaba el tiempo reflexionando sobre todo lo que sabía»... «Os hablaré de un hombre viejo, de un hombre que ya no dice palabras y cuyo rostro está cansado, demasiado cansado para sonreír y demasiado cansado para enfadarse»... «Tengo la historia de un hombre que cuenta historias. Le he dicho repetidas veces que no creo su historia»...).

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Las historias comienzan siempre en un momento decisivo, pero final. Son textos estáticos que demuestran la incapacidad, la imposibilidad de realización de los deseos del ser humano, el aislamiento y la soledad y, cómo no, la imposibilidad de cambiar el mundo que hemos heredado. Es éste, y no otro, el tema que subyace a la obra de Peter Bichsel, de modo que podemos formular de nuevo la pregunta a la que ya hemos ido dando poco a poco más de una contestación: ¿son las Historias para niños verdaderamente «historias para niños»? Difícilmente podrán serlo si éste es el tema, pues el lector juvenil confía en la posibilidad de cambiar el mundo y no cree en la frustración, en la angustia, en la soledad, en el miedo. A pesar de ello, los niños las leen y las encuentran divertidas, «pero la historia no tiene gracia; empezó triste y termina triste». Lo dice el propio Bichsel al final de la más conocida de todas ellas, «Una mesa es una mesa».

Mar Soliño daba respuesta a la pregunta formulada por ella misma de la siguiente manera: «Estoy convencida de que las Historias para niños no son ni historias para niños, ni historias para adultos, sino sencillamente un buen ejemplo de prosa breve contemporánea, en la cual todo lector descubrirá con seguridad algo de su propio mundo».

Más aún: Peter Bichsel nos cuenta historias verdaderas, historias de todos los días, historias de gente corriente, como nosotros, historias de gente sencilla que, de repente, un buen día, decide cambiar su mundo y tiene fuerza para hacerlo. Deberíamos pedirle a Peter Bichsel que nos contara cada día una historia para tener un ejemplo, para tener tanta fuerza como sus protagonistas, para ser capaces de cambiar, para luchar contra las barreras cotidianas, y tal vez algún día, alguno de nosotros lo conseguiría. Y entonces las historias de Peter Bichsel tendrían por fin un final feliz.





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