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69-10. Nombre y apellidos harto comunes en Portugal. Manuel de Sousa Coutinho se llamaba el editor de los Operum poeticorum... libri quinque, del Dr. Jaime Falcó (Madrid, 1600). También, al principio de la Gigantomachia de Manuel de Gallegos (Lisboa, 1628), va un soneto de «Manvel de Sosa Cotinho». El epitafio, entre serio y burlesco, de nuestro enamorado portugués, tráelo Cervantes, como veremos, en el primer capítulo del libro III del Persiles. Hay poesías de Manuel de Sousa Coutiño en cierta Relacion citada por Salvá (Catálogo, I, pág. 87), e impresa en Alcalá en 1589. En las Rimas de Lvis Camões (Lisboa, Crasbeeck, anno 1607) se puede leer al principio: «in lavdem Lvdovico Camonii Principis Poetarum Emmananuelis Sousae Coutigni Epigramma.» (N. del E.)
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71-17. El texto: «oluiuidado». (N. del E.)
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72-24. Este es uno de los muchos casos de las obras cervantinas en que, estando modificado el colectivo por un complemento con de, cuyo término son las personas o cosas de que consta el conjunto, designadas en plural, se hace la concordancia en este número, aunque el verbo forme proposición con el singular. (Bello-Cuervo, Gramática, § 819.) Weigert, Untersuchungen zür span. Syntax, etc. (op. cit.), trata largamente de este fenómeno: «Nichtkongruenz mit dem Subjekt»; págs. 11 y siguientes. (N. del E.)
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75-19. Luc., X, 42. (N. del E.)
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78-2. La Golandia a que alude Cervantes, no puede ser la Gotlandia que, según el maestro Alejo Venegas (Primera parte de las Diferencias de libros, etc., Toledo, 1546; fol. 55 v.), equivale a la antigua Gotia, pues esta comarca se situaba (Orosio I, 2) junto a Dacia, entre la Alania y la Germania. Además, según las palabras de Cervantes, Golandia era una isla de los mares septentrionales, En cambio, parece seguro que la Golandia cervantina es la isla de Gotlandia, situada en el Báltico, al Sur de Stockholmo. Su principal población es Visby. Olao Magno la dedica un capítulo del libro II de su Historia de gentibus septentrionalibus (Romae, 1555). Véase la Introducción, sobre las ideas geográficas de Cervantes. (N. del E.)
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81-15. César Oudin, en su Tesoro de las dos lengvas española y francesa (Brvxelles, 1625), traduce colonia: «vne sorte de ruben de soye, bandelette». (N. del E.)
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84-16. Cervantes, al parecer, distingue aquí y en otros lugares «Ybernia» de «Irlanda», aunque ambos nombres se refieren al mismo país. Véase la Introducción, sobre sus ideas geográficas. La misma distinción hace Erzilla en La Aravcana (segunda parte; Zaragoza, 1578; canto XII, octava 26). «Esta isla (Irlanda) -escribe Fernando de Herrera en sus Anotaciones a la Egloga II de Garcilasso- se llamó antiguamente Hybernia, Iverna, Ierna; en español, Irlanda; los mesmos abitadores la nombran Erín.»
En cuanto al pájaro barnaclas, la conseja que reproduce Cervantes, tiene relación con lo que cuenta Olao Magno en el libro XIX de su Historia de gentibus septentrionalibus, donde dice que en las islas Orcadas (al norte de Escocia) hay ciertos ánades que se engendran del fruto de un árbol, al caer en el mar.
Du Cange, en su Glossarium mediae et infimae latinitatis (edición Henschel; Parisiis, 1840; I, 596), dice, sobre la voz Barnaces, citando a Brompton y a Giraldo Cambrense: «Hibernis, aves sunt aucis silvestribus similes, de lignis abietinis quasi contra naturam productae, quibus viri religiosi tempore ieiuniorum vescuntur, eo quod de coitu vel de carne minime procreentur.»
En Torquemada (Jardin de flores curiosas, lib. II), a quien Cervantes leyó para el Persiles, hay un relato extenso sobre este pájaro fabuloso: «de unas aves que se engendran de las superfluydades de la agua que se junta en la madera, etc.» Pero Torquemada las llama anades, y seguramente la palabra barnaclas no es española. Algunos diccionarios del castellano traen bernacho, bernacha, bernicla, barnacle, y hasta berneca, pero sin autoridad alguna (el primero de la Academia [1726] no la da), y es probable que Cervantes tomase la forma barnaclas del italiano bernacla, haciendo un plural español de ella. La palabra barnacle es originaria de Inglaterra (desde el siglo XV); pero el ave fabulosa entró por medio de consejas latinas de la Edad Media en todas las literaturas. Jerónimo Cortés Valenciano, en su Libro y tratado de los animales terrestres y volatiles, con la historia y propriedades dellos, Valencia, 1615, habla (parte II, cap. VI, pág. 434: «de las anades») de un ave denominada Berneca o Barliata, y de otra que se llama Carbates. De la primera dice que «nace y sale de la corteza de cierto arbol que ay en la Germania», y cita a Isidoro de Sevilla como autoridad. Héctor Boethius, en su Historia Scotorum, también afirma que Isidoro dice en sus Etymologiae: «Barliatae aves [sunt] quae ex ligno crescunt»; pero no hemos encontrado la cita en Isidoro. De ser cierta, sería la primera mención del ave en España. (Consúltese Isidori Hispalensis Episcopi Etymologiarum sive Originum Libri XX, recognovit W. M. Lindsay; Oxford, 1911.) Sobre la mitología del ave barnaclas véase el artículo de Max Müller, Lectures on the Science of Language; London, 1873; tomo II, págs. 583 y siguientes.
Mosén Diego de Valera, en su Chronica de Espada abreuiada (edición de Sevilla, 1567; I, 26), escribe, tratando de Inglaterra: «A la parte del leuante, en la ribera del mar, se afirma por muchos que ay arboles que la hoja dellos que cae en la mar se conuierte en pescado, e la que cae en la tierra, en aues de grandeza de gauiotas. Y, por saber la verdad, yo pregunté al señor cardenal de Inglaterra, tio vuestro (de la reina Isabel), hermano de la serenissima reyna doña Catalina, abuela vuestra, el qual me certificó ser assi.» (N. del E.)
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86-25. Hemos advertido en la Introducción que Cervantes pudo tomar de Garcilasso el Inca la noticia de esta odiosa costumbre (Primera parte de los Commentarios reales que tratan de el Origen de los Incas, etcétera, 1609), fundándonos en la semejanza de expresión de ambos autores. Dos veces dice Cervantes que los parientes más cercanos principian el torpe trato de la desposada (págs. 86-3 y siguientes). Garcilasso escribe (cap. XIV): «En otras prouincias corrompian la virgen que se auia de casar los parientes mas cercanos del novio y sus mayores amigos, y con esta condicion concertauan el casamiento, y assi la recebia despues el marido.» El lenguaje de Pedro Cieça de León (La Chronica del Peru nueuamente escrita; Anvers, 1554), que habla del mismo asunto (aunque se trata de indios de la provincia de Cartagena, y no del Perú, como entendió Garcilasso), es bastante diferente (cap. XLIX, fol. 99). Además, no es de suponer que Cervantes llegase nunca a ver el rarísimo libro de Cieza de León. Sobre las costumbres análogas de los habitantes de las islas Baleares, a quienes alude Diódoro Sículo, habla largamente Franc. Thamara en El libro de las costumbres de todas las gentes del mundo; Anvers, 1556; cap. VIII, fol. 40.
Trátase, en suma, del ius primae noctis, practicado en muchos pueblos antiguos, y del cual hay huellas en la Edad Media. Consúltese a E. Westermarck, Origine du mariage dans l’espèce humaine, traducción Varigny; Paris, 1895; págs. 72 y siguientes. McLennan explica el hecho como recompensa del auxilio prestado al marido para la captura de la mujer. (N. del E.)
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94-12. Claro es que la Rosamunda a que se refiere aquí Cervantes es la célebre dama de Enrique II de Inglaterra, envenenada (según cierta leyenda que nació bastante después) por la reina Leonora en Woodstock, hacia el año 1177. Pero no es menos evidente que constituye un anacronismo singular suponerla viva en el siglo XVI.
El juego de palabras Rosamunda y rosa inmunda (pág. 94-3) recuerda el epitafio que, según la tradición, conservada por varios autores, se puso en su sepulcro en el convento de Godstow:
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«Hic iacet in tumulo Rosa mundi non Rosa munda; non redolet, sed olet, quae redolere solet.» |
Véase también Polydori Vergilii urbinatis anglicae historiae libri XXVII (edición Basileae, 1570; pág. 241):
«Non contentus [Henricus secundus] uxore multas dilexit feminas, et imprimis puellam quandam succi plenam, quam ipse Rosimundam, vulgus vero Rosam mundi appellabat, quod esset forma praeter caeteras liberali atque venusta, cui apud pagum Vodestocum [Woodstock] miro opere domum aedificauit instar labyrinthi ut ne ab uxore pellex facile deprehendi posset. Sed puella parum superstes fuit cuius sepulchrun etiam nunc visitur apud Oxonium in coenobio monacharum quod Godstoueium vocant, etc.»
Consúltese, sobre la vida de Rosamunda Clifford, el artículo del Dictionary of National Biography, tomo XI, página 75. Sobre el asunto han escrito, entre otros, Antonio Gil y Zárate, Rosamunda, drama en cuatro actos (1839), y Tennyson, Becket (1879). También hay un romance (ballad), Fair Rosamond, incluido por Thomas Percy en su colección Reliques of ancient English poetry, bk. II, ser. II, núm. 7. (N. del E.)
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98-18. Semejante conseja procede, probablemente, de Plinio el Mayor, el cual refiere que el rayo que llaman claro es «de vna naturaleza grandemente marauillosa: con este quedan vacias de su licor las tinajas, sin tocar a los tapadores, ni dexar en ellas otra alguna señal. El oro, y el metal, y la plata se derrite en las bolsas, sin que de alguna manera ellas reciban fuego.» (Historia Natvral, II, 51; traducción de Geronimo de Hverta; Madrid, 1624.) «El rayo rompe los duros aceros de una espada, quedando entera la vaina», escribe Mateo Alemán en Guzmán de Alfarache, II, 1, 5. (N. del E.)