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[«respondi: "Porque yo soy aquel Antonio, beso"» corregido de la fe de erratas del original (N. del E.)]

 

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33-24. El texto: «el». (N. del E.)

 

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33-29. Juan de Luna, en sus Dialogos familiares (Paris, 1619; diálogo I), explica de este modo los tratamientos o títulos: «El primero y mas baxo es tu, que se da a los niños, o a las personas que queremos mostrar grande familiaridad o amor. Vos se dice a los criados o vasallos. Vuesasté, vuesa merced, vuestra merced, que significan una mesma cosa..., se da a todos, grandes y pequeños. Vuestra señoria, a los condes, marqueses y obispos, a los cuales se debe de derecho. A los barones, vizcondes, abades de mitra, sus amigos sólo les dan el título de Señoria. A los presidentes y oidores le llaman Señoria, sólo en sus tribunales. Vuesa excelencia, a los duques, virreyes y generales de armadas. Vuesa alteza, a los hermanos del rey, o a los príncipes soberanos. A los reyes, Vuesa magestad. A los eclesiásticos se dice Vuesa merced, como al común de los legos. A los frailes, Vuesa reverencia. A los prelados de un monasterio, Vuesa paternidad. A los de una provincia, Vuesa reverenda paternidad. A los generales de una religion, Vuesa paternidad reverendísima. A los arzobispos y cardínales, Vuesa illustrísima señoria. Al Papa, Vuestra santidad

En Cervantes hay otros ejemplos de este vos: «Con una no vista arrogancia, llamaba de vos a sus iguales.» (Don Quixote, I, cap. LI.) «No dejarán de echarnos un vos nuestras señoras, si pensasen por ello ser reinas.» (Don Quixote, II, cap. XL). Véase también la nota de Clemencín (núm. 56) a este capítulo.

«El duque [de Medina] le estimaba [a Gerónimo de Carranza] en mucho y trataba diferentemente que a los demas sus criados, pues, tirando sus gajes, le daba silla, asentaba a su mesa, y no le llamaba vos.» (Pérez Pastor, Bibliografía Madrileña, II, pág. 269.) De ahí también el verbo vosear; un buen ejemplo se encuentra en Suárez de Figueroa, El Passagero, alivio IX: «No podreis escusar el vosearos con algunos, pareciendoles no estar bien trauada la amistad quando se frequenta demasiado el vuesa merced... Ocasiona admiracion ver con la facilidad que algunos arrojan el vos a las primeras vistas, etc.» (Pág. 479, edición de la Sociedad de Bibliófilos Españoles.)

En ¿De cuándo acá nos vino? (II, 11), de Lope de Vega, advierte Beltrán:

   «Antes vives engañado,
que el y el vos se han usado
para el desprecio y rigor;
el vuesamerced jamás
fué de nadie desmentido,
i enojado ni ofendido.»


Y en La huerta de Juan Fernández, de Tirso (I, 1.ª), dice Tomasa a doña Petroníla:

   «Ya soy vuestro lacayuelo,
a lo aragonés, regacho.
Mudad, señor, en el vos;
que el vos en los caballeros
es bueno para escuderos.»


Véase también, sobre esta materia, el artículo Mercedes y señorías, en los Cuadros viejos de Julio Monreal (Madrid, 1878). (N. del E.)

 

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[«offendia» corregido de la fe de erratas del original (N. del E.)]

 

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58-11. El lance del manto mágico se halla frecuentemente en cuentos de hechicerías. Recuérdese el tapiz del príncipe Hussain en Las mil y una noches (Historia del príncipe Ahmed y de la hada Pari-Banu), y el del rey Salomón, que viajaba en él con todo su séquito (consúltese G. Weil, Biblische Legenden der Muselmänner; Frankfurt a. M., 1845; pág. 243).

De cuentos orientales pasó el manto mágico al folklore de todos los países europeos. Parece que en España estaba muy divulgada la creencia según la cual cierta gente maléfica volaba por los aires con ayuda del demonio: «No soy brujo -dice Sancho-, para gustar de andar por los aires.» (Don Quixote, II, cap. XLI; véase la nota 38 de Clemencín, en este capítulo.) «Volveré por los aires como brujo.» (I, 25.) Recuérdese también la bruja de Berganza (Coloquio de los perros), que «traía los hombres en un instante de lejas tierras». Véase especialmente el artículo Bruja, de Covarrubias. Contra estas creencias escribieron muchos. Consúltese, por ejemplo, a Pedro Ciruelo, Reprouacion de las supersticiones y hechicerias. Libro muy utile y necessario a todos los buenos christianos; s. l., 1547; en el folio 16 vuelto se lee: «Bruxas o xorguinas: hombres o mugeres que tienen hecho pacto con el diablo: que, untandose con ciertos vnguentos y diziendo ciertas palabras, van de noche por los ayres y caminan a lexas tierras a fazer ciertos maleficios.» Y en el folio 29 vuelto: «Nuestro señor solto la rienda al diablo para que, dichas aquellas veni sancte espiritus, etc., el tuuiesse poder de las vexar y atormentar: y se que a algunos dellos el diablo los arrebato con vn toruellino en el ayre: y los traxo despues arrastrando por la tierra y por el agua, etcétera.» Mexia, en su Silva de varia lecion (edición de León de Francia, 1556), trata (fol. 271) «De vn caso grande acaecido a vn hombre que estaba en vna carcel, como el demonio lo saco della, y lo que mas le acaescio y passo despues». Véase también en la Introducción lo relativo a la influencia de Torquemada. (N. del E.)

 

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[«entiendan.» corregido de la fe de erratas del original (N. del E.)]

 

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60-16. Sobre las supersticiones relativas a la lycantropia, o metamorfosis de los hombres en lobos, pueden verse curiosos casos en Pierre de Lancre, Tableau de l’inconstance des mauvais anges et démons, où il est amplement traicté des sorciers et de la sorcellerie; Paris, 1610. La creencia en que, por artes de brujería, cabe la metamorfosis en perro, subsiste aún en la provincia de Segovia (vide R. Salillas, La fascinación en España; Madrid, 1905; pág. 29).

No parece haber en castellano ninguna palabra que corresponda a loup-garou o a werwolf; tampoco hemos encontrado mención frecuente del «lobo-hombre» en la ficción o literatura novelesca de España, lo cual indica que nunca arraigó la creencia en tal transformación entre el vulgo. En cambio, sí se halla muy a menudo en la literatura de Francia y de los países septentrionales. (Consúltese el excelente estudio Der Werwolf. Beitrag zür Sagengeschichte, von Dr. Wilhelm Hertz; Stuttgart, 1862.) Para lo que cuenta del «lobo-hombre», Cervantes debió de inspirarse en Torquemada (Jardin de flores curiosas), el cual, hablando en el libro VI de costumbres septentrionales, trata del lobo y de varios casos de metamorfosis de hombres en lobos, añadiendo que no es probable que fuese verdad tal transformación. Torquemada, a su vez, parece haber tomado algo de Olao Magno, libro xviii de su Hist. de gent. sept. (obra citada). En el cuento fantástico de Guillaume de Palerme, escrito después de 1188, hay cierto Alfonso, hijo de un rey de España, transformado en lobo por su madrastra, que era hechicera. Alfonso, en forma de lobo, roba a Guillermo, hijo del rey de Apulia; luego siguen varias aventuras, en las cuales interviene el lobo-hombre, hasta recobrar su primera forma. (Véase G. Paris, La Litt. française au Moyen Age, cuarta edición; Paris, 1909; página 114.) A propósito de la enfermedad llamada manía lupina, existe una imitación muy curiosa de Don Quixote, Les Imaginations extravagantes de M. Oufle (1710), libro que pretendía servir «de préservatif contre la lecture des livres qui traitent de la magie, des demoniaques, etc.», por el abbé Bordelon (1653-1730). El héroe, vuelto loco a causa de sus lecturas, se cree convertido en lobo, y corre varios lances. Una muy extensa bibliografía sobre la materia del lobo-hombre se puede ver en Dunlop, History of prose Fiction, edición de Londres, 1911, dos tomos: I, pág. 447; y II, págs. 542 y siguientes. (N. del E.)

 

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63-9. Algunos editores posteriores a 1617 corrigieron aquí «temía»; pero puede admitirse el texto como está. (N. del E.)

 

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[«sera» corregido de la fe de erratas del original (N. del E.)]

 

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66-14. El texto: «mucança». (N. del E.)